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5 marzo 2015 4 05 /03 /marzo /2015 00:00

"El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos, no sabe que el costo de la vida, el precio de las alubias, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de las decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece...diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos, que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales"

(Bertolt Brecht)

 

 

 

 

Y esto es así porque, como hemos dicho, en cada sociedad la cultura está dominada por el sector económico más poderoso, los cuales controlan la educación, la religión, la prensa y los medios de comunicación, penetrando con sus ideas a toda la población, pero además, estos grupos dominantes adquieren prestigio entre las clases que muestran predisposición a aceptar los valores impuestos, y a identificarse personal, social y psicológicamente con ellos. La figura del analfabeto político que nos describía Bertolt Brecht ha sido una figura socialmente muy interesante para ellos, pues les permite continuar imponiendo su modelo social y económico a la inmensa mayoría. Este aspecto ya lo explicaba Marx de la siguiente forma: "Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes de cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente. Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante, son también las que le confieren el papel dominante a sus ideas".

 

Lo que ocurre es que esa íntima relación entre el poder material y el espiritual muchas veces no aparece con nitidez, porque quienes ejercen el poder tratan por todos los medios de disimular esta situación. En palabras de Marx: "En efecto, cada nueva clase que pasa a ocupar el puesto de la que dominó antes de ella, se ve obligada, para poder sacar adelante los fines que persigue, a presentar su propio interés como el interés común de todos los miembros de la sociedad, es decir, expresando esto mismo en términos ideales, a imprimir a sus ideas la forma de lo general, a presentar estas ideas como las únicas racionales y dotadas de vigencia absoluta". Observad, queridos lectores, cuán vigentes están estas palabras en la actualidad, cuando se comprueba a diario y fehacientemente cómo los personajes políticos de la clase dominante intentan invalidar constantemente las ideas alternativas que otras formaciones políticas presentan, tachándolas de antiguas, arcaicas, trasnochadas y liquidadas, cuando ellos, que propugnan el liberalismo económico y el capitalismo más salvaje, son hijos de ideas aún más antiguas. Y por su parte, los autores argentinos Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini afirmaban en 1941: "Grupos capitalistas tienen en sus manos la universidad, la escuela, el libro, el periodismo y la radiotelefonía. No necesitan recurrir a la violencia para reprimir los estados de conciencia que le son inconvenientes. Les basta con impedir que ellos se formen. Dan a los pueblos la oportunidad de pronunciarse por una u otra agrupación política, pero previamente imposibilitan materialmente la formación de fuerzas políticas que respondan a las necesidades populares" (¿nos suena de algo?)

 

Erich Fromm, en su tratado "Budismo, Zen y psicoanálisis", se expresaba en los siguientes términos: "Muy a menudo ocurre que lo que una persona tiene en la mente es ficción, no porque esté imposibilitado de ver la verdad, sino por el deliberado accionar de la sociedad y su clase dirigente. Ese dominio de la minoría muchas veces fue mediante la fuerza, pero en casi todas las oportunidades las mayorías han aceptado voluntariamente la explotación, y eso fue factible porque su mente fue rellenada de mentiras y ficciones que producen la aceptación de ese dominio". Piénsese, por ejemplo, en el tremendo poder histórico de las religiones, a través de las diferentes culturas y civilizaciones. Y esto también tiene mucho que ver con los conceptos que se forman al nivel del imaginario popular, por ejemplo en torno a la utopía, a lo que es posible o imposible. Recomiendo en este sentido a los lectores nuestro artículo "PODEMOS y la utopía", publicado en este mismo Blog, donde hacemos un recorrido por los diversos enfoques que muchos pensadores y activistas han realizado en torno al concepto de lo utópico. Veamos lo que afirmaba Arturo Jauretche sobre el sentido común: "Se dice del sentido común que es el menos común de los sentidos. El sentido común es simplemente el buen sentido y todos lo tenemos, pero sepultado bajo los resabios que nos deja una formación cultural iniciada para un mundo desvinculado de la realidad, y constantemente deformado por los medios de información y de cultura". Ese es el motivo principal de la constante apropiación que la clase dominante hace sobre el sentido común.

 

Y así llegamos también al concepto de la obediencia y de la desobediencia civil, es decir, no a nivel individual, sino colectiva. A lo largo de la Historia de la Humanidad, la obediencia estuvo asociada a la virtud, en tanto que la desobediencia era sinónimo de pecado, y esta situación era la consecuencia directa de ese gobierno de la minoría sobre la mayoría. La explicación era bastante sencilla: "Si los pocos deseaban gozar de las cosas buenas y además de ello, hacer que los muchos los sirvieran y trabajaran para ellos, se requería una condición: que los muchos aprendieran a obedecer" (Erich Fromm, "Sobre la desobeciencia y otros ensayos"). Fromm, gran amante y estudioso de la psicología social, afirmaba que ésta daba una explicación al análisis sobre la interrelación entre la minoría gobernante y la mayoría gobernada, afirmando que podía realizarse un parangón con la vinculación existente entre un padre y un hijo, en la cual podía encontrarse una mezcla entre temor, admiración y confianza en la fuerza y sabiduría del padre. Esta situación provoca que muchas veces se lograra convencer a los gobernados de que la actitud correcta es la de saber padecer sin quejarse ni rebelarse, impulsándolos a creer que el principio fundamental es obedecer a los gobernantes, que velan por el bien de todos, limitándonos a cumplir callada y resignadamente con nuestro deber de trabajar y no quejarnos. Como ejemplo de hasta qué punto este análisis está vigente, podemos citar unas declaraciones del ex Ministro de Justicia del actual Gobierno, Alberto Ruiz Gallardón, que afirmaba no hace mucho tiempo que "gobernar es repartir dolor". Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Psicología
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