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18 enero 2021 1 18 /01 /enero /2021 00:00
Filosofía y Política del Buen Vivir (122)

En definitiva, si el capitalismo es una sindemia, va a seguir produciendo sin parar virus y pandemias; y va a seguir produciendo, también sin parar, vacunas y medicamentos selectivos y mal distribuidos. Ese es el futuro y no es halagüeño para la humanidad. Pero si el capitalismo es una sindemia, entonces la política y la ciencia, hoy cautivas, deberían estar luchando para liberar a la humanidad y a sí mismas del capitalismo. Eso sí sería bueno para todos

Santiago Alba Rico

Vivimos en un mundo de las muchas crisis. Pero la más básica es la crisis de nuestra relación con la biosfera: aún no hemos aprendido a habitar en esta Tierra. En nuestro tercer planeta del sistema solar, llevamos un par de siglos –y, sobre todo, el medio siglo último– viviendo dentro de una máquina infernal. Si crece, destruye (lo ecológico, pero no solo lo ecológico). Y si no crece, devasta (lo social, pero no solo lo social): ¿no ha llegado la hora de salir fuera de esa máquina diabólica?

Jorge Riechmann

El Informe "Global Trends 2025", que ya comentamos en la entrega anterior, advertía de la posible aparición de la pandemia en los siguientes términos: "Si surgiera una enfermedad pandémica, probablemente ocurriría en un área marcada por una alta densidad de población y una estrecha asociación entre humanos y animales, como muchas áreas del sur de China y del sudeste de Asia, donde no están reguladas las prácticas de cría de animales silvestres lo cual podría permitir que un virus mute y provoque una enfermedad zoonótica potencialmente pandémica...". Bien, hagamos aquí un inciso: muchas personas que hayan podido conocer estas noticias, en concreto el hecho de que varios años antes se "intuyera" por parte de la comunidad científica la posible aparición de una pandemia, y que no conozcan el fenómeno de la zoonosis y las peligrosas prácticas que el capitalismo viene desarrollando en este ámbito, han podido pensar lo siguiente: si los patrocinadores del informe conocían esta información, sólo hay una explicación posible: ellos mismos la estaban preparando. Es uno de los bulos que han circulado por las redes sociales, y que los negacionistas y algunos gobernantes de la extrema derecha (Trump, Bolsonaro...) han difundido. Esa equivocada tesis también abonaría que el Coronavirus Sars-Cov-2 fuese un virus creado en laboratorio, pero esto tampoco es así. La explicación, volvemos a repetir, son las aberrantes prácticas que el capitalismo desaforado lleva experimentando contra la naturaleza, desequilibrando los ecosistemas, y provocando que determinados patógenos que existen en el mundo animal puedan saltar al ser humano. Las decisiones de Donald Trump, ya siendo presidente, en su país, fueron especialmente criminales: despidió a todos los autores de un informe del Pentágono ya en enero de 2017, y como es público y notorio, cuando aparecieron los primeros casos (además de llamarlo "virus chino" en tono despectivo), les restó importancia, no tomó las medidas adecuadas, ignoró la peligrosidad de la pandemia, arremetió contra la Organización Mundial de la Salud, hizo caso omiso de las recomendaciones de los expertos, y aseguró un sinfín de estupideces propias de la escala más imbécil de la ciudadanía. 

 

Trump entrará en la historia, además de por otras muchas barbaridades, por haber sido responsable de una de las crisis de salud pública más catastróficas de la historia de los Estados Unidos. Pero aunque Trump fue el adalid de los gobernantes negacionistas, no estuvo solo: Jair Bolsonaro en Brasil, o Boris Johnson en Reino Unido, también siguieron su mismo camino, contagiándose ellos mismos y creando situaciones de alarma esperpénticas en sus respectivos países. Es exactamente lo que lleva ocurriendo con el cambio climático: infinidad de expertos y de organizaciones llevan anunciando los graves efectos del calentamiento global, así como las medidas urgentes que habría que tomar para, al menos, mitigar los efectos. Sin embargo, los principales gobernantes mundiales continúan sin hacer caso a estos informes y a estas recomendaciones. Con el colapso ecosocial de carácter civilizatorio ocurre tres cuartos de lo mismo: se lleva avisando por activa y por pasiva desde hace más de una década, se lleva sugiriendo la necesidad de cambiar los modelos productivos y consumistas, los modelos energéticos, los modos de vida, pero la tozuda realidad se abrirá paso sin que nuestros gobernantes hagan nada para evitarlo. Y se lleva repitiendo hasta la saciedad que el Buen Vivir es el camino, la senda que hay que ir recorriendo, no para detener el colapso, que es ya inevitable, sino para, al menos, conseguir que sus efectos sean menos perniciosos, buscando alternativas reales en nuestros modos de vida para ir migrando paulatinamente a otros modelos productivos más acordes con los límites biogeofísicos de la Naturaleza. ¿Hacen caso nuestros gobernantes? En absoluto. Así nos va. La actual pandemia de Coronavirus, que no será la última, es sólo un síntoma, un aviso, una llamada de atención: la naturaleza nos avisa de que así no vamos por buen camino. Pero no hay más ciego que el que no quiere ver. Una humanidad capitalista desbocada no es capaz siquiera de detectar el peligro de lo que se avecina. Por tanto, no nos engañemos: la ciencia sabía que podía ocurrir, los gobernantes estaban avisados, pero no se molestaron en prepararse. Las advertencias sobre el ataque inminente de un nuevo coronavirus eran sobradas y notorias. Como son sobradas y notorias las advertencias del pico de muchas sustancias y energías fósiles, pero tampoco se hace nada al respecto. En su momento vendrá, desgraciadamente, las lamentaciones. 

 

Como hemos venido destacando durante esta serie de artículos, los ecologistas vienen advirtiendo que la destrucción humana de la biodiversidad está creando las condiciones objetivas para que nuevos virus y nuevas amenazas aparezcan. Y así, la deforestación, la construcción salvaje de infraestructuras, la minería a cielo abierto, la ganadería intensiva, el comercio de especies exóticas, y muchas actividades más, son actividades que están creando el caldo de cultivo para diferentes epidemias. Diversos virus se encuentran en los animales salvajes, y cuando las actividades humanas destruyen sus hábitats o fuerzan las condiciones de vida de estas especies, determinados patógenos que únicamente existen en su ámbito pueden saltar a la especie humana y contagiarnos. Cuando el ser humano retira a un animal de su entorno natural, ese equilibrio se rompe, se altera, y un virus puede transmitirse a otra especie con la que dicho animal no convivió nunca. Esto es exactamente lo que está ocurriendo. La invasión de los ecosistemas silvestres por parte del ser humano, debido a proyectos urbanísticos, a planificación de infraestructuras, o a proyectos industriales, crean situaciones propias que causan la mutación acelerada de los virus. Es probablemente lo que ocurrió en Wuhan. De hecho, y desde hace años, muchas organizaciones animalistas chinas reclamaban la prohibición permanente del comercio y consumo de animales salvajes con el fin de conservar las especies, y sobre todo, evitar previsibles pandemias. La pandemia también nos ha mostrado una determinada especie de "guerra por los recursos", al darse la circunstancia de que el material sanitario se necesitaba de forma global, por todos los países casi a la vez. En este sentido, como era de prever, no ha primado la solidaridad, sino que los egoísmos nacionales se han manifestado con sorprendente y brutal rapidez. Los diferentes países no han dudado en lanzarse a una guerra por las mascarillas que escaseaban, o en apoderarse, cual piratas, haciendo acopio de material sanitario (respiradores, trajes EPI, etc.). Hemos presenciado con pavor cómo los Gobiernos pagaban el doble o el triple del precio justo del material sanitario para conseguir los productos, e impedir que fuesen vendidos a otras naciones. Y aquí también ha habido lugar para la picaresca. 

 

Es la lucha por los recursos cuando éstos escasean, una lucha que ya hemos descrito en la presente serie de artículos a tenor del alcance de los picos de determinadas sustancias, y de determinadas tecnologías. Los países se han denunciado entre sí por mor del referido acopio, y por supuesto, como siempre, han pagado los más débiles. Y por su parte, algunos fanáticos ultraliberales no han tardado en reclamar sin tapujos la eliminación maltusiana de los más débiles. Por ejemplo, un vicegobernador en Estados Unidos declaró: "Los abuelos deberían sacrificarse y dejarse morir para salvar la economía". Jamás se vieron declaraciones tan aberrantes. En nuestro país, sin ir más lejos, muchos ancianos procedentes de residencias de mayores no fueron desviados a los hospitales, muriendo en aislamiento, en soledad. Y aquí debemos introducir un nuevo elemento en el debate: muchas veces se ha dicho que el virus es "democrático", en el sentido de que ataca a todo el mundo por igual. Bien, pero una cosa es aceptar que el virus puede atacar a cualquier cuerpo humano que se ponga en su camino, y otra cosa muy distinta es que hay que reconocer que las sociedades desigualitarias, como todas las que conforman nuestro planeta, sí distinguen, porque cuando la salud es una mercancía más, los grupos sociales pobres, discriminados, marginados, vulnerables o explotados, quedan mucho más expuestos a la infección. El colapso ocurre cuando, como en este caso, ante un Coronavirus nuevo aparecido por zoonosis, no se dispone de vacuna ni tratamiento alguno, y los contagios ocurren en una curva muy pronunciada. Algunas personas han argumentado que de gripe también mueren miles de personas cada año, pero la gripe está controlada: nunca tendremos (a no ser que el virus mute muy violenta y rápidamente y la vacuna se vuelva ineficaz) un colapso sanitario debido al patógeno que la causa. En cambio, el Sars-Cov-2 ha llenado los hospitales, ha agotado las camas disponibles, ha agotado las camas UCI de los centros sanitarios, ha vuelto insuficiente al personal de los hospitales, así como el material sanitario de que se disponía. Esto es exactamente el colapso: los recursos se agotan, el personal disponible no es suficiente, el goteo de contagios y de fallecimientos se vuelve insoportable, y la sociedad se apaga como la llama de un candil. 

 

Y qué decir del ámbito económico: ante sociedades injustas, desiguales, que no garantizan los derechos básicos y elementales al conjunto de la población, colocar a los habitantes en situación de confinamiento puede soportarse por los trabajadores "formales", aquellos que trabajan oficialmente en sus empresas y poseen una nómina, pues han entrado en situación de Expediente de Regulación Temporal de Empleo (ERTE) hasta que el período de confinamiento ha finalizado. ¿Pero qué ha ocurrido con las personas que no disponen de una nómina, que trabajan en la economía informal, sumergida, o que han de salir a la calle diariamente a buscar su sustento? Solo en América Latina, el 56% de los trabajadores y trabajadoras activos viven de la economía informal. ¿Cómo colocamos a toda esa gente en confinamiento? Son los que se han debatido (y aún lo siguen haciendo) entre morir por el Covid-19 o morir por hambre. Y por supuesto, no todos los continentes y los países pueden resistir por igual las condiciones de aislamiento y de seguridad, porque si en países ricos (la mayoría de los occidentales) el virus ha provocado los terribles estragos que ya conocemos...¿qué ha ocurrido en algunas zonas depauperadas del continente africano? ¿Cómo hablar de confinamiento o de aislamiento, o de gel desinfectante, o de distancia de seguridad, o de lavado frecuente de manos, a millones de personas que viven sin agua corriente, hacinadas en favelas, en chabolas, o que no tienen hogar, que duermen en las calles, o viven en campamentos improvisados de refugiados, o en las ruinas de edificios destruidos por las guerras (véase Yemen o Palestina, por ejemplo)? Pero incluso en los países ricos que han desplegado sistemas neoliberales desalmados y violentos, la situación también es muy complicada: piénsese por ejemplo en Estados Unidos, paradigma del "mundo libre y civilizado". Pues bien, ese país posee el récord mundial de contagios y de fallecidos, y no es por su extensión (Rusia o China son más grandes que USA). Ello se debe a que unas 27 millones de personas (el 8,5% de la población aproximadamente) no poseen seguro médico, y la sanidad pública no es universal, sino muy limitada. Por su parte, otros 11 millones de personas son trabajadores ilegales, indocumentados, que no se atreven a acudir a los hospitales. El panorama, por tanto, es absolutamente desolador. Continuaremos en siguientes entregas.

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