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18 mayo 2014 7 18 /05 /mayo /2014 23:00

"Se puede definir la sociedad de consumo como un mecanismo social para integrar a las masas en el sistema dominante mediante la más completa disciplina del trabajo, valiéndose de la atracción del consmo"

(Eloy Terrón)

 

 

 

 

capitalismo_sociedad_consumo54.jpgContinuando con la visión y las propuestas que el pensador Eric Fromm nos dejó en torno a la sociedad de consumo, hay que resaltar que él creía y apostaba por un control activo de la propia sociedad sobre las limitaciones y las posibilidades que el consumo debía desarrollar en la población, y sus efectos perniciosos. Su propuesta era convocar a psicólogos, sociólogos, economistas y representantes de los consumidores, para desarrollar una investigación sobre las necesidades humanas, particularmente aquéllas que le permiten crecer y le proporcionan alegría y felicidad, para distinguirlas de aquéllas que son artificiales y sólo son útiles para incrementar los beneficios de los empresarios. También consideraba necesario establecer restricciones legales para aquélla publicidad con intenciones hipnóticas e irracionales, como así también evitar toda propaganda de características engañosas. Evidentemente, sólo una sociedad madura y equilibrada, despojada del dominio capitalista, podría desempeñar tamaña tarea.

 

capitalismo_sociedad_consumo51.jpgPor su parte, Carlos Marx había detectado antes que nadie hacia dónde podía conducir esa tendencia del capitalismo a producir y consumir sin importar las consecuencias sobre las personas, y afirmaba con gran lucidez que: "...la producción de demasiadas cosas inútiles da como resultado demasiados hombres inútiles". El autor de "El Capital" condenaba tanto la pobreza como el incremento irracional del consumo. Marx establecía la diferencia entre aquéllas necesidades propias de los seres humanos, las cuales se encontraban arraigadas en su naturaleza, y aquéllas otras que le eran inducidas de manera artificial. Esto puede provocar la paradoja de que el Hombre sólo es consciente de las necesidades falsas, y permanece inconsciente frente a las verdaderas.

 

capitalismo_sociedad_consumo52.jpgSi un trabajador debe efectuar una tarea repetitiva y aburrida, seguramente el trabajo no le proporcionará ningún placer, y el hecho de consumir se le presentará como una especie de compensación a la que puede dedicar parte del tiempo en que no trabaja. Pero en la actualidad se anuncia mucho más de lo que en realidad se puede consumir, lo cual también provoca insatisfacción y frustración. Piénsese por ejemplo en la carrera tecnológica de los dispositivos móviles, o bien en los nuevos modelos de automóviles que salen al mercado. El impulso por consumir todo tipo de productos también es la expresión de la necesidad de obtener reconocimiento por parte de uno mismo, y de los demás. Estamos en una sociedad que muestra admiración por las personas adineradas, por las empresas que obtienen grandes beneficios, por las grandes fortunas, por la capacidad adquisitiva, por el nivel de vida de los otros, sin importar en demasía cómo obtuvieron ese dinero, lo cual provoca en los miembros de nuestra sociedad el ferviente deseo de poseer y de competir, justificando incluso las malas artes de nuestros semejantes.

 

capitalismo_sociedad_consumo53.jpgEn este contexto, por ejemplo, el automóvil se ha convertido en algo más que un medio de transporte, constituyendo hoy día un símbolo inequívoco de posición social, de poder, de construcción de ego. Por tanto, cambiarlo cada dos años en lugar de hacerlo, por ejemplo, cada seis, incrementará la emoción y la autoestima del comprador, y elevará su estatus social. De esta forma, el consumo convertido en un fin en sí mismo ha provocado que muchas veces carezca de importancia el hecho de que la mercancía tiene o no una verdadera utilidad para nosotros, ya que los publicitarios estimulan esos deseos de adquirir compulsivamente cosas que nos provocan escaso placer, pero obedecen al impulso, socialmente justificado, de conseguir algo nuevo lo antes posible.

 

Y siguiendo esta línea, los productos de la industria moderna se fabrican para durar poco tiempo (obsolescencia programada), muchas veces inútiles y sobrevalorados y en ocasiones hasta perjudiciales, son publicitados desplegando grandes cuotas de falsedades que la ley por lo general no penaliza, excepto cuando alcanza niveles muy burdos, o cuando el daño es demostrable, cuantificable e irreparable. Hasta los escritores, los cantantes o los pintores se convierten en mercancía, y una vez que son anunciados por todo el país alcanzan la "celebridad", y todo este tratamiento no difiere demasiado al de la publicidad sobre un detergente. Por cierto que el fraude y el engaño no son nada nuevo, han existido siempre, pero no ha existido otra época donde sea tan importante mantenerse en el candelero, y que la gente hable de ti, como dice el refrán, "aunque sea para mal". Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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