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28 junio 2022 2 28 /06 /junio /2022 23:00
Viñeta: Antonio Rodríguez

Viñeta: Antonio Rodríguez

Echarle la culpa a las supuestas “mafias de migrantes” es buscar encubrir a los verdaderos responsables. El Capitalismo es el responsable de esta tragedia: los que se lucran del sudor ajeno y del saqueo del planeta. Las transnacionales inflan sus fortunas en base a la tortura de los pueblos: viabilizan el saqueo mediante guerras imperialistas y paramilitarismo

Cecilia Zamudio

Tendemos a vivir en un mundo dividido entre “nosotros” y “ellos”, y esa escisión busca aunar los impulsos morales, pero para ponerlos al servicio del antagonismo social. Nuestra superioridad moral nos interesa en la medida que nos permite acusarlos a “ellos” de perversos; esos otros seres humanos “exceptuados” de nuestra obligación moral para con otros semejantes, atribuyéndoles rasgos que mancillan y deforman su imagen, seres humanos indignos de nuestra consideración y respeto, con lo que justificamos nuestra indiferencia

Mario Hernández

No hay alambre suficiente. Ni para los 7.700 km de frontera europea, ni para la brecha que separa Europa de la guerra y la pobreza

Isaac Rosa

Europeos, abramos los ojos. No va a haber suficientes muros ni alambres que paren esto. Ni gases lacrimógenos ni pelotas de goma. O abordamos un drama humano desde la capacidad de amar que nos hace humanos, o acabaremos todos deshumanizados. Y habrá más muertos, muchos más. Esta no es una batalla para protegernos de los otros. Ahora mismo esto es una guerra contra la vida

Ada Colau

El dinero tiene cada vez menos fronteras; las personas, cada vez más

Pedro Olalla

¿A quién pertenecen los recursos mineros (oro, platino, hierro, bauxita, coltán, níquel, estaño, plomo, manganeso, plata...), energéticos (petróleo, gas natural, uranio...), agrícolas (café, cacao, algodón...), forestales, pesqueros y otros que la economía mundializada necesita cruelmente? Pertenecen a esos hijos que vienen a morir a las puertas de Europa

Aminata Dramane

Hoy por hoy los valores éticos de la UE están en el cubo de la basura. En la crisis de los migrantes subyace el fracaso de las políticas de la UE. En poco tiempo se está desmoronando el edificio político y moral que dio lugar a su fundación, la política común es una quimera. Lo que queda es el mercado y el dinero. El derecho de asilo ha sido ahogado en el Mediterráneo. El derecho a la vida de los migrantes económicos, también

Iosu Perales

Veámoslo de esta manera: 2.000 personas negras desplazadas por conflictos en África han sido molidas a palos y 37 han muerto al buscar refugio en España. Más de 120.000 personas blancas desplazadas por la guerra de Ucrania han podido llegar a España en menos de cuatro meses (…) Los refugiados de África solo pueden pedir asilo en España saltando la valla de Ceuta o Melilla o subiéndose a una patera. Los de Ucrania tienen billetes gratis de Renfe y hasta grupos de taxistas han ido a recogerlos entre aplausos de políticos y sociedad civil (…) Si las imágenes de migrantes golpeados y desparramados en el suelo inconscientes fueran víctimas de la guerra de Putin, la OTAN estaría preparando arsenales y movilizando tropas y Europa hablaría de crímenes de guerra

Jairo Vargas

Sólo unos 130 migrantes consiguieron entrar en Melilla. El resto no pudo. En el cementerio de Nador (Marruecos) ya se preparan fosas comunes para enterrar (sin identificación y sin autopsia) a los casi 40 migrantes que murieron bajo los malos tratos de los gendarmes marroquíes. Además, más de una veintena de supervivientes han sido enviados a prisión preventiva, imputados por actos de violencia contra dichos gendarmes. La mayoría de ellos procedía de Sudán y Eritrea. Mientras, nuestro Presidente Pedro Sánchez, de forma vergonzosa, elogiaba la actuación de Marruecos, y responsabilizaba a las mafias que trafican con personas. Evidentemente las mafias existen, pero ese no es el debate aquí, sino el propio fenómeno migratorio y sus causas, y el trato denigrante que se ofrece a los migrantes. Y es que las imágenes que nos llegaban estos últimos días eran aterradoras, con los gendarmes empujando violentamente a los migrantes unos encima de otros, un trato que no se merecen ni las más fieras bestias. Apaleados y apilados, aberrantes tratamientos inconcebibles en pleno siglo XXI.

 

¿Existe una valla en la frontera entre España y Francia? No la hay, al igual que no la hay entre Estados Unidos y Canadá. Pero en cambio sí existe entre Marruecos y España (Ceuta y Melilla), así como entre Estados Unidos y México. Por tanto, si mil quinientos canadienses entran a territorio estadounidense, éstos nunca entenderán que ha habido un “ataque a la integridad territorial” de los Estados Unidos, como sí lo consideran cuando las mil quinientas personas son mexicanas, hondureñas o guatemaltecas. Igualmente, nuestro país no considera un “asalto violento” si llegan mil quinientos franceses, alemanes o ingleses, pero sí lo considera si las mil quinientas personas son de Ghana, Senegal o Burundi. Es la consideración racista la que determina cómo vemos a los demás, es el enfoque que posee un Norte colonizador sobre un Sur colonizado el que nos proporciona la mirada deshumanizadora, discriminatoria e injusta que tenemos hacia un mismo hecho.

 

Y es que la doble vara de medir, opinar, decidir y actuar con respecto a las personas migrantes es, en nuestro país, absolutamente hipócrita, criminal y escandalosa. La propia denominación que se asigna a los sucesos ya es, en sí misma, discriminatoria, pues el lenguaje es la primera arma que se utiliza para describir los fenómenos. Y en ese sentido, se habla de que los ucranianos que están sufriendo la invasión rusa son las víctimas de una guerra (y en efecto lo son, lo que se oculta y disfraza son las causas de esa guerra), y nos solidarizamos con ellos, y les tendemos todo tipo de puentes a sus necesidades, y les facilitamos la huida de su país, y los acogemos en el nuestro, y les buscamos trabajo, y les facilitamos ayudas, y les garantizamos su integración en nuestra sociedad, y les permitimos que continúen con sus proyectos vitales, e incluso a nivel privado y particular, miles de familias los acogen en sus casas, u organizan viajes para recogerlos o llevarlos a otros destinos, y se preocupan de que nada les falte mientras estén en nuestro país. Estupendo.

 

Pero en cambio, cuando mil quinientas personas, después de vagar durante meses por los montes marroquíes cercanos (algunos de ellos incluso años, pues llegaron hasta Libia, fueron devueltos a un “puerto seguro”, o han cruzado el desierto), hartos de soportar la tortura, la violencia, la agresión y la extorsión, desesperados y sin recursos, sin alternativas vitales, después de abandonar hijos, familias, paisajes, cultura, lugares de origen, amigos, etc., deciden superar una valla criminal impuesta por unos Gobiernos igualmente criminales, para que no puedan abandonar sus países, entonces lo llamamos “asalto violento” a la valla de Melilla.

 

Y de esos migrantes que llegan a través de ese “asalto violento” ya no nos interesa si han sufrido una guerra o no, si son profesionales o no, qué idioma hablan, cómo van vestidos, de qué país vienen, cuál ha sido la causa de su migración, qué necesidades tienen, qué anhelos y sueños poseen, qué vida merecen. Ya no nos importa nada de eso. Únicamente nos importa que son negros. Sólo vemos que son negros. Ya no vemos nada más. Nuestra hipócrita sensibilidad, criada a los pechos del cruel capitalismo, nos impide ver nada más. Y entonces, aplicando las despiadadas políticas que tenemos decididas, e incluso acordadas vergonzosamente con terceros países (Marruecos en este caso), nos limitamos a poner todos los efectivos (que tampoco parecen practicar mucha objeción de conciencia) de Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado que podamos para impedir a estas personas que puedan entrar en nuestro país, y les damos carta blanca para que actúen criminal y vergonzosamente hacia ellos, llevando a cabo todos los medios, las actitudes y comportamientos para disuadirlos de su acción, incluidos los más violentos (porras, balas de goma, concertinas, devoluciones en caliente…).

 

Y a aquellos que consigan llegar a nuestro país, no contentos con tanto calvario como les hemos hecho pasar, no los trataremos como a los ucranianos con alfombra roja, sino con alfombra negra, ingresándolos en un CETI (Centros de Estancia Temporal de Migrantes), donde se les trata de manera indigna y discriminatoria, y si al cabo del tiempo consiguen salir de allí (muchos de ellos mueren en motines o por maltrato de los agentes, o se suicidan ante tanta barbarie), de esas cárceles para migrantes, nuestra sociedad continuará siendo hostil con ellos, negándoles el pan y la sal, impidiendo que se puedan integrar con nosotros, o rechazando que puedan completar estudios o profesiones para que puedan desarrollar un proyecto de vida en nuestro país. Algunos afortunados sí lo conseguirán, pero la inmensa mayoría de ellos vivirán una vida de penuria y desgracia, de necesidades no cubiertas, de persecución y de racismo institucional, de xenofobia colectiva, de expectativas frustradas, de actividades no deseadas, de fatales incursiones en turbios negocios o de dedicación a actividades clandestinas.

 

Tendrán problemas para vivir porque son negros. Tendrán problemas para alquilar una vivienda, para poder trabajar, para estudiar, para instalar un negocio, para fundar una familia…Tendrán problemas para sobrevivir, porque son negros. No son, para nuestras despiadadas sociedades, “buenos” migrantes, como no éramos “buenos españoles” los republicanos en tiempos del franquismo (e incluso no lo somos todavía para algunas formaciones políticas). No son “buenos” migrantes porque no son “europeos”, porque no son “de los nuestros”, porque no son blancos de ojos azules, porque las mujeres no son rubias ni delgadas, porque no son caucásicos, y porque hablan el shongay, o cualquier otro idioma o dialecto de los países del Sahel. Como si no pudieran aprender nuestro idioma, como si no pudieran absorber nuestra cultura, como si la negritud de su piel les hubiera también ennegrecido su corazón, como si su negritud acreditara el ser o no ser buenos ciudadanos/as, como si fueran, en definitiva, no solo ciudadanos/as de segunda categoría, sino gente a la que nos esforzamos por borrar del mapa.

 

Estos malvados países de la llamada “Unión Europea” (junto con el mayor malvado, los Estados Unidos) practican un racismo institucional y social sin límites, un racismo que les lleva a contratar con terceros países fronterizos (Polonia, Turquía, Marruecos…) acuerdos de miles de millones de euros para que “controlen” a los migrantes que intenten entrar a nuestras fronteras, pero que cuando nos interesa (léase refugiados afganos después de la retirada de Estados Unidos de aquél país, o ahora refugiados ucranianos por la invasión rusa) desplegamos toda la maquinaria de acogida, integración y buena voluntad, para que los extranjeros se sientan “como en casa”. Brutal hipocresía que desvela nuestra podredumbre moral.

 

Mucho parece que nos duelen los bombardeos rusos en ciudades ucranianas, pero en el pasado hemos sido testigos de sucesos igualmente escandalosos (como el ahogamiento del pequeño Aylan Kurdi, o los muertos de la Playa de El Tarajal) que lejos de no caber en países que dicen respetar los derechos humanos, se han permitido con total frialdad, se han llegado incluso a normalizar. Basta ya de tanta hipocresía en torno a la política de fronteras. Basta ya de tanta barbarie migratoria. Ningún ser humano del planeta es ilegal, porque su humanidad está por encima de fronteras, idiomas, culturas, civilizaciones y demás condiciones políticas, sociales, económicas y culturales. Por tanto, todos los seres humanos que migran (ninguno lo hace por gusto, pues entonces no serían migrantes, sino turistas) merecen el mismo trato, un trato igualitario, justo y equitativo, que garantice su integración en los países de destino, y la plena satisfacción de sus derechos humanos.

 

¿Política de fronteras abiertas?, preguntarán indignados los supremacistas y racistas del mundo. Pues no nos cabe otra alternativa, pues los movimientos migratorios tienen su causa fundamental en tantos siglos de barbarie colonialista e imperialista que, sobre todo, Europa y los Estados Unidos vienen llevando a cabo. Y ahora, nos toca pagar el precio. Un precio que incluye acoger a los refugiados que vienen a nuestro país por causas de necesidad, pero que también incluye dejar de colonizar sus respectivos países de origen, invadiendo, hostigando, patrocinando Golpes de Estado, apoyando dictadores, instigando guerras contrainsurgentes, promoviendo Estados fallidos, bajo políticas de continua injerencia, bajo políticas extractivistas, bajo políticas, en suma, que destrozan países, territorios y culturas del mundo, en pro del mantenimiento del nivel de vida de los países del Norte global, y de un supuesto “desarrollismo” que no nos conduce al bienestar ni al progreso, sino al caos, a las desigualdades, a las guerras y a la barbarie. Hemos contribuido enormemente a generar la tremenda miseria que existe en el mundo, y ahora nos negamos a recibirla. Nosotros hemos roto esos países, y el que rompe, ha de pagar. ¡¡No al racismo migratorio!!

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