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5 junio 2013 3 05 /06 /junio /2013 23:00

En los primeros artículos de esta serie ya hemos introducido de forma breve el capitalismo, y a partir de aquí haremos una revisión del mismo con más profundidad, para poder entender el sistema que nos trae hasta aquí, antes de poder vislumbrar las alternativas al mismo. De entrada, y para meternos en situación, podemos responder a la pregunta: ¿Hay alternativas al actual sistema? de la siguiente forma: Sí, pero fuera del sistema. A los que defendemos esta postura se nos tacha de radicales, y tenemos que decir que a mucha honra, pues la palabra "radical" hay que entenderla en su sentido etimológico, esto es, ir a la raíz, y nosotros estamos convencidos de que el capitalismo debe ser derrocado para levantar sobre sus cenizas un nuevo sistema más justo y humano. 

 

Ya hemos comentado en otros artículos de este Blog que la economía es una ciencia más o menos exacta, aunque muchas veces se nos quiera vender la idea de que los economistas fallan en sus predicciones. Esto no es cierto, la economía se basa en parámetros matemáticos y de sentido común, luego difícilmente podrá fallar si se cumplen los supuestos de partida, y la evolución sospechada. Lo que no es cierto es que la economía no tenga ideología, o mejor dicho, los y las economistas no tengan ideología, y según ésta, la economía se pone al servicio de unos u otros intereses. En nuestros tiempos, y en nuestro contienente, la economía está al servicio del gran capital, y de los intereses financieros y especulativos. Lo que hay que hacer, por tanto, es situar la economía al servicio de las personas. ¿Qué significa esto? Hacer que la economía, que los propios objetivos económicos, estén al servicio de la población, de la satisfacción de sus necesidades, y de procurar para todo el mundo una vida mejor. 

   

De esta forma, partimos de la base, tal como se explica en uno de los documentos alternativos elaborados para su debate en la reciente X Asamblea de Izquierda Unida,  de que la crisis que sacude a los países desarrollados desde 2007 está provocando un enorme cambio en la conciencia de millones de personas, sobre todo de los trabajadores y trabajadoras, que constituyen la gran mayoría de la sociedad y son los principales afectados por sus consecuencias. Antes de la recesión de 2008/2009, (ahora estamos entrando en la segunda), la situación distaba de ser idílica para la mayoría de la población mundial: crecían las desigualdades y el expolio de la naturaleza, pero muchos confiaban en encontrar una salida personal, que trabajando duro podría asegurar su futuro y el de sus hijos. Era lo que nos vendían insistentemente: la economía es más “sana” que nunca y las crisis son algo del pasado. Y, a los ojos de la mayoría, todo indicaba que no había alternativa al capitalismo. La caída del Muro de Berlín, reafirmó entre la izquierda sindical y política la conclusión de que el capitalismo era el “menos malo de los sistemas posibles” y asumió que su papel era gestionarlo, no superarlo. Incluso recordamos al ex Presidente francés, Nicolas Sarkozy, proclamando la necesidad de una "refundación del capitalismo".

   

Sin embargo, hoy todo está cambiando bajo las embestidas de una crisis que va mucho más allá de un ciclo recesivo. En el Estado Español, terminaremos 2013 con más de 6 millones de parados e inmersos en una nueva recesión, con más recortes del gasto social y de los derechos laborales ¿cómo no poner en cuestión esta sociedad? La siguiente pregunta es: si el capitalismo no funciona ¿cuál es la alternativa? Cada vez más personas buscan una respuesta a la misma. Desde algunos sectores de Izquierda Unida, los más críticos con el actual sistema, proponemos buscarla fuera del sistema, no dentro: hay que poner la economía al servicio de las personas, porque no es un problema de falta de recursos, sino de quién los tiene y en beneficio de quién se usan. Pero hacer eso nos lleva a cuestionar al propio capitalismo, no tratar de arreglarlo, de darle un rostro más humano. Y el primer paso que debemos dar para encontrar una salida al laberinto de la crisis es comprender por qué estamos en ella.

 

Otro de los problemas donde se meten muchas personas que no tienen bien asentadas sus bases ideológicas, es encontrarse con que fabrican (o les fabrican) un diagnóstico equivocado de la situación actual, y comprender y analizar un buen diagnóstico es fundamental para poder enfrentarse a su receta. De hecho, muchos simpatizantes de izquierda que nos encontramos, no acaban todavía a nuestro entender de realizar un diagnóstico adecuado, y esto como decimos, es crucial para poder plantear las alternativas. En política, por tanto, es muy difícil quedarse en las medias aventuras, hay que ser valientes y plantear y recorrer el camino hasta el final. Bien, ¿cuál es básicamente el diagnóstico en la fase actual del cruel capitalismo que nos invade? Pues que hay recursos suficientes, y que lo que sufrimos es una crisis de sobreproducción.

 

Desde la crisis de las hipotecas subprime norteamericanas, en agosto de 2007, que fue el pistoletazo de salida de esta situación económica, la idea más común es que la raíz de la crisis es financiera. Sin embargo, la realidad es que el problema de fondo va mucho más allá, naciendo en la economía productiva y las relaciones de propiedad que caracterizan al sistema capitalista. Hay que comprender la dinámica del sistema y sus consecuencias. Una de las paradojas del capitalismo desde que existe es la sobreproducción, en la cual estamos en un momento álgido. Lo que nos está sucediendo ahora hubiera parecido absurdo a cualquier persona de otra época: no estamos en crisis por una mala cosecha, una catástrofe natural, una epidemia o por falta de medios. En todo el mundo hay millones de personas condenadas al paro forzoso, y las fuerzas productivas están a medio gas o están siendo destruidas paulatinamente.  

 

En sectores como la vivienda, la sobreproducción es más evidente aún si cabe, con millones de viviendas vacías, igual que se destruyen toneladas de alimentos para mantener los precios, pero en la industria manufacturera y otros sectores, ésta se presenta como un exceso de capacidad de producción. La utilización de la capacidad productiva instalada española apenas supera el 70%, y hay más de 6 millones de parados. Es decir, podríamos producir un 30% más con los medios de los que disponemos, y tener a un 25% más de trabajadores generando riqueza con su labor. Ese exceso es crónico en el capitalismo, pues en los momentos álgidos del auge nunca se superó el 85% de utilización de la capacidad instalada, ni dejó de haber en torno a dos millones de parados, pero con la crisis el problema se agudiza drásticamente. Hemos afirmado en otros artículos que al capitalismo le interesa el desempleo, y es cierto. El pleno empleo es un fenómeno perfectamente alcanzable, no es una utopía, lo que ocurre es que al sistema actual, tal y como está planteado, no le interesa. Continuaremos en siguientes entregas.

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