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28 junio 2020 7 28 /06 /junio /2020 23:00
Viñeta: Falcó

Viñeta: Falcó

Soñamos en un país en donde los seres humanos convivamos armónicamente con la Naturaleza, con sus plantas, con sus animales, con sus ríos y sus lagunas, con su mar, con su aire, con sus suelos, y todos aquellos elementos y espíritus que hacen la vida posible y bella. Un país en donde no sea posible la mercantilización depredadora de la Naturaleza, en la que el ser humano es una parte más de ella y no su centro destructor. Soñamos en una sociedad que celebre día a día la riqueza de la vida, su gran diversidad biológica y cultural, su Naturaleza compartida armónicamente como base de comunidades democráticas y libres. Con un país que potencie, para sus habitantes y para sus visitantes, sus maravillosas regiones costeras, serranas, amazónicas e insulares

Extracto del Plan de Gobierno del Movimiento Alianza País (Ecuador, 2006)

Hemos de redefinir las nociones de desarrollo, progreso, calidad de vida y “vida buena”. El desarrollo o progreso humano, en lugar de identificarse con el crecimiento de los índices de la Contabilidad Nacional como el PNB, ha de concebirse como un aumento de las opciones vitales de la gente, en un marco de sustentabilidad ecológica, y situando en primer lugar las opciones de satisfacción de las necesidades básicas de salud y autonomía personal. Pero también hay que tener el valor de reconocer límites cuantitativos: estaríamos mejor con menos automóviles, menos plaguicidas, menos plásticos, menos terrenos urbanizados, menos vuelos, menos combustibles fósiles, menos carne, menos publicidad. En todos estos casos, menos es mejor

Jorge Riechman (“Un mundo vulnerable”, 2000)

En el último artículo comenzamos a exponer otro asunto de vital importancia donde se asienta el Buen Vivir, como es la soberanía alimentaria. Aspecto fundamental aquí, como en otros temas de soberanía, es acabar con el poderío de las grandes empresas transnacionales, en este caso de la alimentación. En nuestro país, empresas como Mercadona, Carrefour, AlCampo o El Corte Inglés son responsables de este depredador e injusto modelo agroalimentario. Y son responsables porque pagan unos precios de miseria a los productores, precarizan los derechos laborales y nos venden unos alimentos de muy baja calidad con efectos negativos para nuestra salud. Concretamente en el Estado Español, el 75% de la distribución de alimentos está en manos de 5 grandes supermercados y 2 centrales de compra (consorcios de supermercados), que tienen un control casi absoluto sobre todo lo que comemos. La tendencia mundial es cada vez más hacia alimentos de más baja calidad, elaborados con altas dosis de pesticidas, aditivos y potenciadores del sabor, lo que provoca terribles consecuencias, a la larga, sobre nuestra salud. En los ultimos años, como señala Esther Vivas en esta entrevista que tomamos como referencia, enfermedades como la hiperactividad infantil, las alergias o la obesidad han aumentado, donde claramente nuestros hábitos alimentarios tienen mucho que ver. Las alternativas a todo este modelo aberrante están bien claras: debemos apostar por el mercado local, por los productos de proximidad y de temporada, incluso comprar directamente a campesinos o pequeños productores, formar parte o apoyar a grupos de cooperativas de consumo ecológico, participar en proyectos de huertos urbanos, y sobre todo, plantear amplios cambios políticos. Esther Vivas explica: "Si queremos comer bien es necesario que el Estado Español prohíba los transgénicos, una reforma agraria según el principio de "la tierra para quien la trabaja", comedores ecológicos en centros públicos, etc. Y tener en cuenta que, detrás de empresas multinacionales, como Coca-Cola, MacDonald's, Campofrío, Nestlé, entre otras, se esconden prácticas de explotación laboral, contaminación ambiental y un modelo de consumo de mala calidad e insostenible". 

 

Hemos de empujar, por tanto, para cambiar el sistema alimentario mundial, pero podemos empezar por nuestro país. En esta otra entrevista, Martín Drago (de la ONG Amigos de la Tierra) se refiere al sistema alimentario mundial dominante en los siguientes términos: "El sistema agroalimentario global imperante, dominado por la agricultura industrial a gran escala, es altamente concentrado, integrado o encadenado y transnacionalizado. Se caracteriza por la utilización de mucho capital en insumos como semillas, fertilizantes, agrotóxicos y maquinaria. Es un sistema que responde a los intereses del comercio internacional, que tiene el apoyo de fondos públicos, también de instituciones financieras internacionales, y con un creciente involucramiento del sector financiero, que tiene un interés netamente especulativo". Con estas trazas, es lógico pensar que a lo último que responde es a las verdaderas necesidades alimentarias de la población. Según GRAIN (organización internacional que apoya a campesinos y agricultores en pequeña escala, y movimientos sociales), del 44% al 57% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero provienen del sistema agroalimentario global. Es un sistema que cada vez requiere más insumos, maquinaria, más combustibles fósiles para mover dicha maquinaria, fertilizantes y agrotóxicos. Un sistema, en una palabra, insostenible. La agricultura a gran escala es un peligro en sí misma: expande la frontera agrícola, deforesta para seguir plantando, como ha pasado en Brasil con la soja, el maíz o la caña de azúcar. La agricultura se movió a zonas donde antes había ganadería, y la ganadería a su vez se fue moviendo a zonas donde había bosques como la Amazonía, a través de la deforestación, con el rol que juegan los bosques en la captura de carbono. La alternativa a todos estos inconvenientes es la producción agroecológica, ya que tiene un efecto completamente distinto, porque emite menos gases, pero además, al trabajar en armonía con la naturaleza, recupera el suelo, y el suelo así refuerza su capacidad de retener carbono, de forma natural. Además, cuando se reducen distancias entre quienes producen los alimentos y quienes los consumen, las emisiones del sector transporte también descienden (véase el artículo anterior donde expusimos ejemplos de los alimentos kilométricos).

 

Los agricultores y productores de pequeña escala representan un papel fundamental en la transformación del sector hacia un modelo sostenible. Básicamente, se trata de generar condiciones sociales para que estas personas puedan vivir de manera digna en el campo. Para eso también se requieren servicios cerca de los territorios, rutas, centros de salud, red de transporte público, caminos razonables para poder sacar adelante la producción. O sea, que hay que cambiar los patrones de producción y de consumo, pero también cambiar para mejor las condiciones de vida en el campo para que la juventud pueda quedarse allí, con unas expectativas razonables. Para todo esto, el papel del Estado es fundamental. El Estado posee las principales competencias para facilitar los servicios públicos necesarios, pero también en la generación de infraestructuras para que los productores puedan trasladar su producción, espacios donde puedan conservar sus alimentos, canales de venta, etc. Es elemental entender que la producción de alimentos no es un asunto que necesariamente tenga que estar en manos del agronegocio. Hay que cambiar el imaginario popular en este sentido, porque de hecho, la producción de alimentos está en su gran mayoría en manos de los productores a pequeña escala. Es imprescindible dotarlos de mayor fuerza, en detrimento del inmenso poder que poseen muchas compañías transnacionales, que son las que dirigen la política alimentaria a nivel mundial. Martín Drago explica: "También hay que cambiar esa creencia de que todos los métodos de producción conocidos como "tradicionales" son un atraso. Muy por el contrario, concentran la evolución de la producción de alimentos desde el fondo de la historia hasta hoy. El agricultor también es un científico en cierta manera, porque es una persona que a través de prueba y error ha ido cambiando y desarrollando sus métodos productivos, adaptándolos. Hay que revalorizar el rol de esos actores". De hecho, la labor de agricultores y pequeños productores formaría parte de ese concepto que hemos denominado "memoria biocultural", esto es, el conjunto de prácticas y conocimientos ancestrales que los pueblos van acumulando. 

 

Por nuestra parte, los consumidores también necesitamos entender y asumir que hemos de cambiar nuestros propios patrones de consumo. No habrá revolución global sin revolución individual, que es además la que más trabajo cuesta llevar a cabo. Y otro desafío bien grande es cambiar la correlación de fuerzas que tenemos hoy día, donde las instituciones y la academia agronómica y veterinaria vinculada a la gran industria alimentaria impone la idea de que no existe posibilidad de alimentar al mundo sin el agronegocio. Como tantos otros, se trata de un bulo sin fundamento, para favorecer los intereses de dicha gran industria. Martín Drago concluye: "En definitiva, la traba central es que el Estado tiene que dejar de estar al servicio de las élites nacionales y corporaciones transnacionales dueñas del agronegocio para ponerse al servicio de una producción de alimentos que genere soberanía nacional, menos impacto ambiental y mejores condiciones de vida para aquellos que producen los alimentos. El desafío de las organizaciones y movimientos sociales es cambiar la correlación de fuerzas, masificar la lucha para generar condiciones de cambio". El objetivo final, ya lo venimos contando, es alcanzar la soberanía alimentaria. Pero...¿Qué es la soberanía alimentaria? Recurrimos de nuevo a la gran experta Esther Vivas, que lo explica en este artículo que tomamos como referencia: "Comer: masticar y desmenuzar el alimento en la boca y pasarlo al estómago, según la definición de la Real Academia Española. Comer, sin embargo, es mucho más que tragar alimentos. Comer de manera sana y consciente implica preguntarse de dónde viene lo que consumimos, cómo se ha elaborado, en qué condiciones, por qué pagamos un determinado precio. Significa tomar el control sobre nuestros hábitos alimentarios y no delegar. O en otras palabras, significa ser soberanos, poder decidir, en cuanto a nuestra alimentación. Esta es la esencia de la soberanía alimentaria". En este sentido, posee total paralelismo con el resto de "soberanías" que han de ser reclamadas, luchadas y alcanzadas por los pueblos: soberanía tecnológica, soberanía política, soberanía económica (incluida la monetaria), soberanía energética...

 

Pero la historia de este concepto es reciente. Fue en 1996, cuando el movimiento internacional de agricultores "La Vía Campesina" puso por primera vez este concepto sobre la mesa, coincidiendo con una cumbre de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) en Roma. Uno de los objetivos principales era promover la agricultura local, campesina, a pequeña escala, y acabar con las ayudas que recibe la agroindustria para la exportación y con los excedentes agrícolas, que hacen la competencia desleal a los pequeños productores. Hoy, esta demanda ya no se circunscribe tan solo al mundo campesino, sino que amplios sectores sociales la reclaman: alimentarse, y poder decidir cómo hacerlo, es cosa de todos. La Vía Campesina definió el concepto de soberanía alimentaria de la siguiente forma: "derecho de cada nación a mantener y desarrollar sus alimentos, teniendo en cuenta su diversidad cultural y productiva". En definitiva, consiste en poseer soberanía plena para poder decidir qué se cultiva y qué se come en un territorio determinado. Las políticas agrícolas y alimentarias actuales, sin embargo, no lo permiten (como tampoco permiten el resto de soberanías, simplemente porque las "soberanías", sean del tipo que sean, son una amenaza para los poderosos). En cuanto a la producción, muchos países se han visto obligados a abandonar su diversidad agrícola en favor de los monocultivos, que solo benefician a un puñado de empresas. A nivel comercial, por otro lado, la soberanía de muchos países está supeditada a los dictados de la OMC (Organización Mundial del Comercio). La esencia de la soberanía alimentaria reside en el "poder decidir": que los agricultores puedan decidir qué cultivan, que tengan acceso a la tierra, al agua, a las semillas, y que los consumidores tengamos toda la información sobre lo que consumimos, que podamos saber si un determinado alimento es transgénico o no. Todo esto, hoy día resulta imposible. Se impide a los agricultores labrar la tierra (ya que está en manos de los terratenientes), se especula con la tierra, se privatizan las semillas (las grandes empresas hacen uso de las ventajas de registrar las semillas expropiadas mediante propiedad intelectual), el agua es cada día más cara e inaccesible, el etiquetado incorrecto e insuficiente de los productos impide saber de dónde viene y los ingredientes y aditivos de lo que comemos, y un interminable etcétera de inconvenientes que impiden de facto la soberanía alimentaria de los pueblos. Continuaremos en siguientes entregas.

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