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16 febrero 2016 2 16 /02 /febrero /2016 00:00

A los políticos: defiendan y apoyen a la cultura. Es lo único que hay que hacer

Ricardo Darín (Premio GOYA al Mejor Actor 2016)

Quizá pudiera parecernos exagerada la afirmación del recién galardonado actor argentino, pero vamos a intentar explicarla en toda su dimensión, para que se entienda porqué no existe tal exageración. En efecto, pudiera parecernos que, además de fomentar la cultura, hay que lucha contra el desempleo, contra la corrupción, contra los recortes sociales, y un largo etcétera que ya hemos abordado en infinidad de artículos. Todo eso está muy bien. Pero...¿qué tal si diéramos la vuelta a la tortilla? ¿Qué tal si comenzáramos por afirmar que todo el conjunto de políticas públicas que se han venido ejecutando durante las últimas décadas (y que nos han traído a la situación actual) han sido posibles porque el pueblo las ha apoyado (con su voto), las ha legitimado, las ha asumido, las ha normalizado? Es una afirmación quizá peligrosa, que pueda despertar el recelo de más de un lector, pero si lo analizamos profundamente, llegaremos a dicha conclusión. Por poner un ejemplo paradigmático, el Ayuntamiento de Marbella fue gobernado durante más de 20 años por el equipo de Jesús Gil y Gil, y así le fue...¿acaso este controvertido personaje entró alguna vez en Marbella con tanques y fusiles? No, simplemente se presentó a unas elecciones, y le votaron. 

 

¿Cómo es posible que el pueblo vote continuadamente a opciones políticas que lo van llevando por peligrosos derroteros de regresión social? Para comprender esto, hemos de partir de la premisa básica y fundamental de que un pueblo culto es un pueblo libre, un pueblo al que no se le puede dominar, alienar, manipular. Pero aquí no nos estamos refiriendo a la cultura en su sentido elitista o sofisticado, como el número de personas que posean una titulación superior, o una profesión liberal. Es más, ellos, los ilustrados de la sociedad, también son manipulados y alienados por el poder que ejerce sobre ellos la clase dominante. ¿En qué sentido hablamos, pues, de cultura? La cultura a la que nos referimos tiene que ver con la conciencia crítica, con el pensamiento libre, con la capacidad para analizar y reflexionar, para abandonar los complejos, los prejuicios y el sectarismo, y ser capaces de analizar la sociedad que te rodea desde prismas absolutamente objetivos y racionales. Y precisamente, y desde ese punto de vista, tenemos un pueblo inculto cuando tenemos personas muy influidas por el pensamiento dominante (muchas veces, el pensamiento único), incapaces de comportarse críticamente con él, de enfrentarse y de adoptar comportamientos y actitudes de rebeldía contra el sistema. 

 

Tenemos un pueblo inculto cuando ni siquiera es capaz de comprender qué se esconde detrás de determinados mensajes políticos, cuando vota sistemáticamente a opciones políticas que los defraudan y traicionan sus principios, cuando no es capaz de distinguir los auténticos poderes que gobiernan la sociedad, sino simplemente, de convertirse en sus obedientes súbditos, vasallos, siervos o esclavos. Tenemos un pueblo inculto cuando los medios de comunicación y los poderes públicos se encargan de manipularlo y de alienarlo constantemente mediante las modernas versiones del antiguo circo romano, que hoy día podrían ser la religión (en todas sus dimensiones), los toros, el fútbol, las tertulias televisivas, los reallity shows, y un largo etcétera. Tenemos un pueblo inculto cuando se deja convencer con los argumentos de la prensa mayoritaria, de los grandes medios de comunicación dominantes, sin darse cuenta de que los que poseen la propiedad sobre los periódicos que el pueblo compra y las cadenas de TV que ve son los auténticos interesados en divulgar dichas opiniones, porque favorecen sus intereses. Tenemos un pueblo inculto, en fin, porque poco a poco se le ha ido recortando en principios democráticos, en educación, en igualdad, en música, en cine, en teatro, en medios de comunicación alternativos, en ciencia y en investigación. Todo ese cóctel converge hacia un único fin: formar a una masa popular cada vez más inculta, más manipulada, más alienable.

 

Y ahí radica la importancia política de la cultura. Una cultura entendida desde una sociedad que fomente una educación crítica y libre, pública, laica, gratuita y de calidad, una sociedad que no albergue grandes desigualdades, que fomente la equidad, la cooperación (en vez del egoísmo y de la competitividad), una sociedad que valore el bien común, la importancia de lo público, una sociedad, en fin, con una escala de valores digna de nuestra dimensión humana. Una sociedad con unos medios de comunicación públicos y privados que no se conviertan en voceros del pensamiento dominante, ni en defensores de los intereses de la clase que ostenta el poder. Una cultura entendida desde una sociedad, en definitiva, plenamente democrática. En vez de todo ello, lo que tenemos es un salvaje capitalismo que nos conduce a competir, a enfrentarnos entre nosotros, a volvernos egoístas y egocéntricos, que fomenta el individualismo, que infravalora lo público y la propiedad común, que únicamente da valor a lo privado. La inmensa mayoría de nuestros políticos (esos que dicen que nos representan) reproducen este perfil de la sociedad, son sus propios adalides, son los defensores de este modelo de sociedad. Pero para que nuestra sociedad haya llegado a este punto, han tenido que transformarse, poco a poco, los pensamientos y las actitudes, las escalas de valores, los modos, los usos y costumbres, el imaginario colectivo, todo ello convergiendo y tendiendo hacia el modelo de sociedad que tenemos ahora. 

 

Por ello la cultura, entendida bajo esta dimensión social, es tan importante. Porque la cultura es el auténtico poder del pueblo, es la mejor herramienta para ser capaces, como sociedad, de forma colectiva, de desterrar todo este conjunto de valores, de comportamientos, de pensamientos y de idearios, que contribuyen cada día a retroalimentar este salvaje y cruel sistema capitalista en que vivimos. Una cultura popular que sea capaz, en resumidas cuentas, de enfrentarse al pensamiento dominante, de mirarlo de frente, cara a cara, y de negarlo, de combatirlo, de desarrollar un(os) pensamiento(s) alternativo(s). Una cultura que sea capaz de entender que otro mundo es posible, que es posible vivir de otro modo, consumir de otro modo, ser felices de otro modo, valorar otras cosas. Una cultura que nos conduzca a entender y a fabricar otro modelo de sociedad diferente, fundado en los principios de la igualdad, de la solidaridad, de la cooperación, de la justicia social. Y si somos capaces de ir sembrando esta semilla en las mentes de la inmensa mayoría social, todo lo demás vendrá por añadidura, todo lo demás se implantará con total naturalidad, y habremos dejado atrás el modelo de sociedad que nos oprime, nos ahoga y nos explota. Nos haremos auténticamente libres, en el pleno sentido de la palabra, y nunca más podrán venir a gobernarnos desalmados representantes del gran capital, dispuestos a seguir avanzando en su macabro modelo. No exageraba Darín, por tanto, cuando afirmaba que fomentar la CULTURA (así, en mayúsculas) es lo único que hay que hacer. 

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15 febrero 2016 1 15 /02 /febrero /2016 00:00

El capitalismo, lejos de lo proclamado por sus apóstoles, no es el fin de la historia, es, al contrario, el fin de la prehistoria humana, es la antesala de la verdadera historia humana

José López

Y ello, porque, en efecto, hemos de cambiar el objetivo de la rentabilidad económica, esto es, la maximización del beneficio (materializado después en la propia sociedad mediante la acumulación de una serie de propiedades, por las cuales se mide la "prosperidad", el éxito y la valía de las personas), por el objetivo de la rentabilidad social, esto es, por la consecución de una serie de fines sociales, encaminados al verdadero progreso social, bien entendido éste como el bien común, materializado (entre otras formas) en la máxima, como nos dejara dicho E. F. Schumacher, de que "El acceso a las cosas es más importante que la propiedad sobre ellas", o bien, en la máxima de que "No hemos de maximizar el consumo, necesitamos maximizar la satisfacción". Estos objetivos son radicalmente contrarios a los objetivos por los cuales hoy día se mueve la sociedad, fomentados por el salvaje capitalismo globalizado, y bajo el cual, la búsqueda del beneficio es la prioridad, es un bien en sí mismo, representa el poder, quedando en planos secundarios la redistribución de la riqueza, la satisfacción de las necesidades de la colectividad, y la propiedad común. 

 

El giro social que hemos de dar está bien claro, pero también el giro personal, individual, de cada persona que formamos la sociedad. Ambos giros se alimentan mutuamente, se necesitan, se complementan, ya que uno no podrá darse sin el otro. Debemos abrir el paso a la idea de que no sólo es importante crear la riqueza (de forma sostenible, pues de lo contrario estaremos aniquilando el planeta), sino que igual de importante (incluso más) es la propia redistribución de la misma. En el Socialismo de este siglo XXI, hemos de dar prioridad a la tarea de reparto de la riqueza que a la tarea de generación de la misma. El Socialismo ha de buscar la racionalidad, la proporcionalidad, la sostenibilidad, pero también la ética, la igualdad, la justicia social, parámetros que definirán de verdad a una sociedad avanzada y civilizada. Y éstos serán los auténticos mimbres para una sociedad de progreso, ese adjetivo ("progresista") que tanto se usa últimamente, pero la mayoría de las veces despojado de su auténtico sentido. Y así, bajo los objetivos de conseguir una sociedad "moderna", y una sociedad "progresista", en realidad nos continúan vendiendo los mismos objetivos neoliberales que nos hunden cada vez más en la miseria social, en la barbarie, en el caos. Quien dice Socialismo dice Democracia. Quien dice Socialismo dice Civilización. Quien dice Socialismo dice Progreso. 

 

Nos debe quedar absolutamente claro que sólo un sistema (globalizado, a ser posible) donde TODA la sociedad decida, y no sólo una élite privilegiada, podrá controlar los destinos de la Humanidad, y decidir con absoluta garantía y legitimidad. Ésos que nos intentan convencer de que la democracia plena es un camelo, un imposible y una utopía, son los mismos que contribuyen diariamente a que la democracia se pervierta, se prostituya y acabe convertida en un engendro que sólo beneficia a los de siempre, a los ricos y poderosos. El sistema actual, al estar dominado por estas élites, pone en grave peligro el bienestar de la mayoría. De hecho, hoy día, el bienestar de la inmensa mayoría social no está ya garantizado, y las personas son abandonadas a su suerte. El sistema actual tiende hacia el empobrecimiento de la mayoría de la población, tiende hacia su alienación (para poder implantarse gradualmente, controlando los posibles estallidos sociales), y tiende también hacia la extinción de nuestro hábitat natural, poniendo en peligro al planeta, y por tanto, a todas sus especies vivas, incluyendo a la especie humana. Es un sistema absolutamente demencial e insostenible. Sólo puede ser defendido desde el fanatismo, desde la irracionalidad, desde el despotismo, desde la ignorancia o desde la inmadurez intelectual, además de por los propios privilegiados que forman la élite que se beneficia del sistema. 

 

El sistema, creo que lo estamos dejando bien claro mediante múltiples razonamientos y ejemplos, ha de ser gradual y progresivamente sustituido. No queremos abolir el capitalismo de un día para otro, esto no es una decisión que se tome por Decreto-Ley, no es algo que aparezca en el BOE, en uno de cuyos apartados podamos leer: "Queda prohibido el capitalismo". No es algo que un pregonero de pueblo nos pueda anunciar en la plaza, o que se publique desde el bando de una alcaldía. Hemos de ir evolucionando poco a poco, transformando las mentalidades colectivas e individuales, transformando nuestros modelos productivos, transformando nuestras escalas de valores, pero todo ello, por supuesto, apoyado desde políticas activas y concretas que sí vayan, poco a poco, abordando ciertos aspectos de funcionamiento de nuestra sociedad capitalista. Deben irse apoyando nuevos modelos comunales de participación, de cogestión y de propiedad, tales como el cooperativismo, el colectivismo, el estatismo, y otras variantes donde las empresas comiencen a pertenecer al ámbito público, bien al Estado, bien a sus propios trabajadores, para ir expropiando el poder a los grandes capitalistas. Todo ello deberá confluir, al final del recorrido, en modelos de propiedad social, que mezclan la pertenencia pública, esto es, la titularidad del Estado, pero la administración y la gestión por parte de los trabajadores, y de la propia sociedad. Entendemos que la propiedad social es el último escalón, el escalón definitivo, que garantiza además la plena democracia económica. 

 

Y ello, por supuesto, dando por sentado que no queremos prohibir la existencia de pequeños capitalistas, pues de lo contrario, estaríamos bajo una dictadura. Bajo el socialismo aún pueden quedar pequeños capitalistas, con sus propias empresas, con sus propios negocios, donde se cultive la iniciativa privada, pero siempre bajo una óptica de rentabilidad social, de reparto de la riqueza, y de equidad y justicia social. Podrán pervivir ciertas dosis de capitalismo, a pequeña escala, pero limitado, y siempre controlados por el Estado. Cuando el sistema fomenta y permite la existencia de grandes capitalistas, ya estamos viendo que se degenera hacia la barbarie social. Los grandes capitalistas absorben el poder, e imponen su excluyente y egoísta visión del mundo y de la sociedad. Hemos de romper ese poderío, garantizando que el Estado (bajo una óptica democrática, bajo un enfoque de participación ciudadana) controla y garantiza que todas las personas satisfacen todas sus necesidades básicas. De lo contrario, el Estado, como ocurre ahora, adelgaza, degenera e involuciona peligrosamente, realimentando el capitalismo, la corrupción y la espiral autodestructiva. Hay que conseguir cambiar la propiedad sobre los medios de producción, democratizar los poderes del Estado, planificar la economía con participación social, de acuerdo al interés general, de la inmensa mayoría social, del conjunto de la población. Continuaremos en siguientes entregas.

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12 febrero 2016 5 12 /02 /febrero /2016 00:00

Entendemos que la construcción de una ciudad justa e igualitaria es inseparable de la lucha por la democratización del acceso a tierra urbana y rural, de la lucha por la reforma urbana y agraria, de la lucha por la democratización de la gestión del territorio, por la soberanía alimentaria de los pueblos, por las prácticas agrícolas ambientalmente responsables, por la garantía de los modos y medios de vida de las y los agricultores familiares y de las poblaciones tradicionales e indígenas en todo el mundo

Carta de Río de Janeiro (Foro Social Urbano, marzo 2010)

Nuestro siguiente asunto a tratar, dentro de nuestro Programa por la Tierra, es el relativo al apoyo para una agricultura que funcione bajo un modelo distinto, que garantice la biodiversidad, así como un medio rural vivo y sostenible. Desde hace décadas que la agricultura (en general toda la actividad y los modelos de vida rurales) han sido descuidados y atacados por los programas de gobierno neoliberales, representando un gran peligro para la sostenibilidad social, económica, alimentaria y medioambiental. El medio rural es hoy día un medio infravalorado, en claro declive poblacional, y explotado únicamente por las grandes compañías multinacionales. Hemos de acabar con este panorama, porque para que la producción agraria sea compatible con la preservación del medio ambiente y de la naturaleza, con un mundo rural vivo y con la salida de la crisis que sufrimos, se debe apoyar, desde las Administraciones Públicas, un modelo basado en el respeto y cuidado de nuestra biodiversidad, el comercio local y la producción extensiva, así como en la reducción de la huella ambiental, y el apoyo a las variedades y razas autóctonas, y a los pequeños agricultores. 

 

Tal y como insisten los Informes sucesivos de los diversos Relatores de la ONU, la mejor opción para alimentar el mundo de forma respetuosa con el planeta y las personas que lo habitamos, así como al resto de seres vivos, consiste en un claro giro hacia un enfoque agroecológico en la producción, distribución y consumo de los alimentos. Y en un momento en el que las Comunidades Autónomas están aplicando las directrices de la nueva Política Agraria Común (PAC) de la Unión Europea, y finalizando sus Programas de Desarrollo Rural para el período 2014-2020, las decisiones tomadas determinarán si un territorio concreto avanza hacia la sostenibilidad, o continúa por la insostenible senda actual. Evidentemente, todo ello pasa por fortalecer el tejido rural de proximidad, y por reducir el poder y el control de las grandes empresas transnacionales, que comercializan hoy día desde la producción de semillas, hasta la distribución del producto final a través de sus inmensas redes de empresas e intermediarios, bajo el único prisma (insistimos, único) de la maximización del beneficio económico. Y este modelo no sólo amenaza el medio rural autóctono, la economía de proximidad, la producción local y la soberanía alimentaria, sino que incide peligrosamente sobre la salud ambiental y la de las personas, consumidores finales de dichos productos. Teniendo todo ello en cuenta, las propuestas que abordamos en relación al mundo rural son, entre otras, las siguientes:

 

1.- Mantener los sistemas agrarios y forestales en la Red Natura 2000 y otros de alto valor natural (dehesas, prados y pastos extensivos, secano...) con apoyo al relevo generacional y la transformación y venta directa por los propios productores. Minimizar por tanto la red de intermediarios, fomentando que la producción en origen se convierta en una actividad rentable y sostenible. 

 

2.- Aprobar planes específicos con medidas que favorezcan la ganadería extensiva y la trashumancia, dirigidos a apoyar la actividad en sí, divulgar sus beneficios ambientales y sociales, facilitar y fomentar la transformación y compraventa de sus productos (carne y embutidos, lácteos, lana...), y garantizar la coexistencia con la fauna salvaje. 

 

3.- Gestionar las medidas de desarrollo rural con los contratos territoriales por explotación, y apoyar herramientas de gestión participativa, como la custodia del territorio y los usos comunales. Hay que apoyar decididamente la expropiación de grandes terrenos para el cultivo por parte de los jornaleros y el mundo rural, siempre que dichos terenos estén inactivos, o dedicados únicamente a la obtención de subvenciones públicas para incrementar el capital de los grandes terratenientes, y la explotación del personal que los trabaja.

 

4.- Aprobar un programa para expandir la producción agroecológica en el ámbito autonómico de cada comunidad, en manos de pequeños agricultores y fomentando la incorporación de jóvenes al campo y al mundo rural. 

 

5.- Reducir el despilfarro de materiales, agua y energía en el sector, potenciando el consumo de frutas, verduras, hortalizas y legumbres, disminuyendo la ingesta de carne (pero apoyando la de calidad), luchando contra el derroche y el malgasto de alimentos, y apoyando los productos locales y de temporada, certificados, a través de la venta directa y de cadenas cortas de distribución y suministro. 

 

6.- Aplicar la Directiva de Uso Sostenible de los Plaguicidas con la introducción obligatoria de programas y planes de gestión integrada de plagas en las explotaciones, mediante calendarios y objetivos claros de reducción en el uso de plaguicidas, así como del fomento de métodos ecológicos.

 

7.- Prohibir los cultivos transgénicos comerciales al amparo de la nueva legislación europea, y rechazar cualquier petición de experimento transgénico al aire libre. Precisamente, el uso de alimentos transgénicos (OMG, u organismos modificados genéticamente) pretende ser completamente liberalizado mediante la implantación (si finalmente se aprueba) del TTIP, el Tratado de Libre Comercio que se está negociando en secreto entre la Unión Europea y Estados Unidos. 

 

 

 

Fuente principal de referencia: Documento "Un Programa por la Tierra"

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11 febrero 2016 4 11 /02 /febrero /2016 00:00

De conseguir tumbar el TTIP, habríamos ganado al poder industrial y sentaríamos un precedente histórico en la lucha por la democracia

Pia Eberhardt

Y es necesario volver a recordar, llegados a este punto, las formaciones políticas con las que podemos contar a la hora de combatir el TTIP, y la cuestión parece estar muy clara, pero volveremos a insistir en ello, porque, como ya nos tienen acostumbrados, los distintos partidos y bloques políticos (en relación al Parlamento Europeo) juegan al continuo despiste de cara a la ciudadanía, y  mientras se llenan la boca diciendo defender los derechos sociales y laborales, culturales y políticos, en definitiva los Derechos Humanos, la realidad es bien distinta, pues cuando llega la hora de votar, se alinean con las posturas más neoliberales de la Comisión Europea. No nos engañemos por tanto sobre este punto, ya que sólo existen dos bloques en relación al asunto de los TLC: la coalición de conservadores, socialdemócratas y liberales (representados en nuestro país por el tripartidismo PP-PSOE-C's, más el resto de fuerzas de carácter neoliberal, como PNV-CDC-CC...), y la coalición alineada con la Izquierda Verde Europea, representada en nuestro país por PODEMOS, IU-UP, y el resto de fuerzas de la izquierda, como EQUO, Compromís, CUP, EH-Bildu, etc.

 

Tengámoslo claro, por tanto, a la hora de prestar nuestro apoyo, y de dejarnos convencer o no, por los charlatanes que las representan, porque como decimos, se prestan a un peligroso juego a dos bandas, pues mientras sigilosamente ayudan a aprobar TLC's como el TTIP, en sus respectivos países dicen abogar por el fin de la austeridad y la defensa de los derechos humanos. Y debemos entender la protesta contra los TLC no en forma aislada, sino como un todo, pues las mismas fuerzas políticas que abogan en su contra, son las mismas que también están en contra de los paraísos fiscales, a favor de la banca pública, a favor de la auditoría de la deuda, de la renta básica, y de muchas otras medidas, que las fuerzas que abogan por los TLC's no apoyan. Los dos bandos están, por tanto, muy claros, por mucho que nos digan frases bonitas como que "no necesitamos frentes, sino destacar lo que nos une". Son puros eslóganes de cara a la galería, que no aclaran realmente nada, sino que a lo único que contribuyen es a intentar crear más confusión ideológica, y bajo la bandera de la conciliación, del pactismo y de la negociación, intentar llevarnos a su terreno. Y es un terreno terriblemente peligroso. 

 

Y ello porque, centrándonos en los servicios públicos (a los que ataca fundamentalmente el TISA), si los diversos TLC en liza se aprueban definitivamente, no existirá ninguna posibilidad de construir y mantener el tan ansiado Estado Social Europeo, del que forma parte nuestro Estado de Bienestar (tan atacado últimamente), si no se puede conservar una arquitectura pública, gratuita y universal para nuestros servicios públicos. Pero evidentemente, los TLC representan un ataque en toda la línea de flotación de estos principios, ya que sus adalides son los primeros que afirman que "lo gratuito no es sostenible". Y bajo ese mantra, intentan convencernos de las bondades de la gestión privada de nuestros servicios públicos, tarea en la que llevan inmersos varios años, intentando a varias bandas, y en varias oleadas privatizadoras, introducir el negocio privado y la lógica del beneficio en la arquitectura de nuestros servicios públicos. Y evidentemente, ello no es factible. Sólo la lógica de la rentabilidad social y de la inversión pública permite que disfrutemos de unos servicios completamente públicos, pues en caso contrario, si estos principos se rompen, si cambian los pilares de esta arquitectura, la extinción de estos servicios públicos estará, más pronto que tarde, asegurada. 

 

Y por supuesto, las grandes empresas transnacionales (y sus innumerables corporaciones filiales y asociadas) están obsesionadas por introducir sus modelos de negocio en los servicios públicos, para transformar el principio básico orientado a la rentabilidad social y al bien común, por el orientado a la rentabilidad económica y a la obtención de beneficios empresariales. Es otro punto sobre el cual no debemos dejarnos engañar, porque estos dos principios no casan, ni son compatibles entre sí. Y debemos rehuir de los experimentos en este sentido, pues lo único que pretenden es abordar la privatización poco a poco, de forma progresiva, de tal manera que el impacto sobre la ciudadanía sea sostenido, suave, pero al fin y al cabo, igualmente implacable. Y tomando las palabras de Fátima Aguado y Francis Cabezos, de la Federación de Servicios de CC.OO.: "Una sociedad moderna, igualitaria, que quiere construir una convivencia digna para que las personas puedan realizar sus proyectos vitales, es una sociedad en la que la redistribución de la riqueza es un punto básico de partida, unos cimientos sobre los que debe levantarse todo el edificio social que nos acoge como personas, y nos eleva a la categoría de propietarios de derechos de ciudadanía, de personas con futuro". Porque en efecto, los modelos de bienestar encarnan las señas de identidad de las sociedades más avanzadas, pero la corriente neoliberal más salvaje y conservadora está atropellando el derecho de la ciudadanía a unos servicios públicos de calidad. 

 

Nosotros, la clase trabajadora, las clases populares, las clases más vulnerables, estamos en el otro bando, en el bando de la defensa de la justicia social, del empleo digno, estable, decente y con derechos, del Estado del Bienestar y de la soberanía popular, para que sean los Estados, de forma democrática, los que regulen las reglas del juego, y no las insaciables multinacionales, que sólo buscan la lógica del beneficio a toda costa, sin importarles, desde su cima, ningún otro criterio. Bajo la excusa de la libre competencia (ya reflejada en el Tratado de Lisboa de 2007), se pretende abrir totalmente el abanico de servicios liberalizados, ahondando en la desregulación de los mismos, abriéndolos a la competencia privada, y despojando al conjunto de la ciudadanía de sus derecho a los mismos. Y para conseguirlo, pretenden dar a estos acuerdos transnacionales una categoría supraconstitucional, que limita la capacidad reguladora de los Estados en todos los niveles de sus respectivas Administraciones Públicas, en lo referente a la normativa que regula dichos servicios. Y aún es mayor la amenaza, al pretender hacer esto con un país como socio (EE.UU.) que sigue sin ratificar (dejaremos para un artículo posterior de esta serie todo el conjunto de normativas sobre derechos humanos que incumple USA) más de 70 Convenios de la OIT (Organización Internacional del Trabajo). Mal socio, referente y compañero de viaje hemos buscado, pues. Continuaremos en siguientes entregas.

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10 febrero 2016 3 10 /02 /febrero /2016 00:00

En la “lucha contra el terrorismo” que proclama Washington desde los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York, en realidad enmascara cualquiera de sus agresiones militares contra otras naciones, y se incluye otra famosa frase, la de “daños colaterales”, que utiliza para justificar ataques y crímenes a poblaciones civiles

Rubén Abelenda

Creemos, a estas alturas de la serie, que hemos acreditado hasta la saciedad, bajo innumerables puntos de vista, usando infinidad de razonamientos y demostrándolo con hechos contrastados, que es una absoluta falacia la adscripción de Estados Unidos como una "democracia avanzada", así como el reconocimiento de su lucha "por los Derechos Humanos". Pero por si hubiese todavía lectores poco convencidos, les recomiendo este artículo de Michael Collon, de su propio sitio web, donde enumera un impresionante listado de varias de las aberraciones que el Gobierno de Washington ha perpetrado en su historia reciente, tales como armar a los saudíes en contra de los progresistas árabes, apoyado a la dictadura franquista en nuestro país, a la dictadura de Salazar en Portugal, apoyado la dictadura de Batista en Cuba, intentado acabar miles de veces con la revolución cubana, apoyado el sistema de apartheid en Sudáfrica, matado a 500.000 indonesios para imponer la dictadura de Suharto, instalado una dictadura militar en Vietnam, instalado una dictadura militar en Grecia, apoyado al golpista Pinochet para derrocar a Allende, armado a terroristas para desestabilizar Angola y Mozambique, asesinado a dos presidentes ecuatorianos para encumbrar en el poder a dictadores, derrocado al Presidente Zelaya en Honduras, apoyado al dictador Duvalier en Haití, apoyado a los talibanes en Afganistán, o a la contra nicaragüense. 

 

Pero aún hay más, sin agotar la lista: han invadido la isla de Granada, apoyado a los coroneles asesinos en Argentina, apoyado al General Banzer (y dictador) en Bolivia, apoyado las dictaduras feudales en Nepal y Tíbet, financiado a Mubarak en Egipto, apoyado los bombardeos con napalm del régimen etíope en Somalia, intentar derrocar y asesinar a Hugo Chávez en Venezuela (así como desestabilizar económicamente dicho país, y apoyado a los golpistas opositores), hacer lo mismo con Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador, promocionar el derrocamiento del gobierno ucraniano y la guerra civil en Ucrania, así como las de Libia y Siria, y ¡cómo no!, apoyado y protegido todos los crímenes de Israel contra el pueblo palestino, quizá el genocidio más antiguo y sangrante de la actualidad. ¿Alguien da más? ¿Conocemos en la Historia (reciente) de la Humanidad algún país más macabro? Pareciera que los Presidentes estadounidenses no han evolucionado mucho desde los tiempos del Rey Agamenón, que afirmaba que "La paz es para los débiles...Los Imperios se forjan con la guerra". USA no sólo es un magnífico alumno de dichas enseñanzas (más de 3.500 años después), sino que pone en práctica dicho adagio a sangre y fuego. 

 

Claro, algo de optimismo nos podría llevar a pensar que los actuales líderes de Estados Unidos, en pleno siglo XXI, ya están hechos de otra pasta, que todas esos crímenes y correrías ya han quedado atrás, y que USA no tiene más remedio que volverse una nación civilizada...Si pensáramos esto, estaríamos en el más absoluto estado de inopia e ingenuidad posible, ya que basta mirar a los actuales líderes (sobre todo republicanos), para darnos cuenta de que, incluso, más que evolucionar, los candidatos norteamericanos retroceden, involucionan, empeoran su condición, su idiosincrasia. Tenemos hoy día quizá el caso más paradigmático de todos. Su nombre: Donald Trump. Tomamos como referencia este artículo de Howard Fineman para el medio The Huffington Post, para definir un poco la personalidad y las credenciales de dicho personaje. Trump es un peligroso multimillonario estadounidense, rancio, mal educado, agresivo, racista, xenófobo y arrogante, pero si sólo se quedara aquí, el problema no sería tan grave. Lo peor de todo es que Donald Trump no sólo falla en las formas, sino también en el fondo, representando no sólo la corriente más pura y dura del Tea Party (ultraconservadores y ultraliberales), sino la versión más agresiva del mismo. Y así, el grosero magnate norteamericano propone, entre otras, medidas como las siguientes:

 

1.- La construcción de un muro para militarizar la frontera entre EE.UU. y México

 

2.- Una postura belicosa en relación a Irán, China y Rusia

 

3.- Un absoluto desprecio por el Gobierno Federal, por todo el Gobierno (incluso por sus propios compañeros contrincantes a la Casa Blanca) y por la política tradicional que se ha venido practicando hasta ahora (pero no para suavizarla, sino para endurecerla).

 

4.- Un rechazo inmediato al acuerdo sobre el control de armas nucleares con Irán, que ahora está en el aire. 

 

5.- Una postura fortalecida a favor de la posesión individual de armas para la población norteamericana.

 

6.- El reemplazo de la reforma sanitaria de Barack Obama por un sistema privado de salud. 

 

7.- Una actitud de constante enfrentamiento, arrogante, irrespetuoso e injurioso, tanto en política como en los medios de comunicación, y en general, contra cualquiera que se le enfrente.

 

Este impresentable vocero del gran capital mundial, aunque acaba de sufrir una primera derrota en los caucus del Estado de Iowa, primero en liza para la carrera presidencial, no se priva a la hora de lanzar comentarios sexistas sobre las mujeres, de burlarse de los discapacitados, de arremeter abiertamente contra los políticos, de incendiar los medios de comunicación con sus groseras declaraciones, de insultar a los inmigrantes, sobre todo a los musulmanes (a quien pretende prohibir la entrada a los Estados Unidos), y de verter opiniones mezquinas e insulsas sobre asuntos fundamentales. Y lo mejor de todo, es que posee una buena cantera de ciudadanos/as norteamericanos/as que le apoyan, incluso con auténtica pasión, en todas estas barbaridades que acabamos de mencionar. Al parecer, su nicho de votantes responde al perfil de hombres blancos y jóvenes que apenas tienen una formación superior, que se dejan llevar por los exabruptos de Trump. Pero lo auténticamente significativo del fenómeno Trump es que representa de forma clara a un segmento muy importante de la población norteamericana, que le respalda sin fisuras.

 

Muchos expertos aseguran que él no hace más que vehiculizar públicamente lo que muchos/as norteamericanos/as piensan. Y desde ese punto de vista, lógicamente, Donald Trump es un producto de su propia sociedad, es un fiel reflejo de su gente, de lo que piensa un amplio sector de la ciudadanía norteamericana. Su grupo de fieles lo sigue a todas partes, y utilizan material de campaña de su propia factoría. Trump se ha convertido en un bufón mediático imprescindible, que además, planea seriamente hacerse con la Casa Blanca. Sus seguidores creen, desde su visión de la realidad política, que un empresario con una reputación de despiadado negociador (hombre de éxito, forjado a sí mismo, lo cual cuadra muy bien con la mentalidad norteamericana), puede ser un buen líder para la nación, respondiendo con ello, una vez más, al aberrante concepto que de la política poseen los estadounidenses (al menos, un gran segmento de ellos, tampoco queremos ser injustos). Como vemos, el Estado de Guerra Permanente continúa y continuará en USA, mientras líderes de esta calaña sean los que gobiernen los destinos de la nación más poderosa del mundo. Continuaremos en siguientes entregas.

 

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9 febrero 2016 2 09 /02 /febrero /2016 00:00

La corrupción es la injusticia y falta de solidaridad convertida en sistema

Rómulo Pardo

En el presente artículo vamos a intentar salir al paso de varias declaraciones realizadas de un tiempo acá por los dirigentes políticos (a veces también económicos) de las clases dominantes, y más concretamente del Partido Popular, en lo relativo a la naturaleza de la corrupción. Quizá una de las más argumentadas últimamente ha sido la pronunciada hace varios días por el Ministro de Justicia en funciones, Rafael Catalá, cuando al ser preguntado por esta cuestión, ha aseverado: "La corrupción se refiere a las personas, no a las organizaciones". Dichas declaraciones se enmarcan, como tantas otras, en el intento desesperado de defender al PP (como organización) sobre las acusaciones de corrupción en las que se está viendo envuelto, motivos por los cuales ya ha sido imputado (como organización). En realidad, es una afirmación más de tantas otras como se hacen en el intento de desviar el foco de atención, la responsabilidad y la gravedad sobre los casos de corrupción del Partido Popular, como cuando afirman que "corrupción existe en todas partes". 

 

Pero sin embargo, esta afirmación del Ministro Catalá (que tampoco ha sido original, ya fue proclamada por otros anteriormente) es especialmente significativa, así que vamos a tomar cartas en el asunto, para intentar rebatirla. Bien, parece ser que se parte de la idea de que no se puede tildar de "corrupta" a la propia organización, entidad, organismo o empresa (PP, en este caso), porque dicha cualidad sólo cabe asignarla a las personas. Desde ese punto de vista, parecería lógico, ya que tampoco las organizaciones son "bondadosas", "amables", "orgullosas", y un sinfín de características más de dimensión humana que atribuiríamos únicamente a las personas, y no a las organizaciones, al igual que si en una tienda familiar tres miembros de la familia son cojos, no diríamos que la tienda o el negocio es cojo, sino que son cojos sus dueños, o quienes lo gestionan. Perfecto hasta aquí. Impecable. Pero sin embargo, cuando afirmamos que el PP es corrupto, que es una organización criminal, pensada para delinquir, lo que estamos queriendo decir no es que determinadas personas concretas de dicha organización sean corruptas, sino que los propios procesos, sistemas, procedimientos y protocolos que dicha organización posee, o si se quiere, sus propios fundamentos de actuación, son corruptos. Es decir, es el propio sistema, formado, proyectado y creado por las propias personas que forman dicha organización, el que crea modos, formas, costumbres, usos y procedimientos corruptos, basados en métodos corruptos, y por tanto, donde no caben por definición procedimientos lícitos, éticos, morales y legales.

 

Y de ello tenemos infinidad de pruebas. Quizá la más evidente es que, cuando se han encontrado en el seno del partido (o en sus asesores o colaboradores) a personas que no querían seguir dichos procedimientos, el partido (las personas, pero también la propia organización) los han despedido, apartado, marginado o expulsado. Y a este nivel, es propio comparar al PP, por ejemplo, con una organización mafiosa, es decir, cuyo objeto es el diseño de una organización criminal. Y en este sentido, cuando por ejemplo hablamos de la mafia calabresa, no decimos que "sus miembros" sean los corruptos, sino que la propia organización lo es, pues está pensada para ello. Armando B. Ginés lo ha explicado en los siguientes términos: "Se quiere dar a entender que la corrupción no es estructural en el régimen capitalista, sino que presenta casos aislados e individuales, pasajeros y puntuales. Sin embargo, la corrupción del capitalismo es inherente al sistema. El capitalismo se basa en la corrupción ideológica, ética, política y económica. Su sustento, con añagazas legales o sin ellas, descansa sobre un dato objetivo: la explotación laboral y el robo institucional de una parte considerable del trabajo ajeno. A partir de esta premisa se construye un edificio jurídico, mítico y de valores que sostienen la ficción democrática bajo los conceptos estrella de libertad, igualdad y participación sociopolítica". 

 

Y al ser corrupto el propio sistema, podemos colegir que la organización es corrupta en sí misma. Podemos poner múltiples ejemplos, en otros órdenes, que compartirían una filosofía similar, y que podrían ayudarnos a entenderlo. Por ejemplo, no es lo mismo, hay que distinguir, entre la injusticia concreta que se pueda cometer contra un trabajador, y la injusticia que pervive en el propio sistema que permite que exista dicho trabajador. Una cosa es que sea injusto lo que un empresario pueda hacer, y otra cosa bien distinta es que es injusto el propio sistema que permite que dicho empresario pueda actuar de esa forma. Es una diferencia de dimensiones, entre el mundo de los árboles y del bosque, de las manzanas y del cesto, de los hechos y de las estructuras. El capitalismo es por tanto estructuralmente corrupto, y más allá de la lucha contra las injusticias concretas cometidas por él, es relevante la lucha contra el capitalismo en sí mismo, que permite que se den dichas situaciones. Podemos tomar como referencia también las palabras de Manolo Monereo y Héctor Illueca, que han dejado escrito lo siguiente: "Aunque a alguno se le erice el pelo, la actual forma del Estado no es la de un régimen democrático salpicado por casos de corrupción, sino la de un régimen oligárquico atravesado por la corrupción, y apenas disimulado por instituciones aparentemente democráticas". 

 

Esperamos que, después de estas reflexiones, quede acreditado, razonado y aclarado qué queremos decir cuando nos referimos al Partido Popular como organización corrupta en sí misma, y por tanto, pensamos que no es correcto dejarlo, como hizo recientemente el Ministro de Justicia, sólo en el ámbito de las personas. Nos cuentan esto para intentar que no veamos el bosque de la podredumbre de su formación política, con casos de corrupción sangrantes, innumerables y estructurales, con formas de actuar corruptas, con fines corruptos en sí mismos, que les han llevado desde el pago de las reformas de su sede central de C/. Génova pagada con dinero negro, hasta la cúpula del PP valenciano imputada al completo (han tenido que nombrar una Gestora provisional que dirija el partido allí), pasando por la Caja B y los sobresueldos de los dirigentes, los papeles de Bárcenas, o el expolio ingente de recursos y fondos públicos que hay detrás de los casos Gürtel, Púnica, Noos, Fabra, Camps, Matas, Granados, y un largo etcétera que hunde en el fango a esta organización, y que demuestra hasta qué nivel de ponzoña hemos albergado en nuestras instituciones. 

 

PS. Aún estamos esperando que Rajoy asuma responsabilidades políticas por los "...Te quiero, Alfonso, coño, te quiero..." y otras lindezas vertidas en los mítines del PP valenciano.

 

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8 febrero 2016 1 08 /02 /febrero /2016 00:00

De lo que se trata es de la creación de un hombre y una mujer nuevos, de una nueva cultura y un nuevo tipo de sociedad, caracterizados por la abolición de toda forma de opresión y explotación, el primado de la solidaridad, el fin de la separación entre gobernantes y gobernados, y la reconciliación del hombre con la naturaleza

Atilio A. Borón

Revisados ya los aspectos fundamentales del capitalismo y del socialismo del siglo XXI, estamos intentando exponer, como recapitulación de todo lo expuesto y como propuesta de modelo de sociedad, una alternativa basada en nuevos parámetros de funcionamiento que rompan con los patrones y los moldes actuales. Ya sabemos que el capitalismo, donde es consustancial la lucha de clases, se basa en postulados que sostienen que el egoísmo y la competitividad serán los motores de la economía, y lograrán un reparto que posibilite cierta cohesión social. Como el símil de la torre de copas de champán, piensan que la riqueza generada en la cima de la pirámide se desbordará hacia las capas inferiores, y siempre algo llegará a las mismas. Pero como estamos pudiendo comprobar con la evolución de nuestra propia sociedad, dichos postulados son absolutamente falaces. Con el tiempo, se pierde dicho equilibrio, la sociedad se vuelve inestable, se fomentan los desequilibrios y desigualdades sociales, y el sistema amenaza con el colapso. Perder ese equilibrio se manifiesta en que las contradicciones del sistema se agudizan, que la economía deja de crecer, entra en sucesivas crisis, la cohesión social estalla por los aires, y la sociedad se rompe. 

 

Entramos por tanto directamente en la barbarie, que ya hemos expuesto durante los primeros artículos de esta serie. Y los intentos actuales de suavizar el sistema, de parchearlo, de volverlo más humano o más "verde", no solucionan la cuestión. Parece por tanto que existe (como efecto de siglos de hegemonía cultural del pensamiento dominante) un miedo social atroz a buscar soluciones radicales, que exploren otros modelos de sociedad diferentes, bajo otros parámetros de funcionamiento distintos. Intentan convencernos de que dichos modelos ya fracasaron (cuando la verdad es que nunca se instalaron), porque precisamente, quieren convencernos de que no lo intentemos. Argumentan que todo ese ideario y todos esos conceptos del socialismo y del marxismo son manidos, están obsoletos y superados, y que no han funcionado nunca, ni pueden funcionar. Pero sin embargo, mientras nos dicen esto, su lucha de clases continúa, sin dar respiro a la clase trabajadora, que se limita a sufrir los embates del capitalismo más salvaje e insaciable. La lucha de clases se intensifica aún más en tiempos de crisis, como los actuales, donde contemplamos con estupor cómo todas las "reformas estructurales" que nos implantan tienen como objetivo desmontar todas las conquistas de las clases populares, y fortaceler el poderío de las clases dominantes. 

 

En épocas de crisis como la actual, el sistema se vuelve aún más despiadado, la lucha se vuelve más encarnizada, el capitalismo muestra su auténtico rostro, su verdadera crueldad, su cara más despótica, el Estado se quita su disfraz de amable protector del conjunto de la ciudadanía, para dejar entrever su lado más feroz, más clasista y más burgués, protegiendo mediante sus instituciones a las clases más poderosas. Negar por tanto la lucha de clases es un ejercicio engañoso, o cuando menos, de supina ignorancia o ingenuidad. La sociedad alternativa al capitalismo debe buscar un nuevo equilibrio, sustentado en los nuevos valores que estamos intentando exponer. Este modelo alternativo de sociedad no debe por tanto, si somos fieles a las enseñanzas y experiencias del fallido capitalismo, dejar que la cohesión social se alcance espontáneamente, sino que debe imponerla. Debe buscar las herramientas que la consigan, y que además la hagan sostenible en el tiempo. No podemos dejar que los individuos se conviertan en lobos contra sí mismos, porque entonces sólo la barbarie social estará garantizada, como en las guerras. No podemos dejar que los individuos actúen únicamente bajo su instinto de supervivencia, dejando que el mercado funcione por sí mismo, que la economía se desregule, que las relaciones laborales se desregulen, y que la sociedad se convierta, así, en una selva. Una sociedad realmente evolucionada y avanzada debe imponer unos moldes, unos patrones de funcionamiento para asegurar que el conjunto de sus individuos alcanzan la armonía social. 

 

No podemos dejar que el individuo sea presa de sí mismo, que sea víctima de la desregulación de los mercados, de la más feroz competencia, del más genuino egoísmo. No podemos dejar que el ser humano sea dominado por la economía, como si ello fuera una ley natural. La sociedad no puede ser víctima de sí misma, sino que ha de dominarse y controlarse, ha de ser dueña de su propio control. Mientras el ser humano, y la sociedad de la que forma parte, no se conviertan en dueños de sí mismos, no ejerzan el control sobre su propio destino, su evolución irá en su contra y no a su favor, conduciéndonos a nuestra propia autodestrucción. Por tanto, la nueva sociedad alternativa al capitalismo debe conducirnos a nuestra liberación. Al igual que evolucionamos tecnológicamente y genéticamente, hemos de evolucionar también socialmente, diseñando normas y modelos coherentes, basados en la justicia social, en el progreso, en la cooperación, en la solidaridad, buscando el bien común, porque el bien común sí que se traducirá en el bien individual y concreto para todas las personas. Sólo una sociedad que de verdad busque el bien común será garantía del bienestar de todos sus miembros. En palabras de José López: "La ley de la jungla funciona espontáneamente, pero la civilización hay que construirla". El socialismo del siglo XXI se nos presenta, por tanto, como alternativa real al capitalismo, como un modelo de sociedad más elaborado, más sofisticado, más evolucionado, más humano. 

 

El capitalismo se preocupa de proteger la propiedad privada de los medios de producción, y deja todo lo demás en manos de la naturaleza, de la desregulación, del mercado, de la competitividad de unos individuos sobre otros. Hemos de echar abajo este diabólico sistema, y construir una sociedad con otras reglas y otros principios. Porque como estamos viendo, el propio capitalismo termina por sacar a la luz sus propias debilidades y contradicciones, por mucho que sus apologetas se empeñen en esconderlas y en justificarlas. Y así, estamos pudiendo comprobar cómo durante todos estos años de crisis el sistema ha de rescatarse a sí mismo, y para evitar la rebelión de las masas, debe intensificar el radio de influencia del pensamiento dominante, y se recurre cada vez más a la alienación de los medios de comunicación, aliados imprescindibles del sistema. Pero como también ello es insuficiente, el sistema recurre a la represión, al cuestionamiento de las libertades básicas y fundamentales, a la insistencia sobre un "orden público" que instaure una "paz social" basada en la asunción inexcusable de las reglas capitalistas. Hoy día ya todo ello no se esconde, sino que se propugna sin complejos. Hace pocos días, nuestro actual Ministro de Asuntos Exteriores en funciones, José Manuel García Margallo, afirmaba sin despeinarse que todas las fuerzas políticas deben asumir los parámetros de la globalización [capitalista] a la que estamos sometidos, so pena de convertirnos en una Bolivia, una Cuba o una Venezuela. Es una afirmación absolutamente terrible, escandalosa, pero se acepta como algo absolutamente normal. Margallo nos está queriendo decir que no intentemos construir otro mundo diferente al que ya existe, porque seremos atacados y vencidos. No es la exposición de unas ideas, son claras amenazas para quien intente subvertir el orden capitalista mundial. Continuaremos en siguientes entregas.

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5 febrero 2016 5 05 /02 /febrero /2016 00:00

Si vivimos en un planeta con recursos naturales limitados, es evidente que el reparto de riqueza es la única forma de caminar hacia la justicia

Yayo Herrero

Continuando con todo el tema hídrico ya comenzado en el artículo anterior de esta serie (donde hablamos de nuestros mares y costas), continuaremos aquí abordando el tema de nuestros ríos, donde es imprescindible mantenerlos vivos, así como fomentar un ahorro efectivo de agua. Desde el advenimiento de los grandes procesos de industrialización, se dan continuamente casos de fábricas y empresas que vierten sus residuos (de forma controlada o accidental) al curso de nuestros ríos, provocando graves casos de contaminación del agua, y de muerte masiva de las especies que los habitan. Ante tales casos, la desidia de nuestras Administraciones Públicas para paliar los efectos de dichas situaciones, así como para impedir que vuelvan a ocurrir, ha sido pasmosa. La transición definitiva de la política de aguas en nuestro país para cumplir con los principios de sostenibilidad y la normativa europea queda en gran parte en manos de nuestras Comunidades Autónomas, ya que ellas, en sus respectivos Estatutos de Autonomía, quedan definidas como las Administraciones competentes para dichos asuntos. 

 

Y en primer lugar, necesitamos concienciar a la población y a nuestras Administraciones del grave problema hídrico que padecemos, derivado (de hecho, supone una de sus facetas principales) de la evolución experimentada por nuestros ecosistemas por efecto del cambio climático. De hecho, las aportaciones de agua que llegan de nuestros ríos ha descendido bruscamente durante las últimas décadas, y según todos los organismos responsables, esta tendencia continuará durante los próximos años. En este magnífico artículo del que extraemos parte de esta información, Edmundo Fayanás nos informa de que para el conjunto de España, y durante los últimos 25 años, se han reducido en un 20% el total de los recursos hídricos disponibles. En algunos casos, ha sido especialmente dramático, como en la cuenca del río Segura, cuya disminución hídrica ha sido de un 40% durante los últimos 20 años. Con todo ello, nuestro país padecerá un déficit hídrico estructural que afectará a más de la mitad de la Península, destacando sobre todo las cuencas del Júcar, Segura, Guadiana, Guadalquivir, todo el arco mediterráneo, así como la cuenca del Ebro, especialmente afectada. Con estos datos, la conclusión está clara, sin pretender ser apocalípticos: avanzamos sin remedio hacia un colapso hídrico y medioambiental, como consecuencia de la inacción de nuestros políticos, de la labor depredadora del capitalismo, y de la falta de concienciación ciudadana sobre estos asuntos. Dicho en otras palabras: nos estamos quedando sin agua. 

 

Los ríos y afluentes secos, o con un caudal inferior al nivel ecológico mínimo no podrán, si no tomamos medidas que lo impidan, garantizar la supervivencia de sus respectivos ecosistemas. Con unos niveles de lluvia y nieve inferiores a lo esperado, es previsible un descenso muy acusado del caudal medio de los principales ríos, lo cual supondrá un caos hídrico de imprevisibles y dramáticas consecuencias. El déficit hídrico ya es preocupante, y con los efectos del cambio climático es de suponer que se acentúe. Hemos de tomar conciencia imperiosamente sobre la importancia de este hecho. Los deltas de algunos ríos desaparecerán, debido principalmente al crecimiento del nivel de los mares, y a la débil aportación de agua de sus respectivos ríos. Por otra parte, fuertes inundaciones y períodos prolongados de sequía también desequilibrarán los ecosistemas, y provocarán graves alteraciones de los mismos, siendo también fuente de la aparición y repetición de fenómenos climáticos adversos. Por tanto, toda la ciudadanía ha de ser consciente de la importancia del tema del agua, y exigir a los partidos políticos y movimientos sociales que luchen por la implantación de medidas racionales, que sirvan para paliar estos graves efectos y sus terribles consecuencias. 

 

Para garantizar el buen estado de las masas de agua (ríos, acuíferos, humedales, pantanos, etc.) es necesario que las políticas sectoriales (competencia de nuestras CC.AA.) minimicen el consumo de agua, garanticen caudales ambientales parecidos al régimen natural, y aseguren la calidad del agua disponible. Las Administraciones Públicas encargadas de agricultura, urbanismo, turismo e industria deben respetar el Dominio Público Hidráulico, las llanuras de inundación, y evitar la contaminación difusa o los usos excesivos. Asímismo, debe procederse a planes de limpieza del caudal de todos nuestros ríos, para evitar en lo posible riesgos de desbordamiento excesivo ante la ocurrencia de lluvias torrenciales, que suponen un grave peligro para determinados núcleos de población. Por otra parte, en vez de más embalses, hay que promover el ahorro y la depuración del agua, y garantizar la gestión pública de un bien público, desechando todas las posibles iniciativas gubernamentales o empresariales dirigidas a la privatización parcial o total de cualquier proceso de gestión del agua. Las medidas concretas que se proponen son las siguientes:

 

1.- Asegurar el ahorro real de agua para los usos agrícola, doméstico e industrial, a través de la modernización de infraestructuras y sistemas obsoletos de riego y distribución, asegurando que dicho ahorro contribuya al buen estado de nuestras masas de agua. 

 

2.- Renunciar a las políticas de trasvases, así como a la creación de nuevos embalses. 

 

3.- Establecer caudales ambientales en todos los tramos de los ríos, que garanticen la permanencia de la vegetación de ribera y de la fauna piscícola autóctona con unos niveles de población adecuados. 

 

4.- Reducir la contaminación de ríos y humedales, promoviendo buenas prácticas de fertilización, manejo de suelos y depuración de aguas y reduciendo el uso de plaguicidas, mediante el fomento del control natural de plagas. 

 

5.- Depurar las aguas residuales mediante la construcción de depuradoras de agua en pequeños núcleos de población, basadas en humedales artificiales. Mantener, ampliar y modernizar las depuradoras con la recuperación de los costes del agua. 

 

6.- Reconocer explícitamente el agua como bien público y promover el control público del uso del agua, evitando excesos en las extracciones e incentivando el uso responsable y la recuperación de los costes económicos, ambientales y sociales. Garantizar el derecho humano al agua, sobre todo a hogares con pocos recursos. Evitar cualquier proceso total o parcial de privatización de la gestión del agua. 

 

7.- Promover la gestión de la demanda del agua y el consumo responsable en las ciudades, redactando ordenanzas que obliguen a la instalación de sistemas ahorradores en viviendas, instituciones y edificios públicos y privados, e industrias, así como limitar el uso del agua para labores de jardinería. 

 

8.- Reducir significativamente la superficie (número de hectáreas) dedicada a la agricultura de regadío, promoviendo que ésta haga un uso eficiente del agua. Debemos ser conscientes de que el 80% del consumo nacional de agua se deriva a la agricultura. 

 

9.- Realizar una amplia reformulación de la planificación urbanística actual, teniendo en cuenta esta deriva de escasez de agua, así como de otras fuentes de energía. El desarrollo turístico de toda la costa mediterránea está depredando los pocos recursos hídricos que van quedando. Tengamos en cuenta que el consumo hídrico de un turista es cinco veces superior al de un/a ciudadano/a autóctono/a. Desde este punto de vista, el denominado "turismo sostenible" también es un objetivo a conseguir.

 

10.- Por último, debemos mejorar la gestión de los territorios fluviales. Sirva como ejemplo, como nos recuerda Edmundo Fayanás en su referido artículo, que aún en España existen 2 millones de pozos ilegales, y ningún gobierno ha sido capaz de controlar este fenómeno. Las Administraciones Públicas están respondiendo a estos problemas hídricos construyendo más presas, embalses y encauzamientos, pero ya hemos comentado que ésta no es la solución, sino que ella pasa por establecer una política racional de oferta y demanda, que parta de la base de que el agua es un bien público al servicio de la mayoría, y no un bien a mercantilizar en defensa de los intereses de las grandes empresas constructoras y multinacionales. Debemos por tanto mejorar y recuperar los humedales como auténticos pulmones de depuración natural del agua, cuidar y mimar los agotados acuíferos esquilmados por los pozos ilegales, e implantar sistemas de drenaje sostenibles en nuestras ciudades. 

 

Pero lo principal, como decíamos más arriba, es la conciencia ciudadana sobre el terrible problema hídrico que sufrimos, problema que irá avanzando según avance también la intensidad de los efectos del cambio climático. Todo ello agravará las tensiones por la gestión del agua entre los diversos territorios, desatando y agravando los actuales conflictos por las disputas en cuanto a su compartición, uso y responsabilidad. Debemos tomar importantes medidas en relación al tema, si no queremos que estas "guerras por el agua" entre los distintos pueblos se acrecienten, y pasen a representar auténticos conflictos territoriales. Finalizado el tema hídrico, continuaremos en siguientes entregas.

 

 

Fuente principal de referencia: Documento "Un Programa por la Tierra"

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4 febrero 2016 4 04 /02 /febrero /2016 00:00

Lo que la gente ve, lee y escucha, lo que viste, lo que come, los lugares adonde va, y lo que cree estar haciendo, han pasado a ser responsabilidades de un sistema de información que fija gustos y valores en función de sus propios criterios de mercado, los cuales, a su vez, se refuerzan a sí mismos

Herbert Schiller (“Los manipuladores de cerebros”)

Continuando desde el artículo anterior, y a tenor de la concienciación de la propia clase trabajadora, es lógico encontrarse, en multitud de ocasiones, con trabajadores/as que se olvidaron de la lucha obrera, de la dignidad, de la conciencia de clase, para pasar a ser fieles aliados del capital, amigos íntimos de sus jefes, cómplices de sus dueños. Pero observemos el siguiente dato: frente a un ínfimo porcentaje de trabajadores/as afiliados hoy día a organizaciones sindicales, tenemos un altísimo porcentaje de empresas afiliadas a sus correspondientes asociaciones patronales. Ello nos conduce a una única conclusión: la clase dominante posee mucha más conciencia de la necesidad de su organización y de su defensa que la clase dominada. Es, por tanto, una guerra que estamos perdiendo. Más bien, entre la clase trabajadora se conforman con ciertas migajas que les conceden sus superiores, con tal de renunciar a su libertad como hombres y mujeres, y a su dignidad como trabajadores y trabajadoras. Y es que el pensamiento dominante crea continuamente nuevos aliados. Aquél trabajador o trabajadora (o ciudadano/a en general) que no entre por dichos parámetros, que no acepte tales reglas del juego, simplemente queda aislado/a. El ciudadano ideal para el sistema sabe que, para integrarse en el mismo, para ser parte de él, debe ser sólo uno más, no debe destacar, no debe "señalarse", no debe ponerse en evidencia, no debe cuestionar el sistema, es decir, debe practicar el pensamiento único. 

 

Y así, hoy por hoy, la rebeldía está mal vista. En la sociedad del egoísmo y del individualismo imperante, la rebelión contra el sistema, si no estamos mínimamente organizados, nos conduce al aislamiento, y a ser considerados por los demás, cuando menos, como un/a triste ingenuo/a. El pensamiento alternativo se convierte, de esta forma, en el mejor pasaporte para la exclusión social. Para la sociedad capitalista, para esta sociedad de la alienación, pensar por uno mismo se convierte en una práctica antisocial en sí misma. No está bien visto, es algo raro, extremadamente inusual, muy poco frecuente, porque las personas obedecen los patrones del sistema a carta cabal. Destacaremos por extraños si vertimos nuestras opiniones y planteamientos, y éstos se alejan de  lo que el sistema considera la "normalidad". Quien no siga estrictamente las normas sociales, quien se aparte del guión establecido, quien cuestione las reglas del sistema, se convierte en una persona incómoda, non grata. Se convierte en un raro, y es un claro candidato o candidata a la marginación. Por ejemplo, ¿cuántas personas conocemos en nuestro entorno cercano que opinen que hemos de salir del euro como moneda común? ¿cuántas son verdaderamente ateas? ¿cuántas manifestan abiertamente que deberíamos estar fuera de la OTAN? Seguramente muy pocas. Y así, podríamos extender el cuestionario a muchas más preguntas. 

 

Para integrarse en la sociedad del pensamiento único, los ciudadanos deben estar alienados, como sus conciudadanos. Nadar contra corriente puede salirnos muy caro. Es más cómodo no cuestionar el sistema, no "pasarnos de listos", no hacer preguntas demasiado incómodas, limitarnos a sobrevivir y competir en nuestro mundo globalizado, limitarnos a contemplar cómo miles de ricos se vuelven cada vez más ricos, mientras despiden de sus fábricas y empresas a otros tantos miles, que se volverán pobres. Y aceptar todo ello, porque, simplemente, "es lo que hay". Contemplar cómo los pobres refugiados que huyen de sus países en guerra son tratados como perros sarnosos cuando intentan llegar a países "civilizados" o "desarrollados". Pues si en esto consiste la civilización, es preferible ser un hombre primitivo. Es más cómodo, por tanto, no rebelarse ante el sistema, porque de lo contrario, puede llegar a costarnos muy caro. El ciudadano/a ideal del capitalismo es, en definitiva, un ser individualista, egoísta, narcisista, superficial, hipócrita, corto de miras, comodón, simple (por muchos títulos universitarios, méritos, reconocimientos, experiencia o premios que acumule), materialista, obediente, sumiso, cobarde, gregario, pasivo (por lo menos, en cuanto a las cuestiones más trascendentales), conformista (salvo en cuanto a la acumulación de dinero y posesiones materiales, donde siempre quiere más), corrupto y mediocre.

 

Destaca por su poca madurez intelectual. Puede poseer mucha cultura, muchos conocimientos, pero ello no le hace ser más útil, más valioso, más íntegro ni más valiente. Y es que el capitalismo amplifica las peores características del ser humano, al mismo tiempo que reprime las mejores, o en todo caso, las encauza para reafirmar las bases del sistema, como mínimo, para no ponerlas en peligro. Por ejemplo, la iniciativa y el espíritu de superación están bien vistos siempre que se utilicen para que el individuo se integre en el sistema, pero son el enemigo a combatir si el individuo las utiliza para intentar cambiarlo o transformarlo. Tomemos el ejemplo, tan de moda, de la caridad, que es (o suele ser) producto de la solidaridad individual, simbólica, anecdótica, es bienvenida mientras no "degenere" en la solidaridad colectiva, en la auténtica solidaridad social, pues ésta última pondría en serio peligro los fundamentos del sistema y del pensamiento dominante. Por ejemplo, de entre todos los voluntarios que se fueron a Galicia a limpiar las playas del chapapote cuando ocurrió la marea negra después del hundimiento del Prestige, seguro que había muchos empresarios que no sólo practicaban la explotación laboral y el autoritarismo con sus trabajadores, sino que además, en las próximas elecciones, votarían a opciones políticas que no ponían toda la carne en el asador para que tragedias como la del Prestige no volvieran a ocurrir....¿no es este comportamiento sumamente incoherente?

 

Pero podemos plantear muchas otras variantes de lo mismo: por ejemplo, ¿no es incoherente pertenecer al voluntariado de un Banco de Alimentos, y votar al Partido Popular, que es la formación política que mejor contribuye a que tengan que existir los Bancos de Alimentos? Practicamos muchas veces la solidaridad y la caridad porque es la forma más cómoda de hacernos aparecer como buenas personas y de limpiar la conciencia, pero en realidad, los comportamientos auténticamente valientes son los que se enfrentan de verdad al sistema, los que intentan erradicar del mismo las profundas injusticias sociales que padecemos. Pero claro, lo fácil es irse a Galicia a limpiar las playas, en vez de plantearnos seriamente qué ha ocurrido, porqué ha ocurrido, y adoptar las convicciones y acciones (a eso es a lo que llamamos coherencia) para evitar, desde nuestro grano de arena, que no vuelva a pasar. Otro ejemplo: así como en todo lo que respecta al ocio incluso se promociona la faceta social del individuo, por el contrario, en todo lo que tenga que ver con la supervivencia, se promociona la faceta más individualista del ciudadano. Por ejemplo, los ciudadanos/as se "unen" para celebraciones deportivas o culturales, convertidas en la mejor manera de controlar a las masas, necesitadas de vez en cuando de grandes eventos donde canalizar su carácter social, mientras que cuando se trata de luchar por las condiciones de trabajo y de vida, se procura que cada cual vaya por su lado. Y así, ante auténticas medidas de calado social, los apoyos populares son normalmente muy inferiores a los registrados para otras causas. 

 

 

Podemos poner varios ejemplos concretos de ello: hoy día, es muy superior el número de personas que se manifiestan ante la alegría de que su equipo de fútbol favorito gane algún trofeo, que el número de personas que se manifiestan ante la adopción de medidas de regresión social por parte del gobierno de turno. O bien, tomando el caso muy actual de Cataluña, es muy superior el número de personas que se manifiestan reclamando una "causa nacional" (la identidad de Cataluña como nación, y su derecho a decidir), a aquéllas que se manifiestan ante una "causa social" (degradación de la educación o de la sanidad públicas, pongamos por caso).  Todo ello ocurre porque quiénes controlan el sistema actual ponen todo su empeño a través de la educación y de los medios de comunicación para modelar al ser humano, con el objetivo supremo de evitar que el sistema cambie. El ciudadano/a ideal para el capitalismo es aquél que piensa y actúa de manera que no ponga en peligro el status quo de quienes dominan la sociedad. Incluso más que reprimir al ser humano, que evitar ciertas facetas de su esencia, se trata sobre todo de canalizarlas de la manera más adecuada, esto es, de la forma más inofensiva para el sistema. Así, la alienación del individuo pasa cada vez más desapercibida, y es por tanto más eficaz. Continuaremos en siguientes entregas.

 

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3 febrero 2016 3 03 /02 /febrero /2016 00:00

Un tratado [el TTIP] que destruye la capacidad de regulación de los Estados en aspectos esenciales de las condiciones de vida de toda la población --laborales, sanitarias, ecológicas, culturales-- y reduce la soberanía de éstos al punto de equipararlos con las multinacionales en cuanto a poder de negociación

Fragmento del Manifiesto “Salir del Euro” (diversos autores)

Otro de los aspectos perniciosos que el TTIP abordaría sería el relativo a la privacidad en sentido amplio, puesto que, al igual que en otros temas ya abordados en artículos anteriores, la legislación estadounidense, más laxa, vendría a imponerse a la europea, por ser más beneficiosa para los intereses de las multinacionales. El periodista y escritor David Bollero, en su artículo para el sitio web www.espacio-publico.com, en el que nos basamos para esta exposición, argumenta que en un nuevo estudio comparativo entre las garantías de protección de datos que ofrece EE.UU. respecto a la UE, podemos comprobar hasta qué punto los enfoques y puntos de vista jurídicos son radicalmente opuestos. Y aclara: "Mientras en Europa disfrutamos de un marco de protección de los datos personales bastante amplio, incluido y codificado en el Derecho primario, al otro lado del charco son las diferentes agencias las que adoptan diferentes criterios, variando significativamente los niveles de protección en función del contexto y la instrumentalización de los datos". Especialmente, y de unos cuantos años acá, el tema de la privacidad de la información y de la protección de los datos personales ha tomado una importancia relevante, no sólo por el destape de las estrategias de espionaje de las grandes agencias norteamericanas, como la NSA, sino por el creciente poderío que las grandes empresas transnacionales imponen sobre la posesión y uso de nuestros datos confidenciales. 

 

Y así, los gigantes como Google, Microsoft, Facebook, Youtube, y otros muchos, disponen de un arsenal de información completa no sólo sobre nuestros datos personales, sino que elaboran constantemente perfiles y datos complementarios basados en nuestros rastros de navegación, preferencias e históricos de eventos, visitas, criterios, filtros e interacciones con la Red (lo que se denominan los "metadatos"). Y el peligro está en que todo este material privado pueden ponerlo en circulación, y cederlo o venderlo a terceras empresas, que pueden hacer un uso ilegal, fraudulento, incluso invasivo y hostigador, en base a ellos. Y si bien es verdad que cualquier ciudadano/a estadounidense puede reclamar la protección de sus datos amparándose en la Cuarta Enmienda de su Constitución o en la Ley de la Privacidad, no es menos cierto que todo eso se borra de un plumazo al agitar la bandera de la seguridad nacional (argumento tan socorrido para los actuales Gobiernos), sin incluir consideraciones (como de hecho sucede en la UE) de proporcionalidad. Dicho de otro modo, la privacidad del individuo, en este sentido, es totalmente secundaria, pues está sujeta al libre albedrío de la agencia gubernamental de turno. En Europa, a diferencia de lo que ocurre en USA, para que pueda producirse puntualmente un intercambio de información personal entre, por ejemplo, autoridades policiales y los servicios de inteligencia, es necesaria una justificación específica y concreta, y su autorización correspondiente. En Estados Unidos, en cambio, ese intercambio es la norma, y no la excepción. 

 

Por otro lado, mientras nuestra legislación europea de protección de datos se aplica a todo ciudadano residente en su territorio, no ocurre así en USA, donde si los niveles de protección de datos para un estadounidense son laxos, para un/a ciudadano/a extranjero/a residente en Estados Unidos, son casi inexistentes. Por ejemplo, un extranjero ni siquiera tendría derecho a revisión judicial en caso de que una agencia norteamericana traspasase los principios más elementales de proporcionalidad en el tratamiento de sus datos personales. Y es lógico pensar, al igual que para otras materias que aborda el Tratado, que las multinacionales norteamericanas no van a ceder en estos asuntos. Otro ejemplo lo constituye la cesión de datos personales entre organismos públicos, o incluso, a terceros con propósitos comerciales. Mientras en la Unión Europea hace años que esta cesión está sujeta a la autorización del propietario de dichos datos, no es así en USA, que obvia cualquier tipo de supervisión, control o regla de proporcionalidad. Tampoco se recogen allí los derechos de correción, actualización o cancelación de los datos de carácter personal, como tenemos en nuestro continente. En una palabra, y para este asunto, en EE.UU. las empresas gozan de un poder y de una impunidad tremendas para utilizar o ceder los datos confidenciales de sus usuarios para cualquier fin. 

 

Afortunadamente, el grado de sensibilización, concienciación y conocimiento ciudadano sobre estos asuntos se ha disparado (a raíz de los recientes escándalos de espionaje norteamericanos), lo cual es positivo de cara a un posible y deseable rechazo masivo de lo que supone este demencial Acuerdo de Libre Comercio. Hoy día la movilización del conjunto de la ciudadanía europea es más intensa, real y efectiva, y durante el último año se han recogido más de tres millones de firmas en contra del TTIP. Por tanto, aún la batalla no está perdida. Podemos revertir la situación, y dar al traste con este nuevo estadío del neoliberalismo más salvaje que quieren imponernos. Podemos acabar con la impunidad de las transnacionales que supondrá el Tratado, y podemos continuar conservando, aunque bastante tocada, la soberanía de los pueblos europeos, para no caer en el precipicio que el TTIP representaría. En realidad, bastaría con que un sólo Estado Miembro se pronunciara en contra para que el TTIP no se pudiera aprobar, y en este sentido, tenemos noticias de que la opinión pública de países como Alemania o Austria ya ha manifestado estar rotundamente en contra de este TLC. Tenemos también muchos otros antecedentes de luchas victoriosas, como el rechazo final al AMI (Acuerdo Multilateral de Inversiones) en 1997, y el rechazo del Parlamento Europeo al ACTA (Acuerdo Comercial de Lucha contra la Falsificación) en 2012. 

 

No obstante, no podemos dejar de estar alerta como ciudadanía responsable, porque estos asuntos, mientras tengamos un contexto mundial de capitalismo globalizado como el actual, volverán a plantearse de cara al futuro, y las grandes empresas y sus lobbies no pararán mientras tengan alguna posibilidad de conseguirlo. Por otra parte, y como ya hemos indicado en otros artículos de la serie, el TTIP no es el único enemigo a batir. Precisamente, para este año está previsto que el Parlamento Europeo vuelva a manifestarse sobre el CETA, un TLC entre la UE y Canadá cuya negociación ya está cerrada, pudiendo considerarse como el hermano mayor del TTIP. Si llegara a aprobarse definitivamente, podría constituirse en un fantástico argumento de peso para los defensores del TTIP, y en una herramienta de presión para los Estados, y para convencer a los agentes indecisos. Por tanto, la conclusión está clara: debemos luchar con todas nuestras fuerzas contra toda manifestación del poder de las multinacionales de ambos lados del Atlántico, sea cual sea su forma, manifestación o envoltura. Porque en el fondo, en realidad, son distintas versiones o adaptaciones de una misma cosa, que no es otra que un ataque contra la democracia, contra la soberanía de los Estados, y contra los derechos humanos. Debemos conseguir que todos los partidos políticos se pronuncien claramente sobre los TLC, para saber a lo que atenernos. Los TLC deben formar parte de los debates electorales, y de los compromisos de los candidatos, así como ser parte de las agendas públicas en mítines y reuniones de negociación. Continuaremos en siguientes entregas.

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Published by Rafael Silva - en Política
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