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20 julio 2014 7 20 /07 /julio /2014 23:00

"Una cultura civilización en crisis exige que sea la gente la que protagonice, desde su praxis habitual, en la vida cotidiana, la creación colectiva de nuevas pautas de vivir, nuevos usos, nuevas costumbres de vida, alternativas, sobrias"

(Joaquín Mira y Joan Tafalla)

 

 

 

capitalismo_y_consumismo81.jpgBien, hemos expuesto hasta aquí las principales características de la actual sociedad de consumo, y la hemos ligado a las entrañas del propio capitalismo. No obstante, algunas corrientes actuales se plantean si serían posibles ciertas "reformas" del capitalismo para que, dentro de él, sin romper con sus parámetros, fuera posible un consumo responsable, un desarrollo sostenible, es decir, algo así como una especie de "capitalismo ecológico", un capitalismo más amable, con rostro más humano. Siguiendo a José López, en su texto "Las falacias del capitalismo", vamos a intentar demostrar cómo esto, sencillamente, no es posible. Partimos de la base, creo que ya lo hemos demostrado, de que el consumismo ilimitado y absurdo es una consecuencia directa del capitalismo. En el capitalismo salvaje las personas son sólo trabajadores/as y/o consumidores/as, es decir, máquinas de hacer dinero. Pensando en forzar este proceso al máximo, los actuales productos se fabrican cada vez de peor calidad, pensando en durar menos. Y aún no contento con crear necesidades artificiales, con fomentar continuamente lo "nuevo" (una de las palabras mágicas de la publicidad), con cambiar continuamente la moda para fomentar el consumo (tan pronto se pone de moda lo negro, o lo estrecho, como sus contrarios), con provocar el despilfarro (el reciclaje de los objetos pasa a la historia, ya no se arreglan las cosas, ni se cambian las piezas fallidas), el capitalismo, además, provoca el consumo obligatorio incluso de aquéllos que odian el consumo, de aquéllos que no sucumben a las modas.

 

capitalismo_y_consumismo82.jpgEn efecto, nadie escapa hoy día de los excesos del consumismo. ¿Quién no se ha encontrado con la necesidad de tener que cambiar un aparato entero cuyo único defecto es que una de sus piezas se ha estropeado y no puede reemplazarse porque está descatalogada (lo nuevo nace ya prácticamente descatalogado, todo se descataloga)? ¿Quién no se ha encontrado en la tesitura de tener que comprar de nuevo algo que se acaba de estropear poco después de cumplir el período de garantía? ¿Quién no se ha encontrado con piezas hechas de plástico que parecen especialmente diseñadas para durar dos días? No importa si los cohes están hechos de hojalata y al menor choque se deshacen como la plastilina poniendo en peligro la vida de sus ocupantes. Por supuesto, nadie obliga a los fabricantes de coches a usar materiales más seguros, lo importante es llevar puesto el cinturón de seguridad y el chaleco reflectante. Pero no es la única contradicción. Mientras se fabrican coches que pueden correr a más de 300 Km/h, los límites de velocidad se marcan a bastante menos. O mientras se nos insiste en la importancia de los coches eléctricos para contribuir a disminuir la contaminación atmosférica, los modelos eléctricos que fabrican las marcas son aún bastante residuales.

 

capitalismo_y_consumismo83.jpgEl caso del plástico es muy ilustrativo. El plástico se abre camino porque es más barato y porque gracias a él los productos duran menos tiempo y hay que reponerlos con mayor frecuencia. ¡Hasta los tornillos se hacen ya de plástico! No importa si el consumidor sale perjudicado. No importa si incluso se pone en peligro su seguridad o su salud. Aún salen a la palestra casos en los Juzgados de alimentos, medicamentos o componentes químicos que han sido usados por los humanos en su vida cotidiana o en sus puestos de trabajo, y que han contribuido a menoscabar seriamente su salud. No importa si ya no sabemos ni lo que comemos. No importa si los controles técnicos de los aviones se relajan para abaratar costes, provocando en ocasiones accidentes donde mueren de golpe cientos de personas. ¿A quién no le han respondido con la desgastada frase de algún vendedor desvergonzado que dice alegremente, sabiéndose impune, que existen hojas de reclamaciones a disposición de los clientes que quieran usarlas? Sabiendo que los organismos de arbitraje de consumo están muchas veces semi-financiados por los propios comerciantes.

 

capitalismo_y_consumismo84.jpgTodo ello nos delimita un retrato de consumismo desmedido, irracional, como forma de alienación del consumidor. Por no hablar (ya lo hicimos en el artículo anterior de esta serie) de la publicidad invasora a todas horas y en todos los lugares. En televisión, en prensa, en la radio, por teléfono, en Internet, en la calle. Todo vale con tal de vender. El acoso al consumidor es cada vez mayor. No importa si se atenta contra la intimidad de las personas. No importan tampoco las consecuencias psicológicas del abuso de la publicidad. Da igual el posible stress creado, que repercute luego en todos los aspectos de nuestra vida cotidiana. Incluso dicho stress se convierte en una nueva oportunidad de negocio, abundando los centros de relajación, de yoga, de pilates, de masajes, los libros de auto-relajación, etc. Ahora están proliferando incluso los lugares donde se prohíbe el ruido. Pero por supuesto, no se incide en evitar como sociedad las causas de dicho stress, sino que basta con empastillar a la población, o hacerla consumista de nuevas "recetas" que acaben con su stress galopante. La medicación anti-stress es también una oportunidad de negocio para la industria farmacéutica, cada vez más potente. Hace medio siglo no se recetaban tantos tranquilizantes como ahora, ni la gente consumía tantas plantas dormideras ni relajantes en infinidad de infusiones, que también se anuncian en la publicidad como productos de consumo.

 

capitalismo_y_consumismo85.jpgDe esta forma, basta con que la población se relaje una hora al día (a veces ni eso) en cualquier academia o centro, al que además debe acudir corriendo, porque no tiene tiempo para llevar a cabo el resto de sus tareas. Relajación alienante, porque sólo sirve para quitarse o aliviar el stress generado en ese día, y que al día siguiente volverá a surgir ineludiblemente. Lo que no se enseña, porque esto no conviene al sistema, es a llevar una vida relajada, tranquila y placentera, austera, en el auténtico sentido del término (como también hemos explicado en algún artículo anterior de esta serie). De tal forma que, en esta sociedad falsa y superficial, nunca se solucionan los problemas de raíz, siempre se usan parches. No importa si la publicidad es engañosa. En definitiva, no importa si se perjudica al consumidor porque el consumidor no importa, la persona no importa, sólo importa que se comporte de una forma consumista, para la perseverancia del sistema. La demanda no manda, ya ni siquiera vale aquél principio de que "el cliente siempre tiene razón". La demanda se debe adaptar a la oferta. Los consumidores sucumben ante los productores. El ciudadano sucumbe ante el gran empresario.

 

El sistema crea una falsa defensa del consumidor, una ilusión de que el consumidor posee mecanismos de defensa a los que puede recurrir, para aparentar que éste importa, pero las principales decisiones que se toman siempre benefician a las grandes empresas. Véanse si no las bases del Acuerdo de Libre Comercio (TTIP) que se está negociando entre EE.UU. y la Unión Europea, en secreto, a espaldas de la ciudadanía, y que va a conceder todo el poder al ámbito de la expansión y de las decisiones empresariales. El consumidor, como el trabajador, como las personas en general, importamos poco al sistema, o mejor dicho, importamos sólo en la dimensión en que seamos piezas consumistas del mismo, piezas que cumplen la función que se espera de ellos/as, y cualquier intento de luchar contra esta dinámica será reprimido. Sólo somos piezas en el engranaje general del sistema capitalista. El sistema está por encima de las personas. Las personas sucumben ante el poderío de la máquina del capitalismo global. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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