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19 junio 2014 4 19 /06 /junio /2014 23:00

"Creo en la utopía porque esta realidad me parece imposible"

(Graffiti popular)

 

 

Y continuando bajo esa máxima ya enunciada en el artículo anterior de "pan y circo para el pueblo", cobra vigencia también otra famosa frase de Carlos Marx referida a la religión, en el sentido de significar "el opio del pueblo". Porque efectivamente, nuestra alienante sociedad actual ofrece, además, nuevos "opios para el pueblo", como nos cuenta Antonio José Gil Padilla en su ya referido texto "En los límites de la irracionalidad". Según este autor, el desequilibrio socioeconómico cruel e irracional de un modelo de convivencia como el que ha padecido hasta ahora la Humanidad ha estado siempre ligado a fórmulas alienantes que impiden la sublevación de una amplia mayoría, subyugada y explotada en beneficio de una minoría privilegiada, desalmada y aprovechada. Evidentemente, estas fórmulas han sido compañeras de viaje de métodos más expeditivos que, como si de un círculo de fuego se tratara, han protegido a las clases dominantes a lo largo de toda la Historia, evitando que los dominados se sublevaran y protagonizaran cualquier tipo de transformación y de cambio a su favor. Curiosamente, hoy en día, hasta el Papa Francisco, poco sospechoso de ser un radical marxista, ha declarado que "el actual sistema económico ya no se sostiene".

 

El sometimiento inhumano de la esclavitud, el uso de la fuerza física, la persecución política, el encarcelamiento y la muerte son algunas de las acciones utilizadas a través de los instrumentos que el sistema, históricamente, ha creado para su propia protección y supervivencia: las fuerzas de "orden público", la ley, el Estado, etc. A pesar de todo ello, como decimos, ha sido necesario imbuir al pueblo en prácticas irracionales de autorrepresión que les permitieran alejarse, en la medida de lo posible, de la triste realidad que padecen, y les haga perder la conciencia real de su propia existencia. Las religiones, y en particular las de corte cristiano, han sido en otros tiempos piezas clave, jugando un importante papel enajenador (aún hoy en día lo hacen) en civilizaciones y sociedades como la nuestra, que son buen ejemplo de ello. Ahora, cuando esas religiones tienen menos influencia en la tarea alienadora del pueblo, nuevos "opios" aparecen en escena para mantener la carga de irracionalidad y manipulación que el sistema requiere.

 

Hoy día, además, el desarrollo tecnológico es aprovechado también para llevar a cabo esta labor. Redes sociales, sobre todo, contribuyen a la tarea alinenadora cultivando la inmediatez, la frivolidad, la escasez de análisis intelectual. La clase dominante ha sabido hacer un excelente uso de ciertos avances tecnológicos, así como de ciertas prácticas y hábitos sociales. Los medios de comunicación como canales de distribución, y los deportes como espectáculo de masas, constituyen el marco más adecuado para distraer y embelesar a la ciudadanía. En particular, el binomio TV-FUTBOL se ha convertido en la droga legal más poderosa que, para mayor facilidad de consumo, se expide a domicilio. Haremos un análisis más profundo en su momento, pero basta echar un vistazo a nuestro alrededor, para comprobar lo que decimos: pantallas gigantes en las plazas públicas, portadas en los telediarios, y conversaciones en cualquier momento y lugar demuestran claramente el avasallante poder del fútbol no ya como deporte, sino como nueva droga social.

 

De esta forma, nuevos opios para el pueblo (los mencionados y otros tantos, asociados a una pseudocultura, a los que haremos referencia en próximos artículos de esta serie), han venido a sustituir o a complementar a esas viejas prácticas religiosas que, sin dejar de cumplir su función, han quedado un tanto obsoletas, a pesar de las modernas intentonas de revitalización. Pero en el fondo, un pueblo que necesita de estos opios, que los consume, que los explota, que los sobrevalora, y que se basa en ellos para sus esquemas culturales y sus pautas de comportamiento, no deja de representar un pueblo profundamente alienado, profundamente enajenado por las fuerzas y clases dominantes, que durante siglos han perfilado los rasgos de la actual sociedad. Si sembramos el miedo, la incultura, la manipulación, la represión, y demás ingredientes que hemos estado sufriendo durante años (por circunscribirnos únicamente al siglo XX y lo que llevamos del presente siglo), el panorama social resultante no puede ser otro que el que describimos aquí. Continuaremos en siguientes entregas. 

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Published by Rafael Silva - en Psicología
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