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20 febrero 2014 4 20 /02 /febrero /2014 00:00

"No hay cambio real de sociedad sin cambio radical de cultura"

(Joaquín Miras y Joan Tafalla)

 

 

 

 

Las fórmulas del éxito social se expresan en términos como "llevarse por delante", "ambición" (que no es más que una dosis excesiva de deseo), "agresividad", "competitividad", que se estampan en el envoltorio de la personalidad del supuesto "triunfador". La familia, el club, las vinculaciones, las influencias, son importantes requisitos que conforman los ingredientes básicos del personaje en cuestión. La religión y su práctica activa también pueden colaborar en el momento de incrementar las posibilidades de éxito. El hombre convertido en mercancía puede mostrar la etiqueta que le permita destacarse en el mostrador y hacerse merecedor de un alto precio, pero si a pesar de todo el esfuerzo no resultara elegido, quedará pensando que es inferior y que carece de méritos, no importa que sus cualidades humanas sean muy altas, porque tal vez simplemente se encuentre pasado de moda. La televisión, el cine, las revistas, muestran los ejemplos a seguir y convocan a emular a dichos paradigmas, que son en última instancia la expresión del mercado.

 

De esta manera, el éxito en el capitalismo necesita de la aprobación de los demás, pero si no logramos el respaldo buscado nos veremos sumidos en la inseguridad en cuanto a nuestras potencialidades, perdiendo en el camino nuestra identidad mientras nos embarcábamos en esa orientación mercantilista. Si el mayor valor humano es el éxito y no el amor, la justicia y la verdad, se dejará de prestarle atención a éstas últimas, y no se luchará por ellas porque lo que vale la pena se encuentra en otro lado. En esta carrera el ser humano quedará vaciado interiormente, y deberá recurrir a algún cobijo, que a veces es la religión, en ese intento por llenar semejante vacío, como ha ocurrido a algunos personajes del espectáculo durante las últimas décadas.

 

Por consiguiente, el éxito resulta en un puro artificio, en un producto de marketing, propio para dar dinero a muchos y ser el reflejo de las ilusiones de muchos otros. En uno de los episodios de la fantástica serie Verano Azul, titulado "El Ídolo", se nos presentaba a un joven cantante de éxito que realizaba galas y giras sin cesar, siendo uno de los artistas más venerados por las jovencitas de la época. Pero en realidad, la historia nos retrataba las contradicciones y luchas internas de un chico de barrio, al que habían descubierto en una discoteca de tercera fila, pero al que habían adornado bajo una aureola de campañas de marketing agresivo, para ofrecer un producto de consumo directo para el público de ciertas edades, tomándolo como referencia para modas en cuanto a peinado, vestimenta, comportamiento, y todo tipo de perfiles. Pero en realidad, bajo todo ese andamiaje, se encontraba la tímida personalidad de un joven que jamás quiso representar nada de la imagen que de él se ofrecía.

 

Muchos de los males que padecemos son el producto de verificar que la vida se nos escapa y que el final nos encontrará sin haber vivido realmente, ya que es posible vivir en medio de la abundancia que supone haber obtenido el "éxito", pero aún así se puede carecer de alegría. La idea de clasificar a las personas en ganadores y perdedores implica visualizar a los semejantes como competidores, y por lo tanto queda excluída cualquier posibilidad de solidaridad, estableciéndose en este contexto un marco de relaciones marcadas por el egoísmo, la competencia y la agresividad que se convierten en los valores más elevados y que constituyen los principios esenciales en que se apoya la supervivencia, quedando establecido una especie de darwinismo en las relaciones entre los seres humanos.

 

El actor norteamericano Michael Douglas protagonizó la película "Wall Street", dirigida por Oliver Stone, donde interpretaba a un financiero llamado Gordon Gekko que hacía dinero sin reparar en medios, por ejemplo dejar en la calle a miles de trabajadores. Preguntado ante el estreno de la segunda parte de la película, Douglas se mostraba sorprendido porque muchos estudiantes de finanzas le habían comentado que para elegir la carrera se habían basado en su personaje. Este sencillo ejemplo muestra, además del estado mental de una sociedad, que esos estudiantes sólo habían podido ver el éxito de Gekko sin importarles las consecuencias de sus decisiones. De esta forma, el éxito social se mide única y exclusivamente en la capacidad de despertar admiración y reconocimiento en los semejantes, sin importar cómo se llega a dicha situación.

 

Si toda la organización social y económica está concebida en la búsqueda de ventajas para uno mismo, si está regida por el principio del egoísmo, se hace muy difícil explicar cómo es posible experimentar sentimientos como el amor. Eric Fromm lo explicaba de manera contundente: "El principio sobre el que se basa la sociedad capitalista y el principio del amor son incompatibles". Aún cuando existan sociedades capitalistas que permitan una buena medida de disconformidad y libertad personal, la gente con capacidad de amar es muy escasa, por eso señalaba que: "El amor es inevitablemente un fenómeno marginal en la sociedad occidental contemporánea". En este punto, Fromm no se refiere a la posibilidad de amar a una o algunas personas más o menos cercanas, sino a la disposición que nos permite acercarnos y respetar al prójimo aún cuando sea un extraño. Precisamente por eso sentenciaba que: "...la indiferencia por el destino del prójimo caracterizó las relaciones en el mundo burgués". Finalizaremos en la tercera entrega.

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Published by Rafael Silva - en Psicología
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