Overblog
Edit post Seguir este blog Administration + Create my blog
11 noviembre 2020 3 11 /11 /noviembre /2020 00:00

Cambiar el destino de las mujeres y hombres que están en la prostitución pasa por plantear un sistema económico justo y sostenible que incorpore en igualdad a ambos sexos. Cambiar su destino pasa por perseguir a las mafias y no favorecer su instalación en nuestro país con leyes permisivas y con modelos económicos basados en el ladrillo en nuestras ciudades. Cambiar su destino pasa por transformar la mentalidad de esos varones, no sólo con multas que les quiten las ganas sino con una educación que obligue a los medios a cambiar la imagen de la mujer como objeto sexual y a los hombres a corresponsabilizarse emocional y vitalmente. Cambiar su destino pasa porque los derechos de las mujeres dejen de ser derechos de segunda y pasen a formar parte de verdad de los derechos humanos

Maite Mola (ex Vicepresidenta del PIE, Partido de la Izquierda Europea)

En nuestra última entrega, por establecer un precedente histórico sobre el abolicionismo que tomar como referencia, nos quedamos exponiendo lo relatado en este artículo de Ana Bernal Treviño, en torno al proceso abolicionista de la Segunda República, y sus manifestaciones culturales y políticas. Antes hubo algunos antecedentes: por ejemplo, en el año 1921 una manifestación feminista, encabezada por Carmen de Burgos, llega al Congreso, y entregan a su Presidente un documento con la petición de derechos para la mujer, desde el derecho al voto a la igualdad respecto al hombre en el Código Penal. El artículo 9 de dicho documento establece taxativamente: "Que desaparezca, en virtud de una ley, la prostitución reglamentada y que se persiga". Todo este pensamiento se reforzó durante la Segunda República. Isabel Escobedo remarca en un estudio que el regulacionismo de la prostitución había sido alimentado por la ideología burguesa, para la que la prostitución era "un mal necesario". Por su parte, Rivas Arjona señala en una investigación que la lenta penetración del modelo abolicionista se produjo, por un lado, debido a la tradición regulacionista, y por otro, por los beneficios que determinadas instituciones recibían. Sin duda, en opinión de Bernal Treviño, no se hubiese producido este avance sin el marco de la lucha abolicionista desarrollada por Josephine Butler en Inglaterra, que atravesó fronteras por toda Europa y entró en nuestro país a través de los protestantes, los masones y las propias ideas republicanas, según apunta el estudio de Rivas Arjona. De hecho, la propia República encabezó también una reforma sexual alejada de los preceptos de la religión, lo cual produjo un enorme enojo en la Iglesia Católica. Durante aquéllas calendas siguientes a la proclamación de la República, la actividad parlamentaria fue incesante. Los diarios de sesiones del Congreso reflejan perfectamente el camino recorrido hacia la abolición de la prostitución. Por ejemplo, el 12 de enero de 1932, Rico Avello, de la Agrupación al Servicio de la República, decía a la Cámara que "la prostitución reglamentada es absolutamente incompatible con la dignidad humana", y defendía que no cabía en esta materia otra postura que no fuera "la pura y simple de la teoría abolicionista".

 

Los debates se sucedían, y tres días después, el diputado Carlos Martínez expresó que la abolición debía ir acompañada de una nueva educación, y demandó ofrecer al pueblo "una noción nueva, clara y valiente de qué es la sexualidad". Además, apuntó que la prostitución estaba asociada a la pobreza y que debía implantarse "una libertad económica que permitirá a la mujer desenvolverse". Pero quizá la personalidad más decisiva en todo este proceso fue Clara Campoamor, diputada del Partido Radical, quien explicó de forma tajante ante la Cámara que "la ley no puede reglamentar un vicio". Habló sobre la vergüenza de que el Estado perpetúe esta situación, a la que definía como "una quiebra para la ética". Pero en sus discursos, la diputada fue más allá y expuso el contexto de que España estaba representada en la Sociedad de Naciones de Ginebra y que en dicho foro internacional existía una comisión de protección a la mujer y contra el tráfico de las mismas, que ya por aquél entonces se denominaba "trata de blancas". Sobre ello, Campoamor dejaba claro que "las casas de prostitución reglamentadas, autorizadas por el Estado, percibiendo directa o indirectamente de ellas tributos procedentes de una corrupción, de un vicio, son los centros de contratación de la trata de blancas, en donde se pueden albergar fácilmente todas las mujeres que un vividor, delincuente de oficio, traspasa de ciudad en ciudad y lleva de mercado en mercado". El discurso de la diputada continuó con la demanda de que el Estado se declarase de una vez abolicionista. En aquel momento, además, las víctimas de la prostitución eran, en su mayoría, mujeres menores. A esa edad y bajo aquella sociedad patriarcal, les estaba prohibido firmar un contrato o adquirir un préstamo, "pero no le rindan protección alguna cuando se trata de la libertad de tratar su cuerpo como una mercancía", denunciaba la diputada. Para terminar, Campoamor afirmaba que de permitirse la prostitución el Estado permitiría un vicio y apuntaba las que, para ella, eran las dos consecuencias más graves: "la posibilidad de la degradación de un enorme número de mujeres y la posibilidad de la degradación de un enorme número de hombres, a quienes las leyes les dicen que pueden acercarse a una mujer sin amor, sin simpatía, sin siquiera un gesto cordial de estimación". Algunos días más tarde, el 26 de enero, el diputado de Acción Republicana, Sánchez Covisa, recuperó el discurso abolicionista y calificó a la prostitución de un estima, una vergüenza y "un incumplimiento del precepto constitucional que hace iguales a los dos sexos, puesto que no puede aplicarse a la mujer una ley de excepción".

 

Algunos meses después se organizó un evento que se denominó "Semana Abolicionista", en un intento de acercar esta postura a la sociedad, donde también se contó con la presencia de Clara Campoamor. Hasta tres años después no se declaró el Estado como abolicionista, en un Decreto publicado el 28 de junio de 1935, por parte del Ministerio de Trabajo, Sanidad y Previsión, con la justificación de que el Gobierno quería sumarse "al abolicionismo que impera desde hace años en los países más avanzados desde el punto de vista sanitario". Entre los artículos de aquel Decreto, además del reconocimiento del principio de igualdad entre el hombre y la mujer, también se prohibía "toda clase de publicidad que de manera más o menos encubierta tendiera a favorecer el comercio sexual". No obstante, como puntualiza Isabel Escobedo en su estudio, surgieron críticas por la tibieza de la norma, por mantener algunas normas reglamentaristas, como el hecho de permitir a las autoridades sanitarias vigilar a las prostitutas debido a la transmisión de enfermedades venéreas. Se esperaba un Decreto aún más ambicioso en el sentido abolicionista que el que se aprobó, aunque hay que recordar que la sociedad de la época tampoco dejaba mucho margen de maniobra al respecto, máxime teniendo en cuenta todas las reformas que la República estaba llevando a cabo. La formación feminista anarcosindicalista "Mujeres Libres" (creada entre otras por la médica feminista antifascista Amparo Poch y Gascón, quien también había escrito libros tratando este asunto) creó los denominados "Liberatorios de la prostitución", unos centros destinados "no como solución, sino con un fin paliativo". Dichos centros se dedicaban a la investigación y el tratamiento médico-psiquiátrico, la curación psicológica y ética, la orientación y capacitación profesional, y la ayuda moral y material para las ex prostitutas, que podían recurrir a ellos en el momento en que los necesitaran, aún después de haberse independizado de dichos centros liberatorios. En el fondo del planteamiento abolicionista de la Segunda República estaba la liberación de la mujer no solo desde el punto de vista político y social, sino y sobre todo económico. Se entendía, en efecto, que solo desde la libertad material de las mujeres se podía aspirar a abolir la prostitución como lacra social. 

 

En uno de los últimos números de la revista que editaba la asociación Mujeres Libres, en septiembre de 1936, meses después del Golpe de Estado, señalaban que "la empresa más urgente a realizar en la nueva estructura social es la suprimir la prostitución. Antes que ocuparnos de la economía o de la enseñanza, desde ahora mismo, en plena lucha antifascista aún tenemos que acabar radicalmente con esta degradación social. No podemos pensar en la producción, en el trabajo, en ninguna clase de justicia, mientras quede en pie la mayor de las esclavitudes: la que incapacita para todo vivir digno". Para ello querían capacitar a las ex prostitutas para ser mujeres libres y conscientes, ofreciéndoles ayuda material y moral. Pero los gobernantes de la Segunda República no eran ilusos, y entendían perfectamente que los tentáculos de la prostitución llegaban más allá. En ese sentido, Federica Montseny, quien era Ministra de Sanidad y Bienestar Social en 1937, ya en plena Guerra Civil, señaló que más allá de la ley, la prostitución solo quedaría abolida cuando "las relaciones sexuales se liberalicen, la moral cristiana y burguesa se transformen, las mujeres tengan profesiones y oportunidades sociales de asegurarse el sustento, la sociedad se establezca de forma que nadie quede excluido, cuando la sociedad pueda organizarse para asegurar la vida y los derechos de todos los seres humanos". Pues bien, veamos si esto se ha producido: después de la Guerra Civil, tras el derrocamiento de la República, como sabemos, se instauró una criminal dictadura que duró cuatro décadas, y que entre otros hechos aberrantes, tiró abajo todos los avances sociales y culturales que los 5 años de República habían conseguido. Todas estas intenciones y el espíritu abolicionista de la República quedaron bajo tierra tras el Golpe de Estado y la cruenta Guerra Civil, y con la victoria del franquismo y la salvaje y brutal represión de los vencidos regresó el reglamentarismo por Decreto el 27 de marzo de 1941. A partir de entonces, la prostitución aumentó, junto al estigma, la criminalización y la persecución de las prostitutas. La mujer volvió a ser denigrada. 

 

La moral cristiana no solo regresó con más fuerza con la dictadura franquista, sino que el nacional-catolicismo implantado a sangre y fuego impregnó la sociedad de la época de una serie de valores dominantes que volvían a colocar a la mujer en total dependencia del hombre, restaurando con ello la hipócrita moral social que la relegaba a un segundo plano. Y tras la muerte del dictador, y hasta la actualidad, es cierto que la lucha feminista ha alcanzado grandes hitos, y hoy día las mujeres pueden aspirar (aún con limitaciones) a todo tipo de profesiones y oportunidades sociales, pero paralelamente a todo ello, la difusión del capitalismo neoliberal hasta su globalización planetaria, como indicábamos en las primeras entregas, ha situado la prostitución en el corazón de este capitalismo depredador y desalmado. Y hoy día, ya no tenemos la imagen social (y real) de la prostitución que existía en tiempos de la República, sino que tenemos a una prostitución mucho más extendida, mucho más global, mucho más poderosa (a través de las mafias), y sobre todo, mucho más apoyada por los grandes capitales transnacionales. De ahí que abolir hoy día la prostitución sea aún tarea más titánica que en tiempos de la República, porque en la actualidad ya no solo tendríamos que pelear contra una sociedad que moralmente acepta y normaliza la prostitución, sino también contra gigantes del capital que nos inundan con sus negocios, con sus prostíbulos, con sus tráficos internacionales de mujeres, con sus poderosas influencias e intereses. Detengámonos en las palabras finales de Federica Montseny: "...la sociedad se establezca de forma que nadie quede excluido, cuando la sociedad pueda organizarse para asegurar la vida y los derechos de todos los seres humanos". Pues bien, aún estamos a años luz de conseguir dichos solemnes objetivos, aún hemos de pelear mucho, y probablemente será cuestión de generaciones, para alcanzar modelos de sociedad "organizadas para asegurar la vida y los derechos de todos los seres humanos", pues estas mafias de la prostitución funcionan precisamente chupando la sangre de los más débiles y desfavorecidos, de los más desprotegidos, sacan tajada precisamente de modelos de sociedad injustos y degradantes, modelos que permiten que existan la pobreza, la desigualdad y la desprotección de millones de personas por todo el mundo. La libertad material de todas las mujeres (y de los hombres) aún dista mucho de ser alcanzada. Continuaremos en siguientes entregas.

Compartir este post

Repost0

Comentarios

Presentación

  • : Actualidad Política y Cultural - Blog de Rafael Silva
  • : Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
  • Contacto

Búsqueda

Categorías