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8 agosto 2019 4 08 /08 /agosto /2019 23:00
Arquitectura de la Desigualdad (154)

La política tiene raíces morales

Ignacio Sánchez Cuenca

BLOQUE VIII. DESIGUALDAD Y CORRUPCIÓN.

 

 

Este octavo bloque temático que hoy comenzamos va a intentar exponer la relación que posee la corrupción con la arquitectura de la desigualdad. Comenzaremos intentando llegar a las fuentes reales de la corrupción, y en ese sentido, estamos de acuerdo con Fernando Hugo Azcurra y Modesto Emilio Guerrero, cuando en su texto sobre Venezuela afirman: "La fuente originaria fundamental de todas las operaciones actuales de corrupción en el mundo es el capital financiero mundial que la propaga a todos los órdenes de la vida económica, social e institucional de gobiernos y países. Es la "cultura" mercantil burguesa por excelencia más extendida de sus negocios e "inversiones", que contamina y corroe todos los estratos de la sociedad burguesa como una pandemia para la cual pareciera que no hay antídoto eficaz". En efecto, en nuestro Blog siempre hemos colocado a las entidades financieras en general, y a los bancos en particular, como los tipos más perversos de empresas que existen. Su colaboración con los más oscuros intereses está más que probada, y por tanto, es perfectamente lógica la definición que nos hacen estos autores. La corrupción, entonces, es causa principal para la arquitectura de la desigualdad, ya que no sólo la permite y la potencia, sino que además la genera en su naturaleza más primigenia. Y mientras estos indecentes personajes y toda la ralea que les acompaña se esfuerzan en ofrecer discursos altisonantes aludiendo a la transparencia, honestidad, credibilidad y confianza que deben regir el funcionamiento de los mercados e instituciones, tanto públicas como privadas, ello sólo es un descarado y un cínico ejercicio de la hipocresía más brutal. En la realidad, su conducta está plagada de especulación, fraudes, trapacerías, estafas, tráficos de influencias, latrocinios, mentiras y cadenas de favores, que se extienden hasta el infinito. Una enorme masa de corruptos nos enseñan y muestran todos los tipos de truhanerías, ardides y triquiñuelas para instalar el engaño como núcleo estructural y transversal de sus actividades. 

 

Sin embargo, se nos presentan como un ejército de "triunfadores", expertos en "astucia" e ingeniería financiera, seres símbolo y prototipo de la "libertad del individuo" (libertad para pisotear a los demás) y su capacidad de desarrollo personal en una sociedad "libre" de mercado (como dicen estos autores, más bien una sociedad "libre de decencia"). En realidad, despliegan todo un muestreo de conquistas, dominio, sojuzgamiento, extorsión, sobornos, latrocinios y expoliación de individuos, empresas, gobiernos, etc., para lograr sus objetivos, que no son otros que beneficios económicos, poder e impunidad. Podemos definir a la corrupción en este sentido como todo el conjunto de prácticas que se despliegan de forma ilegal, antiética e ilícitamente para conseguir estos objetivos. Y para explicar estas conductas y comportamientos aberrantes, podríamos aludir a la "intrínseca perversidad humana", a la maldad "natural" del individuo, a la inveterada mala voluntad y al oportunismo de parte de quienes ejercen determinados cargos y responsabilidades. Y entonces nos valdrían todas esas frases huecas y vacías que muchos dirigentes políticos escupen, así como gran parte de la población: "Todos son iguales", "Si tú estuvieras en el poder también lo harías", "Es la condición humana", y otras por el estilo. Es lo más fácil: pensar en esto nos impone un mismo rasero para todas las personas, y nos condena a un grado de desconfianza en el sistema y en el ser humano de por vida. Pero también hay quienes no opinamos así. Pensamos más bien que el fundamento profundo hay que buscarlo y es posible encontrarlo en el mantenimiento de las relaciones burguesas de producción, circulación y consumo de nuestro modelo de sociedad capitalista. Con ello no queremos sostener tajantemente que el ser humano no tenga tentaciones, digamos, poco éticas (hecho que admitimos), pero entendemos que es más bien el sistema el que estructuralmente provoca y mantiene la corrupción, como elemento para esta arquitectura de la desigualdad que se proyecta. 

 

La corrupción no ha de contemplarse por tanto como la fatalidad de un hecho "natural" e insoslayable, sino como el producto de las relaciones que el sistema crea, proyecta y mantiene. Y así, la arquitectura de la corrupción despliega agentes corruptores (típicamente, el poder económico) y agentes corruptos (típicamente, el poder político). Y es que en el sistema capitalista, el verdadero poder, al que se consagran todos los demás, es el poder económico, y el poder político es un simple peón a su servicio. Lo hemos explicado más a fondo en este otro artículo de este Blog. Por ello,  nosotros pensamos, desde la izquierda transformadora, que no hay que descender a la "naturaleza humana" para ir erradicando la corrupción, sino que lo que hay que hacer es ampliar al máximo la democracia, para nivelar al máximo la participación igualitaria de todas las personas, grupos, colectivos, sectores, estamentos e instituciones, para de esta forma tener "controlados" esos impulsos de la naturaleza humana que les llevan a dichas prácticas corruptas. De esa forma podríamos impedir que corruptores y corruptos vengan a la sociedad para aprovecharse de ella. En el artículo de nuestro Blog dedicado a exponer "Los peligrosos valores del neoliberalismo", dedicamos uno de esos puntos a la corrupción, y allí explicamos: "De cara a la galería, el pensamiento neoliberal y sus adalides fomentan un discurso contrario a la corrupción, la atacan y dicen velar por minimizarla, e incluso erradicarla, pero en el fondo, el neoliberalismo normaliza, suaviza y disculpa la corrupción como no puede ser de otra manera, pues prácticamente el conjunto de sus valores tienden a introducir o permitir cierto grado de corrupción. Y ello porque la corrupción sí que es parte inherente del sistema (y no las desigualdades, tal como ellos creen), la corrupción (o al menos cierto grado de ella) es la materia prima del pensamiento capitalista y neoliberal, pues desde el punto de vista en que se legitiman la competitividad, el emprendimiento, la competencia, el individualismo y el desprecio al bien común, la mercantilización de todas las actividades y el culto fanático al consumismo, todo ello no puede sostenerse sin que la corrupción sea siquiera mínimamente tolerada y auspiciada".

 

Y continuábamos: "Porque...¿acaso no es corrupción un desahucio? ¿No es corrupción soportar una tasa de paro del 20%? ¿No es corrupción la privatización de un sector público rentable socialmente? ¿No son corrupción los recortes en sanidad o educación, ejecutados además por personajes que poseen enormes cuentas en paraísos fiscales? ¿No son corrupción las "puertas giratorias"? ¿No es corrupción rescatar a los bancos, mientras hay gente buscando comida en la basura? El neoliberalismo necesita corruptos y corruptores, así como un sistema que los encubra y los proteja. Hablamos entonces de una cierta corrupción institucionalizada". Rescatamos a continuación los dos párrafos finales del artículo de Arsen Sabaté "Las mil caras de la corrupción española", publicado por el medio La Izquierda Diario: "La corrupción endémica es un factor potente que retroalimenta la crisis de representación actual de los partidos del Régimen. Pero esto no debe confundirse con que sea la corrupción la verdadera fuente de los problemas. La corrupción es sólo una manifestación más de los mecanismos de dominación naturales de los capitalistas y sus representantes políticos, de un régimen profundamente antidemocrático. Un sistema capitalista podrido, donde mientras la clase trabajadora y los sectores populares intentan sobrevivir a duras penas entre el paro y la precariedad laboral, los políticos capitalistas viven como millonarios. Y, para colmo, después se retiran como asesores y gerentes de las mismas empresas que beneficiaron durante décadas desde sus puestos en el gobierno, el parlamento o los ayuntamientos". Y es que (y de esta forma volvemos a conectar con el primer bloque temático de la serie, donde ya hablamos sobre los ricos y su poder), la única minoría realmente peligrosa son los ricos y sus siervos, tal como afirman Paca Blanco, Jesús Rodríguez, María Lobo y Aziz Matrouch, todos ellos militantes de la corriente Anticapitalistas, en este artículo para el medio Publico, que tomamos a continuación como referencia. Esa minoría parásita es la que diseña las reglas del juego, de tal forma que siempre les favorezcan. "Una minoría acaparadora que esquilma los recursos de todos para lucrarse y vivir en la opulencia más escandalosa", en palabras de los autores. 

 

Se trata de esa misma minoría que diseña, practica, tolera y ampara la corrupción como uno de los mecanismos de plasmación de la arquitectura de la desigualdad. Son los mismos que saquean los servicios públicos, que bajan los salarios, que precarizan el empleo, que especulan con la vivienda. Son los mismos que invierten en el indecente negocio de las armas. Son los mismos que tienen toda una batería legislativa para defenderlos, por eso hacen tantas proclamas a la ley, porque es "su ley". Tal como dijera Marx en su día, el Estado no es más que el Consejo de Administración de la clase dominante, es decir, de los ricos y poderosos, de las grandes empresas, de las grandes fortunas. Y es que el secuestro democrático por parte de estas élites poderosas ha agravado profundamente la arquitectura de la desigualdad. Este secuestro democrático precisamente es el que abona el campo libre para la corrupción. En su dossier "Acabemos con la desigualdad extrema", los investigadores de Oxfam Intermón describen el fenómeno con precisión: "Durante mucho tiempo, la influencia y los intereses de las élites políticas y económicas han reforzado la desigualdad. El dinero compra el poder político, que los más ricos y poderosos utilizan para afianzar aún más sus injustos privilegios. El acceso a la justicia también suele estar en venta, de forma legal o ilegal, y las costas judiciales y el acceso a los mejores abogados garantizan impunidad a los poderosos. Los resultados se manifiestan de forma obvia en las desequilibradas políticas fiscales y los laxos sistemas normativos actuales, que privan a los países de ingresos fundamentales para financiar los servicios públicos, además de favorecer prácticas corruptas y debilitar la capacidad de los Gobiernos para luchar contra la pobreza y la desigualdad". La corrupción, por tanto, está total, estrecha y completamente relacionada con la desigualdad, hasta tal punto que los países más corruptos suelen ser los más desiguales, y viceversa. Continuaremos en siguientes entregas.

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6 agosto 2019 2 06 /08 /agosto /2019 23:00
Viñeta: Martirena

Viñeta: Martirena

El estigma de los cuerpos negros va enlazado al estigma de los cuerpos pobres o, para decirlo en otros términos, “raza” y “clase” quedan soldados como parte de la experiencia colectiva del rechazo: racismo y clasismo se articulan en una política de Estado que estigmatiza categorías enteras de seres humanos, un mercado capitalista mundializado que se desentiende de aquellos que quedan excluidos o marginados del consumo

Arturo Borra

Esa experiencia colectiva de rechazo se va instalando en el imaginario del conjunto de la ciudadanía, aceptando poco a poco el relato racista, cada vez más desalmado. Por ejemplo, se viven cada vez más a menudo situaciones como las del barco humanitario del Open Arms, que lleva más de una semana esperando un puerto seguro de atraque, con más de 120 migrantes a bordo. Nuestro avance hacia la deshumanización del diferente avanza a marchas forzadas. La crueldad y la intensidad del racismo normalizado va en aumento, instalándose en la opinión pública los graves mantras a los que recurrimos para justificar estas aberrantes políticas. La ola de racismo populista crece, las políticas anti-migrantes se normalizan, las hostilidades hacia los extranjeros se generalizan. La violencia en las fronteras se va incrementando, el derecho internacional queda en un limbo al albur de las decisiones políticas de turno, la ética de la solidaridad queda ya como un empeño vacío. El lento genocidio sobre los migrantes va quedando legitimado. Si no lo evitamos, la tendencia provocará olas migratorias cada vez más grandes, y genocidios culturales cada vez más extensos. El discurso xenófobo cobra fuerza, valentía, y se hace oír con más fuerza: "Occidente ya no está dispuesto a seguir soportando la agresión cultural de la que se siente objeto por causa de las recientes olas migratorias" (Financial Times). Discurso agresivo y criminal, que busca dar la vuelta a la tortilla, y hacernos aparecer como víctimas, cuando en realidad somos los verdugos. Hace solo varios lustros, considerábamos los campos de concentración como unas estampas únicamente de las guerras. Hoy día los hemos normalizado, como "estancia" casi obligatoria de los migrantes que intentan alcanzar sus destinos. Se ha erguido la voz que aúlla la génesis original, auténtica y verdadera de la "civilización europea", y de la necesidad de aniquilar todo intento de acallarla. La ignorancia al poder. La obscenidad a la política. El terror a las personas. 

 

Y por si todo ello no fuera poco cinismo y desfachatez, aún sostienen que nuestra civilización se basa en el "humanismo cristiano" como uno de sus pilares. La política practicada ni es humanista ni es cristiana, por mucho que porten dichas banderas. Lo único que estamos dejando aparecer son nuestros rasgos más bárbaros, nuestras cualidades más violentas e intolerantes, nuestras más abyectas razones. Porque si piensan que con la política del hermetismo y la crueldad van a detener los movimientos migratorios, están completamente equivocados. En 2015 la periodista especializada en Derechos Humanos Susana Hidalgo publicó un libro con el sugestivo título "El último holocausto europeo", toda una lectura obligada, reseñado por Enric Llopis en este artículo para el digital Rebelion que seguimos a continuación. Frente a las ridículas cifras de reparto que discuten cada cierto tiempo los Ministros de la Unión Europea, los principales países de acogida siguen siendo, según ACNUR, Turquía (1,59 millones de personas), Pakistán (1,51 millones), e Irán (982.000). Además, las llamadas "regiones en desarrollo" acogían en 2014 al 86% de los refugiados del mundo. Las muertes de los que no consiguen llegar no se producen sólo en el mar, sino que también hay inmigrantes que han muerto asfixiados en contenedores llegados a Turquía, en trenes de aterrizaje en París o ahogados en maleteros minúsculos tratando de pasar escondidos la frontera ceutí. Casi diariamente son rescatadas personas a decenas o a cientos, en embarcaciones que velan porque dejen de morir personas en el mar, en muchos casos niños y mujeres embarazadas que viajaban en embarcaciones duplicando su aforo y a la deriva. En muchos casos llevaban días en el mar cuando fueron rescatados. Días a cielo abierto y sin comida. A pleno sol durante el día y al frío durante la noche. Viajaban sólo con sus pensamientos, con sus recuerdos, con sus sufrimientos, con sus dramas personales y familiares, con sus anhelos, con sus penas y alegrías, con sus sueños. Al tocar tierra, no se les ofrece precisamente una vida idílica. Entre enero y julio de 2015, como recoge Susana Hidalgo en su libro, fueron atacados 200 albergues para refugiados en Alemania, mientras que en todo el año 2014 se produjeron 170. 

 

La violencia, el odio y el racismo agrandan su semilla en varios frentes. Hoy día son los propios gobernantes los más perversos y desalmados jueces, verdugos y ejecutores. El Ministro italiano del Interior, Matteo Salvini, hombre fuerte y emblemático de su gobierno, lanza exabruptos contra los migrantes y contra quienes les ayudan en cada entrevista que concede a los medios de comunicación italianos. Ya ni siquiera disimulan su odio institucional. Se han olvidado incluso de las falsas palabras grandilocuentes (que mencionaban la libertad, la democracia y los derechos humanos, aunque a renglón seguido los incumplían), para verter macabros discursos propios de la más brutal gentuza que se agolpa en la barra de un bar. En los mejores casos, de los gobernantes aparentemente más responsables, concurren dichas palabras grandilocuentes con el negocio de la fortaleza europea. En entregas anteriores lo hemos analizado profundamente. Remito a los lectores y lectoras a dichas entregas. Todo un andamiaje creado ad hoc para las grandes empresas tecnológicas muy adheridas a los flujos del Estado, que reciben cuantiosos contratos para blindar las fronteras con mecanismos cada vez más sofisticados. En la práctica, por tanto, la retórica política, los discursos altisonantes y los hechos reales casan muy mal. No se puede transitar felizmente entre el hipócrita pragmatismo y el necesario humanitarismo. Los religiosos lo expresarían como que "no se puede poner una vela a Dios y otra al Diablo". La UE garantiza antes la libre circulación de capitales que la de personas. Y así, el presupuesto de Frontex se disparó de 6 millones de euros en 2005 a 98 millones en 2014. Por contra, el presupuesto de la Oficina Europea de Apoyo al Asilo (EASO) fue de 15,6 millones de euros en 2014. Las cifras nos dan una fotografía muy correcta de la terrible realidad que vivimos. Una última cifra: el gobierno italiano, a propuesta de Matteo Salvini, tiene intención de multar con hasta un millón de euros a las ONG que se dediquen a salvar vidas. Ahí queda eso. No es una errata, es el mundo en que vivimos. ¿Otro dato? En al menos 13 países de la UE se practican expulsiones de ciudadanos europeos. 

 

Las formaciones de ultraderecha están proponiendo ya en sus programas directamente una serie de salvajadas dignas de ser denunciadas directamente ante un juzgado de guardia de cualquier país, y proceder a la encarcelación preventiva de sus portavoces y dirigentes. En algunos se propone incluso acabar con la concesión de la nacionalidad a los extranjeros nacidos en el país en cuestión de que se trate (por ejemplo, Francia). No hay nadie que levante la voz de forma audible para los 28 países europeos, así como para Estados Unidos (entre otros actores internacionales), para afirmar valiente y categóricamente que los derechos de los refugiados no son un acto de buena fe, ni un acto de solidaridad, sino un derecho recogido en tratados internacionales. Tratados que se están ignorando, y que por ello estamos entrando en una deriva peligrosa a nivel internacional. Los discursos de odio han vaciado de significado estos tratados, han legitimado el hecho de poder ignorarlos, e incluso lo han normalizado entre nuestros gobernantes y formaciones políticas más indecentes. El Catedrático de Filosofía del Derecho Javier de Lucas, autor de varias obras sobre la materia, como "Mediterráneo: el naufragio de Europa", lo afirma tajantemente en esta entrevista para el digital Rebelion realizada por Enric Llopis: "Los Estados parte en el Convenio de Ginebra de 1951 y el Protocolo de Nueva York (1966) tienen un contrato con los refugiados". ¿Es que no hay nadie con la suficiente entidad reconocida internacionalmente como para denunciar esto ante los tribunales internacionales? ¿Es que no existe nadie que proclame que incumplirlo implica transgredir la legalidad, más allá de los buenos o malos sentimientos que se puedan desplegar? Tampoco el derecho de asilo puede someterse a "cuotas", como si los Estados se estuvieran repartiendo cromos ("Estos dos para ti, y estos tres para mi"). Una cosa es que exista un cierto equilibrio en el reparto por países que forman una unidad política (que no la forman, dicho sea de paso), y otra cosa es que ese sistema de cuotas sirva como excusa para incumplir flagrantemente un derecho humano básico y fundamental reconocido internacionalmente en todos los foros. 

 

La indigencia de la política de fronteras está llegando a sus más últimas consecuencias. Unas consecuencias que anulan de un plumazo todo un contexto legal internacional que costó décadas forjar, y muchos debates y reuniones durante años para que los países los firmaran a lo largo del mundo. ¿Es que nos parece una dificultad tan difícil de salvar el hecho de que en un continente que viven 500 millones de personas, como es Europa, se reciban 400.000 peticiones de asilo en 2015? Durante ese año, los refugiados sirios que alcanzaron las costas europeas no representaban siquiera el 10% de los que llegan a Líbano, Jordania, Iraq o Turquía. ¿Es que cuando hay más de 60 millones de desplazados en el mundo, le parece a los gobernantes europeos una buena decisión poner el tope a los refugiados admitidos en 120.000? España acogió a 19.000 refugiados, Líbano a 1,2 millones. Como decíamos más arriba, las cifras son muy elocuentes. Los tratados firmados sobre refugiados contemplan que se les dote de documentación, así como que el Estado de acogida proporcione todos los medios para la inserción sociolaboral de dicha persona, en igualdad de condiciones al resto de ciudadanos del país. Hoy día nos parece un cuento de hadas. Transcurrido un período (que en el caso español es de 5 años) tienen derecho a adquirir la nacionalidad del país de acogida. Pues bien, sabiendo esto, no sólo la realidad es que no se cumple nada de lo contemplado en los tratados, sino que como también hemos comentado, las fuerzas políticas de la ultraderecha están planteando abiertamente dejar de cumplir lo poco que estemos cumpliendo. Es como si tuviéramos una formación política llamándonos a delinquir continuamente, justificando el delito, y además la gente los votara. Un escenario absolutamente surrealista. Una perversidad tal que raya en lo esperpéntico y en lo macabro. Se obstaculizan los acuerdos, se proclama abiertamente su incumplimiento, se llama a la inmoralidad y a la ética más despreciable, Se estigmatiza a los refugiados y se utilizan perversos argumentos como el del "efecto llamada", que también hemos comentado en anteriores entregas. ¿Es soportable esta Política de Fronteras? ¿Puede durar mucho tiempo? Continuaremos en siguientes artículos de la serie.

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4 agosto 2019 7 04 /08 /agosto /2019 23:00
Viñeta: Tjeerd Royaards

Viñeta: Tjeerd Royaards

Walter Benjamin definió las revoluciones no como las locomotoras de la historia, como Marx, sino como la humanidad tirando del freno de emergencia antes de que el tren caiga en el abismo. Nunca antes hemos tenido más necesidad de accionar esa palanca y preparar un nuevo camino hacia un destino diferente

Michael Löwy

En el artículo anterior expusimos el concepto de "igualitarismo biocéntrico", introducido por Bill Devall y George Sessions (pensadores adscritos a la corriente que hemos llamado "Ecología profunda"), que más o menos defiende la idea de que todo ser viviente juega su papel en un determinado ecosistema, del cual todos dependen para su supervivencia. Ellos no obstante deducían de dicho concepto que todos los individuos de tal ecosistema debían poseer igual valor intrínseco, aunque esto ya no está tan claro. Puede que tengan valor sólo porque sean necesarios para la existencia del conjunto, y el conjunto puede que tenga valor sólo porque apoya la existencia de los seres conscientes. La ética de la ecología profunda, por tanto, no ofrece todas las respuestas a todas las preguntas que podamos plantear. Y puesto que la ecología se centra más en los sistemas que en los organismos individuales, la ética ecológica podría ser más admisible si se aplicara a un nivel superior, quizá a nivel de especies y ecosistemas. En cualquier caso, la ética ecológica nos lleva a la idea de que las especies o el ecosistema no son solamente un grupo de individuos, sino una entidad en su propio derecho. En esta teoría insiste también Lawrence Johnson, que en su libro "A Morally Deep World" considera los intereses de una especie, o de un ecosistema, en un sentido que difiere del de la suma de intereses de cada miembro de la especie, y concluye que los intereses de una especie, o de un ecosistema, deben tomarse en cuenta, junto con los intereses individuales, en nuestras reflexiones morales. Por su parte, Freya Mathews, en su texto "The Ecological Self", sostiene que cualquier "sistema que se realice a sí mismo" tiene valor intrínseco en la medida en que busca mantenerse o preservarse a sí mismo. Mientras que los organismos vivientes son paradigmas de sistemas que se realizan a sí mismos, Mathews, al igual que Johnson, incluye especies y ecosistemas como entidades holísticas o un "yo" con su propia forma de realización. 

 

Mathews incluso incluye al ecosistema global entero, siguiendo a James Lovelock, al referirse a él con el nombre de la diosa griega de la tierra, Gaia. Y sobre esta base, ella defiende su propia teoría sobre igualitarismo biocéntrico. Existe, como estamos pudiendo comprobar, una verdadera cuestión filosófica acerca de si una especie o un ecosistema se puede considerar como el tipo de individuo que puede tener intereses, o un "yo" que se realice; incluso si puede, la ética ecológica profunda se enfrentará a problemas similares a los que identificamos al considerar la idea de la veneración por la vida. Porque es necesario, no sólo que se diga que los árboles, las especies y los ecosistemas tienen intereses propios e independientes, sino que tienen intereses moralmente pertinentes, es decir, susceptibles de ser tenidos en cuenta por los seres humanos. Si cada uno ha de ser considerado como un "yo", habrá que demostrar que la supervivencia o la realización de esa clase de "yo" tiene valor moral, independientemente del valor que tenga debido a su importancia al sostener vida consciente. Llegados a este punto, espero que al menos mis lectores y lectoras estén en la onda pertinente para considerar a la propia Naturaleza como sujeto de derechos. Esto es realmente algo básico si de verdad nos queremos tomar estos asuntos en serio, y ser capaces de plantear otro modo de producción y consumo, otra filosofía de vida, otro paradigma civilizatorio, tal cual nos propone el Buen Vivir. No obstante, aún nos quedan muchos interrogantes. En nuestro análisis sobre la ética de la veneración por la vida vimos que una forma de establecer que un determinado interés es moralmente pertinente es preguntarse lo que supone para la entidad afectada no tener ese interés satisfecho. Esa pregunta es fácil de responder para seres humanos, e incluso para animales no humanos, pero más difícil para el asunto que nos ocupa. Y la misma pregunta se puede plantear también sobre la autorrealización: ¿qué supone para el yo no realizarse? Dichas preguntas ofrecen respuestas inteligibles cuando se hacen sobre seres sensibles, pero no cuando se hacen sobre árboles, especies o ecosistemas. 

 

El hecho de que, como señala James Lovelock en su obra "Gaia: A New Look at Life on Earth", la biosfera pueda responder a determinados acontecimientos en formas que se parecen a un sistema que se mantiene a sí mismo, no demuestra en realidad que la biosfera desee conscientemente mantenerse a sí misma. De hecho, denominar al ecosistema global con el mismo nombre que la diosa griega parece una buena idea para dotarla de identidad, pero puede que no sea la mejor manera de ayudarnos a pensar claramente en su naturaleza. De forma similar, a menor escala, no hay nada que se corresponda con lo que supone ser un ecosistema anegado por una presa (como planteábamos en nuestro supuesto inicial), puesto que no podemos afirmar que exista tal sentimiento, o tal conciencia de ello. En este aspecto, tanto los árboles como los ecosistemas y las especies son más como rocas que como seres sensibles, y por tanto, la división entre criaturas sensibles y no sensibles constituye hasta ese punto una base más firme para un límite moralmente importante que la división entre cosas vivientes y no vivientes, o entre entidades holísticas y otras entidades que no podrían considerarse holísticas (Holismo es la doctrina que propugna la concepción de cada realidad como un todo distinto de la suma de las partes que la componen). Pero este aparente rechazo de la base ética para el desarrollo de una ética ecológica profunda no implica que el caso de la conservación de lo salvaje no tenga fuerza. Todo lo que implica es que un tipo de argumentación (la del valor intrínseco de las plantas, especies o ecosistemas) es, en el mejor de los casos, problemática. Por tanto, y como respuesta al planteamiento inicial sobre la conveniencia o no de construir la presa (destruyendo todo el entorno natural necesario), a menos que se pueda situar en una posición diferente y más firme, deberíamos limitarnos a argumentos basados en los intereses de las criaturas sensibles, presentes y futuras, humanas y no humanas. Estos argumentos bastan para demostrar que, al menos en una sociedad en la que nadie necesite destrozar lo salvaje con objeto de obtener comida para sobrevivir o materiales para protegerse de los elementos, el valor que posee conservar las zonas importantes de naturaleza virgen que quedan, sobrepasa en mucho a los valores económicos que se obtienen con su destrucción. En conclusión, y como respuesta al planteamiento de si hay o no que construir la presa: la respuesta más adecuada es que NO. 

 

Y la siguiente pregunta que podríamos hacernos es: ¿Qué se hace en realidad? La práctica habitual desoye nuestra recomendación. En la inmensa mayoría de los casos, y en la práctica totalidad de los países del mundo, si están enfrentados los valores de la naturaleza frente a las aportaciones económicas (y de un falso progreso fruto del relato capitalista) que pueda suponer destrozarla para construir algún determinado artificio, lo que se hace es destrozar la naturaleza que haga falta, sin miramientos. Los intereses (disfrazados de intereses para la sociedad) son únicamente los de las grandes compañías transnacionales que con su poderío hacen y deshacen a su antojo en cualquier país. Cientos de miles de hectáreas de cultivo son arrasadas año tras año, presas hidráulicas, gaseoductos, oleoductos y demás infraestructuras gigantescas son diseñadas por todo el planeta, arrasando con todo el entorno natural que encuentran a su paso. Bosques arrasados, lagos, ríos y mares contaminados, centenares de miles de animales muertos directa o indirectamente por la acción humana, son el resultado de estas perversas prácticas que llevamos a cabo continuamente. Hasta las reservas naturales más profundas, ricas y salvajes que existen están siendo sistemáticamente eliminadas. Y todo ello, junto con las emisiones contaminantes que vertemos a la atmósfera, son la causa fundamental del caos climático que ya ha comenzado a significarse, y a provocar devastadoras consecuencias. Por tanto, se hace necesario cambiar de paradigma, y para ello, es absolutamente preciso desarrollar, asumir y tener en cuenta una ética del medio ambiente, mayoritariamente aceptada y respetada, que pase por otorgar plenos derechos a la naturaleza y a todos los seres sensibles que la habitan, así como a la preservación de los ecosistemas naturales. Dicha ética consideraría que todas las acciones que son perjudiciales para el medio ambiente son éticamente discutibles, y las que son innecesariamente perjudiciales sencillamente son malas. Para una ética del medio ambiente la virtud supondría guardar y reciclar los recursos, y lo contrario sería el despilfarro y el consumo innecesario. Para una ética del medio ambiente, ningún proyecto económico que destruya elementos naturales debe ser contemplado, a menos que sus ventajas sean absolutamente necesarias para la vida de otros seres, tanto humanos como no humanos. Se podría pensar por ejemplo en la viabilidad de un proyecto que construyese miles de viviendas (junto con complejos residenciales, piscinas, recintos, tiendas, etc.) y los defensores de tal proyecto podrían argumentar en la imperiosa necesidad de hacerlo para que miles de personas sin hogar residan allí, pero...¿es cierto todo esto?

 

¿De verdad han de construirse esos complejos para que vivan miles de personas que ahora no poseen un hogar? ¿Seguro que no podemos arreglar ese problema de otra forma? ¿No podemos utilizar las miles de viviendas vacías que cada ciudad posee? ¿No podemos volver a habitar los pisos que hoy día están enfocados al turismo? ¿Seguro que detrás de todo ese proyecto no se esconde una labor especulativa, que enriquecerá a las empresas constructoras y a las entidades financieras que estén detrás del mismo? Pongamos otro ejemplo ilustrativo: desde la perspectiva de una ética del medio ambiente, nuestra elección de esparcimiento (ocio, recreo, deporte...) no es éticamente neutral. Consideremos por ejemplo la posible elección entre las carreras de coches y el ciclismo, o entre el esquí acuático y el windsurfing, sólo como una cuestión de gustos. Pero en realidad, dicha elección va más allá. Desde la ética del medio ambiente, existe una diferencia esencial entre estas actividades: las carreras de coches y el esquí acuático requieren el consumo de carburantes fósiles para su disfrute, y además liberan dióxido de carbono a la atmósfera, mientras que el ciclismo y el windsurfing no. Por tanto, una vez que nos tomemos en serio la necesidad de conservar nuestro medio ambiente, las carreras de coches y el esquí acuático dejarán de ser una forma aceptable de entretenimiento o deporte, al igual que ya no lo son hoy las peleas de gallos. La ética del medio ambiente debería tenerse en cuenta de forma transversal a la hora de abordar cualquier proyecto, sea del tipo que sea, porque hasta ahora, el ser humano, imbuido en la lógica del sistema capitalista, en lugar de prestar atención a nuestros ecosistemas naturales, ha arremetido contra ellos, alterando el paisaje y el entorno natural de manera vertiginosa. Hemos de incidir, para difundir esta ética medioambiental, en que no es bueno dedicarnos a actividades, profesiones, deportes, hobbies o proyectos que ataquen los fundamentos de la naturaleza, los recursos naturales, la flora y la fauna, y los ecosistemas donde habitan. Hace poco tiempo en nuestro país tuvimos un dilema similar, cuando la petrolera Repsol tuvo la ocurrencia de explorar las aguas profundas del ecosistema marino de las islas Canarias en busca de petróleo. Los grupos ecologistas advirtieron del peligro que suponían las actividades de prospección de cara a la conservación de especies de fauna y flora marina en dicho ecosistema. Afortunadamente, la concienciación popular y política sobre estos asuntos ya había calado fuertemente en la ciudadanía y en los agentes sociales, y el proyecto se abortó. Continuaremos en siguientes entregas. 

 

Fuente de Referencia: Ética Práctica (Peter Singer)

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1 agosto 2019 4 01 /08 /agosto /2019 23:00
Viñeta: Enrique Ortega

Viñeta: Enrique Ortega

El acceso a la energía está directamente relacionado con el bienestar de las personas, así como del conjunto de la sociedad. La vida moderna no se puede concebir sin su acceso, al asegurar no solo un “nivel de confort básico”, sino de un “desarrollo vital mínimo” asegurando acciones tan básicas como cocinar, conservar alimentos, disponer de agua caliente sanitaria, iluminación o climatización. Por ello, se puede afirmar que el acceso a la energía tiene carácter esencial y básico en el ámbito doméstico, además de transversal en el desarrollo económico de cualquier sociedad, al afectar a la actividad de todos sus sectores económicos

Cecilia Sánchez (Ecologistas en Acción)

Además de todos los factores que determinan la pobreza energética, ya comentados en artículos anteriores, resulta que nuestra factura eléctrica es más cara que la media europea, incluso separando las tres partes que forman el recibo de la luz, y considerándolas de forma aislada. Tomo datos a continuación del artículo de Javier Ginsanz que ya referimos en la entrega anterior: "Recapitulando, vemos que en las tres partes del recibo de la luz pagamos costes de más: en el 35% que se paga por el precio de producir la electricidad (un mercado mal regulado y muy volátil), en el 40% de los peajes (lleno de "extracostes" que deberían quitarse o pasarse al Presupuesto) y en el 25% de impuestos (mayores que en Europa). Así no debería extrañarnos que la luz en España sea de las más caras de Europa. Para el usuario doméstico, el precio medio en junio de 2017 era de 0,1805 euros/kilowatio (sin impuestos), un 37% más cara que la media europea (0,1315 euros/kilowatio) y la tercera luz más cara de Europa, sólo por detrás de Bélgica e Irlanda (una isla) y un 65% más cara que en Francia (0,1089 euros/kilowatio), y un 30% más costosa que en Italia (0,1332 euros/kilowatio), Reino Unido (0,1344 euros/kilowatio) o Alemania (0,1389 euros/kilowatio), según Eurostat. Y las empresas pagan en España 0,086 euros/kilowatio (sin impuestos), un 28,3% más que las alemanas (0,067 euros/kilowatio) y un 30,3% más que las francesas (0,066 euros/kilowatio), según datos de Industria (2016)". Este absurdo, alocado e injusto sistema eléctrico está claramente a favor de los intereses de las grandes transnacionales energéticas, y provoca subidas continuadas de la factura eléctrica, nada menos que de un 52% de 2008 a 2014, cuando en Europa el incremento fue de un 34% (también desbocado, aunque menos que en nuestro país). La pobreza energética es la consecuencia directa de la existencia de este sector eléctrico tan caótico, pero con tanto poder en nuestro país. Un desmesurado poder económico, político y mediático, que hasta ahora ningún gobierno se ha atrevido a enfrentar. Así las cosas, está claro que el modelo energético español no funciona. Está en manos poderosas de grandes empresas privadas con negocios repartidos por todo el mundo, que además actúan como un oligopolio impidiendo la competencia real, encareciendo los precios de la electricidad y asegurando su poder mediante las puertas giratorias. 

 

El paso a propiedad social del sector estratégico de la energía, como servicio y derecho básico y fundamental, es una asignatura pendiente en nuestro país. Tenemos pruebas evidentes de diversas experiencias llevadas a cabo en varios municipios y países europeos, donde se ha producido una remunicipalización del servicio o bien la existencia de una o varias compañías de titularidad estatal, donde se funciona mejor que en nuestro país. España está necesitada de un Plan Nacional de Transición Energética (tenemos un Ministerio que lleva dicho nombre, pero que ha hecho bien poco hasta ahora), que sirva para ahorrar energía rehabilitando edificios y apostando por las fuentes de energía limpias y renovables. Eso implicaría lógicamente una inversión estatal (del orden de unos 15.000 millones de euros al año), que crearía unos 400.000 empleos de calidad, según estimaciones de formaciones políticas y ecologistas de izquierda. Además, se fortalecería el tejido industrial propio, y se contribuiría a aumentar nuestra soberanía energética (o lo que es lo mismo, reducir nuestra dependencia energética externa). Como afirmábamos en nuestra serie de artículos "Por otra política y cultura energéticas", necesitamos cambiar el irracional modelo actual por otra forma sostenible y democrática de cultura energética, ya que el actual modelo, basado en la explotación intensiva e irresponsable de las fuentes de energía contaminantes, ha hecho posible la arquitectura de la desigualdad energética, el desarrollo capitalista de un derecho fundamental, y todo ello llega a su fin por el agotamiento de los recursos energéticos fósiles, la brutal competencia por el acceso a los mismos, su mayor coste y los nefastos efectos ambientales provocados por un sistema ecológicamente insostenible y socialmente injusto. Es apremiante la instalación y migración hacia una nueva cultura energética, que permita asociado a ella la construcción de un nuevo modelo productivo, y una alternativa sostenible basada en las energías renovables y en la consideración de la energía como derecho humano fundamental. Pero hoy día, el acoso del gran oligopolio eléctrico (que actúa muchas veces como un auténtico cártel criminal) al mundo de las energías renovables es feroz, y tienen de su lado a su lacayo, el poder político, que les prepara muy bien el terreno.

 

Padecemos los efectos de un mercado energético distorsionado y opaco, que oculta mecanismos perversos de ayudas encubiertas (a través del precio de la factura, sobre todo) a las grandes eléctricas y a los grandes consumidores. Pero se han encargado de hacer creer a la opinión pública una serie de engañosos mantras, con los que difunden sus campañas de desprestigio hacia las energías renovables, para mantener sus grotescos privilegios. Las grandes corporaciones, agrupadas en la Patronal UNESA, han desplegado todo su poderío e influencias para expulsar a la competencia del mercado, y para hacer la vida imposible a los autoconsumidores, y verter a la opinión pública todo tipo de infundios sobre el mundo de las energías limpias y sostenibles. De hecho, la pobreza energética es el efecto principal (y más sangrante) de este modelo energético, basado en resguardar los intereses privados de estas grandes corporaciones, reacias no sólo al cambio del modelo productivo, sino a un abaratamiento de los servicios, para hacerlos accesibles al conjunto de la población. Pero renunciar al actual modelo energético implicaría que estas grandes empresas irían perdiendo bastante poder, cosa que, evidentemente, no les interesa. Están en juego las inversiones millonarias en centrales de gas que construyeron las grandes eléctricas sobre todo desde el año 2005. La única solución es ir acabando progresivamente con la inmensa influencia que estas grandes compañías proyectan sobre el poder político, para ir migrando a otro modelo, a otra política y a otra cultura energéticas. Sólo entonces podremos erradicar totalmente la pobreza energética de nuestro país. Necesitamos una política energética al servicio de las personas, no del poder transnacional. Una política energética sensible a las necesidades, y sensible al deterioro del planeta. Mediante la aplicación de estos principios, no sólo conseguiremos romper el oligopolio energético en nuestro país (fuente de todos nuestros males en el sector de la energía), sino también contribuir a atenuar los efectos del cambio climático, a desarrollar otros patrones de consumo más racionales, y a utilizar las fuentes de energía limpias y renovables. La erradicación de la pobreza energética será un efecto inmediato de estas políticas, en cuanto se implementen. En última instancia, es un problema de vulneración de los derechos humanos. 

 

Cuando la Lex Mercatoria se impone a los derechos humanos, es decir, cuando las lógicas de mercado llegan a alcanzar mayor poderío que la satisfacción de las necesidades humanas más elementales, entonces se comienza a obedecer a la diabólica lógica de las grandes empresas transnacionales, unas corporaciones que llegan a poseer más poder e influencia que los propios Estados (porque además actúan por todo el mundo), y a las que les importa bien poco todo lo que no sea aumentar constantemente sus cuentas de resultados. Alcanzan un poder de lobby que se inmiscuye en los asuntos nacionales, que destruyen la soberanía de los países, que interceptan las garantías de los derechos humanos, y que imponen sus lógicas de beneficios a través de sus medios de comunicación, hasta tal punto que el conjunto de la ciudadanía comienza también a entenderlo así. Hoy día, su lógica de mercado se impone a través de los mal llamados Tratados de Libre Comercio, que les conceden impunidad para instalar sus mercados donde deseen, para eliminar todas las legislaciones que les estorben, y para eliminar las garantías a los derechos humanos fundamentales. La pobreza energética, ya lo decíamos al comienzo de este bloque temático que ahora finalizamos, es una consecuencia más, una modalidad más, una categoría más, una variante más de la pobreza tomada en sentido general, y por tanto, obedece a la misma arquitectura de la desigualdad que consagra este poderío y esta impunidad de las grandes corporaciones. Una lógica que no se enfrente abiertamente a su poderío y a su control, que no afronte claramente soluciones radicales, no garantizará tampoco que la pobreza energética no sea erradicada. Sólo la fuerza de la ciudadanía organizada, de las movilizaciones sociales, del refuerzo del tejido social, de las organizaciones de consumidores y usuarios, de los sindicatos, de los movimientos sociales, de las organizaciones de afectados, y en definitiva del conjunto de la población, contra este deleznable poderío de las grandes empresas, será capaz de revertir todo este peligroso escenario. Comenzaremos nuevo bloque temático en la siguiente entrega.

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30 julio 2019 2 30 /07 /julio /2019 23:00
Viñeta: Eneko

Viñeta: Eneko

Con una población envejecida y en declive, a la vieja Europa le asusta la juventud y el dinamismo demográfico de África. La perspectiva de que el continente vecino alcance 2.500 millones de personas en las próximas décadas inquieta a las autoridades comunitarias hasta el punto de renunciar a regular los flujos migratorios desde un enfoque centrado en los derechos humanos y optar por una gestión securitaria de la inmigración. La forma en que la UE aborda este problema no solo acrecienta la tragedia de los extracomunitarios que se acercan a nuestras fronteras, también está alentando la xenofobia y el ascenso de formaciones políticas que defienden la identidad étnica y cultural de “su” nación como elemento central de las políticas

Santiago Álvarez Cantalapiedra

En el último artículo de esta serie ya comenzamos a denunciar la tremenda hipocresía que ejercen nuestros gobernantes en torno a las mafias, y continuaremos aquí porque no son sólo las mafias...es el propio capitalismo que las fomenta. Si hay guerras, es porque existe un complejo militar-industrial que hay que alimentar (filosofía capitalista). Si hay expolio y destrucción de recursos naturales, es porque existen empresas que necesitan dichos recursos como materia prima para sus tecnologías (filosofía capitalista). Si hay explotación laboral y mano de obra esclava de los habitantes de estos países de origen, es porque existen empresas desalmadas a las que no les importan llevar a cabo estas prácticas para aumentar sus beneficios (filosofía capitalista). Como expone Antonio San Román Sevillano en este artículo para el digital Rebelion, en la República Democrática del Congo millones de personas han sido asesinadas, y aún continúan siéndolo, para que el mundo se beneficie de la riqueza del país africano, especialmente del coltán, un mineral utilizado en la fabricación de teléfonos móviles. Esta industria explota a miles de adultos y niños en la extracción de este mineral. También existen grandes empresas multinacionales que compran las tierras de países enteros para sus agronegocios, expulsando a los campesinos de sus tierras, y condenándolos al hambre y la miseria. Son las grandes corporaciones que dominan el mercado de las semillas, y que están sembrando en los seres humanos las semillas del cáncer y de múltiples enfermedades. Están acabando con la soberanía alimentaria de estos países, y llevando al mundo a su extinción. Incluso se pervierte la utilidad y destino final de las Ayudas al Desarrollo, pues a cambio de recibir ayuda económica e inversiones empresariales, los países africanos tienen que cambiar sus leyes para facilitar a las empresas la adquisición de tierras, el control de las semillas y los mercados de exportación. Otras empresas acaparan la explotación económica de la sabana africana, una extensa zona de unos 400 millones de hectáreas que va desde Senegal hasta África del Sur. 

 

Todo esto beneficia a la agroindustria exportadora, pero se traduce en el desarraigo de millones de pequeños productores empobrecidos y la concentración de tierras en manos de grandes corporaciones. Precisamente en esta expulsión hacia zonas marginales de estas poblaciones campesinas está el origen de la propagación de terribles enfermedades, como el ébola, que actualmente experimenta un rebrote peligroso en determinados países africanos. Al ser desplazadas de su hábitat originario, estas poblaciones entran en contacto con alimentos desconocidos para ellas, al tener que buscarlos en zonas tropicales. Cuando no los encuentran, se ven obligadas a comer pequeños roedores, monos y murciélagos. Los acuíferos están siendo también invadidos por el gran capital transnacional. Varios multimillonarios, grandes bancos de Wall Street y determinadas empresas están haciéndose con el control sobre el agua de todo el planeta. Están adquiriendo miles de hectáreas de tierras con acuíferos, lagos, humedales, etc., incluyendo los derechos sobre el agua, los servicios sanitarios y las acciones en empresas de tecnología e ingeniería del agua de todo el mundo. Al no existir una filosofía política sobre el agua que la entienda como un bien común universal, estos grandes magnates obtienen cada vez un mayor control privado sobre este recurso natural absolutamente imprescindible. Ni que decir tiene que estas grandes empresas y sus dirigentes son quienes colaboran con las élites corruptas y los regímenes autoritarios de África, que reprimen las revueltas sociales de sus poblaciones cuando éstas se organizan para protestar por la deriva suicida que están tomando. Bajo la complicidad y control de las potencias occidentales, casi todas esas protestas populares culminan en Golpes de Estado, derrocamiento de gobiernos, confusas guerras civiles, tribales o religiosas, que desestructuran los poderes de dichos países, y contribuyen a crear Estados fallidos (como en los recientes casos de Libia, Egipto, Siria...). Todas estas tramas y quienes las organizan son también mafias. El concepto de "mafia", por tanto, ha de ser repensado, y situado en su justa dimensión. Mafia es hoy día el conjunto de potencias occidentales y sus complejos militares, industriales y tecnológicos, bajo la complicidad última de las entidades bancarias que los financian, y que contribuyen a hacer del mundo pobre su particular cortijo. 

 

¿Y qué hace el mundo "rico" cuando esos pobres del otro mundo intentan llegar a sus fronteras? Criminalizarlos, y hacer su vida imposible. El actual magnate dirigente de Estados Unidos, Donald Trump, ha amenazado directamente a sus países centroamericanos vecinos (México y Guatemala) con subir sus aranceles comerciales, si no son capaces de controlar sus flujos migratorios hacia el gigante estadounidense. Por su parte, las políticas infames de la Unión Europea consisten en la retención y en tener atrapados a miles de refugiados en campos de concentración en Grecia, Turquía o Libia, para que nadie llegue a nuestras fronteras. El gobierno español mantiene convenios bilaterales con Marruecos para aceptar devoluciones "en caliente", una práctica absolutamente ilegal y deleznable. Mientras, se va normalizando el terrible discurso político de la ultraderecha, que considera a todo extranjero como una amenaza, y aboga por endurecer los controles en las fronteras, y acelerar la expulsión de miles de migrantes irregulares. El racismo y la xenofobia se palpan cada vez más, tamizados por estos mensajes de organizaciones claramente supremacistas. El dogma de la "identidad cultural" se extiende como la pólvora. Falaces mantras se normalizan, como que "una nación sin fronteras deja de ser nación". La criminal Europa fortaleza se refuerza en sus discursos y en sus políticas. Mario Hernández, en su Ponencia "Una visión policíaca de la inmigración", presentada en las XXIV Jornadas de Estudios Migratorios que se realizaron en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Santiago de Chile en agosto de 2017, afirma: "Hay un récord de 65 millones de desplazados forzados en el mundo de hoy. Esto es aproximadamente 1 de cada 113 personas. La ONU describe nuestra era como una "de desplazamiento masivo sin precedentes". Esta cifra solo incluye refugiados y personas desplazadas internamente por conflictos armados. Crecerían aún más si fueran incluidas las personas desplazadas por la pobreza, o por desastres "naturales" tales como sequías, tormentas y desertificaciones".

 

Y añade: "Un estudio realizado en 2008 por investigadores del Centro de Estudios sobre Refugiados de la Universidad de Oxford encontró cifras de 24-30 millones de desplazados ambientales hoy en día, proyectándose a 200 millones o más al año 2050. Esto significa que los migrantes ambientales ya son cerca de la mitad de aquéllos desplazados por la guerra (aunque estas categorías se sobreponen); y podrían llegar a triplicar la cantidad actual, que es el récord de desplazados en tres décadas. Con estas cifras, si la población mundial llega a 10 billones en el 2050, 1 de cada 50 personas sería un migrante ambiental". Los efectos del cambio climático, que a todas luces supone una amenaza civilizatoria global, obligará a un crecimiento del número de desplazados ambientales. Si las políticas de fronteras no cambian, en un mundo en declive planetario y sin posibilidad de movimiento ni refugio real, el número de personas que mueren en el Mediterráneo hoy día podría llegar a ser ridículo comparado con los desplazados ambientales que se avecinan. Bajo argumentos moralmente repugnantes como el de la "invasión" que estamos sufriendo, o de la amenaza a "nuestros valores" que los migrantes representan, o a que nuestro país "está lleno" (como afirmó indecentemente Trump), se legitiman todas estas políticas fallidas, racistas, ilegales y aberrantes. Y así, los solicitantes de asilo han sido tachados de "criminales", de "violadores", de ser portadores de enfermedades terminales, de ser terroristas, de querer vivir de los servicios públicos del país de acogida, o de querer implantar sus radicales visiones religiosas, entre otras barbaridades. "El efecto de estas calumnias es la deshumanización de los refugiados, que allana el camino para excluirlos de la categoría de legítimos poseedores de derechos humanos" (Mario Hernández). Precisamente, toda esta injusta cosmovisión hacia el migrante es la responsable de desplazar el problema de las migraciones del ámbito ético al de la seguridad, la delincuencia, la criminalidad y la defensa del orden público, relacionadas con la supuesta "amenaza" que la llegada de migrantes supone. Vivimos una época de descarado "imperialismo fronterizo", que legitima y despliega las más horribles prácticas hacia este fenómeno. 

 

Según Harsha Walia, "El imperialismo fronterizo puede ser entendido como la creación y reproducción de desplazamientos globales masivos y de las condiciones necesarias para la precariedad legalizada de los migrantes, quienes son inscritos por la violencia racial y de género del imperio, como también por la segregación capitalista y la segmentación diferencial del trabajo". El desplazamiento se provoca por motivos económicos o conflictos armados de forma directa, o de forma indirecta por el saqueo y expolio de recursos naturales, que dejan sin oportunidades vitales a los habitantes de los países de origen. Si a todo ello le sumamos el caos climático generado por la globalización capitalista, ya tenemos el cóctel explosivo al completo. Los estudiosos del clima afirman que amplias áreas de Oriente Medio y del norte de África serán inhabitables a mediados de este siglo, y muchas de las 500 millones de personas que viven allí podrían verse obligadas a migrar. Mario Hernández también aporta el dato de que el lago Chad, frontera natural entre Níger, Nigeria, Camerún y Chad, en medio siglo ha perdido cerca del 85% de su superficie, un drama para los más de 22 millones de personas que viven en su cuenca. La sequía, las hambrunas y las epidemias golpean también en Mauritania, Mali y Somalia, causando un éxodo incesante hacia los campamentos de refugiados, y para los más atrevidos y/o desesperados, hacia la ilusión de una nueva vida en Europa. Pero nuestra vieja Europa los desprecia. Ningún país hace gala de una política de fronteras mínimamente digna. Italia endurece cada día su discurso, pero quizá la situación más alarmante se da en los países del Este europeo: Polonia, República Checa, Eslovaquia, Bulgaria y particularmente Hungría. Allí, el Parlamento aprobó una ley que permitirá al gobierno del nacionalista Viktor Orban encarcelar a todos los demandantes de asilo, incluyendo a los menores. Cualquiera que intente entrar en Hungría para solicitar asilo será encerrado en la frontera en contenedores metálicos rodeados de alambres de púas hasta que su solicitud sea estudiada. Orban ha declarado ya el "Estado de sitio" (para el país que menos refugiados recibe, 345 durante 2017), y entre otras perlas, ha declarado que los migrantes son "veneno". El panorama es, pues, angustioso y repugnante. Continuaremos en siguientes entregas.

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28 julio 2019 7 28 /07 /julio /2019 23:00
Viñeta: Moro

Viñeta: Moro

Es evidente que debemos desviarnos del sendero que nos condujo a la encrucijada histórica en que nos encontramos, reconocer que continuar alimentando el desarrollo económico con combustibles fósiles es una fórmula letal propia de un suicidio colectivo planetario, que la urgente transformación en la matriz energética mundial exige el despliegue masivo de fuentes alternas de energía libre de emisiones de carbono, y que las transformaciones económicas y energéticas requeridas deben realizarse en los próximos 20 años sin condenar a la mayoría de la población mundial, localizada en los países en desarrollo, a mantenerse sumergida en la pobreza y la dependencia

Julio César Centeno

En nuestro último artículo ya introducíamos el pensamiento de algunos autores que han expuesto su versión sobre una ética extendida a todos los seres vivientes, tal como Albert Schweitzer. Citaremos a continuación un pasaje donde se recoge perfectamente su filosofía de "veneración por la vida": "La verdadera filosofía ha de comenzar con los hechos más inmediatos y comprensivos de la conciencia. Y esto se puede formular de la siguiente forma: "Yo soy vida que desea vivir, y existo en medio de la vida que desea vivir"...Como en mi propio deseo de vivir hay ansia de más vida, y de esa misteriosa exaltación de la voluntad que se denomina placer, y terror frente a aniquilación y esa herida en el deseo de vivir que se denomina dolor; lo mismo se obtiene en todo el deseo de vivir que me rodea, bien si se expresa para mi comprensión, o bien si permanece en silencio. Por tanto, la ética consiste en esto, que yo experimente la necesidad de practicar la misma veneración por la vida hacia todo deseo de vivir, que hacia la mía propia. De ahí que ya tenga el fundamental y necesario principio de moralidad. Es bueno mantener y amar la vida; es malo destruirla y detenerla. Un hombre es realmente ético sólo cuando obedece a la turbación que se le presenta para ayudar a toda vida que es capaz de auxiliar, y cuando se desvía para evitar dañar a algo viviente. Él no pregunta hasta qué punto ésta o aquélla vida merecen comprensión como valiosa en sí misma, ni tampoco hasta qué punto es capaz de sentir. Para él, la vida como tal es sagrada. No rompe en pedazos el cristal que se refleja en el sol, no arranca una hoja de su árbol, no rompe una flor, y tiene cuidado de no aplastar a ningún insecto al andar. Si trabaja a la luz de una lámpara en una noche de verano, prefiere mantener la ventana cerrada y respirar aire sofocante, antes que ver cómo caen en su mesa un insecto tras otro con las alas hundidas y chamuscadas". Por supuesto, hemos de extraer todo el lenguaje metafórico que estos autores utilizan (tan propio por otra parte de la filosofía Zen oriental). Ya sabemos, por ejemplo, que las plantas no pueden experimentar "ansia", "exaltación", "placer" o "terror", pero sí sabemos que, aun no poseyendo conciencia, reaccionan ante determinados estímulos. Es así como debemos entender estas cuestiones. 

 

Todas estas consideraciones nos introducen en la corriente que podríamos denominar "Ecología profunda", cuyo pionero puede ser considerado el ecologista norteamericano Aldo Leopold, quien hace más de medio siglo ya escribió que existía la necesidad de una "nueva ética, que tratara las relaciones del hombre con la tierra y los animales y las plantas que crecen en ella". Esta "ética de la tierra" que Leopold propuso extendería "los límites de la comunidad hasta incluir suelos, aguas, plantas y animales, o, de forma colectiva, la tierra". El incremento de la preocupación por la Ecología a principios de los años 70 del siglo pasado condujo a un resurgimiento del interés por este tema, y a su inclusión en los objetivos políticos de muchas formaciones, así como al desarrollo de ONG de tipo ecologista y animalista. El filósofo noruego Arne Naess escribió un breve pero influyente artículo en el cual distinguía entre extremos "profundo" y "superficial" dentro del movimiento ecologista. La forma de pensar ecológica superficial se limitaba al marco de la moral tradicional; los que pensaban de esta manera luchaban por evitar la contaminación de ríos, mares y océanos, y apostaban por la conservación de la naturaleza. Los ecologistas profundos, por su parte, querían conservar la integridad de la biosfera por su propio bien, sin tener en cuenta los posibles beneficios que los seres humanos podrían conseguir al adoptar esta actitud. Y así, mientras que la veneración por la ética de la vida pone el énfasis en los organismos vivientes individuales, las propuestas por una ética ecológica profunda tienden a tomar la naturaleza en su conjunto como objeto de valor en sí misma: especies, sistemas ecológicos, incluso la biosfera en su conjunto. Leopold resumió las bases de su nueva ética de la tierra de la siguiente forma: "Una cosa está bien cuando tiende a conservar la integridad, estabilidad y belleza de la comunidad biótica. Está mal cuando tiende en sentido contrario". 

 

En un documento conjunto fechado en 1984, Arne Naess y George Sessions (un filósofo norteamericano involucrado en el movimiento ecológico profundo) establecieron los principios generales para una ética ecológica profunda, que podrían ser los siguientes:

 

1.- El bienestar y la prosperidad de la vida humana y no humana sobre la Tierra tienen valor en sí mismos (es decir, valor intrínseco, valor inherente). Y estos valores son independientes de la utilidad del mundo no humano para los fines humanos. Es decir, el valor de los ecosistemas naturales es independiente de la (posible) utilidad que puedan prestarnos.

 

2.- La riqueza y diversidad de formas de vida (biodiversidad) contribuyen a la realización de estos valores y también son valores en sí mismos. Este principio nos insta, lógicamente, a preservar éticamente la biodiversidad como un bien en sí misma. 

 

3.- Los seres humanos no tienen derecho a reducir esta riqueza y diversidad a menos que sea para satisfacer necesidades perentorias y vitales. Pero como sabemos, el capitalismo lleva esquilmando, especialmente durante las últimas décadas, grandes porciones naturales del planeta, conduciendo a la extinción de miles de especies de plantas y animales. 

 

Como podemos comprobar, estos principios pueden tomarse como base para justificar una ética del medio ambiente y la naturaleza que figure jurídicamente como sujeto de derechos al más alto nivel. Y aunque estos principios se refieren sólo a la vida, en el documento referido Naess y Sessions afirman que la ecología profunda utiliza el término "biosfera" de una manera más global, para referirse también a las cosas no vivientes tales como ríos (cuencas), montañas, paisajes y ecosistemas. Por su parte y en la misma línea, dos australianos que trabajan en la tendencia profunda de la ética medio ambiental, como son Richard Sylvan y Val Plumwood, también extienden su ética más allá de los seres vivientes, incluyendo en ella la obligación de "no poner en peligro el bienestar de los objetos o sistemas naturales sin un buen motivo". Como vimos en la anterior entrega, Paul Taylor nos insta a estar dispuestos no solo a respetar toda cosa viviente, sino a dar el mismo valor a la vida de toda cosa viviente que damos a la nuestra. Y en su libro "Deep Ecology", Bill Devall y George Sessions defienden una forma de lo que pudiéramos llamar "igualitarismo biocéntrico". Retomamos sus palabras: "La intuición de la igualdad biocéntrica consiste en que todas las cosas de la biosfera tienen igual derecho a vivir, a florecer y a alcanzar sus propias formas individuales de desdoblamiento y autorrealización dentro de la mayor Autorrealización. Esta intuición básica consiste en que todos los organismos y entidades de la ecosfera, como partes de un todo interrelacionado, tienen igual valor intrínseco". No obstante, aún podríamos arguir objeciones en torno al derecho a vivir, a crecer o a florecer, si comparamos seres individuales, por ejemplo podría parecernos lógico que los derechos de un gorila estuvieran por encima de los de un árbol. Por tanto, debemos entender que el mensaje que la ética ecológica profunda nos transmite radica más en comprender y asimilar que todo ser viviente juega un papel en un ecosistema del cual todos dependen para su supervivencia. Es en esencia la misma ecodependencia que el ecofeminismo reclama, y que el ecosocialismo predica, y que también nos reclama el Buen Vivir. Continuaremos en siguientes entregas.

 

Fuente de Referencia: "Ética Práctica" (Peter Singer)

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25 julio 2019 4 25 /07 /julio /2019 23:00
Imagen: Portada del Informe del mismo título de Ecologistas en Acción

Imagen: Portada del Informe del mismo título de Ecologistas en Acción

Nos enfrentamos a grandes retos en el futuro, en la perspectiva de una etapa en la que los combustibles fósiles comienzan a agotarse y a encarecerse, es necesaria una transición energética hacia tecnologías de producción eléctrica basadas en fuentes renovables. Dicha transición es necesaria en términos económicos, medioambientales y en términos de soberanía nacional debido a nuestra extrema dependencia de los mercados internacionales de combustibles fósiles. El oligopolio privado y capitalista ya ha demostrado su ineficiencia en la gestión del sector y su falta de voluntad en dar pasos hacia una revolución en las tecnologías de producción eléctrica

David Pineda

Precisamente vamos a basarnos a continuación en el Informe de Ecologistas en Acción cuya portada hemos añadido como imagen de entradilla, en primer lugar a través de un doble artículo de Cecilia Sánchez, miembro de dicha organización, aparecido en el medio El Salto Diario. Desde hace varias entregas atrás venimos insistiendo (porque pensamos que es una condición nuclear y básica para solucionar el problema de la pobreza energética) en la necesidad imperiosa de declarar el derecho a la energía como derecho humano fundamental. Este enfoque es esencial para producir los cambios necesarios, ya que "analizar la pobreza energética desde un enfoque de derechos humanos permite poner el foco no en las carencias y las necesidades de las personas que la padecen para que el Estado las satisfaga, sino en los resultados de las medidas adoptadas por los titulares de las obligaciones de respetar, proteger y garantizar los derechos esenciales de las personas. Se trata de garantizar tales derechos de tal forma que en caso de no cumplir con el mandato puedan ser reclamados jurídicamente por sus titulares" (Cecilia Sánchez). En efecto, el cambio que provocamos es abismal si lo enfocamos de esta forma. Pondremos un ejemplo: extrapolado al ámbito de la Renta Básica Universal (RBU, de la que hemos dado amplia cuenta en el anterior bloque temático), es justo la misma diferencia que existe entre ésta y los múltiples subsidios condicionados para pobres que existen por los diferentes territorios. Es decir, mientras que para que se conceda un subsidio de este tipo las personas han de pelearse con las Administraciones Públicas para demostrar su pobreza, la RBU asume esta renta como un derecho de ciudadanía, y lo integra sin más en su catálogo de servicios y derechos públicos y universales. Igual ocurre con la energía: si conseguimos que actúe a nivel de derecho humano fundamental, el suministro estará garantizado, ya seamos los más ricos o los más pobres de la sociedad. Lo que ocurre es que hasta ahora, debido a la ola de neoliberalismo desatada desde la década de los años 80 del pasado siglo, los Estados han sido bastante reticentes a recoger en sus ordenamientos jurídicos unos derechos que implican obligaciones exigibles por la ciudadanía.

 

Pero en muchos casos llegamos a contradicciones absurdas, pues por ejemplo, sin derecho a una vivienda digna difícilmente se pueden lograr las libertades que propugna el primer gran catálogo de derechos humanos, por ejemplo el derecho a la intimidad. En entregas anteriores hemos explicado la fundamentación teórica que la Constitución CE1978, los marcos normativos y tratados internacionales y la propia Unión Europea ofrecen para enmarcar ahí el reconocimiento de la energía como un derecho humano fundamental. ¿Por qué no se hace efectivo, pues? Pues por la misma razón de siempre: falta de voluntad política. Y por tanto venimos a desembocar donde siempre: arquitectura de la desigualdad. Una arquitectura social, política, económica y cultural al servicio del incremento de las desigualdades prima en nuestro país y en la inmensa mayoría de los países del planeta, es decir, y volvemos a recalcar por enésima vez, no es una desigualdad natural, no es una desigualdad espontánea, no es una desigualdad improvisada, no es una desigualdad imposible de desmontar: es una desigualdad fabricada, potenciada, exaltada y preservada por las grandes élites que nos gobiernan, por las propias directrices del neoliberalismo como doctrina casi de fe política, y una desigualdad proyectada y perpetuada, al menos mientras no tengamos el honor de ser gobernados por personas honradas, justas, humanas y valientes. Si el derecho a la energía se reconociera como derecho humano fundamental, ello implicaría, de entrada, que deberían existir agencias públicas encargadas de su suministro de forma universal e incondicional, y claro, eso haría perder muchos enteros de valor en bolsa para miles de accionistas que hoy día engordan sus bolsillos por el incremento del poder que todas estas empresas privadas poseen. De hecho, podemos afirmar que el sector eléctrico en nuestro país es un claro paradigma del control capitalista sobre un sector de producción estratégico. Siguiendo a David Pineda en este artículo para la versión electrónica de Mundo Obrero, hay que resaltar que la Exposición de Motivos de la Ley 54/1997 mostraba ya en dicha época la voluntad de que el Estado se inhibiera de la intervención en un sector estratégico como el energético. 

 

Dicha evolución ha ido in crescendo, de tal forma que hoy día el Estado ha perdido completamente su capacidad de intervención pública en este sector, y ya no es capaz de garantizar el suministro eléctrico a una parte de la población. Es justo lo que ocurre cuando la gestión y materialización de los derechos se transfieren a empresas privadas: dejan de ser universales, y comienzan a primar los beneficios privados sobre los intereses públicos. Bajo ese falaz disfraz de la "liberalización", se esconde un peligroso monstruo que la propaganda capitalista nos vende como algo muy bueno y positivo, abriendo el servicio a la competencia del mercado (lo cual tampoco es cierto, ya que lo que tenemos en realidad es un oligopolio), abaratándolo y mejorando la eficiencia. El dogma neoliberal pone mucho empeño en que nos creamos todas estas patrañas, y como dispone de un aparato de propaganda tan poderoso, al final, si no lo contrarrestamos, cala en la mentalidad de las mayorías sociales, y acaba por imponerse. Pero como estamos demostrando, la realidad es muy distinta: lo que ha ocurrido es que el suministro ha dejado de ser universal, ha perdido calidad, los precios de la electricidad han aumentado escandalosamente para aumentar la riqueza de unos pocos, y además se ha reducido personal, oficinas y servicios, contribuyendo al desempleo y a la precarización laboral. Toda una transferencia de fondos desde el sector público al privado, contribuyendo a socializar las pérdidas y a privatizar las ganancias. Es la misma ecuación neoliberal que se aplica a cualquier sector que sufra este proceso. Lo que hay que hacer, por tanto, para desmontar esta peligrosa deriva y revertir esta arquitectura de la desigualdad, es volver a recuperar la concepción de servicio público en el sector, lo que implica luchar por consolidar un modelo de Estado que garantice una vida digna para el conjunto de la población, y ello pasa por impedir categóricamente los cortes de suministro eléctrico para todas aquéllas personas y familias que no puedan hacer frente a las costosas facturas de este perverso oligopolio. Pero además, nuestro Estado ni siquiera tiene participación en ninguna de estas empresas, pero en cambio sí están participados otros Estados extranjeros, como el italiano, el Qatarí, el noruego, el argelino, y varias empresas estadounidenses. Al contrario de lo que ocurre en Alemania, Francia o Italia, España carece de capacidad de intervención sobre las grandes compañías eléctricas. 

 

Hace falta voluntad política para acabar de una vez con la pobreza energética. Para ello, las medidas principales son bien sencillas, y se podrían resumir en las siguientes: 1) Prohibición de los cortes de suministros básicos a hogares en situación de vulnerabilidad. 2) Recuperar los 3.500 millones de euros que deben las compañías eléctricas al Estado y al pueblo español, a causa del montaje del llamado "déficit tarifario". 3) Prohibición de las puertas giratorias, para que los Ministros dejen de ser comisionistas de las grandes eléctricas, construyendo sus políticas como un sistema de favores y privilegios. 4) Auditar los costes de la electricidad y acabar con los abusos tarifarios. Medida ésta última que implica intervenir públicamente el mercado energético, que quizá es el desafío más importante que tenemos en esta materia. Porque de hecho, todas esas medidas podrían confluir en una sola, que no es otra que nacionalizar las compañías eléctricas con mayoría de capital público, para que sean devueltas al patrimonio social, como bien común, público y de todos, del conjunto de la ciudadanía, indemnizando únicamente a los pequeños accionistas en dicha operación. Ni que decir tiene que la vuelta de las compañías eléctricas al control público y a propiedad social no sólo acabaría con las prácticas aberrantes que dichas empresas llevan a cabo hoy día, que contribuyen a profundizar las brechas y desigualdades sociales, sino que además llevaría al campo energético (uno de los derechos humanos básicos) la justicia social. Mientras esto no se lleve a cabo, continuará la pobreza energética, continuará la arquitectura de la desigualdad, continuarán las subidas de la luz, continuarán los escandalosos sueldos de los directivos de estas compañías, continuarán las puertas giratorias facilitando a los políticos retiros de oro (después de haber favorecido los intereses de estas grandes transnacionales), y continuará el mercado eléctrico desbocado. Nos seguirán diciendo que la culpa la tienen la sequía, el clima, el precio del petróleo, la transición ecológica, los costes de la producción y distribución, los impuestos, y un largo etcétera de excusas y pretextos para ocultar la realidad. Y la verdad es que este suministro no puede estar al arbitrio de intereses privados, sino del control y garantía universales de un servicio público, en correspondencia con un derecho humano fundamental.

 

Y mientras, como nos cuenta Javier Ginsanz en el Blog "Economía a lo claro", las subidas mensuales e interanuales son constantes. Javier Ginsanz nos explica muy bien en su artículo las características de este mercado "de locos", donde cada tipo de electricidad se ofrece a su precio y a cada hora del día se fija un precio que es el de la electricidad más cara. Todo una tómbola eléctrica al servicio de los más poderosos, un sistema demencial y absolutamente antidemocrático para un bien de primera necesidad. Un negocio redondo y miserable, donde los gestores de estas empresas privadas y sus accionistas aumentan sus beneficios con la precariedad y el sufrimiento de las clases populares. Javier Ginsanz nos pone un símil muy ilustrativo en su artículo: "Es como si compráramos carne picada hecha con pollo, cerdo, ternera y chuletón y la pagáramos a precio de chuletón". Y añade que, según la estimación del experto Jorge Fabra, los españoles hemos pagado 20.000 millones de euros de más a las eléctricas, solo entre 2005 y 2015, debido a este injustificable sistema de precios. La existencia de este oligopolio, además, incentiva el fraude, como se ha podido comprobar en diversas multas impuestas a estas compañías durante los últimos años por acordar entre ellas sistemas de precios y anular así la competencia. Son empresas que están acostumbradas a manipular el mercado en su beneficio, y a diseñar mil maniobras para obtener mayores beneficios a costa de los sufridos "consumidores". Además, este oligopolio produce una energía muy contaminante. Es llamativo, en este sentido, que las cinco grandes eléctricas (Endesa, Naturgy, Iberdrola, EDP y Viesgo) fueran responsables de la emisión del 17% de todos los gases de efecto invernadero (GEI) emitidos en España durante 2016, según el Observatorio de la Sostenibilidad. Un mercado que obedece a oscuros algoritmos, poco transparente y sujeto a factores descontrolados se podría aplicar a un bien de lujo, pero jamás sería lícito aplicarlo a un suministro básico y fundamental para la vida de las personas. Por si todo ello fuera poco, hasta un 40% de la factura eléctrica refleja una serie de costes que nada tienen que ver con el coste directo de producir la electricidad y suministrarla, y que sólo sirven para engordar aún más los beneficios de estas grandes compañías. Continuaremos en siguientes entregas.

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24 julio 2019 3 24 /07 /julio /2019 11:22
Viñeta: Eneko

Viñeta: Eneko

Solo una transformación de esta sociedad en la que los explotados y oprimidos tomemos las riendas, dará un mundo en el que la guerra no será un negocio, el saqueo económico del Imperialismo no será sustento del sistema y miles de personas dejen de perder su vida en el mar, buscando una vida mejor que no llega

Lucía Nistal

La hipocresía gubernamental e institucional en el asunto de los migrantes no tiene límites, y no se cansa de verter argumentos absurdos e indecentes para intentar justificar sus cínicas y aberrantes posturas. Todos los lectores y lectoras recordarán, porque además lo continúan usando, el clásico argumento del mal llamado "efecto llamada". Según este perverso argumento, no debemos facilitar mucho la vida a las personas (pobres) que intentan llegar a nuestro país, porque de lo contrario, se producirá un peligroso efecto llamada, mediante el cual las llegadas se multiplicarán y seremos víctimas de una invasión. Pero pensemos por un momento en la conexión lógica de la afirmación "salvar vidas provoca un efecto llamada". Esta afirmación ni siquiera se preocupa de si salvar vidas o no es un deber moral, o una obligación en derecho internacional. Pongamos otro ejemplo más cercano a nuestra vida cotidiana: un atropello en una calle, que deja a una persona mal herida y un conductor o conductora fugado/a. Pues bien, por omitir el deber de socorro, a una persona la pueden meter en la cárcel, simplemente porque lo entendemos como un delito. Extrapolado al ámbito que nos ocupa, son los Estados los que están omitiendo el socorro, y por tanto cometiendo el mismo delito. ¿Puede existir más hipocresía? ¿Quién reprende al Estado? ¿Puede encarcelarse a un Estado? ¿No existe ninguna justicia internacional que juzgue a dicho Estado y lo condene? Pero claro, son simplemente "ahogados de tercera", por utilizar la expresión de David Torres en este artículo para el digital Rebelion. Y en su empeño por aliviar sus respectivas conciencias, los países europeos cierras las rutas migratorias más seguras, y deja únicamente las más arriesgadas. Es como aquélla brutal zancadilla que pusiera una indecente periodista a un refugiado que con su hijo en brazos intentaba seguir corriendo, avanzando hasta alcanzar su meta, un mundo mejor para él y su familia. ¿A qué nos referimos con "rutas legales"? Simplemente, a activar los protocolos del derecho internacional, lo que se traduce en ejercer el derecho a solicitar asilo en las embajadas y consulados europeos situados en los países de origen o de tránsito de las personas que migran, tal como propone Olga Rodríguez en este artículo para el medio El Periodico, que tomamos como referencia

 

Expone Olga Rodríguez: "Muchas de las personas que llegan a nuestro continente desde Oriente Próximo pagan hasta 5.000 euros a las mafias para cruzar un mar y seis fronteras. Es decir, tienen dinero suficiente para comprar un billete de avión que les trasladaría a cualquier país europeo sin necesidad de poner en peligro su vida". Pero la realidad es tozuda: como aquí no queremos pobres, lo que intentamos es hacerles la vida imposible por todos los medios a nuestro alcance. Aplicado al caso, resulta que la Unión Europea apenas otorga visados de entrada desde el país de origen a personas que escapan de la guerra o de la persecución. ¿Haría igual para un rico turista chino, americano o brasileño? La UE prefiere condenar a inocentes (potenciales) refugiados a tener que atravesar rutas clandestinas, a pesar penurias y ser objeto de estafa y abuso, y a correr un riesgo elevado para sus vidas. Claro, seguro que pensarán: "...¡No vaya a haber un efecto llamada y se nos llene esto de indeseables!". Ellos, nuestros líderes y gobernantes son los indeseables, esos impertérritos dirigentes de las instituciones europeas, esos racistas gobernantes de países mediterráneos, esos fascistas que "temen" por su cruel civilización. Y así, han llegado al límite de degradación moral en que las vidas humanas no importan, y lo que quieren es simplemente ocultarlas, acallarlas, alejarlas del foco mediático. Incapaces de desplegar un mínimo de humanidad, asistimos al cuentagotas diario de muertes, naufragios, insolidaridades y aberraciones que nuestro "mundo civilizado" dedica a ese otro mundo pobre, oprimido y violentado. Pero la tragedia hoy día ha llegado a límites irrespirables. La desvergüenza ha llegado incluso a la criminalización de las ONG, a quienes se les acusa de ser cómplices de las mafias que trafican con personas. Todo un panorama indignante y demencial, propio de sociedades absolutamente descompuestas y deshumanizadas. Las vidas humanas ya no valen nada. Y ni siquiera lo disimulan. 

 

Es correcta la lucha contra las mafias, por supuesto, al igual que la lucha contra cualquier forma del crimen organizado. Pero aquí no estamos hablando de eso. La gestión migratoria no puede plantearse en términos tan deleznables. La lucha contra las mafias no es suficiente, y lo que es más importante, no disminuye la tragedia humanitaria que vivimos día a día. Cada vez, embarcaciones más inestables, repletas y peligrosas surcan el Mediterráneo, y cuando estas barcazas vuelcan, no siempre encuentran ayuda. Europa se ha convertido en toda una fortaleza inexpugnable, inalcanzable e inaccesible para cientos de miles de personas, víctimas de la barbarie imperialista y colonialista a la que los sometemos. Otra política de fronteras es necesaria, donde primen la humanidad, la solidaridad, la protección, la búsqueda, el rescate, el asilo, la integración, el interculturalismo, y sobre todo, el olvido de la política belicista, agresora y devastadora, inspiradora de los imperios europeos y del imperio estadounidense. Imperios que desean las riquezas de estos países, pero no a sus habitantes. Imperios que saquean los recursos naturales de estos países, pero someten, explotan y marginan a sus habitantes. Imperios que sólo escuchan al gran capital transnacional, responsable último del saqueo al que se somete a estos países y a sus pueblos. Es la dictadura del capital la que, como bien afirma Cecilia Zamudio en este artículo para el digital Rebelion, obliga a estas personas a emprender los terribles periplos en busca de una vida digna. ¿Es que nos hemos vuelto tan egoístas, tan indecentes, tan cínicos y tan inhumanos que ante el hambre, ante la pobreza, ante las guerras y ante el aumento de fenómenos climáticos extremos sólo nos preocupan las fronteras? ¿De verdad pensamos eso? ¿Es que ante tanto éxodo masivo de personas que solo intentan buscar una vida mínimamente digna solo nos preocupa impedir que llegue más gente? El Sol no puede ser tapado con un dedo. Basta con que nos inclinemos levemente para que el dedo sea ignorado, y se nos presente la verdad inapelable y gigantesca del astro. Con nuestra política de fronteras pasa igual: los actuales líderes políticos intentan continuamente tapar el problema, tapar la inmensa realidad de las migraciones y sus motivos con su dedo, con el dedo de la ignorancia, de la perversión, de la insolidaridad y de la barbarie. Sólo tenemos que movernos un poquito, reflexionar por un instante, y comprender la inmensa verdad que se nos ofrece. Tan solo así seremos capaces de ver el problema, de comprenderlo en toda su dimensión, y de diseñar las políticas oportunas, justas y humanas. 

 

Pero es fundamental también, ya lo hemos dicho, no sólo abandonar las políticas hostiles, de saqueo, intervención y colonialismo en los países de origen, sino también fomentar allí, con sus propios recursos y para sus propios habitantes, modelos de sociedad y de economía más resilientes, que aprovechen sus recursos y sus modos de vida, y que se conviertan en soluciones rentables y garantistas. Como argumenta Baher Kamal en este artículo para el medio IPS, un elemento fundamental para comprender la realidad social en estos países es que la principal fuente de ingresos de las 3/4 partes de las personas que viven en la extrema pobreza es la agricultura y demás actividades rurales. Tenemos referencias de otras experiencias, como las de la Fundación Vicente Ferrer en la India, donde han fomentado la creación de condiciones para que sea la propia población rural, y en especial los jóvenes y las mujeres, las que permanezcan en su entorno generando formas de ganarse la vida más duraderas y estables, creando microhuertos, explotaciones locales y otros modelos agrarios, a través de microcréditos sociales para estas comunidades. Por otra parte, una solución clave es también invertir en seguridad alimentaria y en desarrollo rural, y así hacer frente de forma justa a las causas que obligan a estas personas a migrar. Todas ellas son soluciones sostenibles, respetuosas con el medio ambiente, y que además generan oportunidades de vida y trabajo para sus poblaciones. El desafío, por tanto, y donde hay que poner todas las energías y los medios disponibles, consiste en hacer frente a los factores estructurales de los grandes movimientos migratorios, y crear oportunidades de vida sostenibles, para que estas personas no sientan la necesidad de abandonar sus países en busca de una vida mejor. Sus lugares de origen ya son lo suficientemente ricos como para ser explotados por ellos mismos, y nuestra Ayuda al Desarrollo y a la Cooperación Internacional deberá no sólo asistirles en la creación y mantenimiento de estos proyectos, sino también en dotar al tejido social de los suficientes apoyos e instituciones (colegios, universidades, agrupaciones locales de representantes, etc.). En una palabra, ayudar a convertir a sus países de origen en países con futuro, y no únicamente en zonas salvajes y explotables, olvidándose de las personas que viven allí. 

 

Pero todo esto que proponemos no se puede hacer en un contexto de guerra. Los conflictos armados han sido la principal fuente, hasta ahora, junto con los fenómenos climáticos, de éxodos masivos de población. No podemos seguir contribuyendo a ellos. Y esto exige ser absolutamente respetuosos con la soberanía de estos países, con sus democracias, con sus decisiones, y con sus posibilidades de autonomía y libertad para organizar sus propios sistemas políticos y sociales. No podemos ejercer ese brutal paternalismo, embrutecedor y egoísta, que ha actuado destruyendo estos países cada vez que sus habitantes han elegido a un representante digno, que haya intentado proclamar y hacer respetar su soberanía. En una palabra, si pretendemos reducir los fenómenos migratorios, la solución está en nuestras manos: este mundo occidental, "rico y libre" (como nosotros mismos nos definimos, aunque no sea tal), no puede olvidarse de ese otro mundo, pobre y atrasado, pero con gran cantidad de riquezas naturales, animales y humanas. Hay que asegurar su soberanía alimentaria, crear oportunidades vitales para sus habitantes, y dejar de contribuir a sus conflictos bélicos, raciales, tribales o políticos. Pero no sólo eso: también debemos dejar de alimentar la tremenda crisis climática, que acecha con destruir toda forma de vida en nuestro planeta. Y estos países pobres, de donde vienen los migrantes, son los menos preparados para resistirla. No podemos estar contaminando aquí para que lo sufran allí. No podemos estar creando tecnología aquí con los recursos de allí sin una solución equilibrada y justa. No podemos alimentar sus guerras allí para luego decirles que no les queremos aquí. Todos los factores expuestos están interrelacionados: las hambrunas, las sequías, los eventos climáticos extremos, los conflictos armados, los expolios naturales, la falta de oportunidades vitales...Todo ello forma un panorama que vuelve insoportable la vida de millones de personas, y que los empuja a salir de allí. Si también les impedimos que vengan aquí, los estaremos condenando a ser aquéllos "nadie" de los que hablaba Eduardo Galeano, o los "condenados de la tierra", de los que hablara Franz Fannon. No podemos llegar a ser tan viles, tan despreciables y tan inhumanos. La historia, si es que continúa la vida en la tierra, no nos absolverá. Continuaremos en siguientes entregas.

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21 julio 2019 7 21 /07 /julio /2019 23:00
Viñeta: Martirena

Viñeta: Martirena

Las decisiones del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) no son vinculantes para los políticos, quienes además participan de manera activa en el redactado final de los informes, imponiendo sus matices y rebajando el tono para salvaguardar sus propios intereses. Es como si el ladrón participase en el redactado final de su sentencia

José Luis Gallego

En nuestra exposición sobre los puntos principales en los que debe basarse, a nuestro entender, una ética aplicada a la naturaleza, es fundamental plantear si existe también un valor más allá de los seres sensibles. Hemos hablado sobre los derechos del ser humano, de los animales, incluso de la propia naturaleza como sujeto de derechos, pero...¿también debemos valorar de forma intrínseca, es decir, por sí mismos, a los seres no sensibles? Entonces...¿Hasta qué punto se extiende el valor intrínseco? ¿Únicamente a los seres sensibles? ¿Podemos extenderlo más allá del límite de la sensibilidad? ¿Podemos decir que posee valor intrínseco una piedra, una montaña o un arroyo? Para analizar esta cuestión, siguiendo de nuevo a Peter Singer en su tratado de referencia (en el capítulo dedicado al medio ambiente), debemos centrarnos en la noción de "valor intrínseco". Decimos que algo tiene valor intrínseco si es bueno o deseable en sí mismo, lo que contrasta con el "valor instrumental", es decir, valor como medio para alcanzar otro fin o propósito. Nuestra propia felicidad, por ejemplo, podríamos decir que posee valor intrínseco, al menos para la mayoría de nosotros, en el sentido de que la deseamos por sí misma. El dinero, por otra parte, tiene solo un valor instrumental para nosotros. Lo queremos por las cosas que podemos comprar con él, pero si naufragamos en una isla desierta, no lo querríamos para nada (mientras que la felicidad seguiría siendo tan importante para nosotros incluso allí). Pues bien, ahora volvamos a considerar por un momento el tema de anegar el río para construir la presa, ya enunciado en entregas anteriores. Si la decisión se hubiera de tomar sólo sobre la base de los intereses humanos, pondríamos en la balanza los beneficios económicos de la presa para los ciudadanos del Estado, frente a la pérdida que supondría para excursionistas, científicos y otras personas, tanto ahora como en el futuro, que valoran la conservación del río en su estado natural. Ya hemos indicado que como este cálculo incluye a un número indeterminado de generaciones futuras, la pérdida del río salvaje supone un coste mucho mayor del que en un principio podríamos imaginar. 

 

Incluso así, una vez que ampliemos la base de nuestra decisión más allá de los intereses de los seres humanos, tenemos mucho más que poner frente a los beneficios económicos de construir la referida presa. Dentro de los cálculos deben ahora ir también los intereses de todos los animales no humanos que viven en el área que será anegada. Puede que unos pocos sean capaces de emigrar a una zona próxima que resulte adecuada y donde puedan vivir, pero es evidente que la naturaleza no está llena de huecos o espacios libres adecuados, a la espera de nuevos ocupantes. Si existe territorio que pueda mantener a un animal autóctono, lo más probable es que ya esté ocupado. Por tanto, la mayoría de los animales que viven en el área que será inundada se ahogarán, o morirán de hambre. Como éstas no son formas fáciles de morir, al sufrimiento que traen consigo estas muertes no debería dársele menos importancia de la que concederíamos a un sufrimiento equivalente experimentado por un ser humano. Esto aumenta de forma significativa la importancia de las consideraciones y argumentos contra la construcción de la presa. ¿Y qué hay del hecho de que mueran animales, independientemente del sufrimiento que experimentarán al morir? Se puede, sin ser culpable de discriminación arbitraria por motivos de especie (es decir, sin caer en el especismo), considerar la muerte de un animal no humano que no sea persona (queremos decir con ello que no tenga conciencia de sí mismo, autonomía propia y sentido de su pasado y de su futuro) menos importante que la muerte de una persona, puesto que los humanos tienen la capacidad de prever y planear el futuro que no tienen los animales no humanos. Esta diferencia entre causar la muerte a una persona y a un ser que no sea persona no quiere decir que la muerte de un animal que no sea persona debería tratarse como algo sin importancia.

 

Más bien al contrario, debemos considerar la pérdida que la muerte causa en los animales: la pérdida de toda su futura existencia, el desequilibrio provocado en los ecosistemas, la muerte de otros animales que dependen de ellos para subsistir, etc. Si la propuesta de construcción de una presa trajera como consecuencia la inundación de un valle y la muerte de miles, o quizá millones, de criaturas sensibles, a estas muertes se les debería dar una gran importancia, sea cual sea la evaluación de los costes y beneficios que resulten de la construcción de la presa en cuestión. En cambio, si la presa no se construye, se supone que los animales continuarán viviendo en el valle durante cientos o quizá miles de años, experimentando sus placeres y dolores característicos. Pero aún hay más, porque...¿deberíamos también dar importancia no sólo al sufrimiento y a la muerte de animales individuales, sino al hecho de que toda una especie pueda desaparecer? ¿Qué ocurre con la pérdida de árboles que han estado ahí durante miles de años? ¿Cuánta importancia, si tiene alguna, hemos de dar a la conservación de los animales, las especies, los árboles y el ecosistema del valle, independientemente de los intereses que tengan los seres humanos (tanto económicos como científicos o de recreo) en su conservación? Llegados a este punto, nos encontramos con un dilema moral fundamental: un desacuerdo sobre la clase de seres que deben tenerse en cuenta en nuestras consideraciones morales. ¿Debemos extender nuestra ética para llevarla también al terreno de los seres no sensibles? La tradición ética occidental dominante traza la línea de división de la consideración moral alrededor de todas las criaturas sensibles (esto es, que pueden experimentar placer y dolor), pero deja a otros seres vivientes fuera de dicha línea. Anegar los antiguos bosques, la posible extinción de una especie, la destrucción de varios ecosistemas complejos, la obstrucción del mismo río salvaje, y la pérdida de esos desfiladeros rocosos son factores a tener en cuenta sólo en cuanto que afectan de forma negativa a las criaturas sensibles. 

 

Pero...¿es posible una ruptura más radical con la posición tradicional? ¿Podríamos demostrar que todos o algunos de estos aspectos de la inundación del valle tienen valor intrínseco, de manera que hay que tenerlos en cuenta independientemente de sus efectos sobre los seres humanos o los animales no humanos? Extender una ética de forma admisible más allá de los seres sensibles es tarea difícil. Y ello porque una ética basada en los intereses de las criaturas sensibles se encuentra en un terreno familiar, mientras que el otro ámbito, el de los seres no sensibles, no. Nosotros comprendemos fácilmente que las criaturas sensibles tienen necesidades y deseos. Todo el mundo puede imaginarse, por ejemplo, el sufrimiento que puede experimentar un perro que se esté ahogando, y además lo asimila con el sufrimiento que podría experimentar un ser humano ante esa misma situación. Pero en cambio nos cuesta imaginar la misma situación para un árbol cuyas raíces se han inundado. ¿Somos capaces de imaginarnos a ese árbol que agoniza? Una vez que dejamos a un lado los intereses de las criaturas sensibles como nuestra fuente de valores y experiencias, ¿dónde encontramos los valores? O expresado en otros términos: ¿Qué es bueno o malo para las criaturas no sensibles, y por qué importa? Se podría pensar que mientras nos limitemos a las cosas vivientes, la respuesta no es difícil de encontrar. Sabemos por ejemplo lo que es bueno o malo para nuestras plantas del jardín: el agua, el sol y el abono son buenos; el calor o el frío extremos son malos. Lo mismo se puede aplicar para las plantas de cualquier bosque o zona salvaje. Entonces, ¿por qué no considerar su florecimiento como bueno en sí mismo, independientemente de su utilidad para las criaturas sensibles? El problema es que sin intereses conscientes que nos guíen, no tenemos forma de evaluar la importancia relativa que habría que dar al florecimiento de diferentes formas de vida. 

 

Por ejemplo, ¿tiene más valor conservar un pino Huon de dos mil años que una mata de hierba? Podemos imaginar que la mayoría de la gente diría que sí, pero ese criterio parece tener más que ver con nuestros sentimientos de admiración por la edad, tamaño y belleza del árbol, o con la cantidad de tiempo que haría falta para reemplazarlo, que con nuestra percepción de un cierto valor intrínseco en el florecimiento de un árbol viejo, que no tiene una joven mata de hierba. Pero si dejamos de hablar en términos de sensibilidad, la línea divisoria entre los objetos vivientes (sensibles) y los objetos naturales (no sensibles, inanimados) se hace más difícil de defender. ¿Sería realmente peor talar un árbol viejo que destrozar una pequeña estalactita que ha tardado incluso más en crecer? ¿Con qué criterio se podría emitir ese juicio? Los filósofos Zen orientales han incidido y defendido estas ideas en su máxima expresada como "Ser Uno con la Naturaleza", es decir, integrarnos con el resto de seres vivos sintientes y no sintientes, como un todo. De esta forma, ellos explican también los conceptos de paz y violencia, según el grado de integración que tengamos con el resto de seres que existimos. Y por su parte, algunos filósofos occidentales contemporáneos han defendido también una extensión de la ética tradicional aplicada a todas las cosas vivientes. Por ejemplo, pensadores como Albert Schweitzer o Paul Taylor han defendido sus posturas éticas en torno a esta idea. En su libro "Respect for Nature", Paul Taylor afirma que cada ser viviente "busca su propio bien de su propia manera exclusiva". Según Taylor, una vez que entendamos esto, veremos a todos los seres vivientes "como nos vemos a nosotros mismos", y por lo tanto "estaremos preparados para darle el mismo valor a su existencia del que damos a la nuestra". Quizá el problema fundamental es desempolvar nuestro egocentrismo adulto, es decir, dejar de situarnos a nosotros (seres humanos adultos) como el centro del universo, para situar el foco de atención en los demás seres. He especificado "adulto" porque incluso, muchas personas creen que el mundo de los adultos es más rico y complejo que el del niño, cuando en realidad, muchos pensamos que el mundo del niño no adolece en nada al del adulto. Solemos pensar en ellos como algo en proyecto, pero la verdad es que después, cada adulto es básicamente lo que ya era de niño. Continuaremos en siguientes entregas.

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18 julio 2019 4 18 /07 /julio /2019 23:00
Viñeta: Eneko

Viñeta: Eneko

El acceso a la energía está directamente relacionado con el bienestar de las personas. La energía es necesaria para cocinar, para iluminarnos, para conservar los alimentos, para tener agua caliente sanitaria y para la climatización, servicios básicos que cualquier hogar debería tener cubiertos para asegurarse unas condiciones mínimas de confort

Marta García y Joana Mundó

En el artículo anterior avanzamos los cuatro grandes grupos de medidas preventivas que podemos implementar de cara a evitar situaciones de pobreza energética. Las expondremos con más calma a continuación, siguiendo el documento de referencia:

 

1.- Mejoras en la eficiencia energética y en el aislamiento: Casi el 50% del consumo energético de un hogar tiene que ver con sus posibilidades de climatización (la calefacción en invierno, y el aire acondicionado en verano). Estos servicios proporcionan confort en el hogar cuando hay temperaturas extremas, hecho que se puede mejorar incidiendo en el aislamiento de la vivienda y los elementos pasivos de climatización en el hogar. Esto implica la rehabilitación de los hogares (aislamiento de ventanas, paredes, etc.), pero también se pueden llevar a cabo medidas de bajo coste con un impacto significativo, como la instalación de aparatos que permitan regular la temperatura y el caudal del agua para no malbaratarla, temporizadores, programadores, adición de burletes a las ventanas, etc. Por otra parte, el uso de electrodomésticos eficientes en los hogares de familias vulnerables también tiene un impacto en la energía consumida, y por tanto, en el importe final de la factura.

 

Finalmente, cuanto menos energía de la red necesite un hogar, menos vulnerable será a las subidas de los precios de ésta. Así pues, dotar los hogares de familias vulnerables con instalaciones propias de energías renovables representa una medida de prevención ya que las familias tendrán asegurados unos mínimos, gracias a la producción energética de sus instalaciones. La inmensa mayoría de nuevas edificaciones traen ya incorporadas todas estas mejoras, pero la tarea pendiente es proceder a la actualización, añadido, reforma, etc., en las edificaciones más antiguas que no posean estos sistemas. Por supuesto, son las Administraciones Públicas quienes deberían encargarse de este reciclaje y actualización de dichas viviendas, para conseguir tanto el ahorro tecnológico en el consumo, como la mayor eficiencia en la climatización. Las situaciones de pobreza energética se verían atajadas, al menos parcialmente, si los gobernantes proyectaran planes públicos en este sentido. 

 

2.- Promoción de un uso racional de la energía: El desconocimiento o la desinformación en relación al uso correcto y eficiente de la energía en el hogar es igualmente un factor que puede empujar a muchas familias hacia una situación de pobreza energética. En efecto, la inadecuación energética frente a las necesidades reales de un hogar concreto es una situación frecuente que encontramos en muchas familias. Necesidades energéticas y servicios suministrados se han de corresponder de la mejor forma posible, y unido a ello, el consumo real y eficiente que hagan las personas. En este sentido es especialmente importante promover desde las Administraciones Públicas el desarrollo de planes de educación ciudadana adaptados a perfiles diferentes, y hacer visibles los impactos negativos en la salud que tiene la falta de energía, que pueden ayudar a concienciar y a cambiar hábitos y costumbres incorrectas. Las consecuencias de la falta de agua o alimentos son mucho más evidentes porque tienen un impacto inmediato. En cambio, en el caso de la energía es más difícil ver esta relación causa-efecto, ya que muchas veces el impacto es progresivo y se nota a medio o largo plazo. Esta, por tanto, es otra tarea pendiente que las Administraciones Públicas debieran implementar para el conjunto de la ciudadanía, de forma universal y gratuita, tanto a nivel educativo-formativo, como a nivel de la revisión de las instalaciones y los contratos existentes. 

 

3.- Optimización de los servicios contratados: En la práctica es muy habitual encontrarse con familias que tienen contratados en sus hogares una serie de servicios absolutamente innecesarios. Esto se produce porque los consumidores no conocían el alcance de estos servicios, y las compañías comercializadoras no han informado correctamente a sus "clientes" de las posibilidades reales, ni han realizado un análisis de sus necesidades. Por ejemplo, muchos hogares tienen contratada una potencia energética superior a la que normalmente utilizan, situación que implica estar pagando más de lo que tendrían que pagar por la parte fija de la factura eléctrica. Es como si contrato los servicios de un hotel de lujo en su máximo confort, con una gama de 10 servicios, de los cuales voy a utilizar únicamente dos de ellos (aunque estoy pagando por los 10). En algunos casos se han contratado además servicios adicionales que el consumidor no necesita, como por ejemplo más servicios de mantenimiento de los que son obligatorios. Al convertirse una empresa pública en ente privado (como si fuera un banco, por ejemplo), su objetivo no es que los consumidores hagan un uso adecuado y eficiente de la energía, sino obtener cada vez más réditos económicos para sus accionistas. Finalmente, las tarifas contratadas pueden no ser las que más convengan al hogar en cuestión. Por tanto, sólo cambiando algunos de los servicios contratados (o directamente eliminándolos) ya se puede generar un ahorro en las facturas de una familia, sin tener que hacer una inversión. 

 

4.- Mejorar la transparencia y el acceso a la información para poder tomar decisiones informadas: Este cuarto bloque de medidas preventivas tiene que ver con mejorar la transparencia en el sector energético. La propia factura, sin ir más lejos, se vuelve cada vez más incomprensible para la mayoría de los ciudadanos. La opacidad en la información es frecuente, unido a la propia complejidad del mercado energético, y en muchos aspectos se requiere, para su comprensión, conocimientos técnicos especializados. A pesar de todo, como se trata de un bien básico y de un suministro fundamental, todos los consumidores deberíamos tener acceso a una información clara y completa sobre asuntos relacionados con los precios, el acceso al suministro, los servicios contratados, etc. En este ámbito de la transparencia y la información aún queda también mucho por hacer. Salvando las distancias y volviendo al sector bancario como ejemplo, es como si contratamos productos financieros de bastante complejidad, y nos dan únicamente una información resumida, imprecisa, insuficiente y desperdigada (de hecho, si las entidades financieras hubieran informado bien a sus clientes sobre el riesgo de muchos de sus productos, no se hubiesen producido tantas situaciones de estafa, y de pérdidas por parte de los afectados, así como la afloración de las correspondientes denuncias). En el mercado energético, además, el marco regulatorio cambia muy a menudo, el sistema de información de precios no es claro, y existe mucha confusión y desconocimiento por parte de los consumidores sobre qué posibilidades tienen, y de qué derechos gozan. 

 

De todo lo que venimos contando se deduce que la gestión de las situaciones de pobreza energética es muy compleja, porque se pueden y deben resolver combinando la propia dimensión energética con la dimensión social y económica del conjunto de la ciudadanía. Las Administraciones Públicas no sólo debieran pues intervenir en el mercado, impidiendo situaciones absurdas y ridículas que perjudican a los usuarios, sino también en las actividades de las propias empresas suministradoras y comercializadoras, para impedir situaciones de abuso, desinformación o uso incorrecto de los servicios. Hay que actuar, ya lo hemos visto, sobre varios parámetros a un tiempo: sobre la eficiencia energética en el hogar, sobre el soporte financiero a las familias, sobre la protección a los usuarios en situación de vulnerabilidad, sobre la desinformación y el uso irracional de la energía, sobre las actividades empresariales, sobre la naturaleza del mercado, sobre las puertas giratorias, etc. Amplios programas de subvenciones públicas debieran ponerse en marcha a diversos niveles (para la rehabilitación energética de edificios residenciales, para revisiones de las instalaciones y de los servicios contratados, para programas de mejora energética del Parque de Vivienda Social, etc.), además de intervenir el mercado y garantizar que los servicios energéticos no superan nunca determinado umbral sobre los ingresos familiares, desarrollar un programa de ayudas de urgencia social para los consumidores, promover un mejor sistema de tarifas sociales, etc., todo ello enfocado a lograr el concepto de "Garantía de Suministro Universal", que como su nombre indica, impediría el corte del suministro para cualquier hogar por falta de pago. En definitiva, las políticas energéticas no se pueden regir únicamente por criterios y consideraciones económicas, ignorando que la energía tiene una importante dimensión humana y social. Continuaremos en siguientes entregas.

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