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25 noviembre 2020 3 25 /11 /noviembre /2020 00:00

El abolicionismo es una causa política legítima y justa en una sociedad democrática que acata los Derechos Humanos y que ha abolido la esclavitud y por eso no puede aceptar alegremente la imposición del mercado sobre los cuerpos de las mujeres, niños y niñas. Las mujeres abolicionistas no podemos aceptar sin rebelarnos una metafísica de la prostitución como elección libre cuando es una imposición de los mercados, sus élites y un sistema de expropiación criminal

Cruz Leal

En la entrega anterior nos quedamos analizando (siguiendo este documento de Enrique Javier Díez Gutiérrez) el papel masculino en el asunto de la prostitución. Y nos quedamos recalcando una idea fundamental: el papel de los hombres en la prostitución viene ocultándose y silenciándose desde siempre, precisamente porque al patriarcado no le interesa, cuando el hombre es el verdadero prostituidor. De hecho, casi todas las investigaciones sobre el tema eluden detenerse y exponer con profundidad el papel de aquellas personas que la consumen, que son los hombres. Son estudios, la mayoría de ellos, que al tiempo que estudian el fenómeno y lo analizan desde (casi) todos los puntos de vista, incluso lo denuncian abiertamente, tienden a proteger o a silenciar con un manto de inocencia a los usuarios de la prostitución, que no son otros que los hombres. De este modo, hablar de prostitución, en la inmensa mayoría de las ocasiones, es hablar de las prostitutas (putas, gays, taxi boys, travestis...), de los rufianes y de los burdeles, de las mafias y de los proxenetas, pero no de los clientes-prostituidores. Y así, el rol y la responsabilidad de estos millones (por todo el mundo) de compradores de sexo no es examinado ni cuestionado, y es incluso eludido por instituciones y organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS). Y como explica Díez Gutiérrez: "El rechazo generalizado a afrontar un examen crítico o hacer pesar una responsabilidad sobre los usuarios de la prostitución, que constituyen de lejos el más importante eslabón del sistema prostitucional, no es otra cosa que una defensa tácita de las prácticas y privilegios sexuales masculinos. Por eso es tan importante hacer un análisis de las razones que explican por qué en una sociedad más abierta y libre, como la española tras la etapa de la dictadura franquista, sigue habiendo tantos hombres y jóvenes que acuden a relaciones prostitucionales con mujeres o con otros hombres". El rol masculino en la prostitución, por tanto, ha de establecerse y denunciarse clara y abiertamente, sin tapujos ni complejos. Bien, la pregunta fundamental en este ámbito sería por tanto: ¿Por qué los hombres acuden a la prostitución? Cuando hacemos esta pregunta no la estamos haciendo solo en sentido genérico e internacional, sino concretándola al prototipo masculino que en cada sociedad puede acercarse y participar de este fenómeno. 

 

Pues bien, la mayoría de estudios serios que se han publicado sobre el tema exponen una conclusión similar, en el sentido de que un número creciente de hombres busca a las prostitutas más para dominar que para gozar sexualmente. Y es que como resulta que en sus relaciones sociales y personales (familia, pareja, amistades, compañeros/as de trabajo...) experimentan una pérdida de poder y de masculinidad tradicional, y no consiguen crear relaciones de reciprocidad y respeto con las mujeres con las que se relacionan, estos mismos hombres buscan la compañía de prostitutas para restablecer su posición de dominio y control total. Retomo de nuevo las palabras de Díez Gutiérrez: "De hecho, no tenemos más que analizar los anuncios de la prensa escrita, en donde los reclamos se refieren a cuatro aspectos: por un lado la sumisión, por otro lo que denominan “vicio”, el tercero sería la edad y por último el servicio ofrecido. La sumisión, es decir, el haz conmigo lo que quieras, cuando quieras, las veces que quieras, el tiempo que quieras. La alusión al vicio y a sus sinónimos: “viciosa”, “muy viciosa”, morbosa, etcétera. Alusión a la edad: mujercitas, jovencitas, rasurada, aniñada. De ahí que sean los clientes-prostituidores los principales responsables en la cada vez más reducida edad de la “mercadería” que consumen, pues exigen con ansía y demanda creciente el permanente cambio de las mujeres y que sean cada vez más jóvenes quienes satisfagan su “pasión sexual” a precio fijo y por un lapso de tiempo pautado". En última instancia, es el patriarcado, con toda su profunda carga de roles, el responsable final de esta situación, porque parece como si una parte importante de la humanidad, los hombres que acuden a la prostitución, tuvieran un problema serio con su sexualidad, no siendo capaces de establecer una relación de igualdad con las mujeres, el 50% del género humano, que creen que debe de estar a su servicio. Como si cada vez que las mujeres consiguen mayores cotas de igualdad y de derechos, estos hombres no fueran capaces de encajar una relación de equidad y recurrieran, cada vez con mayor frecuencia, a relaciones comerciales por las que pagando se consigue ser el centro de atención exclusiva, regresando a la etapa infantil de egocentrismo intenso, y una relación que no conlleva necesariamente ninguna “carga” de responsabilidad, cuidado, atención o compromiso de respeto y equivalencia. Como decimos, son los valores que el patriarcado nos lleva inculcando durante siglos, que aquí se muestran de forma nítida. 

 

Bien, una segunda conclusión relevante de los estudios nacionales es que España es uno de los países donde el "consumo" de prostitución está menos desprestigiado. Las encuestas indican que un 39% de los españoles acude de forma habitual a la prostitución, sin que se les reproche socialmente ni se les recrimine legalmente. De hecho, parece que hay un consentimiento social ya no tácito, sino explícito, en mantener estrategias y formas constantes que “alivian” la responsabilidad de aquellos que inician, sostienen y refuerzan esta práctica. Sabemos perfectamente cómo en infinidad de ocasiones, las celebraciones masculinas (despedidas de soltero, fiestas varias...) terminan en prostíbulos de manera frecuente y normalizada. Díez Gutiérrez asegura que "no sería demasiado exagerado afirmar que la sola condición de varón ya nos instala dentro de una población con grandes posibilidades de convertirnos en consumidores". Todas estas prácticas prostitucionales llegan a convertirse en una especie de pieza fundamental para la socialización de la sexualidad en el hombre. Todo ello contribuye tristemente, en el imaginario social colectivo, a legitimar el fenómeno de la prostitución. Y de esta forma, es muy difícil desterrar prácticas convalidadas por las costumbres, y asumidas y normalizadas por la mayoría de la población. Es la educación, campo tan valioso para transmitir multitud de valores, la que debe fomentar otros mecanismos de socialización que conduzcan a los futuros hombres adultos para aprender a vivir sin servidoras sexuales (ni domésticas). Otro asunto fundamental, que venimos denunciando desde las primeras entregas de la serie, es la necesidad de cuestionar los argumentos que legitiman la prostitución como un trabajo, pues dichos argumentos también contribuyen a normalizar el hecho de que existan los prostituidores, esta vez además con más fuerza, si se considera la existencia legal de "trabajadoras sexuales". De hecho, muchos hombres jóvenes están utilizando actualmente el argumento del derecho que tiene toda mujer a prostituirse, invocan para ello el derecho a la autodeterminación sobre el propio cuerpo y la sexualidad personal. Este es interpretado como el derecho de una persona a elegir y tomar decisiones con total autonomía, lo que puede incluir el hecho de implicarse en relaciones sexuales comerciales o de definir las modalidades de este intercambio sexual.

 

Analicemos esta postura con más calma: en el fondo, lo que subyace bajo esta visión "liberal" del asunto es una visión sobre los derechos humanos que eleva la voluntad personal y las elecciones individuales por encima de todos los demás derechos humanos y de toda noción de bien común. De hecho es el enfoque general que el neoliberalismo asigna al concepto de "libertad" (lo ponemos entre comillas para señalar precisamente que es "su" visión de la libertad, pero no la libertad que nosotros entendemos). En nombre de esta supuesta "libertad" se tolera la prostitución, incluso se la defiende desde la perspectiva de que algunas mujeres puedan "elegirla" libremente. Esta posición política es claramente miope hacia la contemplación de los desequilibrios estructurales, sociales, políticos y económicos, hacia las desigualdades, y hacia el modelo de relaciones sexuales basadas en el poder entre las mujeres y los hombres, que delimitan el contexto para estas supuestas "elecciones libres" y decisiones, y que por tanto imposibilitan de facto que la prostitución pueda darse en un contexto de plena libertad. En este caso, además, ignora el fenómeno de la dominación patriarcal masculina sobre las mujeres, que se mantiene tanto en la esfera privada como en el espacio público, reforzando así la opresión de las mujeres por su complicidad con el sistema de dominación y de violencia masculinas. Esta posición tampoco tiene en cuenta el hecho, sin embargo evidente, de que los usuarios masculinos de la prostitución no se preocupan de saber si la “mercancía humana” que ellos adquieren consiente en ser puesta a su disposición sexual, cuestión que no les inquieta lo más mínimo. También ignora de hecho la existencia de las poderosas redes de tráfico de mujeres, y el poder de las mafias que mercantilizan despiadada y violentamente el cuerpo de las mujeres. Todos estos hechos manifiestos contribuyen a reducir a las propias mujeres a meras mercancías susceptibles de ser manejadas y distribuidas como cualquier otra, así como sometidas al proceso de oferta y demanda como para cualquier otro artículo o producto. Pero existen más argumentos a favor de considerar la prostitución como un "trabajo de servicios sexuales". 

 

Un segundo argumento que invocan es afirmar que una experiencia relacional humana como es la sexualidad es posible considerarla como “trabajo sexual”. Aparecen así dos justificaciones: bien que la prostitución cumple un cierto número de funciones socialmente útiles –educación sexual, terapia sexual, o prestación de relaciones sexuales a personas que sin la prostitución se verían privadas de ellas, por ejemplo los trabajadores inmigrantes aislados de su familia y los hombres mayores o con minusvalías; bien que la prostitución es un trabajo como cualquier otro, por ejemplo el de mecanógrafa o sirvienta, pues hay muy pocos trabajos dignos, en general, en la sociedad y, sobre todo, hay muy pocos trabajos alternativos a la prostitución que sean rentables a la prostituta. Además, es más gratificante ser prostituta que estar limpiando váteres, afirman. Esta óptica sostiene además que, allí donde las opciones económicas ofrecidas a las mujeres son inadecuadas, pobres, o francamente malas, la prostitución puede ser la mejor alternativa, y que en todo caso, es un trabajo que no perjudica a nadie, porque las dos partes más directamente concernidas se ponen de acuerdo sobre lo que pasará en el intercambio prostitucional. Afirman también que las mujeres en la prostitución pueden conservar intacta su capacidad de acción autónoma y acusan a las feministas abolicionistas de ser paternalistas y no respetar las opiniones de las propias prostitutas. Pero este enfoque no repara en que no se vende la actividad o el producto, como en cualquier otro trabajo, sino el propio cuerpo sin intermediarios. Y el cuerpo no se puede separar de la personalidad. De hecho, lo que las mujeres prostituidas tienen que soportar en su "trabajo" equivale a lo que en otros contextos correspondería a la definición aceptada de acoso, abuso sexual o violación reiterada. Esta forma de pensar, como estamos viendo, no rinde cuenta en ningún caso sobre la violencia que constituye la transgresión de la intimidad humana. Y ello ocurre porque el trasfondo donde se da es el de una cultura y un sistema de subordinación de las mujeres al hombre, justamente lo que el patriarcado defiende. Continuaremos en siguientes entregas.

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