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14 noviembre 2014 5 14 /11 /noviembre /2014 00:00

"La crisis energética y la crisis alimentaria, entre otras provocadas contra los pueblos, se agudizan, el capitalismo sigue pisoteando impunemente todos los límites, y para asegurarse más negociados, EE.UU. impuso su lógica bélica en el Consejo de Seguridad de la ONU, en complicidad con la OTAN, también brazo armado del capitalismo. Además, la lógica bélica y su estética del horror, perfeccionan su "relato" con armas de guerra ideológico-psicológica travestidas como "transnacionales de la comunicación". Ahí fabrican miedo y mentiras con la bendición del "Consejo de Seguridad" de la ONU y pavimentan las autopistas del crimen por donde se pasea la OTAN"

(Fernando Buen Abad Domínguez)

 

 

 

 

 

Otro capítulo de las "hazañas" bélicas de EE.UU. en su historia reciente fue Afganistán. Al igual que en el resto de sus otros frentes, que venimos contando en esta serie de artículos, el balance fueron innumerables muertos, extensión de la pobreza y de la corrupción, caos de un Estado fallido, y ascenso de los talibanes, los grupos tribales más horrendos y fundamentalistas. A principios de 2014 aún quedaban en tierras afganas alrededor de 38.000 soldados estadounidenses y 5.200 británicos, con la promesa de retirarse del país antes de que finalice el año. El coste total de la guerra, desde 2001, la reconstrucción y la ayuda durante el mismo período fue de 641.700 millones de dólares, según el Centro de Estudios Estratéticos e Internacionales de Washington. Pues aún con estos "logros" de la guerra, actualmente las cifras del propio Gobierno afgano revelan que un 60% de los niños están desnutridos y que sólo un 27% de los afganos tiene acceso a agua potable. Muchos sobreviven sólo gracias a las remesas que reciben de los parientes que trabajan en el extranjero, o bien mediante el narcotráfico, que representa cerca del 15% del PIB de Afganistán.

 

estado_guerra_permanente_131.jpgY es que, al igual que en otros muchos episodios de los conflictos bélicos estadounidenses, después de 12 años de "intervención" norteamericana en aquél país, se ha terminado en un total fracaso. Los grupos talibanes no han sido derrotados, operan en todas partes del país, e incluso están listos para tomar el poder en algunas provincias en cuanto las tropas extranjeras partan a sus respectivos países. De esta forma, la nueva élite post-talibanes, formada al hilo de la intervención norteamericana, se caracteriza por una mezcla infernal de un sistema de señores de la guerra fanáticos del Islam yihadista. Por su parte, los procesos electorales son totalmente fraudulentos, e incluso se han expulsado del país las organizaciones internacionales encargadas de su vigilancia. Como siempre, todo este caos proviene de la tremenda ignorancia sobre la realidad de la sociedad afgana que todos los países y gobiernos occidentales poseen, unido a la arrogancia de las grandes potencias (norteamericana y británica, en este caso), lo que provoca que después de la marcha de las tropas extranjeras, el país quede sujeto a una era de anárquico pillaje, crueldad y vandalismo aún peores que antes de las intervenciones. Y como siempre, todo se lo debemos a EE.UU., que no puede sobrevivir en el mundo sin su estado de guerra permanente.

 

estado_guerra_permanente_132.jpgY desde 1999 (año de la llegada al poder de Hugo Chávez) hasta nuestros días, el mayor frente de "batalla ideológica" que los EE.UU. mantienen en su llamado "patio trasero", es decir, América Latina, es Venezuela. "Aún huele a azufre", aseguraba el Comandante Presidente Hugo Chávez Frías en la tribuna de la Asamblea General de la ONU, después del discurso de George W. Bush en ese mismo foro. Y es que el establishment norteamericano no soporta (al igual que le ocurre con Cuba, sometida a más de medio siglo de bloqueo) que puedan existir regímenes anticapitalistas en el resto del mundo, que puedan hacerle sombra y demostrar que otro mundo es posible. Desde las primeras experiencias de la revolución bolivariana llevadas a cabo por Chávez, hasta los tiempos actuales con el Presidente Nicolás Maduro, que continúa su línea, los intentos de derrocamiento del gobierno venezolano han sido incesantes, y afortunadamente infructuosos. Ni qué decir tiene que la inteligencia estadounidense está detrás de todas las estrategicas locales (la oposición venezolana) e internacionales (el descrédito mediático) al que se ve sometido el legítimo gobierno de Venezuela. Los fascistas venezolanos no se rinden, continúan a la ofensiva, respaldados con el apoyo de Washington y de una amplia franja de la clase media y alta de Venezuela, así como de los representantes de las grandes empresas transnacionales que operan o tienen sede allí.

 

estado_guerra_permanente_133.jpgLa hostilidad norteamericana hacia el gobierno bolivariano se despliega en dos facetas: de un lado, como decimos, una campaña mediática internacional, donde los medios voceros del capitalismo y del imperialismo yanqui criminalizan al Presidente Maduro y a su Gobierno, insultándolo gravemente y difundiendo una execrable imagen del mismo, como si fuera una dictadura sangrienta y represiva. De otro lado, financiando a la guerrilla opositora local, a sus dirigentes y a sus medios, y a las empresas privadas instaladas en Venezuela, para que no cesen en sus actos violentos para desestabilizar al país, y así poder derrocar al gobierno. El tipo de fascismo existente en Venezuela es altamente dependiente del imperialismo estadounidense y de sus aliados, los caudillos militares colombianos. Están coordinados por todos ellos, y actúan bajo sus órdenes. Su intención no es más que destruir las Instituciones y los procedimientos democráticos venezolanos, de los que también se sirven como medios propagandísticos, para ganar espacio político, y difundir sus falsedades sobre el nivel de vida de la población. Las pandillas armadas combinan el terror en las calles con los procesos electorales, para ganar el poder estatal. Todo ello, como decimos, ocultando los tremendos logros y avances sociales de un gobierno popular, que ha casi erradicado el analfabetismo, y ha aumentado las posibilidades de la clase trabajadora.

 

estado_guerra_permanente_134.jpgLos fascistas son una fuerza organizada. Su financiación, armamento, logística, estrategia y acciones están escrupulosamente planificadas. Sus acciones no son espontáneas, ni son fruto de la respuesta popular a una represión gubernamental, como vocean  los medios imperialistas por todo el mundo. Su forma de operar consiste en reunir a diferentes corrientes cruzadas de grupos violentos, combinando frecuentemente profesionales de derecha, pandilleros de delincuentes a gran escala y traficantes de droga (especialmente en las zonas fronterizas), grupos paramilitares, mercenarios y conocidos delincuentes. Ellos constituyen la avanzada fascista, financiada por los principales especuladores con el tipo de cambio, protegidos por autoridades locales, y amparados por los inversionistas extranjeros y los representantes de las grandes empresas transnacionales. Por su parte, los burócratas universitarios de alto rango también mueven su cantera estudiantil. Todo lo cual forma un caldo de cultivo que emite bastante ruido, y es capaz de desestabilizar la normal convivencia ciudadana, de tal forma que sus decibelios hagan eco en la prensa burguesa internacional. Pero no nos engañemos: toda esta pléyade de delincuentes, criminales y terroristas hayan un terreno común bajo la protección política de los Estados Unidos, cuyo gobierno está firmemente empeñado en derrocar a la revolución bolivariana.

 

estado_guerra_permanente_135.jpgY los ataques son siempre torpedos a la línea de flotación de las Instituciones que garantizan y protegen los derechos de la clase trabajadora: por ejemplo, destruyen clínicas de salud para los pobres, escuelas públicas y centros de alfabetización de adultos en los barrios, las tiendas de comida subsidiadas por el Estado, o el sistema de transporte público. De esta forma, al destruir la infraestructura de la red de bienestar social, de la cual es beneficiaria toda la clase trabajadora, los fascistas intentan romper el vínculo social existente entre el gobierno y el pueblo venezolano. Los continuos asesinatos, ataques violentos y amenazas contra funcionarios públicos, el uso de artefactos incendiarios contra edificios y transporte público tienen por objetivo crear un clima de desconfianza, malestar y miedo que demuestre que el Estado es débil e incapaz de proteger la vida diaria de sus ciudadanos. Se trata, por tanto, de todo un sabotaje civil a las estructuras del Estado, con el fin de crear un clima social de desestabilización, que ponga al pueblo en contra de sus propias Instituciones. Es, de nuevo, un estado de guerra permanente patrocinado por el gobierno norteamericano, como primer actor interesado en el derrocamiento por la fuerza del Presidente Maduro, para conseguir aplastar la revolución bolivariana. Continuaremos en siguientes entregas.

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