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22 agosto 2013 4 22 /08 /agosto /2013 23:00

Es lógico pensar que, con todos los inmensos y mayoritarios medios a su alcance, la cultura predominante, es decir, la que propugna el neoliberalismo en todas sus vertientes, imponiendo una visión única de la economía y del pensamiento a nivel mundial, se instala en la inmensa mayoría de las mentes humanas que no posean una formación política en menor o mayor grado, o en las cuales su experiencia vital les haya hecho tener una visión distinta. Es justo lo que denominamos "el pensamiento único". Los machacones y repetidos mensajes desde todos los altavoces posibles nos intentan inculcar estas ideas, estas visiones del mundo, y lógicamente, consiguen imponer mayoritariamente los valores difundidos por esta cultura, a través de todos los medios y voceros de que disponen.

 

Como ya hemos referido en otros artículos, preguntémonos siempre los intereses que se esconden detrás de políticos, periodistas o economistas, para entender el porqué de sus mensajes, de sus artículos, de su línea editorial, o de sus explicaciones de la realidad económica. Y evidentemente, se basan en que no todo el mundo está preparado para realizar un análisis alternativo de la realidad, que mire bajo otro prisma distinto. En efecto, el titánico esfuerzo de convencer o imponer el modelo neoliberal durante estas últimas décadas en nuestro país ha sido de gruesa envergadura, tanto en el terreno conceptual, al tratar de validar el núcleo duro del capitalismo, la primacía del mercado, el valor de la autorregulación, la necesidad de disminuir el tamaño de lo público, la preponderancia de la libertad individual, etc., y todo ello facilitado y apoyado por el control de los medios de comunicación, públicos y privados, copando y saturando todos los posibles canales de información, a fin de no dejar huecos para una acción reflexiva o crítica por parte de la sociedad, intensificando además este esfuerzo en los momentos de mayor práctica democrática, como en los períodos electorales. 

 

De todos aquéllos polvos estos lodos, donde nos encontramos con una sociedad adormecida, anestesiada, que tolera con ingrávida impavidez, sin ir más lejos, que su Presidente del Gobierno protagonice casos de corrupción de inmenso calado, durante décadas, por no hablar de la denigrante situación que sufren millones de personas, de niños, de ancianos, de dependientes, de jóvenes, de mujeres, ante la indiferencia que les profesa un Gobierno servil de la banca, y de los grandes poderes económicos y financieros. Todo ello es completado también por la estrategia política en torno a la cultura, por ser otro frente de batalla fundamental para ganar la lucha ideológica. La cultura es un bien público, a cuyo disfrute tiene derecho toda la ciudadanía. La cultura nunca es neutral, y pertenece de lleno al ámbito de la lucha ideológica, entendiendo ideología en el sentido marxista. De esta forma, la ideología dominante es siempre la de las clases dominantes, siendo desarrollada y vehiculada a través de los aparatos ideológicos del Estado, como parte fundamental del esquema de hegemonía de las condiciones de producción y de vida de una sociedad.

 

Por todo ello, es preciso entender la cultura y la política cultural desde el punto de vista de un arma muy eficaz para la difusión de ideas, conceptos, pensamientos y concepciones distintas, alternativas, o bien (como se hace ahora desde el poder) como un escaparate de las proclamas trasnochadas y reaccionarias de un Gobierno. En este sentido, la izquierda transformadora debe recuperar el espacio de la lucha ideológica, que es un espacio de lucha por los contenidos y también con respecto a los circuitos comerciales, que permiten o no la existencia y distribución de los mismos, y que a la vez, son aparatos de producción y reproducción de la cultura, desde el escenario escolar y familiar, hasta los modernos medios de comunicación, como Internet. De ahí la necesidad imperiosa de una propuesta propia, de clase, desde el punto de vista de la democratización profunda y de la hegemonía de la propiedad social, en última instancia, desde lo público.

 

Superado por tanto el mito de la neutralidad y de la virginidad de la cultura, ésta aparece atravesada por el problema de la explotación y dominación, que no siempre es un problema explícito, sino que muchas veces hay que ayudar a visibilizar. Hemos de protagonizar un debate permanente que exima a artistas e intelectuales de ser, en el terreno de la política diaria, simples atractivos para los mítines electorales, o de la lectura de manifiestos, mediante sus actuaciones, sus firmas, su imagen o su prestigio. Hemos de dar aún un salto cualitativo. Es necesaria la elaboración participativa de un programa y una estrategia cultural en el seno de la lucha ideológica y de los valores éticos. Si de verdad queremos hablar de democratización y libertad de pensamiento, hoy programado desde intereses comerciales y políticos ocultos bajo el sacrosanto valor de la libertad de mercado, debemos construir redes, reglas y normas alternativas, diferentes, donde la producción cultural no funcione bajo la determinación de qué es o no es "distribuible" o socializable, cosa que hasta ahora se efectúa desde intereses de mercado.

 

Y debemos instalar, por supuesto, otra escala de valores. Ante la primacía actual del valor de cambio, de la rentabilidad financiera, de la mercantilización de la cultura, de la comunicación, de las ideas y de las personas, un proyecto alternativo para el Siglo XXI implica el predominio del valor de uso, de la utilidad social, dar prioridad a los criterios de rentabilidad social, defender y practicar siempre el principio de servicio público. Y extrapolar esto a la Universidad, a los medios de comunicación, al mundo cultural. Por ello, ante las limitaciones que supone la progresiva privatización de la información y de la comunicación, se trata de defender y ampliar lo que podemos llamar "la propiedad social del conocimiento". Y todo ello, porque nos ha tocado vivir una escandalosa y peligrosa situación. En la era del avance del capital globalizado, de la nueva esclavitud laboral, de la dictadura del capital financiero, los medios de comunicación de masas han pasado de estar subordinados al discurso de la oligarquía económica, a ser parte esencial de la misma, como un protagonista fundamental. 

 

En efecto, unas pocas corporaciones transnacionales controlan a escala planetaria la práctica totalidad de los instrumentos de comunicación de masas, sociedades que a su vez están indisolublemente ligadas a las restantes esferas del capital transnacional. Mientras, la izquierda política, mediática y social no dispone de medios de comunicación de masas "afines" o cómplices con los programas o propuestas políticas que queremos difundir a la ciudadanía, con la única salvedad quizá de Internet, cuya estructura descentralizada e internacionalizada dificulta el control monopolista. En el mundo virtual es donde se suceden, de unos años acá, la proliferación de múltiples medios de comunicación alternativos, llegando a alcanzar en algunos casos una muy estimable audiencia. Hemos, pues, de continuar en esta tarea. Difundir, explicar, hacer pedagogía, presentar otras visiones, otras alternativas, y hacer que nuestros mensajes lleguen cada vez a más gente.

 

Hemos de presentar batalla en el mundo de la comunicación y de la cultura, para dar una respuesta tanto al modelo como a la concentración del poder mediático en unas pocas manos. La potenciación de los medios de comunicación públicos en todos los ámbitos institucionales, con la participación y control por parte de profesionales y ciudadanía, mediante la creación de Consejos Participativos es una alternativa al grado de manipulación actual sobre los mismos, y a la concentración en unas pocas manos de la información que recibe la sociedad, poniendo el foco de atención sobre otros aspectos. De la misma forma, se debe construir un modelo de comunicación y entretenimiento alternativo para la distribución y transmisión de valores antagónicos a los del neoliberalismo imperante, y alejado de influencias culturales ajenas a los valores del humanismo revolucionario.

 

Estamos convencidos de que es posible la existencia de esos medios, el cambio de formato, los tipos de canales, y la colaboración y cooperación en un proyecto común que combata la desinformación, la manipulación mediática y el adoctrinamiento neoliberal de los medios de comunicación del actual régimen. El nuevo modelo cultural y de comunicación debe potenciar el compromiso con unos valores éticos y ciudadanos vinculados a los Derechos Humanos, la igualdad, la justicia y la superación de las desigualdades sociales y económicas. Se debe fomentar el apoyo a la creación cultural y consegur, en últìmo extremo, una relación interactiva entre cultura, educación, sociedad y medios de comunicación. Sólo así habremos sentado los pilares para una sociedad más libre, culta, justa y avanzada en todos los planos.        

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Published by Rafael Silva - en Política
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