Overblog
Edit post Seguir este blog Administration + Create my blog
13 septiembre 2020 7 13 /09 /septiembre /2020 23:00
Imagen: Portada del libro "En la espiral de la energía" (Vol. I)

Imagen: Portada del libro "En la espiral de la energía" (Vol. I)

La sociedad del crecimiento reposa sobre la acumulación ilimitada de riquezas, destruye la naturaleza y es un generador de desigualdades sociales

Serge Latouche

La naturaleza tiene mucho que decir, y ya va siendo hora de que nosotros, sus hijos, no sigamos haciéndonos los sordos. Y quizás hasta Dios escuche la llamada que suena desde este país andino, y agregue el undécimo mandamiento que se le había olvidado en las instrucciones que nos dio desde el monte Sinaí: "Amarás a la naturaleza, de la que formas parte"

Eduardo Galeano (“La Naturaleza no es muda”, 2008)

En la entrega anterior ya comenzamos a exponer nuestra visión sobre la importancia de la mirada animalista, absolutamente imprescindible en una sociedad orientada hacia el Buen Vivir. Hicimos un recorrido histórico (que continuaremos a continuación) sobre la evolución en torno al reconocimiento de derechos a los animales no humanos a través de las distintas civilizaciones, interesándonos sobre todo en la situación actual. Hoy día, aunque estamos todavía a gran distancia de poder alcanzar una situación de pleno reconocimiento, podemos decir que hemos evolucionado bastante en este sentido. Los grupos, ONG y partidos políticos animalistas están por todas partes del mundo, e incluso presentes en algunos gobiernos, y continúa avanzando no solo la conciencia social sobre este asunto, sino la potencialidad de las legislaciones vigentes para cubrir derechos y garantías para los animales no humanos. Pero como decimos, aún tenemos que romper grandes barreras mentales. Las religiones han hecho mucho daño en este sentido, y han propiciado, sobre todo, que los humanos tengamos en alta estima nuestra vida, pero en poca estima la del resto de seres vivos que alberga la Madre Tierra. Tom Reagan argumenta que sistemáticamente atribuimos un valor intrínseco, y por lo tanto, el derecho a ser tratados con dignidad y respeto a los seres humanos que no son racionales, incluyendo a los bebés y a aquellas personas con graves discapacidades mentales. El atributo esencial que todos los humanos tienen en común, según él, no es por tanto la racionalidad, sino el hecho de que cada uno posee una vida que tiene valor para nosotros. Y ese es precisamente el lugar que hemos de alcanzar de forma extendida para todos los animales no humanos, es decir, reconocerles, también a ellos, valores intrínsecos a su vida. Si en un programa informativo nos cuentan el asesinato de un humano y de un rinoceronte…¿cuál nos impacta más? ¿Por cuál quedamos más preocupados? Y sobre todo…¿a quién respaldan más nuestras leyes? Las respuestas a estas preguntas nos conducen a pensar que, efectivamente, no concedemos el mismo valor a todas las vidas, es decir, practicamos, de forma consciente o inconsciente, un cierto grado de Especismo.

 

Siguiendo de nuevo a Gretel Monserat en la exposición que hace (dentro de este volumen) sobre la evolución del pensamiento sobre los derechos de los animales, hay autores que han asegurado que solo hace falta implementar una ética simple al respecto: por ejemplo, Helmut F. Kaplan aboga por ella: “No necesitamos una nueva moral, solo tenemos que dejar de excluir de la moral existente a animales de manera aleatoria y sin razón aparente”. Según la opinión de Kaplan, la protección de los derechos de los animales muchas veces se acompaña con la humanización de la explotación, en vez de con el fin de ésta. Pero postular una humanización (normalización, si se quiere) de la explotación animal sería tan irracional como postular la humanización de la esclavitud, o el consentimiento de una violación sexual. Por su parte, Gary Francione, como sus antecesores, también usa una aproximación de padecimiento a la hora de identificar individuos con autonomía. En su publicación “Animals, Property and the Law”, señala que la razón más limitante en los derechos para los animales es el estatus que éstos tienen de “cosas”, la objetualización o cosificación que de ellos se practica (el hecho de continuar llamando “mascotas” a los animales de compañía es una clara pista sobre ello), y tilda de inconsistente y contradictorio el hecho de tratar a algunos gatos o perros como miembros de la familia, pero al mismo tiempo, explotar a gallinas y vacas para la alimentación. La explicación de este comportamiento anómalo de nuestra civilización capitalista quizá radique en un hecho elemental: cuando conocemos, amamos. Los gatos y perros con los que convivimos son “nuestros”, viven con nosotros, los alimentamos, les cubrimos sus necesidades, y practicamos una relación cariñosa con ellos. Sin embargo, no conocemos a esas gallinas a las cuales explotan salvajemente en gigantescas naves, ni a las vacas en la ganadería extensiva. Como podemos comprobar a través de este breve recorrido por la historia del pensamiento sobre el tema, el movimiento en defensa del derecho hacia los animales no es homogéneo. Quizá el consenso máximo lo encontramos en respetar el derecho a la vida de los animales, lo cual no es poco, y quizá el derecho de primera generación para ellos.

 

Se plantean también inconvenientes (en realidad, excusas) desde la doctrina y jurisprudencia ética y jurídicas, donde suele decirse que todo derecho tiene un depositario responsable, es decir, que alguien que puede adquirir derechos (por ejemplo a través de un contrato) lo hace porque a la vez otro alguien adquiere las obligaciones equivalentes (caso de personas naturales y jurídicas); entonces se argumenta falazmente que esto es algo que los animales no pueden hacer en modo alguno, pero sin embargo, tampoco lo podrían hacer las personas que aún no han nacido (el “concebido no nacido” suele llamársele jurídicamente), ni los bebés, ni las personas discapacitadas mentales, a todas las cuales, sin embargo, no se les niegan derechos. Las personas jurídicas lo hacen a través de ficciones jurídicas y teoría legal de la representación, y las personas aún no nacidas, a través de la teoría legal de la representación. Por tanto, como se puede claramente entrever, este cuestionamiento, en el fondo, solo es un rechazo prejuicioso a la pretensión de atribuirles derechos a sujetos no humanos. Si los animales son considerados sujetos morales, sería posible más fácilmente considerarlos como titulares de derechos. Pero enseguida surgen también inconvenientes al respecto (como ya enunciábamos en el artículo anterior), alegando que los animales no pueden discernir sobre el bien y el mal, como los humanos. La vía más adecuada, pensamos, debe ir en el sentido de considerar a los animales como seres sensibles (hecho que sí está demostrado científicamente, en el sentido de la evolución mental y del sistema nervioso de muchas especies de animales), y por tanto, que las posibles regulaciones sociales y jurídicas los consideren como sujetos sintientes (es decir, que sufren, sienten dolor y padecen), y por tanto, podamos defender legalmente sus derechos e intereses. Entendemos que ésta es la vía más idónea para superar el especismo que la especie humana practica de forma cruel y continuada desde hace siglos. En cualquier caso, una muy amplia barrera de prejuicios mentales y morales han de ir derribándose, y esto solo puede conseguirse con conciencia social y con educación adecuada.

 

Pero más recientemente en la historia, la idea de dotar de derechos a los animales y de construir un régimen jurídico de mayor o menor andamiaje alrededor de ellos la encontramos en varios esfuerzos en el mundo occidental. Son hitos importantes, en este sentido, la Declaración de los Derechos del Animal de 1977, aprobada en Londres en el seno de la UNESCO, y posteriormente, asumida por la ONU. En este documento, se hace referencia a la “Comunidad de los Iguales”, y se plantea reconocer a los animales sus derechos a la vida y a la libertad; además, se prohíbe la tortura y toda forma de maltrato hacia ellos. Pero desgraciadamente, al igual que ocurre con los Objetivos de Desarrollo del Milenio o con la propia Declaración Universal de los Derechos Humanos, el mundo está aún muy lejos de alcanzar estas metas en la práctica. Otro texto significativo es la Declaración sobre los Grandes Simios, publicada en 1993, en la cual éstos sustentan derechos equiparables a los humanos. En los “Considerandos” de dicho documento, se les reconoce el derecho a la existencia como fundamento de la correlación de las especies en el mundo, y se señala que el respeto del ser humano hacia los animales está ligado al respeto de los seres humanos entre ellos mismos (loable objetivo donde los haya, muy distante igualmente de ser alcanzado, si tenemos en cuenta las migraciones forzadas, el hambre, el racismo, y el resto de males que aquejan a miles de millones de seres humanos en el planeta). En esta Declaración sobre los Grandes Simios también se señala: “El hombre, como especie animal, no puede atribuirse el derecho de exterminar a los otros animales o de explotarlos, violando ese derecho. Tiene la obligación de poner sus conocimientos al servicio de los animales” (Singer y Cavalieri, 1998). Estos documentos, y muchos otros avances legales, normativos y regulatorios que se están dando por todas partes del mundo, así como la propia práctica del veganismo como expresión de una forma de entender la alimentación prescindiendo de los animales (y por tanto atacando las bases de dicho sector productivo) nos establecen el camino por donde hay que continuar. La senda aún es muy larga, pero estamos ya en ello.

 

Podemos finalizar esta entrega con un ejemplo real situado en la buena dirección, tomado de Ciudad de México (un Estado devastado por el crimen organizado, pero más avanzado que otros muchos en el asunto que estamos tratando). Pues bien, el proyecto de Constitución de Ciudad de México en su Artículo 13, inciso “B”, reconoce a los animales como seres sintientes, en los siguientes términos: “Esta Constitución reconoce a los animales como seres sintientes, y por lo tanto, deben recibir trato digno. En la Ciudad de México toda persona tiene un deber ético y obligación jurídica de respetar la vida y la integridad de los animales; éstos, por su naturaleza, son sujetos de consideración moral. Su tutela es de responsabilidad común. Las autoridades de la Ciudad garantizarán la protección, bienestar, así como el trato digno y respetuoso a los animales, y fomentarán una cultura de cuidado y tutela responsable. Así mismo, realizarán acciones para la atención de animales en abandono. La ley determinará:

  1. Las medidas de protección de los animales en espectáculos públicos, así como en otras actividades, de acuerdo con su naturaleza, características y vínculos con la persona;
  2. Las conductas prohibidas con objeto de proteger a los animales y las sanciones aplicables por los actos de maltrato y crueldad;
  3. Las bases para promover la conservación, así como prevenir y evitar maltratos en la crianza y el aprovechamiento de animales de consumo humano;
  4. Las medidas necesarias para atender el control de plagas y riesgos sanitarios; y
  5. Las facilidades para quienes busquen dar albergue y resguardo a animales en abandono

Como puede comprobarse, un texto (ciertamente incompleto, pero muy valiente y transgresor) situado al más alto nivel jurídico, como es el nivel constitucional, que insta al ulterior desarrollo de leyes y normativas que hagan posible los preceptos generales que aquí se enumeran. Ejemplos como éste deben servirnos de inspiración. Continuaremos en siguientes entregas.

Compartir este post

Repost0

Comentarios

Presentación

  • : Actualidad Política y Cultural - Blog de Rafael Silva
  • : Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
  • Contacto

Búsqueda

Categorías