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3 marzo 2014 1 03 /03 /marzo /2014 00:00

Vamos a finalizar en esta tercera y última entrega sobre las motivaciones y fundamentos psicológicos del éxito bajo el sistema capitalista, ahondando un poco más en las declaraciones de Eric Fromm sobre la incapacidad de amar, ya referida en el artículo anterior: "Los que se preocupan seriamente por el amor como única respuesta racional al problema de la existencia humana deben, entonces, llegar a la conclusión de que para que el amor se convierta en un fenómeno social y no en una excepción individualista y marginal, nuestra estructura social necesita cambios importantes y radicales". En el capitalismo no existen límites para el logro de los éxitos, el principio de libre competencia y de la supervivencia del más apto exigen que los individuos no se encuentren inhibidos por la compasión.

 

Esta carrera donde está excluída deliberadamente la solidaridad, contamina todas las relaciones entre los seres humanos: "En esta rebatiña por el éxito hacen quiebra todas las reglas sociales y morales de la sociedad humana; la importancia de la vida consiste en ser el primero en una carrera de competencia". De esta manera, quedan desvirtuadas muchas creencias, se produce una subversión de los valores, pasando a colocarse en lo alto de la escala aquéllas cuestiones que nos dan más prestigio y no las que nos brinden mayores satisfacciones: "La gente cree que lo importante es tener éxito, ganar prestigio, conseguir poder, subir por la escala social, servir a la máquina, pero la persona queda estancada". Los modelos sociales que salen a la palestra como paradigmas del éxito son auténticos personajes que dejan mucho que desear: grandes empresarios, grandes cantantes, grandes deportistas, actores y actrices, etc., personas que sólo representan el modelo de acumulación materialista, egoísta e individualista de la sociedad.

 

Carece de importancia que alguien esté incapacitado para captar la belleza de cualquier expresión artística, tampoco si se encuentra desinteresado por aspectos del ámbito cultural, pero si conoce el valor del dinero será considerada una persona lista, si es insensible a las manifestaciones del espíritu humano de todas maneras estará adaptado para vivir en nuestra sociedad, que coloca al dinero en un pedestal. Esta concepción del éxito a toda costa está fuertemente emparentada con la visión de que el fin justifica los medios; si existe un competidor que dificulta nuestra misión, se entiende que hagamos lo necesario para dejarlo al margen de la carrera, pero en esto está muy claro que ambas cuestiones (medios y fines) están indisolublemente entrelazadas, y por tanto, si se recurre a medios destructivos, las consecuencias pueden transformar radicalmente el objetivo.

 

Los pilares de esta sociedad ligada a este concepto del éxito social se concentran en la propiedad privada, el lucro y el poder, formando los vértices de un perfecto triángulo. Comprar, poseer y lucrar aparecen como derechos sagrados inalienables del individuo, como intocables tótems sociales, ciertas veces hasta carece de importancia el origen de la propiedad, y la posesión no le impone obligación alguna al poseedor o propietario. Pero no sólo esto, sino que el rango de bienes a poseer aumenta considerablemente, prostituyendo el valor no sólo de posesiones materiales, sino de aquéllas garantías que para las personas se constituyen en auténticos Derechos Humanos. La propiedad privada, entendida como una Ley superior del sistema, se coloca por encima de cualquier otra, y en base a ella se justifican las más crueles prácticas. Se pierde la función social de la propiedad, porque se legitima a ella por sí misma. La felicidad no es la ausencia de pena y tristeza, porque éstas son inevitables en la vida, hagamos lo que hagamos necesariamente nos toparemos con ellas. Evitar el dolor por un ser querido que sufre, sólo puede ser logrado reduciendo nuestra sensibilidad y la capacidad de amar, es decir, endureciendo nuestros corazones y apartándonos de los demás, obviamente ésta no es una solución. Por lo tanto, lo contrario a la felicidad es la depresión que es precisamente perder la capacidad de sentir, es como una sensación de estar muertos aún cuando sigamos respirando.

 

Ese éxito que se contrapone de manera radical a la solidaridad humana concluye algunas veces en una profunda depresión, al constatar que la felicidad prometida no era más que otra falsa ilusión, el fracaso puede sin duda también conducir a la depresión producto de las presiones sociales que nos quisieron mostrar o imponer ciertas metas que sólo eran compatibles con la obtención de una buena cantidad de dinero. Tal vez en establecer metas diferentes pueda estar el secreto de vivir una vida mejor, o al menos una vida propia. Finalizamos aquí esta breve serie de artículos dedicada al concepto capitalista del éxito, pero emplazo a mis lectores a dos próximas series de artículos, que vamos a publicar próximamente, y que pueden constituir un nexo de unión con la actual. Por una parte, vamos a publicar la serie "La transmisión del pensamiento dominante", donde contaremos los principales mecanismos sociales y políticos que procuran la extensión y uniformización del pensamiento. De otra parte, publicaremos "Retrato de una sociedad alienante", donde expondremos todos los aspectos, valores y comportamientos de una sociedad como la nuestra, imbuida en los parámetros decadentes del capitalismo, y todas sus manifestaciones.

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Published by Rafael Silva - en Psicología
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