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30 noviembre 2020 1 30 /11 /noviembre /2020 00:00
Viñeta: Ramón Díaz Yanes

Viñeta: Ramón Díaz Yanes

Hasta que la compasión del ser humano no abarque a todas las criaturas, el hombre no alcanzará la paz

Albert Scheweitzer

Y es que el ser humano lleva librando una suerte de guerra contra los animales, acuciada sobre todo desde la extensión del capitalismo globalizado. No es que antes del capitalismo existiera conciencia animalista, que no existía, pero es a través de la difusión global del capitalismo y de sus peligrosos valores cuando la guerra del capital hacia todas las formas de vida en el planeta se desata con más furia. Y los animales, en este sentido, como los individuos más indefensos, están en la diana del mismo. Pues bien, dicha guerra contra los animales tiene multitud de consecuencias graves para ellos (algunas ya las hemos analizado, y otras se verán más en profundidad en sucesivas entregas), pero también para nosotros los humanos. Una de dichas consecuencias graves para los humanos, por desgracia, está muy vigente actualmente: nos referimos a la zoonosis, proceso mediante el cual se traspasan virus desde el mundo animal al mundo humano, tal cual ha ocurrido con la actual pandemia de Coronavirus (Sars-Cov-2). Tomaremos como referencia, para esta exposición, parte del trabajo que realiza Mónica Cragnolini para el libro colectivo "La Fiebre" (Ed. ASPO), titulado "Ontología de guerra frente a la zoonosis". En el siglo XXI, la zoonosis a las que les "hacemos la guerra" se hallan estrechamente vinculadas con el consumo de animales por parte de los humanos, sea de animales de producción, sea de animales de caza. Hemos de partir de la base de las pésimas condiciones a las cuales sometemos a los animales durante su captura, almacenamiento, distribución y posterior consumo, además de la propia destrucción de su hábitat, y las consecuencias que todo ello acarrea. Cragnolini explica: "En los animales de producción intensiva, el hacinamiento, las nutriciones inadecuadas, el uso de antibióticos y hormonas, el estrés sufrido por las condiciones de vida en jaulas o cubiles estrechísimos (en los que carecen de toda posibilidad de movimientos), producen continuamente enfermedades. En los animales que son objeto de caza, los cambios a nivel del hábitat y nicho ecológico; las migraciones a las que se ven obligados por el desmonte, por la erosión de los suelos; por el rellenado de sumideros para construir barrios cerrados, también generan enfermedades por virus que «saltan» a la especie humana". 

 

Desde hace décadas se viene advirtiendo (incluso desde organismos internacionales como la FAO) sobre las peligrosas consecuencias de la producción agropecuaria y la creciente demanda de carne animal para consumo, a nivel de impacto ambiental; ataque a la biodiversidad, degradación de aguas y suelos, contaminación, etc. El biólogo Rob Wallace señalaba, en 2016, que para las multinacionales de los agronegocios “vale la pena producir un patógeno que podría matar a mil millones de personas” porque se prioriza la ganancia por encima de cualquier otra cuestión. Y no son pocos los informes de virólogos señalando los peligros de la producción cárnica intensiva en esta generación de pandemias. Producción que está vinculada también con la desigualdad distributiva: es un pequeño porcentaje de la humanidad el que se alimenta de la carne de los animales de producción intensiva. El filósofo francés de origen argelino Jacques Derrida ha llamado «guerra santa contra el animal» a la violencia constitutiva del proyecto tecnocientífico en el proceso de humanización. Entendámonos: «humanizarse» ha significado «dejar de ser animal» para buena parte del pensamiento occidental, y ese proceso se ha encarado como «guerra» contra la animalidad. El adjetivo «santa», en la expresión derridiana, alude al hecho de que ninguna de las tres religiones monoteístas ha tenido en cuenta, en su regla de oro, al animal, como otro que debe ser respetado. Nietzsche, en "La genealogía de la moral", llamó a este proceso «odio contra lo animal». Nuestra vinculación con los animales que son traídos a la existencia solamente para ser consumidos, que viven una vida determinada en tiempo y espacio por nuestras supuestas necesidades, no puede ser pensada sino en estos términos de odio y guerra, enmascarados tras la idea de «necesidades de alimentación». Dejemos por tanto las cosas claras: la guerra no la iniciaron los virus, sino que la iniciamos nosotros. Desde este Blog no estamos de acuerdo con las expresiones belicistas para referirse a las epidemias y pandemias causadas por estos microorganismos, pero lo que sí tenemos claro es que si se usan, se han de usar en este sentido: el virus no nos hace ninguna guerra, sino que la guerra la estamos haciendo nosotros contra el mundo animal, y en último término, contra la Naturaleza y todas las formas de vida que ella alberga. 

 

Sí, la guerra la iniciamos nosotros. Y la iniciamos nosotros cuando nos montamos de manera soberbia sobre el modelo del hombre que «domina» la naturaleza a través de su cultura y sus valores. La guerra la iniciamos nosotros cuando creímos que todo lo viviente estaba a nuestro servicio, allí, «a la mano», listo para ser utilizado, manufacturado, consumido, aniquilado...Hoy día seguimos permitiendo, por ejemplo, que se quemen millones de hectáreas de bosques profundos (como está ocurriendo en la Amazonía, sin ir más lejos) para continuar disponiendo de enormes cantidades de terreno que dedicar, entre otras cosas, a los pastos y al ganado. Pero no somos conscientes (o si lo somos, pesa más para el capitalismo las supuestas "ventajas" de destruir el entorno natural) de que dicha destrucción es también la nuestra. Mónica Cragnolini finaliza su artículo con un alegato positivo y un llamamiento: "En los últimos días, hemos visto imágenes de la laguna de Venecia con sus aguas insólitamente claras, de cielos azules en ciudades antes plagadas por la contaminación, de plantas que vuelven a nacer y florecer en tierras aparentemente yermas. La cuarentena ha permitido ver algo de cómo es el mundo cuando se detiene la maquinaria de superhumanización, maquinaria devastadora de las formas de vida y contaminadora de todo el planeta. Sabemos que esta detención de la maquinaria productiva-apropiativa-extractiva no durará demasiado: una vez controlada la enfermedad, los engranajes volverán a engancharse y seguirán su ritmo obsesivo. Pero mientras tanto, tuvimos tiempo para pensar diversas cuestiones que tienen que ver con nuestro modelo de humanidad. Creo que «otro modo de ser» en relación con la tierra y la comunidad (de lo) viviente nos está reclamando hace tiempo. Tal vez estos días de aislamiento nos preparen para la escucha de ese reclamo que habitualmente preferimos silenciar". Nos parece muy optimista por su parte el creer que la actual pandemia de Coronavirus provocará en la especie humana este efecto. Pero la esperanza es algo que nunca podemos perder. Lo que sí creemos es que habrá quedado demostrado, después de muchas décadas de negarlo por parte de los poderes políticos y económicos, que un parón en determinadas actividades económicas, un replanteamiento de las mismas, una nueva mirada inclusiva hacia los más pobres y vulnerables, todo eso, es verdaderamente posible, y además es necesario. Es la semilla para alcanzar el Buen Vivir. 

 

Pero volvamos al mundo animal, que es el que nos ocupa. El hombre ha hecho de nuestro planeta un infierno para los animales, y la zoonosis es una de esas graves consecuencias de la destrucción, el maltrato, el sufrimiento y la muerte que causamos. Es una cuestión de simples equilibrios: en el mundo existen millones de virus (y de otros microorganismos), pero actuando dentro de un contexto y de un entorno limitados, del cual normalmente no salen, salvo cuando se producen, literalmente, invasiones del humano en dicho mundo. Y es que desde nuestra arraigada creencia de que somos el centro del planeta, y por tanto, de que todo gira a nuestro alrededor (Antropocentrismo), nace el prejuicio hacia otros seres no humanos, integrantes de la Naturaleza desde mucho antes que nosotros. Se trata del Especismo, como ya hemos explicado en anteriores entregas. El Especismo impregna una buena parte de nuestro lenguaje, de nuestros comportamientos, actitudes y pensamientos en las sociedades humanas. Es algo tan presente en nuestro subconsciente que a veces no nos damos cuenta. Subyace por ejemplo en nuestro lenguaje cotidiano, despreciativo hacia los animales: "Se comporta como un cerdo...", "Actuó como un animal...", y otros muchos, son claros insultos especistas. Y estos insultos, sin que tal vez lo percibamos, generan en nuestra psique una consciencia de separación y violencia. Y entonces nos llaman "gallina", "burro", "besugo", y otros calificativos, con plena normalización de los mismos. En este artículo del medio digital Nueva Revolución se explica: "Decía el filósofo Dominique Lestel: "La inteligencia animal no es una inteligencia humana menos evolucionada que la del hombre, sino sencillamente una inteligencia distinta". De hecho, muchos animales poseen unas capacidades inmensamente más potentes y perfectas que las de los seres humanos. Con un sentido de la orientación increíble, algunos han sido dotados con unos talentos de alta tecnología que a muchos de nosotros nos encantaría tener. Y, al igual que nosotros, encarnan el misterio y la maravilla de la consciencia. Porque cada especie dispone de la inteligencia y las capacidades que le son necesarias para sobrevivir". Piénsese, por ejemplo, en el olfato de los perros: ¿nos hemos parado a pensar qué poderío posee esa pequeña nariz perruna? Gracias a su olfato no solo saben la biografía casi completa de otro perro/a, incluso estando situado/a a cientos de metros de distancia, sino que su herramienta olfativa es más poderosa que un scanner, un TAC y una prueba química juntas. ¿Llegará el ser humano a diseñar alguna vez una herramienta tecnológica más potente e inteligente que el olfato de un perro? 

 

Pensemos en la variedad de animales, cada uno aportando sus propias capacidades, estilos y características: rápidos, veloces, vivos, listos, eficientes...entrañables, admirables, con una fidelidad y una capacidad de amor increíbles...Sobradamente dignos del respeto y de la consideración que indudablemente se merecen. Los humanos no somos quienes para maltratarlos salvajemente, convertirlos en esclavos o eliminarlos cruelmente. Ellos, al igual que nosotros, habitan este planeta. Ellos también tienen su razón de ser y existir en el Universo, y por tanto, tienen derecho a una vida digna, a disfrutar de ella, de su prole, del Sol, del aire, del agua, de la comida, de su parcela de libertad...Pero sin embargo, las atrocidades que cometemos contra ellos no tienen límite. Como se afirma en el artículo de referencia: "Las vibraciones de pánico, horror y sufrimiento atroz de billones de seres impregnan la resonancia energética del planeta. Tengamos la valentía de admitirlo y observemos nuestra absoluta carencia de compasión". Está claro que si esta situación se mantiene es porque se alimenta diariamente con nuestra propia indiferencia, con nuestra resistencia al cambio, y con nuestro escaso interés hacia el asunto. A ello se une también la enorme presión de los intereses políticos creados, así como de los lobbies económicos que se benefician del maltrato y del sufrimiento animal. Pero los hábitos, tradiciones  y costumbres creados por una determinada cultura pueden ser cambiados. Es algo que está suficientemente demostrado. Solo hay que disponer de una mínima voluntad para alcanzarlo, estar plenamente convencidos, y luchar con valentía para conseguirlo. El Especismo será superado por la humanidad, si antes no nos hemos destruido como especie ante el colapso civilizatorio que estamos propiciando. Pero superar el Especismo es, como decimos, condición sine qua non para alcanzar el Buen Vivir, esa vida en plenitud, en total armonía y cooperación, en igualdad, bajo la misma óptica de comparación de intereses, y en equilibrio y respeto con todas las formas de vida. Pero superar el Especismo, como estamos viendo, requerirá superar fuertes barreras, alcanzar amplios objetivos, consagrar unos nuevos valores morales, extender el universo moral más allá de nosotros los humanos, y difundir y normalizar nuevas éticas, normas de comportamiento que puedan ser asumidas por todos. Es una cuestión global, aunque se deba actuar localmente. Continuaremos en siguientes entregas.

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