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20 agosto 2014 3 20 /08 /agosto /2014 23:00

Podría pensarse que la depauperización de grandes sectores de la sociedad norteamericana, debido a la generalización de las políticas neoliberales, deberían haber generado las condiciones para un auge de la izquierda política, social y mediática en EE.UU. Sin embargo, esto no ha sido así. La crisis de toda la izquierda a nivel mundial tampoco ha ayudado, y hemos de sumar también terceros factores (la caída del muro de Berlín, la extensión de una UE que comparte los valores neocon, los fallidos intentos de llevar el socialismo a algunas partes del mundo, etc.) que han coadyuvado al éxito de la ofensiva neoliberal sobre las conquistas sociales que antaño había conquistado la clase trabajadora. Todos estos factores han propiciado un panorama donde la izquierda ha sido conducida hacia la dispersión y la suavización, adoptando posiciones electoralistas socialdemócratas, agudizando aún más la crisis de la izquierda. Pero no nos engañemos. Porque la izquierda norteamericana tiene una larga, complicada y honrosa trayectoria, generalmente ignorada por los libros de historia.

 

En efecto, ya en 1830 se habían conformado partidos obreros en distintas ciudades de EE.UU., como Filadelfia y Baltimore. Activistas marxistas conformaron batallones obreros durante la Guerra de Secesión. La Primera Internacional vio sus últimos días en Filadelfia. Hacia principios del siglo XX los partidos socialistas norteamericanos obtuvieron ya más de un millón de votos. Y durante las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado, el movimiento por los derechos civiles de los negros, las luchas por la democratización sindical y el movimiento antibélico se nutrieron de militantes de estas formaciones de izquierdas. Sin embargo, y a pesar de esa honrosa tradición de lucha, la izquierda norteamericana rara vez ha logrado ser algo más que un elemento marginal (y marginado) en la política norteamericana. Sus sacrificados activistas proveen la capacidad organizativa para gran parte de las luchas sociales del país, ponen la semilla, el germen para muchos movimientos contestatarios, y sin embargo, nunca han logrado constituirse en una alternativa a las opciones sistémicas tales como el Partido Demócrata, el sindicalismo socialdemócrata o las iglesias bautistas negras.

 

Los activistas son perseguidos, encarcelados, y muchas veces, asesinados. La represión estatal es, indudablemente, un problema, al que se unen los problemas de infiltración y de sectarismo. Pero más allá de la propia represión estatal, el problema para el activista de izquierdas norteamericano es la tremenda presión social, y el hecho de que el triunfo de sus propuestas no es viable ni siquiera a largo plazo. Ello puede ser debido a que la hegemonía de la burguesía norteamericana es tan profunda que para gran parte de la población, ser de izquierda equivale a ser antinorteamericano, o ser considerado un traidor a la patria. Así las cosas, el norteamericano medio no tiene conciencia real de la existencia de los numerosos partidos de izquierda, y de ahí también que muchos izquierdistas prefieran definirse como "progresistas", evitando cuidadosamente el peligroso rótulo de "socialista" o "comunista". Pero si bien los partidos de izquierda son conocidos como "la vieja izquierda", durante la década de 1960 surgió una "Nueva Izquierda" que expresó la amplitud del fenómeno izquierdista en Estados Unidos. En este sentido, el submundo izquierdista norteamericano es sumamente complejo, fluido y sobre todo, desconocido. Existen numerosas organizaciones que se autodenominan "de izquierda", pero la vasta mayoría tienen ámbito regional o municipal, contando con un escaso número de militantes. El Partido Comunista, la organización más grande, contaba con unos 25.000 afiliados en 1975 (en un país de cientos de millones de habitantes). El resto tenían entre 1.000 y 3.000 miembros, en el caso de partidos nacionales como el PLP, el SWP o el WWP, incluso algunas decenas, como las organizaciones municipales al estilo del Comité Organizador de los Trabajadores de Filadelfia (PWOC) o el Comité-Movimiento de Izquierda Nacional Puertorriqueño (MINP) de Nueva York. Ambas organizaciones desaparecieron en 1981.

 

Pero además de la izquierda orgánica, existe en los Estados Unidos todo un submundo de izquierda que abarca decenas de miles de individuos reunidos en grupos informales de estudio, redes de solidaridad con América Latina y el Tercer Mundo, movimientos de tipo pacifista, movimientos para la liberación de la mujer, grupos de obreros para la democratización de los sindicatos, grupos autogestionarios de estudiantes universitarios, y un largo etcétera, que configuran lo que podríamos denominar "organizaciones satélites", que circundan a las auténticas formaciones políticas de izquierda, pero que en EE.UU. no acaban de despegar. Podríamos afirmar que el actual sentimiento de izquierda en norteamérica se articula en torno a los movimientos sociales, sin llegar a configurar auténticas formaciones políticas no ya sólo con gran apoyo popular, sino ni tan siquiera para poder hacer sombra a los dos grandes partidos mayoritarios. Y existe también todo un espectro universitario, de profesores y estudiantes, herederos de aquélla "Nueva Izquierda" sesentista, que se autodefinen como "marxianos", término diferente a "marxista", que en Estados Unidos designa a aquél marxista, entendido en un sentido muy amplio, que no sigue la línea política de ninguna organización.

 

Se trata, por tanto, de una izquierda muy limitada y edulcorada, sin posibilidades de expansión, que apuesta por el concepto de que la lucha en torno a reformas del sistema genera conciencia en las masas. Ellos lo entienden como una forma de ampliar la democracia, y por ende, de acercamiento al socialismo. Existe poca conciencia de clase, pero sí al menos una decidida lucha de algunos colectivos por los "oprimidos", y de ahí que la lucha en pro de estos marginados sea caracterizada como revolucionaria en el imaginario colectivo norteamericano. Esto facilita la unidad popular en torno a reivindicaciones concretas, pero al mismo tiempo tiende a negar la lucha de clases, facilitando la absorción de estas mismas reivindicaciones dentro del sistema. Por ejemplo, la igualdad racial comienza como un movimiento social revolucionario, permitiendo unir a la izquierda con el conjunto de la comunidad negra. Sin embargo, una vez que el Partido Demócrata acepta estas reivindicaciones y logra algunas leyes al respecto facilitando en realidad la movilidad social de la pequeña burguesía negra, ésta abandona progresivamente a sus hermanos de raza obreros o marginados, debilitando y desarticulando el movimiento. Podemos extrapolar este ejemplo a muchos otros sectores, y comprenderemos la propia dinámica del sistema, para impedir que la auténtica izquierda, que es quien promueve y posee realmente estos valores, llegue a extenderse y a alcanzar alguna capacidad mínimamente representativa.

 

Por otro lado, todos parecen opinar que la política gubernamental norteamericana es un emergente del individuo concreto que sea inquilino de la Casa Blanca. Pero la realidad es bastante distinta. El candidato, y luego Presidente, representa una coalición de intereses y grupos de poder dentro de la burguesía, cuyas diferencias pueden ser más o menos profundas, pero que tienden a unirse en defensa de sus intereses de clase. El resultado de todo ello está bien claro: un Presidente por sí sólo no puede hacer nada (y de hecho no lo hace). Sus políticas son elaboradas e implementadas por un amplio grupo de funcionarios, políticos y profesionales de carrera, que además tienden a repetirse de gobierno en gobierno, participando en cada gabinete presidencial. De esta forma, apellidos como Kissinger, Brzezinski, Greenspan, Volcker, Reich, Rumsfeld, Scowcroft, Summer o Bush se repiten más allá de quién sea el Presidente de la nación. Esto no hace indistinto la coalición de intereses que llega al gobierno de la principal potencia imperialista, pero sí lo pone en un contexto. Evidentemente, las facciones de la burguesía que llevaron a George W. Bush a la presidencia no son las mismas que apoyaron a Bill Clinton o a Albert Gore. La primera es mucho más salvaje en cuanto al ejercicio de la fuerza tanto a nivel interno como internacional. Sin embargo, sí podemos afirmar que ninguna de las dos pretende ni siquiera remotamente mejorar la vida de los trabajadores, o combatir el racismo, o hacer respetar los derechos de las mujeres, o modificar la esencia imperialista de su política exterior. En fin, y respondiendo a la pregunta que ha dado título a esta pequeña serie de artículos, concluimos que no, que no existe la izquierda en la política estadounidense, que sólo existe un fanático y asfixiante bipartidismo, responsable de que perduren los clásicos valores de la sociedad norteamericana, presidente tras presidente, década tras década, siglo tras siglo.

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Published by Rafael Silva - en Política
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