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8 enero 2021 5 08 /01 /enero /2021 00:00
Sáhara Occidental: el Régimen del Terror y del Silencio (V)

La Marcha Verde sirvió de pretexto y de cortina de humo para el giro de la política española y la conclusión de los acuerdos de Madrid. Unos acuerdos por los que Marruecos obtuvo la entrega del Sáhara con la participación de Mauritania que, exhausta por el conflicto con el Frente Polisario, se retiró en 1979 de la parte meridional del territorio que le había cedido Marruecos. Por difícil que fuera aquella coyuntura, había una fórmula válida y legal que hubiera salvaguardado el derecho inalienable del pueblo saharaui a la autodeterminación. España, que había abdicado de sus responsabilidades, podía haber traspasado la administración a la ONU, para organizar y supervisar el referéndum, como preveía el Plan Waldheim

Víctor Arrogante

Una figura clave en todo el proceso de entrega del Sáhara Occidental a Marruecos fue nuestro actual Rey Emérito, Juan Carlos I. Y resulta que recientemente, documentos desclasificados por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos (en total casi un millón de documentos) han destapado el papel que jugó Juan Carlos de Borbón en dicho proceso. De entrada, hay que reseñar, como recoge José Antonio Gómez en este artículo para el medio Diario 16, que la ONU declaró nulos de pleno derecho los Acuerdos Tripartitos de Madrid (nos hemos referido a ellos en anteriores entregas) de 1975, firmados por Juan Carlos de Borbón por los que se cedía la administración del Sáhara a Marruecos y a Mauritania. Es precisamente esta nulidad la que provoca que dicho territorio se encuentre aún entre los 16 territorios no autónomos supervisados por el Comité Especial de Descolonización de la ONU. Explica José Antonio Gómez: "En el año 1979 Marruecos estaba perdiendo la guerra contra el Frente Polisario hasta que varios países, entre ellos España, decidieron ayudar a Hassan II: Estados Unidos, Francia, España y Arabia Saudí. Todo esto fue posible gracias a las buenas relaciones del rey marroquí con Henry Kissinger, consejero de seguridad nacional de los Estados Unidos, y con los Saud de Arabia Saudí". Entonces, en el mes de agosto de 1975, el Departamento de Estado de los Estados Unidos aprobó un proyecto secreto de la CIA y financiado por Arabia Saudí para arrebatar el Sáhara Occidental a España. En medio de la Guerra Fría, el territorio era vital desde un punto de vista geoestratégico, debido a los recursos naturales que poseía. En octubre del mismo año la inteligencia militar española informó a Franco del plan de los Estados Unidos. Una vez que el Rey Hassan II anunció la Marcha Verde, tras rechazar el Tribunal de Justicia de la ONU las pretensiones de Marruecos sobre el Sáhara (véase nuestra entrega anterior), Juan Carlos de Borbón, todavía príncipe pero ya heredero del dictador, se negó a aceptar la Jefatura del Estado interina porque, entre otras cosas, pretendía tener poderes absolutos sobre el Sáhara. 

 

Tras el fallido viaje de José Solís a Rabat, donde no pudo frenar la Marcha Verde, Juan Carlos de Borbón se hizo cargo de la Jefatura del Estado. Se mostró preocupado por la situación del Sáhara, sobre todo porque aún estaba demasiado reciente la Revolución de los Claveles portuguesa (1974), y no quería que algo parecido ocurriese en nuestro país tras la muerte de Franco. Como ya contamos en el resumen inicial que relatamos en nuestra primera entrega, en su primer Consejo de Ministros, Juan Carlos de Borbón manifestó su intención de ponerse al frente de la situación del Sáhara, pero no informó al Gobierno de Arias Navarro de que ya había enviado a Washington a su hombre de confianza, Manuel Prado y Colón de Carvajal, para hablar con Henry Kissinger e intentar evitar una guerra colonial que podría haberse traducido en una revolución al estilo portugués que le hiciera perder su corona. Fruto de esas conversaciones, Henry Kissinger aceptó mediar con el Rey Hassan II, y se firmó un pacto secreto por medio del cual Juan Carlos de Borbón entregaría el Sáhara a Marruecos a cambio del total apoyo político de los Estados Unidos a su Jefatura del Estado. Una maniobra rastrera que da perfecta idea de la calaña moral del personaje del Rey Emérito, entonces Rey emergente. Y como hemos contado, tras la Marcha Verde, concretamente el 12 de noviembre de 1975, se produjo la Declaración de Madrid por la que se entregó el territorio del Sáhara a Marruecos y a Mauritania. Como decimos, fue un proceso controlado y tutelado por la CIA y el Departamento de Estado de USA, absolutamente secreto. Nadie supo nada. Nunca salió a la luz. Juan Carlos I movió los hilos necesarios y los contactos a través de sus hombres de confianza, para garantizarse la Corona de España ante posibles eventualidades con el asunto del Sáhara. Afortunadamente, la ONU nunca ha considerado estas maniobras oscuras, pero ello, evidentemente, no ha evitado el tremendo sufrimiento que el pueblo saharaui ha tenido que soportar desde entonces. Volvamos entonces a repetirlo, y lo haremos en infinidad de ocasiones para que quede bien claro: el Sáhara Occidental continúa siendo, a todos los efectos, territorio español. Legalmente y en base al derecho internacional España es la potencia administradora, y por tanto está permitiendo que una nación extranjera ocupe ilegalmente el territorio. Es una mezcla de espurios intereses y de cobardía política lo que mantiene este asunto empantanado desde hace cuatro décadas. 

 

El Sáhara fue, en expresión de Miguel Urbán (a quien seguimos en este artículo para el medio digital Viento Sur), "moneda de cambio para la restauración borbónica". No cabe la menor duda de ello. Por tanto, podemos afirmar que el comienzo de dicha restauración borbónica nacía ligado a una de las páginas más negras de la política exterior española. Un acontecimiento para el que, como tantos otros, parece existir una amnesia colectiva. En primer lugar, porque la historia no se cuenta como es, simplemente porque no interesa a los poderes fácticos. Y en segundo lugar, porque los moldes del capitalismo globalizado han incrementado los acervos nacionalistas de los pueblos, y en ese contexto es muy difícil que el conjunto de la ciudadanía comprenda y asuma el pasado real de su nación (ocurre igual, salvando las distancias, con el relato sobre el Descubrimiento de América, al que ya le dedicamos una serie de artículos). El apagón informativo también actúa ignorando o tergiversando determinadas informaciones, para que no se conozca la verdad. Miguel Urbán explica: "El extremo cuidado por la figura e imagen del monarca que tradicionalmente ha tenido el establishment mediático y político español no solo se ha centrado en tapar sistemáticamente los escándalos "personales" y financieros del rey emérito, sino también en evitar analizar su papel en numerosos episodios históricos de los que ha sido co-protagonista". Pues bien, el caso del Sáhara Occidental es uno de ellos. Durante décadas, todo un entramado de amistad, intercambios de favores, secretos de Estado, negociaciones y acuerdos políticos ocultos, equilibrios geopolíticos, pingües beneficios por medio, etc., han jalonado las relaciones de distintos países, por mor de los mutuos intereses, haciendo caso omiso no solo al Derecho Internacional, sino también a los más elementales principios de justicia. El Rey Hassan II de Marruecos hizo de la anexión del Sáhara español una pieza principal en su política exterior, y la base sobre la que asentar definitivamente el trono, amenazado a comienzos de los años 70 por varias intentonas de Golpe de Estado. Para ello se ayudó también de la amistad con otros países árabes. Y además, Marruecos contó con dos aliados excepcionales: Estados Unidos y Arabia Saudí. Los primeros pusieron el apoyo geopolítico, los segundos el dinero.

 

De hecho, la Marcha Verde, apoyada e ideada por Estados Unidos, y financiada por Arabia Saudí, no era solo una estrategia militar para ocupar el Sáhara español, frustrando así el proceso de descolonización que se habría abierto, sino que también era un movimiento de exaltación patriótica, fundamental para consolidar la monarquía de Hassan II. De hecho, hoy día la Marcha Verde, en Marruecos, constituye uno de los hitos fundamentales en la consolidación de la actual monarquía (personificada hoy en Mohamed VI), y una efeméride en el calendario oficial marroquí. Y así, el 6 de noviembre de 1975, aprovechando la crisis de sucesión en España, una avanzadilla de 350.000 civiles enarbolando banderas marroquíes y acarreando retratos del Rey  Hassan II cruzaron envalentonados en caravana de convoyes la frontera del Sáhara español. Entre los civiles supuestamente desarmados se calcula que marchaban unos 25.000 soldados marroquíes de las Fuerzas Armadas Reales (FAR). Y es exactamente en este momento cuando entra en juego la figura de Juan Carlos I. En resumidas cuentas, una mezcla de oportunismo político, cínico e injusto (por no calibrar las consecuencias futuras que podría acarrear al pueblo saharaui), que condujeron al abandono del Sáhara Occidental a cambio de asegurar su Corona gracias a la influencia de sus "amistades internacionales". Y todo ello se ha sabido porque en enero de 2017 se desclasificaron 12 millones de páginas de la CIA, de las cuales un total de 12.500 tratan sobre España. Y en muchas de ellas destaca el nombre de Juan Carlos I. Concretamente, lo que los papeles desclasificados destapan es que Juan Carlos I pactó en secreto con Hassan II que la avanzadilla de la Marcha Verde pudiera entrar unos cientos de metros en la colonia española de cuya frontera norte se habría ya retirado previamente el Ejército español, para facilitar la maniobra. También aceptó que una delegación de medio centenar de funcionarios y agentes secretos marroquíes entrasen en esas fechas en El Aaiún, la capital del Sáhara. De hecho, las tropas españolas recibieron órdenes desde Madrid de mirar hacia otro lado. Únicamente el Frente Polisario se enfrentó valientemente a los invasores, ante el desconcierto de las tropas coloniales españolas que observaban la ocupación marroquí entre impasibles e impotentes. En fin, unos hechos absolutamente vergonzosos. 

 

Pero el cinismo del joven monarca era aún mayor, pues al llegar a El Aaiún, y ante los mandos militares destacados en el Sáhara, Juan Carlos I afirmó: "España cumplirá sus compromisos y deseamos proteger los legítimos derechos de la población civil saharaui". Solo dos meses después de estas palabras se firmaron en Madrid los Acuerdos Tripartitos, rechazados posteriormente por la ONU. Una jugada, en suma, muy sucia, indigna de cualquier gobernante o estadista que se precie de tal. Porque como hemos explicado, el objetivo de los susodichos Acuerdos no era otro que legalizar la ocupación marroquí y mauritana del Sáhara. Una ocupación que para entonces ya estaba casi concluida y que iniciaría una sangrienta guerra que duró más de 15 años. Miguel Urbán explica: "Hay autores que señalan que el príncipe Juan Carlos entregó el Sáhara español ante el temor de embarcarse en una guerra colonial con incierto resultado. Y que en esa decisión pesó bastante la experiencia portuguesa en Angola y Mozambique, antesala de la posterior Revolución de los Claveles, muy presente en las decisiones y miedos de la jerarquía franquista y especialmente en el futuro monarca. Pero ese supuesto cálculo "estratégico" omite que siempre hubo una alternativa sobre la mesa: que España hubiese delegado sus responsabilidades como potencia descolonizadora, traspasando la administración del territorio a la ONU, quien de forma interina por un período de seis meses organizaría y supervisaría el referéndum de autodeterminación en el Sáhara comprometido por la administración española. Así se estipulaba en el Plan Waldheim que insistentemente ofreció el Secretario General de la ONU para asegurar una solución que preservara los derechos del pueblo saharaui y permitiera a España cumplir sus compromisos internacionales. Una propuesta que Juan Carlos I, como Jefe del Estado en funciones, directamente rechazó". En efecto, enlazamos así con nuestra cita de entradilla de Víctor Arrogante, que también alude al llamado "Plan Waldheim" en ese mismo sentido: una cosa es proteger los intereses y la estabilidad de tu país, dejando de enzarzarte en peligrosas aventuras coloniales con terceros países, lo cual es muy legítimo, y otra cosa muy distinta es abandonar consciente y planificadamente a todo un pueblo que dependía absolutamente de nosotros, en su administración, para que fuera ocupado por una potencia extranjera, sin importar cuál será el destino de esa gente. Evidentemente, a Juan Carlos I solo le importó su Corona, y estuvo dispuesto a pasar por encima de cualquier otra circunstancia, ni a evaluar siquiera las futuras consecuencias. Continuaremos en siguientes entregas.

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