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30 enero 2013 3 30 /01 /enero /2013 00:00

La lista de los casos de corrupción en España, sólo durante los últimos meses/años, es inmensa, gigantesca, intolerable, y raya en una sociedad con perfiles absolutamente grotescos y desquiciados. Sería interminable citar la lista de los casos de corrupción aparecidos últimamente, es decir, no hace falta retrotraerse a la época de Felipe González (que también tuvo muchos), basta con repasar los casos que aún tenemos en el candelero: Iñaki Urdangarín con el Instituto Nóos, Gerardo Díaz-Ferrán y su alzamiento de bienes, los ERE's fraudulentos en el PSOE de Andalucía, los casos de Carlos Fabra en Castellón, los dedazos de José Luis Baltar en la Diputación de Orense, el Caso Gürtel en Madrid y Valencia, el caso Palma-Arena en Baleares con Jaume Matas al frente, los casos Palau de la Música, Pallerols e ITV que afectan a CIU en Cataluña, los casos Pokemon y Campeón en Galicia, el caso Malaya en el Ayuntamiento de Marbella, y más recientemente, los casos Amy Martin en la Fundación IDEAS del PSOE, o el caso Bárcenas en el PP, con sus diferentes flecos. Todos ellos son quizá únicamente la punta del iceberg de la podrida sociedad actual. 

 

corrupcion1.jpgEl panorama es asqueante y cansino. Los informativos de todas las cadenas de televisión y de radio, así como la prensa, dedican del orden de dos tercios de su tiempo a informarnos sobre casos de corrupción. Y todo ello provoca, como no puede ser de otra manera, que la sociedad sufra un desapego en general de la política y de los políticos, y extrapole dicho sentimiento hacia las propias Instituciones democráticas que representan a los diferentes poderes del Estado, pues la ciudadanía tiene una imagen de dichas Instituciones como de unos entes perversos, que lejos de garantizar la aplicación de un Estado Democrático y de Derecho pleno, lo que garantizan es la plena impunidad de la corrupción, que campa a sus anchas en todas las esferas de la vida pública española: políticos, empresarios, banqueros, representantes de las más altas Instituciones, etc., nos descubren su lado oscuro, protagonizando auténticos casos de bodevil esperpéntico, cuando no de auténtica vergüenza nacional.

 

corrupcion2.jpgY en los manidos debates sobre el tema, parece que todo el mundo está de acuerdo, pues siempre se lanzan los consabidos tópicos al uso: los partidos no deben encubrirse los unos a los otros, se debe alcanzar un pacto general contra la corrupción, se debe tener tolerancia cero (esta expresión es muy graciosa) frente a la corrupción, etc., etc. Y mientras todo esto se dice, nuevos casos de corrupción van saliendo a la palestra. Bien, y la pregunta es: ¿cómo acabamos con esto? ¿se puede de verdad acabar con la corrupción? Existirían hasta razones antropológicas y filosóficas que nos llevarían a plasmar algunas ideas generales sobre la condición humana, y por tanto a alinearse con la postura de que ésta es o no corrupta por naturaleza, pero al vivir en sociedad, es evidente que deberíamos disponer de una serie de mecanismos de control, que nos ofrecieran ciertas garantías de que la corrupción va a poder ser evitada. Y aquí es donde queremos centrar nuestra discusión.

 

corrupcion3.jpgEn efecto, podemos pensar en un sinfín de medidas, todas ellas más o menos correctas, que nos llevaran a poder atajar, en sus diversas fases, el fenómeno de la corrupción: desde endurecer las penas por los delitos de este tipo, hasta diseñar Leyes más completas y perfectas para los ámbitos de la financiación de partidos políticos, sociedades y fundaciones, contrataciones del Estado, reglamentos de las Comisiones de Investigación, control colegiado de la acción y decisión política, obligatoriedad de la rendición de cuentas, agilización de la Justicia, eliminación de los posibles indultos, códigos éticos de normas de conducta para los cargos públicos, y un larguísimo etcétera que nos ofrecieran un marco normativo, legal e incluso moral donde la corrupción estuviese más acorralada.

 

corrupcion4.jpgDesde la izquierda, llevamos proponiendo en nuestros Programas Electorales innumerables medidas anti-corrupción, comenzando por la celebración de debates y plenos monográficos en el Congreso que señalen con el dedo los diversos "males" de nuestra sociedad que la fomentan, y cómo podemos atajarlos. Si tuviéramos que resumirlos en uno, diríamos que la corrupción se combate con más democracia. Y a partir de ahí, hemos propuesto muchísimas medidas, cada una de las cuales en su ámbito de aplicación podría contribuir a acabar con el panorama actual: Ley Anticorrupción integral y severa (que incorpore el delito de enriquecimiento ilícito), control de salarios máximos en la Administración, eliminación de la inmunidad asociada al cargo público, imprescriptibilidad de los delitos de corrupción, supresión de privilegios fiscales, publicación obligatoria del patrimonio de manera periódica, reducción de los cargos de libre designación, regulación estricta de incompatibilidades de las esferas pública y privada, revocabilidad de los cargos públicos, rendición de cuentas sobre cumplimiento de programas electorales, etc.

 

Y todo ello está muy bien, y es perfectamente deseable, pero la verdad es que la corrupción no es sólo un problema político, social, incluso moral, sino que es un problema estructural, es decir, sistémico, que hunde sus motivaciones y sus raíces económicas y sociales en el capitalismo. Conclusión: PARA ACABAR CON LA CORRUPCIÓN TENEMOS QUE ACABAR CON EL CAPITALISMO. Simplemente, porque el sistema capitalista es el que da licitud y legitimidad social a la obtención de beneficios en cualquier actividad. Es la propia sociedad capitalista la que legitima y alienta la primacía del objetivo del rendimiento económico en todas las esferas de la vida, y ello legitima la política de la competitividad, fomentando las desigualdades y llevándonos al caos social, caos que es aprovechado por los corruptos para sacar tajada.

 

corrupcion5.jpgPiénsese por ejemplo en lo que está ocurriendo en los sectores de los servicios públicos básicos (Educación, Sanidad, etc.), donde cada vez están entrando más empresas privadas a obtener rentabilidad económica procedente de la gestión de los mismos. Por tanto, la regeneración que desterrara la corrupción del panorama público no requiere sólo cambios normativos, que aunque necesarios, sólo constituirían la superficie, y debemos llegar al fondo de la cuestión. Sólo llegando al fondo podremos desterrar el problema, y ese fondo no es otro que el propio sistema capitalista, la propia organización y los propios valores capitalistas que nos rodean, y que gobiernan nuestra vida. Vamos a poner un par de ejemplos que creemos lo más ilustrativos posible de lo que afirmamos:

 

1.- Si se hace una encuesta a jóvenes adolescentes, incluso a niños, proponiéndoles alternativas que deseen cumplir de mayores, incluyéndoles entre ellas la posibilidad de "ser o hacerse ricos", seguramente ésta será la más contestada (o al menos, la más pensada).

 

2.- Cuando dichos adolescentes o niños lleguen a ser mayores, se encontrarán con una sociedad que les fomenta o permite el llegar a dicha situación de riqueza por caminos ilícitos, perversos o inmorales, por lo cual éstos serán los elegidos.

 

corrupcion6.jpgBien, tenemos que atacar estos dos frentes, porque constituyen dos auténticas aberraciones. En primer lugar, tenemos una sociedad enferma si nuestros niños y jóvenes piensan o desean "hacerse ricos" de mayores, porque lo que hay que pensar, es decir, lo que la sociedad ha de fomentarles que piensen, no es en dedicarse a algo en función de su "remuneración", sino en cuanto a su valía personal o profesional, en cuanto a sus preferencias, en cuanto a su felicidad. La riqueza, el estatus social, las posesiones o el dinero, es decir, el objetivo o finalidad económica, ha de ser desterrado de su pensamiento. Por tanto, un  primer frente es el educacional. Tenemos que enseñar, tenemos que educar a nuestros jóvenes en los valores de la cooperación, de la solidaridad, de lo colectivo, de lo público, de lo de todos, y en la consecución de la felicidad en el plano de la realización y aportación personal de su trabajo dentro de la sociedad en la que viven. Hemos de desterrar por tanto los valores personalistas, egoístas, individualistas, centrados en la consecución de grandes objetivos de riqueza personal.

 

Y en segundo lugar, hemos de diseñar una sociedad anti-capitalista, una sociedad anti-consumista y anti-materialista, que actualmente premia y fomenta el enriquecimiento personal por encima de otros logros, consecuciones y valores. Tenemos que conseguir renunciar a esta arquitectura de sociedad, diseñando y poniendo los cimientos para otra muy distinta, donde prime la iniciativa pública sobre la privada, y sustituya los objetivos de enriquecimiento personal por los de enriquecimiento social y colectivo. Incluso los que se dediquen al ámbito privado en cualquier faceta, no deben hacerlo con fines de lucro, sino con fines de realización personal y de aportación al desarrollo de la sociedad. Una sociedad regida por normas donde primen la justicia social y la equidad, que elimine las desigualdades.

 

No es momento ni lugar para dar las pautas completas para la abolición del capitalismo (que además hemos tratado y seguiremos tratando en otros artículos). Pero por ejemplo, podemos citar un control social sobre los beneficios empresariales, para que reviertan en una mayor redistribución de la riqueza colectiva, que elimine las distancias entre los más ricos y los más pobres, unido a un mayor prestigio de lo público, y a una política de intervención estatal en la economía, serían las principales patas de este sistema. Y por supuesto, aquí es donde todo el contexto normativo y legal del que hemos hablado antes, realizaría las funciones de prevención y control para que los escenarios de corrupción fueran impensables. Sólo así conseguiremos acabar con la corrupción. Mientras exista capitalismo, nuevos corruptos irán apareciendo.

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