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4 noviembre 2020 3 04 /11 /noviembre /2020 00:00

La prostitución no es un trabajo como tampoco lo es mendigar. Nadie dice que un mendigo es un trabajador, de ser así nadie, nunca, se plantearía políticas de erradicación de la pobreza y llevamos intentándolo desde el siglo XVI. Por otro lado las mafias de la mendicidad cuando los organizan los envían a trabajar, ese es el término que utilizan porque esa es la forma de legitimar su actividad criminal que consiste en esclavizar a otros y extraerles todo el beneficio posible. Solo las mafias que viven de los mendigos dicen que mendigar es un trabajo. Solo las mafias de proxenetas que viven de la prostitución dicen que la prostitución es un trabajo para legitimar su crimen

Cruz Leal

Y son precisamente esas mafias a las que se alude en la cita de entradilla las que están situadas en el corazón del capitalismo más salvaje de nuestros días. Y las cifras, como ya advertíamos en la última entrega, producen vértigo. Algunas son recogidas por Lluis Rabell en este artículo, donde comenta también la obra de Rosa Cobo, ya referida en anteriores entregas: en el año 2002 ya el gobierno coreano estimaba que la prostitución representaba hasta un 4,4% de su PIB, mientras que la industria del sexo representaba ya por esas fechas en Holanda un 5% del PIB. En China se llegaba a más, ya que su estimación era que dicha industria alcanzaba un 8% de su economía. De hecho, al normalizarse la contabilidad nacional tomando en cuenta las "aportaciones" de esta execrable actividad, países enteros cuyas economías estaban deprimidas se incorporaron al mercado global exportando sus mujeres e incluso sus niñas. La economía formal y la aberrante se entrelazan perversamente hasta configurar un negocio colosal a escala internacional. Un negocio donde la mercancía la constituyen los cuerpos de las mujeres, deshumanizadas y transformadas en meros objetos sexuales a disposición de las apetencias masculinas. Según Naciones Unidas, más de 4 millones de mujeres son anualmente objeto de trata con finalidad de explotación sexual. Medio millón de ellas tiene como destino Europa. Oferta y demanda se retroalimentan en una imparable y caótica espiral. Rabell añade: "...la prostitución, junto a la expansión de una pornografía que normaliza la violencia y la vejación hacia la mujer y a la industria de los vientres de alquiler, aparecen como otras tantas manifestaciones de una estrecha alianza entre el capitalismo global y el patriarcado en fase de reorganización". Y es que el capitalismo globalizado no puede subsistir ni reproducirse sin recurrir una y otra vez a todas las formas posibles de esclavitud. La propuesta que da título a esta serie de artículos, es decir, la apuesta por la abolición de la prostitución, nos pareciera, a la luz de estas exposiciones iniciales, un objetivo un tanto utópico, pues si afirmamos que el fenómeno de la prostitución y todas sus manifestaciones son hijos de la forma de vida, de la cultura y del modo de producción capitalista, hablar de abolición de la prostitución podría entenderse como un objetivo demasiado ambicioso. 

 

De hecho éste es más o menos el punto de vista de Lidia Falcón, uno de los más grandes referentes de la izquierda y del feminismo en nuestro país, expuesto en su artículo "La ilusión de abolir la prostitución", que vamos a exponer a continuación. Nos recuerda Falcón que en España, desde Concepción Arenal, las pensadoras y activistas feministas pretendieron lograr que la prostitución se aboliera en todo el mundo, como de hecho se planteó en la Convención Internacional contra la Trata del año 1905. Más tarde, en las Cortes de la II República, como iniciativa impulsada por Clara Campoamor, se abolió la prostitución, y Federica Montseny, la primera mujer Ministra española, que lo fue de Sanidad, de ideología anarquista, llevó dicha iniciativa a cabo cerrando los prostíbulos y creando los "liberatorios de la prostitución", en plena Guerra Civil. Retomo las palabras de Lidia Falcón: "Ha sido con la llegada de la democracia cuando la ideología capitalista (...) se adueñó del discurso dominante y la mafia de la prostitución ha introducido en la conciencia social la idea de que la prostitución "libre" es aceptable, a veces hasta recomendable, como un trabajo más. No se califique de liberal esta concepción porque es un insulto a los liberales, aquellos que lucharon contra la esclavitud y la prostitución durante todo el siglo XIX, y cuyo partido fundó John Stuart Mill, el filósofo y diputado inglés, uno de nuestros admiradores feministas, que tanto trabajó para lograr el voto para la mujer. En España, desde las Cortes de Cádiz en 1812, los liberales lucharon heroicamente contra la reacción tiránica y a favor de la República". No es el clásico liberalismo, como muy bien señala Falcón, la ideología que defiende la prostitución como un trabajo más, sino el neoliberalismo, es decir, esa vuelta de tuerca al capitalismo más devastador, saqueador, explotador y aberrante que se da por todo el mundo desde aproximadamente la década de los 70 del siglo pasado. Ningún tipo de esclavitud puede constituir una actividad laboral, y la prostitución lo es, es un esclavismo sexual, por mucho rechazo que provoque en los sectores que se lucran con ella. Si a las precursoras Rosa Luxemburgo, Clara Zetkin, Victoria Kent o Dolores Ibárruri, entre otras muchas, les hablaran de que existen hoy día partidos que se dicen "de izquierdas" y que pretenden regular la prostitución como "trabajo sexual", volverían a sus tumbas muy decepcionadas. Echaremos un vistazo después al camino recorrido por la Segunda República Española con relación al tema. 

 

De hecho, el bipartidismo (PP-PSOE) lleva más de 40 años gobernando en nuestro país, y nunca ha planteado un proyecto abolicionista de la prostitución. Hoy día, por tanto, en el escenario político español, hablar de una apuesta por la abolición de la prostitución es pura ilusión. Comparto, pues, la postura un poco pesimista de Lidia Falcón, todo un referente en este asunto, pues ya no solo la aritmética parlamentaria y la tibia vocación de muchos líderes en acabar con este asunto, sino todo el entramado globalizado que nos rodea, haría muy complicado acabar para siempre con este execrable fenómeno. Pero dicha complejidad no nos debe desanimar en nuestro empeño por intentar diseñar un marco legal adecuado para hacer la vida imposible a las mafias, así como un rechazo social mayoritario al fenómeno de la prostitución. En ningún caso legalizarlo ni regularlo, tal como afirma la periodista y escritora Carme Chaparro en este artículo que tomamos como referencia: "La policía calcula que un ochenta por ciento de las mujeres que venden su cuerpo lo hacen obligadas. Son esclavas sexuales. Traídas a España por las poderosísimas redes de trata de blancas. Es el segundo negocio ilegal más importante del mundo, por encima incluso del tráfico de drogas y solo superado por el de armas. Raptar y esclavizar personas, sobre todo con fines sexuales, mueve al año, en el mundo, 32.000 millones de dólares" (es una cifra del año 2015, seguramente muy superior hoy día). Bajo falsas promesas de trabajo, una vez en el país de destino les quitan la documentación, las encierran, las drogan, y las obligan a realizar innumerables "servicios sexuales", hasta que el cuerpo aguante, bajo amenazas constantes para ellas y sus familias. Las frías estadísticas calculan que en nuestro país se realizan al mes más de un millón de servicios sexuales. Los hombres españoles gastan unos 50 millones de euros diarios en las 300.000 mujeres que se prostituyen en nuestro país, según un informe presentado en 2012 en el Congreso de los Diputados (las cifras serán hoy día más altas). 

 

Evidentemente, la conciencia masculina también debe ser atacada y despertada para poder acabar con este fenómeno, pues existen mujeres prostituidas porque existe demanda masculina. Hemos de concienciar a los hombres de que cada vez que acuden a un burdel están contratando esclavas, y de que están contribuyendo, con su granito de arena, a la permanencia y extensión de este macabro fenómeno. Y la pregunta es: ¿Podemos legalizar este horror? ¿Debemos regular esta esclavitud? Regular implica aceptar y normalizar aquello que se regula, que precisamente se hace para que dicha actividad sea inserta en el imaginario colectivo como algo lícito, posible, legal, deseable. ¿Podemos hacer eso con la prostitución? Hemos de concienciar igualmente a los medios de comunicación, sector que se ha comportado hasta ahora de un modo muy permisivo con la prostitución, incluyendo anuncios de todo tipo para el reclamo publicitario (desde pequeños anuncios por palabras hasta grandes carteles de los enormes prostíbulos de las ciudades). Pero hablábamos más arriba, al hilo del artículo de Lidia Falcón, del precedente de la Segunda República, donde de hecho se dijo sí a la abolición de la prostitución. ¿Cómo fue el proceso? Vamos a describirlo en resumen tomando como referencia este estupendo artículo de Ana Bernal Treviño, para el medio Publico. En concreto, 1932 fue el año en el que el debate sobre la prostitución llegó al Congreso, con un ejemplar discurso de Clara Campoamor. Hasta tres años más tarde, en 1935, no se aprobaría por decreto el abolicionismo, como una forma de garantizar la igualdad entre hombres y mujeres. No obstante, para algunos sectores, fue una meta poco ambiciosa. El artículo 1 del Decreto de 23 de junio de 1935 rezaba así: "Queda suprimida la reglamentación de la prostitución, el ejercicio de la cual no se reconoce en España a partir de este Decreto como medio lícito de vida". Y como venimos afirmando desde la primera entrega de esta serie, muchas son las personas que se declaran republicanas y de izquierdas en la actualidad, pero que son regulacionistas de la prostitución, muchas de las cuales quizá ignoren que fue precisamente la II República la que decretó el abolicionismo. Quizá algunas personas argumenten que aquéllos eran otros tiempos, y efectivamente lo eran, otros tiempos donde aún no estaba tan globalizado el capitalismo más voraz, asesino y depredador que se haya dado jamás, lo cual debe ser una razón no de apoyo a la regulación, sino más bien de rechazo aún más enconado de la misma. 

 

Varias mujeres lideresas de diversos movimientos políticos y sociales de la época trataron el tema. Por ejemplo, Concepción Arenal se refirió a la prostitución en su obra "La Mujer del Porvenir", calificándola como una lepra y como "el más horrible de todos los males". Se quejó del trato que recibían estas mujeres, y dejó escrito en dicha obra: "Nunca me conmueve tan tristemente mi ánimo como al entrar en un hospital de mujeres donde se curan las enfermedades consecuencia de la prostitución. Allí las enfermas no suelen quejarse, saben que a nadie inspiran lástima y procuran sofocar el dolor físico lo mismo que el dolor moral". Por su parte, Emilia Pardo Bazán ya reflexionaba sobre el asunto en una Conferencia impartida en 1899, e indicaba que las mujeres se veían "arrastradas al matrimonio, al servicio doméstico, a la mendicidad y a la prostitución", como únicas salidas posibles para sus vidas. En el fondo, como siempre, la pobreza, la falta de recursos, la falta de autonomía, la falta de libertad material para la mujer. Nadie como Pardo Bazán explicó en cuentos y discursos las violencias contra las mujeres, tal como por ejemplo se relata en su libro "El encaje roto". Algunos años más tarde, en 1904, Consuelo Álvarez Pool, que firmaba sus trabajos con el pseudónimo de "Violeta", escribió un texto titulado "Del matrimonio", donde denunciaba la misma situación, afirmando: "¡Cuántas mujeres se ven en el duro trance, en la cruel alternativa de casarse con el primero que llega...o prostituirse! Entonces la elección no es dudosa: se casan y hasta creen amar a su marido porque en él ven la tabla salvadora a que asirse en el naufragio de su pobreza". De nuevo, al igual que hoy, la pobreza. Los tiempos han cambiado, por supuesto, pero no los vectores fundamentales que rigen a las sociedades capitalistas. En 1918 salía publicado el libro "La condición social de la mujer en España", de Margarita Nelken, quien se preguntaba de dónde venían las prostitutas y señalaba que las de alta categoría procedían de la clase media, cuya educación no se había "preocupado de proporcionarles un medio de vida y que el día que necesitan bastarse a sí mismas se lanzan o caen poco a poco en la prostitución". Las más pobres, indicaba, venían del campo a la capital y denunciaba que caían "fácilmente seducidas por fantásticos espejuelos". Es aquí donde hace una crítica de clase a la figura del "señorito" que abusaba sexualmente de sus sirvientas, muchas de las cuales quedaban embarazadas, las cuales, con un hijo a su cargo, tenían que buscarse imperiosamente la vida. Efectivamente, eran otros tiempos...o no tanto. Continuaremos en siguientes entregas.

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