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9 diciembre 2020 3 09 /12 /diciembre /2020 00:00

La sexualidad es el placer más accesible, universal y gratuito. Es el bien más democráticamente repartido y forma parte de la vida y de la persona. Someterlo a relaciones de poder, de humillación o de apropiamiento quita dignidad a las personas

Enrique Javier Díez Gutiérrez

También se podría argumentar (y de hecho es un buen argumento) que lo más urgente sería sacar de la precariedad vital a las mujeres que o bien están siendo objeto de trata por parte de las mafias (tras su liberación), o bien no poseen otra mejor alternativa que dedicarse a la prostitución. Bien, he aquí una propuesta para un gobierno mínimamente decente: en vez de beneficiarse de los impuestos recaudados a través de la industria del sexo ("empresas" y locales correspondientes), los gobiernos podrían (deberían) embargar los bienes en posesión de dicha industria, e invertirlos en el futuro de las mujeres que están en el mundo de la prostitución, proporcionando recursos económicos y alternativas reales para que puedan vivir de forma autónoma. En el fondo se trataría de apostar por una intervención preventiva de las causas frente a la represora de las consecuencias, exigiendo al gobierno y a las administraciones erradicar la precariedad del mercado laboral y las condiciones de explotación que en él se viven, que provocan el que la prostitución sea a veces la única alternativa para poder pagar las deudas o mantener a la familia. Es evidente que si erradicáramos (o minimizáramos) el impacto de la precariedad sobre los mercados laborales, las alternativas que ahora mismo no sirven para aliviar la precariedad vital de muchas mujeres se volverían útiles para dicho objetivo, y la prostitución dejaría de ser una opción válida. Pero sobre todo, la mejor política consiste en centrar la acción en la demanda, a través de la denuncia, persecución y penalización del prostituidor (cliente) y del proxeneta. Se trata de una política que en ningún caso se dirige contra las mujeres prostituidas, a quiénes el abolicionismo ni juzga ni persigue, ni pretende su penalización o sanción. La ley del Gobierno Sueco 1997/98:55 sobre la Violencia Contra las Mujeres, prohíbe y penaliza la compra de “servicios sexuales”. Es un enfoque innovador que se centra en la demanda de la prostitución. Suecia cree que “prohibiendo la compra de los servicios sexuales, la prostitución y sus efectos perjudiciales pueden contrarrestarse de una manera más efectiva que la que ha existido hasta ahora”. Y lo que es más importante, esta ley claramente afirma que “la prostitución es un fenómeno social no deseable” y que es “un obstáculo para el actual desarrollo hacia una igualdad entre hombres y mujeres".

 

La compra de servicios sexuales queda identificada en la ley sueca como una práctica de violencia, en este caso de "violencia remunerada" que confirma y consolida las definiciones patriarcales de las mujeres, cuya función primera sería estar al servicio sexual de los hombres. Ésta es la base para comprender la auténtica dimensión del fenómeno prostitucional, si pretendemos realmente acabar con él. No caben por tanto las medias tintas, las soluciones tibias, el mirar para otro lado. Creemos que el abolicionismo básicamente consiste en impedir que se den las circunstancias para que el hecho de la prostitución pueda darse, y en ese sentido, impedir que la demanda se materialice es fundamental para la consecución de dicho objetivo. En el fondo, se trata de deslegitimar social y públicamente a los prostituidores (clientes), como principales actores responsables de esta forma de violencia. Se debe evitar toda forma de regulación o de institucionalización de una práctica que entendemos incompatible con la definición misma de persona, que va contra su dignidad, y que refuerza los lazos y los engranajes patriarcales de las sociedades. Pero no nos engañemos: en el fondo se trata de superar el capitalismo como sistema económico y social, que es el que genera estructuralmente explotación internacional, normaliza las actividades más aberrantes, institucionaliza la precariedad laboral, difunde y extiende el hambre y la pobreza, afianza las relaciones patriarcales, y todas ellas son las causas y el origen último de la mayor parte de la prostitución actual. Por su parte, Carlos París, filósofo, escritor y Presidente del Ateneo de Madrid, en este artículo para el medio publico, lo explica en los siguientes términos: "¿Regular el ejercicio de la prostitución? ¿O eradicarla? Si queremos orientar el debate por un camino humana y éticamente correcto --más allá de los importantes intereses que en este terreno se mueven y de las fáciles soluciones conformistas, que no contrarían a tales intereses--, habría que partir de dos principios básicos. En primer lugar, los seres humanos no pueden ser considerados y tratados como mercancías. En segundo lugar, la utilización del propio cuerpo, para la prestación de servicios sexuales, económicamente retribuidos, no es un trabajo. A estos dos principios negadores podríamos añadir un tercero de carácter afirmativo: las relaciones sexuales entre seres humanos, en una sociedad emancipada, deben ser libres, mutuamente consentidas y desarrolladas en condiciones de igualdad". 

 

Incluso en el reducido ámbito de la llamada "prostitución de lujo" tenemos dudas de que la actividad de la prostitución se lleve a cabo de una forma completamente "libre". Veamos: se trata de mujeres que, sin padecer los efectos terribles de la pobreza y de la miseria (motivo por el que hemos explicado que muchas de ellas se ven obligadas a ejercerla como única vía de emancipación económica), se entregan a esta práctica con un selecto personal de gran poder adquisitivo, a fin de poder disfrutar de bienes, productos y servicios a los que no podrían acceder por otra vía. La prostitución les permite la entrada a un mundo de riquezas y caprichos a cambio de servir de "compañía" y para relaciones sexuales de varones poderosos. Sin embargo, como decíamos, bajo la falsa pretensión de libertad, no deja de actuar (en un contexto capitalista y consumista, agente "creador" de las necesidades) la sutil e invasora propaganda que ilusiona con el escaparate de tentadoras formas de vida y de fácil éxito. De esta forma, las prostitutas de lujo también son hijas de una sociedad alienante y desquiciada, que contempla cómo una relación mercantil con su propio cuerpo puede servir de intercambio para alcanzar bienes materiales de alta gama. Rodeadas de placeres, lujo y caprichos, y conociendo personajes de vida adinerada, en el fondo, no dejan también de ser y estar presas de un mundo perverso que coloniza el cuerpo de las mujeres como un bien mercantilizable, y por tanto, sujeto a la violencia patriarcal. Carlos París lo explica de una forma muy sugestiva: "Un elemento clave en el debate sobre la prostitución es el reconocimiento de la degradación deshumanizadora que implica la relación sexual mercantilizada. Y que hace inaceptable su práctica en una sociedad de personas libres. El cuerpo de la prostituta, en cuanto objeto de pago, se convierte objetivamente --quiérase reconocerlo o no-- en una mercancía. Y el prostituidor se despoja de su personalidad para convertirse en puro dinero. En caricatura, podríamos sustituir su cabeza por una bolsa de monedas". La relación, aún en los casos de prostitución de "alto standing", es de clara asimetría, frente a la igualdad que debe regir las relaciones sexuales entre humanos. Y de claro dominio. El prostituidor tiene el poder económico y satisface su voluntad de poseer sexualmente el cuerpo de la mujer. La prostituida solo posee su cuerpo desnudo y ofrendado al poderoso. Nos encontramos, como asegura París, en la culminación del patriarcado. 

 

Entendemos, por tanto, que va quedando poco debate en torno a las supuestas ventajas de la posible regularización de la prostitución. El único debate posible sería cómo conseguir la abolición de la explotación sexual en la práctica, para una sociedad concreta, y por supuesto, a nivel mundial. De entrada, tres medidas serían urgentes y necesarias a tal fin: 1) Clausurar todos los centros de explotación (burdeles, clubes de alterne, lugares de carretera, puticlubs locales...), incluidos los que se camuflan bajo las actividades de hostelería, amparando así el proxenetismo; 2) Persecución del proxenetismo y del clientelismo de la explotación sexual, así como de su tan extendida publicidad (el ataque a la demanda de prostitución es trascendental para acabar con el fenómeno, como ya hemos analizado); y 3) Concesión inmediata de ayudas económicas y sociales para todas las mujeres víctimas de explotación sexual, con el mismo rango y la misma preocupación que las víctimas de la violencia de género (dicho sea de paso, otra de las crueles manifestaciones del patriarcado). En definitiva, creemos que criminalizando la demanda, desmantelando los clubes donde se ejerce, liberando a las mujeres de la influencia de dichas redes y proporcionándoles buenos sistemas de protección social, se daría un auténtico golpe masivo al fenómeno de la prostitución. Pero no solo: luego tenemos multitud de problemas añadidos. Veamos unos cuantos que no deberíamos dejar de considerar: el hecho de mujeres amenazadas en sus lugares de origen (a sus familias, lo cual dificulta su posible denuncia y liberación, tanto de ellas como de sus compañeras), la inmensa red de negocios cruzados que influyen en la prostitución (lo que implicaría desmantelar todas las relaciones entre ellos), el hecho de promulgar todo un entorno normativo (leyes, decretos..) que rechace de plano toda forma de prostitución, o el factor educativo, imprescindible para comprender el hecho prostitucional como la expresión más violenta del patriarcado, formando las mentalidades que en el futuro puedan rechazar dicho fenómeno de una forma radical. Téngase en cuenta también que la liberación de estas mujeres nos hará enfrentarnos también de lleno con los sectores más vulnerables, tales como las mujeres inmigrantes (irregulares) de la clase desposeída, con frecuencia marginadas por su situación no reglada, lo que implicaría igualmente darle una vuelta a nuestras arcaicas e injustas leyes de extranjería. 

 

A nivel planetario, acabar con el terrible fenómeno de la explotación sexual requeriría no solo extrapolar a todos los países las medidas indicadas anteriormente, sino perseguir de forma implacable todas las redes mafiosas de organización criminal que se dedican al tráfico de mujeres, lo cual ya es mucho más complicado, tanto por el poder de estas redes como por la voluntad política con que pueda emprenderse esta tarea. Quizá el mayor reto sea atender, mediante programas sociales de gran envergadura y amplios objetivos, las carencias de las mujeres prostituidas como uno de los sectores más vulnerables de las sociedades, para lo cual los enfoques y la voluntad política de los diferentes países deben remar en el mismo sentido. Pero volvamos a una idea matriz que sería el mejor antídoto contra la propia existencia de la prostitución: es necesario adoptar políticas preventivas, antes de que puedan existir mujeres que se vean obligadas a aceptar explotaciones abusivas. Pero ello requiere, y quizá sea el objetivo hoy día más inalcanzable, diseñar políticas para abolir la pobreza y la miseria, que son los principales desencadenantes de la esclavitud. Y ello pasa por diseñar medidas que extiendan los medios materiales de vida (como una Renta Básica Universal, por ejemplo) al conjunto de la población, en vez de los clásicos subsidios y medidas para los pobres, preñadas de requisitos absurdos, y que descolocan a los sectores más desfavorecidos, actuando con enormes filtros hacia ellos. Como nos indica Ignacio Aistaran en este artículo para el medio digital Rebelion: "Esto supone tanto como tener en cuenta la estructura de clases de la sociedad actual, la vulnerabilidad de los grupos sociales en la explotación, y pensar en cómo abolir los mecanismos de explotación, lo cual supone tanto como socavar y abolir las dinámicas del capitalismo. No hay otro camino. Todo lo demás son falsas promesas e hipocresía. El avance del neoliberalismo en estas décadas ha sido tan brutal que cosas que estaban claras en la izquierda hace décadas, como el fin de la explotación sexual, han sido olvidadas en las sociedades capitalistas. Ahora a las víctimas se les ofrecen como alternativa progresista la liberalización, la normalización y la regularización de las peores opresiones". Es evidente que los gobiernos, la sociedad de naciones a nivel mundial, ha optado por la globalización capitalista con todas sus consecuencias, en vez de apostar por la globalización de los derechos humanos y de su rigurosa protección. Otro gallo nos cantara entonces, y dejaría de verse la prostitución y la industria del sexo como un trabajo, para verse como lo que realmente es: la más cruel y despiadada versión de la explotación capitalista y patriarcal. Continuaremos en siguientes entregas.

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