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19 mayo 2013 7 19 /05 /mayo /2013 23:00

Al momento de cerrar este artículo, el ex Presidente de Caja Madrid, Miguel Blesa, acaba de ingresar en prisión, siendo el primer banquero que pasa por la cárcel desde el comienzo de la crisis. Pero esto ha de ser sólo el principio. Es evidente que las últimas reformas del sector bancario llevadas a cabo por los sucesivos Gobiernos del PSOE y del PP no han servido para enfocar de otro modo la gestión bancaria, es decir, plantear el negocio bancario desde otras perspectivas, donde primen el servicio al cliente, la protección de sus fondos, el control sobre sus perversas prácticas, la primacía de la ética profesional, y el reforzamiento de los controles y sistemas legales que puedan garantizar que nuevas crisis no se darán en el futuro.

 

acoso_bancos1.jpgLa necesidad por tanto de reformar el actual sistema bancario se hace imperiosa, pues estamos hablando de un sistema intrínsecamente peligroso e inestable. Y esto desde el siglo XIX, a donde se remontan algunas de nuestras leyes en este sector, como nuestra Ley Hipotecaria, y desde donde a cada crisis bancaria, nos volcamos en reforzar la regulación y la supervisión sobre las entidades, pero nunca es suficiente. Y ello porque, de verdad, nunca ha existido voluntad política de cortar alas a la banca privada, ni de crear un verdadero sistema de banca pública que pueda aglutinar las funciones adecuadas.

 

Para sostener este sistema en equilibrio permanentemente inestable, hemos creado herramientas como la función de prestamista de última instancia de los Bancos Centrales (para que no les falte dinero a los bancos si sus clientes se los reclaman), o los Fondos de Garantía de Depósitos (para que no les falte el dinero a los clientes si sus bancos quiebran). Y si los dos fallan, y en última instancia, es el Estado, o sea todos los contribuyentes, quien rescata al sistema. Y como se ha visto, el remedio ha sido peor que la enfermedad, pues confiados en que otros pagarán la factura de los desaguisados si algo va mal, los bancos descuidan la gestión del riesgo (lo que los anglosajones llaman el “riesgo moral”), y emprenden prácticas suicidas que ponen en peligro la macro y la microeconomía de países enteros.

 

acoso_bancos2.jpgYa ni siquiera tenemos a salvo nuestros depósitos, con el reciente precedente de Chipre en la Unión Europea, y la evidente posibilidad de que se pueda producir un “corralito” en cualquier país de nuestro entorno, comenzando por nosotros mismos. Y ello porque en el fondo, el sistema bancario actual tiene una particularidad básica que la mayoría de los clientes ignoran: cuando una persona deposita su dinero en su cuenta bancaria, el dinero legalmente ya no es suyo sino del banco. Lo que dicho cliente posee no es más que una promesa por parte de la entidad de que el dinero estará disponible en cualquier momento si desea hacer uso de él.

 

Como muestra de todo lo que decimos, aquí tenemos un perfecto botón: los miles de casos de estafas por las denominadas participaciones preferentes, y subordinadas, que están dejando en la ruina a miles de familias en España. Desde la izquierda, ya hemos manifestado muchas veces nuestra visión de que los ahorros personales de la ciudadanía, sus domiciliaciones bancarias, la gestión del cobro de sus pensiones, las hipotecas de sus viviendas, etc., no debería nunca haberse depositado en las manos de la banca privada. Ya estamos viendo las consecuencias.

 

En efecto, aquello que debería considerarse como un derecho fundamental, como es el caso de la Vivienda, queda únicamente como una deuda con el Banco, deuda que ha de ser pagada, y que además adquiere preferencia sobre otras muchas transacciones. Poco a poco, la clase trabajadora va siendo despojada de sus derechos fundamentales, con los cuales comercian sin pudor la banca, las grandes empresas y las grandes fortunas. Pero la banca es un agente fundamental en dicho proceso, así como un agente procíclico de primer orden en la economía.

 

acoso_bancos3.jpgA todo ello hay que unirle, por desgracia, el perverso papel que juega el Banco Central Europeo (BCE) en todo este sistema, que no se comporta como tal, sino como un auténtico lobby de la banca privada, prestando el dinero a bajo interés para éstos, para que a su vez lo prestan a los Estados miembros a gran interés, dibujando un claro y abusivo negocio con el dinero público de todos los contribuyentes, pues todo ello coadyuva a que crezcan los niveles de deuda y de déficits públicos. El escenario final es que, no sólo los bancos causan con sus perversas prácticas los estropicios a la economía, sino que además abusan del sector público para volver a sanearse a su costa, haciendo recaer todos los sacrificios de dicho saneamiento en los bolsillos de los ciudadanos/as, en sus servicios públicos, y en sus ingresos directos y diferidos, tales como sueldos y pensiones.

 

Por todo ello, el panorama tiene que cambiar. Es urgente y necesario que cambie, es a todas luces imprescindible. En otros muchos artículos nos hemos ocupado de las políticas que se pueden implementar desde la Administración, desde el Gobierno y desde el sector público para acabar con esta situación que ya es dramática, pero en este artículo vamos a abordarlo desde la perspectiva de la ciudadanía. Los Bancos representan al capitalismo más puro y duro, en su fase actual. Es pues necesario acabar con el sistema capitalista, dejando que las necesidades de financiación de familias, empresas y deuda del Estado sean objeto de la creación de un Sistema de Banca Pública, y además que la banca privada no pueda entrar en negocios que puedan jugar con servicios públicos ni con derechos fundamentales de las personas.

 

Pero incluso a nivel del día a día, nosotros, sus “clientes”, todos los ciudadanos/as, que operamos y poseemos cuentas bancarias, sí que podemos hacer mucho por hundir este salvaje sistema. Para comenzar, retirar en masa todos nuestros ahorros y depósitos bancarios, anulando la posibilidad de que el flujo de capitales, materia prima para los bancos, pueda intervenir en sus transacciones de forma masiva y aberrante. Y en segundo lugar, retirar todas las domiciliaciones bancarias que sean posibles, aunque ello nos lleve al penoso escenario de tener que abonar los recibos de forma personal en las oficinas bancarias. Simplemente con estas dos medidas, tomadas de forma masiva y multitudinaria, podríamos hacer entender a los bancos que no nos vamos a dejar manipular, que no vamos a continuar siendo carne para su estafa.

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