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18 noviembre 2020 3 18 /11 /noviembre /2020 00:00

Las putas no nacen de un repollo, nacen de la pobreza. ¿Qué Gobierno admitiría que yo siendo pobre dijera: ya vengo, voy a vender mi hígado, lo hago bajo mi consentimiento y necesito alimentar a mis hijos? ¿Por qué si no podemos vender las córneas, ni el hígado, ni los pulmones sí podemos vender nuestras vaginas? ¿Por qué son exclusivas de las mujeres?

Alika Kinan (activista contra la explotación sexual)

Abolir o erradicar la prostitución no será por tanto tarea fácil, pues no consiste solamente en preparar una legislación concreta, sino en transformar las causas económicas, sociales y políticas que la posibilitan. Pero no cabe otra postura, si de verdad queremos posicionarnos contra cualquier forma de explotación y esclavitud de seres humanos, ya en pleno siglo XXI. Reglamentar la prostitución sería tanto como legitimar la extrema violencia contra las mujeres que dicha actividad consagra. Hoy día, como hemos venido exponiendo en las anteriores entregas, la prostitución se vincula al poder de las grandes mafias del capitalismo, y a la diferencia de clase social, ya que el perfil de la mujer prostituida de nuestro siglo es el de una mujer pobre, inmigrante y en situación irregular. Hay que mostrar el verdadero significado de la prostitución, que no es otro que perpetuar y legitimar la compra-venta del cuerpo de las mujeres como una mercancía más. El referente que podemos tener de algunos países europeos que han legalizado la prostitución nos demuestra claramente que ese no es el camino. La regulación de la prostitución como cualquier otra actividad profesional, en los países donde se ha implantado (Holanda, Alemania...) ha resultado un estrepitoso fracaso. Desde la regulación, la prostitución ilegal y el tráfico de mujeres y niñas se ha multiplicado por tres. Y las esperadas mejoras "laborales" y sanitarias de las mujeres prostituidas no se han materializado. Además, tampoco han desaparecido los circuitos clandestinos. Sin embargo, Suecia ha disminuido drásticamente la cifra de mujeres dedicadas a la prostitución. Este país abordó el asunto en 1999, tras años de debate, estudios e investigaciones, aprobando una ley que, como parte de la legislación integral sobre la violencia contra las mujeres, penaliza la compra de "servicios sexuales" y despenaliza la venta de dichos servicios, es decir, que carga las tintas no contra las mujeres prostituidas, sino contra los hombres consumidores de sexo. 

 

Bien, llegado este momento, quizá sería oportuno examinar el papel de los hombres en el asunto de la prostitución. Nos vamos a basar para ello en este documento, donde Enrique Javier Díez Gutiérrez, Profesor de la Universidad de León, y todo un referente en los asuntos educativos de la izquierda, expone lo relativo al mismo con la integridad y sabiduría que le caracterizan. Bien, lo primero que nos propone Díez Gutiérrez es que para entender el papel del hombre, que es el prostituidor (independientemente de que exista o no un proxeneta), hay que eliminar de la ecuación el carácter sexual, y atender solo al carácter económico. Lo explico con sus palabras: "Hablar de sexualidad en el ejercicio de la prostitución es una aberración no solo conceptual, sino una visión que obedece a una concepción profundamente patriarcal, desde un enfoque que obedece a los intereses unilaterales de una de las partes, los hombres que practican la prostitución sobre las mujeres o sobre otros hombres. Las personas sobre quienes se ejerce la prostitución, que la "sufren", no buscan realmente una relación sexual, sino el dinero que consiguen. Si fuera una relación sexual se daría en libertad e igualdad y no habría compra y pago de dinero por la misma. Por lo que introducir la sexualidad en este debate supone asumir una cosmovisión patriarcal y machista que responde a los intereses de algunos hombres y de algunos grupos que necesitan justificar estas prácticas prostitucionales desde posturas que solo ellos consideran de "progresismo sexual". Por otra parte y según los datos, el hecho de que pueda existir una pequeñísima minoría de mujeres con dinero suficiente como para recurrir a la prostitución masculina (solo un 3% del total), es un aspecto que no debe centrar el debate ni distraernos de los enfoques necesarios. Existe, esta sí, una cifra fundamental e ilustrativa de la dimensión que nos ocupa: un 70% de hombres declaran haber demandado en algún momento de su vida la prostitución de otra persona. Según el Convenio de las Naciones Unidas para la represión de la trata de personas y de la explotación de la prostitución ajena, de 1949, ratificado por 72 Estados del planeta: "la prostitución y el mal que la acompaña, la trata de personas...son incompatibles con la dignidad y el valor de la persona humana...". 

 

Como hemos expuesto desde el inicio de la serie, el debate se ha venido planteando tradicionalmente en torno al dilema sobre si la prostitución es una forma de explotación que debe ser abolida o una profesión como otra cualquiera que hay que reglamentar. En este sentido, por tanto, la posible regulación de la prostitución se asentaría en un doble supuesto: la prostitución es un trabajo como cualquier otro, y este trabajo puede ser libremente elegido o abandonado cuando se desee. ¿Obedece esto a la realidad? La abolición se asienta, por su parte, en el supuesto de que la prostitución es la forma de esclavitud más antigua del mundo y una forma extrema de violencia de género contra las mujeres, y por tanto, absolutamente intolerable. Las posturas ante este debate se han podido sintetizar en tres fundamentales: la postura regulacionista (que integraría el discurso "progresista" y "liberal", el mismo que suele defender por ejemplo los vientres de alquiler o "gestación subrogada"), la postura prohibicionista (diseñar un contexto legal que no admita legalmente el ejercicio de la prostitución, aunque la sociedad pueda continuar tolerándola), y la postura abolicionista (diseñar no solo un marco legal, sino unas condiciones políticas, sociales, económicas y culturales que hagan inviable la existencia de la prostitución). Veamos estas posturas con más calma:

 

1.- Por una parte está el discurso regulacionista que tiende a situarse en una postura autodenominada "progresista", y que utilizando el argumento de la "defensa de la libertad sexual", plantea la existencia de una prostitución no forzada, elegida libremente. Es básicamente el sector que apuesta por entender los servicios sexuales como una prestación libre entre dos partes, y que aboga por considerar el marco sindical de las "trabajadoras del sexo", como si fuera un sector laboral como cualquier otro, con sus propios derechos y problemática asociada.

 

2.- Estrechamente relacionado con este discurso regulacionista está el discurso de adscripción "liberal" (en realidad neoliberal), que desde una perspectiva económica insiste en la equiparación de la prostitución como una actividad económica más, sujeta a las leyes del mercado, a la oferta y la demanda, y en la consideración de quienes ejercen la prostitución como "trabajadoras sexuales". Suelen ser los mismos que defienden, por ejemplo, los vientres de alquiler ("gestación subrogada") con similares argumentos. 

 

3.- Por otra parte, está como hemos indicado la postura prohibicionista, que se cimenta en una actitud conservadora y ligada a una moral religiosa, concretamente católica. A pesar de que se presenta con un cierto tufillo proteccionista, lo cierto es que predomina en los/as seguidores/as de esta postura una doble moral basada en el "consentimiento implícito" de la prostitución, mientras no sea visible o evidente. Es la moral que aboga simplemente por "invisibilizar" el fenómeno, pero no por regularlo ni abolirlo. A los defensores de esta postura, por ejemplo, les suele molestar que existan prostitutas o burdeles cerca de sus barrios o viviendas, pero no la erradicación del fenómeno en sí mismo, con el que ofrecen más manga ancha, o si se quiere, son más "tolerantes". 

 

4.- Finalmente, tenemos la postura feminista y abolicionista, que es la que verdaderamente apuesta por la erradicación del fenómeno de la prostitución en toda su amplitud, formas y dimensiones. Esta postura entiende la prostitución como un soporte del control patriarcal y de la sujeción sexual de las mujeres, con un efecto negativo no solamente sobre las mujeres y las niñas en situación de prostitución, sino sobre el conjunto de las mujeres, ya que la prostitución confirma y consolida las definiciones patriarcales de las mujeres, cuya primera función sería la de estar al servicio sexual de los hombres. Ésta es la postura a la cual nosotros nos adscribimos. 

 

Está bien claro que somos los hombres, como clase, los que mantenemos, forzamos y perpetuamos el fenómeno de la prostitución, entendido como el sometimiento de las mujeres, niñas y niños a esta violencia de género, demandando este "comercio" y socializando a las nuevas generaciones en su "uso". Para Díez Gutiérrez, partimos de un supuesto básico como clase, sea explícita o solapadamente consentido: se considera que todo hombre, en todas las circunstancias, debe poder tener relaciones sexuales. Tomo de nuevo sus palabras: "La prostitución se justifica como una realidad social "inevitable" que la mayoría de los hombres acepta como algo natural e inamovible (...) Los hombres de derechas prefieren que permanezca en la sombra para mantener el juego de la doble moral que sustenta su visión del mundo. Los hombres de izquierda desean que se legalice, alegando la defensa de los derechos de las trabajadoras y "para liberar al resto de los seres humanos del yugo de la moral retrógrada". Ambos planteamientos son conservadores y evitan analizar el fenómeno de forma global, porque esto implicaría sacar a la luz ciertos mecanismos de poder patriarcales inaceptables". De esta forma se han venido manteniendo las actitudes de los hombres hasta la actualidad. Ambos enfoques son bastante hipócritas, pues continúan centrando los análisis y poniendo el foco en torno a las mujeres que ejercen la prostitución, ocultando permanentemente el rostro y la responsabilidad de los hombres que la solicitan. En este sentido, Díez Gutiérrez apostilla: "El cliente o prostituidor, el más guardado y protegido, el más invisibilizado de esta historia, es el protagonista principal y el mayor prostituyente. La explotación de mujeres, de niños y niñas se hace solo posible gracias al prostituidor, aunque su participación en este asunto aparezca como secundaria. Los trabajos habituales que se dedican al tema los ignoran y a los prostituidores mismos les cuesta aceptar su condición, representarse como tales". En efecto, es tal la profundidad con la que el patriarcado ha calado en la mente de los hombres (y de las mujeres) que las tintas siempre se han cargado hacia ellas, nunca hacia ellos, simplemente porque "era natural" que el hombre demandara prostitución. Salvando las distancias, ocurre un poco como en el caso de la corrupción, los políticos y las empresas: para que haya corruptos (normalmente los políticos) tiene que haber corruptores (normalmente los empresarios), pero sin embargo la responsabilidad de estos últimos casi nunca aparece en el discurso, ni se toman acciones contra ellos. Continuaremos en siguientes entregas.

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