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3 abril 2014 4 03 /04 /abril /2014 23:00

No vamos a referirnos esta vez a la clásica novela de Aldous Huxley, sino que, inspirándome en el artículo de Antonio José Gil Padilla titulado “Cuento de verano: Un mundo mejor, ¿es posible?”, vamos a describir, en el siguiente relato imaginario, la realidad soñada para los que, desde la izquierda, pretendemos que nuestros objetivos para esta sociedad no se queden en la utopía. Creemos en ellos, y nos mantiene vivos la ilusión y la esperanza de que, aunque no lo consigamos durante nuestra vida, siempre habrá más personas detrás de nosotros que seguirán persiguiendo el mismo sueño. De momento no pasa de ser un cuento cuasi fantástico, pero quién sabe algún día…El relato podría ser el siguiente:

 

Érase un país en el que todos sonreían, las calles estaban pobladas de gentes que se saludaban amablemente, cariñosamente, parecían felices. En los medios de transporte ocurría lo mismo: caras alegres, amabilidad a raudales. Los gobernantes eran gentes sencillas, ciudadanos que rotaban cada cierto periodo de tiempo. No eran ni líderes, ni estadistas. Cada uno de sus actos era consensuado con sus vecinos. Las grandes decisiones se tomaban de manera colectiva, las iniciativas de cada uno de sus pobladores eran recogidas y sometidas a la consideración del resto de la población. No había ricos ni pobres. El trabajo no dependía del capricho o la ambición de unos cuantos. Había una distribución de las tareas acorde con las capacidades de cada cual. Los bancos eran públicos, es decir, eran del pueblo, los beneficios se empleaban en su totalidad para mejorar los servicios.

 

El consumo era moderado, y las energías utilizadas totalmente renovables. La sanidad y la enseñanza eran totalmente gratuitas, y todos los centros educativos y los de salud eran públicos. La formación se centraba en el desarrollo intelectual y emocional de todos y todas, habiendo desterrado una práctica, heredada de otros mundos, que se limitaba, exclusivamente, a conjugar la memoria con la obediencia. No existían profesionales de la cultura que mercadeasen con su obra, no había pues un mercado del arte, ni deportistas, cantantes o actores profesionales que capitalizasen grandes fortunas. La población era polifacética: sabían tocar instrumentos musicales, cantaban, dibujaban, hacían deporte, representaban obras de teatro. La cultura, haciendo honor al la acción de cultivar, se practicaba y no se consumía.

 

Los términos competitividad y productividad, también heredados de otros lejanos lugares, habían sido sustituidos por igualdad y solidaridad. El afán de enriquecimiento de otras culturas había desaparecido porque los pobladores de este país habían alcanzado la condición de especie humana con todo lo que eso conlleva. No existían los Ejércitos, porque ese país no tenía necesidad de defenderse de ninguna amenaza militar. No existían Reyes ni Príncipes, pues todos los cargos representativos se elegían directamente por el pueblo.  Tampoco existían los mercados, porque todo lo que se producía se destinaba a satisfacer las necesidades de la comunidad, de toda la ciudadanía. Los medios de comunicación eran del pueblo y no había profesionales que firmaran contratos millonarios. Por el contrario, a ellos tenían acceso cualquier ciudadano que tuviera algo interesante que contar.

 

La información no estaba manipulada por nadie, no era necesario engañar a un pueblo bien formado que sabía como actuar en todo momento. No eran necesarios opios para embelesar y distraer con mentiras. No existían dioses, ni sectas porque los ciudadanos habían adquirido la madurez suficiente como para no necesitar refugiarse en mentiras o inventos de gentes aprovechadas. Se estudiaba en los libros de Historia que hubo, antaño, otras culturas, otras civilizaciones, que funcionaban de otra manera, que afortunadamente se habían superado…Y colorín colorado…"

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