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3 julio 2013 3 03 /07 /julio /2013 23:00

Continuando desde el artículo anterior, donde comentábamos los fundamentos de esta sociedad basada en la explotación, y por lo tanto, una sociedad que en vez de practicar la redistribución de la riqueza, practica todo lo contrario, la concentración de dicha riqueza colectiva. Por ejemplo, hace años que grandes empresas compran millones de hectáreas de tierras cultivables, pues la alimentación y la producción de biocombustibles son un negocio garantizado. Es la misma dinámica que está llevando a privatizar la gestión del agua, de la sanidad, de la educación y de todos los servicios públicos básicos, que tienen asegurado un mercado por tratarse de necesidades vitales. Y es que la explotación sólo puede funcionar si los medios de producción son propiedad privada.

 

Pero claro, esto no pueden reconocerlo sin más, por tanto, lo que hacen es adornarlo, disfrazarlo, usando para ello diferentes recursos. El más típico y común es el propio lenguaje neoliberal, que rebautiza un montón de términos y situaciones bajo otros nombres menos directos, o que suenen mejor, para distraer la atención sobre el propio objetivo. Por ejemplo, en vez de privatización, ellos usan "externalización". Intentan confundirnos diciéndonos, por ejemplo, que lo que se externaliza es la gestión, no el servicio en sí mismo. O bien, nos plantean el falso debate sobre la posibilidad de que la gestión privada de los servicios públicos pueda o no ser más eficiente.   

 

Esa dinámica no es producto de la particular avaricia de los grandes accionistas o de los administradores de las empresas, por grandes que sin duda sean, sino que es el resultado de la dinámica natural del sistema. La gran burguesía contemporánea, los principales accionistas y dueños de las grandes empresas transnacionales, buscan la máxima rentabilidad. Sus fortunas circulan por el mundo en búsqueda de la misma y ningún gestor que no procurara alcanzar la máxima rentabilidad duraría mucho tiempo en el puesto. Aunque pusiéramos al frente de dichas entidades a la gente más generosa del mundo, el resultado no variaría sustancialmente, pues el mecanismo objetivo de la competencia desplaza las empresas menos rentables y las destruye. Y ello es así porque el capitalismo y los que lo defienden legitiman las desigualdades, no creen en la igualdad ni en la justicia social, y son defensores de un "darwinismo social" implacable.

 

Y a pesar del decrecimiento económico, la explotación de los recursos naturales se está acentuando pues, sean cuales sean las cifras absolutas de aumento de la economía, lo que buscan las grandes multinacionales es obtener el margen de ganancia mayor posible. Y, al final, su objetivo es pagar menos por el trabajo humano y por el uso de los recursos naturales. El mercado principal para todas las grandes empresas es el mundial y el mercado de la mano de obra también es de carácter mundial. De esta forma, el capitalismo se hace global, se globaliza, elimina barreras y fronteras nacionales, elimina aranceles y leyes proteccionistas, y persigue un gran mercado único completamente desregulado, donde capitales y productos puedan circular a sus anchas, en busca del máximo beneficio.

 

Buena parte de los beneficios que los capitalistas norteamericanos, alemanes o españoles han obtenido durante estos años se han invertido en países como China, en búsqueda de la mayor rentabilidad que los bajos salarios de los trabajadores chinos y las pocas restricciones a la destrucción medioambiental proporcionaban. India, Brasil, otros países emergentes, y sobre todo China han acaparado gran parte de la inversión externa internacional. Las tasas de inversión del gigante asiático doblan a las de la mayoría de los países desarrollados y, en última instancia, la razón está en esa rentabilidad.

 

China se ha convertido en uno de los principales talleres del mundo, con una producción que cada vez está generando bienes más avanzados tecnológicamente, y eso ha dado como resultado un déficit crónico de los países desarrollados hacia dicha potencia, en particular de Estados Unidos. La forma en que el capitalismo tiende a resolver ese desequilibrio es abaratando el precio de la mano de obra en Norteamérica, con lo que se reducen las importaciones y se aumenta la rentabilidad de las inversiones en su propio país. Eso supone más explotación para los trabajadores y más conflictos entre las potencias. Y eso explica la dinámica general de recortes de derechos laborales que recorre a todos los países desarrollados.

 

Porque, digámoslo de una vez, no es posible que en un mundo salvajemente globalizado y compitiendo entre sí, todo el mundo gane. Para que unos ganen, otros tienen que perder. Y esto mismo lo podemos extrapolar a los famosos anuncios de los puestos de trabajo que dicen que se van a crear cuando, por ejemplo, se instala una nueva franquicia de una cadena de supermercados en una ciudad determinada. Lo que no dicen, usando sólo la lógica y el sentido común, es que la población de dicha ciudad no va a comprar más (sobre todo si su poder adquisitivo no sube), así que para que dicho nuevo supermercado venda y genere puestos de trabajo, las ventas tienen que haberse desviado desde otros sitios, es decir, gente que antes compraba en otro sitio, va a pasar a comprar en el nuevo supermercado. Luego si las antiguas empresas venden menos, tendrán que despedir a sus trabajadores, y el empleo que se crea por un lado, se destruirá por otro.

 

En definitiva, los intereses de la burguesía y de la clase asalariada, en su conjunto, no son compatibles sino antagónicos. No es cierto que de esta crisis se salga haciendo todos sacrificios, el capitalismo sale de las crisis explotando más a los trabajadores. En última instancia, es la lucha de clases, que nunca desapareció y que ahora se recrudece. En la siguiente entrega de esta serie nos ocuparemos de contextualizar al completo esta crisis, denunciando fundamentalmente que proviene de una gran estafa, y que ha derivado en muchas más crisis, o si se quiere, en una crisis multifacética o sistémica.

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Published by Rafael Silva - en Política
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