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26 noviembre 2018 1 26 /11 /noviembre /2018 00:00
Filosofía y Política del Buen Vivir (XV)

El trastorno climático no puede atribuirse a toda la humanidad, porque eso significa desconocer que en cada país la sociedad está atravesada por múltiples mecanismos de división y segmentación, entre ellos los de la clase, el género, la “raza”. Considerando esas divisiones, entre las cuales se destaca la de clase (presentada en forma esquemática como la existencia de una minoría de ricos y una mayoría de pobres), las modificaciones climáticas han sido generadas a nivel mundial por ciertos países (a la cabeza de los cuales se encuentran los Estados Unidos) y por los sectores sociales opulentos y acaudalados del mundo. Estos han hecho dominante un modo de producción, de consumo y hasta de muerte, como es el capitalismo, del cual se lucran, pero hasta ahora no pagan por las consecuencias climáticas y ambientales de su modo de vida

Renán Vega Cantor

Llegados a este punto, hemos de denunciar la tremenda falacia que suponen términos y conceptos como el de "desarrollo sostenible", "capitalismo verde", y otros por el estilo. El ejemplo de "desarrollo sostenible" es por sí mismo un oxímoron, una clara contradicción, pues si nos "desarrollamos", en el sentido capitalista del término (que es el que aplicamos a nuestra civilización industrial), implica que crecemos, y ello, como estamos viendo, es algo absolutamente incompatible con la sostenibilidad. Ningún desarrollo entendido desde el enfoque capitalista puede ser, por tanto, sostenible. Ningún crecimiento puede ser sostenido en el tiempo, porque si por ejemplo afirmamos que pretendemos que el PIB de nuestro país crezca, por ejemplo, un 1% anual, estamos asimilando que cada año nuestra "riqueza" nacional debe aumentar en dicho porcentaje, lo cual no es sostenible. Más bien al contrario, lo que debemos "sostener" son las riendas del crecimiento económico, asimilando la idea (en la cual iremos profundizando en subsiguientes entregas) de que cada vez tenemos que crecer menos, o si se quiere, decrecer. Debemos por tanto abandonar el objetivo de la "sostenibilidad", y cambiarlo por el de resistencia ("resiliencia" como lo denominan algunos), es decir, la capacidad de resistir el gran golpe civilizatorio que se nos avecina. Hemos de adaptarnos a él, precisamente para crear el mínimo sufrimiento social posible. El colapso civilizatorio nos obligará a materializar formas de vida más locales, más simples, menos ambiciosas, menos consumistas, tanto en lo social, como en lo económico y en lo cultural. Se impone por tanto no sólo una revolución económica, sino también individual, mental, en nuestros principios y valores, en nuestros hábitos, costumbres y estilos de vida. 

 

Manuel Casal afirma en la referida entrevista: "No lo dudemos: en la medida en que seamos capaces de articular modos de vivir sin capitalismo y sin Estado (...) estaremos siendo más "resilientes" y estaremos más preparados para resistir el colapso y para ayudar a otros a resistir. Hay que construir botes salvavidas para huir de este Titanic que se hunde ya sin remedio, por utilizar una recurrida metáfora". Intentar suavizar el modelo capitalista, reformarlo o "refundarlo" (como en su día propuso el ex Presidente francés Nicolás Sarkozy) sería la peor idea que se nos podría ocurrir. De hecho, estos maquillajes o disfraces del capitalismo no están funcionando. Es evidente que vamos a tener que potenciar la idea del Bien Común, de servicios públicos, priorizando las necesidades sociales por encima del lucro, y poniendo la democracia por encima de los mercados. Es algo que ya venimos proponiendo en muchos de nuestros artículos del Blog, pero que desde esta dimensión del colapso de la civilización industrial, ya no es una opción, sino una imperiosa necesidad para minimizar sus efectos. La mejor forma de resistir el colapso, intentando evitar que se den potentes revueltas sociales, es garantizando que al menos cada persona pueda tener cubiertas sus mínimas necesidades. Ideas como la Renta Básica Universal (que ahora mismo estamos desarrollando y exponiendo con profundidad en nuestra serie de artículos "Arquitectura de la Desigualdad") se vuelven muy necesarias, pero no sólo: también deberíamos implementar una Reforma Agraria (para garantizar el acceso o usufructo de la tierra para todos), así como una democratización y garantía de acceso a los suministros básicos (energía, agua, transportes...), teniendo en cuenta además que el propio trabajo humano (hijo en la acepción capitalista de la propia civilización industrial) también entra en crisis, y deja de ser un elemento clave para garantizar la vida digna, o si se prefiere, la libertad material de la persona. 

 

Las formaciones políticas adscritas a la izquierda, sobre todo a la izquierda clásica, no están incorporando en sus respectivos programas electorales, con la debida importancia, la preocupación por estos asuntos. La mayoría de la izquierda sigue anclada en las propuestas socialistas de siempre, sin darse cuenta de que el propio avance del capitalismo las ha convertido también en inviables. La redistribución de la riqueza es una de ellas: por supuesto que no estamos en contra de ella (todo lo contrario, la apoyamos sin reservas), pero a la luz del advenimiento del colapso energético y civilizatorio, esa creación de la "riqueza" también debemos ponerla en cuarentena. No obstante ya se van produciendo reacciones, y cada vez existen más partidarios del decrecimiento y del ecologismo social. Los movimientos laborales, atravesados por el sindicalismo clásico, también deben comprender la evolución de sus planteamientos, al ponerse en crisis, como ya comentábamos, el factor trabajo. El clásico conflicto capital-trabajo (al que el Marxismo le dedicó la mayor parte de su exposición) debe ir sustituyéndose por el conflicto capital-planeta, o capital-vida, si se prefiere. La izquierda política y social debería en general superar sus planteamientos clásicos, liberarse de anclajes del pasado que están siendo superados, y no porque cambien los objetivos finales de pretender alcanzar un modelo de sociedad con mayor equidad y justicia social (que compartimos), sino porque los medios para llegar a alcanzarla se están viendo torpedeados por la propia involución macabra del capitalismo globalizado. Existen una serie de barreras, no ya sólo ideológicas, sino también mentales y culturales, que son tremendamente difíciles de superar. Pero la excepcionalidad del momento histórico que estamos atravesando y la transformación a la que nos dirigimos, debe hacer prevalecer los planteamientos pragmáticos y funcionales sobre los clásicos e ideológicos. El hecho es que si nos enfrentamos a una tragedia social de incomparable envergadura y de trascendencia planetaria, debemos dirigir todos nuestros esfuerzos en intentar conseguir que los impactos sean lo más pequeños posibles.

 

La izquierda no puede construir sus postulados de manera ajena al conocimiento científico, y éste nos está exponiendo a las claras cuál es la situación, y cuánto tiempo tenemos para reaccionar. Ya sabemos que son mensajes radicales, pero es mejor contarlos así al conjunto de la ciudadanía, aunque ello suponga arriesgarse a perder algún nicho de potenciales votantes. La verdad científica no puede relegarse al cortoplacismo electoralista. Hemos de contar a la gente la verdad de la situación actual, evitando caer en el sensacionalismo, pero sin eliminar un ápice de la gravedad de la misma. Hemos de volver al estadío anterior a la Revolución Industrial, donde sólo se producía para satisfacer las necesidades, y no para obtener un incesante lucro para unos pocos, que se traduce a su vez en pobreza y miseria para una gran mayoría. La Revolución Industrial comenzó a "inventar" nuevas necesidades para el ser humano, comenzando una diabólica espiral de mercantilización que llega hasta nuestros días. Ese desmedido afán de beneficio es el que nos ha conducido hasta la presente y caótica situación. La actual filosofía del consumo masivo es insostenible, debemos revertirla, y la única manera para hacerlo es consiguiendo una revolución mental a nivel humano que se cuestione nuestras verdaderas necesidades. El colapso nos obligará a controlar ese irracional consumo, y hemos de estar preparados para ello. Es más: si las propias corporaciones no cambian su estrategia, y no lo harán mientras puedan seguir explotando recursos y materias primas, a los seres humanos, a los animales y al entorno natural, entonces somos las personas las que tenemos la responsabilidad de hacer caer su enorme actividad, y la única forma es escapando de esta gigantesca ola de consumismo irracional y enloquecido. No podemos contar tampoco con los Gobiernos, que se dedican a proteger determinadas industrias extractivas (como el petróleo, el carbón o el gas de esquisto) que son absolutamente nocivas. Hace tiempo que la política "realmente existente" es simplemente un juego de intereses, despreocupando los valores (a veces hasta con la inexistencia de éstos). 

 

Repasemos por ejemplo la conducta de los Estados que han firmado determinados acuerdos climáticos. Por ejemplo, el reciente Acuerdo de París (2015) fue adoptado por los 195 países participantes, de los cuales 171 ya han suscrito el tratado, en sólo dos años, lo cual está muy bien si no fuera porque dicho acuerdo es sólo una colección de buenos deseos, de magníficas pretensiones, de declaradas intenciones, pero sin ningún compromiso concreto. Ello avala la filosofía de los tratados anteriores. No se establecen compromisos concretos, específicos, ni metas cuantificables. Cada país decidirá sus propios objetivos y será responsable de su implementación. Como muy acertadamente compara Roberto Savio en este reciente artículo para el medio Alainet (que estamos siguiendo para exponer las responsabilidades políticas y empresariales en toda esta deriva), esto es como pedir a todos los ciudadanos de un país que decidan cuáles y cuántos impuestos quieren pagar, pero que no se preocupen, porque si no los pagan, no existen sanciones. La tónica general es que los propósitos van relajándose conforme avanza el tiempo, sobre todo porque los políticos poseen menos fuerza que las corporaciones. Por ejemplo, durante el Acuerdo de París (que ya ha abandonado Estados Unidos con Donald Trump al frente) en 2015, Europa se comprometió a llegar a utilizar el 27% de energías renovables (reduciendo el uso de energías fósiles), fijando el objetivo del 20% para el año 2020. Pero del 27% se bajó al 24,3%. Además, los Ministros decidieron mantener los subsidios para la industria de las energías fósiles hasta el año 2030 en lugar del 2020, tal como estaba previsto. Y aunque la propuesta de la Comisión organizadora del tratado era que las plantas de energías fósiles perdieran los subsidios si no reducían sus emisiones a 500 gr. de CO2 por tonelada para 2020, los Ministros extendieron los subsidios hasta el 2025. Lo podemos extrapolar a todos los ámbitos que queramos: siempre ocurre igual. Los objetivos originales se relajan, los plazos se alargan, los compromisos se diluyen, y mientras todo eso ocurre, el planeta avanza en su descomposición, los recursos naturales se agotan, el calentamiento global aumenta. Continuaremos en siguientes entregas.

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23 noviembre 2018 5 23 /11 /noviembre /2018 00:00
Fuente Viñeta: https://www.contrainfo.com/

Fuente Viñeta: https://www.contrainfo.com/

La situación es evidentemente antidemocrática y una de las maneras mediante las que se oculta es la caridad ostentosa, la cual, tal y como hemos mostrado a través de la historia, es una manera de hacer parecer respetable e incluso benditas a las grandes fortunas. Criticamos las versiones modernas de la caridad como parte de la política económica, haciendo que los famosos superricos (que roban la libertad de los demás) parezcan buenas personas en su fachada altruista; criticamos su actividad institucional altamente corrupta, y cuando es practicada como humanitarismo y filantrocapitalismo

Julie Wark y Daniel Raventós

En nuestra última entrega ya adelantamos una idea que vamos a desarrollar más profundamente aquí, y que se refiere a la conclusión general de que los obstáculos para implementar una Renta Básica Universal no obedecen a inconvenientes económicos ni de financiación, sino que son exclusivamente políticos. Diversos autores, entre ellos el equipo de la Universidad Autónoma de Barcelona (con Daniel Raventós al frente) han demostrado en diferentes estudios que se pueden consultar libremente en Internet que la financiación para una RBU es posible, justa y necesaria. Luego inferimos claramente que no se hace porque nuestros gobernantes tienen otros lineamientos políticos, que básicamente convergen en que no entienden esta medida, no la legitiman, no la comprenden, no la comparten, o no tienen la suficiente información. Por debajo de todos estos juicios absurdos sobre la RBU únicamente existen prejuicios sobre lo que ellos entienden por trabajo humano, tal como lo entiende el sistema capitalista, al que ya hemos aludido en entregas anteriores. Para exponer todo esto con un poco más de calma, vamos a tomar como referencia a continuación este artículo del medio Cuarto Poder donde Roberto Sirvent entrevista a Julie Wark y Daniel Raventós sobre este asunto. Hemos de partir de la base de considerar como un derecho humano fundamental el referido a la existencia material. Y es fundamental porque sin él, ningún otro derecho podría existir, incluido el derecho a la vida. En nuestras modernas sociedades, al lado de insultantes cantidades de riqueza para unos pocos, estamos fomentando la extrema pobreza para muchos, y condenando incluso a la muerte en los casos más extremos. Y así, bajo el disfraz de la caridad moderna (organizaciones religiosas, ONG's, organizaciones de beneficencia, etc.) se respaldan escandalosas concentraciones de riqueza, y lo peor de todo, que los Gobiernos continúen sin redistribuir la misma de una manera más o menos justa y equitativa. 

 

Más bien al contrario, las políticas siguen insistiendo en favorecer la arquitectura de la desigualdad, cuyos distintos flecos, variantes y facetas estamos analizando en la presente serie de artículos (paraísos fiscales, fiscalidad regresiva, deudas públicas disparadas, hegemonía empresarial en las leyes laborales, etc.). Se impone el discurso de la caridad institucionalizada (precisamente por estas fechas hacen campaña los Bancos de Alimentos, que solicitan altruistas ayudas a toda la población para poder ayudar a los más necesitados). La función social de equidad de los Gobiernos queda trastocada, en favor de los poderosos, que lavan su imagen a través de diversas campañas de "solidaridad". Los autores de referencia aseguran en su libro "Against Charity" que "La caridad es, por definición, una relación arbitraria altamente desigual en la cual los destinatarios, incapaces de ejercer sus derechos de ciudadanía, son impotentes y así han de seguir". Es una forma de legitimar la existencia de los pobres, que se consideran como una especie de mal colateral. Lo que ocurre es que las ideologías ocultan y deforman la realidad, crean excusas para deslegitimar determinadas medidas, y fabrican impedimentos disfrazados de "imposibilidad económica", cuando lo único que existen son prejuicios morales fabricados por la filosofía capitalista. Por ello, el mejor modo de desmantelar sus espurios argumentos es explicar por qué son falsos y proveer datos y ejemplos para poder probarlo. Wark y Raventós explican en este sentido: "La ciencia y la tecnología nos dicen qué se puede y qué no se puede hacer, pero lo que debemos y no podemos tener o hacer son decisiones políticas, y las dos esferas están convenientemente confundidas".  Los reaccionarios conservadores y los economistas ultraliberales nos dicen poco menos que así está hecho el mundo, pero es una manera de ocultar que ellos no quieren cambiar ese mundo. Y lo cierto es que una Renta Básica Universal puede ser perfectamente financiada mediante una justa redistribución de la riqueza. 

 

Básicamente, se necesita una gran reforma fiscal que sea verdaderamente progresiva (es decir, que haga pagar más a quien más tiene y más cobra), apoyada por una convergencia de todas las demás prestaciones sociales del Estado (desempleo, prestaciones no contributivas, pensiones de todo tipo, etc.) en el epicentro de la Renta Básica Universal. La guinda del pastel es obtener más ingresos del Estado mediante medidas como un repudio de la deuda pública que se considere (tras un proceso de Auditoría Ciudadana de la misma) insostenible, ilegal u odiosa (es decir, creada de forma ilegítima). Si además de todo ello conseguimos disminuir otras partidas de los Presupuestos Generales del Estado (como las dedicadas a la Iglesia Católica o a las Fuerzas Armadas), tendremos la situación ideal para poder financiar sin ningún problema una RBU, que como estamos afirmando, es una medida de absoluta e imprescindible justicia social. También podemos clamar contras las voces que argumentan que la Renta Básica Universal no existe en ningún lugar del mundo. De entrada, jamás he entendido por qué ese es un argumento válido: todas las medidas económicas se han tomado por primera vez en algún sitio, luego está claro que alguno tiene que ser el primero para poder demostrar su eficacia o utilidad. Pero es que además, en el caso que nos ocupa, conocemos convincentes estudios sobre los efectos positivos de programas piloto de RBU en lugares como Namibia, Kenia, India, Barcelona y Finlandia, consiguiendo demostrados efectos positivos en la autonomía de las mujeres, escolarización, niveles de criminalidad y salud mental, por ejemplo. Algunos de dichos experimentos los comentaremos con más profundidad en su momento. Luego por tanto, desmentimos también desde aquí que la RBU no haya sido puesta en práctica en ningún lugar. 

 

Y también desmentimos que su financiación sea imposible, como determinados medios de comunicación (esos que únicamente trasladan el pensamiento dominante) se empeñan en difundir. Eso ocurre porque detrás tienen haciendo los cálculos, por ejemplo y sin ir más lejos, al Servicio de Estudios del BBVA, los mismos que también difunden que el Sistema Público de Pensiones es insostenible, y otros engañosos mantras neoliberales. Tal como señalan en este artículo del digital Sin Permiso Jordi Arcarons, Daniel Raventós y Lluís Torrens: "lo relevante es el coste neto de la medida, calculada como la suma de lo que pagarían de más los ricos en impuestos restando lo que recibirían de RB, y lo superfluo, pero donde ponen el énfasis, su coste bruto". Éste es el razonamiento que se pretende siempre ocultar por parte de algunos economistas neoliberales. Y si existen lectores o lectoras que piensen que este sistema ya existe en nuestro país, se (o los) están engañando. Nuestros sistemas de rentas mínimas garantizadas, sean las variantes que sean, de las Comunidades Autónomas donde se han implantado (la vasca, la catalana, la andaluza, la valenciana...) continúan adoleciendo de los mismos males y defectos que ya hemos venido comentando en anteriores entregas. Ni son universales (no se conceden a todo el mundo, sino a los que cumplen determinados requisitos muy excluyentes sobre el total de la población necesitada), ni son incondicionales (plantean el concurso de una serie de condiciones, como venir de una situación de desempleo, tener rentas inferiores a un determinado nivel, estar determinadas por la unidad familiar...), ni son individuales (sino que se conceden a las personas o familias en función de criterios evaluados sobre el cómputo general familiar, donde cuentan la renta de otras personas, la presencia de menores o discapacitados...). En los casos más frecuentes, además, las personas han de tener una edad determinada, haber agotado otros itinerarios de prestaciones, o esperar un determinado tiempo entre una y otra prestación. 

 

Los indecentes políticos que nos gobiernan nos venden una idea de lo que luego no es, y además lo hacen a bombo y platillo. Lo que la RBU propone es que esta renta mínima existe siempre, desde que el individuo nace hasta que muere, y no se revoca jamás, dan igual el resto de circunstancias que rodeen su vida personal, familiar o social. La RBU define un modelo de renta mínima intransferible, perpetua e inembargable, con lo cual garantiza, como venimos exponiendo, que la pobreza deja de existir en nuestra sociedad. Hemos de pensar, entonces, que lo que realmente se esconde detrás de las negativas a implantarla es que existe un gran interés en que la pobreza continúe existiendo. Esta es la madre del cordero. Páginas y páginas de instrucciones, explicando las condiciones y requisitos que hay que cumplir, complejas aplicaciones informáticas que evalúan las condicionalidades exigidas, y legiones de funcionarios dedicados a velar por la "correcta" aplicación de la ley (como si ésta fuese la suprema expresión de la justicia), que "básicamente significa controlar que nadie cobre un euro de más sobre lo que se merece" (en expresión de nuestros autores de referencia). Si los mismos esfuerzos que se dedican a este control se dedicaran al fraude fiscal de grandes corporaciones, otro gallo nos cantara. La RBU también favorecería el clima para el reparto del trabajo, una fenomenal medida para repartir el empleo existente de una forma inteligente, porque como hemos indicado, cualquier otra fuente de ingresos adicional no causaría nunca la pérdida de la RBU. Y en cualquier caso, la RBU se enfrenta y pone en crisis la idea del Empleocentrismo actual (concepto que hemos puesto en debate en entregas anteriores), favoreciendo la extensión de otras acepciones, variantes y posibilidades para el trabajo humano, remunerado o no, rentable económicamente o no, que amplíen nuestro derecho a un trabajo en el sentido más social, universal y liberador del término, y no prejuicien a una gran cantidad de personas por las tareas que lleven a cabo. Por todo ello, entendemos que la RBU es una medida política y social de extrema urgencia (la tasa de pobreza y exclusión social en nuestro país es ciertamente elevada, así como los índices de desempleo), además de un instrumento de liberación para la clase trabajadora de clara importancia. Continuaremos en siguientes entregas.

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21 noviembre 2018 3 21 /11 /noviembre /2018 00:00
Viñeta: Eneko

Viñeta: Eneko

Las ciudades de Ceuta y Melilla con su vallas son una imagen medieval, ciudades amuralladas con indeseables tratando de traspasar sus alambradas: negros, árabes, magrebíes y subsaharianos tratando de buscar mejores perspectivas de vida al otro lado del que alguna vez se denominó Mare Nostrum. Estremece ver las imágenes de centenares de seres humanos durmiendo a la intemperie, adormecidos con el denominado “Efecto Llamada” a los pies del Monte Gurugú en Marruecos, esperando el momento de lanzarse al abordaje de sus sueños y muriendo en esos intentos, como sucedió el pasado mes de enero cuando 15 de estos inmigrantes murieron alcanzados por proyectiles de la Guardia Civil española

Pablo Jofré Leal

Venimos exponiendo durante las últimas entregas (basándonos en este magnífico artículo de Jofré Leal para el digital Rebelion.org, de donde tomamos toda esta información) los diferentes muros que podemos encontrarnos a lo largo y ancho de nuestro planeta. Los hemos descrito en su trazado y longitud, en sus características, en su protección, en las fronteras que separan. Pero como ya advertíamos al comienzo de su recorrido, no sólo los muros físicos o geográficos son los que inundan las diversas fronteras. También existen otra clase de muros que es preciso derribar, porque también, a su modo, representan fronteras que es necesario abatir. Son muros de tipo social, político, religioso...Son igualmente muros infranqueables, que incluso representan barreras inasumibles en un mundo libre y democrático. Un mundo que como vemos, continúa obligando a desplazar a las personas, a la vez que impidiendo su libre acceso y recorrido, controlando sus desplazamientos, limitando sus migraciones, acotando su supervivencia. Son los muros que segregan, muros elitistas, muros supremacistas, muros intolerantes. A veces incluso poblaciones enteras, debido a su religión, su raza o su cultura, son demonizadas por los propios países donde residen, marginándolos e impidiendo su libre convivencia e integración con el resto de la población. Un ejemplo de ello es la población rohinya en Birmania, por constituir una minoría étnica musulmana. Suelen también usarse dentro de un mismo país, para intentar segregar a sus propios conciudadanos por razones económicas, sociales, religiosas o de orden racial. Estos muros también necesitan nuestra atención, aunque no tengan una frontera física construida. Muchas veces se usan para aislar a los barrios más empobrecidos y separarlos así de las zonas colindantes más lujosas, constituyendo una forma de segregación. Un buen ejemplo de ello lo constituyen los muros que el Estado de Rio de Janeiro en Brasil está construyendo alrededor de las favelas de algunos barrios desfavorecidos. 

 

Otros muros tienen connotaciones religiosas u orígenes políticos. En Irlanda del Norte, y específicamente en su capital (Belfast), a partir del año 1969 se comenzaron a erigir las denominadas "líneas de paz" como medida temporal para separar a las comunidades católicas y protestantes de este enclave inglés en territorio irlandés. Son una serie de barreras de separación, que a pesar de los acuerdos de paz firmados entre Londres y el Ejército Republicano Irlandés (IRA) en el año 1998, siguen en pie e incluso el último de esos muros fue levantado el año 2013 en los terrenos de una escuela primaria, tras una serie de hechos que tensionaron la convivencia entre ambos grupos religiosos. Se calcula que en total existen unos 20 kilómetros de muralla y como muestra de su presencia, las puertas de hierro que separan al Este unionista (aliado del Reino Unido) del sector mayoritariamente independentista y republicano, se cierran cada noche en un virtual toque de queda. Otro ejemplo de muro racista se da en Eslovaquia, en la hoy día llamada "Europa del Este". Allí las autoridades, principalmente de algunos municipios de sus principales ciudades, sobre todo durante los últimos 8 años, han estado construyendo una serie de muros (14 hasta el momento) destinados a separar a la comunidad romaní del resto de la sociedad eslovaca. Ciudades como Velka, Ida, Kosice y Ostrovany son algunas donde estos baluartes de la segregación tratan (según las autoridades municipales, que son las que han ordenado levantarlos) de "evitar un infierno diario a las personas que viven cerca de los barrrios gitanos". Desgraciadamente, las comunidades romaníes están hoy día prácticamente retiradas en guetos en las grandes ciudades, debido al racismo imperante, y a la intolerancia de sus dirigentes y autoridades locales. En la misma civilizada y milenaria Europa, nuestro Viejo Continente, en una pequeña isla del Levante Mediterráneo, se encuentra Chipre. Allí las comunidades griegas (mayoritarias) y turcas ocupaban distintos barrios de su capital, Nicosia, constituyendo de facto una línea divisoria que se materializó tras la Declaración de Independencia de Chipre de 1960. Posteriormente, una serie de enfrentamientos en el año 1963 obligaron a las autoridades británicas, en un trabajo conjunto con fuerzas griegas y turcas presentes en la isla, a dividir la capital mediante una denominada Línea Verde que se extiende a lo largo de 180 kilómetros, una franja desmilitarizada patrullada por una Misión de las Naciones Unidas. 

 

Otro caso lo tenemos en el sur de África. Allí, la valla construida por el Gobierno de Botsuana que lo separa de su vecino Zimbaue, tiene como argumento principal el impedir la propagación de la fiebre aftosa entre el ganado de ese país surafricano, que es la segunda fuente de ingresos del país tras la explotación de diamantes. La verja en cuestión, construida a partir del año 2003, con alambre de púas, tiene dos metros y medio de altura y se extiende a lo largo de unos 500 kilómetros. La idea original contemplaba electrificarla y vigilarla mediante un cuerpo especial. Sin embargo, las propias condiciones geográficas y el coste económico impidieron dicha idea. No obstante, dicha valla continúa dividiendo a dos pueblos, uno con mayor nivel económico que el otro, pero ambos muy lejos de los mejores indicadores de desarrollo humano. Zimbaue por su parte considera que dicha construcción está destinada a detener el creciente flujo de migrantes de su país, en busca de mejores oportunidades de vida en su país vecino. La economía de Zimbaue está en ruinas, con niveles de hiperinflación que han llegado al cien mil por ciento, y una tasa de desempleo del 90%, junto a una crisis sanitaria de envergadura que representa el virus del VIH, que afecta a un 30% de su población. Como consecuencia de todo ello, son miles los habitantes de Zimbaue que tratan de cruzar a Botsuana como también a Sudáfrica, que son consideradas dos de las economías más prósperas del continente africano. Por su parte, en Asia Central, otra de las "zonas calientes" del mundo, la República de Uzbekistán ha levantado una barrera de alambres de púas, cercas electrificadas y campos minados para impedir, según el gobierno uzbeco, la entrada de "militantes islámicos radicales" de las vecinas Afganistán, Kirguistán y Tayikistán. Se trata de una política ampliamente respaldada por Estados Unidos, que ve en esta relación con el gobierno uzbeco la posibilidad de acceder no sólo a las riquezas hidrocarburíferas de esta ex República Soviética, sino también servir de aliado en su lucha contra los talibanes y país tapón contra los deseos de hegemonía rusa en la región.

 

La frontera entre Uzbekistán y Afganistán está dotada de una cerca electrificada con 380 voltios, que se unen a los 1.100 kilómetros de alambres de púas que separan a este país de Kirguistán. Y en la frontera con Tayikistán, en sus 1.500 kilómetros de longitud, la barrera de alambre de púas está reforzada por campos de minas antipersonas sin la presencia de mapas de seguridad que indiquen dónde están colocadas, lo que supone un altísimo nivel de peligrosidad. Pero en general, sea en América del Norte, en Asia, en Europa, en Oriente Próximo o en el continente africano, los muros, vallas, cercas o alambradas, los sistemas de seguridad, las patrullas, las concertinas, las cámaras de vigilancia y toda su tecnología asociada, así como las armas que se utilizan en dichas barreras, son perversas creaciones del ser humano creadas para separar, para segregar, para dividir y para contribuir a la lejanía entre las sociedades. Asistimos a una etapa histórica nociva, donde se ha agravado enormemente la brecha entre ricos y pobres, y la miseria se ahonda según se aleja de la holgura soberbia de los poderosos. Brechas que son aprovechadas para hurgar en las heridas, en las diferencias, y para remarcar lo que separa, en vez de lo que une. Brechas donde los muros permiten taponar las exigencias, frenar los anhelos, detener los sueños de mejores perspectivas de vida. Brechas que constituyen atentados a la humanidad, por suponer flagrantes motivos para la aniquilación de seres humanos inocentes. No son invasiones, no son agresiones, sólo son movimientos de una parte de la humanidad motivados por los más básicos instintos de conservación: el hambre, la miseria, la guerra. Hoy día, abismales diferencias pueden separar unos mundos de otros, unas sociedades de otras. Las hambrunas periódicas, las guerras, la pobreza y la miseria en gran parte de la humanidad, frente a la insultante e innecesaria riqueza de ciertas personas en el mundo "desarrollado". Mareas humanas se dirigen en largos caminos de días, de semanas, de meses, de unas zonas a otras, cual atávica peregrinación en busca de mejores oportunidades para sus vidas. Y al final de dichos caminos, en gran parte de los casos, lo que se encuentran es la hostilidad y la arrogancia de otros seres humanos que son incapaces de comprender su miseria, que no entienden de solidaridad, de cooperación, de fraternidad, que los tratan de forma indigna, como si no merecieran ser tratados como personas. 

 

Los procesos migratorios no sólo se mueven a lo largo de los cuatro puntos cardinales, sino también a través de las propias migraciones internas del campo a las ciudades, movimientos que están despoblando las zonas rurales de todo el mundo, y contribuyendo a la masificación de grandes zonas urbanas, a la presencia de guetos y a los centros de contaminación de los recursos naturales que necesitamos todos para vivir. Y en todos estos planos, los muros cumplen su papel de puntas de lanza del dominio, separando no sólo físicamente a los países y los continentes, sino separando también en los órdenes religioso, económico, social, político y militar. Derribar todos estos muros se convierte, hoy día, en un imperativo moral y humano, en una necesidad vital si no queremos continuar diseñando un planeta peligroso y hostil, inhóspito, desagradable, inhumano, brutal, indigno de ser habitado. Derribar todos estos muros, los físicos y los políticos, los sociológicos y los religiosos, los tribales y los continentales, es una tarea urgente bajo otra política de fronteras, centrada en el avance de los pueblos, en la solidaridad y en la integración. Una nueva política de fronteras que abrace a las personas, que no coloque muros de intransigencia, que no levante murallas de intolerancia, que no discrimine a las personas porque no son como nosotros, porque hablan distinto, comen distinto, trabajan distinto, o adoran a otro Dios distinto. Derribar todos los muros que existen en el planeta nos hará sentirnos más libres, más humanos, más integrados, más conscientes de nuestra diversidad, de nuestra multiculturalidad, de nuestra riqueza como especie humana. Derribar todos los muros, sean de la naturaleza que sean, y estén donde estén, contribuirá a eliminar las diferencias entre seres humanos, a proyectar sociedades más equitativas, más libres, más justas y más avanzadas. Desde esta humilde tribuna apostamos por una política de fronteras que elimine muros, barreras, vallas y alambradas, porque precisamente haya eliminado todas las circunstancias y situaciones que obliguen a las personas a traspasarlas. Continuaremos en siguientes entregas.

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19 noviembre 2018 1 19 /11 /noviembre /2018 00:00
Viñeta: Kike Estrada

Viñeta: Kike Estrada

Los humanos han modificado el mundo natural de múltiples maneras. Han destruido casi la mitad de los bosques naturales que cubrían los continentes hace apenas 2.000 años. Han provocado la desaparición de miles de especies de plantas y animales. Han contaminado los suelos, el agua y el aire con sustancias tóxicas de su propia invención. Han llenado los océanos con desechos químicos y plásticos que amenazan la vida marina. Han alterado los ciclos de las precipitaciones y aumentado la intensidad y frecuencia de los huracanes

Julio César Centeno

Con todas estas credenciales sobre la actividad del ser humano sobre la faz de la Tierra, no es de extrañar que nos encontremos en la situación actual. Pero no hay que ser muy avispado para comprender la situación de colapso a la que nos dirigimos. Sólo hay que contemplar los programas informativos diarios, para comprobar cómo cada vez en mayor medida las noticias tienen que ver con la situación ambiental y con las decisiones políticas que se toman para intentar revertirla. Sin ir más lejos, en esta misma semana hemos tenido los terribles incendios de California (al momento de escribir esta entrega ya van por 66 las víctimas mortales y decenas de desaparecidos), el informe de diversos científicos que advierten sobre la progresiva pérdida de nieve en los Pirineos (que causará mayor número de aludes, o el cambio en el ciclo de migraciones de las aves, entre otros efectos), las tremendas lluvias torrenciales en el Levante español y el Mediterráneo, y el debate social que se ha provocado por las tímidas medidas que el Gobierno va a implementar en torno a los vehículos de motor y sus emisiones. Todos estos efectos, informes, situaciones, etc., nos dan la pista de que se trata de una serie de factores causantes del colapso, que se realimentan e interaccionan entre sí, pero sobre todo que no nos presentan el colapso como un momento puntual (tal como lo han hecho algunas películas de Hollywood), sino que hemos de entenderlo como un proceso desplegado en varias etapas y manifestado en diferentes frentes. No afecta por igual a todos los lugares, ni a todas las capas sociales. Quizá sea el agotamiento del petróleo y el declive energético que este hecho representa uno de los que primero ha disparado el comienzo de este colapso, tal como indica Manuel Casal Lodeiro en esta entrevista, y cuyo magnífico libro ya hemos reseñado en la entrega anterior. Nuestro modelo productivo aún depende en gran medida de esta fuente energética, y esto además realimenta fenómenos como el caos climático, que en realidad no es sino la otra cara del mismo problema histórico, como es la quema desaforada de combustibles fósiles en busca del crecimiento permanente de una economía capitalista y globalizada. 

 

Y frente a esta aplastante realidad...¿Cuál es la reacción de la sociedad en su conjunto? Causa pavor, tristeza y desolación comprobar cómo existe un reducido número de personas realmente concienciadas del problema, frente a una inmensa mayoría social absolutamente ajena al mismo (bien por ignorancia o por ideología), apoyada por unos desalmados e ignorantes empresarios que sólo son capaces de ver la punta de su nariz, y concentrar su atención sólo en los beneficios económicos a corto plazo. Esta clase empresarial ignorante y temeraria es la que se encarga (como estamos pudiendo comprobar ahora con su resistencia a las medidas implementadas por el Gobierno en torno al abandono de los vehículos de gasolina y diésel para el año 2040) de oponerse a cualquier estrategia que se quiera imponer para que los países puedan enfrentarse a esta deriva con cierta previsión. No son capaces de entender simplemente el descenso de energía que supondrá el agotamiento de los combustibles fósiles. Y si poseemos menos fuentes de energía, habremos de renunciar al actual nivel de complejidad de nuestra sociedad y de nuestra economía. Hace pocos días era entrevistado el responsable de una cadena de montaje industrial de vehículos, y advertía de que frente a los cuatro empleados que normalmente se necesitan para montar un vehículo con motor a combustión, se necesitarán tan solo dos empleados para el montaje de un vehículo eléctrico. Esto es tan sólo un ejemplo elemental que podemos extrapolar a un sinfín de industrias, actividades y modos de producción y de consumo donde ahora nos movemos. Y frente a este hecho...¿qué decidimos? ¿Seguir con las cadenas de montaje actuales para no perder los empleos que requieren? Eso es como quien va conduciendo con su vehículo y ante un muro que visualiza a unos 100 metros, en vez de frenar, acelera. Lo que hemos de hacer, por tanto, es adaptarnos cuanto antes mejor, pero por otra parte, pensar que las energías renovables van a ser explotadas a tiempo en su totalidad y en la medida suficiente para cubrir la falta de petróleo es un autoengaño muy peligroso. 

 

En efecto, este tipo de energías (eólica, solar, geotérmica...) sólo representan hoy día una fracción mínima del consumo global, y presentan limitaciones enormes y no sólo técnicas, sino también de materiales, de inversión, etc., todo lo cual dibuja un panorama aún muy dudoso en torno a que puedan ampliar al ritmo necesario como para suplir al petróleo y al resto de energías fósiles. Atendiendo a todo esto, diversos científicos e investigadores han estimado que tendremos que reducir en los próximos años nuestro consumo sobre un 80%-90% en los países más industrializados para poder sostenernos únicamente con las energías renovables (que serán las únicas que nos queden en las próximas décadas). Precisamente en esto consiste el colapso, es decir, el colapso no es ni más ni menos que el proceso de adecuación a todos los niveles de nuestros sistemas de producción y consumo para adaptarnos a los recursos energéticos que tendremos disponibles. Pero una vez asumido esto, lo que tenemos que hacer es dirigir y controlar ese colapso de la mejor forma posible, pues de nosotros depende (del conjunto de la sociedad) que dicho proceso de reducción de consumo y complejidad se lleve a cabo de forma ordenada, o de forma caótica, o si se quiere, de forma democrática y socialmente justa, o dirigido y controlado por las élites económicas, que sólo atenderán a su propia supervivencia. Desde este punto de vista, el Buen Vivir que propugnamos sería una alternativa (existen otras) para diseñar un modelo de sociedad que no sólo simplifique sus esquemas en todos los niveles, sino que además represente una opción de mayor justicia social. Una opción que diseñe un modelo de sociedad más simple y más austero, pero para ello nuestra mentalidad también tiene que cambiar, y no sólo asumiendo los postulados que nos llevan al colapso y su necesidad de afrontarlo, sino comprendiendo que nuestros principios, valores y ambiciones elementales han de cambiar. 

 

Sobre todo, hemos de renunciar al modo de producción capitalista y a su industrialismo desarrollista, que es el que se ha apropiado de las nociones de "progreso", "bienestar", etc., y las ha inoculado a la sociedad de manera perversa. Manuel Casal Lodeiro lo resume magníficamente en los siguientes términos: "Si hemos lanzado a la atmósfera tal cantidad de carbono es porque lo estamos quemando para alimentar la maquinaria mundial del crecimiento industrial, dirigido por la lógica capitalista de la acumulación de plusvalías y por el perverso mecanismo de la creación de dinero en forma de deuda que nos obliga a crecer para poder devolver los préstamos más los intereses". En efecto, nuestra infernal máquina del crecimiento nos obliga a producir y a consumir cada vez más (aumento del PIB) para poder "vivir mejor", lo cual se traduce en "creación de empleo", y todo esto es un relato que nos marca nuestra manera de entender el mundo, el planeta y nuestra vida. Un relato que nos ha conducido a la situación límite donde estamos. El punto del agotamiento (o declive) de recursos como el petróleo nos pondrá delante de la cruda realidad, es decir, abordar el problema del caos climático nos permite abordar al mismo tiempo la necesidad apremiante de aprender a vivir sin petróleo. Ambos fenómenos se retroalimentan entre sí, forzándonos a diseñar lógicas de producción y consumo alternativas a las actuales. Es decir, debido al cambio climático tenemos que abandonar el petróleo y realizar profundas y rápidas transformaciones sociales, pero esto también es debido a su propio agotamiento. Lo ideal sería parar totalmente las emisiones de forma inmediata y a nivel planetario, pero es tan ingenuo pensarlo como inimaginable para los gobiernos y las empresas transnacionales y su depredador modelo productivo. 

 

Como no es posible hacerlo, lo hemos de hacer gradualmente, pero apremiados por una situación de agotamiento del combustible por una parte, y por otra por los crecientes fenómenos climáticos que padeceremos durante los próximos años, lustros y decenios. Todo ello nos obligará a reformular radicalmente nuestros esquemas productivos para vivir de manera menos compleja, y sobre todo, mucho menos consumista. Así que ambas caras de la moneda, ambas facetas del problema nos empujan de manera determinista al mismo tipo de políticas, aunque quizá con ciertos matices y grados o ritmos diferentes según dónde pongamos el énfasis, si en las consecuencias y efectos del caos climático, o en las derivadas del agotamiento energético y nuestra transición a las energías renovables. Pero todo ello, es decir, la superación de los marcos políticos y económicos actuales, para comprender la importancia de las medidas a aplicar, no podrá hacerse desde el actual marco capitalista. Lo vemos diariamente. Puede comprobarse de forma continua, fácil y rápida. Y este es el epicentro de la cuestión ambiental y energética. El capitalismo no puede cambiar su filosofía, sus principios de funcionamiento. Las variantes de "Capitalismo Verde", que han intentado suavizarlo y humanizarlo, o hacerlo más justo en su redistribución, claramente no han funcionado. En el ADN del capitalismo está el crecimiento. No puede renunciar a él. Necesita crecer continuamente para generar más capital. Y por tanto, si el crecimiento económico es directamente proporcional al consumo energético (esto es algo que puede demostrarse empíricamente), la conclusión está bien clara: en un contexto de contracción en cuanto a la disponibilidad energética, sólo cabe decrecer. Pero esto va en clara contradicción a los postulados capitalistas, por lo cual nuestro imaginario colectivo tiene que cambiar. No sólo tienen que cambiar los procesos productivos, y los modelos energéticos, sino nuestros propios hábitos, costumbres y valores. Pero en dicho proceso de transición hay que tener mucho cuidado, porque como estamos contando, pueden volver a aparecer los fantasmas del pasado, es decir, los fascismos y las dictaduras, si no somos capaces de redirigir la sociedad hacia unos marcos de funcionamiento radicalmente democráticos. Continuaremos en siguientes entregas.

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16 noviembre 2018 5 16 /11 /noviembre /2018 00:00
Fuente Viñeta: https://circulorentabasicaestatal.wordpress.com/

Fuente Viñeta: https://circulorentabasicaestatal.wordpress.com/

En la consulta helvética, la propuesta de que el Estado garantice de por vida a cada persona un ingreso neto de 2.500 francos suizos para los adultos y de 625 francos suizos por niño fue rechazada por una amplia mayoría. Lo cual no es de extrañar: en Suiza, país de expertos chocolateros, con una tasa de paro del 4% y un salario medio en torno a 4.000 €, un ingreso garantizado para todo el mundo habría sido una delikatessen añadida al elevado nivel de vida de sus habitantes. No una imperiosa necesidad como en el caso de España

Cive Pérez (escritor y miembro del Observatorio de Renta Básica de Ciudadanía de ATTAC Madrid)

La Renta Básica Universal rompería poderosamente con esta dinámica de lo que hemos denominado en anteriores entregas "gestión neoliberal de la pobreza", limitada a "insertar" laboralmente a los pobres, mediante absurdos itinerarios formativos, cursos de capacitación, míseras y condicionadas prestaciones, etc. Y rompería con ello simplemente porque los pobres no tendrían que demostrar a ninguna Administración Pública que lo son, simplemente porque no los habría. La RBU bien implementada aseguraría que nadie está por debajo de unos mínimos ingresos vitales que garanticen una vida digna. Pero además de ello, rompería con los problemas derivados de la "condicionalidad", que acarrea que los perceptores de prestaciones tengan que informar a la Administración sobre asuntos tan íntimos y privados como dónde viven, con quién, dónde están empadronados, si viajan o no, si salen del país o no, si se casan, se divorcian o les toca la lotería. Porque la RBU asegura que no van a existir pobres en nuestra sociedad. Punto final. Al no existir pobres, nadie tiene que demostrar nada. Sus ingresos podrán aumentar por cualesquiera otras actividades, pero ello sólo trascenderá a la Administración a la hora de confeccionar la Declaración de Renta, que le obligará a tributar según sus ingresos. Al ser incondicional, la RBU se establece "ex-ante", como un derecho de ciudadanía, que garantiza la existencia material de todas las personas residentes en el país o comunidad de que se trate. En palabras de Daniel Raventós, uno de nuestros mayores expertos en el tema: "El carácter incondicional de la Renta Básica supone otorgar un poder de negociación que implica aumentar la libertad efectiva para la inmensa mayoría de la población no rica. Una característica muy apreciada por sus defensores republicanos". Desde la izquierda transformadora creemos en un modelo de sociedad en donde la existencia material garantizada (garantía de la verdadera libertad) abarque a toda la población. 

 

O dicho de otra forma, si se prefiere, la libertad (según la concepción republicana a la que nos adscribimos) consiste en no verse obligado a tener que pedir permiso a nadie para vivir, para existir socialmente. La libertad no puede ser arbitrariamente interferida por nadie. Entonces, el pobre no puede ser libre para la concepción republicana. Éste es el fundamento político y social para una medida como la Renta Básica Universal. Y así, una RBU de una cantidad al menos igual a lo que en cada momento se considere como el umbral de pobreza es la mejor forma, en las sociedades contemporáneas, de garantizar la existencia material al conjunto de la población, de acuerdo con el ideario del republicanismo democrático. La autonomía de las personas, su independencia, la existencia material garantizada que confiere una medida como la RBU es condición indispensable para el ejercicio de esa libertad. Universalizar unos ingresos mínimos garantizados debe ser entendido en el sentido de garantizar a toda la población la existencia material. El republicanismo democrático se haya fuertemente comprometido con la causa de la independencia socioeconómica de todas las personas que forman la comunidad (pueblo, país, nación, Estado...). Su objetivo principal es la garantía de que toda la ciudadanía sea independiente tanto de la caridad (pública o privada) como de la posible arbitrariedad de los llamados "empleadores", empresarios o dueños de los medios de producción. La RBU por tanto no es una medida anticapitalista en el sentido en que cambie los propietarios de los medios de producción, pero sí lo es en el sentido de que garantiza que no existan individuos que se vean obligados a vender su fuerza de trabajo para poder sobrevivir. Y en tanto en cuanto fortalece a los individuos en su libertad material, permite emanciparlos de sus posibles fuentes de dominación, eliminando gran número de circunstancias sociales que inciden en la precariedad, la pobreza, la miseria y la exclusión social. Todos estos motivos se pueden resumir en uno: la dependencia de otros para poder sobrevivir. La RBU rompe con esta dependencia, y en este sentido libera a los individuos de ella. 

 

Pero dejo de nuevo que lo explique mejor Daniel Raventós en uno de los pasajes de su referido artículo: "¿Cuáles son las esferas de libertad (republicana) que una RB podría abrir? Sólo la independencia material que se lograría a través de una RB daría a las mujeres mayores posibilidades reales para liberarse de no ser dominadas. La independencia económica que se alcanza con una RB puede actuar como una suerte de "contra-poder" doméstico capaz de modificar las relaciones de dominación y subordinación entre sexos e incrementar el poder de negociación de las mujeres en el hogar, especialmente el de aquéllas que dependen de sus compañeros o que perciben rentas muy bajas provenientes de empleos discontinuos o a tiempo parcial. Sólo la independencia material que se lograría a través de una RB permitiría a los jóvenes elegir rechazar un salario bajo o un empleo precario. Sólo la independencia material que se lograría a través de una RB permitiría a la persona sin empleo optar por cierto trabajo no remunerado que pudiera aportar beneficios a la sociedad y, así, evitar el estigma social que conlleva el estar percibiendo el subsidio de desempleo --cuando lo hay--. Sólo la independencia material que se lograría a través de una RB permitiría a un trabajador asalariado elegir entre un abanico más amplio de empleos. La independencia material, pues, incrementa la libertad, lo que sugiere que una RB lo suficientemente generosa, al universalizar un grado de independencia significativo, ensancharía el espacio para el goce de relaciones sociales en un contexto de ausencia de dominación". La RBU, por tanto, permitiría acabar con situaciones de explotación y dominación (que son esencia del capitalismo), y en este sentido sí resulta una medida anticapitalista. La población trabajadora en general adquiriría mediante la RBU una mayor capacidad de negociación y de resistencia frente a las agresiones del capital. Es evidente que la seguridad en torno a los ingresos lograda a través de una RBU permitiría que los trabajadores y trabajadoras no se vieran forzadas a aceptar cualquier tipo de oferta laboral. 

 

También se acabaría con el llamado "efecto disciplinador" del desempleo, con la función de ese "ejército de reserva" (en expresión de Marx) que los empleadores mantienen para reforzar sus posturas negociadoras. Es lógico pensar que a mayor vulnerabilidad ante las posibilidades de perder el puesto de trabajo, mayor es la disposición a aceptar el empeoramiento en las condiciones laborales. Este efecto se viene observando aún más si cabe tras las últimas (contra)reformas laborales de los últimos años. Se instala así en la población la máxima (falaz) de un empleo malo es mejor que no tener ninguno, lo que refuerza las posiciones de los empresarios. Pues bien, mediante la implementación de una medida como la RBU este efecto disciplinador quedaría enormemente debilitado, cuando no cortado de raíz, ya que muchos trabajadores y trabajadoras se sentirían mucho más protegidas y amparadas que ahora a la hora de negarse a aceptar condiciones de trabajo humillantes, explotadoras, precarias o semiesclavas, cual es la tendencia actual. Pero todavía existen más ventajas: la seguridad en los recursos económicos capacitaría a los individuos, primero, para rechazar de forma convincente y efectiva situaciones aberrantes, lo que implicaría un descenso de los niveles de dominación y de aplastante hegemonía del actor empresarial, y segundo, para planificar y llevar a la práctica diversas formas de organización del trabajo alternativas, lo que a la postre se traduciría en mayores grados de autorrealización. Y a su vez, todo ello redundaría en un descenso poderoso en la arquitectura de la desigualdad. Porque en efecto (digámoslo con claridad), la RBU no impide que sigan existiendo los ricos (para ello necesitamos además otras medidas políticas y sociales que ya hemos expuesto en entregas y bloques temáticos anteriores de esta serie), pero sí impide que sigan existiendo los pobres. 

 

Y esta es la principal razón que el modelo capitalista tiene en contra de la Renta Básica Universal. Al capitalismo le interesa que sigan existiendo pobres, porque ello incide positivamente en la permanencia de las relaciones de dominación a diferentes niveles y en diferentes contextos a los que hemos aludido, además de preservar la hegemonía empresarial. Al capitalismo le interesa que continúe existiendo esa bolsa de desempleo más o menos ingente, porque es una forma muy poderosa de controlar a la clase trabajadora. Es gracias a que estas situaciones se han mantenido y potenciado en el tiempo como el capitalismo se ha visto reforzado en sus postulados, y la inmensa mayoría social ha asumido como naturales sus perversos postulados, así como su concepto del trabajo humano. La Renta Básica Universal rompe estos postulados, los pone en entredicho, los quiebra. Y por eso la RBU es una medida tan controvertida para tanta gente, y tan demonizada por la clase empresarial, que son los principales agentes catalizadores y transmisores del capitalismo. La RBU es justa, posible y necesaria. Pero sin embargo, la reticencia social hacia ella es inmensa, y ello es así no porque sea una medida difícil de implementar o complicada de financiar, sino porque no sólo es una medida económica, no es sólo una decisión socioeconómica como otra cualquiera, sino que pone en cuestión gran parte de las concepciones filosóficas y morales del capitalismo. Detrás de una medida como la RBU se encuentra un profundo debate sobre el trabajo y las actividades humanas que el capitalismo quiere prohibir, porque no le interesa. Detrás de la RBU existe el debate de la justicia social, de la libertad de las personas y de la existencia material garantizada, aspectos que representan grandes amenazas para el modelo capitalista, tan globalizado y extendido como está hoy día. Por todo ello la RBU se ridiculiza, se demoniza, se alegan imposibilidades de financiación, e incluso se alegan debates morales sobre el fomento de los individuos ociosos en la sociedad. Todo ello para extender un velo de negatividad sobre esta medida, un velo de ignorancia, un perverso velo que oculta la tremenda revolución a muchos niveles que esta medida supondría. Precisamente por todo esto la tratamos aquí, para intentar poner nuestro granito de arena desarmando los argumentos de los contrarios a la RB (tanto a la derecha como a la izquierda), y situando esta medida no como la panacea de nada, pero sí como la solución a muchos problemas de nuestra sociedad. Continuaremos en siguientes entregas.

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14 noviembre 2018 3 14 /11 /noviembre /2018 00:00
Viñeta: Hamra

Viñeta: Hamra

Los flujos de capital dan la vuelta al planeta en minutos. Las Bolsas de las grandes capitales hacen y deshacen durante todo el día, variando las horas según las latitudes. El desplazamiento de los seres humanos conoce vallas, muros, costas hostiles, alambrados. No es un mundo ideal ni fragante aquel en el que los mercados financieros son más libres que las personas. Y, para colmo, más poderosos

Mario Wainfeld

Continuando con la visita a los diferentes muros que constituyen esta fuente de ignominia para el ser humano, reflejo de esta política de fronteras universal cada vez más deshumanizada, tenemos que mencionar también el que se conoce como el "Telón de Bambú". Se trata de la valla que separa a la Península de Corea en dos países (la Corea del Norte y la del Sur), ubicado en el Paralelo 38. Este muro también tiene su historia particular. Tras la rendición de Japón en la II Guerra Mundial ese paralelo fue establecido como el límite entre la zona ocupada por las fuerzas de la ex Unión Soviética (al norte de dicho paralelo) y las fuerzas estadounidenses (las ubicadas en el sur). En 1948, ese paralelo se convirtió de facto en la frontera entre dos naciones creadas como producto de la división ideológica de un mundo de posguerra: la República Democrática de Corea y Corea del Sur, con respectivas capitales en Pyonyang y en Seúl. En 1950, fuerzas militares de Corea del Norte dirigidas por Kim Il Sung invadieron el territorio al sur del paralelo 38, con el apoyo de voluntarios chinos y dotados de armamento soviético. Por su parte, fuerzas de la ONU, encabezadas por tropas norteamericanas, contrarrestaron aquél ataque enfrascándose en una lucha que se prolongaría durante tres años, y que se conocería como la Guerra de Corea (1950-1953). La contienda fue cruel y devastadora, muriendo en total unos tres millones de personas entre las cuales se encontraban civiles de ambas Coreas, militares y también miembros del ejército norteamericano (55.000 muertos) y 500.000 milicianos chinos. En 1953 se firmó el armisticio que fijó la nueva frontera a través de la mitad de la denominada "zona desmilitarizada", que corta el paralelo 38 en un ángulo agudo de suroeste a noroeste. Desde entonces, la enemistad entre Corea del Norte y Estados Unidos es manifiesta, y se mantienen pulsos y períodos de guerras frías entre ambos países que de no controlarse pueden poner en jaque la seguridad de ambas Coreas y de sus países aliados. 

 

Pero vayamos al muro en cuestión. Con 4 kilómetros de ancho y 250 kilómetros de largo esta extensa frontera militarizada de un extremo a otro ha continuado siendo la línea divisoria entre dos mundos opuestos en lo político y en lo económico. De un lado, una Corea del Sur con fuerte influencia occidental, aliada de Estados Unidos en el plano militar y en el económico. Y de otro, una Corea del Norte cercana a China, con un sistema político y económico que es considerado uno de los regímenes más herméticos y enigmáticos del mundo. Y como decimos, esa frontera es una de las divisiones más tensas a nivel mundial, con más de 60 años de historia, y que desde entonces ha sido hostigada por el imperialismo norteamericano. Y continuando nuestra visita por los actuales muros, no podemos dejar de mencionar la Muralla Al Saud. Con el objetivo de defender la Monarquía Wahabita de los vaivenes bélicos e intervencionistas en Oriente Medio y el Golfo Pérsico, la Casa Real saudita ha comenzado a fortificar su territorio para aislarlo a lo largo de 9.000 kilómetros de fronteras, en la que será la barrera de seguridad más larga y costosa del mundo, ya que acordonará Arabia Saudí de todos sus vecinos fronterizos: Irak, Yemen, Bahrein, Emiratos Árabes Unidos, Omán, Kuwait y Jordania. Este proyecto, que ya tiene algunos tramos concluidos, está siendo llevado a cabo por el consorcio de Defensa y Seguridad EADS y Al Rashid Trading & Contracting Co., que tienen también participación en la construcción del Muro de la Infamia de Cisjordania y que prestaron su asesoría para la construcción y mantenimiento del Muro de la Vergüenza que separa a las comunidades saharauis del Sáhara Occidental (ambos tratados en entregas anteriores). 

 

Este proyecto por tanto aún está en construcción, y ofrece diversa arquitectura. En las zonas donde haya más presencia de ciudades y pueblos las autoridades sauditas han señalado que se contará con una barrera física, y en las zonas menos pobladas y desérticas el proyecto se proveerá de vigilancia satelital, cámaras, radares, sensores electrónicos, centros de detección costeros y aeronaves de reconocimiento para detectar posibles intrusos y enviar patrullas de intervención rápida. Ya existe en la frontera con Yemen una estructura divisoria de 1.800 kilómetros de largo, consistente en una red de sacos de arena y tuberías rellenas, dotadas a su vez de equipos y sensores de detección electrónica. Esta división se unirá al muro de 900 kilómetros de largo anunciado por el Rey saudita Abdalá Bin Abdelaziz en septiembre de 2014, que permitirá según el monarca "disminuir el número de infiltrados y de traficantes de drogas, armas y ganado hasta cero", es decir, aislar al Reino Wahabita de los acontecimientos en su vecino Irak. Pero el verdadero objetivo es proteger a Arabia Saudí de la influencia de una de las perversas criaturas que ésta ayudó a crear, como es el Movimiento Takfirí Estado Islámico (Daesh en árabe) que ya tiene bajo su control vastas áreas del norte de Siria y del norte iraquí. Esta construcción estará dotada de 5 capas, con torres de vigilancia, vehículos y radares, 8 puestos de control y dirección, 32 centros de reacción rápida, 3 destacamentos de tropas de intervención inmediata, varias torres de control, 50 radares y 10 vehículos de vigilancia. Toda una infraestructura puesta al servicio de la protección de las fronteras de un país que es el verdadero santuario del wahabismo, una de las corrientes más fundamentalistas del Islam, y que es conocido por su absoluto desprecio a los derechos humanos, sometiendo y controlando vilmente a las mujeres, y ejecutando a todos los discrepantes y disidentes del régimen de forma cruel y abominable. De hecho, las abyectas prácticas del Estado Islámico están inspiradas en las que Arabia Saudí ejecuta con sus "infieles". 

 

Y así hemos llegado a nuestras vallas de la indignidad, las que nuestro país posee y que han sido levantadas para controlar la inmigración proveniente del Norte de África. España, otrora país de emigrantes hacia otros países europeos, controla nuestra frontera sur con mano de hierro, impidiendo las aspiraciones de miles de personas, que intentan alcanzar suelo español (europeo) anhelando mejores condiciones de vida. Y así, en su papel de vigilante, intentando poner freno a esos afanes, España en sus enclaves coloniales de Ceuta y Melilla, por decisión de sus socios comunitarios decidió construir a finales del siglo XX dos barreras físicas en los límites de esas dos ciudades autónomas ubicadas en suelo norteafricano, que representan la entrada más directa a suelo europeo desde el lado africano del Estrecho de Gibraltar. La ciudad de Ceuta, con 8,2 kilómetros de valla metálica y alambradas, unido a la de Melilla con sus 12 kilómetros del mismo material, están dotadas de cámaras infrarrojas, difusores de gas lacrimógeno, detectores de movimiento, cuchillas (concertinas) en las alturas de las rejas, sistemas que impiden colocar escaleras, cables trenzados y vigilancia a cargo de tropas armadas. A todo ello se unen puestos de control de la Guardia Civil y Policía de fronteras, pero aún a pesar de todo ello, cientos de migrantes consiguen de vez en cuando entrar en oleadas a nuestro territorio. Ceuta y Melilla constituyen los cercos de nuestra indignidad, de la injusticia, paradigma de lo que el propio Occidente ha hecho de las bondades de sus sistemas "de libertades", sistemas que después cierran de un portazo en las narices de miles de "indeseables". Ceuta y Melilla son nuestros muros de la vergüenza española. Son muros que reflejan la prepotencia, la crueldad y la desigualdad, y que separan el "mundo avanzado" de la pobreza y de la miseria a las que condenan al otro mundo. 

 

El caso de las vallas de Ceuta y Melilla es el mismo del muro de segregación entre México y Estados Unidos, y también el del muro existente entre Zimbaue y Botswana, en materia de inmigración: el corazón del problema es la desigualdad. La desigualdad entre continentes, entre países, entre civilizaciones, entre mundos separados, incluso en el interior de países. La desigualdad que condena, que mata, que cronifica enfermedades, que hace padecer hambre, que anula cualquier proyecto de vida digno, y que es el motor principal que empuja a estas personas a emigrar, porque lo último que se le puede negar a un ser humano es el "Derecho de fuga" (en expresión de Sandro Mezzadra). La causa última son las profundas diferencias entre un sector del planeta y otro que se hunde en un mar de miseria. Y todo ello continuará mientras no se tomen medidas de calado, y se adopten decisiones que ataquen al fondo de estas circunstancias. Hacen falta medidas estructurales que acaben con esta situación. Una situación que no mermará por muy altas que sean las rejas, por muchas patrullas de vigilancia que se coloquen, por muy sofisticadas que puedan ser las tecnologías que se empleen. Pablo Jofré Leal, en su artículo de referencia, lo ha expresado de forma brillante: "El desarrollo social, económico, el fortalecimiento de las estructuras democráticas, pero también el respeto a la historia y costumbres de los países de origen de los inmigrantes debe ser una tarea compartida, tejiendo alianzas que permitan potenciar las capacidades de cada uno de esos países, invertir en desarrollo y no en caridad. Sustentar un comercio justo, pagando precios reales por los productos que los países más desarrollados importan. No seguir en el abuso crónico de nuestras naciones, en un neocolonialismo donde se niega el acceso a tecnologías, a patentes farmacéuticas, a inversiones que potencien la industria local, que protejan a los pequeños agricultores, que globalice los intereses de los ciudadanos y no sólo el capital financiero. Medidas complejas, difíciles y de escasa recepción porque el modelo de desarrollo de nuestro planeta está basado, precisamente, en la explotación de otros seres humanos, por parte de aquéllos que suelen proteger sus torres de marfil". Abajo las torres de marfil. Adelante una nueva Política de Fronteras. Continuaremos en siguientes entregas.

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13 noviembre 2018 2 13 /11 /noviembre /2018 00:00
El Régimen del 78 está podrido

Es necesario impulsar una asamblea constituyente para acabar con las instituciones de los ricos y el Ibex 35. Ellos llaman democracia a éste régimen decrépito. En realidad el Régimen del 78 ahogó y ahoga cada vez más las libertades democráticas

Guillermo Ferrari

Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado se acostaron una noche fascistas y torturadoras y se levantaron demócratas y respetuosas con los derechos humanos. Sin juicios por los crímenes cometidos durante la dictadura. Sin renunciar a los honores otorgados precisamente por ser agentes de la represión, utilizando toda la violencia posible contra el pueblo. Sin que a ni uno de ellos le costara el puesto de trabajo, ni pérdida de graduación, ni por supuesto un sólo día en la cárcel. La policía gris pasó a vestirse de azul, pero debajo del uniforme iban los mismos (…) En la judicatura, aquellos que aplicaban las leyes fascistas sin ningún tipo de piedad, pasaron a ser jueces de una democracia. Sin que nadie tuviese que responder por, cuando menos, colaborar con una dictadura criminal, dictar sentencias de muerte, o enviar a la cárcel a mujeres y hombres que no amaban a quien el régimen decidía que tenían que amar (…) En cuanto a la estructura económica, aquellos que se hicieron de oro mediante la obra pública contratada por el franquismo, utilizando además mano de obra esclava, siguen siendo hoy los propietarios de las grandes empresas españolas. Y siguen siendo las mismas grandes corporaciones que acompañaban al Caudillo a sus viajes internacionales quienes hoy viajan con Felipe VI a vender sus productos y servicios (armas e infraestructuras faraónicas) a sátrapas opresores de sus propios pueblos

Fernando Miñana

El Régimen político fundado en España a raíz de la Constitución de 1978 se cae a pedazos. Está roto. No aguantará mucho más. Mil y un ejemplos, detalles, características y circunstancias lo demuestran: un juez que critica a una víctima de violencia de género, cuando ya ha finalizado la vista y no sabe que los micrófonos de la sala lo están grabando. Más de mil altos mandos militares que firman un manifiesto a favor de Franco. Un ex policía torturador de los tiempos del franquismo asistiendo invitado, copa de vino en ristre, a una fiesta en una Comisaría. Un actor, Willy Toledo, procesado por el delito de ofensa a los sentimientos religiosos. Unos cantantes (Pablo Hasel, Valtonyc, La Insurgencia...) condenados por escribir letras de protesta. Un Poder Judicial que cuando las acciones de los bancos caen en bolsa por haber dictado una sentencia que beneficia a la ciudadanía, convoca una reunión plenaria urgente para ver si mantiene dicha sentencia, y después de dos semanas se corrige a sí mismo volviendo a proteger a la banca. Una (ya ex) Secretaria General de su partido que cuando comprende que la corrupción acecha a su formación "contrata" los servicios de un Comisario de Policía (hoy en prisión preventiva) para que elimine pruebas y entorpezca la labor de la justicia. Un Rey ilegítimo que cobra un salario mensual 24 veces superior al SMI. O unos políticos catalanes, presos políticos por ejercer la democracia, es decir, por obedecer al pueblo. Y otros políticos catalanes exiliados por el mismo motivo. Un chat privado exclusivo para jueces criticando a los independentistas catalanes, o la familia del dictador Franco exigiendo que éste sea enterrado en la cripta de la Catedral de la Almudena. Podríamos poner muchos más ejemplos, pero creemos que los citados muestran a la perfección la inmundicia social que padecemos, la podredumbre de las cloacas de un Estado, y la decadencia de un régimen, el de la Constitución de 1978, que está dando sus últimos coletazos, aunque no sabemos aún cuánto tardará en morir.

 

Al no haber sido removidos en su momento, los poderes fácticos herederos del franquismo no han experimentado casi cambios fundamentales desde la época de la dictadura, por lo cual nos encontramos con instituciones cuyos valores, principios y funcionamiento ofrecen tics autoritarios y antidemocráticos. El sistema judicial, la Iglesia Católica, las Fuerzas Armadas, la gran banca privada o las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado son quizá los ejemplos más relevantes (además de la propia casta política, por supuesto) que nos dan pistas muy suculentas sobre la descomposición del régimen tardofranquista. El sistema judicial proveniente de la dictadura (jueces, fiscales, jerarquía de tribunales...) pasó íntegramente a llamarse "democrático". Los miembros de la judicatura hasta 1975 siguieron en el escalafón hasta sus respectivas jubilaciones, de forma que por ejemplo un juez joven perteneciente al antiguo TOP (Tribunal de Orden Público, un tribunal de excepción creado para condenar a todo opositor al régimen de Franco), al cabo de 20 ó 30 años pudo jubilarse en los más altos niveles de la Magistratura. Y por su parte, la Polícía (política) del régimen franquista se convirtió en la Policía (democrática) por decreto, de un día para otro. Los funcionarios de la Guardia Civil y la Policía Nacional continuaron en sus puestos, con los mismos derechos para ascender y jubilarse con honores. Todo ello debilita profundamente la necesaria separación entre los tres poderes del Estado, ya que el bipartidismo imperante durante todos estos años de supuesta "democracia" ha aprobado leyes que limitaban derechos y libertades públicas fundamentales, tanto sociales como económicas, y se ha ocupado de que los puestos decisivos de la Magistratura hayan sido ocupados por jueces afines al pensamiento dominante, que permitieran una interpretación conservadora y reaccionaria del ordenamiento jurídico. Ello explica, por ejemplo, que personas por robar para comer estén en la cárcel de forma inmediata, mientras altos delincuentes de cuello blanco estén en libertad. También explica el encarcelamiento preventivo y las altas penas que se solicitan para los ex dirigentes del movimiento independentista catalán, así como las sentencias que protegen al resto de instituciones provenientes del franquismo (la banca o la Iglesia Católica, por ejemplo).

 

Con mucha razón ha aseverado Carlos Martínez: "El Poder Judicial no nos protege. La legislación de fondo española está toda ella articulada con un único objetivo, proteger la propiedad privada que está en manos fundamentalmente de los poderosos, los ricos, los bancos, la oligarquía. El poder judicial es en su mayoría profundamente conservador y el origen de ello es su carácter endogámico y sagas familiares muy antiguas que conectan profundamente con el franquismo e incluso en la monarquía caciquil borbónica anterior y actual. Jueces y juezas no pueden pertenecer a partidos políticos, pero sí a sectas religiosas que condicionan más todavía a sus miembros por medio del control de conciencias y principios así como con sus amplias redes de contactos y poder. Es decir la supuesta independencia hace aguas por todas partes". Hoy sufrimos "la dictadura de la casta de las togas" (en expresión de Guillermo Ferrari), unos selectos privilegiados pertenecientes a esa casta entronizada y no depurada proveniente del franquismo, que deciden la vida de 47 millones de personas, usando unos parámetros judiciales nada imparciales. Todo un entramado institucional configurado para autoprotegerse y para blindar los negocios de las grandes transnacionales que forman el IBEX-35, a costa de la población trabajadora y de los sectores más vulnerables. Con todos estos ingredientes se comprenden los mensajes que se intercambiaban en su chat judicial privado en contra de los independentistas catalanes. En acertadas palabras de Santiago Lupe: "Cuando las cloacas del Estado hablan "off the record", el tufo de "Estado made in Franquismo" echa "p'atrás". El Tribunal de Estrasburgo le ha sacado ya los colores a la justicia española más de una vez, y donde aquí nuestros anacrónicos jueces ven subversivos delitos de "rebelión" y "sedición", sus homólogos europeos no contemplan tales aberrantes supuestos. Por si fuera poco, los jueces europeos han sentenciado que Arnaldo Otegi y otros no tuvieron un juicio justo por el caso "Bateragune". Éstas son las credenciales de nuestra casta judicial, rancia y conservadora donde las haya. A ver quién da más.

 

Por su parte, las Fuerzas Armadas representan otro gran bastión donde se asienta el régimen del 78. Al ser su papel (así reflejado en la Constitución) el de garantes de "la unidad de la patria", su papel reaccionario ante cualquier intento de democratizar las nacionalidades y pueblos que conforman el Estado Español es manifiesto. Manuel Ruiz Robles, del Colectivo ANEMOI y nuevo Presidente de Unidad Cívica por la República, lo ha expresado en los siguientes términos: "Es evidente que la pretendida reconversión de los militares franquistas en militares demócratas ha sido un fiasco más de la modélica Transición, a la vista de lo que está sucediendo cuarenta años después. Esto demuestra, una vez más, que el régimen monárquico es irreformable, blindado constitucionalmente con la única pretensión de que todo quede "atado y bien atado". En palabras amenazantes del rey, nada democráticas,  el pasado 3 de octubre, después del apaleamiento del pacífico pueblo catalán: "...la Constitución prevalecerá". ¿Prevalecerá sobre quién?". Y el otro actor de primer orden, legitimador de todo el soporte ideológico del franquismo, es la Iglesia Católica. Una Iglesia repleta de tantos privilegios que aún le cuesta soltar amarras con el franquismo. Según Pedro Luis Angosto: "La Iglesia Católica hace todo lo que está en su mano para mantener el orden establecido desde el franquismo, que no es otro que el del privilegio, el nepotismo y la corrupción". Y así, ante la actual polémica sobre la exhumación y posterior inhumación de los restos de Franco en la cripta de la madrileña Catedral de la Almudena, el Arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, ha declarado que "Como cualquier cristiano tiene derecho a poder enterrarse donde crea conveniente", y ha desviado el foco de atención a un posible acuerdo entre la familia del dictador y el Gobierno. David Bollero, sacándole los colores a la poderosa institución, ha declarado: "Así es la Iglesia Católica: se siente ofendida porque una mujer se descubra el pecho en su templo mientras recibe con los brazos abiertos a un vil asesino". 

 

Bien, la pregunta fundamental podría ser: ¿Por qué ocurre todo esto? La respuesta la tenemos en ese período (que se ha tildado erróneamente de modélico) de la Transición. Nos definieron este período como ejemplar, pacífico y consensuado. Nada más lejos de la verdad. Ni fue ejemplar (ya que como venimos contando no se desmontaron las estructuras de poder procedentes del franquismo), ni fue pacífica (hasta finales de los años 70 continuaron los asesinatos, las condenas y la represión), ni fue consensuada (las fuerzas del régimen anterior se impusieron a las de la oposición democrática). La violencia continuó en las calles durante la Transición: entre la muerte de Franco y el primer episodio de alternancia democrática en el poder en octubre de 1982 (con la victoria del PSOE de Felipe González), en España perdieron la vida más de 700 personas como consecuencia de la actividad de grupos armados y de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Más bien fue un período excluyente (los partidos republicanos continuaron en la clandestinidad), violento y "olvidador, que no olvidadizo" (en expresión de Cándido Marquesán Millán, basada en un poema de Mario Benedetti). Los partidos que representaban la continuidad del franquismo conservaban aún muchos resortes del poder. Y por detrás tenían a las Fuerzas Armadas dispuestas a imponer de nuevo por la fuerza de las armas un Estado totalitario. De hecho, el estamento militar estuvo observando de cerca y controlando todo el proceso político de la Transición, no fuera a ser que el pueblo "volviera a las andadas". No es un acontecimiento nuevo en nuestro país, donde sólo hay que echar un vistazo a la Historia para comprobar hasta qué punto las instancias militares han controlado los diferentes Gobiernos y la vida civil del país. Y eso deja mucha huella en la mentalidad de las personas. Costó trabajo que los militares aceptaran el advenimiento de un régimen "democrático", y que obedecieran las órdenes del poder civil. Hasta el año 1981 ningún civil había sido titular del Ministerio de Defensa. Aún a día de hoy los Ejércitos españoles no se han adaptado a un verdadero sistema democrático. No lo han hecho ni en su propio funcionamiento interno ni en lo que respecta a la labor de las Fuerzas Armadas en el seno de una sociedad plural, avanzada y democrática. 

 

Pero por si todo ello fuera poco, la Transición no constituyó una ruptura democrática con el franquismo, sino una continuación suavizada del mismo, mediante un lavado de cara y una apariencia democrática. El principal elemento para que podamos concluir esto es que en vez de basarse (como ha ocurrido en otros países que han sufrido períodos dictatoriales anteriores) en la verdad, en la justicia y en la reparación, la Transición se basó en la amnistía y en el olvido. Se extendió un tupido velo sobre los acontecimientos traumáticos de la Guerra Civil y de la dictadura, así como una invisibilidad de las víctimas. Como afirmábamos más arriba, las correlaciones de fuerzas balanceadas hacia la derecha impusieron que las estructuras de poder del anterior Estado franquista no fueran removidas, intentando construir un nuevo Estado "aparentemente" democrático sobre los mismos pilares del anterior, sin haber pasado página, sin haber barrido la suciedad. Se impuso el relato y la consigna del "pasar página", del "no reabrir heridas", cuando las heridas aún no estaban cerradas, y cuando la página aún no se había terminado de escribir, y ni siquiera se había comenzado a leer. Nos han vendido por tanto un relato falso de la Transición, nos han inoculado la semilla del olvido, nos han hecho creernos la retórica oficial que ha magnificado dicho período como una hazaña de altura épica, fuente y modelo para otros países que deseen inspirarse en ella. Pero lo cierto es que la Transición fue un período tutelado donde no se impusieron los valores democráticos, sino la continuidad disfrazada del franquismo. Puede que los primeros años hubiese que sortear todos esos inconvenientes...¿pero y después? Son ya 43 años desde la muerte del dictador, y hasta ahora no han existido Comisiones de la Verdad o juicios al régimen franquista y a sus gerifaltes vivos. Y ahora, cuando el actual Gobierno del PSOE ha planteado la exhumación de Franco del Valle de los Caídos, toda la caverna política, social y mediática se ha rasgado las vestiduras...¿sorprendente? No, absolutamente lógico, dados los mimbres y las coordenadas donde nos movemos. En este sentido, Fernando Miñana lo ha expresado con meridiana claridad: "Sacar a Franco de España es mucho más que mover un esqueleto. Sacar a Franco es sacar al franquismo de nuestras instituciones, de nuestros tribunales, de nuestras fuerzas de seguridad, de nuestras leyes y de nuestra sociedad. Sacar a Franco es acabar con cada uno de sus monumentos y reducirlos hasta gravilla con la que construir lugares de memoria democrática (...). Sacar a Franco es cambiar España. Es recuperar la dignidad de nuestro país. Sacar a Franco es empezar a construir, de una vez, la democracia española". 

 

Pero la disección de este perverso régimen del 78 estaría incompleta si no fuéramos al corazón del sistema, que no es otro que la Monarquía. Actualmente se mantiene al Rey y al Emérito como inimputables ante la ley, a pesar de que las manchas de la corrupción también les salpican. Pero las fuerzas políticas adscritas al régimen (esas que se han dado en llamar pomposamente "constitucionalistas") no permiten siquiera abrir una Comisión de Investigación en las Cortes Generales sobre las actividades más que dudosas de Juan Carlos I cuando ejercía como Jefe del Estado. Lo ha resumido a la perfección Edmundo Fayanas Escuer, cuando ha afirmado: "La constitución del llamado "Estado moderno español" se ha basado en tres instituciones que siguen vigentes, que nadie se atreve a cuestionar: Monarquía, Iglesia y Ejército". La Corona es el epicentro del régimen, el basamento donde el resto de instituciones y castas pivotan. Tenemos a un Rey ilegítimo (ya que es hijo del que fue impuesto por el dictador, y ninguno de los dos se han sometido al escrutinio popular) que conserva y proyecta los valores de una sociedad anacrónica, donde la fuerza del monarca, la Iglesia y los grandes poderes económicos es casi absoluta. En resumen, no hay ni pueden haber parches para el agonizante régimen del 78. Ni parches ni reformas para un sistema que descansa sobre las bases del régimen fascista anterior. Sólo puede existir la vía de devolver al pueblo su poder constituyente. Y ello pasa por invocar a la movilización social continua y sostenida para reclamar la celebración de Procesos Constituyentes en todo el Estado, que no podrán emanar de las actuales instituciones, podridas como están, sino de la fuerza social de las clases trabajadoras, para garantizar que todos los asuntos se someten a debate, desde la función de los Ejércitos hasta la Jefatura del Estado, desde los cimientos de un verdadero Estado Laico hasta las Comisiones de la Verdad que difundan el relato cierto, desde la democratización del poder judicial hasta la nacionalización de los grandes sectores estratégicos de nuestra economía, desde el blindaje de los derechos sociales hasta el derecho de autodeterminación de todos los pueblos que forman el Estado Español. ¿La meta? Derribar este podrido régimen del 78, y garantizar que el futuro de nuestro país se asiente sobre bases radicalmente democráticas. 

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12 noviembre 2018 1 12 /11 /noviembre /2018 00:00
Fuente Viñeta: El Captor (http://www.elcaptor.com/economia/)

Fuente Viñeta: El Captor (http://www.elcaptor.com/economia/)

Para algunos líderes políticos y económicos el cambio climático es un fenómeno lejano e incluso inexistente, fruto de teorías conspirativas que pretenden socavar el actual orden económico mundial, sin embargo, la realidad contundente es que el planeta está calentándose más rápidamente de lo previsto y al ritmo actual las peores consecuencias llegaran muy pronto

Edgar E. Quintero

En la última entrega ya hacíamos referencia al triste fenómeno del negacionismo climático, ofreciendo algunas explicaciones al respecto. Insistiremos aún más en ello a continuación, basándonos en este reciente artículo del Premio Nobel de Economía Paul Krugman para The New York Times. Krugman distingue tres etapas en el negacionismo climático: la primera consiste directamente en negarlo (en expresiones como "El cambio climático es un engaño"), la segunda acepta el hecho, pero intenta derivar o eximir responsabilidades ("El cambio climático está ocurriendo, pero no es provocado por el hombre"), y la tercera acepta que es nuestra responsabilidad, pero ve inconvenientes en afrontarlo ("El cambio climático es provocado por el hombre, pero hacer algo al respecto podría destruir empleos y acabar con el crecimiento económico"). El tan recurrido mantra de perjudicar a la economía es tan socorrido porque el pensamiento dominante lleva agitándolo durante décadas de despiadado neoliberalismo globalizado, así que entre los no informados o entre los dogmáticos neoliberales siempre tiene efecto. Pero al fin y al cabo, los negacionistas no abandonan jamás su argumento, aunque la evidencia científica los desmienta. Y es que el fundamentalismo económico y de mercado viene haciendo tanto daño que sus postulados son antepuestos a los avances y demostraciones científicas, pertenezcan éstas a cualquier campo del conocimiento humano. En general, la ciencia y la política no se llevan muy bien. No siempre es fácil que los políticos entiendan que aunque somos nosotros, los humanos, los que hemos de dirigir el mundo con nuestras decisiones, éstas no se pueden enfrentar de cara a la realidad científica. Pero esto siempre ocurre cuando los políticos ponen por delante sus propios intereses y convicciones, aunque sean erróneos, que la aplastante realidad. 

 

Y así, hemos llegado a una situación donde la conveniencia política y la salvaguarda de los intereses de los poderosos se coloca por delante de la evidencia científica, incluso si para ello hay que poner en peligro a la propia civilización humana. Ya dijo Albert Einstein que la estupidez humana era infinita, y en la actualidad asistimos a bochornosos espectáculos donde los dirigentes de grandes países (a los cuales debería suponérseles cierta cultura y sentido común), demuestran continuamente que son peligrosos imbéciles en grado sumo. Estas personas no están intentando comprender en realidad la gravedad del caos climático que nos afecta, ni la necesidad imperiosa de adaptarnos al declive que inexorablemente tendremos que soportar. No. Como afirma Paul Krugman: "Su meta es mantener a los contaminadores en libertad para que contaminen tanto como sea posible y se aferrarán a lo que sea con tal de servir a ese fin". Ningún argumento científico, ninguna tendencia demostrable los convencerá de que llevamos una deriva verdaderamente suicida. Cuando se quedan sin argumentos, afirman sin más que la situación se reconducirá, que regresaremos a los estados anteriores, sin aportar ninguna prueba ni razonamiento que pueda siquiera corroborar algún empirismo en sus absurdas declaraciones. Por ejemplo, tras admitir a regañadientes que la temperatura del planeta está cambiando, los negacionistas del clima aseguran que no están convencidos de que los gases de efecto invernadero sean los responsables. Todavía ven enormes conspiraciones en los científicos climáticos, de los cuales afirman que tienen intereses políticos (pero negando los suyos propios). Hace ya décadas, los expertos predijeron, mediante una metodología científica, que las emisiones aumentarían las temperaturas mundiales. Y entonces, gente como Donald Trump y sus compinches se rieron. Ahora las predicciones de los expertos se han hecho realidad, y los negacionistas insisten en que las emisiones no son las culpables, que algo más debe estar impulsando el cambio climático, que todo es una conspiración, y otras estupideces por el estilo.

 

Si muchos líderes mundiales ofrecen estos mensajes, las poblaciones respectivas no se concienciarán del problema. Igualmente, cuando decimos que el petróleo se agota, que sólo queda para un par de décadas, y que tenemos que prepararnos para otros modelos productivos y energéticos, si los dirigentes políticos, económicos y sociales no se creen estos mensajes, la población nunca estará lo suficientemente concienciada. La negación de la ciencia está haciendo mucho daño en el plano político, y los más vulnerables serán los que peor lo pasen en esta encrucijada, como de hecho ya está ocurriendo. De nuevo aquí se anteponen los intereses económicos de grandes grupos de poder. Los argumentos apocalípticos sobre el coste de reducir las emisiones de GEI son particularmente extraños dado el tremendo avance tecnológico que han experimentado las energías renovables. El coste de la energía eólica y solar ha disminuido considerablemente. Mientras tanto, las plantas de energía que funcionan con carbón se han vuelto tan poco competitivas que los gobiernos han de subsidiarlas a expensas de las industrias de las energías limpias. Si se hiciera caso a los datos, cambios y evoluciones científicas, hace tiempo que el reciclaje industrial de los nichos de mercado y de negocio donde estas empresas operan (y sus respectivos empleados) se hubieran producido, y ya no sería traumático que fueran desapareciendo. Pero en cambio, ahora se aduce como una razón de peso que miles de personas se quedarían sin empleo, para seguir subsidiando determinados modelos energéticos caros, peligrosos, caducos e insostenibles. Los negacionistas climáticos son peligrosos defensores de un modelo que nos conducirá no ya a las consecuencias del colapso (que ya estamos viviendo), sino a que dicho colapso nos atropelle de la peor forma posible. No les demos cancha. 

 

En este artículo para el medio Socialist Worker, Phil Gasper explica perfectamente las verdaderas razones del negacionismo climático. Reproduzco sus palabras a continuación: "El tamaño de la industria de los combustibles fósiles es alucinante. Cuenta con más capital que cualquier otra industria. Las principales compañías de gas y petróleo obtienen decenas de miles de millones de dólares de beneficio cada año, y el valor conjunto de toda la infraestructura de energía nuclear y combustibles fósiles excede los 15 billones de dólares. La mayor parte de esta infraestructura tiene todavía decenios de posible vida útil. Pero para resolver la crisis climática necesitamos cerrarla casi inmediatamente e invertir en energía renovable. Es evidente que las personas que poseen y se benefician del sistema existente no van a dejar que eso ocurra sin luchar con uñas y dientes para evitarlo. Esa es la razón por la que llevan décadas financiando el negacionismo climático, mediante el patrocinio de think tanks y grandes contribuciones económicas a las campañas de políticos de derechas. Tal y como sabemos ahora, Exxon, Shell y otras de las principales compañías petroleras conocían los riesgos del calentamiento global ya por los años setenta, gracias a sus propias investigaciones, pero lo ocultaron para poder continuar obteniendo beneficios". Éstas y no otras son las razones del negacionismo climático, por lo que podemos concluir que sus adalides sólo están movidos por el egoísmo, la codicia y la perversidad. Pero en honor a la verdad, no solo las derechas (política, social y mediática) están poniendo palos en las ruedas ante este fenómeno, sino también, desgraciadamente, las izquierdas poco concienciadas ante el problema. Muchos textos nos lo explican desde todos los puntos de vista. Quizá uno de los mejores en este sentido sea el ensayo "La Izquierda ante el colapso de la civilización industrial", del activista y experto gallego Manuel Casal Lodeiro, texto que recomendamos a todos nuestros lectores y lectoras y que seguiremos en muchos momentos de esta serie de artículos.

 

De forma magistral, Casal Lodeiro expone hasta qué punto la mayoría de las formaciones políticas que se adscriben al arco político de las llamadas "izquierdas" no están reaccionando como deberían ante este enorme problema, y cómo anteponen también sus propios intereses cortoplacistas en la elaboración de sus programas y propuestas electorales. Continúan en cierto sentido comprando el discurso de la derecha sobre la necesidad del "crecimiento económico", en vez de asumir y proclamar que nos enfrentamos a una brusca reducción en el nivel de complejidad de nuestra sociedad (que es lo que realmente llamamos colapso).  Ante el próximo agotamiento de los combustibles fósiles y sus consecuencias climáticas, experimentaremos "una simplificación rápida de la sociedad a todos los niveles" (en expresión de Casal Lodeiro), que nos obligará a revolucionar nuestros modos de producción, fabricación, consumo, desecho, etc. Habremos de adaptar nuestras formas de vida a una necesidad imperiosa de decrecimiento, y si no estamos preparados para ello, puede implicar cambios drásticos y radicales que serían más trágicos de lo que realmente han de ser si nos mentalizamos para ello y ponemos en marcha estos cambios civilizatorios a tiempo. Donde la izquierda tiene que insistir es en aprovechar estos cambios (que constituyen una oportunidad única en la historia) para evolucionar hacia una sociedad más justa y libre. Como hemos avanzado en entregas anteriores, lo que denominamos "colapso civilizatorio" no tiene por qué implicar una enorme tragedia a nivel social, y es precisamente aquí donde la izquierda ha de intervenir para conseguir que los moldes de la nueva civilización estén basados en mayor grado en la igualdad, la libertad y la justicia social. Pero para ello, ha de abandonar de una vez por todas las proclamas fundadas en los postulados capitalistas de la economía de mercado, y asumir de forma valiente y decidida (aún a costa de perder determinado nicho electoral) que hay que hacer una llamada de atención para alertar de forma seria sobre la necesidad de enfrentarnos a las consecuencias y efectos de nuestra perversa civilización industrial. En caso contrario, la izquierda pecará igualmente de deshonesta y a la larga perderá toda su credibilidad. Continuaremos en siguientes entregas.

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9 noviembre 2018 5 09 /11 /noviembre /2018 00:00
Fuente Viñeta: APDHA

Fuente Viñeta: APDHA

El trabajo no es la fuente de toda riqueza. […] Los burgueses tienen razones muy fundadas para atribuir al trabajo una fuerza creadora sobrenatural; pues precisamente del hecho de que el trabajo está condicionado por la naturaleza se deduce que el hombre que no dispone de más propiedad que su fuerza de trabajo, tiene que ser, necesariamente, en todo estado social y de civilización, esclavo de otros hombres, de aquellos que se han adueñado de las condiciones materiales de trabajo. Y no podrá trabajar, ni, por consiguiente, vivir, más que con su permiso

Karl Marx (“Crítica del programa de Gotha”)

Como concluíamos en la entrega anterior, la seguridad y permanencia de un ingreso indefinido despeja un horizonte de libertad real del conjunto de la población, con lo cual no sólo aseguramos su supervivencia, sino que también la protegemos frente a la dictadura del capital. Nosotros abogamos por abandonar los actuales sistemas de rentas condicionales por injustos, insuficientes e ineficaces, además de limitados en el tiempo. Como ya hemos expuesto a vuelapluma en artículos anteriores, los actuales sistemas de rentas mínimas, en toda su extensión y diversidad, sólo ofrecen un marco muy limitado (en suficiencia económica y temporal) de subsidios al conjunto de la ciudadanía, pero para ello ésta tiene que demostrar ante la Administración Pública competente su situación actual en multitud de facetas: sus ingresos, su edad, los miembros de su unidad familiar, si se poseen personas a cargo (incluso si éstos son menores o discapacitados), la declaración de bienes, y un largo etcétera de condiciones y requisitos a cumplimentar. La Administración con todos estos datos configura una serie de aplicaciones que elaboran la conclusión final, expresada en la situación de derecho devengado a percibir un determinado subsidio de la gran gama que existe (desempleo, Renta Activa de Inserción, etc.), durante un determinado tiempo. La cuantía de dicho subsidio es muy limitada, absolutamente insuficiente como para desarrollar una vida mínimamente digna. Además no se percibe de forma indefinida, sino durante un tiempo igualmente limitado, transcurrido el cual, y si no existe ningún otro derecho a prestación, el individuo queda abandonado a su suerte.

 

Mientras, todo un itinerario de acciones "formativas y de inserción laboral" se van desarrollando, con el fin de "entretener a los pobres", como también hemos analizado en entregas anteriores. Todo esto nos parece, como decíamos arriba, injusto (porque los posibles perceptores han de demostrar hasta sus situaciones más íntimas a la Administración), ineficaces (porque la propia Administración ha de diseñar y mantener una serie de aplicaciones informáticas, formularios y personal encargado de recepcionarlo), e insuficientes (porque la cuantía de los subsidios no garantizan una vida digna, y además son limitados en el tiempo). Frente a todo este demencial tinglado, desde la izquierda transformadora proponemos un sistema de asignación monetaria a toda la población sin ninguna condición. Los perceptores ya no tendrán que ser altos o bajos, llevar más o menos tiempo en desempleo, superar determinada edad, disfrutar de mayores o menores ingresos, o tener o no a su cargo a determinado número de personas. Una Renta Básica Universal no hace distinciones entre las características de los individuos, precisamente por eso es universal. Concretando algo más, y siguiendo a Daniel Raventós en este artículo para el medio digital Sin Permiso que tomamos como referencia, la renta básica sería "un pago monetario regular a toda la población, de forma individual, sin comprobación de recursos económicos ni de su situación laboral". Y así, se percibiría independientemente del sexo al que se pertenezca, del nivel de ingresos que se posea, de la religión que se profese, de la orientación sexual que se tenga, o del estrato social al que se pertenezca. Universal quiere decir universal. La RBU no contempla absolutamente ningún criterio de discriminación. Da igual si se es rico o pobre, blanco o negro, joven o viejo, casado o soltero, viviendo con 5 hijos o viviendo solo. Esta es la segunda clave: la incondicionalidad. 

 

Y por supuesto, la RBU es una transferencia individual, esto es, que se realiza al propio individuo, por sí mismo, siendo personal e intransferible. No es una asignación a la familia, no tiene en cuenta la unidad familiar, sino el propio individuo. En una vivienda compartida por cinco amigos, cada uno de ellos percibiría la RBU. Esta medida vendría a revertir profundamente la perversa arquitectura de la desigualdad, y ello no sólo porque dejarían de existir los pobres de solemnidad que no perciben ningún ingreso (o unos ingresos ridículos e indignos), sino porque fortalecería la capacidad de negociación de la clase trabajadora, dotando de un potencial poder de libertad e independencia para aceptar o no determinadas ofertas de trabajo. Las propuestas de financiación que se han elaborado suelen contemplar el ámbito de los Estados, puesto que son las Administraciones Públicas a más alto nivel que disponen de la información y de los recursos fiscales necesarios para poder financiar una RBU. Pero también, dependiendo del alcance geográfico, podría ser aconsejable que fuera más de una Administración las que otorgaran la RBU. ¿Quién recibiría la Renta Básica? Todas las personas del territorio donde se implantase, así como los residentes acreditados. Algunos autores también han abogado por la extensión de la RBU a los menores de edad, o con alguna cuantía inferior que la de los adultos. Pero atención: nuestra visión de la Renta Básica es absolutamente compatible con el diseño del conjunto de los servicios públicos que disfruta la ciudadanía (sanidad, educación, dependencia, servicios sociales...). Existe no obstante una "RBU de derechas", que propone que este sistema reemplace a los mencionados servicios públicos universales. Es decir, que la asignación de esta renta actúe a modo de sustituto parcial o total de dichos servicios. 

 

Básicamente, por tanto, las RBU de izquierdas se diferencian de las RBU de derechas en sus propuestas de financiación, que responden a la idea troncal de quién gana y quién pierde con la implantación del sistema. Los defensores de la RBU de derechas pretenden desmantelar el Estado de Bienestar "a cambio" de la RBU, persiguiendo sus clásicos objetivos de adelgazamiento del Estado y privatización de los servicios, así como de reducción de la presión fiscal. Evidentemente, esta propuesta no cubre el objetivo de reducir la arquitectura de la desigualdad. No nos interesa. Los defensores de la RBU desde la izquierda perseguimos una redistribución más justa de la renta de los más ricos al resto de la población, y el fortalecimiento del resto de servicios del Estado del Bienestar. Esta propuesta sí que revertiría la arquitectura de la desigualdad, por eso es la que se propone para conseguir este fin. Bien, antes hablábamos de los subsidios condicionales actuales, y sus diferentes limitaciones. Vamos a compararlos ahora con la asignación de la RBU desde los siguientes cuatro puntos de vista:

 

1.- La trampa de la pobreza. Cuando se es perceptor de un típico subsidio limitado y condicionado, existe un fuerte desincentivo para buscar trabajo remunerado, pues ello implica la pérdida parcial o total de dicho subsidio. Por contra, la RBU funciona a modo de un suelo o base perceptora, no como un techo. Es decir, cualquier ciudadano/a tiene derecho por el hecho de serlo a la RBU, siempre, a lo largo de toda su vida, encima de la cual se colocarán los ingresos que dicho invididuo obtenga por otros medios, típicamente por otras actividades remuneradas. Pero la realización de este trabajo remunerado no implica la pérdida de la RBU, por lo que el desincentivo a la actividad desaparece. De tal forma, que una determinada persona puede disfrutar únicamente del ingreso que le proporciona la RBU, mientras que otra puede disfrutar de tres ingresos, uno proveniente de la RBU, y otros dos provenientes de diversos trabajos remunerados que lleva a cabo. La RBU jamás se pierde. 

 

2.- Costes administrativos de los subsidios condicionados. Como hemos indicado más arriba, el sistema de subsidios condicionados necesita para su implementación inmensos gastos (aplicaciones informáticas que seleccionen y validen los datos, variedad de formularios, personal dedicado a su atención y proceso, etc.). La condicionalidad implica control, y el control implica gastos derivados de su gestión y administración. La Renta Básica, al ser universal, elimina por completo estos gastos. Todo el mundo tiene derecho a ella. 

 

3.- La estigmatización asociada a los subsidios condicionados. La RBU elimina la obligación a la que se enfrentan los candidatos a perceptores al tener que significarse, ante los funcionarios de las diversas Administraciones Públicas, al tener que identificarse como pobres, enfermos, incapaces, etc. Dicha estigmatización desaparece con la RBU. Nadie tiene que demostrar nada. Su nivel de ingresos únicamente tendrá que consignarse en la (posible) Declaración de la Renta de las Personas Físicas. 

 

4.- La cobertura insuficiente de los programas de Rentas Mínimas de Inserción. Porque como hemos indicado, se trata de programas que no llegan a alcanzar a la totalidad de la población que potencialmente podría ser beneficiaria de ellos, y además es insuficiente en su cuantía y en su duración, siempre limitada.

 

La Renta Básica Universal diluye todos estos problemas. Continuaremos en siguientes entregas.

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7 noviembre 2018 3 07 /11 /noviembre /2018 00:00
Viñeta: El Roto

Viñeta: El Roto

Tal discurso diseñado desde distintos ámbitos, el político, el mediático, el escolar y por supuesto desde la religión católica, explica en gran parte que en España prolifere cada vez más el racismo. Mas, muchos españoles, como europeos, no se dan cuenta que una sudamericana limpia el portal de su casa; que un rumano le sirve el café en el bar; que un marroquí recoge la fruta, que tomará en el postre; que un sudamericano le lleva el paquete; que una chica joven, sudamericana, rumana o ucraniana cuida, limpia o escucha a nuestros niños o a nuestros mayores, con sueldos miserables, porque nosotros no podemos, o mejor, no queremos

Cándido Marquesán Millán

Siguiendo el completo artículo de Pablo Jofré Leal, en la entrega anterior ya habíamos citado dos de los muros de la vergüenza que nos deshonran como seres humanos, tales como el muro marroquí y el muro israelí. Continuaremos con otros que también le van a la zaga. Tenemos también el muro de la segregación estadounidense. Curiosamente, Estados Unidos fue uno de los mayores instigadores para que desapareciera el Muro de Berlín (que también comentamos en el artículo anterior), pero aquéllo tenía su causa en el interés norteamericano porque desapareciera el modelo político que lo sustentaba. Pues bien, el gigante estadounidense hizo levantar, desde los tiempos de la Presidencia de Bill Clinton, el muro fronterizo con México, una de las vallas con más víctimas fatales desde que se iniciara su construcción. La historia de la migración centroamericana a Estados Unidos se remonta a tiempo atrás, pero hoy día sigue más viva que nunca, véase la actual Caravana de Migrantes que están intentando llegar a territorio estadounidense, procedentes de Honduras y Guatemala, y que trataremos en posteriores entregas. Pues bien, el hecho es que más de 10.000 seres humanos han muerto en este muro desde el año 1994, un muro cuyo Presidente actual, Donald Trump, prometió reforzar y completar en su campaña electoral. Un promedio de 500 vidas humanas por año han sido segadas con tan vil motivo, ya sea por abusos de los guardias fronterizos, por el maltrato provocado por las mafias, por la deshidratación al cruzar el desierto que separa México de Estados Unidos, ahogados en los ríos o asfixiados durante el cruce en vehículos abarrotados de migrantes. Como señala Jofré Leal, lo cierto es que hasta el momento, este muro ha generado en 23 años de existencia 40 veces más muertes que las que generó durante 28 años el Muro de Berlín. 

 

Se une a ello las denuncias de diversas ONG's, como Amnistía Internacional, que en un informe de agosto de 2014 señalaba que "un número sorprendentemente alto de mujeres migrantes sufren abusos sexuales durante su paso clandestino por México hacia los Estados Unidos. Seis de cada diez mujeres que pasan por México en busca del sueño americano, en vez de lograrlo solo son objeto de abusos por parte de traficantes y policías". Sin embargo, ni siquiera estas cifras acallan las voces que siguen calificando a la sociedad estadounidense como la más democrática del mundo. Informes que año tras año describen situaciones similares, sin que las autoridades estadounidenses (que dicho sea de paso suelen criticar al resto del mundo en asuntos de derechos humanos), hayan hecho algo por evitar sus propias violaciones de los mismos. Hasta hoy los sectores construidos del muro son los que separan California del Estado mexicano de Tijuana, Arizona de Sonora, Nuevo México de Baja California y Texas de Chihuahua y Cohauila. Este muro segregacionista está compuesto por tres secciones de tapias sucesivas a las cuales se les ha dotado de la más alta tecnología en materia de vigilancia electrónica: focos de grandísima potencia, radares, sensores electrónicos, cámaras de visión nocturna, detectores de movimiento, etc., y todo ello conectado a la Border Patrol (Patrulla Fronteriza). Se une a todo ello un cuerpo de élite militar, altamente especializado y equipado, entrenado en materias de combate a la inmigración, y a los cuales se les ha dotado de patrullas todoterreno, helicópteros y hasta facultades legales que han merecido la repulsa de organizaciones mundiales de derechos humanos. Todo un despropósito dirigido expresamente a controlar la frontera sur de los Estados Unidos. 

 

Hasta el año 2011 se habían construido 1.044 kilómetros de este muro fronterizo, que ha sido ampliado durante estos años hasta los 1.120 kilómetros actuales. En el año 2013 se aprobó en el Senado estadounidense la decisión de levantar unos mil kilómetros más de muro en la frontera con México, que se extiende hasta los 3.240 kilómetros. La disposición incluyó también duplicar el número de agentes fronterizos (hasta llegar a los diez mil), y además se adquirieron drones de vigilancia fronteriza por valor de más de 10.000 millones de dólares. Pablo Jofré Leal concluye muy sabiamente: "Gastos en represión, gastos en más armas y cero gastos en tratar de generar ideas de desarrollo en los países de los cuales provienen estos inmigrantes". No solo eso, sino que podemos afirmar sin lugar a dudas que Estados Unidos, a través de su política de injerencia constante, es el principal responsable del ambiente de pobreza y exclusión que viven estos países centroamericanos, desde los cuales proviene la inmensa mayoría de migrantes que intentan entrar por su frontera sur. Y como afirmábamos anteriormente, tras la llegada al poder del grosero multimillonario Donald Trump, este detestable magnate ha centrado su gestión en el endurecimiento de la política de migración, incluso llegando a proponer en un principio que los gastos de ampliación del muro debían ser pagados por México. El colmo de la desfachatez. Y hasta ahora, la ampliación del muro continúa. La propia Cámara de Representantes aprobó en julio del pasado año 2017 la primera partida destinada a tal fin, dotada de 1.600 millones de dólares. El propio Trump se desplazó hasta el lugar de las obras para dar su visto bueno. En octubre de 2017 dicha cifra se elevó hasta los 10.000 millones de dólares cuando el Comité de Seguridad Nacional de la Cámara de Representantes de EE.UU. aprobó un proyecto de ley de seguridad fronteriza que incluye dicha partida de gasto. 

 

Todas estas iniciativas están muy alejadas de resolver el problema de la inmigración, pues lo abordan desde un punto de vista represivo, de control de fronteras, en vez de como un problema de desigualdad y de derechos humanos. En realidad, estos proyectos "fronterizos" tienen una clara vocación capitalista, pues sólo benefician a las empresas que producen dichos equipos de vigilancia, y aquéllas que suministran los materiales, la tecnología y la mano de obra para la construcción de estos adefesios murales. Pero poseen también otra dimensión, y es que benefician electoralmente (que no a la propia sociedad a la que representan) a los políticos que promueven la xenofobia, la segregación y el desprecio a los extranjeros. El propio Donald Trump ha tildado de "criminales" a los centroamericanos que se dirigen en Caravana humana para intentar llegar a cumplir su equivocado "sueño americano". Mientras las políticas de fronteras no aborden el fondo de los problemas, las primigenias razones que impulsan a los seres humanos a migrar, e intenten revertir estos procesos actuando sobre la base etiológica de tal fenómeno, las caravanas de migrantes continuarán. Se sucederán unas tras otra, y no habrá fronteras, militares, policías ni tecnologías que puedan pararlos. Tampoco habrá Presidentes bravucones que con su discurso de odio y desprecio puedan pararlos. Con todas sus políticas duras, de represión y de control de fronteras, sólo exhiben su profunda ignorancia en asuntos de terceros países, y en el fondo el chovinismo y el supremacismo que coloca a su nación por encima de las demás. Una política de fronteras inteligente abordaría el fondo de las razones que inducen a millones de seres humanos a emigrar, a buscar mejores perspectivas de vida, dejando atrás sus tierras, sus pueblos y su gente, sus culturas y sus modos de vida, para embarcarse en la aventura de alcanzar una supuesta "tierra prometida". Pero las tierras prometidas no existen. 

 

Una política de fronteras humana y sensible intentaría conocer el fondo de los problemas de otras naciones, de otros países, de donde la gente emigra, para intentar poner el grano de arena correspondiente para poder revertir dicha situación. Una política de fronteras justa y sensata se centraría en las personas, no pondría obstáculos a su libre circulación, sino que invertiría precisamente en conseguir que las naciones y sus poblaciones no tuviesen motivos para emigrar. Una política de fronteras comenzaría por no inocular ideologías de supremacismo, xenofobia, racismo y discriminación para con los habitantes de terceros países, precisamente porque entendería que la riqueza del mestizaje humano es la mejor aportación que históricamente han realizado las culturas. Los energúmenos que se creen puros y superiores jamás han creado nada bueno para la humanidad. En los peores casos han ejecutado verdaderos holocaustos con una porción de la humanidad que ellos creían inferiores. Las políticas de fronteras han de partir desde las bases de la inclusión y de la cooperación, del mestizaje y del multiculturalismo. No podemos fomentar la idiosincrasia propia a fuerza de denostar la de los demás, no podemos ser "grandes" (parafraseando al ignorante y belicoso Trump) a base de insultar y menospreciar a los que no son como nosotros. No podemos denigrar a culturas extranjeras simplemente porque no las conocemos, o no las comprendemos. Una política de fronteras ha de ser humanitaria, sensible, inteligente, sensata, y sobre todo, responsable con el derecho internacional de los derechos humanos. Normalmente, los migrantes lo son por razones políticas o porque huyen de sus países de origen por la miseria, la pobreza, el desempleo y la exclusión social que sufren, pero lo que no decimos es que, precisamente, esas circunstancias las estamos creando nosotros, los países de destino. Otra Política de Fronteras es posible y necesaria. Aún no acaban los muros que existen actualmente en el planeta. Continuaremos en siguientes entregas.

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