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18 octubre 2020 7 18 /10 /octubre /2020 23:00
Viñeta: Antiespecismo

Viñeta: Antiespecismo

Hay salvajes que se apoderan de este perro, que tan sobradamente supera al hombre en fidelidad y amistad, lo clavan a una mesa y lo despedazan vivo para mostrar sus venas mesentéricas. Se descubren en él los mismos órganos sensoriales que en uno mismo. Contéstame, mecanicista, ¿es que la Naturaleza ha dispuesto todos los resortes sensoriales en este animal con el fin de que no sienta?

Voltaire

La posición ética y política más justa y correcta, que enlaza con la propia filosofía del Buen Vivir, es la posición antiespecista, superando todos nuestros desprecios y prejuicios practicados contra los animales no humanos. Maristella Svampa propone, incluso, en este artículo, cómo pensar los derechos de los animales desde una visión que supere la mirada moral o ética con que se aborda lo permitido y prohibido frente a los animales, y se sitúe el foco explícitamente en la dimensión política, es decir, que se amplíe el concepto actual de ciudadanía, para incluirlos también a ellos. Tomaremos dicho artículo como referencia a continuación, señalando lo más significativo de su aportación. Nuestros modelos de aprovechamiento de los animales vienen cambiando desde el Neolítico, y así, hemos ido pasando, por ejemplo, desde los animales que ayudaban en las tareas de las sociedades agrícolas, pasando por los animales que servían para el transporte, hasta los animales de la actualidad, que utilizamos para experimentación científica, ganadería intensiva o determinadas industrias. Pero la curva del sufrimiento animal va creciendo. En la actualidad se sacrifican 60.000 millones de animales al año, tres veces más que en 1980. Ejecutamos sobre ellos un cierto holocausto cotidiano y perpetuo, el "eterno Treblinka" como lo tildara Charles Patterson en un libro publicado en 2002, retomando la frase del escritor y Premio Nobel Isaac Bashevis Singer, quien había dicho que "en lo que respecta a los animales, todos somos nazis". Claramente, como agrega la filósofa francesa Elizabeth de Fontaney, "los animales viven en un estado de excepción permanente". Nuestra agresión contra ellos ha llegado a tal estado de normalización que no nos damos cuenta del tremendo sufrimiento que les causamos en multitud de esferas de nuestras sociedades. Necesitamos, pues, una revolución animalista en toda regla. Hemos expuesto cómo los animales no humanos son seres sintientes, y por ello dotados de derechos inviolables; pero abundando en ello, también son sujetos políticos, en la medida en que pertenecen a una comunidad, son interdependientes y desarrollan vínculos con otros sujetos, de su misma especie o de distinta. 

 

Es exactamente este enfoque el que da pie para desarrollar una teoría política sobre sus derechos (como exponen Sue Donaldson y Will Kymlicka en su reciente libro "Zoopolis: una Revolución Animalista"), mediante la cual podemos aspirar a construir una original tipología en torno a lo que podemos considerar como la ciudadanía animal, así como los mundos compartidos entre humanos y no humanos. Las teorías que tenemos hasta ahora son muy acotadas o minimalistas, pues se han limitado a formular los derechos negativos de los animales (el derecho a no ser cosificado, a no ser considerado propiedad, a no ser asesinado, a no ser torturado, confinado o separado de la familia...). Pero lo cierto es que hemos de ir más allá, porque dichas teorías no han abierto el campo de los derechos positivos, ni han reflexionado sobre las obligaciones positivas que los humanos tenemos para con los animales. Maristella Svampa, al hilo de la teoría sugerida por estos autores, explica: "De lo que se trata es de pensar a los animales como sujetos políticos, lo que en clave liberal-democrática significa determinar los derechos de membresía de cada comunidad política específica. En esta línea, la apuesta teórica y normativa va más allá de las dos corrientes dominantes dentro de la teoría de los derechos animales: la visión bienestarista (que defiende el bienestar de los animales desde una perspectiva moral, aunque muchas de ellas lo subordinen al bienestar humano), así como aquella otra visión que concede ciertos derechos a los animales con capacidades cognitivas o superiores (grandes simios, ballenas, delfines, elefantes...)". Por tanto, una vez superada la mirada moral o ética con que se aborda lo permitido o lo prohibido frente a los animales, y que no obstante aún necesita un mayor recorrido, deberíamos situarnos, dando un paso más allá, en una mirada o dimensión política, lo cual va unido inextricablemente a la convivencia, es decir, a la comunidad, lo cual a su vez implica una mirada al concepto de ciudadanía, o si se prefiere, a una ampliación del mismo, para que sea adaptada igualmente al mundo de los no humanos. 

 

Ya hemos dejado sentado que los animales poseen derechos inviolables por ser seres sintientes, pero por otro lado, esos derechos universales, los autores del texto de referencia los vinculan con tres tipos de ciudadanía diferenciadas, a saber: una primera categoría abarcaría a los animales de compañía y domésticos, quienes debieran ser considerados como conciudadanos de nuestra comunidad humana, por lo cual tendríamos para con ellos todas las obligaciones que conlleva la dependencia; una segunda categoría podría referirse a los animales liminales, que serían aquellos que se hallan en una situación intermedia entre los animales domésticos y los salvajes, y que aunque coexisten en un mismo espacio con nosotros los humanos, son considerados como visitantes temporales o residentes, pero no como conciudadanos; por último, la tercera categoría abarcaría a los animales salvajes, considerados miembros de sus respectivas comunidades políticas, fuera de las humanas, con sus propios territorios y soberanías, y que deben ser igualmente respetados. Quizá convenga una aclaración sobre la segunda categoría mencionada, los animales liminales, por ser una categoría laxa y heterogénea, que incluiría desde animales que viven dentro del entorno humano (ardillas, ciervos, halcones, zorros...), pasando por animales supervivientes a la invasión de sus nichos o ecosistemas por parte de los seres humanos (algunas aves y roedores...), hasta animales que han sido extraídos de su entorno de origen y que ya no pueden volver a él (como los mal llamados animales "exóticos") o han generado nuevas dependencias con los humanos. Es, por tanto, una categoría no finalista, sino abierta a las posibles y futuras interacciones de los humanos con algunas otras especies. También conviene aclarar lo respectivo a sus derechos, porque estos animales liminales, que no serían ciudadanos plenos pero tampoco extranjeros absolutos, son objeto en la práctica de una invisibilización recurrente en términos de derechos, o incluso son considerados como una amenaza, lo cual puede conducirlos a ser víctimas de "limpiezas étnicas". 

 

Entonces, según la propuesta que hemos considerado para estos animales, no gozarían de todos los derechos de un conciudadano, pero sí de residencia. Es en este punto donde los autores de dicha propuesta apelan al multiculturalismo, ya que el derecho a la residencia puede ser concebido en analogía con los derechos de los inmigrantes, o de los visitantes temporales (los que disfrutan de visados), y apunta a conceder inteligibilidad y matices nuevos a una relación de coexistencia, pero sin membresía. Hay que aclarar, para que no haya malentendidos, que el estatus de ciudadano pensado para los animales no está determinado, lógicamente, por sus capacidades cognitivas, sino por la naturaleza de sus relaciones con una comunidad política particular. Pero ésta es, en suma, la teoría de los autores de "Zoópolis", uno de los textos de referencia en el Animalismo mundial, por su avanzada y revolucionaria concepción y propuesta de una teoría política que contemple de forma integral los derechos de los animales. Pero antes de implementar en la práctica consideraciones como las que se nos muestran en el referido texto, habría mucho que avanzar en otros campos del Animalismo: sin ir más lejos, la situación de los animales usados y matados por los seres humanos se pasa por alto a menudo, pero les hace sufrir de manera terrible. Un gran número de animales son obligados a sufrir vidas de confinamiento, repletas de dolor, aburrimiento y miedo, o son capturados y privados de su vida de forma muy dolorosa. La explotación que el ser humano practica hacia el mundo animal es, lisa y llanamente, aberrante: experimentación científica, ganadería intensiva, industrias varias, uso de animales para el espectáculo, y un largo etcétera, abusan de los animales, y les provocan dolor, mutilaciones, sufrimiento y muerte en elevadas dosis. La base moral para practicar todo ello se basa en el Especismo, que consiste en la discriminación (activa o latente) de quienes no pertenecen a una cierta especie. En la base de la pirámide se encuentra la creencia básica de que el ser humano es una especie superior a las demás, por propia naturaleza. Se trata de una discriminación injustificable, parangonable al sexismo o al racismo. 

 

Puede que alguien pueda alegar a nuestros razonamientos el hecho (cierto) de que la naturaleza tampoco les ofrece a los animales un mundo idílico. En efecto, la mayoría de los animales mueren poco después de nacer en el medio salvaje, o sufren permanentemente debido a heridas, enfermedades, hambre, climas hostiles o ataques de otros animales. Todo ello es cierto, pero no por ello nosotros, los humanos, debemos incrementar su dolor, sufrimiento y muerte, añadiendo nuestra manipulación, nuestra explotación y nuestro abuso en los diferentes campos donde usamos a los animales. La capacidad de sintiencia es lo que verdaderamente importa a la hora de tener en cuenta qué seres necesitan ser respetados. Podemos afirmar esto con independencia de la teoría ética o política particular que defendamos, porque básicamente, hemos de estar de acuerdo en defender los intereses de los seres sintientes. Esto es, básicamente, lo que consideramos una Ética Animal. Y pensamos que toda ética animalista ha de descansar primigeniamente en un rechazo al Especismo, como decíamos más arriba. Desde la visión especista (la que concede superioridad al ser humano) no podemos siquiera arribar a conclusiones mínimamente respetuosas con los animales. El Especismo supone una discriminación en sí mismo, es decir, una diferente consideración moral, aplicada de forma injustificada, tal como nos explica el sitio web Animal Ethics, que tomamos como referencia. Superar el especismo imperante es quizá la mayor barrera mental que hemos de atravesar, si pretendemos alcanzar modelos de sociedad justos hacia los animales. De hecho, la discriminación especista es tan habitual que la mayoría de seres humanos no piensa en cuestionarla, excepto en casos donde el tipo o grado de la misma es extrema o inusual. Como resultado, nosotros los humanos explotamos a los animales no humanos en el curso de nuestra vida diaria de diferentes formas (estas formas también varían con el tiempo y las diversas civilizaciones), usándolos como recursos. Esto ocurre de múltiples maneras: los animales son consumidos como parte de la dieta humana, usados para vestimenta, atormentados y matados por diversión (sobre todo en festejos y celebraciones populares), explotados como fuerza de trabajo, o criados y sacrificados para que partes de su cuerpo sean usadas como materiales en la fabricación de cosméticos y otros productos de consumo. En conclusión, los animales son básicamente nuestros esclavos. El Buen Vivir nos conmina a adoptar criterios morales más justos con ellos. Continuaremos en siguientes entregas.

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