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16 julio 2020 4 16 /07 /julio /2020 23:00

En nuestra última entrega (y siguiendo este artículo de Cándido Marquesán Millán) nos quedamos afirmando que la escuela pública adolecía de unos contenidos que prepararan a los futuros adultos para el funcionamiento dentro del contexto de una verdadera sociedad democrática, lo que provoca que estemos formando a personas con enormes déficits democráticos. Jordi Feu Gelis, Profesor de Pedagogía en la Universidad de Girona, señala siete causas para este déficit, para las cuales presenta determinadas medidas correctoras, que expondremos a continuación:

 

1.- La presencia de una cultura democrática de baja intensidad entre los docentes (por supuesto, hay excepciones). Sin una cultura democrática y política firme por parte de los docentes, difícilmente se podrá avanzar en este sentido. Se ha observado que los conocimientos que los docentes poseen sobre historia, sobre instituciones políticas europeas, nacionales y autonómicas, sobre sistemas políticos, sobre cultura política general, son muy bajos entre el profesorado. Muchos docentes asocian el conocimiento de estos temas a los asuntos políticos en general, lo cual les genera una cierta inquietud. Nosotros pensamos que estos temas habrían de ser implantados en la formación inicial del profesorado, y también en la formación permanente, sin complejos. Por supuesto, con todo ello no pretendemos que los docentes politicen al alumnado, ni colonicen su mente mediante cualquier ideario político concreto, sino simplemente que vean la política como algo cotidiano y normal en sus vidas. 

 

2.- La segunda deficiencia que limita el alcance de una democracia plena está asociada a dos temas: el primero está relacionado con una representación estamental de alumnos, docentes y familias en los órganos institucionales previstos por la ley (en este sentido hemos observado con la LOMCE un retroceso en los mecanismos democráticos de la comunidad educativa), y el segundo es que identifican democracia casi exclusivamente con el voto, lo que es una reproducción empobrecida de la democracia representativa. Y es empobrecida porque la vía de acceso a los órganos de representación de la comunidad educativa es en muchos casos dudosa, ya que se neutralizan voces disidentes y el voto contrario a la posición oficial está mal visto. Por todo ello, debemos recuperar la visión de los centros educativos como espacios de democracia directa y toma de decisiones a través de procesos deliberativos. 

 

3.- El tercer déficit lo constituye el estilo directivo impuesto, que favorece en general una democracia de baja intensidad. Desde la LOMCE, los Directores/as de centros educativos son nombrados directamente por la Administración educativa, constituyéndose en gerentes de los mismos, sin el control de la propia comunidad educativa. Al ser el Director/a como un gerente con capacidad de tomar decisiones a espaldas de la propia comunidad educativa, esto impide construir proyectos educativos pedagógicos, ambiciosos y con calidad educativa. Habría que promocionar, por contra, liderazgos colaborativos y horizontales, y por supuesto, sujetos a la propia democracia interna de la comunidad educativa. 

 

4.- El cuarto déficit se refiere a asociar la participación de los alumnos a la elección de sus delegados/as hecha de una manera precipitada, al inicio del curso escolar, cuando todavía no se conoce el grupo entre sí y sin que los candidatos/as sepan aún sus funciones. Es un trámite que el tutor/a debe cumplir. Este es el punto único de la participación democrática, sobre todo pensando en los alumnos/as. Que los delegados/as participen activamente en las reuniones, parece que ya es suficiente. Habría que redimensionar a la baja las funciones de los delegados/as, y que algunas de ellas fueran asumidas por el grupo de clase. Se debería destacar el proceso de elección y las funciones de los delegados/as. 

 

5.- El quinto déficit se refiere a la banalización de las asambleas de clase, al ser concebidas únicamente para transmitir información inocua en general. Cuando se discuten aspectos relacionados con la clase, el curso o el centro generalmente se evitan temas polémicos, porque se piensa que el conflicto no tiene que entrar en la asamblea. Por ejemplo, no se puede hablar mal de un docente, del grupo o del centro, etc. Se podrían convertir estas asambleas como espacios reales y efectivos de participación y discusión, de vital importancia para el grupo, la clase y el centro. 

 

6.- El sexto déficit democrático se refiere a la participación de las familias. Si bien existe una retórica sobre la importancia de la implicación de las familias en los centros educativos, en la mayoría de los casos la escuela condiciona su participación pidiéndoles ayuda puntual en cuestiones poco trascendentales. Las familias podrían y deberían intervenir en aspectos relacionados con la dirección, mantenimiento, remodelación y mejora del centro. Esto permitiría construir comunidad, sentido de equipo, relación de responsabilidad, etc. 

 

7.- Un último déficit democrático lo relacionamos con los Consejos Escolares como órganos de participación supremos, pero que hoy día no son organismos que sirvan para democratizar los centros. Por ser un órgano de representación estamental en el que, al menos en Primaria, los alumnos/as están excluidos; donde lo que se va a votar está decidido de antemano y con una presión indirecta por parte de la dirección del centro; es un órgano poco ágil y menos resolutivo, y además ha sufrido con la LOMCE un recorte de sus competencias. Por todo ello los actuales Consejos Escolares están muy alejados de las formas de participación de los jóvenes de hoy, que participan con estructuras ágiles, más efectivas y más resolutivas y acordes con un radicalismo democrático. Se podrían mejorar con más funciones, más transparencia informativa, y con la incorporación de aspectos del interés de familias y alumnos/as. 

 

Por estos siete motivos que hemos expuesto, como decíamos, cuando nuestros alumnos/as llegan a la edad adulta, arrastran un déficit en su cultura democrática, fundamentalmente por la educación de corte neoliberal que reciben en la propia escuela, y también porque en nuestras escuelas e institutos, como acabamos de ver, la práctica democrática es muy deficiente. Debemos formar a nuestro alumnado en que la democracia es un ideal en construcción continua, un proyecto colectivo permanente. En este sentido, reducir la democracia a unas simples elecciones periódicas es una visión muy estrecha y tramposa de la misma. Básicamente, si un país (institución, comunidad, grupo, organismo, asociación...) organiza elecciones periódicas más o menos libres, se dice que es democrático. Hemos de enseñar a nuestros escolares que esto no es suficiente, lo cual no significa que el hecho de ir a votar no sea importante, que lo es. Pero una democracia auténtica es mucho más (ver nuestro artículo al respecto). Asumir un contexto democrático implica asumir un conjunto de valores, que el Catedrático de la Universidad de Zaragoza, Manuel Ramírez, ha expuesto en estos términos: la verdad política absoluta no existe, el fomento de la capacidad crítica de los ciudadanos, la valoración de la existencia de una sociedad pluralista, la comprensión de la democracia como valor e incluso como utopía, el fomento de una personalidad democrática caracterizada por la comprensión y el diálogo, el fomento de las virtudes públicas en detrimento de las privadas, la asimilación del valor positivo del conflicto, la estimulación de la participación en los asuntos públicos, y la conciencia sobre la responsabilidad y el ejercicio del control sobre los cargos públicos. Estos valores no se difunden solos, sino que hay que sembrarlos en la mente de nuestros estudiantes, hay que propugnarlos activamente, tanto en la teoría como en la práctica, son valores y actitudes que hay que enseñar y cultivar día a día. Son valores que hay que socializar en todos los ámbitos: en la familia, en las instituciones de la sociedad civil, en los medios de comunicación, y sobre todo en la escuela, donde a los escolares no se les deben imponer dogmas, sino que se les debe estimular su conciencia crítica y su capacidad de raciocinio. Continuaremos en siguientes entregas.

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