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9 noviembre 2022 3 09 /11 /noviembre /2022 00:00
Viñeta: Kalvellido

Viñeta: Kalvellido

Recientemente, Elías Bendodo, Coordinador General del PP, ha llamado al Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, “mal español”. ¿Nos recuerda algo ese calificativo? No hay que ser demasiado mayor, simplemente haber escuchado a las víctimas del franquismo y sus familiares, o haber leído algún libro decente de historia contemporánea de nuestro país, o algún artículo sobre el tema, para asimilar dicho insulto exactamente al que proferían los golpistas a los republicanos durante la Guerra Civil y la dictadura. Lo recoge, sin ir más lejos, una escena concreta de la película “Mientras dure la guerra”, de Alejandro Amenábar. Era la forma concreta como los fascistas tildaban a los republicanos (pero también a los socialistas, comunistas, masones, etc.), haciendo un claro ejercicio de apropiación de los valores patrios, contra todos los que no pensaran como ellos. Es una expresión del fascismo más puro y duro, una expresión despreciable por excluyente, por injusta, por discriminatoria y por aberrante. Toda una retórica anclada en una clara política de enfrentamiento, que divide a la población y provoca violencia, miedo y exclusión.

 

Pues bien, resulta que casi un siglo después, aquí está esta derecha arrogante, reaccionaria y fascista, intolerante y excluyente, heredera de los postulados de aquélla que interrumpió el proyecto de la República por la fuerza de las armas, que de vez en cuando, se quita la careta de “demócrata” para enseñar sus horrendas fauces, que siguen siendo las mismas de siempre. Unas fauces que se creen con la potestad de otorgar carnés de “buenos” y “malos” españoles, según comulguen o no con su ideario. Para el régimen franquista, fueron “malos españoles” nombres como Federico García Lorca, Manuel de Falla, Blas Infante, Manuel Machado, Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, y los cientos de miles de republicanos y republicanas que dejaron fusilados/as en las cunetas y fosas comunes, así como los otros cientos de miles a los que convirtieron en trabajadores forzosos, dejaron morir de hambre, les apartaron de su labor docente, o expoliaron su patrimonio, entre otras penosas circunstancias. Todos ellos eran “malos españoles”, porque los “buenos españoles” eran aquellos que se dedicaban a fusilar, y todos los que les apoyaban, léase la Iglesia Católica, los grandes empresarios y terratenientes, la banca privada, etc.

 

Y por supuesto, continúan protegiendo de forma indisimulada a aquellos “buenos españoles” de la época, tales como los gerifaltes del franquismo que aún continúan vivos (como Rodolfo Martín Villa), impidiendo que sean juzgados por sus responsabilidades (la jueza María Servini de Cubría ha interpuesto varios requerimientos desde Argentina), poniendo todos los palos en las ruedas que pueden para que no avancen las leyes de Memoria Histórica y Democrática que apliquen los principios de Verdad, Justicia y Reparación, incumpliendo las normativas que derivan de dichas leyes, promoviendo y participando en actos de claro tinte fascista, o argumentando absurdas proclamas como que “la Guerra Civil fue una pelea entre nuestros abuelos”, o que “la política debería preocuparse de los vivos, y dejar a los muertos en paz”, tal como ha afirmado recientemente el Presidente del PP, Alberto Núñez Feijoo, cuando ha sido preguntado sobre la exhumación del sanguinario General Queipo de Llano, responsable de más de 45.000 muertes en Andalucía.

 

No en vano, sustituyeron al anterior Presidente del partido, Pablo Casado, cuando éste vertió sus críticas a los supuestos trapicheos del gobierno regional de Isabel Díaz Ayuso. De hecho, las primeras afirmaciones del actual Presidente del PP fueron que no dudaba de la “honorabilidad” de la presidenta madrileña. Un Partido Popular que, entre otras medidas de “buenos españoles”, se dedica a fomentar la competencia fiscal (a la baja, por supuesto) entre Comunidades Autónomas, a bloquear (ya por más de 4 años) la renovación del Consejo General del Poder Judicial (no hace falta ser muy inteligente para entrever los motivos de tan rechazable estrategia), a calentar aún más el ambiente contra el movimiento independentista catalán (prometiendo aumentar las penas por el delito anacrónico de sedición, o tipificar en el Código Penal la figura de convocatoria de referéndum “ilegal”), a criticar las medidas económicas del Gobierno encaminadas a suavizar los efectos de la crisis (como los impuestos a la banca, a las empresas energéticas o a las grandes fortunas), o a facilitar pactos con Vox (la otra fuerza política de la extrema derecha abiertamente franquista y reaccionaria, que además hace bandera del negacionismo climático o de la violencia de género). Todos ellos son, según ellos mismos, los “buenos españoles”. El resto somos “los malos”.

 

Avanzan los tiempos, y los procedimientos van cambiando con ellos. Ahora ya no necesitan fusilar a nadie, ni formar Consejos de Guerra sumarísimos, ni torturar en las Comisarías. Ahora los procedimientos son más sutiles, más sofisticados, pero continúan estando apoyados por los propios poderes del Estado. Se encargan de ello fundamentalmente los grandes medios de comunicación y el Poder Judicial, poderes que siguen colonizados por los “buenos” españoles, y que se dedican a lanzar campañas de desprestigio (mediáticas y judiciales) hacia las personas y las formaciones políticas que consideran “peligrosas” para los intereses de los estamentos dominantes, que continúan siendo los mismos que antaño. Ya no sale a la calle ningún “Caudillo” bajo palio “por la gracia de Dios”, pero tenemos a un Rey, heredero del designado por el dictador, que continúa siendo la base de la pirámide donde se asienta todo el Régimen del 78, aquél que el dictador dejara “atado y bien atado”. Y aunque disfrutamos hoy día de numerosos avances sociales con respecto al pasado reciente, las relaciones económicas donde se asienta la vida de la gente no han cambiado: más bien al contrario, se han incrementado las desigualdades hasta extremos insostenibles, y las condiciones materiales que permiten la vida han empeorado ostensiblemente. La guerra contra los “malos” españoles continúa.

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