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11 marzo 2014 2 11 /03 /marzo /2014 00:00

"Ser de izquierdas no es sólo defender unas ideas (...), es sobre todo una actitud ante todas las cosas de la vida (incluída la política). Es una apuesta personal por el pensamiento crítico y libre sin el que es imposible cambiar la realidad"

(José López)

 

 

 

 

Iniciamos aquí una breve serie de artículos donde vamos a reflexionar, como decimos en el título, sobre lo que se ha podido convertir en el mercadeo de la política, esto es, la política entendida como un mercado más, donde se venden candidatos, programas, votos, pactos, coaliciones, etc., desvirtuando la propia esencia de la política, como el noble arte y ciencia de estudiar la realidad, y proponer cambios de cara a su transformación. De entrada, diremos que las encuestas y estudios de opinión revelan que existe un gran descontento social hacia los políticos y la política, y además ahora, que se acercan nuevas citas electorales, desencadena un grave fenómeno social. Aparece típicamente como uno de los problemas identificados por la ciudadanía, así como el de la asociación o agrupación de los políticos con una especie de "casta" o "clase", que goza de una serie de privilegios especiales, prebendas, y tratos de favor del sistema, con respecto al resto de la población que se dedique a otras profesiones. Actualmente, la política se define como un gran "mercado", donde intervienen una serie de actores que cumplen su función de cara al sistema. En la presente serie de artículos, vamos a intentar delimitarlo lo más completa y fielmente posible. Nos basaremos sobre todo en reflexiones publicadas en textos de Antonio José Gil Padilla, publicadas sobre todo en su obra "En los límites de la irracionalidad", y en obras del autor José López, que son, quizá, los autores que más a fondo abordan estos temas. A todo ello le hemos añadido, como siempre, nuestras propias experiencias y comentarios.

 

mercado_politica11.jpgPero comencemos por el principio. El caso de los políticos (agrupados en "clase política", o en un tono más peyorativo, en una "casta") cuyo único mérito consiste en afiliarse a un partido, ser fiel a sus superiores y esperar, quizá sea el más típico de los que se nos presentan en la actualidad. Tal vez la mayoría de sus líderes y dirigentes nos dan, al menos, esa impresión. No vamos a mencionar a ninguno de ellos, para no herir sensibilidades, pero están en la mente de todos los lectores, y repartidos por todas las fuerzas políticas. No abunda por tanto el político de raza, crítico, culto, reflexivo, que no aspira a escalar ningún cuadro de mandos, ni ningún liderazgo, sino a que el pensamiento que defiende se extienda de modo pacífico y por su propio peso. El sistema sólo requiere de ellos fidelidad a quienes tienen el poder real, utilizándoles como barrera de contención y fuerza de choque para que frenen y asuman todos los males que aquejan a esta atormentada sociedad. Todo ello a cambio de obtener una posición cómoda y desahogada. Como en el caso de esas otras ocupaciones de alto nivel, es posible que nuestros representantes en los Gobiernos, en las Cortes, en las Diputaciones, en los Parlamentos y en los Ayuntamientos sean unos ineptos, unos ignorantes o unos perturbados, nada sabemos porque no se aplican instrumentos, ni normas, que permitan medir sus capacidades físicas, intelectuales o mentales. Tampoco su valía profesional ni su altura ética.

 

mercado_politica12.jpgLas estructuras son jerárquicas, no se valoran ni los conocimientos, ni la iniciativa, ni la capacidad, ni siquiera las preferencias personales a la hora de asignar a los militantes de base ciertas tareas o responsabilidades en los partidos. Todo está pensado únicamente para favorecer la maquinaria interna, el aparato del partido en cuestión. Y en los casos donde comienzan a destaparse redes corruptas, sale a relucir un estricto corporativismo, donde los unos ponen "la mano en el fuego" sobre los otros, con tal de no dañar la imagen del partido ni de sus compañeros. Naturalmente, esta dinámica de funcionamiento y esta imagen que se transmite a la ciudadanía no ayuda a que se forje buena idea sobre los partidos políticos. Por otra parte, cuando las distintas opciones políticas no ofrecen modelos sociales y económicos claramente diferentes, radicalmente alternativos, no constituyen opciones válidas. Sólo alternancias sistémicas, que nunca suponen auténticos cambios reales en la sociedad. Si los lectores se fijan con detenimiento, comprobarán cómo el fenómeno del bipartidismo refleja casi al cien por cien esta situación que estamos describiendo.

 

mercado_politica13.jpgCuando esas opciones, abiertas o subrepticiamente, asumen el mismo sistema económico y la misma organización social, y se soportan sobre ellos, se burlan de los ciudadanos, abusan de su ignorancia (generada intencionadamente por nuestro alienante sistema), vacían de contenido cualquier atisbo de auténtica democracia, y convierten la política en un simple mercadeo. Ya hace tiempo que en España se hablaba de una "clase política" de la que se autoexcluían aquéllos que habían combatido contra la dictadura, y "accidentalmente" ocupaban cargos institucionales en la incipiente "democracia". En la actualidad, podemos afirmar, con absoluta certeza, que la existencia de esa clase política se ha generalizado y ha dado pie a la aparición de un mercado de la política que poco se diferencia del que existe en los demás países que "gozan" de un sistema democrático parecido al nuestro. La citada actividad mercantil, cumple todos los requisitos que se le exigen a cualquier otro tipo de mercado: compradores, vendedores, mercancías, se ponen en contacto los demandantes con los oferentes, y como consecuencia, aparece un mercadeo ligado a esta otrora noble actividad.

 

mercado_politica14.jpgHuelga señalar que los compradores y vendedores de las diferentes mercancías son, por un lado, los votantes, y por el otro, los "profesionales de la política". ¿Y cuáles son las mercancías en juego? Por una parte, los políticos venden promesas vanas, basadas en la fe más que en el estudio empírico de la realidad, que se van diluyendo conforme pasa el tiempo. Por otra parte, compran status, prestigio, influencia, acomodo, un sueldo y una serie de dávidas y prebendas que ayudan a llevar la "pesada carga" que conlleva su responsabilidad. Nótese que no se trata, a diferencia de lo que ocurre en el mercado laboral, de la venta de la fuerza de trabajo a cambio de un salario más o menos justo. El trabajo técnico y administrativo lo realizan los asesores (cuyo número no disminuye, sino que aumenta), los equipos de apoyo o los propios funcionarios de la Administración Pública. Por tanto, la principal misión de un político se limita a la mera representación. Por esta razón, no se exige profesionalidad o cualificación relacionada con la supuesta tarea. Y de esta forma podemos observar, por ejemplo, como una misma persona pasa de Ministra de Educación a Presidenta del Senado, cómo algunos Ministros cambios de un departamento a otro, de una cartera a otra, incluso en una misma legislatura, que nada tiene que ver con el anterior cargo que se ocupaba. Y lo mismo ocurre en las Comisiones de las Cámaras (Congreso y Senado), en los Ayuntamientos, etc. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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