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22 octubre 2018 1 22 /10 /octubre /2018 23:00
Fuente Fotografía: https://mundo.sputniknews.com

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Los fascistas del futuro no van a tener el estereotipo de Hitler o Mussolini. No van a tener gesto de duro militar. Van a ser hombres hablando de todo aquello que la mayoría quiere oír. Sobre bondad, familia, buenas costumbres, religión y ética. En esa hora va a surgir el nuevo demonio, y tan pocos van a percibir que la historia se está repitiendo

José Saramago

Vox, un partido que se reclama heredero del pasado totalitario de España, dice que tienen derecho a pisotear la democracia porque para eso ganaron la guerra del 36. Son los franquistas de siempre (en este caso, apadrinado y mantenido siempre por Esperanza Aguirre). Su discurso es igual de medieval que el de Bolsonaro: una patria excluyente a la que solo ellos tienen derecho, machismo violento, patriarcalismo infecto, racismo nada cristiano, homofobia, culto a las armas, odio a la democracia, apoyo al capitalismo y, al tiempo, un discurso falso que dice España primero

Juan Carlos Monedero

La derecha española es temible cuando detenta el poder, pero aún más cuando está en la oposición, piensa que el no gobernar es una anomalía que hay que subsanar cuanto antes por cualquier procedimiento. Todo vale, especialmente mentir y despertar en la gente sus instintos más primarios. Lo hacen porque piensan que España es solamente el Partido Popular que es el único Partido que la defiende, los demás somos antiespañoles que queremos romper España. Por eso si no gobiernan, su España se disuelve entre los separatistas, terroristas y gente de mal vivir. De ahí la necesidad ineludible que tienen de gobernar si se quiere que España perdure…y el Rey… y la Iglesia

Herminio Trigo

Gritos furibundos hablando de la “España viva” que se alza ante el independentismo, la llegada del islamismo, el ataque a la propiedad y a las tradiciones, la vida de ancianos y no-natos. El acto más atestado de Vox, con la asistencia de 10.000 personas y otras 3.000 que no pudieron entrar al recinto de Vistalegre, según ellos, se cerró con la Marcha Real y el estupor del resto del Estado Español

Diego Lotito y Víctor Stanzyk

El fantasma de la derecha recorre España. Vuelven a surgir sus monstruos y sus líderes. Envalentonados quizá con el fantasma de la derecha que recorre el mundo de Norte a Sur y de Este a Oeste. Asistimos desgraciadamente a un escenario de avances electorales, entrada en Parlamentos, y vigorización de los mensajes de esta derecha mundial de carácter radical, populista y xenófoba. Los mensajes de esta derecha suelen centrarse en el ultranacionalismo y contra la inmigración. Ambos ejes tienen en común el desprecio al diferente, la exclusión del otro, el fomento del rechazo al extranjero. En nuestro país suele ser además una derecha absolutamente rancia y casposa, tanto en la ética como en la estética. Todo ello se plasma en la defensa a ultranza de los valores tradicionales, el anti-feminismo, el capitalismo nacional (de amiguetes, que fomenta la corrupción), o la defensa de "la ley y el orden". En España además se han apropiado del concepto de patria, fenómeno que se retrotrae al franquismo, pues entienden que sólo ellos representan la verdadera España, y los demás somos poco menos que anti-españoles o anti-patriotas. Practican, en este sentido, una visión uniforme y excluyente de nuestro país, e incluso en el caso de Vox (y en menor medida Ciudadanos) desean de nuevo un Estado centralista, acabando con el Estado de las Autonomías (ello se ha reforzado también a raíz del ascenso del independentismo en Cataluña). Representan un neofascismo a la española, y no tienen empacho en lucir determinada simbología, expresada en vestimenta, cánticos, proclamas, declaraciones y odas a los símbolos nacionales (la bandera, sobre todo).

 

En el exterior, véanse los casos de Hungría, Italia o Polonia en nuestro continente europeo, o los de Estados Unidos, Brasil o Argentina en el continente americano. Pero hay más: en Alemania los neonazis volvieron al Bundestag (AfD), en Noruega, Francia y otros ex Países del Este su avance parece imparable, y no digamos nada sobre el Gobierno de Israel, o Arabia Saudita, que son Estados absolutamente autoritarios. Podríamos poner infinidad de ejemplos más. En el Parlamento Europeo tenemos una presencia ciertamente extensa de las fuerzas políticas de la ultraderecha, representando el 17% de los eurodiputados, 130 sobre 751 (tal como nos indica Jesús Sánchez Rodríguez en este reciente artículo para el medio digital Rebelion). Aquí el abanico está compuesto por el Partido Popular Europeo, los Conservadores y Reformistas Europeos, el grupo Europa de las Naciones y de las Libertades, Europa de la Libertad, Democracia Directa y el grupo de los no inscritos. Pero en realidad...¿Qué significa ser de derechas? Nosotros ya intentamos explicarlo en sentido general en este artículo, y sus posturas misógenas, racistas, clasistas, homófobas, etc., se pueden apreciar claramente en la inmensa mayoría de estas formaciones. Según el estadounidense Bernie Sanders (en entrevista al medio The Guardian, citada por Pedro Santander en este artículo del digital Rebelion), estamos asistiendo al surgimiento de un nuevo eje autoritario. Según Sanders, sus líderes están conectados a una red de oligarcas multimillonarios que contemplan al mundo como su inmenso juguete económico, y organizan su estrategia como un frente común. No están solos. Cuánta razón tenía Nicolás Maduro cuando se refería al eje Madrid-Bogotá-Miami, como cerco hostil a sus políticas. Pertenecen y despliegan grandes alianzas internacionales, que están en estrecho contacto entre sí, comparten tácticas, y como en el caso de los movimientos de extrema derecha europeos y estadounidenses, incluso comparten algunos de sus financiadores. 

 

El gran objetivo de esta extrema derecha sería derribar el orden mundial surgido posteriormente a la Segunda Guerra Mundial, que según ellos, limita su acceso al poder y a la riqueza. Y así, los discursos y programas de esta alianza mundial conservadora y neo-fascista comparten muchas características comunes: hostilidad hacia la democracia, rechazo a la diversidad (de pueblos, de culturas...), y obsesión por impedir a toda costa que alcance el poder político la izquierda anticapitalista. Ellos están, siguen aún, instalados en la idea de que el Gobierno debe beneficiar a sus propios intereses, y de ahí su acoso y derribo hacia todo lo que huela a público, o a organización social. Pero volvamos al caso español, que es el que nos ocupa. Recientemente Vox conseguía reunir a más de 10.000 personas en un acto en el Palacio de Vistalegre. Mediante espantosas consignas y mensajes excluyentes, estos "españoles" revitalizan o vuelven a traernos a la memoria (al igual que el PP y Ciudadanos, sus compañeros de ideario) la oscuridad del franquismo. Son mentirosos, arrogantes, trasnochados, y el pueblo les importa un pimiento en adobo. Sus intereses son los mismos que los de las grandes empresas, sus miras son las mismas, sus objetivos, actitudes y su prepotencia también. No creen en los pueblos. Reniegan de la sociedad. Son vergonzantes vasallos de la Monarquía. esa misma que les procura los negocios. Son manijeros de los ricos y poderosos. Sólo entienden España cuando la gobiernan ellos. En palabras de Juan Carlos Monedero: "A la derecha cobarde que se llena la boca de España, le sobra media España. Esa derecha es la que trajo aquí a las tropas moras en el 36 para violar españolas, es la que entregó las bases, suelo español, a los norteamericanos, es la que trajo a una dinastía extranjera, los borbones, a reinar en España, y es la que ahora pide que Bruselas tumbe la decisión de mejorar la vida de la gente pobre en España". 

 

Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal forman en nuestro país ese trío de la derecha, que compite entre sí por endurecer sus mensajes, por evolucionar cada vez más hacia la derecha extrema. Son la versión "a la española" del Frente Nacional Francés, o de la "Alt-Right" norteamericana. Pero igual simpatizan también con el húngaro Viktor Orban o con el italiano Matteo Salvini. Son la derecha pura y dura. Cada una con sus matices, pero derecha al fin y al cabo. Vox es el más reciente de la saga. Surgió a finales de 2013 como una especie de escisión a la derecha de la derecha del PP, tanto en Euskadi como en el resto del Estado. El PP se le quedaba corto, pequeño para algunas cuestiones. Simpatizan con sus filas nombres tan conocidos como Fernando Sánchez Dragó, Carmen Lomana, José Antonio Ortega Lara o Hermann Tertsch. Proponen, entre otras muchas barbaridades, eliminar directamente las leyes que amparan a las víctimas de la violencia de género (ellos usan, al igual que los jerarcas de la Iglesia más casposos y retrógrados, o al igual que los de "Hazte Oír", la denominación "ideología de género" para referirse a los avances en leyes y en normas sociales que hagan avanzar el feminismo y proclamen la igualdad de sexos), la derogación de la Ley de Memoria Histórica, la ilegalización de los partidos independentistas, la eliminación del Estado de las Autonomías, la expulsión de los migrantes ilegales (y también de los legales que hayan cometido delitos), etc. Sus ideologías son totalitarias, piden perseguir ideas, exaltan el nacionalismo, siembran odio contra el diferente, se adhieren a las más rancias tradiciones, son amigos del patriarcado, fervorosos del capitalismo. Esto, en una palabra, es fascismo. Para evitar eso que han llamado "ideología de género", que según Vox se difunde desde los colegios, proponen una medida que han denominado "Pin Parental", mediante la que pretenden que los padres y las madres de los alumnos y alumnas tengan que dar su consentimiento previo y expreso "sobre cualquier materia, charla, taller o actividad que afecte a cuestiones morales socialmente controvertidas o sobre la sexualidad, que puedan resultar intrusivos para la conciencia y la intimidad". 

 

Pero sus medidas para combatir esa "ideología de género" no acaban ahí. En este artículo del medio Pikara Magazine las explica muy bien Andrea Momoitio: En Vox piensan que el machismo es un mito. No creen que los asesinatos machistas respondan a una lógica estructural del sistema. Por tanto, piensan que las medidas de acción positiva hacia las mujeres, tomadas durante los últimos años, hay que eliminarlas. En su lugar, proponen una "ley de violencia intrafamiliar que proteja por igual a ancianos, hombres, mujeres y niños. Supresión de organismos feministas radicales subvencionados, persecución efectiva de denuncias falsas. Protección del menor en los procesos de divorcio". En este sentido, proponen la custodia compartida como regla general. También proponen la supresión de las cuotas en las listas electorales. Asímismo, proponen eliminar de la sanidad pública "las intervenciones quirúrgicas ajenas a la salud (cambio de género, aborto...)". Como vemos, no sólo se apropian de la idea de España, sino también del concepto de salud, que entra únicamente en lo que a ellos les cabe en su limitado entrecejo. Defienden al modelo de "familia cristiana" como pilar de la sociedad, reflejando la misma concepción que la alta jerarquía católica. Y también como ellos, atacan a los colectivos LGTBIQ, ya que declaran que "Los actos del orgullo gay son una imposición ideológica". Sin comentarios. Su ideario también favorece al más descarnado capitalismo neoliberal de carácter populista, defendiendo una drástica reducción del gasto público, medidas para favorecer la propiedad privada y limitando las competencias del Estado en favor de las empresas, bajando los impuestos a las mismas, y manteniendo la precariedad laboral. Como afirman Diego Lotito y Víctor Stanzyk en este artículo para el medio Izquierda Diario: "El descaro con el que Vox presenta y defiende su programa, en contraposición con el PP y Ciudadanos ("la derechita cobarde y la veleta naranja") es uno de sus sellos de identidad. Como dijo el propio Abascal, da igual que los tachen de fachas, racistas, homófobos o machistas, porque para ellos son medallas que llevan con orgullo en el pecho". 

 

Vox representa, sin duda, no sólo la derecha más arrogante y sin complejos, sino la radicalización del sector que busca una solución reaccionaria y a la defensiva de todo lo que se va al garete del Régimen de la Constitución de 1978. La derecha entiende como una obligación moral lo que ellos llaman "garantizar la continuidad de España", casi como por la gracia de Dios, aunque le importen un bledo esos "españoles" con los que tanto se llenan la boca. Dicen que representan a la España que se alza ante la invasión de los extranjeros, ante la discriminación del hombre para favorecer a la mujer, o ante la ruptura de nuestra integridad territorial gracias a los separatistas. Todavía están en los tiempos de Don Pelayo, o de la Reconquista, o del Descubrimiento de América, y parecen añorar los tiempos gloriosos de una potencia colonial que ahora asiste a su declive. Su estética rancia, su discurso totalitario y su actitud bravucona se complementan a la perfección con su ideario absolutamente anacrónico y antidemocrático. Para ellos, y tomando las palabras de Rodrigo Amírola en su artículo para el medio Cuarto Poder: "La España viva estaría levantándose para hacer frente a la decadencia de un país otrora glorioso, dirigido ahora fatídicamente por unas élites progresistas, corruptas y timoratas, que estarían favoreciendo la inmigración ilegal, la desigualdad a través de las leyes de género, y en último extremo, llevando a España a la desmembración por culpa de su tibieza frente a Cataluña y el café para todos del Estado autonómico". Pero como decimos, este mensaje absolutamente intolerante de Vox está obligando a sus compañeros del arco derecho a radicalizarse si es que pretenden competir por esa porción del electorado, ese electorado que se desplaza a la derecha, y lo hace cada vez de una forma más agresiva. Ciudadanos y el PP ya se están poniendo las pilas, pero también están sufriendo las consecuencias. La deriva ultraliberal de la formación naranja ha conducido a la dimisión de su eurodiputada Carolina Punset, cuya carta completa recogía eldiario.es en este artículo de Carmen Moraga.

 

No obstante, como decimos, Vox es la opción que presenta un programa maximalista, con tintes prepotentes, aduciendo que ellos sí se atreven a plantear lo que el resto de la derecha no es capaz, por falta de convicción, por intereses partidistas o por simple cobardía. Son los hooligans de la derecha. Para los que ya tenemos cierta edad, Vox es lo más parecido a la antigua Fuerza Nueva de Blas Piñar. No han evolucionado ni un ápice. Se han detenido en el tiempo. Son nuevas generaciones de viejas generaciones. El analista y activista David Karvala realiza un completo análisis sobre Vox en este artículo para Marx21, cuya lectura completa recomendamos, entre otras cosas porque expone algunas estrategias interesantes para luchar contra la demagogia y el populismo de derecha extrema de este tipo de formaciones y sus adláteres ideológicos en el plano social. Para combatir este tipo de formaciones políticas, no sólo es necesario un programa radicalmente de izquierda transformadora y anticapitalista, sino una lucha social decidida y unitaria que denuncie lo que en verdad significan sus peligrosas propuestas. Como explica con ironía Herminio Trigo en este artículo para el medio Nueva Tribuna: "Ya sabemos que están dispuestos a todo por salvar a España, ya lo hicieron en el pasado sus antecesores y aunque costó centenares de miles de muertos, la salvaron de las hordas marxistas, de la masonería y de los ateos. Ahora están dispuestos a salvarla de las miserias bolivarianas que, con presupuestos como el que han presentado en Bruselas, nos conducen al hambre y a la pobreza. Tenemos que estarles agradecidos, son unos patriotas de pura cepa". De nosotros depende que toda esta tropa aterrice en el Congreso de los Diputados (aunque sea sólo con un representante), o que continúe en la irrelevancia política hasta su desaparición. 

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21 octubre 2018 7 21 /10 /octubre /2018 23:00
Viñeta: Fadi Abou Hassan-FadiToOn

Viñeta: Fadi Abou Hassan-FadiToOn

El calentamiento global es una aberración producida por la actividad humana, consecuencia principalmente de su adicción por el consumo de petróleo, gas y carbón. Sus consecuencias pueden ser tan destructivas como las de la guerra nuclear. Las emisiones de CO2, metano y otros gases de efecto invernadero ya han transformado radicalmente la composición química de la atmósfera, provocando una cascada de consecuencias que tienden a auto-alimentarse para transformar a la Tierra en un planeta hostil para la vida humana. La humanidad, inadvertida en su mayor parte, dispone ahora de apenas un par de décadas para evitar cruzar el punto de no retorno

Julio César Centeno

En nuestra entrega anterior comenzamos a exponer los puntos de contacto entre el Marxismo clásico y el Ecologismo, así como la integración y evolución de ambas tendencias y disciplinas de pensamiento. En el año 2000 se publicó la magnífica obra de John Bellamy Foster bajo el título "Marx's Ecology. Materialism and Nature", quizá la obra cumbre que trata el asunto con más profundidad. Este texto explica con detalle la concepción materialista de la naturaleza que poseía el fundador del marxismo. En dicho texto se recogen multitud de citas donde Marx alude al saqueo y a la transferencia física de recursos naturales: fertilidad de la tierra, minerales del subsuelo, agua, etc. Todo ello nos da una pista general de hasta dónde había llegado la conciencia ecologista del genial pensador alemán. Denunció en sus obras los peligros de la agricultura extensiva, su preocupación por las condiciones de sostenibilidad, y la incompatibilidad de ésta con la agricultura capitalista a gran escala. La izquierda actual debe recoger el testigo de estas aportaciones primigenias, y actualizarlas al corpus de conocimientos del siglo XXI, y a nuestra realidad ecológica, política y social. En relación a ello, Joaquím Sempere finaliza su artículo con las siguientes palabras: "Dos amenazas le ayudarán a hacerlo: el cambio climático y el agotamiento de los combustibles fósiles y el uranio. No se podrán abordar estas dos amenazas sin una reconsideración radical de la fractura metabólica experimentada en los dos últimos siglos, y sin un programa de mutación energética y metabólica para reconstruir la economía sobre la base de la sostenibilidad ecológica y la circularidad de los recursos. Releer a Marx y Engels con una nueva mirada, que permita recuperar sus reflexiones protoecologistas superando sus insuficiencias, ayudará sin duda a llevar adelante este programa de reconstrucción".

 

La importancia del cambio climático y del agotamiento físico y material de los combustibles fósiles está, por tanto, en plena sintonía con los postulados marxistas, al igual que lo están otras corrientes de pensamiento, que al igual que el Ecologismo, han tomado entidad y fuerza social mucho después de que Marx y Engels nos dejaran su extraordinario legado. El Marxismo, entendido como un corpus teórico, metodológico y práctico para enfrentar y dar solución a los grandes problemas de la Humanidad, no puede ser ajeno a estos problemas fundamentales a los que nos enfrentamos. Los perniciosos efectos del cambio climático, unidos a los provocados por el agotamiento de los combustibles fósiles son de una tal magnitud que atacarán en todos los órdenes de nuestra vida social, porque aunque se manifestarán en primer término en los ámbitos biológico y ambiental, se extenderán de forma imparable al resto de ámbitos de la vida humana (el trabajo, las migraciones, los recursos, las formas de vida, la tecnología, etc.). Por consiguiente, hoy día, a la luz de las aportaciones del Marxismo, negar la centralidad del problema que representan el caos climático y energético es un ejercicio de tal miopía política como jamás han ocurrido en la historia de la humanidad. Hemos de entender que el colapso civilizatorio al que nos enfrentamos va mucho más allá de una simple (aunque extensa) crisis económica (o social, o política), pudiendo concluir que dicha parcela económica está subordinada necesariamente a la crisis ecológica. O dicho de otro modo: o resolvemos (o nos adaptamos convenientemente) a la crisis ecológica que se avecina, o no quedará parcela humana que no sea susceptible de colapsar. O si se prefiere: no se resolverá la crisis económica sin colocar a la crisis ecológica (ambiental, energética) por delante de nuestros análisis, proyectos y programas. 

 

La situación actual es de una verdadera crisis estructural del capitalismo, como resultado del agotamiento del petróleo y los combustibles fósiles (fenómeno que se conoce como Peak Oil), y a su vez, como resultado de tener que adaptarnos a los múltiples efectos y consecuencias de todo el daño que llevamos ejecutando a nuestro medio ambiente. Ambas crisis se resumen en una, que ha de cambiar necesariamente no sólo nuestras estructuras políticas, sino también nuestras formas y modos de producir y de consumir, en una palabra, de vivir. De ahí que no exageramos cuando hablamos de colapso civilizatorio. Estamos hablando de un fenómeno de magnitudes incalculables, que pondría en jaque prácticamente todos los pilares donde basamos nuestros modos de vida (alimentación, transporte, consumo, reciclaje, extracción, fuentes de energía...). Necesitamos imperiosamente adaptarnos a este tremendo desafío, y ello requerirá, en primer lugar, asumir los diagnósticos de situación pertinentes (algo que todavía no se ha hecho de forma masiva), y en segundo lugar, comenzar a desarrollar las alternativas precisas para ir desarrollando otros modos de vida diferentes a los actuales. Lucho Torres, del Blog "Un Marxismo para el planeta", autor que seguiremos a continuación, lo expresa en esta entrevista con Miguel Fuentes para el medio digital Rebelion en los siguientes términos: "El colapso implicaría así la necesidad de reformular la praxis revolucionaria en su totalidad debido a que estaríamos hablando de un horizonte histórico que plantearía la posibilidad de un "fin" de la sociedad capitalista no como producto de una revolución social, sino que al modo de una retirada obligada del capitalismo por imposibilidad estructural. Al no poder crecer más, entonces, el capitalismo se iría "apagando"...y en ese oscurecimiento, simplemente, nos podríamos ir todos al "infierno". Es precisamente por esto que es importantísimo colocar la hipótesis del colapso como un eje en la discusión revolucionaria y no seguir postergándola (o subestimándola) sin haber por lo menos discutido con aquélla". 

 

La izquierda transformadora ha de enfrentarse a este hecho de forma clara. No podemos ignorarlo. No podemos continuar por más tiempo promoviendo unos postulados basados en unos modelos energéticos (o que los requieren) caducos, y cuyo agotamiento no sólo los condena al fracaso, sino que supondrán un abrupto fin de nuestra civilización capitalista. Hemos de ser valientes y fieles con la realidad. Hemos de ser íntegros y realistas con nuestros programas. Hemos de ser claros con nuestro electorado (votantes, simpatizantes) y con la sociedad al conjunto. La derecha política, social y mediática sigue instalada en su negacionismo miope y temerario, ignorante y provocador, pero no esperamos otra cosa de ella. Pero la izquierda pone en juego su propia credibilidad como una opción política realista. Hoy día existen infinidad de estudios que exponen que la combinación de los efectos del cambio climático y los niveles de concentración extrema de riquezas (la extrema desigualdad), así como también las consecuencias de una próxima escasez planetaria de recursos, pueden llegar a producir el derrumbe de la civilización contemporánea. Lo sabemos, pero aún seguimos mirando hacia otro lado. La responsabilidad es nuestra, de todo el conjunto de la humanidad. El caos climático y la escasez de materias primas y energéticas no afecta a un determinado país, comunidad o continente, sino que es un problema de todo el planeta. Durante el llamado Antropoceno (la más reciente época geológica), el hombre ha intervenido en los ciclos de la biosfera modificándolos drásticamente. Un brutal y progresivo sistema depredador y contaminante ha sido creado por el ser humano, y paradójicamente se le ha denominado "progreso", cuando lo único que han progresado han sido las cuentas de resultados de las grandes empresas, las mismas que hoy dirigen todo el cotarro. 

 

Durante el último siglo, la máquina excavadora del capitalismo no se ha detenido ni un solo segundo. El afán de lucro desmedido no ha cesado ante nada, e incluso las destructivas guerras son actualmente vías de expansión alternativas al propio capitalismo. Todo un hedor a muerte y destrucción hemos ido sembrando en nuestras ansias de dominar el mundo, la naturaleza y al resto de seres humanos, pero ahora, todo ello se nos vuelve contra nosotros. El capitalismo, como instrumento destructivo, nos está haciendo vivir la barbarie (que ya advirtiera Rosa Luxemburgo) desde hace mucho tiempo, aunque con cuentagotas. No hemos sido conscientes del camino autodestructivo por donde andábamos, siempre queriendo llegar a más en nuestra fiebre enloquecida de dominio, saqueo, control, explotación y destrucción. Ahora todo ese escenario creado por nosotros se nos pone ante nuestros ojos. La crisis ecológica devendrá, si no somos capaces de enfrentarnos a ella de modo radical e inteligente, en un eco-suicidio planetario, que acabará con la extinción de nuestra especie. La deriva capitalista nos ha puesto ante una terminal disyuntiva: o las comunidades humanas somos capaces de reinventarnos en nuestros modos de vivir, de relacionarnos con la naturaleza y con el resto de los animales, o simplemente, no podremos detener el desastre. Y no valen soluciones parciales, atajos o parches para lo que se avecina. Las actitudes simplistas, infantiles y reduccionistas que aducen siempre que "ya diseñaremos alguna solución para enfrentarnos a eso" sólo demuestran su completa ignorancia sobre la verdadera dimensión de lo que está ocurriendo. No existen soluciones. Sólo existe desarrollar la mejor adaptación posible, pero para ello, el ser humano debería ser plenamente consciente y estar bien informado de lo que ocurre, y no lo estamos. De nuevo, el pensamiento dominante (expresado en los medios de comunicación convencionales y en la mayoría de los líderes políticos) nos oculta la realidad y nos difunde únicamente un relato superficial e insuficiente. Relato que, además, las corrientes negacionistas llevan al absurdo. ¿Seremos capaces de reaccionar a tiempo? Continuaremos en siguientes entregas.

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18 octubre 2018 4 18 /10 /octubre /2018 23:00
Fuente Viñeta: Cronicón Virtual (https://cronicon.net)

Fuente Viñeta: Cronicón Virtual (https://cronicon.net)

Durante las últimas cuatro décadas, la automatización ha traído consigo la desaparición de trabajos clásicos de la clase media, y ahora tenemos una nueva oleada tecnológica que nos lleva a la automatización de gran parte de los trabajos de baja cualificación y mal remunerados. Veremos cómo aumenta la presión para lograr trabajos más precarios, a tiempo parcial y eventuales. Así que la cuestión no es si rechazamos la automatización, sino cómo aceptamos que va a suceder inevitablemente y nos adelantamos para construir un sistema que permita que no sea tan devastadora para los trabajadores

Nick Srnicek

También hemos de considerar, intentando analizar todos los aspectos de la arquitectura de la desigualdad laboral, hasta qué punto las estrategias clásicas del movimiento obrero (inspiradas en el Marxismo y en la lucha de clases) se quedan inoperantes bajo el actual escenario de la globalización capitalista. Pensemos por ejemplo en la huelga. Independientemente de que los propios sindicatos no las organizan como debieran, ni cuantitativa ni cualitativamente, tenemos que enfrentarnos, desgraciadamente, al hecho de que la globalización ha potenciado increíblemente el poder de las grandes corporaciones, lo cual ha tenido como consecuencia que las huelgas laborales pierdan gran parte de su eficacia. Siguen siendo una herramienta potente, interesante, de carácter colectivista, pero pierden hoy día todo su significado, si pensamos por ejemplo que una huelga organizada en tal o cual empresa de cualquier país (cualquier transnacional típica que posea sedes y sucursales por medio mundo), es muy poco temida por sus directivos, ya que la empresa puede ser trasladada a otro país (o a otro punto del mismo país) muy fácilmente. Las huelgas por tanto ya no poseen el enorme poder de antaño, y a ello hay que unirle la gran ventaja que el capital nos lleva en cuanto a poder de organización, de concentración y de concienciación. Solo existen algunos casos donde una huelga laboral indefinida puede tener éxito (medido éste por la fuerza de presión que se ejerza sobre la empresa a la hora de conseguir mejoras en las condiciones laborales), que se reducen a empresas locales que puedan paralizar el funcionamiento de toda una ciudad, o bien a huelgas estratégicas que puedan aunar la fuerza de varios sectores laborales a la vez. Pero estos escenarios son difíciles de conseguir hoy día. El capital nos alecciona y adoctrina diaria y continuamente para debilitar nuestra conciencia de clase, y con ello, nuestro poder como agente social fundamental. La precarización laboral y el alto nivel tecnológico conseguido en las empresas actuales disipan igualmente el fantasma de las huelgas masivas que antaño consiguieron grandes conquistas para la clase obrera, tanto local como internacional. 

 

Al final, si metemos todos estos asuntos en una coctelera, es posible que comencemos a darnos cuenta de que la única solución reside en construir lo que Alex Williams y Nick Srnicek llaman en su libro (ya reseñado en el artículo anterior) la sociedad del postrabajo. Es un modelo de sociedad que aún no siendo todavía poscapitalista, representa una superación (o si se prefiere, una transición) hacia un proyecto de sociedad que pueda serlo. Tengamos en cuenta que la superación total del capitalismo no puede darse de un día para otro. No podemos tirar abajo de un día para otro el avance de siglos de hegemonía capitalista, donde se nos han inculcado valores, pensamientos, doctrinas, mitos, comportamientos sociales, etc., basados en la perversidad de este sistema. Aplicado al asunto que nos ocupa, que no es otro que la arquitectura de la desigualdad aplicada al mundo laboral, se trataría de poner los cimientos para un modelo social donde se elimine la necesidad de la gente de tener que trabajar para poder sobrevivir. Para estos autores (y nosotros estamos convencidos de ello), la mejor manera de conseguir esto es mediante la implantación de la Renta Básica Universal (RBU), que abordaremos profundamente en breve. Pero de momento, continuemos exponiendo los puntos de vista que tienen que ver con las Nuevas Tecnologías aplicadas al contexto laboral. La investigadora del Grupo ETC Silvia Ribeiro nos expone lo siguiente en este artículo para el medio mexicano La Jornada: "Una serie de artículos del New York Times sobre la nueva clase trabajadora en Estados Unidos da cuenta del proceso: en 1900, las fábricas y campos de cultivo empleaban al 60 por ciento de la fuerza de trabajo. En 1950, los dos sectores juntos sólo empleaban al 36 por ciento. A 2014, menos del 10 por ciento. El sector servicios ha ido aumentando porcentualmente y a 2015, ocupaba al 56 por ciento de los trabajadores. El mayor crecimiento es en el de cuidados de ancianos y niños, de los cuales se ocupan mayoritariamente inmigrantes, al igual que muchos otros empleos que por ser rutinarios, mal pagados o tener bajo estatus social, no quieren hacer los estadounidenses (NYT, The Jobs American Do, 23/2/17). Aquí influyen varios factores, entre ellos la automatización, pero también la globalización neoliberal y la deslocalización de producción hacia países con salarios miserables".

 

Los dos últimos factores que menciona Silvia Ribeiro ya los hemos venido analizando en entregas anteriores, así que intentaremos centrarnos en el primero, es decir, en la influencia y deriva de los procesos de automatización, informatización y robotización de las tareas de fábricas, modelos de negocio y empresas, y sus consecuencias y posibles enfoques y soluciones al mundo laboral. Por ejemplo, tomemos el sector agrícola. A la industrialización masiva implementada en el sector, se han sumado últimamente nuevas formas de robótica, almacenaje digital y minería de enormes volúmenes de datos, inteligencia artificial, genómica y nuevas biotecnologías, todo lo cual converge en un nuevo modelo de agricultura de precisión, cuyo destino es un campo sin agricultores, sustituidos por unos pocos operadores informáticos. Y así, las fusiones de empresas que vemos en el sector agrícola (Bayer/Monsanto, Syngenta/ChemChina, Dupont/Dow...) se explican en parte por estas nuevas convergencias tecnológicas. El perfil de una empresa química (como Bayer, por ejemplo) aliada con una empresa de semillas (como Monsanto, por ejemplo) no sólo es una combinación explosiva, sino que demuestra a las claras por dónde van las tendencias. Varias de estas empresas han invertido en enormes bancos de datos digitales agrícolas (que conocen suelos, climas, genómica de fauna, flora y microorganismos, etc.) y poseen contratos de colaboración con firmas de maquinaria que manejan robótica, información por satélite, etc. El campo agroindustrial futuro estará dominado por drones y sensores, que junto al manejo de datos digitales físico-químicos y genómicos, administrarán agrotóxicos o agua a través de software y maquinaria no tripulada. La convergencia de biotecnología, nanotecnología, robótica e inteligencia artificial y redes de comunicación de datos será la tónica presente en otros muchos sectores. 

 

Por su parte, las empresas de distribución también están evolucionando hacia modelos y sistemas totalmente automatizados que procesan desde la atención al cliente hasta la selección de pedidos en el almacén y los correspondientes envíos (caso de Amazon, por ejemplo). También realizan distribución mediante vehículos no tripulados. Geolocalización, identificación mediante dispositivos móviles, automatización de sistemas de pago, etc., también están a la orden del día. La inteligencia artificial combinada con el llamado "Internet de las cosas" ya diseñan nuestras viviendas del futuro, que nos reconocerán por la voz, entenderán nuestras órdenes, y programarán nuestros dispositivos y electrodomésticos a nuestra llegada. Podríamos mencionar muchos otros sectores que verán revolucionada su actividad y su funcionamiento debido a la aplicación de las Nuevas Tecnologías. Pues bien, a tenor de todo lo mencionado...¿podríamos concluir que los robots acabarán con el trabajo humano? Como muy bien explica Juan Torres López en este artículo para eldiario.es (octavo artículo de su serie "Desvelando mentiras, mitos y medias verdades económicas", cuya lectura completa recomendamos), si atendemos al incremento de productividad generado desde finales del siglo XX no ha producido un desempleo gigantesco, sino que la jornada de trabajo se ha reducido a la mitad, y la especialización de los trabajadores se ha vuelto más importante. Ya en otras ocasiones en la historia se ha augurado, equivocadamente, el fin del trabajo humano (en su acepción capitalista, que ya hemos comentado en anteriores entregas) por culpa de la aparición y evolución de las máquinas, de las computadoras, de los robots, de la Inteligencia Artificial, en definitiva, de la aplicación de las Nuevas Tecnologías a los diversos campos de actividad. Pero eso nunca ha ocurrido. En lugar de ello, se ha perdido, es cierto, un volumen considerable del empleo que existía, pero también, con el tiempo y la especialización en nuevos campos y actividades, se han ganado otro tipo de empleos, con otras características.

 

Todo ello nos induce a pensar que en realidad, más que una revolución, lo que las Nuevas Tecnologías aportan es una evolución. Una evolución que se manifiesta en la automatización de multitud de tareas, en la concepción de la relación humana con dichas tareas, en la especialización técnica de muchos perfiles laborales, y en el aumento de la innovación y de la productividad. También el volumen total de empleo ha crecido durante el último siglo entre un 30% y un 50%. En todas estas variables han influido también las duraciones de las jornadas laborales (pues no puede considerarse la productividad como un factor aislado). En nuestro país, por ejemplo, según el Profesor Torres, el 74% de los trabajadores tenía en 1914 una jornada de 60 horas semanales, esto es, algo más de 3.000 horas anuales, frente a la actual jornada de 40 horas semanales, lo que supone unas 1.600 horas anuales. Juan Torres concluye muy acertadamente: "Cuando una oleada de innovación no se acompaña de menos tiempo de trabajo, el paro aumenta. Por el contrario, si baja la jornada de trabajo, si se trabajan menos horas en cada puesto de trabajo cuando aumenta la productividad, no sólo no tiene por qué aumentar el paro sino que se pueden crear más empleos". La regulación de la jornada laboral es un instrumento muy importante de cara al reparto del empleo existente (una medida a la que son muy reticentes los patronos), pero también para minimizar el impacto de la implantación de las nuevas tecnologías a los puestos de trabajo. Se necesitan también, no obstante, políticas económicas que eviten que caiga la demanda, así como políticas laborales que formen y reciclen tanto a los trabajadores como a la población en general. En definitiva, hemos de tener claro que la automatización de las tareas sólo provocarán caída en el empleo total si y sólo si no baja la duración de la jornada de trabajo y si se mantienen las políticas económicas actuales, orientadas a producir artificialmente la escasez porque así bajan los salarios y aumenta la tasa de beneficio de las grandes empresas y de la banca, disparándose con todo ello las desigualdades. Continuaremos en siguientes entregas.

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16 octubre 2018 2 16 /10 /octubre /2018 23:00
Viñeta: Anne Derenne

Viñeta: Anne Derenne

Estoy preocupado por dos cosas con igual intensidad: por la reacción miserable y egoísta de quien permite que se ahoguen inmigrantes en el mar y por la frivolidad y el egoísmo de quienes montan campos de concentración para ellos fuera de Europa. Europa no quiere asumir el problema de la inmigración y va a acabar con ella, porque a los inmigrantes no los va a parar nadie. Europa no es capaz de visualizar qué es lo que viene y no se sienta a pensar, porque supone cuestionarse muchas cosas, muchas políticas de armamento y de explotación de recursos naturales. Pero los problemas hay que asumirlos. Por eso planteo mi doble dolor: hay que atender ahora mismo a los inmigrantes, pero a continuación hay que ir al grano. Imaginemos que abrimos totalmente las fronteras y permitimos que continúen activas las situaciones que provocan que las personas huyan de sus países de origen, es decir, los conflictos y los gobiernos con los que colaboramos: entrarían en Europa millones y millones y harían bien en hacerlo. Pero, ¿qué habríamos resuelto? Llegará un momento en que no podrán ser atendidos. Entonces, lo que planteo es que hay que ayudar a quienes llegan y están aquí, e integrarlos, pero inmediata y simultáneamente, hay que acabar con las condiciones que provocan que esto se produzca. De lo contrario, objetivamente, el problema va a ser enorme, no lo va a parar nadie

Julio Anguita

En la última entrega describimos el contexto en que los tratados europeos entienden el fenómeno de las migraciones, y vamos a trasladarlo ahora al reflejo de la sociedad europea, con la presencia de las formaciones políticas de nuevo cuño con rasgos racistas y neofascistas. Desgraciadamente, la actual Unión Europea no sólo se ha convertido en una fortaleza hacia los migrantes, sino que ha resucitado el fantasma del fascismo. Italia, Hungría, Polonia, Holanda, Alemania, etc., han visto cómo formaciones políticas de extrema derecha llegaban a los Parlamentos regionales, nacionales e incluso al Parlamento Europeo, y por supuesto también a las instituciones, alcanzando incluso algunas carteras ministeriales. El discurso xenófobo, violento y racista cala hondo en una ciudadanía europea preocupada por el detrimento de sus Estados de Bienestar, y las fuerzas políticas de ultraderecha han sabido obtener rendimiento electoral de todo ello. Todo un discurso ultranacionalista, muchas veces como rígido eje conductor de todo su programa electoral, ha venido para quedarse y avanza peligrosamente en las encuestas de intención de voto. Sin ir más lejos, este domingo 14 de octubre tenemos elecciones en Baviera (Alemania), y la ultraderecha espera conseguir al menos un 10% del voto ciudadano. Este artículo de Alejandro Tena para el medio digital Publico realiza un exhaustivo análisis de este fenómeno, y vamos a seguirlo a continuación. La escalada del fascismo europeo no es espontánea, pues viene forjándose como fruto de un período de odio paulatino y progresivo hacia el extranjero. Años de racismo encubierto, tanto social como institucional, han permitido que estas opciones políticas obtengan una base electoral suficiente como para despegar su ideario, y llevarlo a los Parlamentos. En el fondo se trata de un pensamiento fascista manchado de algunos tintes de neoliberalismo económico, que ha venido calando desde el estallido de la crisis de 2007. 

 

El caso de Francia es paradigmático. Si bien es cierto que el Frente Nacional de Marine Le Pen ya tenía una presencia destacada en el país galo desde 1997, la crisis económica y el empobrecimiento de las clases populares provocó que este partido neofascista escalase posiciones de poder hasta conseguir el 21% de los votos en las últimas elecciones presidenciales francesas del pasado año 2017. Y por su parte en Grecia, despuntaba el partido filonazi Amanecer Dorado, cuya muestra de odio y violencia hizo estremecer a Europa y al país heleno que, azotado por los recortes y la precariedad (así como por la cobardía de sus dirigentes políticos), logró frenar algo al fascismo en las urnas. Con Amanecer Dorado, una formación que no tiene reparos en ensalzar públicamente la figura de Hitler y en portar simbología nazi, la ultraderecha se afianzó en Europa. Las clásicas formaciones de derecha y la socialdemocracia, impotentes para diseñar soluciones, se presentaban demasiado livianas para los sectores más radicales, y por ello, los partidos conservadores europeos empezaron a perder afiliados y seguidores en pro de las nuevas filiaciones radicalizadas como el FPÖ de Austria, la AfD de Alemania, los Finns de Finlandia, la Liga Norte italiana, los Sweden Democrats de Suecia, o el VOX español. Y así, usando una buena dosis de demagogia y envalentonándose en los diferentes foros, la ultraderecha va ganando terreno. Básicamente han asociado una crisis económica mundial (causada por los propios excesos y contradicciones del capitalismo neoliberal) con las oleadas migratorias que llegan al Viejo Continente. Su análisis es tan simplista como falso. Sus soluciones tan bárbaras como peligrosas. El caldo de cultivo que van sembrando es extremadamente tóxico, una vuelta al fascismo en toda regla. 

 

En menos de un año, el Gobierno ultraderechista de Austria ha anunciado medidas xenófobas como el cierre de mezquitas y el bloqueo de migrantes en sus fronteras. Además, se ha convertido en el principal socio internacional de Italia al consolidar un eje político que restringe la llegada de migrantes a Europa. Por su parte, la sensibilidad política y la concienciación antifascista de un país como Alemania no pudieron impedir que el partido de ultraderecha Alternativa por Alemania (AfD) expusiese su discurso de odio por todo el país. Y debido a ello, en las pasadas elecciones generales se convirtieron en la tercera fuerza política más votada, además de conseguir representación en 16 Parlamentos regionales en las elecciones de 2016. Alejandro Tena lo explica en los siguientes términos: "La efervescencia del discurso xenófobo de la derecha alemana responde a una dinámica política bastante común en Europa durante los últimos años. Se trata de un falso lavado de cara de la ideología más extrema, similar al empleado por Trump durante su campaña electoral del "Make America Great Again". La xenofobia y los discursos migratorios estarían, con esta fórmula, justificados por la realidad de lo políticamente incorrecto". No obstante, en Alemania existe una fuerte contestación social a este fenómeno fascista. De hecho, tras su triunfo electoral, miles de manifestantes salieron a las calles de Berlín para gritar "¡Nazis fuera!" y "Refugiados bienvenidos". En el caso de Hungría, la victoria de Víktor Orbán representó un gran triunfo para la ultraderecha, que se aprestó a afirmar "No aceptaremos a ningún inmigrante". Este veterano político, con tres mandatos a sus espaldas, representa claramente un referente para los Salvini, Le Pen o Strache en sus respectivos países. Orbán fue de hecho uno de los primeros en señalar con el dedo a los migrantes y reclamar barreras contra los extranjeros que piden asilo en Europa. 

 

Pero la sombra del fascismo es aún más alargada, pues ni Holanda ni los países nórdicos escapan a su radio de acción. Y así, Finlandia, Suecia y Dinamarca también se han apuntado al carro de la intolerancia y la xenofobia, implementadas en diversas formaciones políticas que comparten ideario con sus homólogas. En el caso de Holanda, el PVV de Wilders logró convertirse en la segunda fuerza parlamentaria de los Países Bajos, rozando la victoria en los comicios de 2017. Y este mismo personaje fue portada en la prensa internacional después de haberse declarado como el inventor del Trumpismo. Algo similar ocurrió en Dinamarca, donde el Dansk Folkeparti obtuvo el respaldo del 21% de los votantes. En el caso de Finlandia, los Finns (Verdaderos Finlandeses, pues su carga nacionalista es otra de sus características) experimentaron un crecimiento importante después del estallido de la crisis. Tanto que, mientras en 2007 sólo tenían 5 representantes parlamentarios, en las últimas elecciones de 2015 consiguieron 38 escaños gracias al respaldo del 17,65% de los votantes. Y también tenemos al SD sueco, que se convirtió en la tercera fuerza política con 49 escaños, y que trata de revalidar sus resultados. Y así llegamos al mix italiano, compuesto por el Gobierno de la Liga Norte y el Movimiento 5 Estrellas, que han encumbrado al provocador personaje de Matteo Salvini como Ministro de Interior, vocero del fascismo europeo y por ello quien más acapara las portadas internacionales. En constante enfrentamiento con las ONG's que tratan de salvar vidas en el Mediterráneo, el político milanés ha enarbolado la bandera del discurso supremacista y se ha presentado como el salvador de la "identidad del pueblo europeo". Ha criticado sin ambages las decisiones de sus colegas europeos, y entre sus polémicas medidas, decidió cerrar los puertos de Italia a los barcos que patrullan cerca de las costas de Libia para rescatar a personas que huyen del horror y de la muerte. 

 

¿Y qué ocurre en nuestro país? Pues que tanto el nuevo PP de Pablo Casado, como el Ciudadanos de Albert Rivera muestran continuos coqueteos y complicidades discursivas con las ideologías extremistas europeas. Las falacias vertidas por Pablo Casado ya las hemos analizado en un artículo anterior de esta misma serie, y por tanto no insistiremos en ellas. Pero desde C's, el segundo partido de la derecha española, también ha habido guiños al discurso antimigrantes. Rivera, aunque de una forma más discreta, se alía con el discurso racista y xenófobo, alegando la propagación de "efectos llamada" y demás falacias por el estilo. Además, la formación naranja ha impulsado recientemente una campaña en las redes sociales, que trata de criminalizar a los manteros y vendedores ambulantes, a quienes califican como "las mafias que ocupan las calles ilegalmente". No obstante, la ultraderecha española se aleja del euroescepticismo y del proteccionismo económico por los que abogan algunos otros líderes europeos de formaciones políticas similares. Y hablando de la ultraderecha española, no se nos puede olvidar el caso de Vox, cuya masiva reaparición pública ha sido tratada por prácticamente todos los medios. Vox es la ultraderecha sin complejos, a las claras. En algunos asuntos llegan incluso más allá que sus homólogos nacionales de PP y C's. Proponen la deportación de los inmigrantes ilegales a sus países de origen, la deportación de los inmigrantes que estén de forma legal en territorio español pero que hayan reincidido en la comisión de delitos leves o hayan cometido algún delito grave, el cierre de mezquitas, la expulsión de los imanes que propaguen el integrismo, el menosprecio a la mujer (cuando son ellos mismos los que la menosprecian, proponiendo acabar con la "ideología de género") o la yihad, etc. Como vemos, nuestro país no se queda atrás, desgraciadamente, en la cantidad de fuerzas políticas que se encuadran en la extrema derecha nacionalista y xenófoba. Continuaremos en siguientes entregas.

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14 octubre 2018 7 14 /10 /octubre /2018 23:00
Viñeta: Enrico Bertuccioli

Viñeta: Enrico Bertuccioli

Bayer, Basf, Dow, DuPont, Syngenta y unas cuantas más, todas tienen historias similares a las de Monsanto. Hace más de cien años que están produciendo químicos tóxicos como negocio, y han invadido campos, ciudades, semillas, comida, nuestros cuerpos, el de nuestras hijas e hijos y miles de especies en el medioambiente y hasta los confines más alejados de la tierra

Silvia Ribeiro

Las macabras actividades de estas megacorporaciones están provocando ingentes destrucciones de la naturaleza, y profundas transformaciones en los productos que cultivamos y que ingerimos. Y así, destrucción de campos de cultivo, contaminación llevada a cabo por los proyectos mineros, construcción de carreteras, oleoductos, gaseoductos, presas hidráulicas, y un largo etcétera de infraestructuras, están teniendo como resultado la destrucción de grandes hectáreas de bosques, flora y fauna. En definitiva, es la fuerza destructora del capital la principal causa del deterioro de la naturaleza. Ya desde el Marxismo clásico se ofrecen explicaciones para este fenómeno. Nos lo cuenta muy bien este artículo del medio La Izquierda Diario, que tomaremos como referencia a continuación. En su introducción ya se explica: "La crisis ecológica que viene sufriendo el planeta se expresa en la contaminación y en el agotamiento de los recursos. La contaminación del aire, del agua potable y del medio ambiente en general, han provocado el calentamiento del planeta, el derretimiento de los glaciares polares, la multiplicación de catástrofes naturales y la destrucción de la capa de ozono. Por otra parte, el agotamiento de los recursos ha generado la degradación de las condiciones del suelo, la deforestación y la destrucción de los bosques húmedos tropicales, y por lo mismo, su desertificación y reducción de la biodiversidad por la extinción de miles de especies. Las consecuencias ambientales no sólo son el resultado de la contaminación y el agotamiento de los recursos, sino también el resultado de los efectos que ha tenido la emigración de los trabajadores de las zonas productoras de materias primas en busca de trabajo en las zonas en desarrollo e industrializadas". 

 

Bien, el diagnóstico está más o menos bien trazado. Pero como decíamos, ya desde el Marxismo, a través de sus diferentes escritos, se establecen los vínculos entre el mundo social y el mundo natural. Karl Marx elaboró a partir de todo ello una concepción materialista-dialéctica de la naturaleza, que sirvió también para explicar su propio funcionamiento, así como nuestro encaje humano evolutivo dentro de la misma. Para ello tomó como base las aportaciones científicas de grandes sabios anteriores de la historia, como habían sido Epicuro, Liebig y Darwin. Ya Marx afirmaba en sus escritos: "El hombre vive de la naturaleza; esto quiere decir que la naturaleza es su cuerpo, con el que debe permanecer en un proceso continuo, a fin de no perecer. El hecho de que la vida física y espiritual del hombre depende de la naturaleza no significa otra cosa si no que la naturaleza se relaciona consigo misma, ya que el hombre es parte de la naturaleza". Marx por tanto no distinguía dicotomía alguna entre el ser humano y la naturaleza. También afirmó que la relación humana con la naturaleza está mediatizada no sólo a través de la producción, sino también por medio de las herramientas, que son producto de la transformación de la naturaleza por parte del hombre. En palabras de Marx: "El trabajo no es, pues, la fuente única y exclusiva de los valores de uso que produce, de la riqueza material. El trabajo es el padre de la riqueza, y la tierra la madre". Según el marxismo, en toda sociedad el trabajo es el momento de intercambio con la naturaleza, es la actividad con la cual el hombre se apropia de su entorno y lo transforma para satisfacer así sus necesidades básicas. 

 

Sin embargo, en el sistema capitalista, este proceso crea una separación del hombre con respecto a la naturaleza. Marx destaca que el trabajo alienado convierte a la naturaleza en algo extraño al hombre, en un "mundo ajeno", "hostilmente contrapuesto al trabajador". En este sentido, en la apropiación privada, existe una alienación respecto a la naturaleza donde los medios de vida y de trabajo no le pertenecen al trabajador, y se le presentan como objetos externos, es decir, "enajena al hombre de su propio cuerpo, de la naturaleza tal como existe fuera de él, de su esencia espiritual, y de su esencia humana". En tal sentido, la consumación de la alienación (en el modo de producción capitalista) se da a partir de la separación del campo y la ciudad, lo que provoca la despoblación rural y el hacinamiento urbano; y que por lo mismo, genera y representa la causa fundamental de la polución y la depredación, y el desmembramiento progresivo y radical de las fuentes de la producción de medios de vida y materias primas de los centros de consumo. En definitiva, viene a expresar la fractura del metabolismo social con la naturaleza. Y todo esto viene a demostrar que Marx no sólo investigó las consecuencias de la explotación capitalista sobre el trabajo humano, sino que también comprendió el daño que el latifundio capitalista provoca sobre la vitalidad del suelo. La gran industria y la gran agricultura explotada industrialmente actuarían como una unidad, una devastando la fuerza de trabajo y otra degradando la fuerza natural de la tierra. Marx planteó las bases para una sociedad futura e hizo alusión al comunismo como la "verdadera solución del conflicto que el hombre sostiene con la naturaleza y con el propio hombre". En cuanto superación positiva de la propiedad privada, el comunismo es, también, superación de la alienación del hombre con respecto a la naturaleza. Para Marx, la sociedad comunista "es la unidad esencial plena del hombre con la naturaleza, la verdadera resurrección de la naturaleza, el naturalismo consumado del hombre y el humanismo consumado de la naturaleza".

 

Bajo el modo de producción capitalista, "la naturaleza se vuelve un puro objeto para el hombre, un puro asunto de utilidad, deja de ser reconocida como un poder para sí; e incluso el conocimiento teórico de sus leyes autónomas no aparece más que como un ardid que contempla someterla a las necesidades humanas, sea como objeto de consumo, sea como medio de producción". Marx, por tanto, ya observó y denunció con claridad el tratamiento dislocado que el hombre practicaba para con la naturaleza, en sus diversos escritos. Y a medida que el capitalismo entra en fases más agudas, desata sucesivas crisis, expone sus profundas contradicciones, y ahonda aún más en la explotación de los trabajadores y en la destrucción del medio ambiente, que son sus dos fuentes de riqueza. Está claro, por tanto, que necesitamos una superación del capitalismo si pretendemos valorar a la naturaleza en sus justos términos, dejar de expoliarla y someterla, y buscar otros modos de producción y de consumo que no se basen en la acción brutalmente depredadora del entorno natural. No obstante, la Ecología (o el Ecologismo, si se prefiere) no comenzó a tomar cartas de naturaleza propia hasta la segunda mitad del siglo XX. Concretamente, y siguiendo a Joaquim Sempere en su reciente artículo para la Revista Sin Permiso, apareció como corriente influyente en los Estados Unidos y en Europa occidental durante los años 60 del pasado siglo, al margen de las izquierdas tradicionales, y en particular del marxismo. De hecho, una gran parte de los activistas por el medio ambiente y de los ecologistas en general no se adscriben ni poseen conocimientos políticos a ese nivel. Al ecologismo le preocupa la agresión humana al medio ambiente, y como tal, fue planteada independientemente del eje izquierda-derecha. Como esta agresión afecta a todo el mundo, a todos los habitantes del planeta, hemos de presentarlo como un problema de la humanidad entera. 

 

Pero un sector del ecologismo fue más allá, identificándose con los postulados de izquierda, al comprender que la destrucción ambiental era un resultado evidente de la dinámica expansiva, colonizadora y destructora del propio capitalismo. A partir de aquí, estos ecologistas que así lo entendieron (que son hoy día mayoría), comprendieron también que el ecologismo debía ser anticapitalista. No valen medias tintas, aunque se haya desarrollado un cierto "Capitalismo Verde", que aboga por suavizar y concienciar la lógica capitalista para que su expolio natural sea el mínimo posible. Actualmente, es incluso el ecologismo el que está a la vanguardia de las propuestas evolutivas de la sociedad, pues las izquierdas clásicas se han quedado únicamente en los planteamientos tradicionales que no solucionan hoy día el terrible conflicto capital-planeta. Pero frente a los autores que critican la ignorancia o falta de sensibilidad ecologista en Marx (y también en su compañero Engels), hay que reivindicar justo lo contrario. Manuel Sacristán, uno de los mayores expertos, traductor de obras de Marx, fue el que mejor señaló la conciencia ecologista de éste. Como ejemplo, la observación de Marx según la cual el socialismo estaba destinado a establecer "la viabilidad ecológica de la especie humana" se hace explícita en el Libro III de El Capital, donde se caracteriza la sociedad sin clases, el comunismo, que supuestamente ha de suceder al capitalismo, no solo como una sociedad libre de explotación y de inseguridad, sino también como una sociedad en la que "los seres humanos regularán conscientemente su metabolismo con la naturaleza". Joaquím Sempere destaca que esta frase, que ha sido poco comentada por los lectores e intérpretes de El Capital, subraya hasta qué punto Marx fue consciente de la dimensión ecológica de la vida humana, del papel destructivo del capitalismo respecto a esta dimensión e incluso de la misión regeneradora que correspondería al socialismo en el futuro. Continuaremos en siguientes entregas.

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11 octubre 2018 4 11 /10 /octubre /2018 23:00
Viñeta: Lifeder

Viñeta: Lifeder

Con la teorización de la abolición del trabajo asalariado no se pretende la abolición de las ideologías y la apología del individualismo liberal, sino, muy al contrario, el ataque a la raíz del propio sistema y la liberación de los trabajadores. ¿Por qué no abolir el trabajo asalariado para crear otro paradigma en que se dedique el tiempo y saber necesarios para la aportación social, y que no sea la base del enriquecimiento de los capitalistas y esclavitud de los trabajadores?

Carlos G. Osto

Podemos unirnos a la expresión "Trabajador uberizado", creada por el investigador francés Andrè Lamarche (y expuesta en esta entrevista para el medio argentino Pagina 12 en un artículo de Javier Lewkowicz), que define a la perfección los nuevos rasgos laborales creados por estas plataformas digitales, imperantes en muchos nuevos modelos de negocio, nacidos al albur y al desarrollo de las nuevas tecnologías. Son modelos de negocio que buscan también desregular los modelos de negocio anteriores, amparados en una regulación pública, para poder competir con ellos, de tal manera que instan a los poderes públicos a desregular dichas actividades, a debilitar dichas restricciones organizativas, y a dejar hueco a la competencia privada a la que estos sectores aspiran. Mediante este proceso de "uberización" nos quieren hacer creer que sólo obedecen a los cambios tecnológicos, pero por debajo existe un fuerte componente de desregulación neoliberal. Existe una fuerte apuesta por reformar el poder del mercado, que es el poder del capital, contra el poder del trabajo. Y la tendencia de este proceso es hacia la expansión a otros ámbitos laborales, cuantos más mejor. En palabras de Andrè Lamarche: "Hay una transformación de lo que es una empresa. Hasta ahora, la empresa ha sido una unidad con trabajo, capital y un aparato de transformación, una gran construcción social. Y esta lógica de Uber es una gran reconstrucción a partir de una empresa que es un intermediario entre trabajadores autónomos. Tal vez el día de mañana suceda con las enfermeras en un hospital o con los profesores universitarios, que se transformarían en "emprendedores". Por tanto, la propia evolución del trabajo, pivotando sobre las Nuevas Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (las famosas TIC), se está convirtiendo en un asunto a abordar, si queremos llegar hasta las entrañas de esta arquitectura de la desigualdad laboral. 

 

En base a esto, se rumorea que los tiempos que se avecinan van a ser tiempos muy difíciles para el empleo, porque desaparecerán muchos puestos de trabajo, como consecuencia de los procesos de automatización y robotización, aplicados a multitud de tareas que ahora necesitan el concurso humano. Comienzan a surgir conceptos como "determinismo laboral tecnológico" o "parado tecnológico", que ligan la evolución y características del empleo a la propia evolución tecnológica de la sociedad. De hecho, buena parte de nuestras actividades han entrado directamente en la etapa de la robotización, y en la sustitución del trabajo humano por máquinas. Pero todo depende del tipo de civilización al que realmente aspiremos, porque aún poseemos multitud de necesidades humanas insatisfechas en el ámbito de los cuidados, donde existe un gran componente de trabajo humano insustituible. Ahora bien, si vamos hacia un tipo de producción de bienes automatizados, con demanda cada vez más escasa porque no hay ingresos, acabaremos en una sociedad de personal sobrante. Pero si pensamos que el trabajo humano no es una mercancía, como señala la Declaración de Filadelfia, que han suscrito los países más importantes del mundo (como siempre, salvo EE.UU.), entonces nos daremos cuenta de que existen muchos servicios personales, en los campos de la educación y la formación, la sanidad, la atención a la dependencia o la cultura, donde se necesitan muchas horas de trabajo, que tienen que ser retribuidas con el excedente que se cree en otras. No debemos perder de vista el situar siempre en la base de la pirámide a la política, es decir, a la voluntad política de emplear la tecnología (aplicada a cualquier campo) bajo criterios humanos, éticos y morales, en vez de abandonar la política en favor de una serie de avances científicos y tecnológicos, despojados de toda ética social. Las Nuevas Tecnologías siempre deben estar al servicio del ser humano, y no al contrario, y el mundo laboral no es una excepción a ello. 

 

A propósito de la publicación del libro "Inventar el futuro. Poscapitalismo y un mundo sin trabajo", la Revista Ctxt entrevistó a uno de sus autores, Nick Srninicek (el otro es Alex Williams), entrevista llevada a cabo por Álvaro Guzmán Bastida, y que vamos a tomar como referencia a continuación. Recomiendo a mis seguidores y seguidoras la lectura completa de dicha entrevista. De entrada, hemos de observar el doble discurso que se emite ante los avances tecnológicos: mientras aduladores reportajes nos cuentan las características de los últimos modelos de coches, de robots, de la casa del futuro y del "Internet de las cosas", otros artículos echan la culpa a los robots del descenso en la calidad de vida, y del desempleo y la miseria que vendrán. El pensamiento dominante repite que los avances tecnológicos amenazan con llevarse por delante puestos de trabajo, y lo presentan casi como un futuro inexorable. Para estos autores, lo que se presenta como crisis es, en realidad, una oportunidad. Las nuevas tecnologías ofrecen posibilidades nunca antes vistas para alcanzar metas emancipadoras. Pero lo que hace falta es un programa desde la izquierda que explote y democratice los beneficios de este progreso tecnológico que estamos propiciando. Y ello básicamente pasa por dos medidas esenciales, que nosotros venimos defendiendo: por un lado, la reducción y el reparto del trabajo. Por otro, la creación de una Renta Básica Universal (RBU). El capitalismo globalizado ha provocado, entre otras cosas, que perdamos la capacidad colectiva de siquiera imaginarnos un mundo mejor. Se ha esfumado la sensación de que las cosas pueden mejorar, porque la fuerza del pensamiento dominante ha barrido al resto de posibilidades. Son los efectos del deterioro de los movimientos sociales, del sindicalismo de la clase obrera, y de los últimos 40 años de neoliberalismo globalizado. Pero como decimos, hay que ver a la tecnología como una aliada, no como una enemiga. 

 

De entrada, se podría y debería automatizar todo un abanico de tareas y trabajos aburridos y sin sentido. Las máquinas lo harán mejor, en menos tiempo y sin equivocarse. Además, serán una inversión más rentable para la empresa, sea ésta pública o privada. Las computadoras no necesitan descansos, ni vacaciones, ni han de conciliar la vida laboral con la personal. Pero todo ello debe redundar en una reducción y reparto del trabajo, intentando acercarse al modelo de las 30 horas semanales, incluso 20, lo cual debe incidir en la rebaja de la tasa de desempleo. Otra buena aplicación de las tecnologías reside en el campo de la democracia participativa, pudiendo realizarse votaciones online, de forma sencilla, rápida y directa, lo cual debe redundar en proporcionar la voz al conjunto de la población, para que se pronuncie (con más frecuencia y para mayor número de temas) sobre los asuntos que les conciernen (para profundizar más en este asunto, los lectores y lectoras interesadas pueden consultar la serie de articulos titulada "Objetivo: Democracia" publicada en este mismo Blog). Bien, la consecuencia de toda esta ingente entrada de tecnología en las operaciones, controles, creaciones, tareas y trabajos humanos es una reducción del mismo, pero como decimos, esto no ha de verse como un inconveniente, por los dos siguientes motivos: por una parte, los trabajos humanos se irán especializando con el tiempo, y a medida que las tareas arduas, pesadas y repetitivas se van dejando a las máquinas, los seres humanos se dedicarán a tareas y trabajos de más alto nivel. Por otra parte, hemos de tender hacia un modelo de sociedad donde la tecnología nos libere del trabajo. Es decir, podríamos vivir en una sociedad en la que la gente no tuviera la necesidad imperiosa de trabajar para poder vivir. Tenemos la tecnología disponible para ello. Pero todavía funcionamos bajo los paradigmas mentales y sociales que exigen que la gente tenga que trabajar para sobrevivir. Los autores del texto de referencia aseguran que "Librarse de esas relaciones sociales debería ser el gran proyecto de la izquierda y es alcanzable en las próximas décadas". 

 

Y continúan explicándolo de la siguiente forma: "Tradicionalmente, esto hubiera supuesto grandes recortes en calidad de vida. Hoy tenemos la capacidad de mantener nuestro nivel de vida, reducir la huella ecológica y librarnos del trabajo asalariado. Lo más difícil no son las posibilidades materiales, sino construir la capacidad colectiva, especialmente bajo la presión devastadora a la que nos ha sometido el neoliberalismo". Hay que tener en cuenta que cuando estos autores hablan de "librarnos del trabajo asalariado" no están queriendo decir que deje de existir (que dejen de existir las empresas, ni los autónomos, ni los asalariados, ni los puestos de trabajo en sí), sino que deje de existir la concepción basada en el paradigma de que las personas hemos de sobrevivir a costa de nuestro trabajo asalariado, precisamente porque éste es uno de los paradigmas fundamentales donde descansa el capitalismo. Y cuando estos autores hablan en estos términos, están pensando en el mecanismo de la Renta Básica Universal (RBU, que desarrollaremos a fondo próximamente) para desligar el trabajo asalariado de nuestra fuente de ingresos. Pero insistamos en la idea: nuestro discurso no va contra el trabajo humano en sí mismo, que seguimos considerando una actividad creativa, inherente y enriquecedora para el ser humano. Pero sí vamos contra el concepto político, social y moral de que todas las personas tenemos que estar sujetas a un trabajo asalariado para poder vivir de él y dignificar nuestra existencia. Los trabajos asalariados seguirán existiendo, así como las empresas que los sustenten y organicen, pero el modelo social al que pretendemos llegar es aquél que no obliga a todo ser humano a volcar su existencia material en los ingresos proporcionados por uno (o varios) trabajo(s) asalariado(s). Queremos romper, necesitamos romper con esa dependencia funcional, que como hemos dicho, es parte del discurso histórico que se nos ha venido imponiendo, a mayor gloria del capitalismo globalizado. Continuaremos en siguientes entregas.

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9 octubre 2018 2 09 /10 /octubre /2018 23:00
Viñeta: Fadi Abou Hassan-FadiToOn

Viñeta: Fadi Abou Hassan-FadiToOn

La realidad-límite de los refugiados muestra, entonces, no el fracaso de los organismos internacionales o de los Estados europeos, sino los objetivos de fondo que estas instituciones gubernamentales se han planteado; en particular, tratar a estos grupos como un “excedente” que debe ser gestionado como si se tratara de “desechos humanos” a reciclar. Incluso de forma previa a la crisis sistémica de 2008, el proyecto político dominante en Europa no ha sido otro que el de un bienestar cercado, rodeado de muros blancos, sostenido sobre unas periferias tanto internas como externas. Dicho de otra manera, nuestras sociedades opulentas, como dispara Bauman, crecen bajo la sombra de miles de “vidas desperdiciadas"

Arturo Borra

Ese "enemigo interior", ese chivo expiatorio del actual neofascismo, es el inmigrante, es el extranjero, es el diferente. Esa persona a quien se le echa la culpa del desempleo, de los sueldos bajos, de la crisis de las pensiones, de la rebaja de los servicios públicos, del aumento de la delincuencia, del ataque a los comerciantes, y de mil asuntos más. Ellos están en la diana de ese discurso gestado para fracturar a la sociedad, para dividirla, para torpedearla desde sus propios frentes. Y así va calando en la sociedad el discurso xenófobo, racista e intolerante de esta nueva derecha, joven en sus líderes, vieja en su pensamiento. Un discurso que se destila peligrosamente, gota a gota, no solo desde la política, sino también desde los medios de comunicación, la verdadera atalaya de la indecencia moral y del declive de la sociedad. Multitud de flecos ponen de manifiesto, exaltan y hacen hincapié en los perfiles de una sociedad racista, aunque se vista de seda. Se enfrenta la inmigración "ilegal" frente a la inmigración "ordenada", que es lo mismo que decir la inmigración pobre frente a la inmigración rica. Los extranjeros pobres son presentados siempre como un problema, como una carga y como una amenaza, nunca como algo positivo. Se afirma de ellos que suponen un ataque a nuestro Estado del Bienestar, a nuestra cultura, a nuestro mercado y a nuestros valores. Incluso a nuestra libertad. Tratan de convencernos de que la inmigración es una lacra a la que hay que abatir. Se normaliza entonces el discurso feroz contra la inmigración, y se legitiman las ideas que tratan de combatirla por la fuerza, a base de alarmantes advertencias, datos inconexos y erróneos, y duras medidas para mantener a los inmigrantes fuera de nuestras fronteras. Se legitima la idea de la Europa fortaleza. Esta es la explicación del avance electoral de ciertas fuerzas políticas de ultraderecha que atacan violentamente con este discurso. 

 

En este artículo para el medio Nueva Tribuna, el Profesor Cándido Marquesán explica algunos flecos del discurso racista, y cómo se aplica en sus diferentes ámbitos. Retomo sus palabras en lo que al campo educativo se refiere: "Fijémonos en las instituciones del campo de la educación. Los libros de texto reflejan las ideologías dominantes del momento. Siempre ha sido así para la representación del mundo y sus gentes. Tienen tendencias nacionales e incluso nacionalistas, en los que los días de gloria de un país se magnifican, y sus crímenes y delitos "se olvidan". Pocos libros de texto en Europa y en España detallan la esclavitud y el colonialismo. Representan a las minorías no europeas con los típicos prejuicios desde una perspectiva eurocéntrica. La mitad de los libros de texto de ciencias sociales holandeses de los años 80, ni siquiera mencionaban la presencia de cientos de miles de personas de diversas minorías en el país, y lo que es más significativo, ni siquiera dentro del aula. La otra mitad simplemente se repetían unos a otros, enfatizando brevemente las diferencias culturales en lugar de las similitudes entre nosotros (holandeses) y ellos (turcos, marroquíes)". Todo ello lo podemos extrapolar a los libros de texto españoles, que ensalzan la época histórica del "Descubrimiento del Nuevo Mundo", por ejemplo, escondiendo o ignorando las tremendas aberraciones que cometimos allí. Se ensalza la Reconquista de los territorios para las Coronas de Castilla y Aragón, pero en cambio se suele omitir toda la grandeza, cultura y sabiduría que debemos a los árabes durante los ocho siglos de dominación en Andalucía. Teniendo en cuenta los períodos históricos, hemos de concluir que los árabes que fueron expulsados de Al-Andalus eran más andaluces que los andaluces actuales, pues llevaban más tiempo aquí que nosotros. A ellos les debemos gran parte de nuestra actual cultura, monumentos, folklore y estilos de vida. Por otra parte, se ensalzan en dichos textos las labores evangélicas y culturales que imprimimos a los pueblos indígenas que allí habitaban, pero se oculta que dichas gestas fueron labradas desde las guerras, las invasiones, la muerte, el odio y la destrucción, apoyándonos además del esclavismo africano. 

 

Igualmente, a la hora de conformar nuestra historia, han tenido un gran protagonismo los judíos y los moriscos, pero sin embargo, en nuestros currículos escolares se les concede muy poca importancia, y cuando nos referimos a ellos lo hacemos con grandes dosis de prejuicios de origen religioso, que aún perduran. No se hace mención a los terribles y crueles episodios de expulsión que durante siglos tuvieron que sufrir en sus carnes tanto judíos como moriscos, y también gitanos. Nuestra mixtura antropológica y cultural es por tanto inmensa, y tiene mucho más recorrido histórico y consecuencias que el que se le concede en los libros de texto escolares. En definitiva, estas son las bases del discurso racista y xenófobo que arrastramos hasta hoy día, apoyado en bases políticas, mediáticas, educativas, y por supuesto religiosas. El discurso racista, como vemos, tiene hondas raíces, y va a ser una ardua y penosa tarea poderlo desmontar. Hay que actuar a todos los niveles descritos, en cada uno de esos ámbitos. Costará tiempo. Es un discurso fabricado e inculcado a sangre y fuego en nuestras mentes, que se manifiesta en nuestros juegos, tradiciones, adivinanzas, costumbres, dichos, refranes, libros, episodios, fiestas populares, canciones, y un largo etcétera de facetas de nuestro folklore patrimonial. Luchar contra todo eso, hasta llegar al exterminio del racismo en nuestras sociedades, será una poderosa gesta. Pero valdrá la pena. Al igual que el patriarcado o el capitalismo, el racismo obedece a un conjunto de prejuicios culturales que datan de siglos de predominio. Pero es nuestra responsabilidad luchar para acabar con los prejuicios racistas, con los conceptos, actitudes, comportamientos e ideas xenófobas e intolerantes. No podemos avanzar hacia una democracia libre sobre una democracia autoexcluyente, que se base en una falsa identidad nacional o nacionalista. Los pueblos, por muchos rasgos identitarios que puedan poseer, obedecen todos en su origen a un crisol de culturas, a una mezcla de razas y civilizaciones que los fueron forjando. Toda idea contraria a este hecho es una falacia que hay que combatir. 

 

Bien, y dicho esto, veamos cuál es el concepto (ciertamente interesado) de la inmigración que posee la Unión Europea, donde nos adscribimos como Estado miembro. La UE aborda el tema de las migraciones desde una perspectiva únicamente economicista, lo cual es lógico si partimos de la base de que la propia UE fue formada desde la base de una pirámide asentada en la arquitectura predominante de los mercados financieros. Por tanto, las personas extranjeras (que los dirigentes de la UE denominan "extracomunitarias") sólo son tenidas en cuenta por la UE como trabajadores/as útiles a las economías nacionales. Todo lo que escape a este enfoque es desechado. De ahí que tanto su acceso como su propio recorrido o movilidad por los Estados miembro de la UE estén severamente restringidos. La UE se desentiende en cuanto a sus posibles derechos ciudadanos, o su escala de integración social. Se les olvida a los gerifaltes de la UE que ser ciudadano/a implica ser portador/a de derechos, unos derechos universales garantizados por multitud de declaraciones, convenios, foros y tratados. Unos derechos que son individuales, inalienables e inherentes a su condición de persona. Pero lejos de todo ello, en la UE todos los individuos extra-comunitarios, es decir, procedentes de fuera de los 28 Estados de la Unión y sin nacionalidad de cualquiera de estos Estados miembros, carecen del estatus de ciudadano/a. Así que como se dice coloquialmente: la primera en la frente. Dichas personas son consideradas de segunda categoría, puesto que se rigen no por el Derecho Comunitario (Tratados de la Unión, Carta de Derechos Fundamentales, etc.), sino por el derecho de extranjería vigente, bien de forma unificada (Tratado de Schengen), bien de forma estatal (Leyes de Extranjería propias de cada Estado). De esta forma, la UE "escapa" a la legislación y al derecho internacional, para crear una capa de derecho propiamente comunitaria, que le aísla de la obligación del cumplimiento del derecho internacional sobre los derechos humanos. Esto es una absoluta aberración jurídica, que debe ser denunciada (de hecho ya lo está siendo) ante la ONU y el resto de foros internacionales y Tribunales de Derechos Humanos.

 

De esta forma, los migrantes poseerán (en su caso) derechos como extranjeros, pero no como ciudadanos/as. Y si no tienen papeles que los habiliten (permiso de residencia, de trabajo, visado, contrato laboral, certificado de matrimonio, empadronamiento, registro civil...), sus derechos se ven menguados al mínimo, como ocurrió por ejemplo con el Real Decreto de 2012 que impidió su acceso a la Sanidad universal. Por otra parte, y como hemos indicado más arriba, en la política sobre migraciones de la UE es esencial el Acuerdo de Schengen, vigente desde 1995. Este artículo de Ecologistas en Acción explica el sentido de dicho acuerdo: "Unifica el control de las fronteras en un doble sentido: por una parte, desaparición de las fronteras interiores, y por otra, fortalecimiento de fronteras exteriores para impedir inmigraciones no funcionales al mercado y para controlar los flujos migratorios de todos los países de la UE, a excepción de Irlanda y Reino Unido. De todos modos, el propio espacio Schengen ha sido puesto en entredicho cuando las ampliaciones de la UE propiciaban las migraciones de personas de los países del Este recién incorporados. Así, Bulgaria, Rumanía y Chipre han visto cómo la Comisión Europea les negaba la entrada en el espacio Schengen, y por consiguiente, negaba a sus ciudadanos/as la libertad de movimientos. Eso demuestra, una vez más, que los discursos "paneuropeos" y de fraternidad no son más que retórica". En efecto, sólo los criterios de mercado pesan en la asunción de un determinado flujo migratorio, para asignar su "regularidad" o en caso contrario, su demonización. Unos criterios de mercado que están sujetos a los vaivenes y conveniencias de cada caso y momento, así como a los intereses de sus diversos actores, y que por tanto, están muy alejados de los criterios humanitarios que deben inspirarlos. Los objetivos en materia migratoria en la UE no persiguen fines humanitarios, ni velan por el bienestar, ni están inspirados en el derecho internacional. Sólo existen para salvaguardar los intereses económicos de los Estados miembros de la Unión. Continuaremos en siguientes entregas.

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8 octubre 2018 1 08 /10 /octubre /2018 23:00
Viñeta: El Petardo

Viñeta: El Petardo

Los puestos de trabajo no están por encima de la vulneración de derechos humanos. Y enfrentar a las víctimas de Arabia Saudí con los trabajadores de Cádiz es enfrentar a los pobres entre sí. Esto se salva con ideas y convicciones en la toma de decisiones

Víctor Arrogante

No se trata solamente de un contrato por 2.000 millones de €, sino de todo un programa de colaboración bélica con este gobierno autocrático, que pasa por la creación de una compañía conjunta, Industrias Militares de Arabia Saudí, la remodelación del puerto de Yeda, el mantenimiento de los buques y la instrucción de los marinos saudíes en San Fernando. Y se une a la constante venta de piezas de artillería, municiones y bombas por parte del Gobierno a Arabia Saudí

Juanlu González

Entre 2015 y 2017, España exportó armas a Arabia Saudí por valor de 932 millones de euros y autorizó licencias por valor de 1.235 millones (...) Cada vez son más los países que se dan cuenta de que armar a Arabia Saudí y a la coalición que bombardea Yemen es incompatible con el derecho internacional y los principios humanitarios

Amnistía Internacional

Como si una bomba de precisión hubiera caído por sorpresa y hubiera estallado. Caos, shock, sangre, heridas, astillas, miembros amputados, cuerpos despedazados, humo. Destrucción y muerte. La Izquierda se desangra sin remedio en los astilleros de Navantia, merodea asfixiada, conmocionada, completamente desorientada entre la densa humareda que dejan las bombas y el zumbido que revienta los oídos. No ve, no oye. Languidece, puede que para décadas, víctima de cuatrocientas bombas de precisión, cinco embarcaciones militares, seis mil puestos de trabajo, diecisiete mil civiles assinados, diez mil heridos, más de veinte millones de personas en riesgo de hambruna, difteria y cólera. La mayor catástrofe humanitaria del planeta a día de hoy, Yemen, y el mayor genocida actual, Arabia Saudí

Luis Gonzalo Segura

Los trabajadores -y los sindicatos- que sigan comportándose como “mandaos” y renuncien a la posibilidad de forzar los cambios necesarios y urgentes en las líneas de producción, irán al suicidio. Lo mismo cabe decir de los Estados que renuncien por exceso de cautela presupuestaria a generar alternativas viables a una infraestructura productiva desfasada, insostenible e injusta, heredada de generaciones anteriores

Paco Rodríguez de Lecea

No es ningún secreto que el reino de Arabia está dirigido por una familia, en el sentido más doncorleónico de la palabra, que aplica el apartheid y un totalitarismo teocrático, el más severo del mundo que, como castigo de delitos como apostasía, adulterio, la homosexualidad y la hechicería no sólo amputa manos y pies, sino ejecuta con lapidación y decapitación, para luego crucificar sus cadáveres en público. Condenó al bloguero Raif Badawi a 10 años de prisión y 1.000 latigazos. ¿Qué tal si creamos puestos de trabajo fabricando látigos de alta calidad, ya que después de unos fuertes golpes estos látigos se rompen, junto con los huesos del reo? Es el régimen que patrocina a los grupos terroristas que atentan por los cuatro costados del planeta, incluidos en los países occidentales que le protegen, a pesar de que los tratados internacionales prohíben la venta de armas a los países que infringen gravemente los derechos humanos o apoyan el terrorismo

Nazanín Armanian

Paros, protestas y movilizaciones. Marchas y cortes de carreteras. Huelga laboral ante el supuesto peligro de un contrato. Exigencia al Gobierno para que no permita que se anule la carga de trabajo prevista. Esto es lo que ha pasado hace varias semanas con los trabajadores de Navantia en San Fernando (Cádiz), es decir, que han organizado protestas masivas durante varios días, porque temían que peligrara el contrato que nuestro Gobierno posee con Arabia Saudí, en lo referente a la fabricación y venta de cinco corbetas, un contrato por más de 1.800 millones de euros, y que dará empleo a más de 6.000 personas (entre puestos directos e indirectos) durante los próximos cinco años. Resulta que dicho contrato para la fabricación de las corbetas (en realidad buques de guerra Avante 2200) se puso en riesgo por la negativa (después corregida por el Gobierno) de no entregar 400 bombas de precisión láser al régimen saudí, lo cual generó la mencionada represalia de la dictadura sátrapa hacia nuestro país. Las bombas ya habían sido vendidas (y cobrados los más de 9 millones de euros) por el Ministerio de Defensa anterior (bajo el mandato del ex Ministro Pedro Morenés), pero la actual Ministra del ramo decidió anular dicho pedido, ante las sospechas del uso salvaje y brutal que los saudíes están haciendo de ellas, bombardeando incluso autobuses escolares en Yemen. Es decir, que habíamos vendido armas a Arabia Saudí, y las corbetas que fabricará Navantia también se usarán en los conflictos bélicos. Armas en definitiva, armas para un país que está en guerra contra la población indefensa de Yemen, y que está causando una de las crisis humanitarias más devastadoras de los últimos años. Digámoslo claro: Yemen está siendo masacrado y silenciado, y el Gobierno español ha decidido participar activamente proveyendo de bombas y buques de guerra al país agresor, en este caso Arabia Saudí. Seguramente, las bombas se descargarán sobre población civil indefensa. Y las corbetas servirán para continuar con el bloqueo naval de Yemen e impedir la llegada de alimentos y ayuda humanitaria a su población. 

 

Pero vayamos por partes, porque aquí hay mucha tela que cortar. En primer lugar, no deberíamos vender armas a ningún país, sea el que fuere. Pero detengámos en esta pregunta: ¿A quién le estamos vendiendo armas? ¿Se trata quizá de un país civilizado y respetuoso, pacífico y tolerante? ¿Quién es Arabia Saudí? Pues se trata de una de las autocracias más sanguinarias, peligrosas, regresivas y mortales del planeta, que desprecia absolutamente los derechos humanos, y que se adhiere a la corriente más fundamentalista del Islam. Y desde que Riad inició su bárbara agresión contra su vecino del sur, Yemen, varios países occidentales han vendido y suministrado armamento y equipamiento militar a este execrable país, a la postre primer importador mundial de armas. Una dictadura déspota, corrupta y sanguinaria, cuya familia real está muy hermanada con la nuestra. Aunque el Gobierno de nuestro país no lo admite, existe constancia de que los saudíes utilizan munición española en sus ataques a los yemeníes. Un país, Arabia Saudí, que igual bombardea a población civil de Yemen de forma indiscriminada, que encarcela a activistas por la democracia y los derechos de la mujer, que ejecuta en masa a cientos de condenados, o que empobrece a su población mientras sus jeques del petróleo compran yates y castillos en el extranjero. Como podemos ver, todo un modelo a seguir. La venta de armas a un país de semejante perfil es, además de letal, inmoral e injustificable. Pero todo esto le trae al pairo al complejo militar-industrial, que presiona a los Gobiernos (y éstos se dejan presionar) para que la venta de armas no decaiga. En esta situación, está claro que asistimos a un conflicto capital-vida, o si se quiere, trabajo-armas. En concreto, se enfrentan el derecho al trabajo para los empleados de astilleros de la Bahía de Cádiz y los derechos fundamentales a la paz, a la vida y a la libertad para las víctimas de dicho equipamiento bélico...¿O más bien todo esto es un dilema mal enfocado?

 

¿Necesitaríamos quizá más datos para tomar una decisión? Ahí van algunos: la masacre cometida por la coalición internacional liderada por Arabia Saudí contra Yemen alcanza ya una situación desoladora desde que comenzara en 2015. Las principales ONG han documentado innumerables crímenes de guerra por parte de los saudíes, se practican decenas de bombardeos ilegítimos contra población civil y contra las infraestructuras más básicas que abastecen a la población, y la hambruna está ya absolutamente desbordada. Hospitales, escuelas, mercados, mezquitas y todo tipo de establecimientos han sido destruidos sin piedad, siendo la población infantil la más castigada (las cifras actuales hablan de cinco millones de niños en situación crítica). ¿Necesitamos más datos? Se equivoca profundamente el Alcalde de Cádiz cuando afirma que él elige "comer" aunque sea fabricando armas. José María González demuestra de esta forma pertenecer a ese grupo de "izquierdistas" a los que les falta un hervor, y deberían hacérselo mirar. No es el único. Existe mucha más gente así en este Podemos tan descafeinado al que están involucionando. Cuando los principios no se tienen claros, a veces hemos de elegir entre alternativas que pueden parecernos difíciles, pero que no lo son tanto. Porque los principios no sólo se albergan en la razón y el pensamiento, también están en el corazón y en las tripas. Los principios deben residir por todo nuestro cuerpo, deben rezumar por nuestra piel, y entonces nunca tendremos dudas, ni traicionaremos gravemente, como frecuentemente ocurre, las bases y valores de la izquierda, una de los cuales es el Pacifismo. Una mínima conciencia pacifista exigiría de las fuerzas políticas progresistas (cuánto más en los lugares donde gobiernan) la búsqueda de alternativas para que la respuesta no fuese trabajar fabricando armas para una petromonarquía asesina. 

 

Porque si no practicamos esto...¿tendremos después credibilidad cuando participemos en determinadas marchas o protestas contra la guerra? Estas movilizaciones resultarán absolutamente hipócritas si no van acompañadas del compromiso efectivo por una cultura de la paz y una economía basada en la solidaridad. Parece ser que los trabajadores de los astilleros no lo entienden así, sus sindicatos tampoco, las autoridades locales tampoco, el Gobierno de la Junta de Andalucía tampoco, y el Gobierno de España aún menos. Deprimente panorama. Desolador escenario. Parece que no acabamos de entender que los derechos humanos y el derecho internacional han de primar sobre las relaciones comerciales, aunque éstas sean portadoras de noticias tan halagüeñas como las que rodean a los trabajadores de los astilleros de Cádiz. La legislación internacional prohíbe expresamente la exportación o venta de armamento cuando se tiene constancia de que el destinatario de dicho armamento va a utilizarlo en cualquier conflicto armado. Y es cierto, por otra parte, que la zona de la Bahía de Cádiz ha sido especialmente castigada por el desempleo (es la provincia española con la tasa de paro más alta, con más de 150.000 personas desempleadas). Los mismos agentes políticos que han venido causando tanto desempleo son los mismos que no han sido capaces de generar o de transformar los nichos de negocio y de mercado para que no tengan que estar pendientes únicamente de la carga de trabajo que generan unos astilleros dedicados tan solo a la fabricación de material para la guerra. Pero todo ello no es óbice para que, dada una situación como la actual, donde tenemos absoluta evidencia de que nuestra colaboración va a ser cómplice en dicha guerra cruel, elijamos el trabajo, a sabiendas de las consecuencias que éste va a tener. Las guerras generan también sus propios "puestos de trabajo", pero es un trabajo inmoral e indecente. Que se lo pregunten a las variadas multinacionales que están forrando sus bolsillos a costa de las "reconstrucciones" en diversos países tras los conflictos bélicos. ¿Es a eso a lo que queremos jugar?

 

¿Nos quejaremos después de los cientos de miles de desplazados? ¿Protestaremos por la llegada de extranjeros, de migrantes y refugiados, que en realidad sólo son desplazados forzosos que nosotros mismos hemos creado con nuestras decisiones, con nuestras políticas, con nuestra "colaboración", con nuestro desprecio a los derechos humanos? !Basta ya de hipocresía y de cinismo! ¡Basta de participar en guerras ilícitas, cruentas y salvajes, que generan beneficios a unos pocos a costa de la destrucción y de la barbarie! El trabajo humano no puede basarse en estas fuentes. El trabajismo fundamentalista donde nos quieren conducir no respeta nada, ni la paz, ni la ecología, ni el feminismo, ni los cuidados, ni la igualdad...El trabajo humano es fuente de riqueza, como la propia naturaleza, y por tanto, no puede prostituirse al mejor postor, a costa de ser cómplice de guerras criminales que siembran terror, caos y devastación. La ética de la izquierda debe prevalecer en todo momento sobre cualquier forma de populismo electoralista. Y en este caso, tenemos un Gobierno que pasará a la historia, entre otras cosas, por actuar como cómplice de los crímenes de guerra cometidos en Yemen. Así de claro. Así de triste. Los astilleros fabricarán los buques, los trabajadores de Navantia garantizarán su empleo, pero eso no podrá alejar el fantasma de nuestra conciencia, por haber participado en la execrable masacre saudita sobre su país vecino. Habremos sido cómplices del sufrimiento indecible de la población yemení, habremos colaborado en su extinción, habremos participado en su genocidio. Habremos actuado como cualquier potencia capitalista al uso, preocupándonos más de proteger nuestros intereses económicos que las vidas humanas, sean de donde sean, estén donde estén, tengan la nacionalidad que tengan. ¿Es éste el Occidente libre y civilizado que los terroristas atacan después en múltiples y variados atentados? ¿Es éste nuestro sistema de valores y de libertades que tanto cacarean nuestros indecentes políticos?

 

La coherencia de la izquierda política ha brillado por su ausencia en este asunto, creando como es lógico otro palo en la rueda de su credibilidad. Porque como afirma sin titubeos ni medias tintas Luis Gonzalo Segura: "...nos encontramos ante la mayor tragedia humanitaria del planeta, y ante tamaño infierno solo existe oponerse, dimitir, romper un partido o irse a casa. Pero nunca asumir". Efectivamente. No se puede asumir. No podemos asumir los postulados de la guerra. La izquierda se desangra ante tanta incoherencia, ante tanta cobardía, ante tanta incapacidad. La izquierda debe creer que se pueden hacer las cosas de otra forma, debe demostrar cuando gobierna que se pueden hacer las cosas de otra forma, y si no lo puede hacer, debe irse a su casa, y dar oportunidades a otros que sí puedan hacerlo. Pero no podemos claudicar ante la bárbara disyuntiva que nos obliga a elegir, en falaz dilema, entre paz o puestos de trabajo. Las bombas, las guerras y los conflictos nunca pueden proporcionarnos trabajos, al menos trabajos moralmente dignos. No pueden existir atajos para crear empleo. Los objetivos honestos siempre deben conseguirse por medios honestos. Lo que ocurre es que la perversidad del neoliberalismo ha despojado al trabajo de todas sus demás consideraciones humanas, éticas y morales, al igual que ha propiciado la mercantilización de todas las necesidades y derechos humanos básicos. Y una parte de la clase obrera se ha impregnado de ese discurso, ese aberrante discurso que aboga porque lo importante son los puestos de trabajo, sin más. Da igual que se cree trabajo para construir un hotel a la orilla del mar, para construir una central de residuos nucleares, para construir una presa hidráulica que acabará con territorios de pueblos indígenas, para construir todo un megacomplejo hotelero con casinos y pistas de golf que destroce el entorno natural, o para construir buques de guerra, que se utilizarán, evidentemente, para las guerras. Porque lo fundamental no es el trabajo o la actividad en sí misma, sino el sentido mismo del trabajo, su objeto, su finalidad. 

 

La clase obrera haría bien en tener estos principios en cuenta, y reflexionar sobre la finalidad de su actividad productiva. Tanto a nivel individual como colectivo, algunas líneas rojas no deberían nunca ser traspasadas. La renuncia a esta reflexión nos convertirá cada vez más en piezas de puzzle al servicio del capital, sin capacidad ni autonomía para decidir por nosotros mismos. Las protestas en Navantia no deberían entonces haber ocurrido para reivindicar la carga de trabajo comprometida, sino para reivindicar que los trabajadores no estaban dispuestos a construir buques de guerra para ser entregados a un país que se dedica a masacrar a otro. Los obreros también tienen su cuota de responsabilidad en la fabricación del producto o servicio en el que trabajan, y ahí también deberían aplicar la ética, al igual que la debería aplicar un bombero al que le solicitan que derribe la puerta de una vivienda para desahuciar a la familia que la habita, porque un banco desalmado no permite más retrasos en su hipoteca, o porque un fondo buitre pretende desalojarlos para revender o realquilar más caro. Y por supuesto, el Gobierno también posee su cuota de responsabilidad, pues debe ser el último garante de que dichos contratos de venta de armamento y material militar a un país genocida y abyecto, simplemente, no sean posibles, pues van en contra de la más mínima ética política y de los derechos humanos fundamentales, entre ellos el derecho a la paz. Las relaciones comerciales no pueden tener como contrapartida sangre, muerte, dolor y devastación. Y por su parte, los Estados no pueden ser meros gestores de los intereses de las empresas, ni constituir su comité diplomático. Y eso es justamente lo que viene ocurriendo cada vez que la Corona organiza un viaje a un país extranjero, acompañada de varios Ministros y grandes empresarios. Esos viajes al más alto nivel se han convertido en la alfombra roja para las grandes empresas, que los utilizan para obtener contratos y proyectos muy rentables con los países en cuestión. Esta "diplomacia económica privada" no debiera simplemente estar en la agenda política. 

 

¿Y qué hacemos entonces con los trabajadores de Navantia? Es evidente que su modelo productivo actual les hace dependientes de este tipo de industria militar, por lo tanto se impone un cambio de modelo. Hay que impulsar de forma urgente y decidida la inmediata implementación de un Plan de Reconversión Industrial que ofrezca alternativas de empleo dignas, y no vinculadas con la producción de material bélico o a la exportación de dicho material. Como es lógico que todo ello no podrá conseguirse de un día para otro, se impone también de manera transitoria un plan de provisión de rentas y ayudas de diverso tipo para su personal, financiadas con fondos públicos estatales y europeos, para garantizar el sustento de los trabajadores y de sus familias durante el tiempo que dure la migración y culminación de dicho Plan de Reconversión. Hasta ahora, ni los sindicatos de Navantia, ni el Ayuntamiento de Cádiz, ni la Junta de Andalucía ni el Gobierno del Estado se han puesto a investigar y diseñar un plan de reconversión para dicha empresa naviera, que sea capaz de desligar (o al menos hacer menos dependiente) las actividades de los astilleros con respecto a la industria militar. Así nos va. Se podría reconducir para que pasara a producir bienes y servicios para el mundo civil. Se podría y debería diversificar la producción, equilibrando los pedidos de la industria militar con la civil. De hecho, hoy día no están satisfechas todas las necesidades en materia de construcción naval para el mundo civil. Navantia podría reconvertirse, por ejemplo, renovando la flota de navíos mercantes, o fabricando buques de salvamento marítimo, buques ecológicos (que luchen contra la contaminación marina), buques científicos, etc. También estamos necesitados del reciclaje ecológico de buques (la llamada deconstrucción naval, un mercado casi virgen). También la energía eólica off shore (fuera de la costa) sería una dedicación propia para la naviera, entrando a formar parte de la cadena de valor de esta energía limpia: construcción, equipamiento, instalación, mantenimiento, suministro, reparación...de aerogeneradores en el mar, en vez de dar soporte únicamente a los parques eólicos marinos. Existen muchas alternativas, pero no parece que exista la voluntad política de reconvertirse a ellas, y alejarse del negocio de la guerra.

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7 octubre 2018 7 07 /10 /octubre /2018 23:00
Viñeta: ENEKO

Viñeta: ENEKO

Los políticos de nuestro país prefieren ver tocar a la orquesta mientras el Titanic se hunde. Su falta de sensibilidad social y de formación científica les impide hacerse una idea de la gravedad del problema, y por eso no está entre sus intereses. Porque no nos engañemos, el cambio climático no es su prioridad porque no lo entienden, no entienden la gravedad de la situación ni lo que ello implica para el planeta en general y la especie humana en particular

José Luis Vicente Vicente

El autor de nuestra cita de entradilla, en su artículo "El cambio climático...ya tal", publicado originalmente en el medio "El Salmón Contracorriente", nos advierte de la incapacidad política para enfrentarse al desastre ecológico que se nos avecina, y nos pone el siguiente e ilustrativo ejemplo: "Hoy nos avisan de que con el 1% de probabilidad un asteroide podría estrellarse contra la Tierra. Si esto ocurriera, al día siguiente ya se estaría ideando un plan para evitar el impacto (y sí, un 1% de probabilidad en estos casos se considera una cifra elevada). Sin embargo, cuando se afirma que el cambio climático ya está aquí, que con un 95% de probabilidad éste tiene una causa antropogénica y que el impacto en el mejor de los casos es aumentar la temperatura media global un par de grados (con lo que ello supone para el planeta), en este caso los políticos no hacen absolutamente nada para remediarlo. Es más, siguiendo con la filosofía de escuchar la música mientras se hunde el Titanic, siguen hablando de cómo aumentar el crecimiento económico o incrementar el consumo. Para ellos, es una buena noticia que se construyan más viviendas, que consumamos más, sin importarles que ello suponga un incremento en las emisiones de gases de efecto invernadero, la destrucción de ecosistemas de alto valor ecológico o el agotamiento de los recursos naturales". En efecto, nuestros dirigentes políticos (no sólo a nivel local, sino mundial) hacen gala de una estupidez, ignorancia e incompetencia supinas con respecto a este asunto. El paradigma de ello lo representa el actual Presidente estadounidense, Donald Trump, que no sólo es un negacionista climático convencido, sino que además inventa rocambolescos razonamientos para defender sus opiniones, y por si fuera poco, ha retirado a su país del Acuerdo Climático de París, ha desmantelado la Agencia de Medio Ambiente de Estados Unidos, y ha vuelto a ofrecer ayudas económicas a los sectores de las energías fósiles. 

 

Para protegernos de tanta ignorancia y de tanta estupidez, en la entrega anterior ya habíamos comenzado el repaso de una serie de cuestiones para desmontar argumentos o preguntas falaces sobre el asunto del caos climático. Continuaremos con ello, con la ayuda del artículo de referencia, publicado por The Climate Reality Project (organización fundada por Al Gore en 2006), cuya lectura completa recomiendo a los seguidores/as de este Blog. Pues bien, una cuestión que puede parecer inocente es aquélla que plantea: "De cualquier modo, ¿qué tiene de malo unos pocos grados más?". De nuevo, quiénes se cuestionan esto es que no han entendido nada. Las previsiones del reciente Acuerdo Climático de París están intentando luchar para que no se llegue a finales de este siglo con un incremento global de 2ºC. Han marcado como límite un aumento de 1,5ºC. Y ello porque estos cambios (aunque parezcan insignificantes) en la temperatura global del planeta afectan poderosamente a nuestras vidas, y desafían nuestra capacidad de supervivencia. No es la cifra en sí en cuestión, sino la cascada de acontecimientos que dicho calentamiento despliega. Un simple grado puede representar una enorme diferencia en la naturaleza: derretimiento de glaciares, aumento del nivel del mar, lluvias intensas, sequías graves, olas de calor más intensas, desaparición de especies de animales y plantas...Bien, a continuación tenemos otro argumento muy recurrente, que es el argumento productivista, y que más o menos se enuncia así: "Si redujéramos las emisiones de dióxido de carbono, ¿acaso no interrumpiríamos el crecimiento, bajaríamos el PIB, destruiríamos empleos y dañaríamos la economía?". Bien, este sí que es un argumento muy especial que vamos a ir rebatiendo durante toda esta serie de artículos. Pero de entrada, haremos siquiera una somera aproximación. Oímos sin parar el clamor de que no podemos permitirnos una derivación hacia el uso de las energías limpias y las políticas de freno a los efectos del cambio climático (de hecho, el cambio climático ya no lo para nadie, a lo más que podemos aspirar es a adaptarnos lo mejor posible a él). 

 

Pues bien, ante este clamor, rompamos una lanza definitiva: lo que no podemos permitirnos es no hacerlo. Es más, el agotamiento del petróleo (y por tanto, de todos sus derivados) nos colocará en la disyuntiva de tener que usar sí o sí otras fuentes de energía, más limpias y renovables. Ello se traducirá en una revolución industrial, productiva y cultural que nos obligará a adaptar todo nuestro entorno de producción y de consumo, ante la debacle que causará la extinción del petróleo. Pero es que según un estudio de 2012 realizado por la ONG europea DARA y el Foro Vulnerabilidad Climática, el cambio climático ya está produciendo más de 400.000 muertes y costando al mundo más de 1,2 billones de dólares cada año. Y subiendo. Las espantosas listas de muertos y heridos por huracanes, tifones, tormentas tropicales, etc., no son más que el comienzo. Pero podemos también darle la vuelta al asunto, y nos encontraremos con la cara más amable de la moneda: sólo en Estados Unidos, la reducción de la contaminación con dióxido de carbono haría crecer el PIB en más de 155.000 millones de dólares cada año. Y es que a medida que decline la demanda de los sucios combustibles fósiles se disparará la de las energías limpias, lo que a su vez creará nuevos nichos de negocio y oportunidades de empleo. Esta tendencia ya la estamos viendo, por ejemplo, en el sector de la energía solar. Más aún, mientras la utilización de las energías solar y eólica sigan creciendo y los costes correspondientes continúen cayendo, pagaremos menos por la energía que consumamos y menos por los impactos del cambio climático. Por otra parte, la pregunta anterior tiene una trampa implícita, que es considerar el crecimiento económico como algo positivo, cuando en realidad esto es una falacia como un piano. A lo que debemos tender es hacia el decrecimiento, es decir, a producir menos, a gastar menos energía, y a reutilizar todo lo posible. El tema del decrecimiento será analizado y expuesto en muchos momentos durante toda esta serie de artículos, dada su tremenda importancia, al constituir el verdadero cambio de paradigma al que debemos aspirar. 

 

La siguiente cuestión falaz podría plantearse así: "Incluso si llegáramos al 100% de energías limpias el mundo seguiría calentándose. Entonces, ¿no es demasiado tarde ya para hacer algo?". Como venimos afirmando, el caos climático ya es un hecho. Está ocurriendo ya. Es una realidad, aunque se deje sentir más en algunos puntos que en otros. Pero cuánto se calentará el clima depende de nosotros. Depende de que nos demos cuenta como sociedad de la envergadura del fenómeno, y de que seamos capaces no de revertir la situación, pero sí al menos de paliarla en lo posible, y de adaptarnos mejor a la catástrofe. Incluso si hoy mismo dejáramos completamente de liberar dióxido de carbono (algo impensable, pues la adaptación de nuestros modelos productivos requerirá ciertamente de algunos años), continuaríamos viviendo en un planeta caliente durante un tiempo considerable. Esto se debe a que el carbono que está detrás del cambio del clima permanecerá en la atmósfera durante cientos de años, y el clima de la Tierra es como un enorme buque tanque con una formidable inercia. Una vez que el clima cambia en cierta dirección continúa en ella, y ese proceso es muy difícil detenerlo de un día para otro. Hay una gran demora entre el momento en que se libera el gas de efecto invernadero y el momento en que los humanos percibimos las consecuencias. Por tanto, si actuamos ahora hacia una decidida transición de los combustibles fósiles a las energías limpias, hay una posibilidad de limitar el calentamiento global. Sólo de limitarlo, es decir, de frenarlo, de que no se desboque más todavía. Por contra, si no hacemos nada y continuamos por el camino actual, es decir, descontrolando las emisiones, consumiendo energías fósiles e insistiendo en los mismos modelos productivos, la temperatura media podría elevarse mucho más para el año 2050, o para el comienzo del próximo siglo. Los que tenemos ya cierta edad no lo veremos, pero un poquito de solidaridad con las próximas generaciones nos impone un cambio de paradigma. 

 

Esta inacción ante el cambio climático, este no querer asumir lo que nuestros científicos nos están demostrando, así como la realidad del agotamiento físico del petróleo (Peak Oil), no es que sea una actitud cómoda y egoísta, sino que es una actitud suicida. Porque esta inacción e indiferencia provocará que el mundo que heredarán nuestros hijos y nietos será completamente distinto al que hemos conocido nosotros. Será muy triste que nos recuerden como la generación que tuvo en sus manos controlar dicha deriva, pero que no quiso o no supo hacer nada para evitarla. A nivel general, debemos tomar medidas para disminuir el total de combustibles que quemamos, y proyectar una transición progresiva hacia las energías limpias. A nivel particular, debemos adaptarnos a otros modos de vida más simples y menos energéticos, más locales, menos consumistas, más integrados con la naturaleza. Toda una civilización industrial va a colapsar, y debemos migrar hacia otra nueva civilización, porque ya no nos quedará otra opción. De la manera y las ganas que pongamos para llevar esto a cabo dependerá nuestra supervivencia, así como la de otras especies de animales y seres vivos que habitan el planeta. Hay que ser más austeros (en el sentido correcto del término), utilizar menos energía, ser más inteligente en la proyección de nuestras ciudades, edificios y tecnologías, revolucionar el tráfico de vehículos a motor, apostar por la movilidad local y por el transporte público, desarrollar normativas legales que amplíen y legitimen los horizontes de la nueva civilización del decrecimiento, dejar de destruir los recursos naturales, abandonar las políticas extractivistas, apostar por el campo y la agricultura natural, desarrollar redes de distribución local de alimentos, promover los huertos urbanos, comunitarios y ecológicos, potenciar los bancos de tierras, fomentar el reparto del trabajo, facilitar el teletrabajo, y un largo etcétera. Podemos y debemos hacer muchas cosas. El camino es largo, y no tenemos mucho tiempo. Continuaremos en siguientes entregas.

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4 octubre 2018 4 04 /10 /octubre /2018 23:00
Arquitectura de la Desigualdad (110)

En Derecho del Trabajo no se analizan los nombres de los contratos, ni la intención que tuvieron los contratantes, ni siquiera el régimen de Seguridad Social en que están registrados. Lo que importa en Derecho del Trabajo, español y europeo, es la realidad de los hechos . Así que da lo mismo que las partes se llamen o se consideren trabajadores o freelancers , porque serán lo que a la postre se derive de los hechos que envuelven su relación, esto es, de la forma y el modo en que realmente una presta sus servicios para la otra. O mejor dicho, de si esa forma o modo responde o no a lo que los laboralistas denominamos ajeneidad y dependencia

Luz Rodríguez (Profesora de Derecho del Trabajo en la UCLM)

En nuestra última entrega comenzamos a exponer la peligrosa deriva expresada en las apps que gestionan la última hornada de la falsamente denominada "economía colaborativa", falacia que ya desmontamos en el artículo anterior. Insistimos en que la importancia de la plataforma propiamente dicha, que es el elemento del capital que predomina en las relaciones laborales, es que da instrucciones, marca los horarios, delimita las agendas, reparte los turnos, asigna las zonas, y otra serie de factores que la hacen aparecer como un auténtico y verdadero "Jefe". Concluimos entonces que la app digital es el medio de producción en sí mismo, y de ahí que los supuestos "colaboradores" no se puedan considerar como tales, es decir como autónomos, sino como trabajadores con una relación de laboralidad que debiera ser asalariada. De hecho, esa es la tendencia. En el caso de Uber, por ejemplo, el servicio que opera en España lo hace mediante empresas de flotas de conductores que tienen licencias VTC (Alquiler de Vehículos con Conductor), y que tienen a la mayoría de sus trabajadores dados de alta como asalariados. Como afirman Belén Carreño y Sergi Pitarch en su artículo de referencia: "La libertad para trabajar puntualmente es una de las cuestiones, precisamente, que defienden los que creen que deben existir estas plataformas. Y es que está en el origen de la prestación de servicios P2P. Pero las sentencias vienen a decir que estas grandes plataformas han desnaturalizado la raíz de la economía colaborativa (...) y que ahora se han convertido simplemente en modelos de negocio rupturistas pero capitalistas al uso". Nada nuevo bajo el sol, por tanto. El 70% de las personas que generan ingresos mediante estos servicios no poseen protección social, lo cual, como venimos insistiendo, favorece la arquitectura de la desigualdad. 

 

Porque es el mismo concepto de "economía colaborativa" el que ha sido prostituido por este tipo de empresas, ya que este concepto obedece originalmente al hecho de poner bienes y servicios en el mercado de forma voluntaria y altruista. En este sentido, el intercambio o trueque, o los modelos de compartición desinteresada de productos o servicios responden perfectamente a este modelo. Pero en estos casos de lo que estamos hablando es de empresas que adoptan la forma de una plataforma online (gestionada a través de un dispositivo móvil) cuyo negocio, muy lucrativo por cierto, consiste en conectar la demanda de bienes y servicios con la oferta de ellos mediante la propia plataforma. Pero habrá que analizar en cada caso, como muy bien nos indica la Profesora Luz Rodríguez en su cita de entradilla, la relación laboral concreta que en cada caso se practique. Luz Rodríguez, en este fantástico artículo para el medio Infolibre, lo explica en los siguientes términos: "Estar en un lado de la frontera (porque los hechos confirman que existen la ajeneidad y la dependencia en la forma en que una persona presta un servicio para otra) significa ser trabajador; estar en el otro lado de la frontera (porque los hechos confirman que no existe ajeneidad o no existe dependencia) significa ser autónomo, o en terminología más moderna, freelancer. Los derechos que tienen las personas prestadoras de trabajo en un lado y otro de la frontera son diferentes; los costes económicos para el empleador de una u otra figura también; y también distintas, muy distintas, las prestaciones de Seguridad Social". Y más abajo continúa: "...la finalidad de aquélla frontera era la de equilibrar o compensar mediante el reconocimiento de una serie de derechos, procedimientos y garantías la desigualdad o debilidad de las personas dentro de la relación de trabajo". Todo ello nos lleva a concluir que existen derechos que deben situarse (y por tanto garantizarse) por encima del estatuto jurídico que tenga la persona que realiza la prestación laboral, ya sea ésta un trabajador o un freelancer. 

 

La Profesora Luz Rodríguez establece una conclusión justa y clara: "Elaboremos un común de derechos aplicables al trabajo en cuanto género, especialmente en relación con la protección social que deban tener los prestadores de servicios, y el combate en la frontera será menos trascendente, porque, se sea trabajador o autónomo, se tendrá un mínimo de derechos, procedimientos y garantías que compensen la desigualdad o debilidad en su relación con el empleador, incluido cuando el empleador es una plataforma online". En una palabra, la expresión de la desigualdad bajo esta nueva forma de explotación laboral del siglo XXI ha trasladado el debate a la forma de relación laboral con la empresa, para desviar el foco de atención de lo verdaderamente importante. Y así, normalmente, los trabajadores suelen ser falsos autónomos, como en el caso de Deliveroo (una plataforma británica creada en 2013 que se dedica al reparto de comida a domicilio entre clientes y restaurantes a través de repartidores en bici o moto, que llaman ciclomensajeros o riders), un negocio sin apenas instalaciones y con un ejército de personal joven y migrante...sin relación laboral con la empresa (sólo la mercantil, que sale mucho más barata que soportar toda una plantilla de asalariados). Nos lo cuenta con meridiana claridad Gema Delgado en este artículo para el medio Mundo Obrero, que seguiremos a continuación. Un exclusivo joven emprendedor extranjero se convierte en multimillonario montando un negocio donde los repartidores asumen los riesgos laborales, ponen sus propias herramientas de trabajo, su bici o moto, su móvil, su propio cuerpo, y abonan de su bolsillo la Seguridad Social y demás impuestos. Así de fácil. Dinero rápido a cambio de fuerza de trabajo, sin mayor infraestructura. Sin oficinas, sin fábricas, sin almacenes, sin personal, sin papeles. Todo a través de una app. Sin más complicaciones ni responsabilidades para el empresario. Vamos, todo un negocio redondo. 

 

Gema Delgado nos cuenta con detalle cómo funciona dicho modelo laboral: "Las relaciones laborales en estas empresas como Deliveroo son muy parecidas a las del siglo XIX. Pero ahora, en el siglo XXI, la dirección y gestión de esa explotación, con el neolenguaje perversamente aséptico de la industria 4.0, la hace un "algoritmo", forma peculiar de desligar formalmente a la empresa, que en definitiva es la que gestiona la aplicación, y que les sirve para camuflar la relación como mercantil. La aplicación es la herramienta a través de la que los "riders" ciclo/moto-repartidores, solicitan horarios de trabajo y a través de la cual les es concedido o no. La empresa, que está al mando de la aplicación del móvil, es finalmente la que reparte, ahora como entonces lo hacía el capataz, precariedad, flexibilidad, competitividad y premios a la docilidad, esfuerzo y entrega. El algoritmo es el que asigna los horarios, las direcciones de recogida y de entrega y la que les tiene geolocalizados en todo momento. También es el que penaliza al trabajador con peor o mejor zona, distancia y número de repartos". Y así, al igual que se puede jugar al ajedrez con una máquina, una simple app se convierte en nuestro "jefe", que controla absolutamente nuestro trabajo, y obedece al algoritmo que simula las decisiones empresariales. Hasta el despido tiene otro nombre en la jerga de la plataforma, simplemente te desconectan, lo que significa que no puedes utilizar tu perfil en la plataforma. Todo muy tecnológico, como vemos. Se abre todo un mundo de posibilidades, que estaría muy bien si no fuera porque, como siempre, se continúa jugando en el terreno de la desigualdad. La expansión de la "compañía" ha sido enorme desde su creación, según informa su Consejera Delegada para España (que seguro que no cobra como los repartidores). En Deliveroo el fomento de la competitividad es feroz, la disputa por los turnos, la acumulación de puntos, el ser el más rápido...y también el más fiel a la empresa. Todo puntúa, todo vale para ser el primero. 

 

Las movilizaciones de los riders de Deliveroo comenzaron cuando la empresa comenzó a desdecirse de sus compromisos. Al principio se abonaba una cantidad por pedido a cada repartidor, asegurando siempre que habría dos pedidos por hora, y que se trabajaría un mínimo de 20 horas semanales. Cuando la empresa suprimió estos dos compromisos fue cuando comenzaron las huelgas, protestas y movilizaciones del personal, lo que ocurrió a partir de junio de 2017. Desde entonces acá ha habido varias sentencias de las Inspecciones de Trabajo y de los Tribunales de Valencia, Madrid y Barcelona, fallando en contra de la compañía, y reconociendo que los riders son, en realidad, falsos autónomos. En fin, creemos que hemos expuesto en estas dos últimas entregas una realidad laboral preocupante (pero desgraciadamente en expansión), en la cual la arquitectura de la desigualdad se alía con las Nuevas Tecnologías para que el papel y las decisiones empresariales sean tamizadas a través de una plataforma digital. No nos engañemos: las apps son únicamente, como ya afirmábamos en el artículo anterior, mero capitalismo digital. Hay que continuar luchando contra todos sus trucos, quizá el principal de los cuales sea presentarse como adalides de la "economía colaborativa", cuando en realidad disponen de los servicios y de los trabajadores a su antojo, tal como hace cualquier otra corporación física. La verdadera economía colaborativa se basa en el libre intercambio o compartición, de común interés por ambas partes, en igualdad de condiciones, de forma altruista y bajo un objetivo de bien común. Ninguno de estos valores son compartidos por estos nuevos modelos laborales de las plataformas digitales. Son, digámoslo claramente, otra nueva modalidad para seguir consagrando, expandiendo y difundiendo la arquitectura de la desigualdad laboral. Continuaremos en siguientes entregas.

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