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30 noviembre 2018 5 30 /11 /noviembre /2018 00:00
Fuente Viñeta: https://economipedia.com/

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Desde nuestra condición de contribuyentes, los ciudadanos y ciudadanas españoles llevamos años pagando costes privados sobre los que no poseemos ni control ni beneficio alguno: quiebras bancarias, bancarrotas de autopistas, déficits de tarifas eléctricas, cierres de centrales nucleares o sondeos fallidos de almacenamiento de gas. Es justo, pues, reclamar una contrapartida a este esfuerzo nacional en forma de indemnización social por el saqueo de los bienes públicos. Lo cual refuerza el argumento político para reivindicar un ingreso de ciudadanía garantizado e incondicional

Cive Pérez (Escritor y miembro del Observatorio de Renta Básica de Ciudadanía de ATTAC Madrid)

A estas alturas de lo que llevamos de exposición en cuanto al instrumento de la RBU, ya debe entenderse ésta como una medida realmente revolucionaria, un proyecto social para revertir la peligrosa e indecente arquitectura de la desigualdad, y una medida realmente capaz de abrir caminos para la articulación de escenarios sociales más justos, equitativos y avanzados, así como para la construcción de relaciones sociales y laborales más libres. Hoy día, la RBU debe enmarcarse en una nueva línea de derechos humanos emergentes, en línea con la tradición republicana, que incida en la consecución de mayores grados de libertad material, tanto personal como colectivamente. Pero detengámonos ahora en la característica de la universalidad, ya citada igualmente en entregas anteriores. Esta característica implica que la RBU la recibirá todo el mundo. Enseguida salen los detractores más demagogos a replicar: "¿Qué quieres? ¿Dársela también a los ricos?", como si sufrieran un ataque de solidaridad social. Y la respuesta es que sí, que pretendemos que también la cobren los ricos, pero que ello no implica que todos "ganen" por igual al percibir la RBU. Unas nociones básicas de fiscalidad nos llevan a la idea de que los ingresos que realmente percibe una persona están en proporción a su nivel de ingresos reales menos los impuestos que ha de pagar a las arcas públicas, para el sostenimiento del Estado del Bienestar, y del propio Estado en todas sus instancias y manifestaciones. Pues bien, basta con aplicar una Reforma Fiscal realmente progresiva (repetimos, realmente progresiva) para que aunque los ricos reciban también la RBU, no ganen, sino que pierdan. Dicho en otros términos, hemos de entender que la Renta Básica se encuentra integrada en el propio sistema impositivo, del que salen los recursos necesarios para financiarla. Por ser un instrumento universal, va destinada a todo el conjunto de la población (más ricos, menos ricos, jóvenes, viejos, empleados, desempleados...). Hasta aquí, estupendo (nótese que hemos dicho "menos ricos", porque bajo la RBU dejarían de existir los pobres).

 

Pero por hallarse vinculada al propio sistema fiscal, y atendiendo al principio de progresividad, las personas con más recursos (que más tienen y más cobran) aportarán más (en algunos casos mucho más) de lo que obtienen en concepto de renta básica. En el prólogo del texto "Renta Básica Incondicional", David Casassas incluye el siguiente símil, que nos parece muy acertado: "En este sentido, la renta básica opera como un hospital público --allá donde el acceso a la salud es un derecho universal, claro está--: todo el mundo, incluidas las personas con más recursos, tienen el derecho a acudir a él --hagan tal derecho efectivo o prefieran recurrir a la sanidad privada--; pero, de promedio y a lo largo de toda una vida, lo que estas personas con más recursos aportan al sistema sanitario a través de los impuestos es más de lo que gastan de él". Y así, en efecto, la propia financiación de la RBU surge de todo el mundo, de lo que aportan los más ricos (mucho más) y de lo que aportan los menos ricos (en muchos casos incluso nada, como ahora la gente que está exenta de la Declaración de IRPF). Pero como es universal, todo el mundo disfruta de ella. Esto es así porque la RBU funciona como un suelo de ingresos, no como un techo. Sencillamente, a partir de ella podemos (si lo deseamos) ir acumulando otros ingresos procedentes de las fuentes que estimemos oportunas, y en el caso en que tales ingresos superen ciertos umbrales, nos corresponderá ir aportando a la sociedad (es decir, al resto de perceptores de la RBU) a través del sistema impositivo. Y por su parte, tener la existencia material garantizada incondicionalmente (es decir, como un derecho de ciudadanía) nos permite alzar nuestra voz de forma libre y rotunda, y lograr participar de forma efectiva en los procesos de toma de decisiones relativas a todo tipo de contratos y relaciones sociales que podamos estar construyendo. 

 

En otros términos, tener la existencia material garantizada incondicionalmente nos habilita para poder decir que no queremos vivir como se  pretende que vivamos, todo ello para poder decir que sí queremos vivir de otros modos, con arreglo a otros criterios, bajo otras concepciones de la vida. En una palabra, tener la existencia material garantizada nos proporciona más libertad. ¿Libertad para qué? Pues libertad para negarnos a realizar determinados trabajos que no nos interesan, que no cuadran con nuestros principios, o para los cuales no nos gustan las condiciones que nos ofrecen. Libertad para practicar períodos de descanso, de realizar otro tipo de proyectos, de salirnos de la rutina diaria, y sobre todo, libertad para poder vivir por nosotros mismos, sin los recursos y el permiso de otros. Y es que cuando tenemos un conjunto de recursos que garantizan nuestra existencia material, adquirimos mayores cuotas de poder de negociación, pues tenemos mayor fuerza para aguantar pulsos a lo largo del tiempo, períodos sin otros ingresos, y mayor capacidad de emprender riesgos y de explorar opciones alternativas. El mundo de las actividades humanas se enriquecería enormemente con la implantación de una RBU. Como ya hemos debatido en anteriores entregas, el modelo clásico de empleo remunerado (bajo la visión capitalista, dominante y explotadora) está entrando en una profunda crisis, y además, sabemos que no todo el trabajo humano que se realiza cuadra con el perfil de trabajo asalariado y rentable económicamente. Existen muchos otros trabajos que no responden a estas características, y que debemos o podemos querer llevar a cabo en algún momento de nuestras vidas. La RBU actúa a modo de "caja de resistencia" en este sentido, liberándonos de la carga del trabajo asalariado, para poder enfocar nuestra atención a otras tareas. La renta básica, al garantizar nuestra existencia material como un derecho, nos capacita y nos fortalece para poder salir (cuando queramos o lo necesitemos por un tiempo) de los mercados de trabajo, es decir, para desmercantilizar la fuerza de trabajo. 

 

Pero ojo, porque salir de los mercados de trabajo no significa no realizar ningún tipo de trabajo, como la mayoría de las personas entienden. No nos estamos refiriendo a disfrutar de dos años "sabáticos" (que también), sino a desempeñar otras tareas que necesitemos, bien porque sea el momento (cuidar de nuestros hijos, de nuestros mayores, de nuestros nietos, levantar una empresa...), o bien porque simplemente nos lo pida el cuerpo (hacer un viaje, llevar a cabo un voluntariado, matricularnos en la Universidad, dedicarnos a escribir, a pintar, a administrar nuestra comunidad de vecinos, a cualquier otro hobby o afición que tuviéramos desatendida...). Bien al contrario, por tanto, poder salir de los mercados de trabajo equivale a poder constituir otros centros de trabajo, otras unidades productivas, otras tareas o actividades enriquecedoras. Esta es la razón por la que también la RBU se nos ha presentado vinculada con la democracia económica: en efecto, la desmercantilización de la fuerza de trabajo nos puede convertir en actores con verdadera capacidad para alumbrar nuevas estructuras productivas de titularidad colectiva donde actuemos como trabajadores/socios/cooperativistas con efectivos derechos políticos sobre las decisiones de inversión, organización de la producción, distribución del excedente, etc. David Casassas afirma: "Los hechos nos demuestran que el cooperativismo es posible sin renta básica; la hipótesis que manejamos aquí apunta a una posible extensión social del cooperativismo como resultado de la garantía universal de una base material de la que capas inmensas de la población carecen hoy en día". La RBU es un instrumento tremendamente liberador en todos estos sentidos. Nos empodera frente a cualquier tipo de presión o negociación, frente a cualquier intento de chantaje o coacción, y frente a determinadas actividades que no queramos llevar a cabo por principios, o por simple elección personal. Bien, pero llegados a este punto, hay que darle entrada a la pregunta del millón: Entonces...¿Trabajaría la gente con una renta básica?

 

Es precisamente ese otro de los argumentos de los detractores de la medida, que fundan su opinión en que con la RBU, la gente, simplemente, dejaría de trabajar. Pero...¿realmente estamos seguros de que, en el caso de contar con una RBU para todo el mundo, la gente tendría incentivos para trabajar? De entrada, los experimentos que hasta ahora se han implementado en algunos lugares del planeta, también echan abajo este sucio argumento. Efectivamente, las personas, aún disponiendo de los ingresos fijos, continuos e indefinidos de una RBU, no han dejado de dedicarse a lo que ya se venían dedicando. La realidad, por tanto, desmiente este argumento. Pero es que independientemente de ello, la pregunta tiene muchas trampas por debajo. Vamos a ver si somos capaces de desmontarlas todas. La primera trampa está bien clara: si alguien poseía ya un trabajo muy precario, que además ni le gustaba llevar a cabo (es decir, no poseía para esa persona ningún tipo de incentivo, ni material ni espiritual), seguramente lo abandonará si le proporcionamos una RBU. Pero esto en ningún modo hay que entenderlo como que la gente "deja de trabajar". En casos como éste, es simplemente que las personas tenían una actividad que no les compensaba, pero de la que no podían prescindir porque no tenían otro modo de sufragar sus necesidades básicas. Y ahora, con la RBU, ya sí lo tienen, y por eso abandonan esa actividad. Pero es lógico pensar que cuando puedan disfrutar de un puesto de trabajo que les incentive en cualquier ámbito, seguro que lo elegirán antes que seguir inactivos. Por otra parte, se no se nos puede olvidar (por eso hemos planteado ese debate justo en las entregas anteriores) que "trabajo" no siempre significa "empleo" desde el punto de vista capitalista al que estamos acostumbrados (es decir, en su acepción de "trabajo remunerado"), por lo cual que las personas estén recibiendo su RBU y que no tengan ningún "empleo" no significa que estén inactivas. Pero aún no hemos acabado nuestro razonamiento. Lo continuaremos en siguientes entregas.

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29 noviembre 2018 4 29 /11 /noviembre /2018 00:00

La democracia verdadera es la auténtica herramienta de transformación social

José López

 

 

Con desprecio y hacia países pobres o del “Tercer Mundo” se ha usado este calificativo para desmerecer a sus respectivas democracias, para denunciar sus tropelías, sus deficiencias o sus contradicciones. La verdad es que, como afirman Luis Alegre y Carlos Fernández Liria en uno de sus textos, la Democracia (así, con  mayúsculas) no ha llegado realmente a consolidarse todavía en ningún sitio del mundo. Pero el asunto es que reconocemos como democracias “avanzadas” a perversos sistemas como el de Estados Unidos, tildamos como “dictaduras” a Gobiernos como el venezolano que han ganado muchas más elecciones y referéndums que nuestros partidos políticos, y nos aplicamos a nosotros mismos el calificativo de “democracia”, cuando en realidad tenemos bien poco de ella. Y no por sufrir enormes deficiencias en las diversas facetas que componen una democracia real (democracia representativa, democracia participativa, democracia revocatoria y democracia económica), sino porque un montón de circunstancias de diferentes tipos, que vamos a comentar, convergen en nuestro sistema pseudodemocrático despojándolo de sus características fundamentales. No podríamos circunscribirlo a un hecho concreto, sino que como decimos, son múltiples los acontecimientos y circunstancias que casi a diario percibimos y que nos hacen pensar que estos últimos 40 años de democracia, desde la Transición aquí, no nos han conducido hasta ahora a buen puerto.

 

Veamos tan sólo unos cuantos ejemplos, para no cansar en demasía a nuestros lectores y lectoras. Nuestra Constitución de 1978 (esa que tanto alaban las fuerzas políticas que se autodenominan “constitucionalistas”) prevé el instrumento de la Moción de Censura cuando se dan ciertas circunstancias durante una legislatura, sin embargo, al Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que ha accedido al poder mediante este mecanismo, esas fuerzas políticas le llaman “presidente ilegítimo”, “presidente okupa”, y otras cosas por el estilo. Tuvimos un monarca que cuando abdicó en 2014 en favor de su hijo, el actual Rey Felipe VI, se le adscribió a la categoría de ¡Rey Emérito! (¿?). Se entiende que perdió su protección de inviolabilidad e irresponsabilidad, pero aún así, cuando salen a la luz pública determinados hechos que ponen en entredicho su actividad institucional, las Cortes Generales continúan protegiéndolo, y se niegan siquiera a abrir una Comisión de Investigación al respecto. Tenemos unas instituciones y unos poderes fácticos donde la corrupción campa a sus anchas, y donde cientos de casos inundan juzgados y tribunales, afectando a altos cargos de los principales partidos, prostituyendo las funciones de representación popular, y alterando los flujos éticos de información con el único fin de acaparar influencias, control, poder y riquezas. Todo ello, como cualquiera mínimamente sensato puede comprender, afecta a la calidad democrática de nuestro país.

 

Tenemos unos medios de comunicación dominantes que ponen el foco donde les interesa, silenciando otros asuntos, opiniones y conflictos que no consideran dignos de repercusión social. Por ejemplo, mientras todos ellos nos contaban estos días la huelga de jueces y fiscales, o las de los funcionarios de prisiones, han silenciado la huelga de presos que también está teniendo lugar, quizá porque no les interesa hacerse eco de las demandas de dicho colectivo. La calidad democrática de un país también se mide por la calidad y fiabilidad de sus medios de comunicación, y aquí volvemos a suspender. Por su parte, la separación de los tres Poderes del Estado (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) es en nuestra “democracia” una broma macabra. En realidad, los tres poderes están supeditados a otro poder distinto, que es el poder económico, que se expresa fundamentalmente en el poder de la gran banca privada. Puede comprobarse en multitud de casos, sentencias, decisiones y acontecimientos. Y como ya dijera sabiamente José Saramago: “Si quienes gobiernan son los poderes económicos…¿qué hacemos hablando de democracia?”. El Poder Judicial está ampliamente desacreditado. Tenemos por ejemplo unos actores, blogueros, tuiteros, cantantes o titiriteros que se ven denunciados o juzgados simplemente por emitir opiniones o críticas a las instancias del poder, quedando la libertad de expresión peligrosamente recortada, a la vez que se permite la exaltación pública de una dictadura sangrienta y represora como la franquista. Tenemos una “democracia” que cuando plantea sacar al dictador de un faraónico mausoleo después de 43 años de su muerte genera una explosión de enaltecimiento fascista, una reacción de sus descendientes y unas declaraciones surrealistas de la Iglesia Católica. Lo último en este sentido ha sido la solicitud del PP para ilegalizar organizaciones “comunistas y populistas” como condición para condenar el franquismo. Algo absolutamente insólito.

 

Pero no acaban aquí las tropelías de nuestra madura “democracia”. Tenemos un senador al que se le destapa un mensaje de móvil donde dice que controlarán la Sala Segunda del Tribunal Supremo “desde atrás”, después de explicar a su grupo parlamentario con vergonzante sinceridad cómo se nombran y para qué sirven los jueces en nuestro país, los vocales y el Presidente de la instancia judicial más importante. O por ejemplo, tenemos unos grupos políticos en Cataluña que cuando plantean la soberanía de su pueblo, su derecho a decidir su encaje político en el resto del Estado Español, y organiza un referéndum popular para ello (después de arduos años donde el Gobierno del Estado se negaba rotundamente a negociar nada de ello), el pueblo es apaleado brutalmente, y se aplica un artículo previsto en la Constitución mediante el cual se destituyen todos sus gobernantes, se intervienen sus instituciones, se encarcela preventivamente a sus líderes acusados de perversos delitos de sedición y rebelión, y se provoca el exilio de algunos de ellos para internacionalizar el conflicto. Y los asuntos de nuestra democracia tampoco escapan al ámbito religioso. Religioso católico, queremos decir. La laicidad, otro puntal de una buena democracia, también salta por los aires. Porque por toda nuestra geografía patria, a lo largo y ancho de nuestros pueblos, en muchos de ellos las actividades políticas se amalgaman con la fe y las creencias, ofreciéndonos bochornosos espectáculos, que tienen más que ver con alguna tribu perdida sumida en sus atávicas creencias que con un país avanzado y democrático.

 

Sí, porque en nuestro país la ciencia, el conocimiento y la ética están siendo sustituidas muchas veces por las creencias religiosas, que a tenor de los suculentos ejemplos que podemos poner, dejan en entredicho la perversa influencia de la Iglesia Católica en suelo patrio. Ya no es sólo que se celebren las típicas fiestas populares donde se realizan ofrendas a sus patronos y patronas (Cristos y Vírgenes varias), sino que, por ejemplo, a una Virgen se le viste con el mantón de la Falange Española, o se imponen Medallas de Oro de la ciudad a determinadas imágenes religiosas (como recientemente ha ocurrido en una localidad gaditana, hecho denunciado por Europa Laica), porque se argumenta que antaño fueron las responsables de erradicar epidemias de peste, de fiebre amarilla, o de evitar maremotos. Es típica por tanto la estampa de un Alcalde o Alcaldesa concediendo dichas medallas a estas Vírgenes o Cristos, y reconociéndolas como máximas autoridades de la ciudad o pueblo en cuestión. Esto ya es de una democracia aberrante, pues conceder dichos honores municipales bajo creencias animistas religiosas supone un desprecio mayúsculo a las propias instituciones públicas que representan a toda la ciudadanía. Pero, como diría aquél hidalgo de la Mancha: “¡Con la Iglesia hemos topado, Sancho!”. O como ha dejado dicho el genial Isaac Rosa: “La democracia se ha convertido en un deporte de riesgo por falta de ejercicio”. Saquen ustedes sus conclusiones sobre nuestra “madura democracia”.

 

 

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28 noviembre 2018 3 28 /11 /noviembre /2018 00:00
Viñeta: Fernando Asian

Viñeta: Fernando Asian

La presión migratoria seguirá existiendo mientras existan los actuales niveles de desigualdad: Los asaltos a la frontera en Ceuta y Melilla no responden a explicaciones conspiratorias ni nada por el estilo. Los africanos saben cuál es el nivel de desigualdad que hay entre Europa y sus países de origen. Por eso vienen. Por ejemplo: el PIB de España, con 47 millones de habitantes, es superior al agregado de los 53 países africanos con sus 1.300 millones de habitantes. Nuestro país tiene el récord mundial de desigualdad con respecto a sus vecinos

Iñigo Moré (Autor de “Borders of Inequality”)

Durante las últimas entregas hemos ido revisando los diversos muros de todo tipo (físicos, pero también morales, ideológicos, sociales, económicos, políticos, etc.) que se levantan sobre pueblos, naciones, países y continentes. Nuestro caso europeo es el que más nos preocupa por cercanía, pero todo lo que aquí contamos es extrapolable al resto del planeta. Los muros son el gran enemigo a abatir. En este artículo se nos informa que los Estados de la Unión Europea y del Espacio Shengen han levantado cerca de 1.000 kilómetros de muros para frenar los flujos migratorios. ¿Han disminuido? Más bien al contrario. No es, por tanto, un problema de muros. Los muros sólo convertirán en sufrimiento lo que es un proceso humano condicionado por las desigualdades, por el desempleo, por las guerras, por las hambrunas, por la falta de expectativas vitales. Tenemos muros físicos, armados, virtuales, marítimos, terrestres, fronterizos...y los muros del miedo. Si nos fortificamos cada vez más lo único que conseguiremos es ignorar el problema, maltratar aún más a los migrantes que lo intenten, pero no disminuiremos el número de migrantes, ni acabaremos con el fenómeno. Mirar hacia otro lado, aislarnos de ese mundo que viene a nosotros porque nosotros lo hemos dejado sin nada no es opción. Tarde o temprano se volverá en nuestra contra. El informe referido ("Levantando muros. Políticas del miedo y securitización en la Unión Europea") cuenta que de la existencia de dos muros en suelo europeo existentes en la década de los años 90 del pasado siglo, hemos pasado a 15 en el año 2017, siendo el año 2015 cuando más se materializó este aumento, con la construcción de 7 nuevos muros. Un total de diez de los 28 Estados miembro de la Unión Europea (España, Grecia, Hungría, Bulgaria, Austria, Eslovenia, Reino Unido, Letonia, Estonia y Lituania) han erigido muros en sus fronteras por razones exclusivamente migratorias, como también lo ha hecho Noruega (perteneciente al Espacio Schengen). 

 

A los muros terrestres que fortifican Europa, también hay que sumarle los muros marítimos, como nuestro Mar Mediterráneo. A este respecto, Ainhoa Ruiz Benedicto, investigadora del Centre D'elas y coautora del citado informe, apunta lo siguiente: "Ninguna de las principales operaciones europeas en el Mediterráneo ha tenido como mandato principal el rescate de personas. Todas las operaciones siguen el objetivo de erradicar la criminalidad en las zonas fronterizas y frenar la llegada de personas desplazadas. Sólo una, Mare Nostrum, llevada a cabo por el gobierno italiano, llegó a incluir organizaciones humanitarias en su flota, y fue reemplazada por la Operación Tritón de Frontex, con un presupuesto menor. Este tipo de medidas alimentan que se trate a las personas refugiadas y desplazadas como criminales". Paralelamente, el aumento de los programas europeos de control y vigilancia de la circulación de personas, y de recogida y análisis de datos biométricos (huellas dactilares, escáner del iris, rasgos del rostro o de la voz, etc.) representan los muros virtuales analizados en dicho informe. "Estas medidas han aumentado la sociedad del control y la vigilancia a la vez que han securitizado el movimiento de las personas, que se concibe como una amenaza", dice la referida investigadora. Toda esta deriva criminalizadora de los migrantes es casi un fenómeno mundial, que estamos viendo en prácticamente todos los lugares del mundo donde se produce este tipo de fenómenos. En el corazón de todo este proceso de criminalización se sitúa el discurso de corte neofascista que muchas formaciones políticas de nuevo cuño (y otras más antiguas) están ofreciendo a la ciudadanía europea, pues prácticamente florecen en todos los países de nuestro entorno. En este sentido, el informe analiza de qué manera los muros mentales que han sido creados a partir de la narrativa del miedo, promovidos por mensajes xenófobos y racistas por parte de partidos de extrema derecha en auge en Europa, y la identificación de las personas migrantes y refugiadas como una amenaza para las sociedades europeas, están justificando la construcción de muros físicos y virtuales. 

 

Se refuerza así el peligroso imaginario colectivo que refleja un interior "seguro" y un exterior "inseguro" (Donald Trump comenzaba un reciente tuit declarando que el mundo era "un lugar peligroso"). Los datos analizados en el informe muestran un ascenso preocupante de las opiniones racistas durante los últimos años, hecho que ha aumentado el porcentaje de votos a partidos europeos de ideología xenófoba, facilitando así el crecimiento de su influencia política. Más en concreto, un total de 10 de los 28 Estados miembro de la Unión Europea (Alemania, Austria, Dinamarca, Finlandia, Francia, Holanda, Hungría, Italia, Polonia y Suecia) tienen partidos xenófobos con presencia importante en la sociedad y en sus parlamentos, que han obtenido más de medio millón de votos en elecciones celebradas desde el año 2010 en adelante, y que, a excepción de Finlandia, han aumentado desde entonces su representación parlamentaria. Estos partidos, incluso en los casos en que son minoritarios, se observa que poseen una influencia indebida en las políticas migratorias de sus respectivos gobiernos. Pere Brunet, otro de los coautores del informe, concluye: "De este modo, en Europa se han ido construyendo estructuras y discursos de violencia que nos alejan de las políticas de defensa de los derechos humanos, de la convivencia, de la igualdad y de relaciones más equitativas entre territorios". Y este hecho va en aumento. Es así de triste. En nuestro país, la formación emergente Vox es la más fiel seguidora de los postulados racistas y xenófobos, y ojalá no se confirme, pero algunos estudios de opinión le asignan ya algunos escaños en ciertos parlamentos. En resumidas cuentas, la Unión Europea está abordando el asunto de la inmigración no sólo desde un punto de vista absolutamente injusto, sino además terriblemente inhumano, insolidario y hasta criminal.

 

El respeto al marco legal internacional sobre los Derechos Humanos, así como al resto de tratados humanitarios que Europa tiene firmados, brillan por su ausencia. La UE está abordando los flujos migratorios mediante políticas que se demuestran fallidas, que se basan en la fortificación, en el aislamiento, en la construcción de muros, el cierre de fronteras, el aumento de la vigilancia, la securitización y la suspensión de la libre circulación. Todas estas políticas erróneas, todas estas medidas están reforzando la idea de la Europa Fortaleza, con muros físicos, políticos y sociales que se erigen para una mayor seguridad frente a una supuesta amenaza, pero que finalmente resultan cada vez más peligrosos para las vidas y los derechos de las personas, tanto dentro como fuera de los Estados europeos. En concreto, además del muro noruego, existirían cuatro zonas donde se han erigido barreras: las Repúblicas Bálticas (donde Estonia, Letonia y Lituania han construido muros en sus fronteras con Rusia), la llamada "Ruta de los Balcanes" (con vallas construidas por Austria, Eslovenia, Hungría, Macedonia, Bulgaria y Grecia), los enclaves españoles en el norte de África (las vallas de Ceuta y Melilla), y el muro interno levantado en Calais (Francia), puerta de entrada al Reino Unido, donde además se desmantelaron hace un año los campamentos de refugiados que allí existían. Hay que derribar todos estos muros, pero también los muros de las mentalidades europeas que criminalizan al migrante, y que lo colocan como chivo expiatorio de los problemas internos de cada país, que en el fondo se deben a la propia política de la Unión Europea. La extrema derecha se basa como uno de sus puntales ideológicos en la culpa al extranjero, una criminalización fácil donde dirigir la frustración interna de sus sociedades, que se rebelan ante la austeridad que asfixia a la población trabajadora. Pero vamos a plantear una reflexión interesante a partir de este hecho, para comprobar hasta qué punto los postulados racistas son los que persisten en el fondo del imaginario colectivo de estas formaciones políticas, que luego a su vez intentan trasladar al resto de la sociedad. 

 

Y vamos a hacerlo con la ayuda del Profesor Jorge Majfud, que lo plantea en este artículo para el digital Rebelion bajo el sugerente título de "El racismo no necesita racistas". El mensaje de fondo es bien simple: si el racismo es el discurso dominante, basta con que cualquier persona lo legitime, se adscriba a él, para que pase a ser racista, aunque crea que no lo es. Majfud parte de un enunciado que parece ser inocente, pero que no lo es: "Una persona no necesita ser racista para defender las fronteras o las leyes". Correcto hasta aquí. Bajo una primera lectura, la frase parece ser irrefutable. Sin embargo, si no nos quedamos en la superficie, y ahondamos un poquito más, veremos su auténtico mensaje de fondo. Porque basta con que tomemos en consideración la historia reciente y un contexto presente más amplio, para que enseguida salte un patrón de enfoque abiertamente racista. Como ejemplo de ello, Jorge Mafjud nos ilustra con la frase del novelista francés del siglo XIX Anatole France, quien proclamó: "La Ley, en su magnífica ecuanimidad, prohíbe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan". Aplicado al rico, parece muy evidente (nunca tendrán que hacerlo), pero la cosa varía si la aplicamos al pobre...La conclusión está clara: uno no necesita ser clasista para apoyar una cultura clasista. Uno no necesita ser machista para reproducir el machismo imperante. Es decir, con frecuencia basta sólo con reproducir, de forma acrítica, una cultura dominante y defender alguna que otra ley, para participar de su fondo, de su mensaje, de su injusticia. Vemos lo que se nos muestra, pensamos lo que se nos expresa, y a esto lo llamamos "objetividad". Pero no es tal.

 

Es el condicionante, la presión del imaginario colectivo de la cultura donde estamos insertos, lo que provoca que, al menos de entrada, pensemos de determinada manera, elaborando un juicio, o mejor dicho, un prejuicio. El verdadero pensamiento crítico es el que obedece a poder escaparse mentalmente del imaginario colectivo, poder plantearnos otras premisas, otros valores, admitir otras posibilidades, y entonces nuestra opinión sí será totalmente libre. Jorge Majfud concluye contundentemente: "Claro, si uno es un hombre de bien y está a favor de hacer cumplir las leyes como corresponde, no por ello es racista. Uno no necesita ser racista cuando las leyes y la cultura ya lo son. En Estados Unidos nadie protesta por los inmigrantes canadienses o europeos. Lo mismo en Europa y hasta en el Cono Sur. Pero todos están preocupados por los negros y los mestizos híbridos del sur. Porque no son blancos, buenos, y porque son pobres, malos. Actualmente, casi medio millón de inmigrantes europeos viven ilegalmente en Estados Unidos. Nadie habla de ellos, como nadie habla de que en México vive un millón de estadounidenses, muchos de ellos de forma ilegal". Desconfiemos, por tanto, cuando alguien nos asevere que "sólo quiere que se cumplan las leyes", o que "le gusta que se las leyes se respeten", porque eso no nos asegura que su juicio sea justo. Detrás de dichas leyes normalmente existe un contexto más o menos extenso de prejuicios que dichas leyes manifiestan, encubren y delimitan...La simple reproducción del discurso dominante es una herramienta muy potente. Y así, en cada trabajador de piel oscura se ve un criminal, porque las mismas leyes de inmigración tienen pánico de los trabajadores pobres. Continuaremos en siguientes entregas.

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27 noviembre 2018 2 27 /11 /noviembre /2018 00:00
Nueva colaboración permanente en el medio Contrainformación

Queridos lectores/as y seguidores/as de este Blog, he de comunicaros que desde la pasada semana he cerrado un nuevo acuerdo de colaboración permanente con el medio digital Contrainformación (https://contrainformacion.es/), de tal forma que podréis encontrar diariamente una columna firmada por mi en dicho medio. Espero que me sigáis en esta nueva aventura con tanta fidelidad como ponéis en esta humilde tribuna, que es mi Blog personal, que seguirá publicando como siempre series de artículos divulgativos sobre el pensamiento alternativo. 

 

Aprovecho la ocasión para daros las gracias por vuestro atento seguimiento a mis artículos y series tanto en este Blog como en el resto de medios donde se hacen eco de mis reflexiones. Son ya ocho largos años de colaboración constante, y de intentar que la calidad de los artículos que aquí se publican no defrauden ni por asomo vuestras expectativas. 

 

Gracias y un abrazo a todos/as!!

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26 noviembre 2018 1 26 /11 /noviembre /2018 00:00
Filosofía y Política del Buen Vivir (XV)

El trastorno climático no puede atribuirse a toda la humanidad, porque eso significa desconocer que en cada país la sociedad está atravesada por múltiples mecanismos de división y segmentación, entre ellos los de la clase, el género, la “raza”. Considerando esas divisiones, entre las cuales se destaca la de clase (presentada en forma esquemática como la existencia de una minoría de ricos y una mayoría de pobres), las modificaciones climáticas han sido generadas a nivel mundial por ciertos países (a la cabeza de los cuales se encuentran los Estados Unidos) y por los sectores sociales opulentos y acaudalados del mundo. Estos han hecho dominante un modo de producción, de consumo y hasta de muerte, como es el capitalismo, del cual se lucran, pero hasta ahora no pagan por las consecuencias climáticas y ambientales de su modo de vida

Renán Vega Cantor

Llegados a este punto, hemos de denunciar la tremenda falacia que suponen términos y conceptos como el de "desarrollo sostenible", "capitalismo verde", y otros por el estilo. El ejemplo de "desarrollo sostenible" es por sí mismo un oxímoron, una clara contradicción, pues si nos "desarrollamos", en el sentido capitalista del término (que es el que aplicamos a nuestra civilización industrial), implica que crecemos, y ello, como estamos viendo, es algo absolutamente incompatible con la sostenibilidad. Ningún desarrollo entendido desde el enfoque capitalista puede ser, por tanto, sostenible. Ningún crecimiento puede ser sostenido en el tiempo, porque si por ejemplo afirmamos que pretendemos que el PIB de nuestro país crezca, por ejemplo, un 1% anual, estamos asimilando que cada año nuestra "riqueza" nacional debe aumentar en dicho porcentaje, lo cual no es sostenible. Más bien al contrario, lo que debemos "sostener" son las riendas del crecimiento económico, asimilando la idea (en la cual iremos profundizando en subsiguientes entregas) de que cada vez tenemos que crecer menos, o si se quiere, decrecer. Debemos por tanto abandonar el objetivo de la "sostenibilidad", y cambiarlo por el de resistencia ("resiliencia" como lo denominan algunos), es decir, la capacidad de resistir el gran golpe civilizatorio que se nos avecina. Hemos de adaptarnos a él, precisamente para crear el mínimo sufrimiento social posible. El colapso civilizatorio nos obligará a materializar formas de vida más locales, más simples, menos ambiciosas, menos consumistas, tanto en lo social, como en lo económico y en lo cultural. Se impone por tanto no sólo una revolución económica, sino también individual, mental, en nuestros principios y valores, en nuestros hábitos, costumbres y estilos de vida. 

 

Manuel Casal afirma en la referida entrevista: "No lo dudemos: en la medida en que seamos capaces de articular modos de vivir sin capitalismo y sin Estado (...) estaremos siendo más "resilientes" y estaremos más preparados para resistir el colapso y para ayudar a otros a resistir. Hay que construir botes salvavidas para huir de este Titanic que se hunde ya sin remedio, por utilizar una recurrida metáfora". Intentar suavizar el modelo capitalista, reformarlo o "refundarlo" (como en su día propuso el ex Presidente francés Nicolás Sarkozy) sería la peor idea que se nos podría ocurrir. De hecho, estos maquillajes o disfraces del capitalismo no están funcionando. Es evidente que vamos a tener que potenciar la idea del Bien Común, de servicios públicos, priorizando las necesidades sociales por encima del lucro, y poniendo la democracia por encima de los mercados. Es algo que ya venimos proponiendo en muchos de nuestros artículos del Blog, pero que desde esta dimensión del colapso de la civilización industrial, ya no es una opción, sino una imperiosa necesidad para minimizar sus efectos. La mejor forma de resistir el colapso, intentando evitar que se den potentes revueltas sociales, es garantizando que al menos cada persona pueda tener cubiertas sus mínimas necesidades. Ideas como la Renta Básica Universal (que ahora mismo estamos desarrollando y exponiendo con profundidad en nuestra serie de artículos "Arquitectura de la Desigualdad") se vuelven muy necesarias, pero no sólo: también deberíamos implementar una Reforma Agraria (para garantizar el acceso o usufructo de la tierra para todos), así como una democratización y garantía de acceso a los suministros básicos (energía, agua, transportes...), teniendo en cuenta además que el propio trabajo humano (hijo en la acepción capitalista de la propia civilización industrial) también entra en crisis, y deja de ser un elemento clave para garantizar la vida digna, o si se prefiere, la libertad material de la persona. 

 

Las formaciones políticas adscritas a la izquierda, sobre todo a la izquierda clásica, no están incorporando en sus respectivos programas electorales, con la debida importancia, la preocupación por estos asuntos. La mayoría de la izquierda sigue anclada en las propuestas socialistas de siempre, sin darse cuenta de que el propio avance del capitalismo las ha convertido también en inviables. La redistribución de la riqueza es una de ellas: por supuesto que no estamos en contra de ella (todo lo contrario, la apoyamos sin reservas), pero a la luz del advenimiento del colapso energético y civilizatorio, esa creación de la "riqueza" también debemos ponerla en cuarentena. No obstante ya se van produciendo reacciones, y cada vez existen más partidarios del decrecimiento y del ecologismo social. Los movimientos laborales, atravesados por el sindicalismo clásico, también deben comprender la evolución de sus planteamientos, al ponerse en crisis, como ya comentábamos, el factor trabajo. El clásico conflicto capital-trabajo (al que el Marxismo le dedicó la mayor parte de su exposición) debe ir sustituyéndose por el conflicto capital-planeta, o capital-vida, si se prefiere. La izquierda política y social debería en general superar sus planteamientos clásicos, liberarse de anclajes del pasado que están siendo superados, y no porque cambien los objetivos finales de pretender alcanzar un modelo de sociedad con mayor equidad y justicia social (que compartimos), sino porque los medios para llegar a alcanzarla se están viendo torpedeados por la propia involución macabra del capitalismo globalizado. Existen una serie de barreras, no ya sólo ideológicas, sino también mentales y culturales, que son tremendamente difíciles de superar. Pero la excepcionalidad del momento histórico que estamos atravesando y la transformación a la que nos dirigimos, debe hacer prevalecer los planteamientos pragmáticos y funcionales sobre los clásicos e ideológicos. El hecho es que si nos enfrentamos a una tragedia social de incomparable envergadura y de trascendencia planetaria, debemos dirigir todos nuestros esfuerzos en intentar conseguir que los impactos sean lo más pequeños posibles.

 

La izquierda no puede construir sus postulados de manera ajena al conocimiento científico, y éste nos está exponiendo a las claras cuál es la situación, y cuánto tiempo tenemos para reaccionar. Ya sabemos que son mensajes radicales, pero es mejor contarlos así al conjunto de la ciudadanía, aunque ello suponga arriesgarse a perder algún nicho de potenciales votantes. La verdad científica no puede relegarse al cortoplacismo electoralista. Hemos de contar a la gente la verdad de la situación actual, evitando caer en el sensacionalismo, pero sin eliminar un ápice de la gravedad de la misma. Hemos de volver al estadío anterior a la Revolución Industrial, donde sólo se producía para satisfacer las necesidades, y no para obtener un incesante lucro para unos pocos, que se traduce a su vez en pobreza y miseria para una gran mayoría. La Revolución Industrial comenzó a "inventar" nuevas necesidades para el ser humano, comenzando una diabólica espiral de mercantilización que llega hasta nuestros días. Ese desmedido afán de beneficio es el que nos ha conducido hasta la presente y caótica situación. La actual filosofía del consumo masivo es insostenible, debemos revertirla, y la única manera para hacerlo es consiguiendo una revolución mental a nivel humano que se cuestione nuestras verdaderas necesidades. El colapso nos obligará a controlar ese irracional consumo, y hemos de estar preparados para ello. Es más: si las propias corporaciones no cambian su estrategia, y no lo harán mientras puedan seguir explotando recursos y materias primas, a los seres humanos, a los animales y al entorno natural, entonces somos las personas las que tenemos la responsabilidad de hacer caer su enorme actividad, y la única forma es escapando de esta gigantesca ola de consumismo irracional y enloquecido. No podemos contar tampoco con los Gobiernos, que se dedican a proteger determinadas industrias extractivas (como el petróleo, el carbón o el gas de esquisto) que son absolutamente nocivas. Hace tiempo que la política "realmente existente" es simplemente un juego de intereses, despreocupando los valores (a veces hasta con la inexistencia de éstos). 

 

Repasemos por ejemplo la conducta de los Estados que han firmado determinados acuerdos climáticos. Por ejemplo, el reciente Acuerdo de París (2015) fue adoptado por los 195 países participantes, de los cuales 171 ya han suscrito el tratado, en sólo dos años, lo cual está muy bien si no fuera porque dicho acuerdo es sólo una colección de buenos deseos, de magníficas pretensiones, de declaradas intenciones, pero sin ningún compromiso concreto. Ello avala la filosofía de los tratados anteriores. No se establecen compromisos concretos, específicos, ni metas cuantificables. Cada país decidirá sus propios objetivos y será responsable de su implementación. Como muy acertadamente compara Roberto Savio en este reciente artículo para el medio Alainet (que estamos siguiendo para exponer las responsabilidades políticas y empresariales en toda esta deriva), esto es como pedir a todos los ciudadanos de un país que decidan cuáles y cuántos impuestos quieren pagar, pero que no se preocupen, porque si no los pagan, no existen sanciones. La tónica general es que los propósitos van relajándose conforme avanza el tiempo, sobre todo porque los políticos poseen menos fuerza que las corporaciones. Por ejemplo, durante el Acuerdo de París (que ya ha abandonado Estados Unidos con Donald Trump al frente) en 2015, Europa se comprometió a llegar a utilizar el 27% de energías renovables (reduciendo el uso de energías fósiles), fijando el objetivo del 20% para el año 2020. Pero del 27% se bajó al 24,3%. Además, los Ministros decidieron mantener los subsidios para la industria de las energías fósiles hasta el año 2030 en lugar del 2020, tal como estaba previsto. Y aunque la propuesta de la Comisión organizadora del tratado era que las plantas de energías fósiles perdieran los subsidios si no reducían sus emisiones a 500 gr. de CO2 por tonelada para 2020, los Ministros extendieron los subsidios hasta el 2025. Lo podemos extrapolar a todos los ámbitos que queramos: siempre ocurre igual. Los objetivos originales se relajan, los plazos se alargan, los compromisos se diluyen, y mientras todo eso ocurre, el planeta avanza en su descomposición, los recursos naturales se agotan, el calentamiento global aumenta. Continuaremos en siguientes entregas.

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23 noviembre 2018 5 23 /11 /noviembre /2018 00:00
Fuente Viñeta: https://www.contrainfo.com/

Fuente Viñeta: https://www.contrainfo.com/

La situación es evidentemente antidemocrática y una de las maneras mediante las que se oculta es la caridad ostentosa, la cual, tal y como hemos mostrado a través de la historia, es una manera de hacer parecer respetable e incluso benditas a las grandes fortunas. Criticamos las versiones modernas de la caridad como parte de la política económica, haciendo que los famosos superricos (que roban la libertad de los demás) parezcan buenas personas en su fachada altruista; criticamos su actividad institucional altamente corrupta, y cuando es practicada como humanitarismo y filantrocapitalismo

Julie Wark y Daniel Raventós

En nuestra última entrega ya adelantamos una idea que vamos a desarrollar más profundamente aquí, y que se refiere a la conclusión general de que los obstáculos para implementar una Renta Básica Universal no obedecen a inconvenientes económicos ni de financiación, sino que son exclusivamente políticos. Diversos autores, entre ellos el equipo de la Universidad Autónoma de Barcelona (con Daniel Raventós al frente) han demostrado en diferentes estudios que se pueden consultar libremente en Internet que la financiación para una RBU es posible, justa y necesaria. Luego inferimos claramente que no se hace porque nuestros gobernantes tienen otros lineamientos políticos, que básicamente convergen en que no entienden esta medida, no la legitiman, no la comprenden, no la comparten, o no tienen la suficiente información. Por debajo de todos estos juicios absurdos sobre la RBU únicamente existen prejuicios sobre lo que ellos entienden por trabajo humano, tal como lo entiende el sistema capitalista, al que ya hemos aludido en entregas anteriores. Para exponer todo esto con un poco más de calma, vamos a tomar como referencia a continuación este artículo del medio Cuarto Poder donde Roberto Sirvent entrevista a Julie Wark y Daniel Raventós sobre este asunto. Hemos de partir de la base de considerar como un derecho humano fundamental el referido a la existencia material. Y es fundamental porque sin él, ningún otro derecho podría existir, incluido el derecho a la vida. En nuestras modernas sociedades, al lado de insultantes cantidades de riqueza para unos pocos, estamos fomentando la extrema pobreza para muchos, y condenando incluso a la muerte en los casos más extremos. Y así, bajo el disfraz de la caridad moderna (organizaciones religiosas, ONG's, organizaciones de beneficencia, etc.) se respaldan escandalosas concentraciones de riqueza, y lo peor de todo, que los Gobiernos continúen sin redistribuir la misma de una manera más o menos justa y equitativa. 

 

Más bien al contrario, las políticas siguen insistiendo en favorecer la arquitectura de la desigualdad, cuyos distintos flecos, variantes y facetas estamos analizando en la presente serie de artículos (paraísos fiscales, fiscalidad regresiva, deudas públicas disparadas, hegemonía empresarial en las leyes laborales, etc.). Se impone el discurso de la caridad institucionalizada (precisamente por estas fechas hacen campaña los Bancos de Alimentos, que solicitan altruistas ayudas a toda la población para poder ayudar a los más necesitados). La función social de equidad de los Gobiernos queda trastocada, en favor de los poderosos, que lavan su imagen a través de diversas campañas de "solidaridad". Los autores de referencia aseguran en su libro "Against Charity" que "La caridad es, por definición, una relación arbitraria altamente desigual en la cual los destinatarios, incapaces de ejercer sus derechos de ciudadanía, son impotentes y así han de seguir". Es una forma de legitimar la existencia de los pobres, que se consideran como una especie de mal colateral. Lo que ocurre es que las ideologías ocultan y deforman la realidad, crean excusas para deslegitimar determinadas medidas, y fabrican impedimentos disfrazados de "imposibilidad económica", cuando lo único que existen son prejuicios morales fabricados por la filosofía capitalista. Por ello, el mejor modo de desmantelar sus espurios argumentos es explicar por qué son falsos y proveer datos y ejemplos para poder probarlo. Wark y Raventós explican en este sentido: "La ciencia y la tecnología nos dicen qué se puede y qué no se puede hacer, pero lo que debemos y no podemos tener o hacer son decisiones políticas, y las dos esferas están convenientemente confundidas".  Los reaccionarios conservadores y los economistas ultraliberales nos dicen poco menos que así está hecho el mundo, pero es una manera de ocultar que ellos no quieren cambiar ese mundo. Y lo cierto es que una Renta Básica Universal puede ser perfectamente financiada mediante una justa redistribución de la riqueza. 

 

Básicamente, se necesita una gran reforma fiscal que sea verdaderamente progresiva (es decir, que haga pagar más a quien más tiene y más cobra), apoyada por una convergencia de todas las demás prestaciones sociales del Estado (desempleo, prestaciones no contributivas, pensiones de todo tipo, etc.) en el epicentro de la Renta Básica Universal. La guinda del pastel es obtener más ingresos del Estado mediante medidas como un repudio de la deuda pública que se considere (tras un proceso de Auditoría Ciudadana de la misma) insostenible, ilegal u odiosa (es decir, creada de forma ilegítima). Si además de todo ello conseguimos disminuir otras partidas de los Presupuestos Generales del Estado (como las dedicadas a la Iglesia Católica o a las Fuerzas Armadas), tendremos la situación ideal para poder financiar sin ningún problema una RBU, que como estamos afirmando, es una medida de absoluta e imprescindible justicia social. También podemos clamar contras las voces que argumentan que la Renta Básica Universal no existe en ningún lugar del mundo. De entrada, jamás he entendido por qué ese es un argumento válido: todas las medidas económicas se han tomado por primera vez en algún sitio, luego está claro que alguno tiene que ser el primero para poder demostrar su eficacia o utilidad. Pero es que además, en el caso que nos ocupa, conocemos convincentes estudios sobre los efectos positivos de programas piloto de RBU en lugares como Namibia, Kenia, India, Barcelona y Finlandia, consiguiendo demostrados efectos positivos en la autonomía de las mujeres, escolarización, niveles de criminalidad y salud mental, por ejemplo. Algunos de dichos experimentos los comentaremos con más profundidad en su momento. Luego por tanto, desmentimos también desde aquí que la RBU no haya sido puesta en práctica en ningún lugar. 

 

Y también desmentimos que su financiación sea imposible, como determinados medios de comunicación (esos que únicamente trasladan el pensamiento dominante) se empeñan en difundir. Eso ocurre porque detrás tienen haciendo los cálculos, por ejemplo y sin ir más lejos, al Servicio de Estudios del BBVA, los mismos que también difunden que el Sistema Público de Pensiones es insostenible, y otros engañosos mantras neoliberales. Tal como señalan en este artículo del digital Sin Permiso Jordi Arcarons, Daniel Raventós y Lluís Torrens: "lo relevante es el coste neto de la medida, calculada como la suma de lo que pagarían de más los ricos en impuestos restando lo que recibirían de RB, y lo superfluo, pero donde ponen el énfasis, su coste bruto". Éste es el razonamiento que se pretende siempre ocultar por parte de algunos economistas neoliberales. Y si existen lectores o lectoras que piensen que este sistema ya existe en nuestro país, se (o los) están engañando. Nuestros sistemas de rentas mínimas garantizadas, sean las variantes que sean, de las Comunidades Autónomas donde se han implantado (la vasca, la catalana, la andaluza, la valenciana...) continúan adoleciendo de los mismos males y defectos que ya hemos venido comentando en anteriores entregas. Ni son universales (no se conceden a todo el mundo, sino a los que cumplen determinados requisitos muy excluyentes sobre el total de la población necesitada), ni son incondicionales (plantean el concurso de una serie de condiciones, como venir de una situación de desempleo, tener rentas inferiores a un determinado nivel, estar determinadas por la unidad familiar...), ni son individuales (sino que se conceden a las personas o familias en función de criterios evaluados sobre el cómputo general familiar, donde cuentan la renta de otras personas, la presencia de menores o discapacitados...). En los casos más frecuentes, además, las personas han de tener una edad determinada, haber agotado otros itinerarios de prestaciones, o esperar un determinado tiempo entre una y otra prestación. 

 

Los indecentes políticos que nos gobiernan nos venden una idea de lo que luego no es, y además lo hacen a bombo y platillo. Lo que la RBU propone es que esta renta mínima existe siempre, desde que el individuo nace hasta que muere, y no se revoca jamás, dan igual el resto de circunstancias que rodeen su vida personal, familiar o social. La RBU define un modelo de renta mínima intransferible, perpetua e inembargable, con lo cual garantiza, como venimos exponiendo, que la pobreza deja de existir en nuestra sociedad. Hemos de pensar, entonces, que lo que realmente se esconde detrás de las negativas a implantarla es que existe un gran interés en que la pobreza continúe existiendo. Esta es la madre del cordero. Páginas y páginas de instrucciones, explicando las condiciones y requisitos que hay que cumplir, complejas aplicaciones informáticas que evalúan las condicionalidades exigidas, y legiones de funcionarios dedicados a velar por la "correcta" aplicación de la ley (como si ésta fuese la suprema expresión de la justicia), que "básicamente significa controlar que nadie cobre un euro de más sobre lo que se merece" (en expresión de nuestros autores de referencia). Si los mismos esfuerzos que se dedican a este control se dedicaran al fraude fiscal de grandes corporaciones, otro gallo nos cantara. La RBU también favorecería el clima para el reparto del trabajo, una fenomenal medida para repartir el empleo existente de una forma inteligente, porque como hemos indicado, cualquier otra fuente de ingresos adicional no causaría nunca la pérdida de la RBU. Y en cualquier caso, la RBU se enfrenta y pone en crisis la idea del Empleocentrismo actual (concepto que hemos puesto en debate en entregas anteriores), favoreciendo la extensión de otras acepciones, variantes y posibilidades para el trabajo humano, remunerado o no, rentable económicamente o no, que amplíen nuestro derecho a un trabajo en el sentido más social, universal y liberador del término, y no prejuicien a una gran cantidad de personas por las tareas que lleven a cabo. Por todo ello, entendemos que la RBU es una medida política y social de extrema urgencia (la tasa de pobreza y exclusión social en nuestro país es ciertamente elevada, así como los índices de desempleo), además de un instrumento de liberación para la clase trabajadora de clara importancia. Continuaremos en siguientes entregas.

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21 noviembre 2018 3 21 /11 /noviembre /2018 00:00
Viñeta: Eneko

Viñeta: Eneko

Las ciudades de Ceuta y Melilla con su vallas son una imagen medieval, ciudades amuralladas con indeseables tratando de traspasar sus alambradas: negros, árabes, magrebíes y subsaharianos tratando de buscar mejores perspectivas de vida al otro lado del que alguna vez se denominó Mare Nostrum. Estremece ver las imágenes de centenares de seres humanos durmiendo a la intemperie, adormecidos con el denominado “Efecto Llamada” a los pies del Monte Gurugú en Marruecos, esperando el momento de lanzarse al abordaje de sus sueños y muriendo en esos intentos, como sucedió el pasado mes de enero cuando 15 de estos inmigrantes murieron alcanzados por proyectiles de la Guardia Civil española

Pablo Jofré Leal

Venimos exponiendo durante las últimas entregas (basándonos en este magnífico artículo de Jofré Leal para el digital Rebelion.org, de donde tomamos toda esta información) los diferentes muros que podemos encontrarnos a lo largo y ancho de nuestro planeta. Los hemos descrito en su trazado y longitud, en sus características, en su protección, en las fronteras que separan. Pero como ya advertíamos al comienzo de su recorrido, no sólo los muros físicos o geográficos son los que inundan las diversas fronteras. También existen otra clase de muros que es preciso derribar, porque también, a su modo, representan fronteras que es necesario abatir. Son muros de tipo social, político, religioso...Son igualmente muros infranqueables, que incluso representan barreras inasumibles en un mundo libre y democrático. Un mundo que como vemos, continúa obligando a desplazar a las personas, a la vez que impidiendo su libre acceso y recorrido, controlando sus desplazamientos, limitando sus migraciones, acotando su supervivencia. Son los muros que segregan, muros elitistas, muros supremacistas, muros intolerantes. A veces incluso poblaciones enteras, debido a su religión, su raza o su cultura, son demonizadas por los propios países donde residen, marginándolos e impidiendo su libre convivencia e integración con el resto de la población. Un ejemplo de ello es la población rohinya en Birmania, por constituir una minoría étnica musulmana. Suelen también usarse dentro de un mismo país, para intentar segregar a sus propios conciudadanos por razones económicas, sociales, religiosas o de orden racial. Estos muros también necesitan nuestra atención, aunque no tengan una frontera física construida. Muchas veces se usan para aislar a los barrios más empobrecidos y separarlos así de las zonas colindantes más lujosas, constituyendo una forma de segregación. Un buen ejemplo de ello lo constituyen los muros que el Estado de Rio de Janeiro en Brasil está construyendo alrededor de las favelas de algunos barrios desfavorecidos. 

 

Otros muros tienen connotaciones religiosas u orígenes políticos. En Irlanda del Norte, y específicamente en su capital (Belfast), a partir del año 1969 se comenzaron a erigir las denominadas "líneas de paz" como medida temporal para separar a las comunidades católicas y protestantes de este enclave inglés en territorio irlandés. Son una serie de barreras de separación, que a pesar de los acuerdos de paz firmados entre Londres y el Ejército Republicano Irlandés (IRA) en el año 1998, siguen en pie e incluso el último de esos muros fue levantado el año 2013 en los terrenos de una escuela primaria, tras una serie de hechos que tensionaron la convivencia entre ambos grupos religiosos. Se calcula que en total existen unos 20 kilómetros de muralla y como muestra de su presencia, las puertas de hierro que separan al Este unionista (aliado del Reino Unido) del sector mayoritariamente independentista y republicano, se cierran cada noche en un virtual toque de queda. Otro ejemplo de muro racista se da en Eslovaquia, en la hoy día llamada "Europa del Este". Allí las autoridades, principalmente de algunos municipios de sus principales ciudades, sobre todo durante los últimos 8 años, han estado construyendo una serie de muros (14 hasta el momento) destinados a separar a la comunidad romaní del resto de la sociedad eslovaca. Ciudades como Velka, Ida, Kosice y Ostrovany son algunas donde estos baluartes de la segregación tratan (según las autoridades municipales, que son las que han ordenado levantarlos) de "evitar un infierno diario a las personas que viven cerca de los barrrios gitanos". Desgraciadamente, las comunidades romaníes están hoy día prácticamente retiradas en guetos en las grandes ciudades, debido al racismo imperante, y a la intolerancia de sus dirigentes y autoridades locales. En la misma civilizada y milenaria Europa, nuestro Viejo Continente, en una pequeña isla del Levante Mediterráneo, se encuentra Chipre. Allí las comunidades griegas (mayoritarias) y turcas ocupaban distintos barrios de su capital, Nicosia, constituyendo de facto una línea divisoria que se materializó tras la Declaración de Independencia de Chipre de 1960. Posteriormente, una serie de enfrentamientos en el año 1963 obligaron a las autoridades británicas, en un trabajo conjunto con fuerzas griegas y turcas presentes en la isla, a dividir la capital mediante una denominada Línea Verde que se extiende a lo largo de 180 kilómetros, una franja desmilitarizada patrullada por una Misión de las Naciones Unidas. 

 

Otro caso lo tenemos en el sur de África. Allí, la valla construida por el Gobierno de Botsuana que lo separa de su vecino Zimbaue, tiene como argumento principal el impedir la propagación de la fiebre aftosa entre el ganado de ese país surafricano, que es la segunda fuente de ingresos del país tras la explotación de diamantes. La verja en cuestión, construida a partir del año 2003, con alambre de púas, tiene dos metros y medio de altura y se extiende a lo largo de unos 500 kilómetros. La idea original contemplaba electrificarla y vigilarla mediante un cuerpo especial. Sin embargo, las propias condiciones geográficas y el coste económico impidieron dicha idea. No obstante, dicha valla continúa dividiendo a dos pueblos, uno con mayor nivel económico que el otro, pero ambos muy lejos de los mejores indicadores de desarrollo humano. Zimbaue por su parte considera que dicha construcción está destinada a detener el creciente flujo de migrantes de su país, en busca de mejores oportunidades de vida en su país vecino. La economía de Zimbaue está en ruinas, con niveles de hiperinflación que han llegado al cien mil por ciento, y una tasa de desempleo del 90%, junto a una crisis sanitaria de envergadura que representa el virus del VIH, que afecta a un 30% de su población. Como consecuencia de todo ello, son miles los habitantes de Zimbaue que tratan de cruzar a Botsuana como también a Sudáfrica, que son consideradas dos de las economías más prósperas del continente africano. Por su parte, en Asia Central, otra de las "zonas calientes" del mundo, la República de Uzbekistán ha levantado una barrera de alambres de púas, cercas electrificadas y campos minados para impedir, según el gobierno uzbeco, la entrada de "militantes islámicos radicales" de las vecinas Afganistán, Kirguistán y Tayikistán. Se trata de una política ampliamente respaldada por Estados Unidos, que ve en esta relación con el gobierno uzbeco la posibilidad de acceder no sólo a las riquezas hidrocarburíferas de esta ex República Soviética, sino también servir de aliado en su lucha contra los talibanes y país tapón contra los deseos de hegemonía rusa en la región.

 

La frontera entre Uzbekistán y Afganistán está dotada de una cerca electrificada con 380 voltios, que se unen a los 1.100 kilómetros de alambres de púas que separan a este país de Kirguistán. Y en la frontera con Tayikistán, en sus 1.500 kilómetros de longitud, la barrera de alambre de púas está reforzada por campos de minas antipersonas sin la presencia de mapas de seguridad que indiquen dónde están colocadas, lo que supone un altísimo nivel de peligrosidad. Pero en general, sea en América del Norte, en Asia, en Europa, en Oriente Próximo o en el continente africano, los muros, vallas, cercas o alambradas, los sistemas de seguridad, las patrullas, las concertinas, las cámaras de vigilancia y toda su tecnología asociada, así como las armas que se utilizan en dichas barreras, son perversas creaciones del ser humano creadas para separar, para segregar, para dividir y para contribuir a la lejanía entre las sociedades. Asistimos a una etapa histórica nociva, donde se ha agravado enormemente la brecha entre ricos y pobres, y la miseria se ahonda según se aleja de la holgura soberbia de los poderosos. Brechas que son aprovechadas para hurgar en las heridas, en las diferencias, y para remarcar lo que separa, en vez de lo que une. Brechas donde los muros permiten taponar las exigencias, frenar los anhelos, detener los sueños de mejores perspectivas de vida. Brechas que constituyen atentados a la humanidad, por suponer flagrantes motivos para la aniquilación de seres humanos inocentes. No son invasiones, no son agresiones, sólo son movimientos de una parte de la humanidad motivados por los más básicos instintos de conservación: el hambre, la miseria, la guerra. Hoy día, abismales diferencias pueden separar unos mundos de otros, unas sociedades de otras. Las hambrunas periódicas, las guerras, la pobreza y la miseria en gran parte de la humanidad, frente a la insultante e innecesaria riqueza de ciertas personas en el mundo "desarrollado". Mareas humanas se dirigen en largos caminos de días, de semanas, de meses, de unas zonas a otras, cual atávica peregrinación en busca de mejores oportunidades para sus vidas. Y al final de dichos caminos, en gran parte de los casos, lo que se encuentran es la hostilidad y la arrogancia de otros seres humanos que son incapaces de comprender su miseria, que no entienden de solidaridad, de cooperación, de fraternidad, que los tratan de forma indigna, como si no merecieran ser tratados como personas. 

 

Los procesos migratorios no sólo se mueven a lo largo de los cuatro puntos cardinales, sino también a través de las propias migraciones internas del campo a las ciudades, movimientos que están despoblando las zonas rurales de todo el mundo, y contribuyendo a la masificación de grandes zonas urbanas, a la presencia de guetos y a los centros de contaminación de los recursos naturales que necesitamos todos para vivir. Y en todos estos planos, los muros cumplen su papel de puntas de lanza del dominio, separando no sólo físicamente a los países y los continentes, sino separando también en los órdenes religioso, económico, social, político y militar. Derribar todos estos muros se convierte, hoy día, en un imperativo moral y humano, en una necesidad vital si no queremos continuar diseñando un planeta peligroso y hostil, inhóspito, desagradable, inhumano, brutal, indigno de ser habitado. Derribar todos estos muros, los físicos y los políticos, los sociológicos y los religiosos, los tribales y los continentales, es una tarea urgente bajo otra política de fronteras, centrada en el avance de los pueblos, en la solidaridad y en la integración. Una nueva política de fronteras que abrace a las personas, que no coloque muros de intransigencia, que no levante murallas de intolerancia, que no discrimine a las personas porque no son como nosotros, porque hablan distinto, comen distinto, trabajan distinto, o adoran a otro Dios distinto. Derribar todos los muros que existen en el planeta nos hará sentirnos más libres, más humanos, más integrados, más conscientes de nuestra diversidad, de nuestra multiculturalidad, de nuestra riqueza como especie humana. Derribar todos los muros, sean de la naturaleza que sean, y estén donde estén, contribuirá a eliminar las diferencias entre seres humanos, a proyectar sociedades más equitativas, más libres, más justas y más avanzadas. Desde esta humilde tribuna apostamos por una política de fronteras que elimine muros, barreras, vallas y alambradas, porque precisamente haya eliminado todas las circunstancias y situaciones que obliguen a las personas a traspasarlas. Continuaremos en siguientes entregas.

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19 noviembre 2018 1 19 /11 /noviembre /2018 00:00
Viñeta: Kike Estrada

Viñeta: Kike Estrada

Los humanos han modificado el mundo natural de múltiples maneras. Han destruido casi la mitad de los bosques naturales que cubrían los continentes hace apenas 2.000 años. Han provocado la desaparición de miles de especies de plantas y animales. Han contaminado los suelos, el agua y el aire con sustancias tóxicas de su propia invención. Han llenado los océanos con desechos químicos y plásticos que amenazan la vida marina. Han alterado los ciclos de las precipitaciones y aumentado la intensidad y frecuencia de los huracanes

Julio César Centeno

Con todas estas credenciales sobre la actividad del ser humano sobre la faz de la Tierra, no es de extrañar que nos encontremos en la situación actual. Pero no hay que ser muy avispado para comprender la situación de colapso a la que nos dirigimos. Sólo hay que contemplar los programas informativos diarios, para comprobar cómo cada vez en mayor medida las noticias tienen que ver con la situación ambiental y con las decisiones políticas que se toman para intentar revertirla. Sin ir más lejos, en esta misma semana hemos tenido los terribles incendios de California (al momento de escribir esta entrega ya van por 66 las víctimas mortales y decenas de desaparecidos), el informe de diversos científicos que advierten sobre la progresiva pérdida de nieve en los Pirineos (que causará mayor número de aludes, o el cambio en el ciclo de migraciones de las aves, entre otros efectos), las tremendas lluvias torrenciales en el Levante español y el Mediterráneo, y el debate social que se ha provocado por las tímidas medidas que el Gobierno va a implementar en torno a los vehículos de motor y sus emisiones. Todos estos efectos, informes, situaciones, etc., nos dan la pista de que se trata de una serie de factores causantes del colapso, que se realimentan e interaccionan entre sí, pero sobre todo que no nos presentan el colapso como un momento puntual (tal como lo han hecho algunas películas de Hollywood), sino que hemos de entenderlo como un proceso desplegado en varias etapas y manifestado en diferentes frentes. No afecta por igual a todos los lugares, ni a todas las capas sociales. Quizá sea el agotamiento del petróleo y el declive energético que este hecho representa uno de los que primero ha disparado el comienzo de este colapso, tal como indica Manuel Casal Lodeiro en esta entrevista, y cuyo magnífico libro ya hemos reseñado en la entrega anterior. Nuestro modelo productivo aún depende en gran medida de esta fuente energética, y esto además realimenta fenómenos como el caos climático, que en realidad no es sino la otra cara del mismo problema histórico, como es la quema desaforada de combustibles fósiles en busca del crecimiento permanente de una economía capitalista y globalizada. 

 

Y frente a esta aplastante realidad...¿Cuál es la reacción de la sociedad en su conjunto? Causa pavor, tristeza y desolación comprobar cómo existe un reducido número de personas realmente concienciadas del problema, frente a una inmensa mayoría social absolutamente ajena al mismo (bien por ignorancia o por ideología), apoyada por unos desalmados e ignorantes empresarios que sólo son capaces de ver la punta de su nariz, y concentrar su atención sólo en los beneficios económicos a corto plazo. Esta clase empresarial ignorante y temeraria es la que se encarga (como estamos pudiendo comprobar ahora con su resistencia a las medidas implementadas por el Gobierno en torno al abandono de los vehículos de gasolina y diésel para el año 2040) de oponerse a cualquier estrategia que se quiera imponer para que los países puedan enfrentarse a esta deriva con cierta previsión. No son capaces de entender simplemente el descenso de energía que supondrá el agotamiento de los combustibles fósiles. Y si poseemos menos fuentes de energía, habremos de renunciar al actual nivel de complejidad de nuestra sociedad y de nuestra economía. Hace pocos días era entrevistado el responsable de una cadena de montaje industrial de vehículos, y advertía de que frente a los cuatro empleados que normalmente se necesitan para montar un vehículo con motor a combustión, se necesitarán tan solo dos empleados para el montaje de un vehículo eléctrico. Esto es tan sólo un ejemplo elemental que podemos extrapolar a un sinfín de industrias, actividades y modos de producción y de consumo donde ahora nos movemos. Y frente a este hecho...¿qué decidimos? ¿Seguir con las cadenas de montaje actuales para no perder los empleos que requieren? Eso es como quien va conduciendo con su vehículo y ante un muro que visualiza a unos 100 metros, en vez de frenar, acelera. Lo que hemos de hacer, por tanto, es adaptarnos cuanto antes mejor, pero por otra parte, pensar que las energías renovables van a ser explotadas a tiempo en su totalidad y en la medida suficiente para cubrir la falta de petróleo es un autoengaño muy peligroso. 

 

En efecto, este tipo de energías (eólica, solar, geotérmica...) sólo representan hoy día una fracción mínima del consumo global, y presentan limitaciones enormes y no sólo técnicas, sino también de materiales, de inversión, etc., todo lo cual dibuja un panorama aún muy dudoso en torno a que puedan ampliar al ritmo necesario como para suplir al petróleo y al resto de energías fósiles. Atendiendo a todo esto, diversos científicos e investigadores han estimado que tendremos que reducir en los próximos años nuestro consumo sobre un 80%-90% en los países más industrializados para poder sostenernos únicamente con las energías renovables (que serán las únicas que nos queden en las próximas décadas). Precisamente en esto consiste el colapso, es decir, el colapso no es ni más ni menos que el proceso de adecuación a todos los niveles de nuestros sistemas de producción y consumo para adaptarnos a los recursos energéticos que tendremos disponibles. Pero una vez asumido esto, lo que tenemos que hacer es dirigir y controlar ese colapso de la mejor forma posible, pues de nosotros depende (del conjunto de la sociedad) que dicho proceso de reducción de consumo y complejidad se lleve a cabo de forma ordenada, o de forma caótica, o si se quiere, de forma democrática y socialmente justa, o dirigido y controlado por las élites económicas, que sólo atenderán a su propia supervivencia. Desde este punto de vista, el Buen Vivir que propugnamos sería una alternativa (existen otras) para diseñar un modelo de sociedad que no sólo simplifique sus esquemas en todos los niveles, sino que además represente una opción de mayor justicia social. Una opción que diseñe un modelo de sociedad más simple y más austero, pero para ello nuestra mentalidad también tiene que cambiar, y no sólo asumiendo los postulados que nos llevan al colapso y su necesidad de afrontarlo, sino comprendiendo que nuestros principios, valores y ambiciones elementales han de cambiar. 

 

Sobre todo, hemos de renunciar al modo de producción capitalista y a su industrialismo desarrollista, que es el que se ha apropiado de las nociones de "progreso", "bienestar", etc., y las ha inoculado a la sociedad de manera perversa. Manuel Casal Lodeiro lo resume magníficamente en los siguientes términos: "Si hemos lanzado a la atmósfera tal cantidad de carbono es porque lo estamos quemando para alimentar la maquinaria mundial del crecimiento industrial, dirigido por la lógica capitalista de la acumulación de plusvalías y por el perverso mecanismo de la creación de dinero en forma de deuda que nos obliga a crecer para poder devolver los préstamos más los intereses". En efecto, nuestra infernal máquina del crecimiento nos obliga a producir y a consumir cada vez más (aumento del PIB) para poder "vivir mejor", lo cual se traduce en "creación de empleo", y todo esto es un relato que nos marca nuestra manera de entender el mundo, el planeta y nuestra vida. Un relato que nos ha conducido a la situación límite donde estamos. El punto del agotamiento (o declive) de recursos como el petróleo nos pondrá delante de la cruda realidad, es decir, abordar el problema del caos climático nos permite abordar al mismo tiempo la necesidad apremiante de aprender a vivir sin petróleo. Ambos fenómenos se retroalimentan entre sí, forzándonos a diseñar lógicas de producción y consumo alternativas a las actuales. Es decir, debido al cambio climático tenemos que abandonar el petróleo y realizar profundas y rápidas transformaciones sociales, pero esto también es debido a su propio agotamiento. Lo ideal sería parar totalmente las emisiones de forma inmediata y a nivel planetario, pero es tan ingenuo pensarlo como inimaginable para los gobiernos y las empresas transnacionales y su depredador modelo productivo. 

 

Como no es posible hacerlo, lo hemos de hacer gradualmente, pero apremiados por una situación de agotamiento del combustible por una parte, y por otra por los crecientes fenómenos climáticos que padeceremos durante los próximos años, lustros y decenios. Todo ello nos obligará a reformular radicalmente nuestros esquemas productivos para vivir de manera menos compleja, y sobre todo, mucho menos consumista. Así que ambas caras de la moneda, ambas facetas del problema nos empujan de manera determinista al mismo tipo de políticas, aunque quizá con ciertos matices y grados o ritmos diferentes según dónde pongamos el énfasis, si en las consecuencias y efectos del caos climático, o en las derivadas del agotamiento energético y nuestra transición a las energías renovables. Pero todo ello, es decir, la superación de los marcos políticos y económicos actuales, para comprender la importancia de las medidas a aplicar, no podrá hacerse desde el actual marco capitalista. Lo vemos diariamente. Puede comprobarse de forma continua, fácil y rápida. Y este es el epicentro de la cuestión ambiental y energética. El capitalismo no puede cambiar su filosofía, sus principios de funcionamiento. Las variantes de "Capitalismo Verde", que han intentado suavizarlo y humanizarlo, o hacerlo más justo en su redistribución, claramente no han funcionado. En el ADN del capitalismo está el crecimiento. No puede renunciar a él. Necesita crecer continuamente para generar más capital. Y por tanto, si el crecimiento económico es directamente proporcional al consumo energético (esto es algo que puede demostrarse empíricamente), la conclusión está bien clara: en un contexto de contracción en cuanto a la disponibilidad energética, sólo cabe decrecer. Pero esto va en clara contradicción a los postulados capitalistas, por lo cual nuestro imaginario colectivo tiene que cambiar. No sólo tienen que cambiar los procesos productivos, y los modelos energéticos, sino nuestros propios hábitos, costumbres y valores. Pero en dicho proceso de transición hay que tener mucho cuidado, porque como estamos contando, pueden volver a aparecer los fantasmas del pasado, es decir, los fascismos y las dictaduras, si no somos capaces de redirigir la sociedad hacia unos marcos de funcionamiento radicalmente democráticos. Continuaremos en siguientes entregas.

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16 noviembre 2018 5 16 /11 /noviembre /2018 00:00
Fuente Viñeta: https://circulorentabasicaestatal.wordpress.com/

Fuente Viñeta: https://circulorentabasicaestatal.wordpress.com/

En la consulta helvética, la propuesta de que el Estado garantice de por vida a cada persona un ingreso neto de 2.500 francos suizos para los adultos y de 625 francos suizos por niño fue rechazada por una amplia mayoría. Lo cual no es de extrañar: en Suiza, país de expertos chocolateros, con una tasa de paro del 4% y un salario medio en torno a 4.000 €, un ingreso garantizado para todo el mundo habría sido una delikatessen añadida al elevado nivel de vida de sus habitantes. No una imperiosa necesidad como en el caso de España

Cive Pérez (escritor y miembro del Observatorio de Renta Básica de Ciudadanía de ATTAC Madrid)

La Renta Básica Universal rompería poderosamente con esta dinámica de lo que hemos denominado en anteriores entregas "gestión neoliberal de la pobreza", limitada a "insertar" laboralmente a los pobres, mediante absurdos itinerarios formativos, cursos de capacitación, míseras y condicionadas prestaciones, etc. Y rompería con ello simplemente porque los pobres no tendrían que demostrar a ninguna Administración Pública que lo son, simplemente porque no los habría. La RBU bien implementada aseguraría que nadie está por debajo de unos mínimos ingresos vitales que garanticen una vida digna. Pero además de ello, rompería con los problemas derivados de la "condicionalidad", que acarrea que los perceptores de prestaciones tengan que informar a la Administración sobre asuntos tan íntimos y privados como dónde viven, con quién, dónde están empadronados, si viajan o no, si salen del país o no, si se casan, se divorcian o les toca la lotería. Porque la RBU asegura que no van a existir pobres en nuestra sociedad. Punto final. Al no existir pobres, nadie tiene que demostrar nada. Sus ingresos podrán aumentar por cualesquiera otras actividades, pero ello sólo trascenderá a la Administración a la hora de confeccionar la Declaración de Renta, que le obligará a tributar según sus ingresos. Al ser incondicional, la RBU se establece "ex-ante", como un derecho de ciudadanía, que garantiza la existencia material de todas las personas residentes en el país o comunidad de que se trate. En palabras de Daniel Raventós, uno de nuestros mayores expertos en el tema: "El carácter incondicional de la Renta Básica supone otorgar un poder de negociación que implica aumentar la libertad efectiva para la inmensa mayoría de la población no rica. Una característica muy apreciada por sus defensores republicanos". Desde la izquierda transformadora creemos en un modelo de sociedad en donde la existencia material garantizada (garantía de la verdadera libertad) abarque a toda la población. 

 

O dicho de otra forma, si se prefiere, la libertad (según la concepción republicana a la que nos adscribimos) consiste en no verse obligado a tener que pedir permiso a nadie para vivir, para existir socialmente. La libertad no puede ser arbitrariamente interferida por nadie. Entonces, el pobre no puede ser libre para la concepción republicana. Éste es el fundamento político y social para una medida como la Renta Básica Universal. Y así, una RBU de una cantidad al menos igual a lo que en cada momento se considere como el umbral de pobreza es la mejor forma, en las sociedades contemporáneas, de garantizar la existencia material al conjunto de la población, de acuerdo con el ideario del republicanismo democrático. La autonomía de las personas, su independencia, la existencia material garantizada que confiere una medida como la RBU es condición indispensable para el ejercicio de esa libertad. Universalizar unos ingresos mínimos garantizados debe ser entendido en el sentido de garantizar a toda la población la existencia material. El republicanismo democrático se haya fuertemente comprometido con la causa de la independencia socioeconómica de todas las personas que forman la comunidad (pueblo, país, nación, Estado...). Su objetivo principal es la garantía de que toda la ciudadanía sea independiente tanto de la caridad (pública o privada) como de la posible arbitrariedad de los llamados "empleadores", empresarios o dueños de los medios de producción. La RBU por tanto no es una medida anticapitalista en el sentido en que cambie los propietarios de los medios de producción, pero sí lo es en el sentido de que garantiza que no existan individuos que se vean obligados a vender su fuerza de trabajo para poder sobrevivir. Y en tanto en cuanto fortalece a los individuos en su libertad material, permite emanciparlos de sus posibles fuentes de dominación, eliminando gran número de circunstancias sociales que inciden en la precariedad, la pobreza, la miseria y la exclusión social. Todos estos motivos se pueden resumir en uno: la dependencia de otros para poder sobrevivir. La RBU rompe con esta dependencia, y en este sentido libera a los individuos de ella. 

 

Pero dejo de nuevo que lo explique mejor Daniel Raventós en uno de los pasajes de su referido artículo: "¿Cuáles son las esferas de libertad (republicana) que una RB podría abrir? Sólo la independencia material que se lograría a través de una RB daría a las mujeres mayores posibilidades reales para liberarse de no ser dominadas. La independencia económica que se alcanza con una RB puede actuar como una suerte de "contra-poder" doméstico capaz de modificar las relaciones de dominación y subordinación entre sexos e incrementar el poder de negociación de las mujeres en el hogar, especialmente el de aquéllas que dependen de sus compañeros o que perciben rentas muy bajas provenientes de empleos discontinuos o a tiempo parcial. Sólo la independencia material que se lograría a través de una RB permitiría a los jóvenes elegir rechazar un salario bajo o un empleo precario. Sólo la independencia material que se lograría a través de una RB permitiría a la persona sin empleo optar por cierto trabajo no remunerado que pudiera aportar beneficios a la sociedad y, así, evitar el estigma social que conlleva el estar percibiendo el subsidio de desempleo --cuando lo hay--. Sólo la independencia material que se lograría a través de una RB permitiría a un trabajador asalariado elegir entre un abanico más amplio de empleos. La independencia material, pues, incrementa la libertad, lo que sugiere que una RB lo suficientemente generosa, al universalizar un grado de independencia significativo, ensancharía el espacio para el goce de relaciones sociales en un contexto de ausencia de dominación". La RBU, por tanto, permitiría acabar con situaciones de explotación y dominación (que son esencia del capitalismo), y en este sentido sí resulta una medida anticapitalista. La población trabajadora en general adquiriría mediante la RBU una mayor capacidad de negociación y de resistencia frente a las agresiones del capital. Es evidente que la seguridad en torno a los ingresos lograda a través de una RBU permitiría que los trabajadores y trabajadoras no se vieran forzadas a aceptar cualquier tipo de oferta laboral. 

 

También se acabaría con el llamado "efecto disciplinador" del desempleo, con la función de ese "ejército de reserva" (en expresión de Marx) que los empleadores mantienen para reforzar sus posturas negociadoras. Es lógico pensar que a mayor vulnerabilidad ante las posibilidades de perder el puesto de trabajo, mayor es la disposición a aceptar el empeoramiento en las condiciones laborales. Este efecto se viene observando aún más si cabe tras las últimas (contra)reformas laborales de los últimos años. Se instala así en la población la máxima (falaz) de un empleo malo es mejor que no tener ninguno, lo que refuerza las posiciones de los empresarios. Pues bien, mediante la implementación de una medida como la RBU este efecto disciplinador quedaría enormemente debilitado, cuando no cortado de raíz, ya que muchos trabajadores y trabajadoras se sentirían mucho más protegidas y amparadas que ahora a la hora de negarse a aceptar condiciones de trabajo humillantes, explotadoras, precarias o semiesclavas, cual es la tendencia actual. Pero todavía existen más ventajas: la seguridad en los recursos económicos capacitaría a los individuos, primero, para rechazar de forma convincente y efectiva situaciones aberrantes, lo que implicaría un descenso de los niveles de dominación y de aplastante hegemonía del actor empresarial, y segundo, para planificar y llevar a la práctica diversas formas de organización del trabajo alternativas, lo que a la postre se traduciría en mayores grados de autorrealización. Y a su vez, todo ello redundaría en un descenso poderoso en la arquitectura de la desigualdad. Porque en efecto (digámoslo con claridad), la RBU no impide que sigan existiendo los ricos (para ello necesitamos además otras medidas políticas y sociales que ya hemos expuesto en entregas y bloques temáticos anteriores de esta serie), pero sí impide que sigan existiendo los pobres. 

 

Y esta es la principal razón que el modelo capitalista tiene en contra de la Renta Básica Universal. Al capitalismo le interesa que sigan existiendo pobres, porque ello incide positivamente en la permanencia de las relaciones de dominación a diferentes niveles y en diferentes contextos a los que hemos aludido, además de preservar la hegemonía empresarial. Al capitalismo le interesa que continúe existiendo esa bolsa de desempleo más o menos ingente, porque es una forma muy poderosa de controlar a la clase trabajadora. Es gracias a que estas situaciones se han mantenido y potenciado en el tiempo como el capitalismo se ha visto reforzado en sus postulados, y la inmensa mayoría social ha asumido como naturales sus perversos postulados, así como su concepto del trabajo humano. La Renta Básica Universal rompe estos postulados, los pone en entredicho, los quiebra. Y por eso la RBU es una medida tan controvertida para tanta gente, y tan demonizada por la clase empresarial, que son los principales agentes catalizadores y transmisores del capitalismo. La RBU es justa, posible y necesaria. Pero sin embargo, la reticencia social hacia ella es inmensa, y ello es así no porque sea una medida difícil de implementar o complicada de financiar, sino porque no sólo es una medida económica, no es sólo una decisión socioeconómica como otra cualquiera, sino que pone en cuestión gran parte de las concepciones filosóficas y morales del capitalismo. Detrás de una medida como la RBU se encuentra un profundo debate sobre el trabajo y las actividades humanas que el capitalismo quiere prohibir, porque no le interesa. Detrás de la RBU existe el debate de la justicia social, de la libertad de las personas y de la existencia material garantizada, aspectos que representan grandes amenazas para el modelo capitalista, tan globalizado y extendido como está hoy día. Por todo ello la RBU se ridiculiza, se demoniza, se alegan imposibilidades de financiación, e incluso se alegan debates morales sobre el fomento de los individuos ociosos en la sociedad. Todo ello para extender un velo de negatividad sobre esta medida, un velo de ignorancia, un perverso velo que oculta la tremenda revolución a muchos niveles que esta medida supondría. Precisamente por todo esto la tratamos aquí, para intentar poner nuestro granito de arena desarmando los argumentos de los contrarios a la RB (tanto a la derecha como a la izquierda), y situando esta medida no como la panacea de nada, pero sí como la solución a muchos problemas de nuestra sociedad. Continuaremos en siguientes entregas.

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14 noviembre 2018 3 14 /11 /noviembre /2018 00:00
Viñeta: Hamra

Viñeta: Hamra

Los flujos de capital dan la vuelta al planeta en minutos. Las Bolsas de las grandes capitales hacen y deshacen durante todo el día, variando las horas según las latitudes. El desplazamiento de los seres humanos conoce vallas, muros, costas hostiles, alambrados. No es un mundo ideal ni fragante aquel en el que los mercados financieros son más libres que las personas. Y, para colmo, más poderosos

Mario Wainfeld

Continuando con la visita a los diferentes muros que constituyen esta fuente de ignominia para el ser humano, reflejo de esta política de fronteras universal cada vez más deshumanizada, tenemos que mencionar también el que se conoce como el "Telón de Bambú". Se trata de la valla que separa a la Península de Corea en dos países (la Corea del Norte y la del Sur), ubicado en el Paralelo 38. Este muro también tiene su historia particular. Tras la rendición de Japón en la II Guerra Mundial ese paralelo fue establecido como el límite entre la zona ocupada por las fuerzas de la ex Unión Soviética (al norte de dicho paralelo) y las fuerzas estadounidenses (las ubicadas en el sur). En 1948, ese paralelo se convirtió de facto en la frontera entre dos naciones creadas como producto de la división ideológica de un mundo de posguerra: la República Democrática de Corea y Corea del Sur, con respectivas capitales en Pyonyang y en Seúl. En 1950, fuerzas militares de Corea del Norte dirigidas por Kim Il Sung invadieron el territorio al sur del paralelo 38, con el apoyo de voluntarios chinos y dotados de armamento soviético. Por su parte, fuerzas de la ONU, encabezadas por tropas norteamericanas, contrarrestaron aquél ataque enfrascándose en una lucha que se prolongaría durante tres años, y que se conocería como la Guerra de Corea (1950-1953). La contienda fue cruel y devastadora, muriendo en total unos tres millones de personas entre las cuales se encontraban civiles de ambas Coreas, militares y también miembros del ejército norteamericano (55.000 muertos) y 500.000 milicianos chinos. En 1953 se firmó el armisticio que fijó la nueva frontera a través de la mitad de la denominada "zona desmilitarizada", que corta el paralelo 38 en un ángulo agudo de suroeste a noroeste. Desde entonces, la enemistad entre Corea del Norte y Estados Unidos es manifiesta, y se mantienen pulsos y períodos de guerras frías entre ambos países que de no controlarse pueden poner en jaque la seguridad de ambas Coreas y de sus países aliados. 

 

Pero vayamos al muro en cuestión. Con 4 kilómetros de ancho y 250 kilómetros de largo esta extensa frontera militarizada de un extremo a otro ha continuado siendo la línea divisoria entre dos mundos opuestos en lo político y en lo económico. De un lado, una Corea del Sur con fuerte influencia occidental, aliada de Estados Unidos en el plano militar y en el económico. Y de otro, una Corea del Norte cercana a China, con un sistema político y económico que es considerado uno de los regímenes más herméticos y enigmáticos del mundo. Y como decimos, esa frontera es una de las divisiones más tensas a nivel mundial, con más de 60 años de historia, y que desde entonces ha sido hostigada por el imperialismo norteamericano. Y continuando nuestra visita por los actuales muros, no podemos dejar de mencionar la Muralla Al Saud. Con el objetivo de defender la Monarquía Wahabita de los vaivenes bélicos e intervencionistas en Oriente Medio y el Golfo Pérsico, la Casa Real saudita ha comenzado a fortificar su territorio para aislarlo a lo largo de 9.000 kilómetros de fronteras, en la que será la barrera de seguridad más larga y costosa del mundo, ya que acordonará Arabia Saudí de todos sus vecinos fronterizos: Irak, Yemen, Bahrein, Emiratos Árabes Unidos, Omán, Kuwait y Jordania. Este proyecto, que ya tiene algunos tramos concluidos, está siendo llevado a cabo por el consorcio de Defensa y Seguridad EADS y Al Rashid Trading & Contracting Co., que tienen también participación en la construcción del Muro de la Infamia de Cisjordania y que prestaron su asesoría para la construcción y mantenimiento del Muro de la Vergüenza que separa a las comunidades saharauis del Sáhara Occidental (ambos tratados en entregas anteriores). 

 

Este proyecto por tanto aún está en construcción, y ofrece diversa arquitectura. En las zonas donde haya más presencia de ciudades y pueblos las autoridades sauditas han señalado que se contará con una barrera física, y en las zonas menos pobladas y desérticas el proyecto se proveerá de vigilancia satelital, cámaras, radares, sensores electrónicos, centros de detección costeros y aeronaves de reconocimiento para detectar posibles intrusos y enviar patrullas de intervención rápida. Ya existe en la frontera con Yemen una estructura divisoria de 1.800 kilómetros de largo, consistente en una red de sacos de arena y tuberías rellenas, dotadas a su vez de equipos y sensores de detección electrónica. Esta división se unirá al muro de 900 kilómetros de largo anunciado por el Rey saudita Abdalá Bin Abdelaziz en septiembre de 2014, que permitirá según el monarca "disminuir el número de infiltrados y de traficantes de drogas, armas y ganado hasta cero", es decir, aislar al Reino Wahabita de los acontecimientos en su vecino Irak. Pero el verdadero objetivo es proteger a Arabia Saudí de la influencia de una de las perversas criaturas que ésta ayudó a crear, como es el Movimiento Takfirí Estado Islámico (Daesh en árabe) que ya tiene bajo su control vastas áreas del norte de Siria y del norte iraquí. Esta construcción estará dotada de 5 capas, con torres de vigilancia, vehículos y radares, 8 puestos de control y dirección, 32 centros de reacción rápida, 3 destacamentos de tropas de intervención inmediata, varias torres de control, 50 radares y 10 vehículos de vigilancia. Toda una infraestructura puesta al servicio de la protección de las fronteras de un país que es el verdadero santuario del wahabismo, una de las corrientes más fundamentalistas del Islam, y que es conocido por su absoluto desprecio a los derechos humanos, sometiendo y controlando vilmente a las mujeres, y ejecutando a todos los discrepantes y disidentes del régimen de forma cruel y abominable. De hecho, las abyectas prácticas del Estado Islámico están inspiradas en las que Arabia Saudí ejecuta con sus "infieles". 

 

Y así hemos llegado a nuestras vallas de la indignidad, las que nuestro país posee y que han sido levantadas para controlar la inmigración proveniente del Norte de África. España, otrora país de emigrantes hacia otros países europeos, controla nuestra frontera sur con mano de hierro, impidiendo las aspiraciones de miles de personas, que intentan alcanzar suelo español (europeo) anhelando mejores condiciones de vida. Y así, en su papel de vigilante, intentando poner freno a esos afanes, España en sus enclaves coloniales de Ceuta y Melilla, por decisión de sus socios comunitarios decidió construir a finales del siglo XX dos barreras físicas en los límites de esas dos ciudades autónomas ubicadas en suelo norteafricano, que representan la entrada más directa a suelo europeo desde el lado africano del Estrecho de Gibraltar. La ciudad de Ceuta, con 8,2 kilómetros de valla metálica y alambradas, unido a la de Melilla con sus 12 kilómetros del mismo material, están dotadas de cámaras infrarrojas, difusores de gas lacrimógeno, detectores de movimiento, cuchillas (concertinas) en las alturas de las rejas, sistemas que impiden colocar escaleras, cables trenzados y vigilancia a cargo de tropas armadas. A todo ello se unen puestos de control de la Guardia Civil y Policía de fronteras, pero aún a pesar de todo ello, cientos de migrantes consiguen de vez en cuando entrar en oleadas a nuestro territorio. Ceuta y Melilla constituyen los cercos de nuestra indignidad, de la injusticia, paradigma de lo que el propio Occidente ha hecho de las bondades de sus sistemas "de libertades", sistemas que después cierran de un portazo en las narices de miles de "indeseables". Ceuta y Melilla son nuestros muros de la vergüenza española. Son muros que reflejan la prepotencia, la crueldad y la desigualdad, y que separan el "mundo avanzado" de la pobreza y de la miseria a las que condenan al otro mundo. 

 

El caso de las vallas de Ceuta y Melilla es el mismo del muro de segregación entre México y Estados Unidos, y también el del muro existente entre Zimbaue y Botswana, en materia de inmigración: el corazón del problema es la desigualdad. La desigualdad entre continentes, entre países, entre civilizaciones, entre mundos separados, incluso en el interior de países. La desigualdad que condena, que mata, que cronifica enfermedades, que hace padecer hambre, que anula cualquier proyecto de vida digno, y que es el motor principal que empuja a estas personas a emigrar, porque lo último que se le puede negar a un ser humano es el "Derecho de fuga" (en expresión de Sandro Mezzadra). La causa última son las profundas diferencias entre un sector del planeta y otro que se hunde en un mar de miseria. Y todo ello continuará mientras no se tomen medidas de calado, y se adopten decisiones que ataquen al fondo de estas circunstancias. Hacen falta medidas estructurales que acaben con esta situación. Una situación que no mermará por muy altas que sean las rejas, por muchas patrullas de vigilancia que se coloquen, por muy sofisticadas que puedan ser las tecnologías que se empleen. Pablo Jofré Leal, en su artículo de referencia, lo ha expresado de forma brillante: "El desarrollo social, económico, el fortalecimiento de las estructuras democráticas, pero también el respeto a la historia y costumbres de los países de origen de los inmigrantes debe ser una tarea compartida, tejiendo alianzas que permitan potenciar las capacidades de cada uno de esos países, invertir en desarrollo y no en caridad. Sustentar un comercio justo, pagando precios reales por los productos que los países más desarrollados importan. No seguir en el abuso crónico de nuestras naciones, en un neocolonialismo donde se niega el acceso a tecnologías, a patentes farmacéuticas, a inversiones que potencien la industria local, que protejan a los pequeños agricultores, que globalice los intereses de los ciudadanos y no sólo el capital financiero. Medidas complejas, difíciles y de escasa recepción porque el modelo de desarrollo de nuestro planeta está basado, precisamente, en la explotación de otros seres humanos, por parte de aquéllos que suelen proteger sus torres de marfil". Abajo las torres de marfil. Adelante una nueva Política de Fronteras. Continuaremos en siguientes entregas.

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