Overblog
Edit post Seguir este blog Administration + Create my blog
16 agosto 2020 7 16 /08 /agosto /2020 23:00
Viñeta: Falcó

Viñeta: Falcó

“Vendrá el día en que el derecho de la Naturaleza sea, por conciencia de todos y todas, cumplido, respetado y exigido. Y ojalá no sea tarde. Todavía estamos a tiempo para que nuestras leyes reconozcan el derecho de un río a fluir, prohíban los actos que desestabilicen el clima de la Tierra, e impongan el respeto al valor intrínseco de todo ser viviente. Es la hora de frenar la desbocada mercantilización de la Naturaleza, como fue otrora prohibir la compra y venta de los seres humanos

Alberto Acosta

Reconocer límites implica -entre otras cosas- pasar de la edad infantil a la edad adulta. En eso estamos: en la labor de construir sociedades industriales que sean cultural y moralmente adultas. Porque la puerilidad de su turbulento, trágico período de desarrollo inicial es ecológicamente insostenible y socialmente inaceptable

Jorge Riechman (“Un mundo vulnerable”, 2000)

Podríamos afirmar que la meta del Buen Vivir es alcanzar modelos sostenibles de sociedad, y en opinión de Antonio Elizalde (uno de los tres autores de la teoría del Desarrollo a Escala Humana, ya expuesta en anteriores entregas), dicha sustentabilidad nos requerirá alcanzarla en los siguientes niveles:

 

1.- Sostenibilidad social: la cual implica alcanzar altas cotas de justicia social, es decir, inclusión y equidad social como condiciones de posibilidad para la existencia humana, dando fin a la barbarie o selva social que sufrimos en la actualidad. 

 

2.- Sustentabilidad política: que implica legitimidad, participación y empoderamiento ciudadano, que generen así gobernabilidad sostenida en el tiempo, y permitan alcanzar democracias más maduras y reales.

 

3.- Sustentabilidad cultural: la cual requiere la superación del etnocentrismo occidental, la aceptación y el fomento de la demodiversidad mediante el reconocimiento y respeto de todas las identidades, lenguas, culturas y creencias, otorgando reconocimiento a los saberes ancestrales y a toda la memoria biocultural de los pueblos.

 

4.- Sustentabilidad económica: que demanda una mejor y más justa redistribución de los beneficios y de las cargas del bienestar logrado por la humanidad durante toda su historia, exigiendo más de quienes más tienen y pueden compartir, mediante la moderación de su consumo, equilibrando la huella ecológica, tendiendo a su paulatina disminución y acelerando la transformación hacia economías locales, de intercambio y de ayuda mutua.

 

5.- Sustentabilidad ecoambiental: la cual nos exige considerar y respetar los límites que la biosfera impone a la actividad humana, reconocer los valores de la biodiversidad de todas las especies de seres vivos, respetando el equilibrio natural de los ecosistemas, y atendiendo a la demanda de superar nuestro antropocentrismo. 

 

Tan solo alcanzando estas cinco facetas de la sostenibilidad será posible alcanzar un modelo de sociedad sostenible, pero como venimos afirmando, el cambio cultural, tan difícil de plasmar en sociedades imbuidas de los peligrosos valores del neoliberalismo y del capitalismo globalizado, es condición indispensable para poder implementarlas. En el artículo anterior ya introdujimos algunos conceptos relativos a dicho cambio cultural (relacionados sobre todo con el trabajo y el derecho a la ociosidad), y ahora insistiremos en la necesidad de enlentecer nuestros ritmos vitales, de dotar a nuestras vidas de una mayor calma y sosiego, de una menor aceleración, de una mayor tranquilidad. Para ello vamos a tomar como referencia el magnífico documento "Elogio de la lentitud", de Carl Honoré, que analiza dicho fenómeno, y propone cambios sustanciales. Deberíamos ser capaces de recuperar los placeres de hacer las cosas despacio. Hoy día ni siquiera disfrutamos del entorno que en cada momento nos rodea, absorbidos por las pantallas de los teléfonos móviles, que nos impiden charlar con tranquilidad, o escuchar el murmullo de las olas del mar. Ignoramos los paisajes por donde paseamos (aparte de que los paisajes naturales vienen siendo atacados y destruidos desde hace décadas por la civilización industrial), y caminamos atontados, sin mirar a nuestro alrededor, sin dejar que nuestros sentidos capten los estímulos que nos llegan (sonidos, imágenes, etc.). El ritmo frenético de vida que llevamos nos impide disfrutar de nuestros hijos/as cuando son pequeños, abordar cualquier proyecto ilusionante, o dedicarnos a nuestras aficiones favoritas. Las actividades productivas nos copan absolutamente todo nuestro tiempo de vida, e incluso por la noche nos quitan el sueño las preocupaciones o problemas derivados de nuestro trabajo o actividad principal. Las vidas humanas se han convertido en un ejercicio de apresuramiento, nuestras mentes no son capaces de desconectar de este ritmo frenético que día a día nos absorbe. Y las personas de nuestro entorno también padecen de lo mismo: familiares, amigos, compañeros, parejas...Hoy día, todo el mundo sufre la "enfermedad del tiempo", que nos impide saborearlo con calma, hasta tal punto que cuando nos desconectan a la fuerza de nuestro enloquecido modo de vida, no sabemos qué hacer con tanto tiempo libre. 

 

Todos practicamos el mismo culto a la velocidad. ¿No sería posible, incluso deseable, hacer las cosas más despacio? ¿No sería mejor disfrutar de lo que hacemos en el momento en que lo hacemos? En este ajetreado mundo que hemos fabricado, todo es una carrera contra reloj. Nuestras prisas comienzan atacando al entorno natural: el capitalismo globalizado y extractivista, depredador y explotador, funciona tanto mejor al coste de devorar recursos naturales con más rapidez que aquella con la que la Madre Naturaleza es capaz de reemplazarlos. Superar los ritmos naturales es por tanto lo primero que hemos de corregir. La deforestación, la extracción de recursos naturales, o la pesca agresiva superan la capacidad regenerativa de la propia naturaleza. En segundo lugar, los ritmos acelerados de vida provocan nuevas dolencias y enfermedades. Los consultorios médicos y psicológicos están llenos de gente con problemas producidos por el estrés: insomnio, jaquecas, agotamiento, depresión, hipertensión, asma o problemas gastrointestinales son claros ejemplos de ellas. En el trabajo, la tendencia es a no aprovechar la totalidad de nuestras vacaciones pagadas, e incluso asistimos a nuestro puesto de trabajo estando enfermos o impedidos. La cultura del trabajo entendida bajo la máxima "mientras el cuerpo aguante" está cada vez más extendida. Pero el exceso de trabajo también es un riesgo para otros aspectos de nuestra salud: deja menos tiempo y energía para el ejercicio, nos hace más proclives a tomar demasiado alcohol o drogas, nos incita a alimentarnos de forma desequilibrada, o desestimula nuestra actividad sexual. Y aplicada al tráfico rodado, es responsable de un porcentaje muy alto de los accidentes y atropellos que se producen. Y por otra parte, es inevitable que una vida apresurada se convierta en superficial. Cuando nos apresuramos, no logramos establecer verdadero contacto con el mundo que nos rodea, y con las demás personas. Todas las cosas que nos unen y que hacen que de verdad la vida merezca la pena ser vivida (la comunidad, la familia, la amistad, las pasiones...) medran en lo único de lo que siempre andamos cortos: el tiempo. 

 

Debemos por tanto, de cara al Buen Vivir, recuperar y exigir nuestro derecho a desconectar, y a saber aprovechar el tiempo libre y contemplativo que nos quede. Ya nadie escucha nuestras anécdotas, problemas, triunfos o temores. La comunicación sosegada escasea. Todo ha de ir deprisa. Nuestro tiempo es limitado para todo. Y la proyección de toda esta alocada vida al mundo infantil también provoca sus secuelas: los niños y niñas de hoy día están creciendo con más rapidez de lo que lo habían hecho jamás. Muchos niños/as están ahora tan ocupados/as como sus padres y madres, y disponen por ejemplo de unas apretadas agendas de clases particulares y actividades extraescolares después del horario escolar: lecciones de piano o violín, práctica del esquí o de la natación, informática, ballet, gimnasia, fútbol, y un sinfín más de tareas, la mayoría de las cuales serán olvidadas en la edad adolescente. Vivir como adultos muy atareados deja poco tiempo para las actividades propias y necesarias de la infancia: jugar sin la supervisión de los adultos, soñar despiertos...La filosofía de la competitividad se instala en la mente de los escolares por iniciativa de los propios padres y madres, que desean que sus hijos destaquen, que sean los más rápidos, que obtengan las mejores notas, que sean los mejores en tal o cual actividad...En fin, hemos perdido el arte de no hacer nada, de cerrar las puertas al ruido de fondo y las distracciones, de aflojar el paso y permanecer a solas con nuestros pensamientos. En esta sociedad de las prisas, si eliminamos todos los estímulos nos ponemos nerviosos, si eliminamos tanta actividad nos aburrimos, hemos perdido la capacidad, por ejemplo, de mirar por la ventanilla de un tren en marcha, porque todo el mundo está muy ocupado mirando las pantallas de sus teléfonos móviles, hablando con alguien, contestando mensajes, absortos en un videojuego, escuchando música por medio de auriculares, trabajando con el ordenador portátil...La información nos llega de modo compulsiva, y ya no somos capaces de filtrarla, en vez de pensar profundamente o dejar que una idea se cueza a fuego lento en el fondo de nuestra mente, ahora gravitamos de forma instintiva hacia el sonido más cercano, o damos crédito a infinidad de noticias falsas que nos infunden mensajes subliminales peligrosos...Continuaremos en siguientes entregas.

Compartir este post
Repost0

Comentarios

Presentación

  • : Actualidad Política y Cultural - Blog de Rafael Silva
  • : Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
  • Contacto

Búsqueda

Categorías