Overblog
Edit post Seguir este blog Administration + Create my blog
23 agosto 2020 7 23 /08 /agosto /2020 23:00
Viñeta: Guffo

Viñeta: Guffo

¿Y qué es la tecnolatría, cuya crítica, por supuesto, no implica tecnofobia sin matices ni apologías anticientíficas? Es la confianza, generalizada en mi opinión, muy generalizada, una confianza irracional en la técnica, en las técnicas: no debemos preocuparnos, al final, un minuto o quince segundos antes del abismo, una nueva tecnología nos solucionará todos los problemas. Tranquilos. Somos la especie del riesgo, pero del riesgo con éxito. En el fondo, pensamiento religioso en estado puro: Dios-tecnólogo está con nosotros y no nos dejará a la intemperie

Salvador López Arnal

Todavía subsisten mundos campesinos e indígenas, que mantienen una relación más equilibrada con el entorno, y un menor consumo de energía, y que se resisten a sucumbir a la lógica de expansión (y destrucción) del capital. Mundos para nada despreciables, es más muy considerables todavía: unos 2000 millones de personas en los mundos campesinos autóctonos o poco modernizados, y unos 400 millones en los mundos indígenas. Muchos de ellos en las franjas intertropicales, donde existe también una mayor diversidad de lenguas y de culturas comunitarias. Las fronteras principales a la expansión del actual sistema urbano-agroindustrial están pues allí donde hay mundos campesinos e indígenas que tienen unas formas de vida que defender

Ramón Fernández Durán

En el artículo anterior ya comenzamos, con ayuda de Carl Honoré y su ensayo "Elogio de la lentitud", a exponer cómo está el panorama actual con relación a este asunto, y  la necesidad de evolucionar (o recuperar, si se quiere) hacia formas, tareas y expresiones de lentitud, modos de vida más pausados. En este sentido, Honoré explica lo siguiente: "Las palabras "rápida" y "lentamente" hacen algo más que describir una proporción de cambio. Representan de forma escueta maneras de ser o filosofías de vida. Rápido equivale a atareado, controlador, agresivo, apresurado, analítico, estresado, superficial, impaciente y activo; es decir, la cantidad prima sobre la calidad. Lento es lo contrario: sereno, cuidadoso, receptivo, silencioso, intuitivo, pausado, paciente y reflexivo; en este caso, la calidad prima sobre la cantidad. La lentitud es necesaria para establecer relaciones verdaderas y significativas con el prójimo, la cultura, el trabajo, la alimentación...en una palabra, con todo. La paradoja es que la lentitud no siempre significa ser lento. Como veremos, realizar una tarea con lentitud produce unos resultados más rápidos. También es posible hacer las cosas con rapidez al tiempo que se mantiene un marco mental lento". Esta desaceleración de nuestros ritmos de vida tiene, en cierto sentido, mucho que ver con el decrecimiento que hemos venido explicando en muchos artículos anteriores de la serie. De hecho, podemos afirmar que una de las facetas del decrecimiento podría ser entendida como una filosofía de la desaceleración. Pero esta desaceleración no es un valor absoluto que haya que aplicar como un mantra: hay que entender la lentitud como la posibilidad (incluso el derecho) de que cada cual controle sus propios ritmos de vida y decida qué nivel de celeridad le conviene en un determinado contexto de su vida o de su actividad. Por ejemplo, aplicado al ámbito que hemos llamado de "conciliación" entre la vida laboral y familiar, es evidente que millones de personas en el mundo están empeñadas en conseguir un mejor equilibrio entre dichos ámbitos. Pero si queremos vivir más despacio, ante todo debemos comprender por qué vamos tan rápido, por qué el mundo aceleró su marcha a partir de un determinado momento, y las horas del día resultaron insuficientes para la cantidad de cosas que era preciso realizar entre sus estrechos límites. Y a tal fin debemos comenzar por el principio, examinando nuestra relación con el tiempo. 

 

La obsesión por la medida del tiempo ha sido una característica de la historia de la humanidad. Ya los filósofos antiguos se interrogaban sobre el significado y el valor del tiempo. Y todas las culturas del mundo antiguo, sumerios y babilonios, egipcios y chinos, mayas y aztecas, crearon sus propios calendarios. De hecho, uno de los primeros documentos en salir de la imprenta de Gutemberg fue el Calendario correspondiente al año 1448. La supervivencia fue uno de los primeros incentivos para medir el tiempo. Las antiguas civilizaciones utilizaban los calendarios para saber cuándo era el momento de plantar y cosechar. Pero desde el comienzo, la medida del tiempo resultó ser un arma de doble filo. Por una parte, la programación puede hacer que cualquiera, desde el campesino hasta el ingeniero de software, sea más eficiente. No obstante, en cuanto empezamos a dividir el tiempo, las tornas se vuelven y el tiempo comienza a dominarnos. Entonces pasamos a convertirnos en esclavos del horario: éste nos fija fechas límite que, por su misma naturaleza, nos dan un motivo para apresurarnos. Como dice un proverbio italiano: "El hombre mide el tiempo y éste mide al hombre". Los relojes antiguos solo medían el tiempo bajo un determinado contexto, o fijaban la medida de algunas tareas. ¿Por qué tantos duelos, batallas y otros hechos históricos tenían lugar al amanecer? No se debía a que a nuestros antepasados les gustara madrugar, sino a que el alba era el único momento del día que todo el mundo podía identificar con precisión. Y así, en ausencia de relojes exactos, la vida humana, más parecida a la animal, obedecía a los dictados de lo que los sociólogos denominan el tiempo natural. La gente hacía las cosas cuando le apetecía, no cuando se lo decía un reloj. Comían cuando tenían hambre y dormían cuando se amodorraban. Ya en el siglo VI, los monjes benedictinos hacían sonar las campanas, a intervalos determinados a lo largo del día y de la noche, para determinar el fin de unas tareas y el comienzo de otras. Cuando los relojes mecánicos se instalaron en las ciudades, las autoridades ya comenzaron a controlar las actividades de la población por medio de franjas de tiempo. Por ejemplo, en la ciudad alemana de Colonia, durante el siglo XIV, en el transcurso de una generación, sus habitantes pasaron de no saber nunca con precisión la hora que era, a permitir que un reloj dictara cuándo trabajaban, el tiempo que podían tomarse para comer y la hora en que debían retirarse a sus casas por la noche. El tiempo del reloj estaba ganando el pulso al tiempo natural. 

 

Pero el cénit lo marca la revolución industrial. La era del maquinismo permitió que las personas se desplazaran más veloces que un caballo a galope, o un barco a toda vela. Poco a poco, las personas, la información y los materiales comenzaron a poder recorrer largas distancias, antes nunca pensadas. Una fábrica podía producir más género en un solo día que un artesano durante toda su vida. Bajo la bandera falaz del "progreso" y del "bienestar" la civilización industrial-capitalista transformó nuestra realidad inmediata y las distancias, y nosotros nos hicimos esclavos de ellas. El capitalismo industrial se alimentaba de la velocidad, y los empresarios comenzaron a pagar a sus trabajadores/as por horas en vez de hacerlo por lo que producían. Una vez establecido que cada minuto costaba dinero, las empresas emprendieron una carrera interminable (que continúa hoy día) por acelerar la producción. La urbanización también contribuyó en todo este proceso. Las grandes urbes alcanzaron un desarrollo desorbitado, y está comprobado que cuando la gente se traslada a la ciudad, empieza a hacerlo todo con más rapidez. El acelerado ritmo urbano nos atrapa en su devenir continuo, y nos abduce en su ajetreo. Por eso muchas personas se trasladan a núcleos pequeños de población en períodos de vacaciones, para poder desconectar del ritmo frenético de las ciudades, y recuperar algo de la calma y el sosiego perdidos. Entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, se establece la hora oficial global, lo cual también contribuye a globalizar el tiempo. Y así, a medida que el reloj se imponía sobre los imaginarios colectivos, sobre costumbres y modos de vida, y la tecnología posibilitaba que todo se hiciera con mayor rapidez, el apresuramiento ocupó todos los rincones de la vida: se esperaba del individuo que pensara, sintiera, hablara, trabajara, leyera, escribiera, comiera y se moviera con más rapidez. Y todo ello afectaba también a nuestra vida personal. Pero las concepciones del tiempo también han sido definidas por las propias culturas: mientras las antiguas civilizaciones indígenas consideran el tiempo como algo cíclico, que viene y se va, la cultura occidental ha promovido una imagen lineal del tiempo, una flecha que vuela implacable del punto A al B, de una situación anterior a una posterior, es decir, de un grado de evolución a otro. 

 

La civilización industrial-capitalista también nos ha traído el consumismo como otro motor para incentivar la rapidez. El consumismo nos insta a comprar con prisa, porque de otro modo, quizá ya no encontremos lo que buscamos. Los hábitos de compra están por tanto muy relacionados con la aceleración que van  adquiriendo nuestros ritmos de vida. Esta visión parece incluso mucho más cierta en nuestro tiempo, cuando el planeta entero es un gigantesco centro comercial, y todas las personas, meras compradoras. Pero hoy día ya no basta con adquirir determinados productos y servicios, sino que su vida útil está controlada igualmente por el tiempo, mediante lo que llamamos "obsolescencia programada", la cual limita la vida de dichos productos a intervalos de tiempo, para garantizar que los niveles de consumo se retroalimentan constantemente (ver nuestra serie de artículos "Capitalismo y sociedad de consumo", en este mismo Blog). Tales son, entre otras muchas, las presiones que soporta nuestro tiempo, que incluso al más devoto apóstol de la lentitud, le resultaría difícil no apresurarse. Nuestra cultura está imbuida de dichos valores. El culto al tiempo es primordial. La obsesión por la velocidad también. Y a medida que seguimos acelerando, nuestra relación con el tiempo es cada vez más difícil y disfuncional. Algunas técnicas de aprendizaje nos instan a llevarlas a cabo incluso mientras dormimos, o en el tiempo que debiéramos dedicar a descansar. Lo gestores de las empresas, dentro de los cursos de habilidades que realizan, llevan a cabo sesiones de administración del tiempo. En fin, creemos que hemos presentado lo más granado del paisaje actual sobre la cultura de la aceleración, y la necesidad de acometer cambios sobre ella. El Buen Vivir nos requiere, en este sentido, llevar a cabo con urgencia profundos replanteamientos sobre nuestros modos y estilos de vida. Pero como todo cambio cultural, es muy difícil de implementarse si no lo soportamos desde una base educativa e institucional, es decir, si no somos reeducados bajo la filosofía de la lentitud, y cambian así mismo los marcos económicos, culturales, sociales y políticos para poder facilitar dichos cambios. Aquí solo nos hemos limitado a señalarlos y a apuntar su importancia. A partir de nuestra próxima entrega, abordaremos la recta final de esta serie de artículos, dedicada al especismo y al animalismo, que aunque tratados de pasada en anteriores artículos, pensamos que deben ser objeto de una profunda exposición. Hasta entonces.

Compartir este post

Repost0

Comentarios

Presentación

  • : Actualidad Política y Cultural - Blog de Rafael Silva
  • : Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
  • Contacto

Búsqueda

Categorías