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14 diciembre 2020 1 14 /12 /diciembre /2020 00:00
Filosofía y Política del Buen Vivir (118)

Todos los seres vivos tienen derechos. Incluso los seres vivos más sencillos, radicalmente desprovistos de subjetividad y conciencia, pueden vivir bien o mal: vivir bien, para uno de estos seres, será poder realizar óptimamente sus funciones vitales en un medio ambiente adecuado (…) Todos los seres vivos son pacientes morales que poseen un bien propio, un conjunto específico de capacidades, vulnerabilidades y condiciones de florecimiento que definen lo que para ellos es una buena vida

Jorge Riechmann

Estamos viendo hasta qué punto el Animalismo, entendido básicamente como una filosofía (y una política, pues ambas van también unidas) de comprensión y acercamiento al mundo animal, de armonía, respeto y compasión hacia el mundo animal, es absolutamente imprescindible bajo los marcos del Buen Vivir. Hemos de superar el "tradicionalismo" a que constantemente se refieren quienes pretenden perpetuar sus bárbaras prácticas, pero también hemos de incorporar el Animalismo como una más de las disciplinas que se unen al corpus teórico y práctico de la izquierda, al igual que el Pacifismo, el Ecofeminismo, el Ecosocialismo, el Decrecimiento, etc. En el fondo, como tantas veces hemos insistido en esta serie de artículos, se trata de una lucha encarnizada contra el feroz antropocentrismo que todo lo domina, y que se proyecta igualmente en esta sociedad capitalista, patriarcal, desarrollista y explotadora de todas las formas de vida. Y es que "para la izquierda clásica, los animales han sido considerados como meras unidades de producción, mientras que la derecha mantiene un distanciamiento antropocéntrico con raíces teocráticas, donde los animales han sido meros recursos con los que satisfacer y vanagloriarse de su posición como centro de la Creación; de ese modo, abusando de los animales, recalcan y refuerzan su idea de superioridad de origen divino", como nos explica Luis Víctor Moreno Barbieri, Vicepresidente de PACMA, en este artículo para el medio digital Contrainformacion. Y continúa: "Manteniéndonos al margen de esas caducas corrientes ideológicas, avanza imparable una nueva manera de comprender la realidad, en la que incluimos a los animales en nuestro círculo de consideración moral, en una forma evolucionada de relacionarnos con la naturaleza y con el resto de habitantes con los que convivimos en este planeta. Incluimos el respeto a sus derechos y consideramos los intereses de los animales en una nueva corriente política que no está adscrita a ninguna ideología anterior y que marca una diferencia y una Re-Evolución del pensamiento". Hoy día, la cosificación y explotación animal no tiene límites. Es por ahí por donde debemos comenzar, justamente por abolirla. 

 

Como nos explica Nuria Menéndez, Abogada y Directora del Observatorio Justicia y Defensa Animal en este artículo: "El sistema de explotación animal es el infierno en la tierra. No hay humanidad ni contemplaciones, solo kilos, litros y cifras económicas. Para estos seres esclavizados que se cuentan por billones nada de lo que les espera en su corta vida va a ser dulce o amable. Ni la muerte que pondrá fin a su mísera existencia". La Revolución Animalista persigue en primer lugar esta Liberación Animal, esta descosificación de los animales por parte del hombre, y en segundo lugar, una contemplación, un estatus y un tratamiento armónico y justo con el resto de animales no humanos que habitan la Tierra. Nuria Menéndez califica el trato que damos a los animales como "pandemia ética global", calificación con la que estamos muy de acuerdo. Tenemos que desandar parte de la historia de la humanidad, ya que la cosificación animal comenzó cuando nuestra relación con los animales dejó de ser simbiótica y se volvió parasitaria. Pero es que además, existe una clara y estrecha relación entre el bienestar animal y el cuidado medioambiental, o si se prefiere, el propio bienestar de la Naturaleza y del planeta. Veamos: muchos animales salvajes son explotados con objetivos de comercialización (pieles, colmillos, etc.). Pues bien, además del propio perjuicio animal, mediante estas prácticas también se daña al medio natural, pues éste es parte de un ecosistema y en el mismo, cada especie ejerce un rol determinado. Entonces, como resultado de estas prácticas humanas agresivas, se genera una pérdida de biodiversidad, hecho que impide el mantenimiento de un planeta saludable, rico y equilibrado. El bienestar animal se asocia de esta forma a un concepto holístico dado que comprende lo social y lo natural. Cuando atentamos contra el bienestar de los animales, en verdad estamos atentando contra el bienestar de todo y de todos. El mantenimiento de la biodiversidad es un aspecto sumamente importante para conservar los equilibrios naturales, y el hecho es que la acción humana la está alterando gravemente. En este artículo de Damian Carrington (editor de la sección de Medio Ambiente del diario The Guardian) para el medio digital Sin Permiso, que vamos a tomar como referencia, se da cuenta de que la humanidad ha eliminado a más del 60% de los animales (mamíferos, aves, peces y reptiles) desde el año 1970. 

 

Dicho artículo se basa en un Informe elaborado por 59 científicos para la organización WWF, donde los autores recalcan que dicha pérdida no es solamente una tragedia en sí misma, sino que también amenaza la propia supervivencia de nuestra civilización humana. El informe señala que el vasto y creciente consumo de comida y recursos por parte de la población global está destruyendo las redes de vida y destruyendo miles de millones de años de actividad, de la que la propia sociedad humana depende en última instancia para el aire limpio, el agua y los nutrientes. Según Mike Barret, Director Ejecutivo de Ciencia y Conservación de WWF: "Somos sonámbulos hacia el borde del abismo (...) Si fuera un 60% de la población humana, sería equivalente a destruir la totalidad de Norteamérica, Sudamérica, África, Europa, China y Oceanía. Esta es la escala de lo que hemos hecho". Algunos científicos predicen que incluso si esta destrucción masiva se detuviese hoy mismo, tomaría de 5 a 7 millones de años al mundo natural para recuperarse de tanta aniquilación, y volver a restaurar los equilibrios perdidos, así como la riqueza natural existente antes del comienzo de esta Sexta Extinción. El Índice Planeta Vivo, realizado por WWF para la Sociedad Zoológica de Londres, maneja datos de 16.704 poblaciones de mamíferos, aves, peces, reptiles y anfibios, representando en total más de 4.000 especies, para registrar el declive progresivo de la vida salvaje provocada por la acción humana. Entre 1970 y 2014, los últimos datos disponibles, dichas poblaciones cayeron en un promedio del 60%. Cuatro años antes, el declive fue del 52%. El Profesor Bob Watson, uno de los científicos del medio ambiente más eminentes del mundo, y actualmente Presidente de un Panel Intergubernamental sobre Biodiversidad, ha afirmado lo siguiente: "La naturaleza contribuye al bienestar cultural y espiritual humano, así como a través de la producción de comida, agua limpia y energía, y a través de la regulación del clima terrestre, contaminación, polinización e inundaciones (...) El Planeta Vivo reporta claramente manifestaciones de que las actividades humanas están destruyendo la naturaleza a un ritmo inaceptable, amenazando el bienestar de las generaciones presentes y futuras". 

 

La principal causa de pérdidas de vida silvestre es la destrucción de los hábitats naturales, muchos de ellos para crear plantaciones. Esto provoca el éxodo de animales desde su hábitat original en busca de otros, muchas veces provocando numerosos peligros para ellos en dicha búsqueda. Tres cuartas partes de toda la tierra del planeta están ahora significativamente afectadas por las actividades humanas, en mayor o menor grado. Matar para comida es la siguiente gran causa (300 especies de mamíferos están siendo comidas por el ser humano hasta la extinción), mientras que los océanos son masivamente sobrepescados, con más de la mitad en la actualidad siendo pescados industrialmente. La destrucción forestal, la caza indiscriminada, los vertidos contaminantes de las grandes empresas, la destrucción de ríos y lagos, etc., son las causas principales de extinción de muchas especies: elefantes africanos, orangutanes, tiburones ballena, albatros errante, jaguar, gaviales (un tipo de cocodrilo), salamandra china gigante, erizos, etc., son algunas de las especies que están siendo diezmadas brutalmente por todas estas causas mencionadas. Por su parte, la contaminación química y el comercio globalizado introducen nuevas enfermedades y especies invasivas en los ecosistemas, que alteran también los equilibrios naturales, provocan nuevos éxodos y disminuyen las poblaciones. Tanya Steele, Jefa Ejecutiva de WWF, ha sentenciado: "Somos la primera generación en conocer que estamos destruyendo nuestro planeta, y la última que puede hacer algo al respecto". Según este artículo de EcoPortal, la actividad humana pondrá en riesgo de extinción a 1.700 especies animales en el año 2070. No podemos permitirlo. Sería una destrucción de una magnitud absolutamente irreversible. Dicho riesgo de extinción será debido al expansivo uso de la tierra por parte de los humanos, que privan a los animales de cada vez más lugares donde vivir. Dentro de 50 años, según los científicos, el hábitat natural de algunas especies del planeta se verá reducido hasta en un 50%. Las zonas más afectadas para los animales serán el centro y el este de África, Mesoamérica, América del Sur y el sureste de Asia, debido sobre todo al desarrollo económico, al crecimiento demográfico esperado, y a los cambios en el uso de la tierra. La situación es, pues, ciertamente dramática. Otros modos de vida son y deben ser posibles. Han de ser posibles forzosamente si pretendemos no caer en el abismo civilizatorio, y el Animalismo es uno de los puntales que debemos preservar para ello. 

 

Y el Animalismo incluye también, como ya hemos citado en anteriores entregas, la actitud humana que debe desplegarse, en el sentido de intervenir en la naturaleza con objeto de ayudar a los animales no humanos. Por ejemplo (como ya se hace en algunos países, como India, Estados Unidos o Canadá), podemos distribuir comida a animales salvajes que se encuentren hambrientos debido a la escasez de recursos provocada por un clima extremo. El problema consiste en que estas actitudes no son generalizadas, sino que la ayuda normalmente se restringe a los animales que pertenecen a una especie amenazada, o solo se lleva a cabo si existe riesgo de que su aflicción se extienda a los humanos. Aquéllos que no satisfacen estas condiciones no reciben el mismo tratamiento y consideración, a pesar de experimentar los mismos niveles de sufrimiento. Pero como nos explican en este artículo para eldiario.es: "...la intensidad del sufrimiento de un individuo no depende del tamaño poblacional de su especie ni de los riesgos que suponga para otros seres sintientes. Así que no parece que existan razones que no sean arbitrarias para excluir a la mayoría de los animales de ser ayudados de esta forma y hacerlo cada vez que esté en nuestro poder prevenir o aliviar los daños que padecen". Como ya explicamos en alguna entrega anterior, es equivocada la visión idílica que muchas personas tienen sobre la vida de los animales salvajes, placentera y feliz. Y además, tampoco debemos pensar en ayudarles únicamente cuando su sufrimiento sea provocado por el ser humano, sino en ayudarles sin más, en sentido general, cuando lo necesiten. El mismo altruismo, consideración y empatía que desarrollamos con los humanos, hemos de desarrollarlo también hacia los animales. Todos ellos son seres sintientes, y nuestra consideración moral debe ser la misma, aunque establezcamos una especie de graduación en la valoración de unas vidas sobre otras cuando se presenten conflictos. En definitiva, el rechazo al Especismo, junto a la extensión de nuestro universo moral (para superar el Antropocentrismo), que ya hemos debatido en anteriores entregas, nos obliga a extender nuestra ayuda hasta incluir a todos los animales en situación de necesidad, tanto humanos como no humanos, tanto domésticos como salvajes. Continuaremos en siguientes entregas.

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11 diciembre 2020 5 11 /12 /diciembre /2020 00:00
Sáhara Occidental: el Régimen del Terror y del Silencio (I)

Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor

Desmond Tutu

Iniciamos aquí una nueva serie de artículos en la que, como su nombre indica, vamos a tratar de exponer la problemática del Sáhara Occidental, el origen del conflicto, su historia y situación actual. De entrada es un conflicto en el cual, como nos recuerda la cita de entradilla del gran líder sudafricano, la comunidad internacional viene siendo sorda y muda desde hace unas cuantas décadas, y por lo tanto, viene poniéndose del lado del opresor. Bien, hagamos siquiera un pequeño retrato histórico para poder ponernos en situación, y analizar en posteriores artículos los hechos con más calma. ¿Qué es el Sáhara Occidental? Situado en el noroeste del África, estamos hablando de uno de los lugares más hostiles e inhóspitos del planeta. Es por tanto un lugar sin interés geoestratégico para el resto del planeta, pero es objeto, como vamos a ver, de uno de los conflictos más largos y olvidados de la política internacional. Situado al sureste de Marruecos, estamos hablando de un territorio de una extensión comparable a la del Reino Unido, que cuenta con poco más de medio millón de habitantes. Se trata del pueblo saharaui, un pueblo nómada al que la dureza de su hábitat le obliga a moverse casi continuamente. Podríamos considerarlo como uno de los últimos grandes pueblos sin Estado que existen en el mundo. Como nos explica este interesante y didáctico vídeo de VisualPolitik que tomamos como referencia, el Sáhara fue durante siglos un simple lugar de tránsito entre Marruecos y Mali, por donde pasaban las caravanas dedicadas al comercio de la región. Cuando las rutas comerciales entre ambos países entraron en crisis, el Sáhara comenzó a ser una especie de tierra de nadie. A principios del siglo XVIII, el Imperio Español (todavía en auge en dicha época) comenzó a poner interés en este territorio por dos motivos principales: los caladeros de pesca de su costa, y la posibilidad de establecer puertos atlánticos más próximos al continente americano. En el año 1884 nuestro país reclamó como propio una parte mayor de dicho territorio, y años más tarde acordó con Francia el reparto del Sáhara, así como una nueva extensión de su área de influencia. Durante los años 30 del siglo XX, el Sáhara Occidental se convirtió de hecho en la última colonia española, y lo fue de facto hasta 1975, año de la muerte del dictador, y de la proclamación de Juan Carlos I como Rey de España. 

 

El régimen franquista estuvo interesado en mantener el Sáhara como colonia porque estaba convencido de que más tarde o más temprano iban a descubrir allí enormes riquezas ocultas. De hecho, tras el descubrimiento de algunos yacimientos de petróleo y fosfatos durante la década de los años 40, el régimen estableció una cooperación con algunas empresas de cara a su previsible explotación. Pero se trataba de recursos de muy difícil extracción, y la empresa quedó olvidada. Las minas de fosfato sí que supusieron un buen proyecto, y fueron explotadas durante las décadas de los 60 y los 70. Por aquél entonces, el Frente Polisario (movimiento de emancipación del pueblo saharaui) ya luchaba contra España por su autodeterminación. Las minas de fosfato fueron atacadas por este movimiento de liberación, por lo cual el proyecto también quedó torpedeado. En noviembre de 1975, el gobierno de Marruecos aprovechó la coyuntura: un convoy civil marroquí conocido como "La Marcha Verde", formado por unas 350.000 personas avanzó y ocupó el Sáhara Occidental. En nuestro país, con Franco muy grave y el proceso de la Transición en marcha, el Sáhara no era precisamente la mayor preocupación. El resultado fue que España abandonó a toda marcha todas nuestras posiciones en el Sáhara, que pasó a tener un nuevo ocupante. Marruecos no solo ocupó el Sáhara sino que se hizo con el control de la mina, que actualmente produce unas 30 millones de toneladas de fosfatos. Cada año, esta mina le proporciona a las arcas públicas marroquíes más de mil millones de dólares. A ello se suman los enormes caladeros de pesca saharauis. Desde entonces, el pueblo saharaui ha reclamado su independencia. La ocupación marroquí es una ocupación ilegal: a ojos de todos los tratados y convenios internacionales, incluso a ojos de las Naciones Unidas, el Sáhara no pertenece a Marruecos, pero al ser un territorio oficialmente no descolonizado, España sigue siendo a todos los efectos la potencia ocupante, y se la tilda de "potencia administradora". Bajo estos moldes, la independencia saharaui ni está ni se la espera. 

 

El Sáhara está realmente en un limbo legal, puesto que no es independiente, ni es marroquí, ni es español. He aquí la terrible paradoja, y el motivo por el que lleva luchando durante décadas el pueblo saharaui. La zona oeste del Sáhara está prácticamente controlada por Marruecos, pero una pequeña franja al este, más pobre en recursos, está controlada por el Frente Polisario. En 1976, el Frente Polisario estableció en Argelia una especie de gobierno en el exilio, el Gobierno de la (autoproclamada) República Árabe Saharaui Democrática. Hoy día, más de 50 países a nivel internacional reconocen a este Gobierno en el exilio, pero Marruecos, la potencia ocupante de facto, en vez de replegarse, ha ido desde los años 80 controlando cada vez más territorio saharaui. A medida que ha ido extendiendo su control, Rabat ha ido construyendo hasta un total de seis muros para intentar contener el avance del Frente Polisario. En 1975 nuestro país firmó los llamados Acuerdos de Madrid con Marruecos y Mauritania. Según estos acuerdos, España transfería la labor administrativa del territorio saharaui a Marruecos y Mauritania, pero estos actores se desentendieron de dicha tarea. La ONU no reconoce como válidos estos acuerdos, porque no está permitido transferir el control de una metrópoli a otra de un territorio considerado colonizado, sin contar además con la voz y la opinión de su población. La ONU tiene encargado a España el proceso de descolonización del Sáhara, que ha de llevarse a cabo a través de un referéndum. Y aunque Marruecos es quien posee todo el control de facto, la ONU no puede reconocer la ocupación marroquí como legal porque eso sería sentar un peligroso precedente internacional. Por otra parte, Marruecos tiene como objetivo la plena anexión del territorio saharaui, algo a lo que evidentemente el Frente Polisario se opone. La situación lleva décadas empantanada, pues ningún actor del conflicto da ningún paso decisivo que pueda desbloquearla, y el pueblo saharaui no cesa en su empeño de reclamar el referéndum de autodeterminación. 

 

La ocupación marroquí ha propiciado el establecimiento de colonos, que ya suponen prácticamente la mitad de la población del Sáhara. Y con mano de hierro, la monarquía marroquí siempre ha reprimido violentamente cualquier intento o conato de rebelión por parte del pueblo saharaui, así como impedir la más mínima libertad de expresión. La ONG Amnistía Internacional viene denunciando sistemáticamente la continua violación de los Derechos Humanos que se produce en esta pequeña franja del mundo. Y España, como venimos contando, que es quien de verdad debería haber tomado cartas en el asunto de una forma valiente y decidida, ni está ni se le espera. En aras a mantener su amistad con el vecino marroquí, nuestro país siempre ha mostrado una cobardía y una tibieza indignas en este asunto. En resumidas cuentas, el pueblo saharaui lleva 40 años de lucha y exilio. Bien, hasta aquí el relato rápido, para poder hacernos una composición de lugar. Pero comenzaremos a contar la historia con detalle. Tomamos a continuación como referencia este artículo de Pablo A. de la Vega, publicado en el medio digital Rebelion. El Sáhara Occidental está situado en el noroeste del continente africano, con una superficie de 284.000 km2. Limita al norte con Marruecos, al oeste con el Océano Atlántico, al sur y sureste con Mauritania, y al noroeste con Argelia. Su población, cuyos idiomas son el árabe y el castellano, bordea el millón de personas. De acuerdo a las múltiples Resoluciones de las Naciones Unidas y el dictamen de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, España, como potencia colonizadora, tenía la responsabilidad internacional de conducir el territorio saharaui a la descolonización, pero en vez de ello, lo abandonó en 1975 y lo entregó a Marruecos y a Mauritania, mediante los ilegales Acuerdos Tripartitos de Madrid. Entonces, una parte de la población saharaui se desplazó, bajo los bombardeos de la aviación marroquí, a la frontera con Argelia, estableciendo allí los Campamentos de Refugiados Saharauis, bajo la dirección del Frente Polisario, donde sobreviven hasta la fecha gracias a la ayuda humanitaria internacional. La otra parte del pueblo saharaui permanece bajo la violenta, injusta e ilegal ocupación marroquí, sufriendo sistemáticas violaciones a sus derechos humanos, por parte de las autoridades marroquíes y sus fuerzas represivas. 

 

La República Árabe Saharaui Democrática (RASD) fue proclamada el 27 de febrero de 1976, coincidiendo con el anuncio oficial del Reino de España de su retirada del territorio, sin atender a sus tareas de descolonización. Y ahí comenzó el calvario para el pueblo saharaui. Dos años más tarde, en 1978, Mauritania se retiró del conflicto armado; sin embargo, el Frente Polisario continuó su lucha armada durante los siguientes 16 años contra el Reino de Marruecos, que había extendido su ocupación sobre la parte del territorio que estaba anteriormente bajo dominio mauritano. A partir de ese momento, y como siempre ocurre en estos casos, comenzó una lucha diplomática para que terceros países reconocieran a la República Saharaui. La RASD, que goza del reconocimiento de alrededor de 85 países, es un Estado democrático que ejerce su plena soberanía sobre los territorios liberados. Es miembro constituyente de la Unión Africana (UA) y mantiene relaciones diplomáticas al más alto nivel con la mayoría de los países de África y América Latina. Por su parte, la potencia ocupante de facto, el Reino de Marruecos, se encuentra fuera de la Unión Africana desde 1984, debido precisamente a su ocupación del territorio saharaui. Marruecos y España no hacen nada por acabar con el conflicto, por lo visto su opción es eternizarlo, abandonando a su suerte al pueblo saharaui, y mientras todo ello ocurre, el resto de la comunidad internacional (como en tantos otros asuntos, véase sin ir más lejos el conflicto palestino-israelí, que ya desarrollamos en otra serie de artículos de nuestro Blog) ni se moja en el asunto, ni insta a que se mojen otros de forma tajante. El Derecho Internacional y los Derechos Humanos, una vez más, vilmente pisoteados por los intereses unilaterales de unos cuantos países. En el año 1991 se firmó y declaró el Alto el Fuego entre Marruecos y el Frente Polisario, y la ONU arrancó el compromiso mayoritario de celebrar un referéndum de autodeterminación para el pueblo saharaui. Pero desde entonces, la monarquía marroquí ha obstaculizado este proceso por intereses exclusivamente particulares, con la complicidad de España (que es quien hemos dicho que tiene de verdad la responsabilidad legítima originaria), en contra de toda legitimidad y legalidad internacionales. El Sáhara Occidental representa el último vestigio del colonialismo en África, así que solo una acción decidida y valiente de las Naciones Unidas podrá alcanzar una solución justa y definitiva para el conflicto de esta región del planeta, tantas veces ignorada, relegada y postergada, y siempre negada de facto. Continuaremos en siguientes entregas.

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9 diciembre 2020 3 09 /12 /diciembre /2020 00:00

La sexualidad es el placer más accesible, universal y gratuito. Es el bien más democráticamente repartido y forma parte de la vida y de la persona. Someterlo a relaciones de poder, de humillación o de apropiamiento quita dignidad a las personas

Enrique Javier Díez Gutiérrez

También se podría argumentar (y de hecho es un buen argumento) que lo más urgente sería sacar de la precariedad vital a las mujeres que o bien están siendo objeto de trata por parte de las mafias (tras su liberación), o bien no poseen otra mejor alternativa que dedicarse a la prostitución. Bien, he aquí una propuesta para un gobierno mínimamente decente: en vez de beneficiarse de los impuestos recaudados a través de la industria del sexo ("empresas" y locales correspondientes), los gobiernos podrían (deberían) embargar los bienes en posesión de dicha industria, e invertirlos en el futuro de las mujeres que están en el mundo de la prostitución, proporcionando recursos económicos y alternativas reales para que puedan vivir de forma autónoma. En el fondo se trataría de apostar por una intervención preventiva de las causas frente a la represora de las consecuencias, exigiendo al gobierno y a las administraciones erradicar la precariedad del mercado laboral y las condiciones de explotación que en él se viven, que provocan el que la prostitución sea a veces la única alternativa para poder pagar las deudas o mantener a la familia. Es evidente que si erradicáramos (o minimizáramos) el impacto de la precariedad sobre los mercados laborales, las alternativas que ahora mismo no sirven para aliviar la precariedad vital de muchas mujeres se volverían útiles para dicho objetivo, y la prostitución dejaría de ser una opción válida. Pero sobre todo, la mejor política consiste en centrar la acción en la demanda, a través de la denuncia, persecución y penalización del prostituidor (cliente) y del proxeneta. Se trata de una política que en ningún caso se dirige contra las mujeres prostituidas, a quiénes el abolicionismo ni juzga ni persigue, ni pretende su penalización o sanción. La ley del Gobierno Sueco 1997/98:55 sobre la Violencia Contra las Mujeres, prohíbe y penaliza la compra de “servicios sexuales”. Es un enfoque innovador que se centra en la demanda de la prostitución. Suecia cree que “prohibiendo la compra de los servicios sexuales, la prostitución y sus efectos perjudiciales pueden contrarrestarse de una manera más efectiva que la que ha existido hasta ahora”. Y lo que es más importante, esta ley claramente afirma que “la prostitución es un fenómeno social no deseable” y que es “un obstáculo para el actual desarrollo hacia una igualdad entre hombres y mujeres".

 

La compra de servicios sexuales queda identificada en la ley sueca como una práctica de violencia, en este caso de "violencia remunerada" que confirma y consolida las definiciones patriarcales de las mujeres, cuya función primera sería estar al servicio sexual de los hombres. Ésta es la base para comprender la auténtica dimensión del fenómeno prostitucional, si pretendemos realmente acabar con él. No caben por tanto las medias tintas, las soluciones tibias, el mirar para otro lado. Creemos que el abolicionismo básicamente consiste en impedir que se den las circunstancias para que el hecho de la prostitución pueda darse, y en ese sentido, impedir que la demanda se materialice es fundamental para la consecución de dicho objetivo. En el fondo, se trata de deslegitimar social y públicamente a los prostituidores (clientes), como principales actores responsables de esta forma de violencia. Se debe evitar toda forma de regulación o de institucionalización de una práctica que entendemos incompatible con la definición misma de persona, que va contra su dignidad, y que refuerza los lazos y los engranajes patriarcales de las sociedades. Pero no nos engañemos: en el fondo se trata de superar el capitalismo como sistema económico y social, que es el que genera estructuralmente explotación internacional, normaliza las actividades más aberrantes, institucionaliza la precariedad laboral, difunde y extiende el hambre y la pobreza, afianza las relaciones patriarcales, y todas ellas son las causas y el origen último de la mayor parte de la prostitución actual. Por su parte, Carlos París, filósofo, escritor y Presidente del Ateneo de Madrid, en este artículo para el medio publico, lo explica en los siguientes términos: "¿Regular el ejercicio de la prostitución? ¿O eradicarla? Si queremos orientar el debate por un camino humana y éticamente correcto --más allá de los importantes intereses que en este terreno se mueven y de las fáciles soluciones conformistas, que no contrarían a tales intereses--, habría que partir de dos principios básicos. En primer lugar, los seres humanos no pueden ser considerados y tratados como mercancías. En segundo lugar, la utilización del propio cuerpo, para la prestación de servicios sexuales, económicamente retribuidos, no es un trabajo. A estos dos principios negadores podríamos añadir un tercero de carácter afirmativo: las relaciones sexuales entre seres humanos, en una sociedad emancipada, deben ser libres, mutuamente consentidas y desarrolladas en condiciones de igualdad". 

 

Incluso en el reducido ámbito de la llamada "prostitución de lujo" tenemos dudas de que la actividad de la prostitución se lleve a cabo de una forma completamente "libre". Veamos: se trata de mujeres que, sin padecer los efectos terribles de la pobreza y de la miseria (motivo por el que hemos explicado que muchas de ellas se ven obligadas a ejercerla como única vía de emancipación económica), se entregan a esta práctica con un selecto personal de gran poder adquisitivo, a fin de poder disfrutar de bienes, productos y servicios a los que no podrían acceder por otra vía. La prostitución les permite la entrada a un mundo de riquezas y caprichos a cambio de servir de "compañía" y para relaciones sexuales de varones poderosos. Sin embargo, como decíamos, bajo la falsa pretensión de libertad, no deja de actuar (en un contexto capitalista y consumista, agente "creador" de las necesidades) la sutil e invasora propaganda que ilusiona con el escaparate de tentadoras formas de vida y de fácil éxito. De esta forma, las prostitutas de lujo también son hijas de una sociedad alienante y desquiciada, que contempla cómo una relación mercantil con su propio cuerpo puede servir de intercambio para alcanzar bienes materiales de alta gama. Rodeadas de placeres, lujo y caprichos, y conociendo personajes de vida adinerada, en el fondo, no dejan también de ser y estar presas de un mundo perverso que coloniza el cuerpo de las mujeres como un bien mercantilizable, y por tanto, sujeto a la violencia patriarcal. Carlos París lo explica de una forma muy sugestiva: "Un elemento clave en el debate sobre la prostitución es el reconocimiento de la degradación deshumanizadora que implica la relación sexual mercantilizada. Y que hace inaceptable su práctica en una sociedad de personas libres. El cuerpo de la prostituta, en cuanto objeto de pago, se convierte objetivamente --quiérase reconocerlo o no-- en una mercancía. Y el prostituidor se despoja de su personalidad para convertirse en puro dinero. En caricatura, podríamos sustituir su cabeza por una bolsa de monedas". La relación, aún en los casos de prostitución de "alto standing", es de clara asimetría, frente a la igualdad que debe regir las relaciones sexuales entre humanos. Y de claro dominio. El prostituidor tiene el poder económico y satisface su voluntad de poseer sexualmente el cuerpo de la mujer. La prostituida solo posee su cuerpo desnudo y ofrendado al poderoso. Nos encontramos, como asegura París, en la culminación del patriarcado. 

 

Entendemos, por tanto, que va quedando poco debate en torno a las supuestas ventajas de la posible regularización de la prostitución. El único debate posible sería cómo conseguir la abolición de la explotación sexual en la práctica, para una sociedad concreta, y por supuesto, a nivel mundial. De entrada, tres medidas serían urgentes y necesarias a tal fin: 1) Clausurar todos los centros de explotación (burdeles, clubes de alterne, lugares de carretera, puticlubs locales...), incluidos los que se camuflan bajo las actividades de hostelería, amparando así el proxenetismo; 2) Persecución del proxenetismo y del clientelismo de la explotación sexual, así como de su tan extendida publicidad (el ataque a la demanda de prostitución es trascendental para acabar con el fenómeno, como ya hemos analizado); y 3) Concesión inmediata de ayudas económicas y sociales para todas las mujeres víctimas de explotación sexual, con el mismo rango y la misma preocupación que las víctimas de la violencia de género (dicho sea de paso, otra de las crueles manifestaciones del patriarcado). En definitiva, creemos que criminalizando la demanda, desmantelando los clubes donde se ejerce, liberando a las mujeres de la influencia de dichas redes y proporcionándoles buenos sistemas de protección social, se daría un auténtico golpe masivo al fenómeno de la prostitución. Pero no solo: luego tenemos multitud de problemas añadidos. Veamos unos cuantos que no deberíamos dejar de considerar: el hecho de mujeres amenazadas en sus lugares de origen (a sus familias, lo cual dificulta su posible denuncia y liberación, tanto de ellas como de sus compañeras), la inmensa red de negocios cruzados que influyen en la prostitución (lo que implicaría desmantelar todas las relaciones entre ellos), el hecho de promulgar todo un entorno normativo (leyes, decretos..) que rechace de plano toda forma de prostitución, o el factor educativo, imprescindible para comprender el hecho prostitucional como la expresión más violenta del patriarcado, formando las mentalidades que en el futuro puedan rechazar dicho fenómeno de una forma radical. Téngase en cuenta también que la liberación de estas mujeres nos hará enfrentarnos también de lleno con los sectores más vulnerables, tales como las mujeres inmigrantes (irregulares) de la clase desposeída, con frecuencia marginadas por su situación no reglada, lo que implicaría igualmente darle una vuelta a nuestras arcaicas e injustas leyes de extranjería. 

 

A nivel planetario, acabar con el terrible fenómeno de la explotación sexual requeriría no solo extrapolar a todos los países las medidas indicadas anteriormente, sino perseguir de forma implacable todas las redes mafiosas de organización criminal que se dedican al tráfico de mujeres, lo cual ya es mucho más complicado, tanto por el poder de estas redes como por la voluntad política con que pueda emprenderse esta tarea. Quizá el mayor reto sea atender, mediante programas sociales de gran envergadura y amplios objetivos, las carencias de las mujeres prostituidas como uno de los sectores más vulnerables de las sociedades, para lo cual los enfoques y la voluntad política de los diferentes países deben remar en el mismo sentido. Pero volvamos a una idea matriz que sería el mejor antídoto contra la propia existencia de la prostitución: es necesario adoptar políticas preventivas, antes de que puedan existir mujeres que se vean obligadas a aceptar explotaciones abusivas. Pero ello requiere, y quizá sea el objetivo hoy día más inalcanzable, diseñar políticas para abolir la pobreza y la miseria, que son los principales desencadenantes de la esclavitud. Y ello pasa por diseñar medidas que extiendan los medios materiales de vida (como una Renta Básica Universal, por ejemplo) al conjunto de la población, en vez de los clásicos subsidios y medidas para los pobres, preñadas de requisitos absurdos, y que descolocan a los sectores más desfavorecidos, actuando con enormes filtros hacia ellos. Como nos indica Ignacio Aistaran en este artículo para el medio digital Rebelion: "Esto supone tanto como tener en cuenta la estructura de clases de la sociedad actual, la vulnerabilidad de los grupos sociales en la explotación, y pensar en cómo abolir los mecanismos de explotación, lo cual supone tanto como socavar y abolir las dinámicas del capitalismo. No hay otro camino. Todo lo demás son falsas promesas e hipocresía. El avance del neoliberalismo en estas décadas ha sido tan brutal que cosas que estaban claras en la izquierda hace décadas, como el fin de la explotación sexual, han sido olvidadas en las sociedades capitalistas. Ahora a las víctimas se les ofrecen como alternativa progresista la liberalización, la normalización y la regularización de las peores opresiones". Es evidente que los gobiernos, la sociedad de naciones a nivel mundial, ha optado por la globalización capitalista con todas sus consecuencias, en vez de apostar por la globalización de los derechos humanos y de su rigurosa protección. Otro gallo nos cantara entonces, y dejaría de verse la prostitución y la industria del sexo como un trabajo, para verse como lo que realmente es: la más cruel y despiadada versión de la explotación capitalista y patriarcal. Continuaremos en siguientes entregas.

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7 diciembre 2020 1 07 /12 /diciembre /2020 00:00
Viñeta: Olivier Ploux

Viñeta: Olivier Ploux

Llegará el día en que el resto de la creación animal adquiera aquellos derechos que les fueron negados por la tiranía. (...) La pregunta no es ¿si (los animales) pueden razonar? tampoco ¿si pueden hablar? sino ¿si pueden sufrir?

Jeremy Bentham (1789)

En la última entrega nos quedamos aportando algunos argumentos más, de los muchísimos que existen, en contra del especismo. Aún podemos aportar más: en la Wikipedia se explica: "Desde la teoría antiespecista se trata de evidenciar que los argumentos que se dan a favor del uso de animales no humanos tienen un trasfondo especista y que, por lo tanto, son arbitrarios. Algunos de estos argumentos resaltan aspectos como la racionalidad, la capacidad para usar un lenguaje u otras cualidades de tipo cognitivo que, en teoría, son características de los seres humanos y no de otros animales. Sobre estas diferencias se construye la discriminación que relega a los animales no humanos al plano de la mera propiedad, eximiéndoles de una verdadera consideración moral. El hecho que imposibilita que los intereses de los animales no humanos sean tomados en consideración es su estatus de propiedad. Al no ser considerados más que como objetos, bienes muebles, los intereses de éstos no pueden entrar en competición con los de su "dueño", ya que todo él está supeditado a la voluntad del propietario, el cual podrá darle el valor a su pertenencia que él estime". Desde una postura antiespecista, que evidentemente aboga por no considerar a los animales como cosas ni como propiedades de nadie, estamos en contra igualmente de las denominaciones de "mascotas" y otras similares que les asignan a los animales sus supuestos "dueños" (que no son tales, como estamos viendo). También estamos en contra de negar a los animales las características de racionalidad o lenguaje, ya que ellos/as son también poseedores de éstas en distintos grados. Poseen una inteligencia simplemente distinta a la nuestra, unas capacidades distintas a las nuestras, y un lenguaje distinto al nuestro. Es precisamente nuestra visión estrechamente especista la que les niega a los animales dichas capacidades, y da valor únicamente a las humanas. Solo hay que preguntar a cualquier persona que conviva o haya convivido con cualquier animal (monos, perros, gatos, pájaros, etc.) por las capacidades, el lenguaje y la inteligencia de dichos compañeros/as. No dudarán en responder y en explicarlo. 

 

Y por otro lado, hay que recordar y resaltar también el hecho de que no todos los humanos, y sobre todo si miramos cada persona a lo largo de toda su vida, poseen las capacidades ya mencionadas, y las poseen al cien por cien. De hecho, una gran cantidad de personas, entre las que se encontrarían personas con edades muy avanzadas, diversidad funcional intelectual o niños y niñas de corta edad, no poseen estos atributos, y no por ello se les niega un estatus moral particular. Es importante entender que no se trata de pequeñas minorías o colectivos marginales, ya que todos, más tarde o más temprano, pasamos por períodos de nuestra vida durante los cuales carecemos de estas capacidades, o bien las poseemos de forma mermada, y por tanto, según esta línea argumentativa, se nos debería privar de toda consideración moral, o de nuestros derechos. Esto evidentemente no sucede, siendo así evidente el trasfondo especista que subyace en estos razonamientos. Exponemos toda esta casuística para rebatir y demostrar precisamente cuán profundo es nuestro enfoque especista, hasta qué punto estamos imbuidos en él como civilización, y qué difícil es erradicar todas estas concepciones, opiniones, actitudes y comportamientos. Pero en aras de una justicia y liberación animal, hay que hacerlo. Tenemos que conseguirlo como humanidad. No nos queda más remedio si pretendemos alcanzar como civilización un estadío de plena armonía con la Naturaleza y todos los seres vivos que ella alberga. No obstante, al hilo de este debate podemos enlazar con otro, porque recuérdese que estamos haciendo énfasis en aplicar nuestros criterios antiespecistas a todos los animales sintientes, pero es conveniente recalcar que no todos los animales lo son, y dado que gran parte del hilo argumentativo parte de esta afirmación, hoy día resulta ciertamente difícil establecer una línea clara que separe a los que son capaces de experimentar conscientemente dolor de los que no. Y ello porque es evidente que no es posible comparar la complejidad del sistema nervioso de un toro, de un caballo o de un chimpancé (muy similar al de nosotros los humanos) con la total inexistencia de éste en especies como la oruga o la hormiga. Para poder diferenciar animales sintientes (conscientes) de animales únicamente vivos, se pueden emplear una serie de criterios: 

 

1.- El primero es el criterio fisiológico. A tal respecto, podemos afirmar con seguridad que un determinado animal posee sensibilidad cuando está dotado de un sistema nervioso centralizado que le permite al sujeto no solo recibir los estímulos, sino tener la experiencia (placentera o dolorosa) que le ocasiona tal estímulo. Todos los animales vertebrados, los primates y todos los grandes mamíferos poseen esta característica (en ello se basa el sensocentrismo, en oposición al antropocentrismo).

 

2.- El segundo es el criterio de la lógica evolutiva. Bajo este criterio, podemos concluir que la posibilidad de sufrir y disfrutar posibilita a los seres con la capacidad de moverse, pudiendo así huir de aquello que les daña, y acercarse a lo que les puede beneficiar. Sería en cierto modo absurdo que el animal desarrollara tal sensibilidad, pero luego no pudiese efectuar desplazamientos. 

 

3.- El tercer y último criterio es la conducta. En este sentido, todo el lenguaje no verbal, es decir, todo el conjunto de gesticulaciones, posturas, sonidos, actitudes y comportamientos son manifestaciones que aportan motivos para creer que el sujeto puede estar sintiendo placer o dolor, y actuar en consecuencia. 

 

La Teoría de la Evolución de las Especies de Charles Darwin dejó todos estos aspectos bien sentados científicamente, y en ella nos basamos para asegurar la veracidad de dichos patrones y criterios con total rotundidad. En última instancia, existe una sola diferencia entre el Especismo y las demás formas de discriminación (racismo, sexismo...), que consiste en que a diferencia de otras víctimas de injusticias, los animales no humanos no pueden liberarse por sí mismos de la discriminación y la crueldad a que son sometidos. Por eso somos nosotros, los humanos antiespecistas, los que debemos luchar por ellos, por su liberación. El Antiespecismo es, desde este punto de vista, un movimiento político y social, con un objetivo global para la humanidad, que es tratar a todos los seres vivos sintientes bajo los mismos criterios, desarrollando la empatía y la compasión para con todas las criaturas que compartimos nuestro planeta. Como objetivo final, el movimiento antiespecista persigue la consecución de un escenario político no discriminatorio, en el que los intereses de todos los sintientes no humanos sean protegidos mediante mecanismos robustos de derechos y garantías, alcanzando no solo la instauración de corpus legales y normativos al efecto, sino también de la extensión generalizada de una mentalidad antiespecista que respete y abogue por un trato digno para todos los animales. Hay que insistir en que el rechazo al Especismo no es expresión de una simple preferencia personal, sino que es una posición ética: si el Especismo es una discriminación arbitraria, entonces está moralmente injustificada. Dicha posición ética se manifestará en el rechazo a todas las formas de maltrato, explotación y sufrimiento animal (que ya han sido básicamente comentadas), así como en luchar para conseguir mejorar las vidas de todos las especies animales, cada una en su contexto. En este sentido, el movimiento antiespecista debe remover conciencias colectivas, pero no solo de personas individuales o de grupos concretos, sino también, y sobre todo, de Estados, instituciones, gobiernos y corporaciones empresariales. Así mismo, es fundamental actuar sobre los mercados, tanto locales como globales, para alterar las relaciones de poder en favor de un saldo más positivo en el trato hacia los animales. 

 

Y por supuesto, el ámbito educativo es fundamental, porque como es lógico pensar, individuos educados en una sociedad menos dispuesta a tolerar los daños hacia los animales no humanos, y con menos dificultades para vivir sin explotarles, serán más receptivos a respetarlos plenamente. Pero viceversa, solo conseguiremos sociedades plenamente antiespecistas en el futuro, si previamente hemos educado a las generaciones futuras en dichos valores, para que los comprendan, los asimilen, los asuman y los practiquen. Hay que marchar hacia la liberación animal completa, absolutamente compatible con el Buen Vivir y toda su filosofía. El objetivo es alcanzar un futuro radicalmente diferente para todos los individuos sintientes, sin importar su especie u origen, un futuro de cooperación, de respeto, de integración, de armonía, de complementariedad, de dignidad, de colaboración, de empatía y de compasión para todos los seres vivos que integramos el gran ecosistema de la PachaMama, de la Madre Tierra. Como explica Manuel López Arrabal en este artículo para el medio digital Nueva Revolución: "Está claro que los avances que vayamos consiguiendo en este sentido irán aparejados, inexorablemente, de otros similares en el ámbito de la propia especie humana. En ambos casos, los logros de un lado repercutirán en el otro, puesto que todos los seres vivos estamos interrelacionados e íntimamente conectados. Formamos parte los unos de los otros, y por tanto, no podemos ignorar ni alejarnos del dolor que infligimos consciente o inconscientemente a los demás, sean humanos o no". Un grupo internacional de eminentes científicos firmó hace pocos años la Declaración de Cambridge sobre la Consciencia, en la que proclaman su apoyo a la idea de que los animales son conscientes en la misma medida en que lo son los seres humanos. En último término, la erradicación de la violencia especista, como cualquier otra clase de violencia, pasa por denunciarla, sacarla a la luz y darla a conocer. Esto permitirá que se vaya regulando cada vez más y mejor, en relación a las condiciones de vida de los animales. Y esta regulación normalizará las bases morales para nuevas sociedades antiespecistas, que no discriminarán entre humanos y resto de seres vivos. Aún nos queda mucho camino por recorrer en este sentido, pero es un camino que merecerá la pena ser recorrido. Continuaremos en siguientes entregas.

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4 diciembre 2020 5 04 /12 /diciembre /2020 00:00
Viñeta: Malagón

Viñeta: Malagón

Cada cierto tiempo las Fuerzas Armadas tienen que recordarnos quiénes son y de dónde vienen. Nos recuerdan que ganaron la guerra, nos recuerdan que los Reyes se criaron en las rodillas del dictador, nos recuerdan que sostuvieron al Rey y conspiraron con él, y nos recuerdan que casi nada ha cambiado

Luis Gonzalo Segura (ex Teniente del Ejército)

El hecho se ha vuelto a repetir una vez más. Y ya van muchas. Quizá demasiadas. Parece que nuestro estamento militar no ha avanzado mucho, ideológicamente hablando, desde 1936, cuando los golpistas se sublevaron ante el legítimo gobierno de la Segunda República (con la inestimable ayuda de los grandes empresarios y de la Iglesia Católica, que no se nos olvide). Siempre he pensado que, si la izquierda (me refiero a la izquierda verdadera, no a ese esperpento de jaula de grillos en que se ha convertido el PSOE) alcanzase alguna vez el poder político con una amplia mayoría (bastarían los 202 escaños que consiguió Felipe González en 1982), y comenzara a emprender las grandes transformaciones que este país necesita para evolucionar hacia una democracia real (me refiero sobre todo a un Estado Laico y Republicano, con democracia económica y protección a los más vulnerables de la sociedad), los militares (al menos un sector de ellos/as) se volverían a levantar en armas, y ello porque desde la muerte del dictador, los sucesivos gobiernos nunca han emprendido una verdadera tarea de democratización de las Fuerzas Armadas. Bien, pues en estos días ha sucedido lo siguiente: ha bastado que las fuerzas políticas de la izquierda republicana catalana (ERC) y vasca (EH Bildu) proclamen su intención de votar a favor de los Presupuestos Generales del Estado, para que un total de 73 altos mandos militares retirados envíen una carta al Rey criminalizando al actual Gobierno de coalición, acusándolo, entre otras lindezas, de “socialcomunista apoyado por filoetarras e independentistas”.

 

Básicamente, los ex militares firmantes de la misiva han hecho suyo el discurso que Vox presentó recientemente en la Moción de Censura contra el Gobierno de coalición, y alertan de los supuestos riesgos que corre “la cohesión nacional tanto en su vertiente política como económica y social”. Según el diario El País, los militares han mostrado su apoyo y lealtad al monarca “en estos momentos difíciles para la Patria”. Sin embargo, bien poco les preocupaba la patria cuando el anterior Gobierno del PP recortaba derechos y libertades a mansalva, destrozaba la vida de cientos de miles de personas, adulaba al sector financiero causante de la crisis, y ahogaba al pueblo llano incrementando la desigualdad y la desprotección social, además de estar podrido de corrupción. Claro, es que para los militares, los pobres no deben pesar mucho para la patria, para ese mugriento y excluyente concepto de patria que poseen. Tampoco parece afectar para su concepto de patria la fuga del Rey Emérito, tras destaparse por la prensa extranjera y nacional parte de sus tropelías, acogido en las “modélicas democracias” de Emiratos Árabes Unidos, sus grandes amigos de siempre. Pero aún hay más, como recoge Luna Izquierdo en el artículo de referencia, porque hace algo más de una semana, otros 39 altos mandos retirados del Ejército del Aire también remitieron una carta al Parlamento Europeo y al Rey Felipe VI en la que denunciaban nada menos que la “aniquilación de la democracia española”. De hecho, los mandos firmantes explicaron que se ponen a disposición de la Casa Real para “combatir” a quienes atacan a la Monarquía, al Poder Judicial, a la lengua castellana y a la independencia de la Fiscalía General del Estado. Ahí es nada. Y añadían: “Preocupados por la situación de deterioro en la que se encuentra nuestra Nación, a la que un día juramos defender, nos dirigimos a S.M. con el mayor respeto para exponerle nuestras inquietudes y reafirmar una vez más la total lealtad a nuestro Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas”.

 

Por su parte, el diario The Times también se hizo eco de la misiva, tras el vergonzoso silencio que los medios de comunicación dominantes en nuestro país le han dedicado al asunto. Y finalmente, la guinda de este macabro pastel la pone un grotesco grupo de WhatsApp que destapa la afinidad de algunos de sus integrantes con la ultraderecha más violenta y radical, y el franquismo. Se trata del chat “La XIX del Aire”, que instan nada menos que a fusilamientos indiscriminados y Golpes de Estado, por las bravas, y sin despeinarse. Destapaba inicialmente la noticia hace varios días el diario digital InfoLibre. Se trata de militares retirados pertenecientes a la XIX Promoción de la Academia General del Aire, entre los que se encuentra precisamente quien encabezó la carta anteriormente referida. Se cierra el círculo, por lo visto. En el chat se habla abiertamente de que “…no queda más remedio que empezar a fusilar a 26 millones de hijos de puta”, y otras lindezas por el estilo. En los mensajes hay “pronunciamientos y ataques furibundos a los partidos independentistas. Uno de los participantes envía un saludo de parte del líder de Vox, Santiago Abascal. En el audio se escucha a Abascal decir: “Buenas tardes, soy Santi Abascal y me dicen que es obligatorio saludar a este grupo. Un abrazo a todos y ¡Viva España!”. Recomiendo la lectura completa de los mensajes aparecidos en los referidos artículos, pues no tienen desperdicio, y nos proporcionan una perfecta idea de la calaña moral de sus autores, aunque algunos de ellos, entrevistados posteriormente por el referido diario, hayan negado haberse expresado en esos términos.

 

Los hechos que comentamos son de suma gravedad dentro del engranaje de una sociedad democrática, pues se trata evidentemente no de cualquier sector (no son los trabajadores/as de Correos, o los de Hacienda, o los panaderos o los futbolistas, o los profesores/as los que han enviado semejante misiva), sino de una parte de los militares retirados, por mucho que el Gobierno (a través del Ministerio de Defensa) pretenda quitarle hierro al asunto argumentando que la referida carta no ha tenido ninguna repercusión sobre los militares en activo del Ejército Español. También resulta muy significativo que el Rey no se haya pronunciado al respecto, máxime cuando la susodicha carta iba remitida a su persona. Sin embargo, el 3 de octubre de 2017 no dudó en dirigirse a la nación para apoyar la brutal represión que se ejerció sobre el pueblo catalán, cuando éste solo pretendía votar sobre su independencia. Pero volviendo a los militares, y como decíamos al comienzo, no es la primera vez que esto ocurre: ya en diciembre de 2019, en la revista publicada por la Asociación de Militares Españoles (AME), determinados militares retirados exaltaron la figura del dictador Franco en dicha publicación. Con la exhumación de Franco del Valle de los Caídos volvimos a vivir episodios esperpénticos. Y ahora, con el acuerdo con Bildu y ERC para los PGE de 2021, se vuelve a repetir el escenario. Una sociedad democrática no puede ni debe consentir estos hechos, que socavan la democracia, alteran la convivencia y constituyen un peligroso caldo de cultivo para los exaltados fascistas que aún pululan por ahí. Por el contrario, tenemos a valientes militares republicanos (la asociación ANEMOI les representa a nivel estatal) que han sido perseguidos, acosados y hasta expulsados del Ejército, simplemente por atreverse a denunciar o a replicar a estos militares antidemócratas. Hacen falta, por tanto, amplias reformas y profundas transformaciones en nuestras Fuerzas Armadas (y también por extensión en los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado) para limpiar todas las cloacas y acabar con todos los vestigios antidemocráticos que aún persisten, y desterrar de una vez por todas estas actitudes. Es hora de dejar de tener miedo a las Fuerzas Armadas.

 

¿Por qué ocurre esto? Pues básicamente, porque las Fuerzas Armadas no están al lado del pueblo, no respetan la soberanía popular (que es otra cosa bien distinta a la “soberanía nacional” a la que alude la Constitución). Precisamente en alcanzar ese objetivo consiste la tan necesaria y ansiada democratización de las Fuerzas Armadas que nuestro país necesita. El franquismo latente, de carácter sociológico pero también político y mediático, resulta, aún a más de cuatro décadas de la muerte del dictador, un lastre para soltar amarras democráticas en nuestro país. De hecho, tenemos a la ultraderecha de Vox en el Parlamento con 52 escaños, y a buena parte del Ejército (tanto en activo como en militares en la reserva) defendiendo sus mismos ideales, que no son otros que la defensa a ultranza de una cierta visión de España, una visión sectaria, caduca, anacrónica, excluyente y autoritaria que ya creíamos superada, que nos evoca y acerca a la imagen oscura, terrible, sangrienta y uniformizada de la dictadura franquista. La plena y definitiva superación del franquismo, ante este aterrador panorama, se vuelve una asignatura pendiente en nuestro país que es imperativo aprobar cuanto antes, si no queremos seguir corriendo un grave peligro de involución antidemocrática.

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2 diciembre 2020 3 02 /12 /diciembre /2020 00:00

Reduciendo a las mujeres a una mercancía susceptible de ser comprada, vendida, apropiada, intercambiada o adquirida, la prostitución ha afectado a las mujeres en tanto que grupo. Ha reforzado la ecuación establecida por la sociedad entre mujer y sexo, que reduce a las mujeres a una menor humanidad y contribuye a mantenerlas en un estatuto de segunda categoría en todo el mundo

Extracto de Informe de la ONU sobre la Prostitución en el Mundo (1992)

En nuestra última entrega incidíamos (basándonos de nuevo en el magnífico documento elaborado por Enrique Javier Díez Gutiérrez) en que uno de los argumentos de los que abogan por entender la prostitución como un trabajo estaba basado en que dicha actividad representaba una aportación socialmente útil, pero esta afirmación presupone que la necesidad sexual masculina es una necesidad biológica imperiosa, que no puede ser puesta en cuestión. Pero esto contradice el hecho evidente de que muchas personas, por circunstancias diversas, pasan determinadas etapas de su vida, de duraciones variadas, sin tener relaciones sexuales, sin que por ello se vean afectadas sus funciones vitales. De nuevo, estamos ante un argumento falaz que el capitalismo patriarcal ha alimentado durante siglos, y que entiende una cultura del consumo sexual masculinizada y mercantilizada. Y por otra parte, admitir el hecho de que ciertas mujeres, para cubrir sus perentorias necesidades, dada su precariedad vital, no poseen mejor opción "profesional" que la prostitución, es renunciar a la batalla política para incrementar el poder de las mujeres y tolerar las actividades extremadamente lucrativas y déspotas de la industria del sexo, para la cual el cuerpo de las mujeres es su materia prima fundamental. No negamos que cualquier mujer, durante su vida, y ante situaciones de extrema necesidad, haya optado por la prostitución como último recurso de salida a dicha situación, pero no por ello hemos de legitimar el hecho prostitucional como válido, o como una opción laboral disponible, al igual que cualquier otra. En definitiva, creemos que estos hechos no legitiman la opción de la prostitución como un trabajo, ni quitan valor a la postura abolicionista. Pensamos que en todos los casos y circunstancias, la prostitución constituye una enérgica modalidad de explotación sexual de las personas prostituidas, especialmente de mujeres y menores, y una de las formas más arraigadas en las que se manifiesta, ejerce y perpetúa la violencia de género. 

 

Está demostrado que la regulación de la prostitución no supone un control sobre la poderosa industria del sexo. Supone, eso sí, un control social, policial y sanitario sobre las mujeres prostituidas, especialmente de las mujeres que la ejercen en espacios abiertos, las más vulnerables de todas. Pero esta no es la solución. Entendemos que reglamentar la prostitución como un trabajo o una profesión supone quitar dicho fenómeno del ámbito de la clandestinidad (ciertamente tolerada), pero supone actuar en connivencia con el prostituidor, garantizándole las mejores condiciones para su deseo, y facilitándole el acceso, con concentración de mujeres para su elección, control sobre los locales, regulación de los mismos con buenas condiciones higiénico-sanitarias, y con productos controlados y sanos. En definitiva, supone mejorar las condiciones sobre las que la prostitución se ejerce, pero legitimando peligrosamente el fenómeno en sí mismo, validándolo como una opción laboral legítima, y por tanto consintiendo como sociedad la violencia que supone sobre el cuerpo de las mujeres, la trata de personas, y la existencia y el poder de las mafias que las controlan y mercantilizan. Todo ello no es tolerable en una sociedad que se precie de ser democrática, y que crea profundamente en los derechos humanos. En última instancia, la regulación no beneficia a las mujeres prostituidas, sino a los proxenetas, que pasan a denominarse "empresarios del sexo", concediéndoles un halo de respetabilidad (al igual que un empresario cafetero o juguetero, por ejemplo) y proporcionando a dicho sector una mayor "seguridad jurídica" (una peligrosa expresión que se utiliza mucho hoy día sin ser conscientes de lo que verdaderamente implica) y estabilidad legal, mediante marcos normativos que legalizan el hecho prostitucional, y que por tanto lo normalizan para el conjunto de la sociedad. Las mafias pasan a convertirse en corporaciones empresariales que cotizan en bolsa (como de hecho ocurre en Australia), y también beneficia a los propios clientes (prostituidores), pues también los aceptan y normalizan socialmente. En los países donde se ha intentado, la regulación ha expandido y aumentado la demanda de prostitución, incentivando a los hombres a comprar a las mujeres por sexo bajo un entorno social más permisible y de mayor aceptabilidad. Todo ello es lo que la postura abolicionista combate. 

 

Regular la prostitución como un trabajo equivale a aceptar implícita y explícitamente un modelo de relaciones asimétricas entre hombres y mujeres, un modelo de dominación injusto y desigual, que implica aceptar que los hombres poseen necesidades (sexuales) ineludibles que deben poder ser satisfechas mediante el uso (mercantilizado) del cuerpo de las mujeres. Entendemos que este enfoque supone una aberración en sí mismo, y por eso apostamos por la abolición. Porque si reglamentamos la prostitución, integrándola en la economía de mercado (una actividad que incrementa el PIB), estamos enviando el mensaje de que la prostitución es una alternativa viable y aceptable para las mujeres, estamos diciendo que no estamos en contra de ella, que no nos oponemos, y por tanto, no es necesario actuar ni remover las causas profundas que motivan el hecho, ni alterar las condiciones sociales que posibilitan y determinan a las mujeres a prostituirse (o a que las prostituyan). Tampoco se puede desvincular el tráfico de mujeres de la legalización de la prostitución, porque el tráfico es una consecuencia de la oferta y la demanda que rige el negocio de la prostitución a escala mundial. La legalización, por tanto, estimula y promueve el tráfico y empodera a las mafias. Legalizar la prostitución implica, por tanto, legalizar la violencia que se ejerce contra las mujeres, asumirla y normalizarla socialmente. Según un estudio de la Universidad de Londres (2003), la legalización o regulación de la prostitución condujo (en los países estudiados, Australia, Irlanda y los Países Bajos) a un drástico aumento en todas las facetas de la industria del sexo, un marcado incremento del crimen organizado en dicha industria, un dramático aumento en la prostitución infantil, una explosión en la cantidad de mujeres y niñas extranjeras traficadas hacia la región, así como diversos indicadores que mostraron un incremento en la violencia contra las mujeres. Sin embargo, entre todos los casos estudiados, Suecia es un caso especial que demuestra nuestra tesis, pues sus resultados han sido distintos. De hecho, Suecia ha disminuido drásticamente la cifra de mujeres dedicadas a la prostitución. La "solución sueca" se inició en el año 1999, cuando tras años de investigación y estudios, se aprobó una ley que penaliza la compra de servicios sexuales y despenaliza la venta de los mismos.

 

¿Cuál es el secreto? Pues veamos: la novedosa lógica que hay detrás de esta inteligente legislación se advierte claramente en la literatura del gobierno sueco aportada sobre la ley en su exposición de motivos: "En Suecia la prostitución es considerada como un aspecto de la violencia masculina contra mujeres, niñas y niños. Es reconocida oficialmente como una forma de explotación de mujeres, niñas y niños, y constituye un problema social significativo...la igualdad de género continuará siendo inalcanzable mientras los hombres compren, vendan y exploten a mujeres, niñas y niños prostituyéndoles". Queda por tanto absolutamente claro. Nos parece que éste es el único enfoque realmente digno para acabar con el problema. La conclusión se nos ofrece nítida: la erradicación de la demanda es la única fórmula para abolir la prostitución. Como explica Díez Gutiérrez: "Además de la estrategia legal de dos vías, un tercer y esencial elemento de la ley sueca sobre la prostitución provee que amplios fondos para servicios sociales integrales sean dirigidos a cualquier prostituta que desee dejar esa ocupación; también provee fondos adicionales para educar al público. Siendo así, la estrategia única de Suecia trata la prostitución como una forma de violencia contra las mujeres, en la cual se penaliza a los hombres que las explotan comprando servicios sexuales, se trata a las prostitutas, en su mayoría, como víctimas que requieren ayuda y se educa al público para contrarrestar el histórico sesgo masculino que por tanto tiempo ha embrutecido el pensamiento acerca de la prostitución. A fin de anclar sólidamente su visión en terreno legal firme, la ley sueca referida a la prostitución fue aprobada como parte de la legislación general de 1999 sobre la violencia contra las mujeres". Es decir, es un texto integral contra toda forma de violencia hacia las mujeres el que de hecho ataca la prostitución como un fenómeno más encajado en dicha órbita, y dictamina que la forma de abolir el mismo es criminalizar la propia demanda. Pero obsérvese que para que un gobierno actúe de esta forma primero tiene que dejar de entender el fenómeno prostitucional desde la óptica de los hombres que se benefician de él.

 

Es decir, considerar a las prostitutas como víctimas de coerción y violencia por parte de hombres requiere que un determinado gobierno que se lo plantee, en primer lugar pase de entender y mirar la prostitución desde la óptica masculina, a contemplarla desde los ojos de las mujeres. Este cambio de enfoque es primordial, sin el cual es imposible diagnosticar adecuadamente el fenómeno. Y los países, en su inmensa mayoría (si no es que prácticamente todos), continúan viendo la prostitución y cualquier otro asunto desde una óptica predominantemente masculina. Por eso, Suecia, en contraste, ha sido líder en promover la igualdad de las mujeres y los hombres durante mucho tiempo, y también destacó en esos momentos (comienzos del presente siglo) por tener la más elevada proporción de mujeres en todos los niveles de responsabilidad, tanto en el ámbito privado como en el público. En 1999, cuando se aprobó la ley a la que hemos hecho referencia, una trascendental ley sobre la prostitución, no solo pionera sino que estableció un enfoque diferente, el Parlamento sueco ya estaba conformado casi en un 50% por mujeres, es decir, era prácticamente paritario. ¿Qué hay que hacer, entonces? Aspirar a una ley como la sueca, exigir que el planteamiento para la prostitución sea abolicionista, y de momento, se puede ir combatiendo lo que ya existe y está más o menos normalizado: que se persiga a los proxenetas que campan a sus anchas en los diferentes clubs de alterne, los burdeles de carretera, que todo el mundo conoce y tolera. Un siguiente paso debe ser enfocar la prostitución criminalizando quien la promueve y favorece la existencia de la misma, que no son otros que los prostituidores, los mal llamados "clientes" (el neoliberalismo también extiende este término hacia todos los sectores, y así también son llamados "clientes" los enfermos de un hospital privado, o los alumnos y sus padres en los colegios privados). Hay que situar el foco sobre un hecho fundamental: no existe prostitución ni mujer prostituida sin el hombre prostituidor. Y en esta misma línea, el siguiente paso sería dejar de actuar en connivencia con el prostituidor abonando la tesis regulacionista, sino apostar por una visión abolicionista centrada precisamente sobre la existencia de la demanda, y poniéndole la vida difícil a los hombres que desean seguir comprando sexo. Continuaremos en siguientes entregas.

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30 noviembre 2020 1 30 /11 /noviembre /2020 00:00
Viñeta: Ramón Díaz Yanes

Viñeta: Ramón Díaz Yanes

Hasta que la compasión del ser humano no abarque a todas las criaturas, el hombre no alcanzará la paz

Albert Scheweitzer

Y es que el ser humano lleva librando una suerte de guerra contra los animales, acuciada sobre todo desde la extensión del capitalismo globalizado. No es que antes del capitalismo existiera conciencia animalista, que no existía, pero es a través de la difusión global del capitalismo y de sus peligrosos valores cuando la guerra del capital hacia todas las formas de vida en el planeta se desata con más furia. Y los animales, en este sentido, como los individuos más indefensos, están en la diana del mismo. Pues bien, dicha guerra contra los animales tiene multitud de consecuencias graves para ellos (algunas ya las hemos analizado, y otras se verán más en profundidad en sucesivas entregas), pero también para nosotros los humanos. Una de dichas consecuencias graves para los humanos, por desgracia, está muy vigente actualmente: nos referimos a la zoonosis, proceso mediante el cual se traspasan virus desde el mundo animal al mundo humano, tal cual ha ocurrido con la actual pandemia de Coronavirus (Sars-Cov-2). Tomaremos como referencia, para esta exposición, parte del trabajo que realiza Mónica Cragnolini para el libro colectivo "La Fiebre" (Ed. ASPO), titulado "Ontología de guerra frente a la zoonosis". En el siglo XXI, la zoonosis a las que les "hacemos la guerra" se hallan estrechamente vinculadas con el consumo de animales por parte de los humanos, sea de animales de producción, sea de animales de caza. Hemos de partir de la base de las pésimas condiciones a las cuales sometemos a los animales durante su captura, almacenamiento, distribución y posterior consumo, además de la propia destrucción de su hábitat, y las consecuencias que todo ello acarrea. Cragnolini explica: "En los animales de producción intensiva, el hacinamiento, las nutriciones inadecuadas, el uso de antibióticos y hormonas, el estrés sufrido por las condiciones de vida en jaulas o cubiles estrechísimos (en los que carecen de toda posibilidad de movimientos), producen continuamente enfermedades. En los animales que son objeto de caza, los cambios a nivel del hábitat y nicho ecológico; las migraciones a las que se ven obligados por el desmonte, por la erosión de los suelos; por el rellenado de sumideros para construir barrios cerrados, también generan enfermedades por virus que «saltan» a la especie humana". 

 

Desde hace décadas se viene advirtiendo (incluso desde organismos internacionales como la FAO) sobre las peligrosas consecuencias de la producción agropecuaria y la creciente demanda de carne animal para consumo, a nivel de impacto ambiental; ataque a la biodiversidad, degradación de aguas y suelos, contaminación, etc. El biólogo Rob Wallace señalaba, en 2016, que para las multinacionales de los agronegocios “vale la pena producir un patógeno que podría matar a mil millones de personas” porque se prioriza la ganancia por encima de cualquier otra cuestión. Y no son pocos los informes de virólogos señalando los peligros de la producción cárnica intensiva en esta generación de pandemias. Producción que está vinculada también con la desigualdad distributiva: es un pequeño porcentaje de la humanidad el que se alimenta de la carne de los animales de producción intensiva. El filósofo francés de origen argelino Jacques Derrida ha llamado «guerra santa contra el animal» a la violencia constitutiva del proyecto tecnocientífico en el proceso de humanización. Entendámonos: «humanizarse» ha significado «dejar de ser animal» para buena parte del pensamiento occidental, y ese proceso se ha encarado como «guerra» contra la animalidad. El adjetivo «santa», en la expresión derridiana, alude al hecho de que ninguna de las tres religiones monoteístas ha tenido en cuenta, en su regla de oro, al animal, como otro que debe ser respetado. Nietzsche, en "La genealogía de la moral", llamó a este proceso «odio contra lo animal». Nuestra vinculación con los animales que son traídos a la existencia solamente para ser consumidos, que viven una vida determinada en tiempo y espacio por nuestras supuestas necesidades, no puede ser pensada sino en estos términos de odio y guerra, enmascarados tras la idea de «necesidades de alimentación». Dejemos por tanto las cosas claras: la guerra no la iniciaron los virus, sino que la iniciamos nosotros. Desde este Blog no estamos de acuerdo con las expresiones belicistas para referirse a las epidemias y pandemias causadas por estos microorganismos, pero lo que sí tenemos claro es que si se usan, se han de usar en este sentido: el virus no nos hace ninguna guerra, sino que la guerra la estamos haciendo nosotros contra el mundo animal, y en último término, contra la Naturaleza y todas las formas de vida que ella alberga. 

 

Sí, la guerra la iniciamos nosotros. Y la iniciamos nosotros cuando nos montamos de manera soberbia sobre el modelo del hombre que «domina» la naturaleza a través de su cultura y sus valores. La guerra la iniciamos nosotros cuando creímos que todo lo viviente estaba a nuestro servicio, allí, «a la mano», listo para ser utilizado, manufacturado, consumido, aniquilado...Hoy día seguimos permitiendo, por ejemplo, que se quemen millones de hectáreas de bosques profundos (como está ocurriendo en la Amazonía, sin ir más lejos) para continuar disponiendo de enormes cantidades de terreno que dedicar, entre otras cosas, a los pastos y al ganado. Pero no somos conscientes (o si lo somos, pesa más para el capitalismo las supuestas "ventajas" de destruir el entorno natural) de que dicha destrucción es también la nuestra. Mónica Cragnolini finaliza su artículo con un alegato positivo y un llamamiento: "En los últimos días, hemos visto imágenes de la laguna de Venecia con sus aguas insólitamente claras, de cielos azules en ciudades antes plagadas por la contaminación, de plantas que vuelven a nacer y florecer en tierras aparentemente yermas. La cuarentena ha permitido ver algo de cómo es el mundo cuando se detiene la maquinaria de superhumanización, maquinaria devastadora de las formas de vida y contaminadora de todo el planeta. Sabemos que esta detención de la maquinaria productiva-apropiativa-extractiva no durará demasiado: una vez controlada la enfermedad, los engranajes volverán a engancharse y seguirán su ritmo obsesivo. Pero mientras tanto, tuvimos tiempo para pensar diversas cuestiones que tienen que ver con nuestro modelo de humanidad. Creo que «otro modo de ser» en relación con la tierra y la comunidad (de lo) viviente nos está reclamando hace tiempo. Tal vez estos días de aislamiento nos preparen para la escucha de ese reclamo que habitualmente preferimos silenciar". Nos parece muy optimista por su parte el creer que la actual pandemia de Coronavirus provocará en la especie humana este efecto. Pero la esperanza es algo que nunca podemos perder. Lo que sí creemos es que habrá quedado demostrado, después de muchas décadas de negarlo por parte de los poderes políticos y económicos, que un parón en determinadas actividades económicas, un replanteamiento de las mismas, una nueva mirada inclusiva hacia los más pobres y vulnerables, todo eso, es verdaderamente posible, y además es necesario. Es la semilla para alcanzar el Buen Vivir. 

 

Pero volvamos al mundo animal, que es el que nos ocupa. El hombre ha hecho de nuestro planeta un infierno para los animales, y la zoonosis es una de esas graves consecuencias de la destrucción, el maltrato, el sufrimiento y la muerte que causamos. Es una cuestión de simples equilibrios: en el mundo existen millones de virus (y de otros microorganismos), pero actuando dentro de un contexto y de un entorno limitados, del cual normalmente no salen, salvo cuando se producen, literalmente, invasiones del humano en dicho mundo. Y es que desde nuestra arraigada creencia de que somos el centro del planeta, y por tanto, de que todo gira a nuestro alrededor (Antropocentrismo), nace el prejuicio hacia otros seres no humanos, integrantes de la Naturaleza desde mucho antes que nosotros. Se trata del Especismo, como ya hemos explicado en anteriores entregas. El Especismo impregna una buena parte de nuestro lenguaje, de nuestros comportamientos, actitudes y pensamientos en las sociedades humanas. Es algo tan presente en nuestro subconsciente que a veces no nos damos cuenta. Subyace por ejemplo en nuestro lenguaje cotidiano, despreciativo hacia los animales: "Se comporta como un cerdo...", "Actuó como un animal...", y otros muchos, son claros insultos especistas. Y estos insultos, sin que tal vez lo percibamos, generan en nuestra psique una consciencia de separación y violencia. Y entonces nos llaman "gallina", "burro", "besugo", y otros calificativos, con plena normalización de los mismos. En este artículo del medio digital Nueva Revolución se explica: "Decía el filósofo Dominique Lestel: "La inteligencia animal no es una inteligencia humana menos evolucionada que la del hombre, sino sencillamente una inteligencia distinta". De hecho, muchos animales poseen unas capacidades inmensamente más potentes y perfectas que las de los seres humanos. Con un sentido de la orientación increíble, algunos han sido dotados con unos talentos de alta tecnología que a muchos de nosotros nos encantaría tener. Y, al igual que nosotros, encarnan el misterio y la maravilla de la consciencia. Porque cada especie dispone de la inteligencia y las capacidades que le son necesarias para sobrevivir". Piénsese, por ejemplo, en el olfato de los perros: ¿nos hemos parado a pensar qué poderío posee esa pequeña nariz perruna? Gracias a su olfato no solo saben la biografía casi completa de otro perro/a, incluso estando situado/a a cientos de metros de distancia, sino que su herramienta olfativa es más poderosa que un scanner, un TAC y una prueba química juntas. ¿Llegará el ser humano a diseñar alguna vez una herramienta tecnológica más potente e inteligente que el olfato de un perro? 

 

Pensemos en la variedad de animales, cada uno aportando sus propias capacidades, estilos y características: rápidos, veloces, vivos, listos, eficientes...entrañables, admirables, con una fidelidad y una capacidad de amor increíbles...Sobradamente dignos del respeto y de la consideración que indudablemente se merecen. Los humanos no somos quienes para maltratarlos salvajemente, convertirlos en esclavos o eliminarlos cruelmente. Ellos, al igual que nosotros, habitan este planeta. Ellos también tienen su razón de ser y existir en el Universo, y por tanto, tienen derecho a una vida digna, a disfrutar de ella, de su prole, del Sol, del aire, del agua, de la comida, de su parcela de libertad...Pero sin embargo, las atrocidades que cometemos contra ellos no tienen límite. Como se afirma en el artículo de referencia: "Las vibraciones de pánico, horror y sufrimiento atroz de billones de seres impregnan la resonancia energética del planeta. Tengamos la valentía de admitirlo y observemos nuestra absoluta carencia de compasión". Está claro que si esta situación se mantiene es porque se alimenta diariamente con nuestra propia indiferencia, con nuestra resistencia al cambio, y con nuestro escaso interés hacia el asunto. A ello se une también la enorme presión de los intereses políticos creados, así como de los lobbies económicos que se benefician del maltrato y del sufrimiento animal. Pero los hábitos, tradiciones  y costumbres creados por una determinada cultura pueden ser cambiados. Es algo que está suficientemente demostrado. Solo hay que disponer de una mínima voluntad para alcanzarlo, estar plenamente convencidos, y luchar con valentía para conseguirlo. El Especismo será superado por la humanidad, si antes no nos hemos destruido como especie ante el colapso civilizatorio que estamos propiciando. Pero superar el Especismo es, como decimos, condición sine qua non para alcanzar el Buen Vivir, esa vida en plenitud, en total armonía y cooperación, en igualdad, bajo la misma óptica de comparación de intereses, y en equilibrio y respeto con todas las formas de vida. Pero superar el Especismo, como estamos viendo, requerirá superar fuertes barreras, alcanzar amplios objetivos, consagrar unos nuevos valores morales, extender el universo moral más allá de nosotros los humanos, y difundir y normalizar nuevas éticas, normas de comportamiento que puedan ser asumidas por todos. Es una cuestión global, aunque se deba actuar localmente. Continuaremos en siguientes entregas.

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27 noviembre 2020 5 27 /11 /noviembre /2020 00:00

Hace pocos días se aprobaba en un primer trámite la nueva LOMLOE (más conocida como “Ley Celáa”), y tanto en el Congreso de los Diputados como en las calles aledañas al mismo los detractores de dicha Ley proclamaban al unísono: “¡Libertad!”. Cualquier observador externo, sin más datos, podría pensar que el nuevo texto legal es de carácter autoritario, que recorta las libertades a la comunidad educativa (padres y madres, alumnado y profesorado), y que por tanto es criticable bajo la óptica de una sociedad democrática. Nada más lejos de la realidad. Lo que ocurre, como vamos a exponer a continuación, es que la derecha política, social y mediática de este país viene apropiándose falsariamente de este término, impregnándolo de un significado y ensartándolo en un contexto que para nada le corresponde (salvando las distancias, los negacionistas de la pandemia de coronavirus también reclaman en las calles de las ciudades “¡Libertad!”, pero como estamos diciendo, son apropiaciones conceptuales del término absolutamente sesgadas, erróneas e interesadas). Cuando el pasado domingo miles de vehículos salieron en caravana por muchas ciudades de nuestro país, en protesta por la llamada Ley Celáa, y los periodistas se acercaban a preguntarles por qué estaban allí, las respuestas eran similares, a saber: “Porque reclamamos libertad para poder educar a nuestros hijos según nuestros principios”, “Porque queremos seguir teniendo libertad para llevar a nuestros hijos al centro que queramos”, “Porque esta ley restringe el derecho de los padres a impartir la educación que quieran a sus hijos”, y miles más de variantes.

 

En el fondo, todas las respuestas nos llevan a una misma, que es en sí una falacia, como vamos a exponer a continuación. De entrada, el concepto de “libertad” que los adeptos de la escuela concertada poseen es un concepto muy particular. La cuestión del consentimiento, de la “política de elección personal” descansa sobre una visión liberal occidental de los derechos humanos que eleva la voluntad y las elecciones individuales por encima de todos los otros derechos humanos y de toda noción de bien común. Y así, en su sacrosanta visión de la “libertad” individual no interviene el bien superior de la sociedad, pues en el fondo, bajo su prisma insolidario, egoísta e individualista, no creen en la misma. Nosotros pensamos, en cambio, que en nombre de una cierta concepción del ser humano y del bien común, la colectividad, a lo largo de la Historia, ha juzgado necesario con frecuencia poner límites a la libertad individual (venta de órganos, esclavitud, uso de drogas, etc.) para alcanzar un bien común superior. Esto es exactamente aplicable al caso que nos ocupa, porque frente al derecho humano fundamental y universal a la educación (tal como lo entendemos), no cabe la libertad individual de conceder privilegios a ciertos sectores, grupos o personas, para menoscabar los objetivos de la escuela pública, que son de todos. Se enarbola por tanto un supuesto derecho de los padres “a que sus hijos e hijas reciban la educación que sus progenitores deseen”, pero a costa del erario público, es decir, a costa del conjunto de la sociedad. He ahí donde reside la trampa.

 

Existe un hecho incontestable: no hay crecimiento de la escuela concertada sin recortes en la escuela pública, al igual que no existen ricos sin la existencia de pobres. Bajo los gobiernos conservadores y neoliberales, siempre apoyados en este asunto por la Conferencia Episcopal, la escuela concertada lleva en nuestro país un ritmo creciente durante las últimas décadas, que es directamente proporcional al decrecimiento de la escuela pública, medido éste en todas sus dimensiones (en personal docente, en recursos, en medios, en número de centros, etc.). Pero aún se escuchan más falacias en el argumentario de la derecha educativa: se dice que esta Ley (aún muy tibia y timorata) constituirá un “monopolio estatal” para la educación, cuando ni contempla la reducción de la escuela concertada (a lo más que se llega es a no financiar a los colegios que segreguen por sexos), ni la escuela pública es una “escuela estatal”. Es decir, que los mismos que desean un monopolio católico y privado para las escuelas, están en contra de un supuesto “monopolio estatal” que no existe ni existirá. Todo un desaguisado.

 

Por otra parte, que la escuela concertada tiene fines de negocio y empresariales, es decir, fines corruptos (en el sentido de que se alejan del objetivo primordial, que no es otro que satisfacer el derecho universal y fundamental a la educación) lo atestiguan sus poderosas cifras: su presupuesto es de más de 6.000 millones de euros al año, para un total aproximado de 2 millones de alumnos/as. Según datos del propio Ministerio de Educación, la educación concertada ha incrementado sus fondos en un 25% durante la última década (frente al 1,4% que lo ha hecho la escuela pública). A ello habría que sumar, en su caso, las correspondientes cuotas que deben aportar los padres de los niños y niñas que estudian en ellas. Y otro asunto escandaloso es la propia segregación social que la escuela concertada lleva a cabo: los hijos/as pertenecientes a familias con pocos recursos no pueden estudiar en la concertada, la concertada admite siempre a menos inmigrantes que la pública, y los alumnos de etnia gitana también parecen estar destinados a estudiar en la pública y no en la concertada. Los alumnos y alumnas de clase económica baja suponen un tercio de los/as estudiantes de la pública, frente a solo un 7% de la escuela concertada.

 

De forma general, solo el 13% de los alumnos extranjeros estudian en la escuela concertada. Además de todo ello, la escuela concertada acaba expulsando a los malos estudiantes, a los conflictivos, a los que tienen necesidades especiales y a los de baja clase social hacia la escuela pública (al igual que por ejemplo, hacen los hospitales privados con los enfermos que no les interesan, es decir, enviarlos a los hospitales públicos. En el fondo, la política neoliberal es la misma para todos los ámbitos). Finalmente, el poder de la Iglesia Católica en la educación concertada en nuestro país es verdaderamente escandaloso: “Escuelas Católicas”, la red que agrupa a todos los centros de la Iglesia, representa al 60% de la escuela concertada, de ahí que la jerarquía eclesiástica haya llamado también a la rebelión contra la Ley Celáa, más bien con un carácter “preventivo” (pues como decimos, la LOMLOE no ataca directamente a sus centros, ni a medio ni a largo plazo).

 

Esto se llama segregar: se podrá estar a favor o en contra (nosotros apostamos por una escuela pública inclusiva), pero ese es su nombre. El problema está, por tanto, en la gran permisividad política (que ha ido además creciendo en cada presupuesto) frente a todo este proceso segregador, más que consentido y buscado, tolerado y bien visto, apoyado desde las instancias públicas, y mientras esto sucede, la escuela pública va siendo atacada, menospreciada, ninguneada, infrafinanciada, despojada de medios humanos y materiales, es decir, residualizada. En resumidas cuentas, se viene congelando o recortando sistemáticamente la inversión en educación pública, mientras se incrementa el gasto para la educación concertada. Al final, este injusto y perverso modelo pretende perpetuar una escuela para ricos y otra para pobres, una escuela de los mejores estudiantes y otra de los peores, una escuela financiada y otra saqueada, una escuela dotada de recursos y apoyos, y otra discriminada, una escuela elitista y selectiva, y otra escuela residual. Y a todo esto, es a lo que llaman “libertad”.

 

En definitiva, cuando los adalides de la escuela concertada gritan “¡Libertad!” lo que están pidiendo es que el Estado les siga concediendo en espiral creciente la libertad para segregar al alumnado, la libertad para cobrar cuotas en sus centros, la libertad para adoctrinar a sus hijos e hijas en clase, la libertad para que la religión católica y sus múltiples sectas continúen con su poder dentro de la escuela, la libertad para separar por sexos, la libertad para elitizar la enseñanza de quien pueda pagarla, y la libertad para convertir en un gueto la enseñanza pública, conduciéndola a un sector residual. Éstas son las “libertades” que reclama la escuela concertada. Que el Estado se las conceda o no será otro cantar, pero al menos, ya tenemos claro a lo que se refieren cuando la proclaman fervientemente en las calles. Les va en ello sus privilegios.

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25 noviembre 2020 3 25 /11 /noviembre /2020 00:00

El abolicionismo es una causa política legítima y justa en una sociedad democrática que acata los Derechos Humanos y que ha abolido la esclavitud y por eso no puede aceptar alegremente la imposición del mercado sobre los cuerpos de las mujeres, niños y niñas. Las mujeres abolicionistas no podemos aceptar sin rebelarnos una metafísica de la prostitución como elección libre cuando es una imposición de los mercados, sus élites y un sistema de expropiación criminal

Cruz Leal

En la entrega anterior nos quedamos analizando (siguiendo este documento de Enrique Javier Díez Gutiérrez) el papel masculino en el asunto de la prostitución. Y nos quedamos recalcando una idea fundamental: el papel de los hombres en la prostitución viene ocultándose y silenciándose desde siempre, precisamente porque al patriarcado no le interesa, cuando el hombre es el verdadero prostituidor. De hecho, casi todas las investigaciones sobre el tema eluden detenerse y exponer con profundidad el papel de aquellas personas que la consumen, que son los hombres. Son estudios, la mayoría de ellos, que al tiempo que estudian el fenómeno y lo analizan desde (casi) todos los puntos de vista, incluso lo denuncian abiertamente, tienden a proteger o a silenciar con un manto de inocencia a los usuarios de la prostitución, que no son otros que los hombres. De este modo, hablar de prostitución, en la inmensa mayoría de las ocasiones, es hablar de las prostitutas (putas, gays, taxi boys, travestis...), de los rufianes y de los burdeles, de las mafias y de los proxenetas, pero no de los clientes-prostituidores. Y así, el rol y la responsabilidad de estos millones (por todo el mundo) de compradores de sexo no es examinado ni cuestionado, y es incluso eludido por instituciones y organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS). Y como explica Díez Gutiérrez: "El rechazo generalizado a afrontar un examen crítico o hacer pesar una responsabilidad sobre los usuarios de la prostitución, que constituyen de lejos el más importante eslabón del sistema prostitucional, no es otra cosa que una defensa tácita de las prácticas y privilegios sexuales masculinos. Por eso es tan importante hacer un análisis de las razones que explican por qué en una sociedad más abierta y libre, como la española tras la etapa de la dictadura franquista, sigue habiendo tantos hombres y jóvenes que acuden a relaciones prostitucionales con mujeres o con otros hombres". El rol masculino en la prostitución, por tanto, ha de establecerse y denunciarse clara y abiertamente, sin tapujos ni complejos. Bien, la pregunta fundamental en este ámbito sería por tanto: ¿Por qué los hombres acuden a la prostitución? Cuando hacemos esta pregunta no la estamos haciendo solo en sentido genérico e internacional, sino concretándola al prototipo masculino que en cada sociedad puede acercarse y participar de este fenómeno. 

 

Pues bien, la mayoría de estudios serios que se han publicado sobre el tema exponen una conclusión similar, en el sentido de que un número creciente de hombres busca a las prostitutas más para dominar que para gozar sexualmente. Y es que como resulta que en sus relaciones sociales y personales (familia, pareja, amistades, compañeros/as de trabajo...) experimentan una pérdida de poder y de masculinidad tradicional, y no consiguen crear relaciones de reciprocidad y respeto con las mujeres con las que se relacionan, estos mismos hombres buscan la compañía de prostitutas para restablecer su posición de dominio y control total. Retomo de nuevo las palabras de Díez Gutiérrez: "De hecho, no tenemos más que analizar los anuncios de la prensa escrita, en donde los reclamos se refieren a cuatro aspectos: por un lado la sumisión, por otro lo que denominan “vicio”, el tercero sería la edad y por último el servicio ofrecido. La sumisión, es decir, el haz conmigo lo que quieras, cuando quieras, las veces que quieras, el tiempo que quieras. La alusión al vicio y a sus sinónimos: “viciosa”, “muy viciosa”, morbosa, etcétera. Alusión a la edad: mujercitas, jovencitas, rasurada, aniñada. De ahí que sean los clientes-prostituidores los principales responsables en la cada vez más reducida edad de la “mercadería” que consumen, pues exigen con ansía y demanda creciente el permanente cambio de las mujeres y que sean cada vez más jóvenes quienes satisfagan su “pasión sexual” a precio fijo y por un lapso de tiempo pautado". En última instancia, es el patriarcado, con toda su profunda carga de roles, el responsable final de esta situación, porque parece como si una parte importante de la humanidad, los hombres que acuden a la prostitución, tuvieran un problema serio con su sexualidad, no siendo capaces de establecer una relación de igualdad con las mujeres, el 50% del género humano, que creen que debe de estar a su servicio. Como si cada vez que las mujeres consiguen mayores cotas de igualdad y de derechos, estos hombres no fueran capaces de encajar una relación de equidad y recurrieran, cada vez con mayor frecuencia, a relaciones comerciales por las que pagando se consigue ser el centro de atención exclusiva, regresando a la etapa infantil de egocentrismo intenso, y una relación que no conlleva necesariamente ninguna “carga” de responsabilidad, cuidado, atención o compromiso de respeto y equivalencia. Como decimos, son los valores que el patriarcado nos lleva inculcando durante siglos, que aquí se muestran de forma nítida. 

 

Bien, una segunda conclusión relevante de los estudios nacionales es que España es uno de los países donde el "consumo" de prostitución está menos desprestigiado. Las encuestas indican que un 39% de los españoles acude de forma habitual a la prostitución, sin que se les reproche socialmente ni se les recrimine legalmente. De hecho, parece que hay un consentimiento social ya no tácito, sino explícito, en mantener estrategias y formas constantes que “alivian” la responsabilidad de aquellos que inician, sostienen y refuerzan esta práctica. Sabemos perfectamente cómo en infinidad de ocasiones, las celebraciones masculinas (despedidas de soltero, fiestas varias...) terminan en prostíbulos de manera frecuente y normalizada. Díez Gutiérrez asegura que "no sería demasiado exagerado afirmar que la sola condición de varón ya nos instala dentro de una población con grandes posibilidades de convertirnos en consumidores". Todas estas prácticas prostitucionales llegan a convertirse en una especie de pieza fundamental para la socialización de la sexualidad en el hombre. Todo ello contribuye tristemente, en el imaginario social colectivo, a legitimar el fenómeno de la prostitución. Y de esta forma, es muy difícil desterrar prácticas convalidadas por las costumbres, y asumidas y normalizadas por la mayoría de la población. Es la educación, campo tan valioso para transmitir multitud de valores, la que debe fomentar otros mecanismos de socialización que conduzcan a los futuros hombres adultos para aprender a vivir sin servidoras sexuales (ni domésticas). Otro asunto fundamental, que venimos denunciando desde las primeras entregas de la serie, es la necesidad de cuestionar los argumentos que legitiman la prostitución como un trabajo, pues dichos argumentos también contribuyen a normalizar el hecho de que existan los prostituidores, esta vez además con más fuerza, si se considera la existencia legal de "trabajadoras sexuales". De hecho, muchos hombres jóvenes están utilizando actualmente el argumento del derecho que tiene toda mujer a prostituirse, invocan para ello el derecho a la autodeterminación sobre el propio cuerpo y la sexualidad personal. Este es interpretado como el derecho de una persona a elegir y tomar decisiones con total autonomía, lo que puede incluir el hecho de implicarse en relaciones sexuales comerciales o de definir las modalidades de este intercambio sexual.

 

Analicemos esta postura con más calma: en el fondo, lo que subyace bajo esta visión "liberal" del asunto es una visión sobre los derechos humanos que eleva la voluntad personal y las elecciones individuales por encima de todos los demás derechos humanos y de toda noción de bien común. De hecho es el enfoque general que el neoliberalismo asigna al concepto de "libertad" (lo ponemos entre comillas para señalar precisamente que es "su" visión de la libertad, pero no la libertad que nosotros entendemos). En nombre de esta supuesta "libertad" se tolera la prostitución, incluso se la defiende desde la perspectiva de que algunas mujeres puedan "elegirla" libremente. Esta posición política es claramente miope hacia la contemplación de los desequilibrios estructurales, sociales, políticos y económicos, hacia las desigualdades, y hacia el modelo de relaciones sexuales basadas en el poder entre las mujeres y los hombres, que delimitan el contexto para estas supuestas "elecciones libres" y decisiones, y que por tanto imposibilitan de facto que la prostitución pueda darse en un contexto de plena libertad. En este caso, además, ignora el fenómeno de la dominación patriarcal masculina sobre las mujeres, que se mantiene tanto en la esfera privada como en el espacio público, reforzando así la opresión de las mujeres por su complicidad con el sistema de dominación y de violencia masculinas. Esta posición tampoco tiene en cuenta el hecho, sin embargo evidente, de que los usuarios masculinos de la prostitución no se preocupan de saber si la “mercancía humana” que ellos adquieren consiente en ser puesta a su disposición sexual, cuestión que no les inquieta lo más mínimo. También ignora de hecho la existencia de las poderosas redes de tráfico de mujeres, y el poder de las mafias que mercantilizan despiadada y violentamente el cuerpo de las mujeres. Todos estos hechos manifiestos contribuyen a reducir a las propias mujeres a meras mercancías susceptibles de ser manejadas y distribuidas como cualquier otra, así como sometidas al proceso de oferta y demanda como para cualquier otro artículo o producto. Pero existen más argumentos a favor de considerar la prostitución como un "trabajo de servicios sexuales". 

 

Un segundo argumento que invocan es afirmar que una experiencia relacional humana como es la sexualidad es posible considerarla como “trabajo sexual”. Aparecen así dos justificaciones: bien que la prostitución cumple un cierto número de funciones socialmente útiles –educación sexual, terapia sexual, o prestación de relaciones sexuales a personas que sin la prostitución se verían privadas de ellas, por ejemplo los trabajadores inmigrantes aislados de su familia y los hombres mayores o con minusvalías; bien que la prostitución es un trabajo como cualquier otro, por ejemplo el de mecanógrafa o sirvienta, pues hay muy pocos trabajos dignos, en general, en la sociedad y, sobre todo, hay muy pocos trabajos alternativos a la prostitución que sean rentables a la prostituta. Además, es más gratificante ser prostituta que estar limpiando váteres, afirman. Esta óptica sostiene además que, allí donde las opciones económicas ofrecidas a las mujeres son inadecuadas, pobres, o francamente malas, la prostitución puede ser la mejor alternativa, y que en todo caso, es un trabajo que no perjudica a nadie, porque las dos partes más directamente concernidas se ponen de acuerdo sobre lo que pasará en el intercambio prostitucional. Afirman también que las mujeres en la prostitución pueden conservar intacta su capacidad de acción autónoma y acusan a las feministas abolicionistas de ser paternalistas y no respetar las opiniones de las propias prostitutas. Pero este enfoque no repara en que no se vende la actividad o el producto, como en cualquier otro trabajo, sino el propio cuerpo sin intermediarios. Y el cuerpo no se puede separar de la personalidad. De hecho, lo que las mujeres prostituidas tienen que soportar en su "trabajo" equivale a lo que en otros contextos correspondería a la definición aceptada de acoso, abuso sexual o violación reiterada. Esta forma de pensar, como estamos viendo, no rinde cuenta en ningún caso sobre la violencia que constituye la transgresión de la intimidad humana. Y ello ocurre porque el trasfondo donde se da es el de una cultura y un sistema de subordinación de las mujeres al hombre, justamente lo que el patriarcado defiende. Continuaremos en siguientes entregas.

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23 noviembre 2020 1 23 /11 /noviembre /2020 00:00
Viñeta: Olivier Ploux

Viñeta: Olivier Ploux

Uno de esos espectáculos son las corridas de toros. Que sea una tradición no justifica su existencia, porque tradición es también, en determinados países africanos, mutilar genitalmente a las niñas y jóvenes, sin que por el hecho de ser tradicional lo consideremos admisible. Disfrutar con la tortura y muerte sangrienta de un ser vivo, en un contexto de tamaña pobreza cultural, no debería, en ningún modo, estar permitido, pese a que algunos políticos (que así muestran la atrofia de su corazón y sus ideas) se hayan atrevido, incluso, a proponerlo como Bien de Interés Cultural. ¡Qué triste la cultura levantada sobre el dolor y la sangre! ¡Y qué lástima de un pueblo que se dota de semejantes políticos!

Federico Velázquez de Castro González (Presidente de la Asociación Española de Educación Ambiental)

Llevamos reclamando, desde muchas entregas atrás, la necesidad de enfocar bajo el prisma de una ética biocéntrica los problemas del ser humano, erradicando los viejos y dañinos enfoques antropocéntricos, causantes del abismo civilizatorio al que nos enfrentamos. Pues bien, este nuevo enfoque ético también es el mismo que nos sirve para entender una nueva relación con los animales no humanos, ya que no solo nosotros poseemos valor y dignidad, sino también el resto de animales, y la propia Naturaleza (bajo este mismo enfoque, también hemos reclamado la concesión de derechos a la Pachamama). Por esa razón, como argumenta Federico Velázquez de Castro en este artículo para el medio Contrainformacion que tomamos como referencia, el respeto tradicionalmente exigido para cada ser humano, debe extenderse también a todo el mundo natural y al resto de seres vivos que habitamos el planeta, siendo empáticos con todas las formas de vida y tomando conciencia de su capacidad de gozo y de sufrimiento. Afortunadamente, los códigos penales han ido reconociendo esta problemática, e introduciendo castigos y sanciones para los responsables del maltrato animal, pero aún estamos lejos de sistemas penales justos hacia ellos. Como Ghandi dejó dicho: "La cultura y la nobleza de los pueblos se manifiesta en la forma en que éstos tratan a sus animales". Explica Velázquez de Castro: "¿En qué medida maltratamos a los animales? Desgraciadamente hay todo un catálogo y la primera forma es el sufrimiento inútil de los espectáculos crueles. En culturas rurales y en épocas pasadas, el animal era un compañero de fatigas para el campesino, que a veces se excedía en cuanto a sus posibilidades, quedando ya en su corazón --o utilidad-- el dispensarle un trato adecuado. Más tarde, en muchas fiestas populares (por cierto, gran parte de ellas bajo la advocación de algún santo patrón o directamente bendecido por alguna autoridad eclesiástica, lo que en su momento hizo exclamar a Voltaire: "es increíble y vergonzoso que ni predicadores ni moralistas eleven su voz contra los abusos a los animales"), se han realizado prácticas crueles persiguiendo, torturando, y finalmente, matando de forma violenta a un animal inocente, con sistema nervioso central y capacidad para sentir".

 

Y concluye: "Afortunadamente, la opinión pública, apoyada por la valiente posición de muchos grupos de defensa de los animales, ha ido modificando algunos criterios y estos acontecimientos bárbaros, como degollar gansos o arrojar animales desde una altura, se han ido viendo acorralados. Con todo, todavía quedan reductos infames, donde ningún hombre o mujer de buena voluntad, y no digamos con principios o creencias, debería poner los pies hasta que no terminaran tan aborrecibles prácticas". Nosotros hicimos un  breve recopilatorio de estos bárbaros festejos en este artículo, que recomiendo a los lectores y lectoras para una mayor información. Quizá el espectáculo por antonomasia que encuadra en este grupo sean las corridas de toros, que ya hemos destacado en la cita de entradilla, y sobre las que volveremos más adelante. Pero otra forma de muerte indiscriminada, y por ello de sufrimiento y maltrato, es la caza. También abordaremos el asunto de la caza en posteriores artículos, pero baste ahora una simple semblanza. De entrada, nos preguntamos con Velázquez de Castro: ¿Qué placer puede producir al ser humano terminar con la vida de un animal que solo quiere, como nosotros, vivir en libertad, y que como nosotros, huye del sufrimiento? Pues sin embargo, nuestro país, como también otros, nos ofrece una muy extensa y variada "cultura y tradición" sobre la caza, donde por lo visto los cazadores disfrutan matando por doquier a múltiples especies de mamíferos, aves o roedores. Para desterrar todo esto, como ya hemos afirmado en múltiples ocasiones, será necesario un arduo y profundo trabajo educativo con las nuevas generaciones, que conduzca a que los futuros adultos encuentren más placer en dejar vivir que en matar. Pero desgraciadamente, el ejemplo que venimos ofreciendo es de nuevo bárbaro, máxime cuando destacadas personalidades del mundo de las letras, de la cultura, de la ciencia o de la política han sido o son aficionados a la caza. Y en cuanto a las posibles justificaciones, basta ya de aducir que son especies cinegéticas (algunas de las cuales necesitan una regulación en su dinámica poblacional) y que, por tanto, deben someterse a este juego macabro y sanguinario, porque es un argumento superado y cansino. Simplemente es falso. Y no digamos de la existencia de los cotos privados, que se apropian de importantes áreas que debieran ser patrimonio público de disfrute común, en vez de parcelas dedicadas a tan aberrante actividad. 

 

Otro tipo de maltrato, ya también señalado, es la cautividad. Disfrutar teniendo y visitando a especies de animales en determinados recintos (zoológicos, y todas sus variantes) es privarlos de la libertad que necesariamente buscan, y provocarles un gran sufrimiento. En palabras de Sigmund Freud, dicha práctica es síntoma de "un modo tanático y anal de relación con el mundo, que solo se satisface con la posesión". Y así, tener animales enclaustrados, enjaulados, coleccionados, disecados o extraídos de su entorno natural, prácticamente secuestrados, simplemente por placer de que los humanos puedan "visitarlos", supone ignorar el valor de la libertad. Pero de nuevo, un profundo pensamiento antropocéntrico subyace aquí, que solo valora la libertad del humano, pero no de los animales. Ellos necesitan la libertad al igual que nosotros, quizá incluso más, pues su ligazón con el entorno ambiental, con la naturaleza, es muy superior al nuestro. Y por su parte, el empleo que hacemos de los animales para nuestro beneficio es intolerable en todas sus dimensiones, y también debe ser revisado. Hemos construido un mundo que se basa en gran medida en la explotación de animales para nuestra diversión, nuestros lujos, nuestros deportes o nuestro vestuario. Las pieles, en climas templados como el nuestro, son absolutamente inútiles y si bien es cierto que los animales de procedencia están en granjas (como los visones, por ejemplo), se trata de seres vivos a los que se va a sacrificar para satisfacer la vanidad o el capricho de personas sin escrúpulos. Por su parte, la alimentación basada, en buena medida, en productos obtenidos de los animales, está siendo cuestionada por motivos sanitarios, económicos, éticos, y sobre todo, ambientales. De entrada, está demostrado que el exceso de carnes representa para nuestra dieta una fuente de grasas saturadas muy perjudiciales para la salud, causa de enfermedades cardiovasculares y de algunos tipos de cánceres, por no hablar de los problemas reumáticos que genera el exceso de proteínas o los productos químicos que se utilizan para tratar el ganado, que también pueden acabar en nuestra mesa. 

 

Pero no solo los mamíferos: muchos bancos de pesca están sobreexplotados y se consumen inmaduros de muchas especies, comprometiendo la sostenibilidad y la supervivencia de las mismas. Se talan bosques primarios para convertirlos en pastos, cuya deforestación de entrada genera la destrucción de enormes sumideros de GEI. Los cereales o la soja que debieran estar destinados a la alimentación humana, se destinan al ganado, en otra política completamente absurda. En el mundo, unos 15.000 millones de reses suponen una dedicación de terreno insoportable para su mantenimiento, así como una fuente principal de emisiones de metano (CH4), un gas invernadero 23 veces más potente que el CO2 (de hecho, la cría de animales es responsable de una quinta parte de las emisiones de GEI). Producir 1 Kg. de carne para el consumo humano implica en su elaboración el consumo de 9 Kg. de petróleo y de 15.000 litros de agua. ¿No nos parece absurdo? Y al final, la energía que aporta una hamburguesa supone el 10% de la energía que se empleó en producirla. En todo el mundo, las tierras destinadas a la cría de animales para el consumo humano representan el 30% de las tierras cultivables. Está absolutamente demostrado que el ser humano podría seguir una dieta vegana sin ningún riesgo para su salud, ni pérdida de ningún elemento esencial en su dieta, tan solo apoyado por un consumo adicional de vitamina B12. Pero en los entresijos de la sociedad capitalista globalizada, son muchos los intereses cruzados para que no lleguemos a ese hábito alimentario, que al fin y al cabo es un hábito cultural (a propósito, la industria de la carne acaba de perder un pleito en el cual reclamaba que solo se pudiera llamar "Hamburguesa" a la elaborada con carne). En definitiva, una dieta vegana, en sus diferentes modalidades, se ha confirmado científicamente como plenamente viable para satisfacer nuestras necesidades sin renunciar a ningún principio nutritivo, y de su aplicación se podrían derivar consecuencias muy favorables para la salud de las personas, el cuidado y la sostenibilidad ambiental, y sobre todo, el bienestar animal. Pero no acaban aquí las penurias a las que sometemos a los sufridos animales, siempre a nuestro servicio, porque además de reducir (y eliminar totalmente, si se puede) la presencia de productos animales en la dieta, debiéramos preocuparnos y velar porque se les diera un buen trato en todo el proceso de nacimiento-cría-transporte-sacrificio en los mataderos.

 

Y ello porque a nadie se le escapa que las condiciones intensivas que sufren muchos animales (pollos, cerdos, vacas...) y sus crías constituye una práctica cruel y reduce al animal a una fábrica viviente para obtener un determinado producto. Sometidos a terribles sufrimientos desde que nacen, hacinados, sin poder moverse, sin poder respirar aire puro, sin ver la luz del sol, sin poder estirar las patas ni tumbarse (salvo los animales criados en el campo), y después, sometidos a procesos en cadena para determinar su muerte absolutamente crueles y aberrantes, donde el ser humano destila su desprecio a la vida y al sufrimiento de los animales. El transporte de los mismos no suele ser mejor y la muerte, en particular en los mataderos más primarios, es toda una oda a la barbarie. Otras perversas prácticas a las que sometemos a los animales, como la vivisección (que significa literalmente "cortar animales vivos") y la experimentación científica para diversas industrias (medicina, biología molecular, cosmética...) debieran estar rigurosamente controladas, y reducir al máximo, si no erradicar, el uso de animales en las mismas. Por ejemplo, utilizar animales para el desarrollo de productos cosméticos implica someterlos a terribles agresiones en los ojos o en la piel, lo cual es otra forma de brutalidad. En la ciencia médica y todas sus especialidades y disciplinas (ensayos clínicos, anatomía patológica, epidemiología...) podrían realizarse in vitro gran parte de los experimentos, apoyados por modelos a través de ordenador. Y por otra parte, no siempre las conclusiones de las pruebas con animales resultan extrapolables a los seres humanos. En resumidas cuentas, queda aún mucho camino por recorrer en nuestras sociedades para migrar a normas de respeto y dignidad para todos los seres vivos, bajo criterios biocéntricos, que concedan valor a todas las formas de vida y a la propia Naturaleza como ecosistema planetario. La educación, la ética y el activismo tienen que ir desplazando estos parámetros, costumbres, comportamientos y creencias, hasta su supresión definitiva. No vemos aún en el horizonte la consecución de una sociedad plenamente respetuosa con todos los animales. Pero si pretendemos caminar hacia el Buen Vivir, hacia ese nuevo paradigma convivencial, es absolutamente imprescindible cambiar nuestros valores, nuestra ética y nuestro comportamiento para con los animales, pues precisamente el crecimiento de las barreras entre ellos y nosotros, y el crecimiento de las barreras entre los humanos y los no humanos, son las principales causas de la peligrosa deriva civilizatoria a la que nos vemos abocados. Continuaremos en siguientes entregas.

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