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9 agosto 2020 7 09 /08 /agosto /2020 23:00
Viñeta: Olivier Ploux

Viñeta: Olivier Ploux

Cada vez hay más motivos para concluir que lo que comúnmente se entiende por progreso es una forma de encubrir la destrucción del medio natural

Carlos Taibo

El bien común es aquello que pertenece a todo el mundo en el presente y en el futuro. El bien público, es a lo que todo el mundo debe tener derecho, aquí y ahora. El servicio público, es la manera en la cual deben ser gestionados, producidos y distribuidos esos bienes comunes y públicos

François Lille

En las sociedades frugales que proponemos, las idóneas para la implementación concreta del Buen Vivir, hay que conceder valor a unos conceptos que la sociedad capitalista ha denostado hasta la saciedad, como son la ociosidad, la pereza, la lentitud y la contemplación. En efecto, se nos ha educado con la máxima capitalista de que hay que trabajar (utilizando incluso parámetros religiosos a tal efecto, “ganarás el pan con el sudor de tu frente”) para poder subsistir, que el trabajo humano es una pieza fundamental en el rompecabezas neoliberal, donde absolutamente todo está sujeto a una oferta y una demanda, y por tanto, la propia fuerza de trabajo humana, también. Nosotros ya hemos debatido sobre estos asuntos largo y tendido (además de en artículos independientes, como éste), dentro de la serie titulada “Arquitectura de la Desigualdad”, a la que remito a los lectores y lectoras que no la hayan seguido. Allí debatimos y expusimos a fondo el tema del trabajo humano sometido a las reglas de una globalización capitalista, y la necesidad de conceder al trabajo unos valores distintos. Pero aquí nos vuelve a interesar en una doble vertiente: la que supone privarnos de una ociosidad absolutamente necesaria para el Buen Vivir, y la que implica romper con los acelerados ritmos de vida de las sociedades imperantes. Hemos de conceder valor al tiempo libre, al ocio, a la vacación, al descanso, a la relajación, a la contemplación, a la disposición libre de nuestro tiempo, para ocuparlo en lo que deseemos, de tal forma que comprendamos que en ellos reside la verdadera humanización de nuestras sociedades, tal como afirma Luisgé Martín en este artículo publicado en el digital Rebelion, que tomaremos en primer lugar como referencia.

 

El autor comienza recordando el siguiente ejemplo ilustrativo que Bertrand Russell propone en su ensayo “Elogio de la ociosidad” (1932): “Supongamos —decía— que un cierto número de trabajadores fabrican al día, en una jornada de ocho horas, todos los alfileres que necesita el mundo. Supongamos a continuación que alguien inventa un artilugio que permite fabricar el doble de alfileres con el mismo esfuerzo. “En un mundo sensato”, decía Russell, “todos los implicados en la fabricación de alfileres pasarían a trabajar cuatro horas en lugar de ocho, y todo lo demás continuaría como antes”: el empresario seguiría teniendo el mismo beneficio y los alfileres costarían lo mismo. En el mundo real, sin embargo, ya sabemos lo que ocurre: se despide a la mitad de trabajadores y se multiplica el beneficio”. En anteriores artículos de esta serie, ya hemos expresado ejemplos en esta línea, para que se compruebe lo absurdo de muchos parámetros de nuestro modelo de sociedad. Está claro que el relato de Russell ofrece varias lagunas que no lo hacen del todo trasladable a una sociedad real, pero expone a las mil maravillas los razonamientos que hemos de combatir desde el punto de vista del Buen Vivir. Pero independientemente de todo ello, resulta que nuestra civilización tecnológica cada vez abarca más procesos, tareas, ciclos, productos y desarrollos, se hace cada vez más extensa, potente e inteligente, y entonces cabría preguntarse hasta qué punto el trabajo humano está “garantizado”. Porque en efecto, si cada vez mayor cantidad de servicios y productos pueden ser programados mediante máquinas, ¿en qué van a ocuparse los humanos? Está claro que cada vez se necesitarán más personas para capacitar al mundo tecnológico de más posibilidades, y que incluso siempre serán necesarios escritores/as, profesores/as, médicos/as o cineastas, pero aún así este número sería inexcusablemente corto.

 

En un mundo así, la inmensa mayoría de productos y servicios se fabricarían sin necesidad de que existieran personas asalariadas, y entonces la economía sería poco menos que una fábrica de “despojos humanos” (en expresión de Zigmunt Bauman). Cada vez existirán más personas que no tendrán ningún papel “productivo” (obsérvese el matiz) que desempeñar, y por tanto, ninguna oportunidad de “ganarse la vida” según los parámetros capitalistas. Este es el paisaje social que se presintió en los años 90, cuando comenzó a hablarse del reparto del trabajo y de la civilización del ocio. Se nos anunció el advenimiento de la felicidad: la revolución tecnológica copernicana que se estaba produciendo permitiría que los seres humanos dejarán por fin de ganarse el pan con el sudor de su frente y se dedicaran a su familia, a sus aficiones y a sus placeres. ¿Pero casa esto con los mensajes actuales, cuando tras fruto de varias crisis económicas, lo que se nos pide es que trabajemos más y que ganemos menos? Se nos pide que nos jubilemos más tarde, y se concentra el trabajo en pocas manos, a la vez que aumenta el “ejército de reserva” de las personas desempleadas. Parece por tanto que no vamos en la dirección correcta, o al menos, justa. Ya no se habla de la “civilización del ocio” (tal como sonaba en los años 90 del siglo pasado), sino de la “cultura del esfuerzo”. Por su parte, muchas personas que trabajan “productivamente” también están en la escala de los pobres, ya que el producto de su trabajo y esfuerzo no es suficiente para costear las necesidades básicas que toda persona necesita (vivienda, educación, alimentación, abrigo, transporte, energía, suministros básicos, ocio…). Por tanto, la ecuación está fallando por algún sitio.

 

Siguiendo con el símil de Russell sobre los alfileres, acabaríamos teniendo un solo gran productor mundial de alfileres, que no necesitaría a nadie para fabricarlos (su fabricación, procesado y distribución estarían automatizados), pero que por esa misma razón (las personas que antes trabajaban en su fabricación ahora están desempleadas), no encontraría a nadie que pudiera comprarlos (sólo existen trabajadores pobres y ejércitos de desempleados cada vez más numerosos). La paradoja es ciertamente ilustrativa del mundo al que nos acercamos. En última instancia, se está cumpliendo la lógica autodestructiva del capitalismo. ¿Qué solución le damos a todo esto, entonces? La única respuesta sensata a este panorama desolador es la pereza. El Buen Vivir, como estamos comentando, promueve (entre otras muchas cosas) el enaltecimiento social de la ociosidad, la oda a la contemplación. Ya vivimos en sociedades lo suficientemente ricas (aunque no justas, pues precisamente falta esa necesaria redistribución de la riqueza y reparto del trabajo) y tecnologizadas como para que pueda considerarse con seriedad el establecimiento de una Renta Básica Universal, una prestación pública individual e indefinida, no basada en condicionantes ni requisitos, que se cobre simplemente por ser ciudadano residente del país en cuestión (de forma universal, ciudadano/a del mundo, es decir, por existir). Nos convertiríamos así en rentistas de nuestro pasado, en beneficiarios del avance de nuestro tiempo, en protegidos de un mundo justo humano, social y medioambiental. Por supuesto, quien quisiera y pudiera trabajar ganaría más dinero, podría obtener más ingresos, dedicarlo a lo que quisiera (dentro de los límites de una sociedad justa), pero lo haría siempre por propia elección, nunca por fatalidad ni necesidad de supervivencia.

 

Es falso que el trabajo dignifique a la persona. Lo que en verdad dignifica es la protección de nuestras necesidades vitales, de nuestras condiciones materiales de vida, y ello no puede hacerse desde la lógica capitalista. El trabajo no puede convertirse en una maldición civilizatoria que empobrezca la mayoría de las vidas. El trabajo ha de encararse siempre como una opción personal, para nuestra realización profesional, sea o no productivo, sea o no rentable socialmente, sea o no remunerado. Incluso las tareas más nobles y elevadas, como la creación artística, se convierten en algo desagradable cuando se hacen a cambio de un salario, o cuando tienen que estar sujetas a una cierta “rentabilidad”. Éste es precisamente el enfoque predominante bajo el Buen Vivir. Hay que propiciar una redistribución racional del trabajo, hay que alcanzar realmente la senda de la cohesión social, porque existe suficiente dinero para financiar el bienestar y la protección social de todo el mundo, pero lo que también existe es mucha competencia, mucho individualismo, mucho egoísmo, mucha insolidaridad, valores todos ellos elogiados bajo la globalización capitalista y neoliberal. Reproducimos a continuación un extracto de la sabiduría de Eduardo Galeano, que en su libro “Patas Arriba” nos explica las auténticas pobrezas: “Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen tiempo para perder el tiempo. Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen silencio, ni pueden comprarlo. Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen piernas que se han olvidado de caminar, como las alas de las gallinas se han olvidado de volar. Pobres, lo que se dice pobres, son los que comen basura y pagan por ella como si fuese comida. Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen el derecho de respirar mierda, como si fuera aire, sin pagar nada por ella. Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen más libertad que la libertad de elegir entre uno y otro canal de televisión. Pobres, lo que se dice pobres, son los que viven dramas pasionales con las máquinas. Pobres, lo que se dice pobres, son los que son siempre muchos y están solos. Pobres, lo que se dice pobres, son los que no saben que son pobres”. Continuaremos en siguientes entregas.

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