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23 noviembre 2020 1 23 /11 /noviembre /2020 00:00
Viñeta: Olivier Ploux

Viñeta: Olivier Ploux

Uno de esos espectáculos son las corridas de toros. Que sea una tradición no justifica su existencia, porque tradición es también, en determinados países africanos, mutilar genitalmente a las niñas y jóvenes, sin que por el hecho de ser tradicional lo consideremos admisible. Disfrutar con la tortura y muerte sangrienta de un ser vivo, en un contexto de tamaña pobreza cultural, no debería, en ningún modo, estar permitido, pese a que algunos políticos (que así muestran la atrofia de su corazón y sus ideas) se hayan atrevido, incluso, a proponerlo como Bien de Interés Cultural. ¡Qué triste la cultura levantada sobre el dolor y la sangre! ¡Y qué lástima de un pueblo que se dota de semejantes políticos!

Federico Velázquez de Castro González (Presidente de la Asociación Española de Educación Ambiental)

Llevamos reclamando, desde muchas entregas atrás, la necesidad de enfocar bajo el prisma de una ética biocéntrica los problemas del ser humano, erradicando los viejos y dañinos enfoques antropocéntricos, causantes del abismo civilizatorio al que nos enfrentamos. Pues bien, este nuevo enfoque ético también es el mismo que nos sirve para entender una nueva relación con los animales no humanos, ya que no solo nosotros poseemos valor y dignidad, sino también el resto de animales, y la propia Naturaleza (bajo este mismo enfoque, también hemos reclamado la concesión de derechos a la Pachamama). Por esa razón, como argumenta Federico Velázquez de Castro en este artículo para el medio Contrainformacion que tomamos como referencia, el respeto tradicionalmente exigido para cada ser humano, debe extenderse también a todo el mundo natural y al resto de seres vivos que habitamos el planeta, siendo empáticos con todas las formas de vida y tomando conciencia de su capacidad de gozo y de sufrimiento. Afortunadamente, los códigos penales han ido reconociendo esta problemática, e introduciendo castigos y sanciones para los responsables del maltrato animal, pero aún estamos lejos de sistemas penales justos hacia ellos. Como Ghandi dejó dicho: "La cultura y la nobleza de los pueblos se manifiesta en la forma en que éstos tratan a sus animales". Explica Velázquez de Castro: "¿En qué medida maltratamos a los animales? Desgraciadamente hay todo un catálogo y la primera forma es el sufrimiento inútil de los espectáculos crueles. En culturas rurales y en épocas pasadas, el animal era un compañero de fatigas para el campesino, que a veces se excedía en cuanto a sus posibilidades, quedando ya en su corazón --o utilidad-- el dispensarle un trato adecuado. Más tarde, en muchas fiestas populares (por cierto, gran parte de ellas bajo la advocación de algún santo patrón o directamente bendecido por alguna autoridad eclesiástica, lo que en su momento hizo exclamar a Voltaire: "es increíble y vergonzoso que ni predicadores ni moralistas eleven su voz contra los abusos a los animales"), se han realizado prácticas crueles persiguiendo, torturando, y finalmente, matando de forma violenta a un animal inocente, con sistema nervioso central y capacidad para sentir".

 

Y concluye: "Afortunadamente, la opinión pública, apoyada por la valiente posición de muchos grupos de defensa de los animales, ha ido modificando algunos criterios y estos acontecimientos bárbaros, como degollar gansos o arrojar animales desde una altura, se han ido viendo acorralados. Con todo, todavía quedan reductos infames, donde ningún hombre o mujer de buena voluntad, y no digamos con principios o creencias, debería poner los pies hasta que no terminaran tan aborrecibles prácticas". Nosotros hicimos un  breve recopilatorio de estos bárbaros festejos en este artículo, que recomiendo a los lectores y lectoras para una mayor información. Quizá el espectáculo por antonomasia que encuadra en este grupo sean las corridas de toros, que ya hemos destacado en la cita de entradilla, y sobre las que volveremos más adelante. Pero otra forma de muerte indiscriminada, y por ello de sufrimiento y maltrato, es la caza. También abordaremos el asunto de la caza en posteriores artículos, pero baste ahora una simple semblanza. De entrada, nos preguntamos con Velázquez de Castro: ¿Qué placer puede producir al ser humano terminar con la vida de un animal que solo quiere, como nosotros, vivir en libertad, y que como nosotros, huye del sufrimiento? Pues sin embargo, nuestro país, como también otros, nos ofrece una muy extensa y variada "cultura y tradición" sobre la caza, donde por lo visto los cazadores disfrutan matando por doquier a múltiples especies de mamíferos, aves o roedores. Para desterrar todo esto, como ya hemos afirmado en múltiples ocasiones, será necesario un arduo y profundo trabajo educativo con las nuevas generaciones, que conduzca a que los futuros adultos encuentren más placer en dejar vivir que en matar. Pero desgraciadamente, el ejemplo que venimos ofreciendo es de nuevo bárbaro, máxime cuando destacadas personalidades del mundo de las letras, de la cultura, de la ciencia o de la política han sido o son aficionados a la caza. Y en cuanto a las posibles justificaciones, basta ya de aducir que son especies cinegéticas (algunas de las cuales necesitan una regulación en su dinámica poblacional) y que, por tanto, deben someterse a este juego macabro y sanguinario, porque es un argumento superado y cansino. Simplemente es falso. Y no digamos de la existencia de los cotos privados, que se apropian de importantes áreas que debieran ser patrimonio público de disfrute común, en vez de parcelas dedicadas a tan aberrante actividad. 

 

Otro tipo de maltrato, ya también señalado, es la cautividad. Disfrutar teniendo y visitando a especies de animales en determinados recintos (zoológicos, y todas sus variantes) es privarlos de la libertad que necesariamente buscan, y provocarles un gran sufrimiento. En palabras de Sigmund Freud, dicha práctica es síntoma de "un modo tanático y anal de relación con el mundo, que solo se satisface con la posesión". Y así, tener animales enclaustrados, enjaulados, coleccionados, disecados o extraídos de su entorno natural, prácticamente secuestrados, simplemente por placer de que los humanos puedan "visitarlos", supone ignorar el valor de la libertad. Pero de nuevo, un profundo pensamiento antropocéntrico subyace aquí, que solo valora la libertad del humano, pero no de los animales. Ellos necesitan la libertad al igual que nosotros, quizá incluso más, pues su ligazón con el entorno ambiental, con la naturaleza, es muy superior al nuestro. Y por su parte, el empleo que hacemos de los animales para nuestro beneficio es intolerable en todas sus dimensiones, y también debe ser revisado. Hemos construido un mundo que se basa en gran medida en la explotación de animales para nuestra diversión, nuestros lujos, nuestros deportes o nuestro vestuario. Las pieles, en climas templados como el nuestro, son absolutamente inútiles y si bien es cierto que los animales de procedencia están en granjas (como los visones, por ejemplo), se trata de seres vivos a los que se va a sacrificar para satisfacer la vanidad o el capricho de personas sin escrúpulos. Por su parte, la alimentación basada, en buena medida, en productos obtenidos de los animales, está siendo cuestionada por motivos sanitarios, económicos, éticos, y sobre todo, ambientales. De entrada, está demostrado que el exceso de carnes representa para nuestra dieta una fuente de grasas saturadas muy perjudiciales para la salud, causa de enfermedades cardiovasculares y de algunos tipos de cánceres, por no hablar de los problemas reumáticos que genera el exceso de proteínas o los productos químicos que se utilizan para tratar el ganado, que también pueden acabar en nuestra mesa. 

 

Pero no solo los mamíferos: muchos bancos de pesca están sobreexplotados y se consumen inmaduros de muchas especies, comprometiendo la sostenibilidad y la supervivencia de las mismas. Se talan bosques primarios para convertirlos en pastos, cuya deforestación de entrada genera la destrucción de enormes sumideros de GEI. Los cereales o la soja que debieran estar destinados a la alimentación humana, se destinan al ganado, en otra política completamente absurda. En el mundo, unos 15.000 millones de reses suponen una dedicación de terreno insoportable para su mantenimiento, así como una fuente principal de emisiones de metano (CH4), un gas invernadero 23 veces más potente que el CO2 (de hecho, la cría de animales es responsable de una quinta parte de las emisiones de GEI). Producir 1 Kg. de carne para el consumo humano implica en su elaboración el consumo de 9 Kg. de petróleo y de 15.000 litros de agua. ¿No nos parece absurdo? Y al final, la energía que aporta una hamburguesa supone el 10% de la energía que se empleó en producirla. En todo el mundo, las tierras destinadas a la cría de animales para el consumo humano representan el 30% de las tierras cultivables. Está absolutamente demostrado que el ser humano podría seguir una dieta vegana sin ningún riesgo para su salud, ni pérdida de ningún elemento esencial en su dieta, tan solo apoyado por un consumo adicional de vitamina B12. Pero en los entresijos de la sociedad capitalista globalizada, son muchos los intereses cruzados para que no lleguemos a ese hábito alimentario, que al fin y al cabo es un hábito cultural (a propósito, la industria de la carne acaba de perder un pleito en el cual reclamaba que solo se pudiera llamar "Hamburguesa" a la elaborada con carne). En definitiva, una dieta vegana, en sus diferentes modalidades, se ha confirmado científicamente como plenamente viable para satisfacer nuestras necesidades sin renunciar a ningún principio nutritivo, y de su aplicación se podrían derivar consecuencias muy favorables para la salud de las personas, el cuidado y la sostenibilidad ambiental, y sobre todo, el bienestar animal. Pero no acaban aquí las penurias a las que sometemos a los sufridos animales, siempre a nuestro servicio, porque además de reducir (y eliminar totalmente, si se puede) la presencia de productos animales en la dieta, debiéramos preocuparnos y velar porque se les diera un buen trato en todo el proceso de nacimiento-cría-transporte-sacrificio en los mataderos.

 

Y ello porque a nadie se le escapa que las condiciones intensivas que sufren muchos animales (pollos, cerdos, vacas...) y sus crías constituye una práctica cruel y reduce al animal a una fábrica viviente para obtener un determinado producto. Sometidos a terribles sufrimientos desde que nacen, hacinados, sin poder moverse, sin poder respirar aire puro, sin ver la luz del sol, sin poder estirar las patas ni tumbarse (salvo los animales criados en el campo), y después, sometidos a procesos en cadena para determinar su muerte absolutamente crueles y aberrantes, donde el ser humano destila su desprecio a la vida y al sufrimiento de los animales. El transporte de los mismos no suele ser mejor y la muerte, en particular en los mataderos más primarios, es toda una oda a la barbarie. Otras perversas prácticas a las que sometemos a los animales, como la vivisección (que significa literalmente "cortar animales vivos") y la experimentación científica para diversas industrias (medicina, biología molecular, cosmética...) debieran estar rigurosamente controladas, y reducir al máximo, si no erradicar, el uso de animales en las mismas. Por ejemplo, utilizar animales para el desarrollo de productos cosméticos implica someterlos a terribles agresiones en los ojos o en la piel, lo cual es otra forma de brutalidad. En la ciencia médica y todas sus especialidades y disciplinas (ensayos clínicos, anatomía patológica, epidemiología...) podrían realizarse in vitro gran parte de los experimentos, apoyados por modelos a través de ordenador. Y por otra parte, no siempre las conclusiones de las pruebas con animales resultan extrapolables a los seres humanos. En resumidas cuentas, queda aún mucho camino por recorrer en nuestras sociedades para migrar a normas de respeto y dignidad para todos los seres vivos, bajo criterios biocéntricos, que concedan valor a todas las formas de vida y a la propia Naturaleza como ecosistema planetario. La educación, la ética y el activismo tienen que ir desplazando estos parámetros, costumbres, comportamientos y creencias, hasta su supresión definitiva. No vemos aún en el horizonte la consecución de una sociedad plenamente respetuosa con todos los animales. Pero si pretendemos caminar hacia el Buen Vivir, hacia ese nuevo paradigma convivencial, es absolutamente imprescindible cambiar nuestros valores, nuestra ética y nuestro comportamiento para con los animales, pues precisamente el crecimiento de las barreras entre ellos y nosotros, y el crecimiento de las barreras entre los humanos y los no humanos, son las principales causas de la peligrosa deriva civilizatoria a la que nos vemos abocados. Continuaremos en siguientes entregas.

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