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25 febrero 2015 3 25 /02 /febrero /2015 00:00

"El problema no está en las mentiras que los medios dominantes dicen. Eso no lo podemos impedir. Lo que debemos pensar hoy es cómo decimos y difundimos nosotros la verdad"

(Fidel Castro)

 

 

 

 

Los medios adscritos al pensamiento dominante, con todo su poderío, y haciendo uso del conjunto de técnicas y estrategias psicológicas y sociales que hemos expuesto en anteriores artículos, van a intentar con toda su fuerza imponer sus argumentos, lo vienen haciendo desde que el capitalismo entra en su fase expansiva, y concentra aliados para imponer su visión del mundo. Pero para conseguir esto, han de homogeneizar las mentes de cuantas más personas, mejor. En su obra "Manual de Resistencia Anticapitalista", José López afirma lo siguiente: "La mejor forma de controlar al pueblo es canalizando su forma de pensar y de actuar. No es evitando que piense, es haciendo que piense como uno desea. No es evitando que vote, sino haciendo que vote a lo que a uno le interesa. No es impidiendo que salga a la calle, sino haciendo que salga a la calle sólo para lo que a uno le interesa. La oligarquía pone toda la carne en el asador, mediante el control absoluto de los grandes medios de desinformación, auténticos modeladores de la opinión pública, para movilizar al pueblo lo justo. Ya sea el falso sindicalismo, las reivindicaciones políticas no peligrosas que eviten las peligrosas, y cómo no, el fútbol. El circo del siglo XXI. Ese opio del pueblo de nuestros tiempos que ha tomado el relevo de la religión de siglos anteriores. De esta manera, se controla al pueblo sin que éste se percate demasiado. Los hilos que manejan al pueblo son casi invisibles para la mayoría de éste. Para la mayoría, no para todos".

 

Y de esta forma, como culmen del proceso, como excelsa cima del control del pensamiento dominante, podemos definir a las actuales democracias burguesas capitalistas, como la que tenemos en nuestro país. Un sistema refinado, potente, perfeccionado, casi perfecto, de control y dominación popular, que absorbe la inmensa mayoría del comportamiento social de la población, y la conduce a través de unos canales, de unos parámetros de aceptación social de una serie de dogmas, que facilitan que la vida no se entienda fuera de ellos. Es como una dictadura sublime, una dictadura sin violencia, una dictadura solapada y sibilina, pero una dictadura en el fondo. Una dictadura del pensamiento y de la acción, pero socialmente aceptada. Un corsé asumido voluntaria y mayoritariamente, que uniformiza el comportamiento social de la mayoría de la gente, consiguiendo que todos vistamos igual, sintamos igual, pensemos igual, nos marquemos las mismas metas y los mismos objetivos, razonemos y nos expresemos de la misma forma. Podemos concluir, sin ninguna duda, que el sistema capitalista de hoy día es la dictadura casi perfecta. Está programado desde la infancia, porque el sistema educativo es la primera pieza fundamental de esta maquinaria que actúa en el sistema. Y es completado en nuestro entorno familiar, en nuestro entorno social, y en nuestro entorno laboral, favorecido por la otra pieza clave a la que nos venimos refiriendo, como son los medios de comunicación de masas.

 

Porque los artífices del pensamiento dominante saben muy bien que han de tener a los medios de comunicación como sus grandes aliados, porque esos medios de "desinformación" juegan también su insustituible baza. Por eso es necesario, a través de la televisión, de la radio, de la prensa, de Internet y de otros medios, estar alimentando permanentemente el fuego del engaño de la manera más exacerbada posible hasta caer, como así sucede, en la más absoluta exageración, en la más profunda alienación y en el más rotundo de los esperpentos: incremento de la información y de las retransmisiones deportivas, programas basura (talks shows, concursos, programas de competición por la fama, etc.), pseudodebates con una serie de tertulianos de plantilla que se atribuyen el pensamiento oficial, manipulación de la información, ocultación, tergiversación, mentiras, sesgo informativo, y un largo etcétera. ¿Y quiénes poseen a estos medios de comunicación, quiénes dictan las órdenes, quiénes imponen sus contenidos, quiénes dicen aquéllo que hay que contar y lo que no, y cómo hay que contarlo? Pues los poderes económicos, que son los auténticos poderes en el capitalismo, dueños de todos los demás. Como ejemplo de fuerza de estos poderes económicos sobre los medios de comunicación, véase la noticia de este enlace, que nos cuenta cómo recientemente el Banco de Santander ha comprado las portadas de todos los medios de prensa nacionales de mayor tirada, para hacer publicidad de sus becas. Un ejemplo ciertamente ilustrativo.

 

Bien, pero la gran pregunta podría ser: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Extensa y profunda sería la exposición de ello, porque nos obligaría a entrar en las razones históricas, filosóficas, psicológicas y sociales de la evolución humana desde sus primeras comunidades, lo cual queda evidentemente fuera de los objetivos de esta modesta serie de artículos. Nos remitimos a la obra de grandes pensadores que han ahondado en estos temas, como Eric Fromm. Pero está claro que hubo un momento histórico en que la minoría dominante se vio obligada a buscar poder para imponerse sobre los que amenazaban sus privilegios, y para mantener intactos sus intereses materiales no bastaba con apelar a la fuerza, también necesitan conquistar sus cerebros para que la gente no optara por la rebelion, y comenzó a hacerse imprescindible fiscalizar los pensamientos y sentimientos de la inmensa mayoría, para verificar que no surgieran ideas que pudieran subvertir el orden social establecido por las clases dominantes. Si esa mayoría se hubiera dado perfecta cuenta de que estaba siendo explotada, de que era objeto de una clara injusticia, la acumulación de resentimiento, más tarde o más temprano, hubiera desembocado en rebeliones populares que hubiesen puesto en peligro el orden imperante.

 

Y así fue cómo históricamente comenzaron a diseñarse mecanismos, a todos los niveles, para que las ideas resultaran reprimidas haciendo que las personas consideradas "peligrosas" para el poder vieran peligrar su libertad y sus vidas. Erich Fromm lo expresa en los siguientes términos: "Hasta el momento presente casi todas las sociedades han servido a los intereses y propósitos de unos pocos que han utilizado a muchos. Así, esos pocos tuvieron que utilizar su poder para embrutecer e intimidar a la mayoría (y por ende, de forma indirecta, a sí mismos), para impedir que ésta desarrollara toda su potencia; por eso la sociedad siempre ha entrado en conflicto con la humanidad, con las normas universales válidas para todos. Sólo cuando los propósitos de la sociedad sean idénticos a los propósitos de la humanidad, la sociedad dejará de invalidar al hombre y estimular la maldad" (Erich Fromm, "Las cadenas de la ilusión"). Por tanto, es evidente que cuando una minoría domina a la mayoría debe existir necesariamente un alto componente de violencia para poder imponerse, pero también puede ocurrir que mediante mecanismos muy sofisticados de alienación social, la mayoría no llegue a advertir plenamente la situación, no llegue a ser consciente de ella, y por tanto no efectúe ninguna acción para evitarla. Ya sabemos que sólo existe acción cuando detectamos un problema, pero ¿y si no hay problema? Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Psicología
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