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6 abril 2014 7 06 /04 /abril /2014 23:00

"Afirmo, pues, que no siendo la soberanía sino el ejercicio de la voluntad general, jamás deberá enajenarse, y que el soberano, que no es más que un ser colectivo, no puede ser representado sino por él mismo: el poder se transmite, pero no la voluntad (...)Si, pues, el pueblo promete simplemente obedecer, pierde su condición de tal y se disuelve por el mismo acto: desde el instante en que tiene un dueño, desaparece el soberano y queda destruido el cuerpo político"

(Jean Jacques Rousseau, "El Contrato Social")

  

 

 

 

 

proceso_constituyente171.jpgEn la última entrega de esta serie, nos habiamos quedado explicando el alcance de la unión monetaria expresada en el Euro, para que se comprenda su auténtica dimensión. El euro unifica radicalmente el lenguaje en el que se expresan las relaciones económicas y sociales capitalistas. Antes de su existencia, las distintas monedas de los países europeos, mantenían la capacidad de variar sus proporciones relativas mediante depreciaciones, para favorecer la competitividad de sus exportaciones, y equilibrar distintos índices de inflación, tipos de interés o fiscalidad. El euro impide dicho escenario, y deja como único mecanismo posible para la competitividad de los distintos países la propia devaluación de su fuerza de trabajo, es decir, la rebaja de los salarios y de los costes de sus trabajadores. El proceso constituyente del capital europeo exigía acabar con las distorsiones producidas por las diferencias en estructura productiva, tecnología, riqueza, recursos naturales y nivel de vida. Pero, sobre todo, acabar con la inestabilidad de los precios, incluido, en primer lugar, el precio del dinero.

 

proceso_constituyente172.jpgSin embargo, como afirma Agustín Morán en el artículo de referencia, unificar la moneda es unificar un signo, pero no lo designado. Y de este modo, las enormes diferencias materiales entre los Estados incluidos en el euro no se disuelven, sino que se acrecientan. Cuando se entrega el protagonismo económico al beneficio de las empresas, en lugar de a los Derechos Humanos y a la conservación de la vida, financiar el déficit mediante impuestos progresivos y luchar contra el fraude fiscal, no es políticamente correcto ni posible, porque ahuyenta a los inversores. Por tanto, la única vía para reducir el déficit del Estado es reducir los gastos, aunque eso suponga abandonar a su suerte a jóvenes, precarios, parados, jubilados, mujeres, dependientes, etc. De esta forma, los países más débiles, necesitados de más recursos públicos para superar sus deficiencias, son castigados con sanciones económicas que les hacen aún más débiles. Lo que les pasa a Grecia, Portugal e Irlanda desde 2011 ya estaba escrito en los Acuerdos de la Unión Europea desde hace veinte años. Para que nos pasara a nosotros, el gobierno español del PSOE de Zapatero, con la inestimable complicidad del PP, ratificó la entrega ilegal de nuestra soberanía al gran capital europeo, mediante la modificación del Artículo 135 de la Constitución. Esta modificación subordina las políticas económicas para resolver problemas como el empleo, la vivienda o la salud, a la satisfacción de los intereses de la deuda pública española frente a los acreedores extranjeros.

 

proceso_constituyente173.jpgEstamos queriendo motivar, por tanto, la necesidad de un nuevo Proceso Constituyente para poder recuperar nuestra soberanía, la soberanía monetaria en primer lugar, que también abriría la puerta a otras soberanías (presupuestaria, fiscal, alimentaria, energética, etc.) igualmente necesarias. Porque evidentemente, las políticas que ahora se practican, contrarias a los derechos económicos, civiles, políticos, sociales y culturales, son claramente incompatibles con la democracia. Y el objetivo del Proceso Constituyente es, ante todo y sobre todo, la recuperación de la democracia. La instauración de una democracia plena e integral, que garantice a la ciudadanía todos los derechos que el sistema actual no garantiza. La política económica actual, de la cual derivan las demás por imposición pragmática, sólo atiende a los verbos precarizar, privatizar, desregular, externalizar y deslocalizar. Ignorando los Derechos Humanos, hemos llegado a un punto donde todo el bienestar social de la población está supeditado al funcionamiento de los mercados. Y los mercados no entienden de soberanía, de democracia ni de derechos humanos. Ellos representan únicamente los intereses de los más poderosos.

 

proceso_constituyente174.jpgPara el extremismo neoliberal, la globalización económica y la moneda única son buenas, no porque integren a toda la población, sino porque expresan la máxima eficiencia económica, identificada con el máximo beneficio del capital, unida a la naturaleza humana egoísta y despiadada. Para este pensamiento fanático, las diferentes crisis sólo significan que la sociedad todavía no se ha puesto completamente de rodillas ante las salvajes leyes de la economía de mercado. De aquí se deriva que, para superar las crisis, hay que aumentar la fuerza de las políticas que la producen y la sumisión de sus víctimas. Esta es la explicación de las continuas recomendaciones de la Comisión Europea a seguir por la senda de las "reformas" y de la "austeridad" (aun conociendo perfectamente sus terribles consecuencias), y de que se presenten a las mareas sociales contra la desigualdad, la pobreza, el hambre, el machismo y la violencia como radicales y antidemocráticas. El dogma neoliberal representa el auténtico fascismo económico. Según ellos, pretender que la gente tenga casa y condiciones de vida y trabajo dignas, es una quimera antieconómica e insostenible.

 

Por tanto, no hay salida dentro del actual régimen. Desde el horizonte político de la moneda única, la competitividad y la globalización, es imposible hacer otra cosa que no sea gestionar la degradación paulatina de los derechos y libertades de las mayorías sociales. Los problemas del paro, de la precariedad, de las pensiones, del nivel de vida digno, no tienen solución. Cuando el capital se convierte en el verdadero sujeto de la democracia, pierden su sentido la sobernía, la dignidad, y los derechos humanos. Simplemente, no tienen cabida. Son mundos antagónicos, incompatibles. De ahí que no debamos contemplar reformas para intentar edulcorar el sistema, parchearlo, hacerlo más humano, sino para derrocarlo, para abatirlo. El Proceso Constituyente es imprescindible si queremos vislumbrar un horizonte de regreso al mundo de los derechos y las libertades, de la razón y del progreso. Es imprescindible si queremos retornar del empleo precario al trabajo decente, del despilfarro consumista al consumo racional y responsable, y de la posesión de bienes fundamentados en la sagrada propiedad privada, al bienestar personal, social y colectivo, fundamentado en la solidaridad y la cooperación. No tenemos otra alternativa que un Proceso Constituyente hacia un nuevo escenario político y social. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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