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19 marzo 2015 4 19 /03 /marzo /2015 00:00

"Gente que no se contenta con detestar mis ideales, sino que se los pasa por el forro de la entrepierna y hace simplemente como si ni yo ni mis ideales existiéramos. Gente que me desprecia y considera que yo soy una anomalía, y que no descansará hasta acabar conmigo y con mis camaradas. Gente que cree que el poder le pertenece, y que yo soy, junto con los míos, simplemente un accidente de la historia, un descuido que debe ser remediado cuanto antes, un capítulo de los anales de la política cuyas páginas hay que arrancar y hacer papelillo en una máquina destructora"

(Temir Porras)

 

Como parece ser que el término clásico de "lucha de clases", procedente del marxismo, es aún difícil de percibir, aceptar, difundir, comprender y divulgar por las clases populares, a lo cual se le une la tremenda demagogia de que hace gala la clase dominante, vamos de nuevo a enfocar el problema intentando adaptarlo a la terminología y casuística concreta de esta España actual del siglo XXI, tomando como referencia un caso concreto de los de arriba, y varios casos concretos de los de abajo, a ver si en esta revisita del concepto somos capaces de transmitirlo mejor, y por tanto hacerlo llegar a una inmensa mayoría social que aún se resiste en su consciente o inconsciente a asimilarlo, bien desde su ingenuidad, o bien desde su negativa a aplicar ciertas ideas de la izquierda clásica.

 

Bien, comenzaremos también por rebautizar los nombres, y en vez de proletariado y burguesía, que son los nombres clásicos aplicacados por el marxismo, hablaremos simplemente de "los de arriba" y "los de abajo", denominación que llevan aplicando algún tiempo muchos movimentos sociales y la nueva formación PODEMOS, y que parece estar mejor asimilada en el imaginario popular. Bien, en nuestro caso, ¿quiénes podrían ser los de arriba? Pues, por ejemplo, los altos cargos y directivos de Caja Madrid, quiénes mientras el Gobierno ponía en práctica diversos recortes sociales, se lucraban en su chiringuito financiero, montando un sistema de tarjetas de crédito opacas, que les permitía disfrutar de un tren de vida absolutamente lujoso, y además, tenian la poca vergüenza de engañar a sus clientes, a sabiendas de que estaban adquiriendo productos financieros de alto riesgo (las participaciones preferentes), confiando en la buena voluntad y los buenos consejos de sus respectivos directores de sucursal.

 

Pero ahí no terminaba el desfalco. En cuanto vieron que la cosa se les iba de las manos, solicitaron (de un Gobierno proclive a concederlas) las ayudas públicas correspondientes para su rescate, a sabiendas de que no sólo no iban a devolver a sus clientes el dinero estafado (dinero que para muchos de ellos representaban los ahorros de toda una vida de trabajo), sino que además el importe del rescate se iba a transformar en una socialización de pérdidas, que a su vez se iba a transformar en un aumento de la deuda pública del país y del déficit correspondiente. Pero aún no contentos con todas estas prácticas, y siendo conscientes de que iban a perder sus respectivos puestos de Consejeros y directivos, planearon un sistema de concesión de indemnizaciones y jubilaciones millonarias, como una buena "despedida" con la cual les homenajeaba su negocio.

 

Por su parte, ¿quiénes son los de abajo? Pues podemos poner múltiples ejemplos. Por continuar con el ejemplo de los de arriba, los de abajo podrían ser perfectamente esos preferentistas víctimas de la estafa de esos banqueros desalmados, que andan manifestándose cada cierto tiempo para exigir la devolución de su dinero, pero también podemos extenderlo a los empleados precarios, a las personas que están en el paro, a los que tienen cierta edad y sienten cómo el mercado laboral se olvida de ellos, a aquéllos que intentan reiteradamente obtener alguna prestación del sistema para poder vivir, pero el sistema les impone un recorrido de requisitos tan exigente que nunca cumplen, y también pueden ser los jóvenes en exilio laboral, aquéllos jóvenes que, de un día para otro, han de dejar su casa, su país, sus amigos, sus costumbres, su familia, para irse a otro país a buscar una oportunidad laboral que su país les niega.

 

Los de abajo también son los excluidos de los servicios públicos básicos, como la sanidad, es decir, aquéllos a los cuales el sistema les retira la tarjeta sanitaria, y que han de contemplar impasibles cómo su país (o el país extranjero donde llegan, si son migrantes) les niega la atención médica si se ponen enfermos, a no ser que se encarguen de pagar las facturas. Los de abajo también pueden ser miles y miles de estudiantes que ven cómo el sistema les impide que sigan estudiando, porque les deniegan la beca que poseían (de nuevo por no cumplir unos exigentes y rebuscados requisitos), o bien porque aumentan exageradamente las tasas universitarias, y sus padres, que también llevan una vida precaria, no pueden abonar estas tremendas cantidades. O también las personas que han de vivir la tremenda experiencia de un deshaucio, desagradable donde las haya, donde, como mucho, algunos compañeros (también de abajo) se concentran en la puerta para impedir a la policía que los desaloje. Muchos de ellos tendrán algún familiar o amistad con la que poder contar, pero otros no dispondrán ni de eso siquiera, y tendrán que ir a un albergue, o quedarse a dormir en la calle. Y esto ha ocurrido, y sigue ocurriendo, aunque se trate de ancianos o niños.

 

Los de abajo son también los enfermos de ciertas enfermedades raras que el sistema ignora, y a las personas que las padecen y a sus familiares, los deja abandonados a su suerte, sin prestarles ninguna ayuda adicional para que puedan soportar la ya de por sí desgracia que significa la propia enfermedad. Algunas veces, incluso, existen los medicamentos que curan la enfermedad, pero son impuestos por las farmacéuticas que los fabrican unos precios muy elevados, con lo cual, también los de arriba se comportan de forma insensible, porque no es su problema, porque no les corre por las venas la más mínima sensibilidad, aunque lo nieguen en público, y se presenten como los mejores adalides de los pobres y de los trabajadores. Un ejemplo de ello acaba de ocurrir con los enfermos de Hepatitis C, otro caso de los de abajo, que han tenido que organizarse, protestar, movilizarse y hacer huelgas de hambre, para visibilizar su problema, y conseguir de los arriba alguna respuesta.

 

También son los de abajo los migrantes que ellos llaman “ilegales”, simplemente porque vienen en patera en vez de venir en limusina, y se ensañan con ellos, primero colocando vallas con cuchillas para que no puedan saltarlas, y si lo consiguen, ingresándolos en cárceles pensadas para ellos, que llevan el nombre de CIE (Centros de Internamiento de Extranjeros), donde no les respetan ni los Derechos Humanos más elementales (mientras los de arriba se colocan como abanderados de esos mismos derechos humanos). La maldad y la falta de sensibilidad de los arriba es tan increíble que no se conmueven con nada, ni con los enfermos, ni con los migrantes, ni con los parados, ni con los desahuciados, ni con los dependientes (a los cuales se les han retirado las ayudas que cobraban, o se les han recortado hasta imposibilitarles una vida digna de cuidados por parte de sus cuidadores o familiares), pero tampoco se conmueven con las víctimas de la talidomida, ni con las víctimas del amianto, ni con las víctimas de aporofobia (odio al pobre y al diferente), que sufren humillaciones y ataques de gente desalmada que piensa, como Hitler, que sólo son un estorbo a la sociedad.

 

Los de arriba sólo se preocupan de las reglas de “su club”, que es esta salvaje, insolidaria y fascista Unión Europea donde estamos insertos, y que se constituye en la última garante de que continúen existiendo los de arriba y los de abajo, y que las diferencias entre ambos grupos se vuelvan cada vez más extremas. Y mientras se sigan cumpliendo las “reglas del club”, les da igual que sigan existiendo ancianos sin medios, que se sientan maltratados al no poder subsistir dignamente por sus bajas pensiones, el tiempo que les quede de vida. Enfermos crónicos que mueren, sin que los de arriba le presten siquiera el consuelo de una muerte digna. Personas dependientes que no son atendidas y viven en condiciones deplorables. Parados de larga duración, con el síndrome de inactividad prolongada, que se sienten inútiles del sistema, que no cobran ya ningún tipo de ayuda económica ni social, o aquéllos que, aún trabajando, continúan sumidos en la pobreza. Los de arriba no conocen a los de abajo, muchas veces no saben ni que existen, ni tampoco quieren saberlo. Pero los de abajo lo conocemos perfectamente. En nuestro país hay 13 millones de personas excluidas y 5 millones en exclusión severa, y en los próximos cuatro años, se esperan 1,3 millones más, según el Informe de EAPN España (http://www.eapn.es/noticias/447/El_Estado_de_la_Pobreza).

 

En fin, esperamos que, después de lo expuesto, se comprenda mejor el concepto de la “lucha de clases”, porque se manifiesta exactamente de la forma que hemos explicado. Podemos adaptar los nombres, podemos asignar una nomenclatura diferente, más actual si se quiere, más pedagógica, más descriptiva, pero los hechos son los que son, y siguen reflejando el mismo fenómeno que diagnosticara Marx en su día. Finalizamos con las sugestivas palabras de Víctor Arrogante, que nos dice: “El capital ha ganado la lucha de clase, sin que la clase trabajadora ni los sindicatos reaccionen debidamente. El ajuste de cuentas del capital, representado en la actual ideología neoliberal, está presente en la política de Mariano Rajoy Brey, su gobierno y su partido. Nos quieren muertos mejor que viejos, parados, enfermos, dependientes o marginados. Nos quieren pobres mejor que ricos, que para eso ya están ellos. Inducen al suicidio con los desahucios, al expulsar de sus casas sin miramientos y con violencia policial, que es violencia de Estado contra el pueblo necesitado”.

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Published by Rafael Silva - en Política
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