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5 noviembre 2018 1 05 /11 /noviembre /2018 00:00
Viñeta: Kaweet

Viñeta: Kaweet

Creo conveniente que recordemos aquí lo que significa CRECIMIENTO: Es la acumulación (por parte de unos pocos) de la riqueza que producen los recursos del planeta y el trabajo humano, a costa de aumentar la explotación y la pobreza de unos muchos, y del agotamiento de los recursos del planeta. El crecimiento sólo es indispensable para los explotadores, los usureros y los especuladores. Pero para la inmensa mayoría de la población el crecimiento es muy perjudicial y rechazable. El crecimiento ha provocado esta crisis multidimensional de la que no saldremos, de no abandonarlo

Julio García Camarero

Ese "crecimiento económico" que se repite como un mantra sagrado por los artífices y defensores del pensamiento dominante es uno de los paradigmas del capitalismo, quien es el responsable del cambio climático y de las actividades extractivistas. Éstas son a su vez responsables del agotamiento físico de los combustibles fósiles, y aquél comenzó junto con la expansión del capitalismo industrial en todo el planeta, durante el siglo XVIII, aunque por aquéllas calendas aún no existieran mecanismos de medida de los fenómenos ambientales. Antes de la Revolución Industrial el hombre no poseía aún los mecanismos para provocar daño a la naturaleza, ya que durante los primeros modos de producción (esclavista primero, y luego feudal), el ser humano no había fabricado aún los instrumentos para provocar daños tan irreparables al medio ambiente. Las clases dominantes de aquél entonces podían tener trabajando a miles de personas, esclavizadas y dedicadas a diversas tareas (actividades mineras, tala de árboles, desvío del cauce de los ríos...), pero únicamente poseían instrumentos manuales rudimentarios, y por lo tanto su acción no impedía la regeneración del medio natural. Fue a raíz del desarrollo tecnológico que se rompieron dichas barreras, y las clases dominantes pudieron socavar la naturaleza superando los límites de siglos anteriores. El desarrollo tecnológico y la posterior globalización han permitido llegar a todos los rincones del planeta, explotar recursos en volúmenes antes no imaginados, y causar también un grado de destrucción nunca antes visto.

 

Cuando los movimientos ecologistas y la izquierda transformadora han comenzado a denunciar, mediante métodos y demostraciones científicas, el enorme y tremendo daño causado, el capitalismo ha salido en tromba a "desmentir" la aplastante realidad. Medios de comunicación, dirigentes políticos, pero sobre todo las propias compañías, han puesto en duda que dicha realidad sea tal, y han intentado negar la evidencia científica, desviar responsabilidades, y en último término, "suavizar" el rostro capitalista. Y así, corporaciones petroleras, empresas de automoción, metalúrgicas, empresas de servicios, etc., han venido creando grupos de presión (lobbies), que rápidamente contrataron científicos y periodistas a su servicio para convencer a políticos y opinión pública de que los riesgos del cambio climático no son tales, o lo son en mucha menor medida. De esa forma, desviaban la atención sobre la urgencia de implantar políticas restrictivas en materia de emisión de gases de efecto invernadero. Dichas empresas invierten al año miles de millones de dólares en lo que pudiéramos llamar "campañas negacionistas". Sus principales mensajes son que la ciencia es inexacta y contradictoria, que aún no se tienen constancia de tales datos, que no existen conclusiones fiables, que los científicos están divididos, y por supuesto, que los que defendemos las políticas decrecentistas somos unos locos y unos charlatanes. Todo ello además lo aderezan concluyendo que la adopción de medidas que controlen la acción de estas empresas constituiría un grave lastre para la economía mundial.

 

¿Pero es el sector energético el único interesado en las campañas negacionistas? Pues parece ser que no, ya que tenemos a multitud de sectores empresariales que simplemente están interesadas en negar este fenómeno debido a los beneficios económicos que les reportaría su peligrosa generalización. Se trata de empresas igualmente perversas que las anteriores, pero ahora dedicadas a modelos de negocio que verían incrementadas sus labores (y por tanto, sus beneficios), a raíz de los terribles efectos que el caos climático conllevaría. Luciano Andrés Valencia nos da algunos ejemplos, en este artículo para el medio argentino La Izquierda Diario: "Las aseguradoras podrían incrementar sus ganancias con el aumento de los desastres socio-naturales que se van a incrementar en los próximos años. Las empresas constructoras se beneficiarían construyendo casas adaptadas a los desastres y con sistemas de ahorro de energía. Las sequías cada vez más frecuentes en inmensas áreas del planeta serían una bendición para las compañías de agua que obtengan la concesión para trasladar un recurso cada vez más escaso, mientras que las grandes compañías agrícolas (Monsanto, Cargill, Dupont, Syngenta) podrían vender cultivos transgénicos resistentes a los cambios de temperatura y a las nuevas plagas. También hay grupos empresariales que especulan con la desaparición de especies, como los acaparadores de marfil que esperan la extinción de los elefantes para subir el precio del producto". Podríamos poner más ejemplos. El caso es que la detestable actividad de estas empresas se nutre de las desgracias de una humanidad y de un sistema que directamente las ha provocado. Así de desalmado puede llegar a ser el capitalismo. 

 

Estos movimientos negacionistas están consiguiendo que cierta parte de la población (por fortuna, minoritaria) se adhiera a sus postulados, aunque la realidad nos demuestra que las aplastantes realidades del cambio climático están calando hondo en la inmensa mayoría de la población mundial, y que cada vez estamos alcanzando una mayor concienciación sobre la gravedad del problema. A ello están contribuyendo también algunas disciplinas y corrientes de pensamiento (Economía Verde, Agroecologia, etc.), que aún sin adoptar posturas radicalmente decrecentistas, apoyan las medidas que apuestan por atajar los problemas del desmedido crecimiento económico, y se concentran en rebajar las tasas de emisiones de GEI. No obstante, desde este momento aclaramos que eso que se ha dado en llamar "Capitalismo Verde", y que consiste únicamente en "humanizar" un poco el capitalismo clásico, con objeto de hacer menos daño al planeta, simplemente no funciona. Es como tratar a un enfermo terminal con una aspirina. Las doctrinas de este Capitalismo Verde insisten en medidas de corte neokeynesiano que no sólo intentan frenar los daños a los ecosistemas naturales, sino en redistribuir mejor la riqueza generada, pero no atacan el nudo gordiano del problema, que consiste en enfrentarnos a la necesidad de decrecer en todos los sentidos, para adaptarnos a un mundo donde no será posible utilizar ni los medios de producción actuales ni las fuentes energéticas clásicas. Es hora ya de entender que el tan cacareado "Desarrollo sostenible" es un oxímoron en sí mismo, una contradicción en toda regla. Es en esencia un problema de generar menos cantidad de productos y hacerlo bajo otros medios de producción, de acabar con el consumismo desenfrenado y caótico que nos está conduciendo al agotamiento de los recursos y a la ingente generación de residuos, y sobre todo, poner fin a determinados procesos que son absolutamente nocivos para los ecosistemas, tales como el fracking, el extractivismo (prospecciones petrolíferas, megaminería...), la agricultura altamente dependiente de agrotóxicos y semillas modificadas genéticamente, la ganadería intensiva, etc. 

 

Expliquémoslo desde otro punto de vista más elemental: si queremos enfrentarnos a los problemas del cambio climático (y por tanto generar menos emisiones, evitando el calentamiento global), hemos de ¡¡disminuir el PIB!! Es decir, justo lo contrario de lo que cada año se proclama que hay que hacer. Si crecer se manifiesta fundamentalmente en aumentar el PIB de cualquier nación (la suma del PIB de todas las naciones nos da el PIB mundial), entonces decrecer se manifestará justo a la inversa. Algunos autores estiman dicho decrecimiento del PIB mundial en torno a un 3% anual de aquí a 2050, si pretendemos que la temperatura media del planeta no aumente más allá de 1,5ºC. Por tanto, la conclusión se nos ofrece bien clara: es el propio capitalismo el que hay que abandonar, pues éste necesita crecimiento económico para poderse mantener, y este crecimiento nos lleva al desastre climático. Así de claro. Le podremos dar todas las vueltas que queramos, pero al final nos daremos de bruces con esta conclusión. Seremos capaces o no de implementarlo, pero esto no cambiará el dilema. La adaptación al cambio climático no puede provenir del mismo sistema que lo ha engendrado. Hemos de cambiar de sistema. De entrada, hemos de hacer justo lo contrario de lo que se ha venido haciendo. Pero claro, intentar convencer de esto a los capitalistas es como predicar en el desierto. Pero no nos engañemos: las víctimas de tanto desastre "natural" son en realidad las víctimas de este crimen brutal del capitalismo contra el planeta. Queramos verlo o no, la solución a la peligrosa deriva ambiental, energética y climática en la que estamos inmersos pasa por acabar con el capitalismo depredador de la mano de obra humana y de los recursos naturales, pasa por adoptar visiones reduccionistas y decrecentistas en nuestra economía, y pasa por evolucionar hacia hábitos de vida austeros, simples y locales. Continuaremos en siguientes entregas.

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2 noviembre 2018 5 02 /11 /noviembre /2018 00:00
Viñeta: J. Morgan

Viñeta: J. Morgan

Repartir las horas de trabajo existentes entre ocupados y desocupados, entre nativos e inmigrantes, entre calificados y precarios, entre adultos y jóvenes, entre hombres y mujeres, sin rebajas salariales, es una medida impiadosa frente a la ganancia capitalista. Es sin embargo la única forma de que la humanidad se reapropie de la técnica y la ciencia como su propia obra. Aunque no lo crean, hay vida más allá del capital

Paula Bach

En la última entrega de esta serie ya hacíamos referencia, una vez más, en esta ocasión de cara a revertir la desigualdad en el mundo laboral, a la nacionalización de determinadas empresas, otrora públicas, pero que se fueron gradualmente privatizando, en detrimento de la calidad del empleo y de la calidad de sus servicios. Con ello, derechos fundamentales de la ciudadanía que eran provistos por servicios públicos, gratuitos y universales, comenzaron a depender de las leyes del mercado. Entre otras muchas consecuencias, los puestos de trabajo se vieron claramente mermados, cualitativa y cuantitativamente. Pero su vuelta al sector público no puede ser al que estamos acostumbrados (burocratizado, politizado, corrupto y al servicio de la gran empresa privada), sino democratizado y gestionado para atender a las necesidades sociales del conjunto de la población, y por supuesto, protegiendo el medio natural. Estamos hablando, por tanto, de planificación democrática, cooperación, descentralización, en lugar de competencia y mercado. Son, por tanto, dos modelos muy distintos. Otra ventaja del modelo público que proponemos sería el alejamiento del "modelo de negocio" en que se han convertido muchos derechos fundamentales. Hoy día la nacionalización es un tabú porque se sabe que el desarrollo del sector público choca frontalmente con la rentabilidad económica de la gran empresa privada. Pero si hay un servicio público de vivienda, por ejemplo, con un amplio patrimonio de vivienda social en alquiler, el negocio de la vivienda sería imposible. De esta forma, una vivienda pública o una privada cumplen igual de bien su función, entendido como su valor de uso. Pero sin embargo, un modelo permite obtener ganancias a una empresa privada, y el otro no. Extrapolémoslo a la sanidad pública, a la educación pública, a la dependencia...

 

Pero no sólo estos sectores. Desde el ámbito público también se podría producir energía, transportes, comunicaciones, paneles solares, vehículos, obra civil, banca, agua, y un largo etcétera de productos, servicios y bienes fundamentales cuyos suministros hoy día sirven para enriquecer a la empresa privada, en vez de para garantizar los suministros básicos a la ciudadanía. El empleo en dichos sectores, si estuvieran en el ámbito público, entraría evidentemente en otra órbita, la esfera de lo público al menos proporcionaría empleos dignos y decentes, con calidad y derechos para sus empleados. Básicamente, todos los moldes del modelo productivo de una sociedad podrían (y deberían) pertenecer a la esfera de lo público. La empresa privada debería estar relegada a sectores del mercado que comercializaran productos, bienes o servicios no fundamentales para el funcionamiento básico de una sociedad. Pero claro, la materialización de este discurso implicaría una defensa firme y cotidiana y una apuesta por la nacionalización democrática de los sectores productivos estratégicos, explicando al conjunto de la ciudadanía la necesidad de cambiar el modo de producción (lo que Marx denominaba "las relaciones de propiedad"). El veterano escritor Antonio Álvarez Solís lo ha expresado recientemente en uno de sus artículos para el medio Naiz: "Creo que es hora, por parte de la llamada izquierda, de diseñar una sociedad donde la banca y los bienes naturales --aguas, subsuelo, minerales, viento y otras energías que genera espontáneamente la naturaleza, como ese sol escandalosamente privatizado-- sean administrados por empresas públicas debidamente controladas por mecánicas transparentes y sujetas preferentemente al servicio del entorno. La corrupción ya no sería tan fácil y los beneficios podrían ser aplicados con un verdadero espíritu social".

 

Bien, llegados a este punto, vamos a ocuparnos, con la profundidad que merece, del instrumento que venimos denominando Renta Básica Universal (abreviadamente, RBU), como solución añadida a los problemas derivados de la arquitectura laboral de la desigualdad, y a la crisis del Dios Trabajo (como lo hemos denominado en alguna entrega anterior). Antes que nada, mencionar que este asunto también fue tratado en la serie de artículos "Marxismo, Socialismo y Capitalismo en el Siglo XXI", concretamente a partir de su entrega número 66). Los lectores y lectoras que lo deseen pueden consultar todas las reflexiones, propuestas y explicaciones que dimos allí. En general, la idea de un ingreso garantizado al conjunto de la ciudadanía no es un invento reciente, o una descabellada ocurrencia de cuatro descerebrados, ya que sus fundamentos políticos y filosóficos fueron planteados, desde el siglo XVIII, por el estadounidense Thomas Paine y el francés Charles Fourier, como una especie de indemnización a los individuos por el uso que la civilización hace de los recursos naturales que pertenecen al patrimonio común, según nos cuenta Cive Pérez en este artículo para el medio La Lamentable. Y después, pensadores de la talla de Bertrand Rusell o Erich Fromm han defendido la idea de la RBU. La Renta Básica Universal forma parte, y así se reconoce hoy día, del patrimonio cultural del republicanismo materialista y dialéctico. Se nos aparece como solución a la decadencia del concepto de trabajo humano ligado a la dignificación de la persona, y el empleo como solución política a la pobreza. Estos conceptos, como hemos expuesto en entregas anteriores, entran en crisis con el recorrido capitalista de los últimos años, y se comprende que el lema del trabajo virtuoso es un telón que en realidad oculta las miserias del trabajo asalariado por cuenta ajena, con beneficio y permiso de otro. Con la realidad impuesta de la figura del "trabajador pobre" imperante en nuestros días, toda esta trasnochada retahíla pierde absolutamente su valor, y es necesario rescatar nuevos enfoques. Como hemos concluido, los conceptos de Trabajo, Ocupación y Empleo no se refieren a la misma cosa, sino que son categorías distintas que se superponen en la actividad de los individuos en las sociedades actuales.

 

En efecto, existen gran cantidad de trabajos (autoproducción, cuidado de niños y ancianos, mantenimiento del hogar, etc.) que el imaginario capitalista no considera empleos, y sin embargo, ocupan una gran cantidad de tiempo vital para muchas personas, mujeres en su mayoría. Trabajo y Empleo son dos categorías conceptuales distintas, que sin embargo a veces se confunden en los discursos políticos y económicos. Y es un hecho innegable, al que ya nos hemos referido, que a medida que avanza el progreso tecnológico de nuestra sociedad, se produce "una avería del artefacto del empleo" (en expresión de Cive Pérez). Estamos, pues, cada vez más alejados del mantra del "pleno empleo", y cada vez más cerca de ese modelo que se ha dado en llamar Sociedad 20-80, donde bastará el trabajo de alrededor del 20% de la población activa para hacerla funcionar. Esa minoría de trabajadores cualificados será suficiente para asegurar el control de las máquinas y los procesos productivos, y el 80% restante de la población sólo tendrá acceso a empleos de bajísima cualificación, o bien se verá condenada al desempleo estructural. ¿Hacemos de todo esto un drama o diseñamos soluciones? Quizá sea mejor lo segundo. Intentar no afrontar la realidad sólo creará más sufrimiento y desesperación. Hagamos de la necesidad virtud, y seamos capaces no sólo de asumir el reto, sino de aprovechar la citada evolución del trabajo para diseñar un sistema de reparto justo y sostenible de la riqueza, además de fomentar las capacidades de creación humanas. Todo esto no son hipótesis ni profecías futuristas, sino hechos tangiles y demostrables cuyas consecuencias sociales no han sido aún valoradas suficientemente por las principales fuerzas políticas, quizá por cobardía a la hora de presentar a sus votantes una incómoda realidad. 

 

Lejos se nos queda el mantra de que "el trabajo dignifica al ser humano", no ya solo porque su escasez va a dejar (si lo seguimos al pie de la letra) a millones de personas sin dignidad, sino porque las últimas (contra)reformas laborales han establecido marcos legales donde la supremacía de la parte contratante sobre la que aporta su fuerza de trabajo es arrolladora. Con todo ello, hemos despojado al trabajo humano de su auténtica función social integradora. El desempleo se utiliza hoy como elemento de dominación y control de una sociedad desesperada. Se impone, pues, cambiar de perspectiva, y abandonar el empleo como elemento central de los planteamientos de integración social y económica de la sociedad. Por tanto, seamos realistas, pragmáticos, y sobre todo, justos: cuando el empleo ya no es capaz de garantizar la integración social de las personas, habrá que garantizarles, al menos, la supervivencia. Se nos dirá que ese mecanismo ya existe, mediante los diversos programas de Inserción Social y de Rentas Mínimas de Integración (o de mil variantes más en su nomenclatura) que las diferentes Administraciones Públicas proyectan sobre la masa de los desempleados. Pero remito a los lectores y lectoras a algunas entregas anteriores, donde ya hemos discutido que esos planes son auténticos placebos sociales, injustos, limitados, insuficientes y humillantes. No son, evidentemente, la solución. Dichos planes representan únicamente una especie de limosna social, limitada en el tiempo, a cambio de la cual las personas sin empleo tienen que demostrar a su Administración respectiva que son pobres de solemnidad, con la consiguiente estigmatización de estas personas por un lado, y el peso de una Administración diseñada para comprobar de facto la situación de estas personas (impresos, folletos, sistemas informáticos, funcionarios que han de comprobar los datos, etc.). A ello se une la diversidad de planes funcionalmente distintos, en requisitos y situaciones, que delimitan un panorama ciertamente deprimente. Hay que diseñar otro mecanismo, y nosotros estamos convencidos de que dicho mecanismo es la Renta Básica Universal. Continuaremos en siguientes entregas.

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31 octubre 2018 3 31 /10 /octubre /2018 00:00
Viñeta: Malagón

Viñeta: Malagón

Se ha generalizado un discurso contra un supuesto «enemigo exterior» que nos va a invadir. Sin embargo, las comunidades de las que estamos hablando han logrado resistir y sobrevivir a múltiples peligros y violencias –de redes criminales, de género, institucional– y están en movimiento por unas causas estructurales que la propia Europa ha generado en África en forma de guerras, cambio climático, control de fronteras, explotación de los recursos o empobrecimiento de las economías locales

Elena Bezanilla

Si tuviéramos que elegir un símbolo material, visual y paradigmático para definir las actuales políticas de fronteras, quizá el mejor de todos ellos sería el muro. Los muros, mejor dicho. Fronteras electrificadas, mallas de concertinas, muros visibles e invisibles, muros para los que no hay justificación. El muro es quizá la mejor expresión para reflejar la separación, la distancia, la lejanía, la indiferencia, la hostilidad. Da igual como estén fabricados, un muro siempre será un muro. Vallas, cercas, alambradas...todas se fabrican y se levantan para lo mismo. Los muros separan, hostigan, disuaden...Los muros de la vergüenza repartidos por todo el mundo, en prácticamente todos los continentes, son la expresión de la intolerante política de fronteras que hoy día gobierna el planeta.  Esos muros de América del Norte, de África, de Asia Central, de Oriente Medio o de Europa siempre cumplen las mismas funciones: separar, dividir, segregar, interponer distancia, tornar más injustas las relaciones entre las personas, los países y las culturas. Tomaremos a continuación como referencia para visitar los diferentes muros repartidos por todo el globo a este artículo del siempre magnífico Pablo Jofré Leal, publicado en el medio digital Rebelion. En 1989 el mundo celebraba la caída del famoso Muro de Berlín, todo un símbolo que había separado no sólo el mundo occidental del oriental, sino también el mundo capitalista del antiguo mundo socialista. El famoso "Telón de Acero" comenzó su construcción el 13 de agosto de 1961, y fue derribado en la noche del 9 al 10 de noviembre de 1989, es decir, 28 años más tarde. Era una construcción de hormigón que se extendía a lo largo de 160 kilómetros, 45 de ellos dividiendo la ciudad de Berlín en dos, y el resto que circundaba su parte oeste separándola de la República Democrática Alemana (RDA). 

 

Pero el Muro de Berlín fue realmente un símbolo. Más que separar países o continentes, separaba ideologías, formas y concepciones del mundo, de la vida y de la política. Durante el período que se dio en llamar la Guerra Fría, el Muro de Berlín separaba dos bloques antagónicos, casi irreconciliables, que se miraban y se tomaban la distancia entre sí. Lógicamente, ninguno de los dos lados del Muro de Berlín era un paraíso, ambos tenían sus ventajas y sus inconvenientes, y los políticos e historiadores nos han vendido concepciones distorsionadas de ambos modelos. Las personas de mi generación crecimos bajo los falaces mensajes que nos presentaban el lado occidental del Muro como el lado civilizado, el mundo libre, y el lado oriental como el mundo sometido, hereje y alienado. Ninguno de los mensajes era cierto. Ni el bloque occidental era tan bueno ni el oriental tan malo. Por tanto, en última instancia, no había justificación para ese muro. La noche de su desmoronamiento fue vivida como un acontecimiento mundial, como una catarsis colectiva, como un hito histórico. Pocos hechos en nuestra historia moderna alcanzaron tanta repercusión. Las fronteras siempre son malas, y aquélla había sido una frontera muy especial. Los dirigentes de la antigua RDA lo llamaban "Muro de Protección Antifascista" (como si nuestro mundo occidental estuviera libre de fascismos). La Fiscalía de Berlin cifra en unas 270 las personas muertas por intentar pasar al bloque occidental, de las cuales 30 de ellas murieron como consecuencia de la explosión de minas. Un promedio de unos 10 muertos por año de vigencia del muro. Los años en que el famoso Muro de Berlín estuvo activo se correspondían con aquéllos en los que el combate ideológico, industrial, militar, aeroespacial y político entre el Este y el Oeste estaba en su apogeo. 

 

Y aunque los hay de muchas características, significados y funcionalidades, los muros actuales básicamente responden a la finalidad de impedir que ciudadanos de otras partes del mundo ingresen a nuestros territorios: "indeseables" "extranjeros" "indocumentados" "ilegales" o simplemente personas de otras nacionalidades, busquen oportunidades de vida y de trabajo en países más desarrollados. Y frente a todo ello, el cinismo es atronador. Pablo Jofré Leal lo expresa bajo los siguientes términos: "Frente a esas creaciones, violatorias de los derechos de millones de seres humanos, los mismos que conmemoran hoy la caída del Muro de Berlín y criticaron con fuerza su edificación, callan, enmudecen y hasta justifican que se construyan nuevas separaciones, nuevas divisiones, nuevas formas de tener seres humanos de primera y segunda categoría. A la par del viejo muro berlinés, esos muros de la vergüenza siguen siendo ocultados, minimizados y hasta justificados, por gran parte de los medios de comunicación del mundo". Pues bien, uno de ellos es el muro marroquí que los separa del pueblo saharaui. Tiene 2.735 kilómetros de recorrido, 3 metros de altura, y dispone de constante presencia militar de la Monarquía de Marruecos. Posee enormes similitudes con el muro de la vergüeza israelí con respecto a los palestinos, que también abordaremos. El muro marroquí se extiende a lo largo del Sáhara Occidental y separa los territorios liberados de la República Árabe Saharaui Democrática de aquéllos territorios ocupados por Marruecos. Dispone de fosos, muros de piedra, alambradas, campos minados, fortificaciones militares, 160.000 miembros del ejército marroquí, armamento y tecnología de última generación, que divide a los legítimos dueños de esas tierras de sus hermanos, que habitan los territorios liberados y los campamentos de Tindouf, en territorio argelino. Jofré Leal nos cuenta que cada 5 kilómetros este muro tiene acuartelada una compañía de infantería y cada 15 kilómetros un radar y baterías de artillería. Nuestro país vende armamento utilizado en este muro, con la vergüenza añadida de que nosotros somos el país que debería garantizar el referéndum (crónicamente postergado) para la autodeterminación del pueblo saharaui. 

 

Tenemos también el muro de la infamia israelí, ya citado anteriormente. Porque en efecto, allí, en Oriente Medio, en los territorios ocupados, otro muro, infame y cruel, forma parte de un oscuro y silenciado esquema represivo puesto en práctica por los gobiernos israelíes desde el año 2002. Está compuesto por un sistema que consta de unos 550 controles y bloqueos, levantados para controlar permanentemente a una población de 2 millones de palestinos dentro de los territorios ocupados en Cisjordania. Todo un símbolo de segregación racial, condenado por gobiernos, organismos internacionales y organizaciones defensoras de los derechos humanos. Condenas que para Israel no significan nada, pues además disfruta de la impunidad de ser socio "inquebrantable" de la más perversa potencia mundial, como es Estados Unidos. Todas las atrocidades de Israel cuentan no sólo con la incomprensible y vergonzante "neutralidad" de la comunidad internacional, sino con el aval, el apoyo y la financiación de los Estados Unidos. Este muro de la infamia es una inteligente estructura dotada de tecnología de última generación en materia de vigilancia tales como sensores infrarrojos o difusores de gas lacrimógeno, entre otros artilugios. Incluye alambradas de púas de acero, zanjas, zonas dotadas de arena fina para detectar huellas, torres de vigilancia con guardias permanentes, caminos asfaltados a cada lado para permitir patrullar a los tanques y otros vehículos de seguridad, así como zonas adicionales de defensa y áreas restringidas de diversa profundidad. Puntos de control y vigilancia que se adentran en gran parte de su construcción por territorio palestino. ¿Podemos entender que un pueblo pueda vivir de esta manera? ¿Es digna una comunidad internacional que permite estas atrocidades? 

 

El muro israelí rodea con estos sistemas de seguridad los 50 asentamientos israelíes ilegales donde habita un 80% del total de colonos judíos, que incluyen además extensas áreas cultivables confiscadas a los palestinos. Se ha creado así en territorio palestino una continuidad de los asentamientos ilegales con Israel mientras separa dicha zona del resto de Cisjordania. Muro que a su vez está teniendo su símil frente a la Franja de Gaza, con el objetivo de seguir teniendo a este territorio palestino convertido en la cárcel a cielo abierto más grande del mundo. Unos 100.000 palestinos residentes en 42 pueblos de Cisjordania viven entre el muro y la llamada Línea Verde con Israel (la "Línea Verde" es el trazado definido en el armisticio firmado entre Israel y los países árabes en 1949). Una docena de estos pueblos y unos 50.000 palestinos quedarán completamente cercados por el muro. Más del 10% de la tierra palestina de Cisjordania (más de 57.000 hectáreas) quedan al otro lado del muro. Más de medio millón de palestinos vivirán dentro de una franja de un kilómetro impuesto por esta infame separación. Como podemos comprobar, este muro de la vergüenza israelí es la más cruel y despótica segregación por la fuerza de seres humanos que se ha dado en la historia. En 2004 la Corte Internacional de Justicia de La Haya determinó que Israel debía detener la construcción del muro dentro de los Territorios Ocupados, desmantelar las secciones ya construidas allí y reparar el daño causado. Israel no lo ha cumplido, sin que ello signifique condena alguna del Consejo de Seguridad de la ONU, sanciones por el incumplimiento de resoluciones internacionales, o acciones de boicot. Pablo Jofré Leal concluye: "Israel, así como Marruecos, han violado la legislación internacional y han intensificado su política de ocupación y represión contra las sociedades a las cuales someten. Los gobiernos callan, los organismos internacionales no ejecutan las labores que deben realizar, y el juego macabro continúa su marcha de dolor y muerte para millones de seres humanos". Pero no acaban aquí los muros. Continuaremos en siguientes entregas.

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29 octubre 2018 1 29 /10 /octubre /2018 00:00
Viñeta: Jean-François Rochez

Viñeta: Jean-François Rochez

La sociedad occidental en los últimos dos siglos, y, especialmente, en las últimas décadas, ha construido una forma de vida absolutamente incompatible con la lógica de los sistemas naturales. En el plano material, lo que hemos celebrado como avance y progreso ha crecido socavando las bases materiales que sostienen el mundo vivo, arrasando la especie humana como parte de él, y repartiendo los beneficios temporales de ese metabolismo económico de forma enormemente injusta

Yayo Herrero

Ante el colapso civilizatorio que se nos avecina, no es sensato recurrir a soluciones de décadas o siglos anteriores, ya que precisamente son estos erróneos enfoques los que tenemos que cambiar. El peligro del colapso nos obliga a ir replanteando todos nuestros modos de vida, sin opciones alternativas. En ese sentido, y de cara a los posibles programas que desde la izquierda transformadora podamos plantear, es evidente que el enfrentamiento contra esta situación tiene que estar contemplado, so pena de quedar como absolutamente incoherente con las necesidades imperantes. De hecho, la tendencia desde hace algunos años en los programas políticos de la izquierda es a contemplar cada vez con más intensidad las medidas de corte ecológico y eco-socialistas que se deberían implementar, pero siempre se hace desde una tibieza manifiesta que no se corresponde con la urgencia del problema. Hemos llegado a un punto donde no sólo es que tengamos que difundir un programa claramente anticapitalista, sino que hemos de difundir por todos los medios y con absoluta prioridad mensajes en contra de la lógica del crecimiento y del consumo, los patrones capitalistas por excelencia, y precisamente los que nos han traído hasta aquí. Debemos comenzar a acostumbrarnos a vivir en un mundo donde los recursos estarán muy limitados, lo que dará como consecuencia la existencia de sociedades altamente heterogéneas en sus demandas y necesidades. A estas alturas de la película, el capitalismo ha provocado ya daños irreparables en nuestros ecosistemas, por lo cual ya no sería posible frenar el desastre, sino que simplemente nos queda resistir el embate lo mejor posible.

 

Sin embargo, nuestra sociedad es tan ciega y tan sorda, a la vez que tan irresponsable, que aún continúa hablando de "crecimiento" económico, de modelos energéticos insostenibles, y creyendo (en contra de toda lógica científica) que la humanidad será capaz, en último momento, de frenar los efectos del caos climático y del agotamiento de los recursos. Lo cierto es que, como resultado del agotamiento energético, hemos de asumir sin atajos la idea del decrecimiento como algo inevitable. Hasta los propios postulados del Socialismo se deben adaptar, ya que las clásicas consignas revolucionarias del control obrero de la producción, de la planificación de la economía mundial, etc., eran válidas cuando aún no habíamos destruido los equilibrios ecológicos. Ahora lo prioritario es cómo afrontamos las consecuencias del colapso, y nos adaptamos a él lo mejor posible. Por ejemplo, una hipotética expropiación forzosa de ciertos medios de producción por parte de la clase trabajadora no solucionaría los problemas de la contaminación y del uso de modelos energéticos insostenibles. La sociedad no está preparada para estos problemas, y lo peor de todo ello es que no estamos haciendo nada para prepararla. Desde los medios de comunicación dominantes no se da eco a los mensajes ecológicos con la suficiente entidad, y como adelantábamos anteriormente, ni siquiera las propuestas programáticas de cierta parte de la izquierda reflejan de verdad la urgencia del problema, y la imperiosa necesidad de migrar hacia modelos de vida y de energía sostenibles. La izquierda tradicional tiene ante sí misma un enorme desafío que no está reconociendo, y que se encuentra en el seno mismo de sus lógicas de pensamiento, y de sus organizaciones. 

 

Hemos dejado que el capitalismo se desarrolle tanto, provoque tantos estragos y desequilibre hasta tal punto los ecosistemas naturales, que ya no será posible recuperarlos del todo, sino que únicamente nos quedará aprender a vivir de otra manera, si no queremos ser los protagonistas de la próxima extinción. El colapso civilizatorio implicará la muerte de todos nuestros sistemas de organización política y social, los cuales han adquirido hoy día, gracias a la globalización, una dimensión planetaria. Sólo nos queda difundir los mensajes de alerta por todo el mundo, lo más rápidamente que podamos, y comenzar a pensar en estrategias que sirvan para un mundo en vías de colapsar. No pretendemos crear más alarma social que la necesaria, pero sí contribuir a no seguir ocultando por más tiempo la debacle que se avecina, y la urgencia de abandonar los sistemas de producción y consumo vigentes hasta hoy. Se imponen modelos de organización social más simples, más pequeños y más austeros, para poder afrontar mejor las crisis climáticas, alimentarias y energéticas que se desencadenarán. La adaptación al caos climático y al agotamiento físico de los combustibles fósiles deben constituir la centralidad estratégica de los modelos de vida que deberán imponerse. La crisis ecológica que se ha producido ante nuestras propias narices, y que nosotros hemos provocado,  a pesar de la tremenda envergadura que posee, no ha despertado en ninguna corriente política (quizás con la excepción del Eco-Socialismo y sus referentes teóricos y políticos) la necesidad de propuestas concretas que puedan abordarla. Todavía una gran parte de la izquierda, como antes hemos reseñado, sigue anclada a un conjunto de propuestas absolutamente anacrónicas y miopes con respecto a la realidad ecológica que vivimos. 

 

Hay que insistir, por tanto y sobre todo, a las organizaciones de la izquierda de nuestro país, para que dejen de mirar para otro lado, de confeccionar programas cortoplacistas, con tal de no querer exponerse a los riesgos de una posible espantada de votantes. La realidad está aquí, y no podemos cambiarla. Ignorarla tampoco es una buena opción, ya que se nos volverá en nuestra contra. Debemos ser fieles a nuestra vocación de pretender cambiar el mundo para mejorarlo, y en esta época de expansión sin límites del capitalismo, arrasando con todo, no nos queda más remedio que denunciar la grave crisis climática que padecemos, y la necesidad de enfrentarse al agotamiento de los recursos y a los efectos y consecuencias que se derivarán de todo ello. No debemos subestimar el problema, ni maquillarlo con efectivos retoques por aquí y por allá, ni diseñar atajos para esquivar sus terribles efectos. Nada de eso es coherente con nuestro sentimiento de militancia en la izquierda política. No podemos ser cobardes, ignorantes o inocentes. Sólo nos queda ser realistas y valientes. La ingenuidad de muchos planteamientos de cierto sector de la izquierda sólo demuestra su profunda ignorancia en los asuntos climáticos y energéticos, o simplemente, sus egoístas miras electorales a corto plazo. Necesitamos programas políticos realistas, de amplias miras, valientes y decididos, con un abanico de propuestas que planteen estrategias contundentes frente al aluvión de problemas que se avecinan. En este sentido, desde esta humilde tribuna hacemos un llamamiento a partidos políticos, organizaciones obreras, sindicatos, movimientos sociales, organizaciones vecinales, asociaciones de consumidores, asociaciones profesionales, de mujeres, de estudiantes, de pensionistas, mareas ciudadanas en una palabra, para que consideren la prioridad de entender la envergadura de la crisis ecológica que nos atraviesa.

 

Pero tengamos claro, no obstante, que a pesar de la profunda revolución en todos los órdenes que el colapso civilizatorio nos impondrá, ello no significa que no podamos alcanzar en el futuro condiciones de vida dignas para la humanidad. Lo que estamos asegurando es que nuestros modelos actuales de producción y de consumo, nuestros modos de vida, hábitos y costumbres, nuestra arquitectura social en una palabra, van a colapsar por los motivos aducidos, y que tendremos que buscar alternativas de vida sobre el planeta que sean coherentes con la adaptación necesaria. Pero a pesar del inevitable decrecimiento al que estamos abocados, esto no implica que nuestras condiciones de vida tengan que deteriorarse. El capitalismo nos ha impuesto valores y principios, comportamientos, esquemas de vida, sueños y percepciones equivocadas, que ahora hay que ir derribando. Pero es muy posible que en dicha tarea, vayamos encontrando otros modos de vida más justos y sostenibles.  Lo que entendemos por "riqueza", "progreso", "civilización", etc., se va a venir abajo, pero eso sólo quiere decir que hemos abusado de unos modelos absolutamente depredadores sobre el entorno natural que el ser humano había encontrado. Es nuestra misión intentar adaptarnos a otros modos de vida, que también traerán consigo otros valores, otros principios y otros pilares donde sustentar nuevas civilizaciones. En este sentido, el colapso al que estamos haciendo referencia no tiene por qué ser necesariamente un concepto pesimista, sino que también puede ser constructivo, entendido como una oportunidad para sanear nuestros modelos fundamentados en el expolio de las personas, los animales y los entornos naturales. Los colapsos son siempre consecuencias de modelos agotados y contradictorios, insostenibles, y esto es precisamente lo que nos está ocurriendo. Continuaremos en siguientes entregas.

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25 octubre 2018 4 25 /10 /octubre /2018 23:00
Viñeta: Antonio Fraguas "Forges"

Viñeta: Antonio Fraguas "Forges"

La OIT contaba más de 192 millones de desempleados en enero de 2018, pero ahora sospechamos que el ascenso es notoriamente superior. Abrimos los ojos y vemos el mundo, en el cual enormes filas de desempleados cuyas quejas apenas llegan a través de los desfallecidos sindicatos, trabajadores de todas las edades que se acumulan en el paro como animales infectados en el matadero y tratados como cuerpos tóxicos

Eduardo Camín

Por tanto, más que la preocupación por si los robots o la inteligencia artificial se quedarán con nuestras tareas, o sobre los millones de puestos de trabajo que se perderán con la implantación de las nuevas tecnologías en las empresas, podríamos y deberíamos hacernos otras preguntas, como las que formula Paula Bach en este artículo para el medio Izquierda Diario: "¿Será la humanidad capaz de reducir el tiempo de trabajo gris y cotidiano en el mediano o aún en el largo plazo? ¿de cuántas horas será una jornada de trabajo media teniendo en cuenta la ayuda de este eventual "ejército de robots"? ¿de 6? ¿de 4 horas? ¿de 3, de 2? ¿será capaz la humanidad de crear las máquinas que le permitan a las amplias mayorías conquistar el tiempo libre necesario para desarrollar la imaginación, la creatividad, el arte, la ciencia?". Éstas y otras por el estilo son las preguntas verdaderamente interesantes a las que hay que dar respuesta, o mejor dicho, trabajar políticamente para hacer realidad las respuestas adecuadas. No hagamos caso por tanto a las profecías del advenimiento masivo de robots que ocuparán nuestros puestos de trabajo, desahuciándonos de los mismos, ya que no es más que propaganda financiada por el capital para inculcarnos miedo y convertir en otro designio de la naturaleza sus perversas intenciones. Al capital le interesa que la clase trabajadora vea a los robots como una amenaza, como un nuevo rival, como nuestros enemigos, cuando nada más lejos de la realidad. Detrás de toda esa mensajería interesada, se pretende que los trabajadores y trabajadoras se comporten aún de forma más sumisa con el capital, con los patronos, presionados por esta "amenaza robotizada" que viene a suplantarnos en las empresas. 

 

¿Qué sentido le damos entonces al concepto de "desempleo tecnológico"? Varios flecos ocurren por esta vía de la implantación de la tecnología en las empresas: por una parte, se crean nuevos empleos al albur de la creciente mecanización de las tareas que hasta ahora desarrollaban los humanos, a la par que se destruyen empleos antiguos cuya naturaleza o fines dejan de interesar. Pero mientras todo ello ocurre, nos encontramos en una fase donde el capitalismo (siempre ávido de obtener mayores beneficios) utiliza la tecnología en contra de los trabajadores, creando plustrabajo en un polo (demasiado trabajo para algunos) y desempleo en el otro (reducción masiva de plantillas por adecuación tecnológica de las mismas). Debemos luchar, en aras de minimizar la arquitectura de la desigualdad, por nivelar estos dos polos, jugando, como ya indicábamos en la entrega anterior, con el factor de la productividad por una parte, y con el reparto del trabajo, por la otra. Porque hay que resaltar que igual que nos preocupa la desaparición del trabajo en masa, también es ciertamente preocupante la deriva de la precariedad laboral, es decir, la gradual desaparición del trabajo de calidad, estable y con derechos. Pero no nos engañemos: este último factor no ha ocurrido por la tecnología, sino por la globalización y la deslocalización de las empresas, fenómenos ya expuestos en entregas anteriores. La mejor herramienta para luchar contra todo ello es la exigencia del reparto de las horas de trabajo entre los trabajadores disponibles, sin reducciones salariales, para poner al servicio de la clase trabajadora las conquistas de la ciencia y de la técnica. No obstante, esta medida también nos hace pensar sobre la posibilidad de que los ingresos por trabajo retribuido no alcancen el mínimo para poder desarrollar una vida digna, lo cual nos trae de nuevo al debate sobre la Renta Básica Universal (RBU), que trataremos en breve. 

 

Insistimos no obstante en que para revertir la arquitectura de la desigualdad, además de las medidas que proponemos aquí, sería necesaria una mayor implicación del sector público en el área de las nuevas tecnologías, de tal forma que dicho campo no fuera patrimonializado ni dominado únicamente por el gran capital. Dicho de otro modo, es necesario facilitar cierto grado de soberanía tecnológica, para de algún modo impedir que los capitalistas controlen e impongan a su albedrío (con las terribles consecuencias que ello podría ocasionar para la clase trabajadora) los avances científicos y tecnológicos en el mundo laboral, y en general, en el resto de actividades humanas. Véase, a modo de ciencia-ficción, el hipotético escenario que imaginan Diego Saravia, Nilsa Sarmiento y Rafael Rico Ríos en este artículo para el digital Rebelion, bajo el enigmático título: "La era del robot, ¿fin de la lucha de clases?". En el citado texto, los autores nos relatan, desde un punto de vista de ficción, los posibles peligros de los avances de la robótica aplicados al capitalismo y a la lucha de clases, y las posibilidades y estrategias para frenarlo. Curioso artículo donde los haya. En definitiva, y reconsiderando todos los factores que hemos expuesto durante las últimas entregas de esta serie (precariedad laboral, trabajadores pobres, el debate sobre el fin del trabajo, el aumento del uso de las nuevas tecnologías en las empresas, etc.), creemos que está clara la necesidad de repensar los mecanismos de inclusión social, y no construirla únicamente desde la base del empleo, sobre todo si entendemos éste en su versión capitalista. Rompamos así con ese mantra de la derecha que reza: "La mejor política social es el empleo" (sobre todo porque se refieren a continuar creando empleos precarios para aumentar el ratio de obreros pobres).

 

En el fondo de este planteamiento, radica la necesidad y urgencia de pensar en el trabajo humano bajo nuevos enfoques, en nuevos términos, con otros objetivos, sujeto a otra naturaleza. O si se prefiere, abriendo nuevas acepciones, es decir, no limitándonos a la acepción clásica (capitalista) del trabajo remunerado. Hoy día es muy difícil pensar en la justicia social en base únicamente al trabajo humano como la posesión de un empleo, ya que sustenta un modelo de mercantilización de todas las facetas de nuestra vida, que siempre, de manera incondicional, terminará superponiendo el valor de mercado sobre la dignidad de las personas. Necesitamos abrir el abanico, dejar entrar un poco de humanidad en el concepto de trabajo, legitimar otras posibilidades a las ocupaciones humanas, que no sean sólo aquéllas que están sujetas a un horario, a un salario y a una determinada producción. Y por supuesto, debemos acabar con la precariedad laboral, pero esto, evidentemente, no puede hacerse solicitando a los empresarios su buena voluntad y cooperación, mediante compromisos no vinculantes o códigos de buenas prácticas (como se hizo con la banca), sino que ha de hacerse por ley. Simplemente, se debe elaborar un determinado marco legal que prevea al máximo las posibilidades de utilizar fraudulentamente determinados tipos de contratos, y además, racionalizar los salarios, los horarios y las cotizaciones, para que nadie tenga que sufrir un trabajo indigno. Bien, y mientras eso no llega...¿Qué? Pues mientras eso no llega, el sistema debe dotar a las personas de una Renta Mínima, de carácter indefinido, para asegurar su subsistencia material. 

 

Todo ello implica que no se puede dejar la tarea de la creación de empleo únicamente en las manos privadas, sino que hace falta de forma imperiosa un desarrollo masivo del sector público, recuperando empleos públicos, revirtiendo los recortes que se han practicado durante los últimos años, abriendo la iniciativa pública a sectores aún no existentes (por ejemplo, la Educación Infantil de 0 a 3 años), recuperando empresas del sector público, y sobre todo, devolviendo a la esfera pública (de donde nunca debieran haber salido) las empresas que gestionan los servicios y suministros básicos (energía, transportes, agua, banca, telecomunicaciones...), de tal forma que tales servicios dejen de constituir un lujo para quien pueda pagarlos, sino que sean servicios públicos (gratuitos y universales), ligados a derechos fundamentales del conjunto de la ciudadanía. Con todo esto aún no basta, y entonces, como hemos insistido, necesitamos repartir el trabajo existente, y eso lo podemos hacer mediante una reducción de la jornada laboral sin disminución salarial, pasando a la jornada de 30, incluso de 20 horas semanales (para algunos sectores con mucha presencia tecnológica la jornada podría reducirse aún más). Además, esa es la única manera (junto con otros complementos tributarios) de hacer viable el Sistema Público de Pensiones y de dignificarlas, logrando la creación de puestos de trabajo estables y bien pagados, que creen riqueza social. Como la iniciativa privada no contribuirá en este propósito (o lo hará en la mínima proporción), para eso venimos recomendando la implantación de los Planes de Trabajo Garantizado (PTG), que diseñan la Relación de Puestos de Trabajo (RPT) realmente necesarios (desde un punto de vista social) para una determinada comunidad. Serían, como hemos expuesto, trabajos controlados por la iniciativa pública, y bajo control democrático. La guinda de todo este pastel la pondría la Renta Básica Universal (RBU), pensada para los casos donde las personas no tuvieran ninguna oportunidad en este abanico de posibilidades, o simplemente no quisieran acogerse a ninguna. Continuaremos en siguientes entregas.

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23 octubre 2018 2 23 /10 /octubre /2018 23:00
Viñeta: Malagón

Viñeta: Malagón

Europa no sólo ha de pensarse bajo un nuevo paradigma que le aleje de la nefasta e inútil pretensión de ser fortaleza –misión para la que de hecho se inventó Frontex, la Agencia europea de control de fronteras–, sino que ha de promoverlo con agilidad, lucidez y ese mínimo ético de una política decente, en estos momentos inexistente en cuanto a política de inmigración. Además de verdaderas políticas comunes de acogida e integración, son necesarias nuevas formas de relación con los países de donde afluyen refugiados e inmigrantes para los que, por otra parte, ya no valen maleadas formas de lo que fue pretendida cooperación al desarrollo, hoy obsoletas y, es más, invalidadas por el uso mercantilista que con frecuencia se ha hecho de ellas. La responsabilidad colectiva a la que está llamada Europa obliga a ser conscientes de que aquí y ahora o todos nos salvamos o todos nos hundimos

José Antonio Pérez Tapias

Creemos evidente, tras todo lo expuesto en anteriores entregas, que una nueva política de fronteras ha de implementarse, no sólo a nivel nacional, sino europeo e internacional. Ha de proporcionarse a los migrantes rutas seguras (tanto por tierra como por mar), hay que estudiar todas las peticiones de asilo que sean formuladas, hay que conceder visados para poder buscar trabajo en nuestro continente, hay que perseguir a las mafias y arrancarles el monopolio de la movilidad, y hay que detener las muertes en nuestro Mar Mediterráneo, que más bien se nos presenta como una gran fosa común. Pero no sólo eso: hay que derogar los tratados, acuerdos y convenios que no sean coherentes con el derecho internacional sobre derechos humanos, hay que estudiar más y mejores mecanismos de integración de los migrantes en sus países de destino, y con respecto a sus países de origen, hay que diseñar instrumentos y políticas reales y eficaces de ayuda al desarrollo, no sólo para que dejen de ser escenarios de guerra (en su caso), sino para que sus nativos no sientan la necesidad de abandonar su país, a no ser por mero turismo. Basta de tragedias en el mar, basta de devoluciones en caliente, basta de rechazar peticiones de asilo, y sobre todo, basta ya de sostener y ser cómplices por más tiempo de las guerras y de las hambrunas que empujan a esta gente a emigrar. Pero también basta de Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE), basta de redadas racistas, basta de centros de detención, basta de vuelos masivos de deportación, y basta de criminalización en torno a los migrantes y sus actividades. Las mafias son un objetivo importante a derribar, pues mientras exista alguna persona dispuesta a pagar por viajar de África a Europa, o de Guatemala a Estados Unidos, o de Siria a Alemania, por ejemplo, siempre existirán redes clandestinas que brindarán la posibilidad de hacerlo. 

 

Gabrielle del Grande, fundador del Blog Fortress Europe, en esta carta al Ministro de Interior italiano, Matteo Salvini, publicada en el medio Ctxt, destaca especialmente la perversa labor de las mafias: "Hemos llegado al extremo de que el último y único camino factible para emigrar de África a Europa pasa por el contrabando libio. Las mafias libias se han hecho hoy por hoy con el monopolio de la movilidad sur-norte en el Mediterráneo central. Consiguen mover hasta a cien mil pasajeros por año con una facturación de millones de dólares, aunque también con miles de muertos". En este sentido, los Gobiernos europeos practican constantemente una dejación de sus funciones, no sólo porque trasladan a las ONG's las labores humanitarias de rescate, sino porque sus Embajadas en los diversos países africanos han dejado de conceder visados. Así que en vez de acordar perversos tratados con países externos a la UE (Turquía o Libia, por ejemplo) para que retengan a los migrantes y controlen que no existan afluencias masivas a nuestras fronteras, bien podrían emplear ese dinero en regular un nuevo sistema más amplio de visados africanos, que no sólo permita la posibilidad de las estancias temporales, sino también los visados por búsqueda de trabajo, y por reunificación familiar, para abrir el abanico de posibilidades, así como las variantes de integración. Debieran ser además, como propone Gabrielle del Grande, visados válidos para poder circular por todo el territorio de la Unión Europea, y buscar empleo en cualquiera de sus Estado miembro. Y así, llegamos a la situación actual, donde al propio infierno que han sufrido en sus países de origen, se les suma el tiempo que han de esperar en el país de destino para que se les conceda un permiso de residencia que seguramente ni llegará en el 50% de los casos. 

 

Para ese 50% no será concedido el asilo político, el estatus de refugiado, y en los casos donde tampoco sean repatriados, al cabo del tiempo de vagar en la clandestinidad social, miles de personas pasarán a formar parte del ejército de los "sin papeles" y del mercado negro del trabajo. Economía sumergida, trabajos de cuidados, venta ambulante, etc., serán los destinos de esta gente, porque llegan a un país cuyo modelo social es absolutamente hostil para ellos (la verdad es que es hostil incluso para su propia gente). En este artículo del periodista Juan Carlos Osuna publicado en el digital Rebelion, se afirma que la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD) informó que al menos 2,5 millones de migrantes (unos 375.000 en la zona del Mediterráneo) viajaron de contrabando en todo el mundo durante el año 2016, y señaló que las redes ilegales de traficantes de personas obtuvieron por este medio ganancias de más de siete mil millones de dólares, cantidad que equivale a lo que Estados Unidos o la propia Unión Europea destinaron ese mismo año a ayuda humanitaria. La ONUDD (que publicó estos datos por primera vez) señaló también que el tráfico de migrantes "sigue la misma dinámica que otros mercados transnacionales del crimen organizado", respondiendo a las leyes del mercado, es decir, de la oferta y la demanda. Y añadió que "en la mayoría de los itinerarios también se denunciaron asesinatos sistemáticos de migrantes", además de violaciones, robos, secuestros y esclavitud. Esta agencia destaca también el enorme incremento de la población mundial migrante, que ha pasado de los 173 millones de personas en el año 2000, a los 258 millones en 2017. La escasez de canales legales para intentar residir en otro país o los altos costes de la emigración regular impulsan a muchas personas a recurrir a redes criminales, aumentando el volumen de "negocio" y el poder de estas execrables y siniestras organizaciones. 

 

Y así, en 2017 se documentó la muerte de casi 6.200 migrantes en su viaje hacia otro país, y de ellos, el 58% falleció ahogado durante diversas travesías marítimas. Otro 19% murió debido a las duras condiciones meteorológicas que tuvieron que soportar, o bien por causa de enfermedades diversas, otro 8% murió en accidentes en vías terrestres y otro 6% en homicidios. El Mediterráneo es la zona más letal, con alrededor de la mitad de los migrantes muertos que se registran en el mundo cada año. La ONUDD sostiene en su informe que "El asesinato deliberado (de migrantes) se registra en la mayoría de las rutas de contrabando", y también señala que "estas cifras son sólo la punta del iceberg, ya que es probable que muchas muertes de migrantes no sean documentadas, sobre todo en rutas marítimas no vigiladas, así como tramos terrestres remotos o inhóspitos".  Los rescates en el Mar Mediterráneo se llevan la palma, en cantidad y en intensidad. Y en cuanto a Libia, tras el asesinato de Gadafi en 2011 y la desintegración del Estado libio, el país africano se ha convertido en la mayor concentración de mafias de tráfico de personas, y ha pasado a ser la vía de escape de miles de personas africanas y asiáticas que huyen del Sur al Norte, poniéndose en manos de perversos traficantes de seres humanos. Este es el vil escenario que estamos fomentando, esta es la increíble realidad que hemos contribuido a construir. Europa no puede ignorar su tremenda responsabilidad en este escenario. No puede esconder sus miserias, ni ocultar sus intereses y su culpa. Pero lejos de reconocer esto, ni siquiera es capaz de coordinar los rescates, las peticiones de asilo y las cuotas de integración entre sus Estados miembro. Toda una vergüenza "continental". Cada solución que se trata es más patética que la anterior, cada reunión causa más vergüenza ajena. 

 

Los migrantes se encuentran al albur de las decisiones de turno de los gobiernos europeos, que no sólo hacen dejación de sus funciones, sino que ni siquiera respetan la legalidad internacional. El derecho humano internacional al refugio y la política migratoria no pueden depender de los vaivenes de los diferentes Gobiernos, sino que hay que articular a nivel del continente una verdadera política de acogida, sensible y respetuosa, donde el derecho a la vida sea el eje central, comenzando por articular una política común de rescate, así como decisiones solidarias para abrir vías legales y seguras, por donde poder encauzar a las personas que abandonen sus países de origen, pues no podemos olvidar, como tantas veces insistimos, que estas personas huyen de cruentas guerras, pero también del hambre, de la miseria y de la precariedad, y vienen en busca de una vida digna. La política de fronteras de la Europa fortaleza debe acabar. Hemos de poner fin a esta sinrazón y a esta terrible injusticia. Hemos de dejar de ser cómplices de tanto crimen, de tanto horror, de tanta devastación. Pero nuestros indecentes dirigentes políticos aún no son conscientes de su responsabilidad, de nuestra responsabilidad. Hay que insistir hasta concienciar a las instituciones europeas de la necesidad de un imprescindible cambio de rumbo, que acometa de forma decidida una nueva política migratoria para garantizar los derechos de las personas migrantes, y descarten las políticas voluntaristas o de buenos gestos que hasta ahora han llevado a cabo, escandalizados y presionados ante tanta tragedia. Acabemos de una vez con el "Mare Mortum" (en expresión de Jesús Gellida) en que hemos convertido nuestro Mediterráneo. Continuaremos en siguientes entregas. 

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22 octubre 2018 1 22 /10 /octubre /2018 23:00
Fuente Fotografía: https://mundo.sputniknews.com

Fuente Fotografía: https://mundo.sputniknews.com

Los fascistas del futuro no van a tener el estereotipo de Hitler o Mussolini. No van a tener gesto de duro militar. Van a ser hombres hablando de todo aquello que la mayoría quiere oír. Sobre bondad, familia, buenas costumbres, religión y ética. En esa hora va a surgir el nuevo demonio, y tan pocos van a percibir que la historia se está repitiendo

José Saramago

Vox, un partido que se reclama heredero del pasado totalitario de España, dice que tienen derecho a pisotear la democracia porque para eso ganaron la guerra del 36. Son los franquistas de siempre (en este caso, apadrinado y mantenido siempre por Esperanza Aguirre). Su discurso es igual de medieval que el de Bolsonaro: una patria excluyente a la que solo ellos tienen derecho, machismo violento, patriarcalismo infecto, racismo nada cristiano, homofobia, culto a las armas, odio a la democracia, apoyo al capitalismo y, al tiempo, un discurso falso que dice España primero

Juan Carlos Monedero

La derecha española es temible cuando detenta el poder, pero aún más cuando está en la oposición, piensa que el no gobernar es una anomalía que hay que subsanar cuanto antes por cualquier procedimiento. Todo vale, especialmente mentir y despertar en la gente sus instintos más primarios. Lo hacen porque piensan que España es solamente el Partido Popular que es el único Partido que la defiende, los demás somos antiespañoles que queremos romper España. Por eso si no gobiernan, su España se disuelve entre los separatistas, terroristas y gente de mal vivir. De ahí la necesidad ineludible que tienen de gobernar si se quiere que España perdure…y el Rey… y la Iglesia

Herminio Trigo

Gritos furibundos hablando de la “España viva” que se alza ante el independentismo, la llegada del islamismo, el ataque a la propiedad y a las tradiciones, la vida de ancianos y no-natos. El acto más atestado de Vox, con la asistencia de 10.000 personas y otras 3.000 que no pudieron entrar al recinto de Vistalegre, según ellos, se cerró con la Marcha Real y el estupor del resto del Estado Español

Diego Lotito y Víctor Stanzyk

El fantasma de la derecha recorre España. Vuelven a surgir sus monstruos y sus líderes. Envalentonados quizá con el fantasma de la derecha que recorre el mundo de Norte a Sur y de Este a Oeste. Asistimos desgraciadamente a un escenario de avances electorales, entrada en Parlamentos, y vigorización de los mensajes de esta derecha mundial de carácter radical, populista y xenófoba. Los mensajes de esta derecha suelen centrarse en el ultranacionalismo y contra la inmigración. Ambos ejes tienen en común el desprecio al diferente, la exclusión del otro, el fomento del rechazo al extranjero. En nuestro país suele ser además una derecha absolutamente rancia y casposa, tanto en la ética como en la estética. Todo ello se plasma en la defensa a ultranza de los valores tradicionales, el anti-feminismo, el capitalismo nacional (de amiguetes, que fomenta la corrupción), o la defensa de "la ley y el orden". En España además se han apropiado del concepto de patria, fenómeno que se retrotrae al franquismo, pues entienden que sólo ellos representan la verdadera España, y los demás somos poco menos que anti-españoles o anti-patriotas. Practican, en este sentido, una visión uniforme y excluyente de nuestro país, e incluso en el caso de Vox (y en menor medida Ciudadanos) desean de nuevo un Estado centralista, acabando con el Estado de las Autonomías (ello se ha reforzado también a raíz del ascenso del independentismo en Cataluña). Representan un neofascismo a la española, y no tienen empacho en lucir determinada simbología, expresada en vestimenta, cánticos, proclamas, declaraciones y odas a los símbolos nacionales (la bandera, sobre todo).

 

En el exterior, véanse los casos de Hungría, Italia o Polonia en nuestro continente europeo, o los de Estados Unidos, Brasil o Argentina en el continente americano. Pero hay más: en Alemania los neonazis volvieron al Bundestag (AfD), en Noruega, Francia y otros ex Países del Este su avance parece imparable, y no digamos nada sobre el Gobierno de Israel, o Arabia Saudita, que son Estados absolutamente autoritarios. Podríamos poner infinidad de ejemplos más. En el Parlamento Europeo tenemos una presencia ciertamente extensa de las fuerzas políticas de la ultraderecha, representando el 17% de los eurodiputados, 130 sobre 751 (tal como nos indica Jesús Sánchez Rodríguez en este reciente artículo para el medio digital Rebelion). Aquí el abanico está compuesto por el Partido Popular Europeo, los Conservadores y Reformistas Europeos, el grupo Europa de las Naciones y de las Libertades, Europa de la Libertad, Democracia Directa y el grupo de los no inscritos. Pero en realidad...¿Qué significa ser de derechas? Nosotros ya intentamos explicarlo en sentido general en este artículo, y sus posturas misógenas, racistas, clasistas, homófobas, etc., se pueden apreciar claramente en la inmensa mayoría de estas formaciones. Según el estadounidense Bernie Sanders (en entrevista al medio The Guardian, citada por Pedro Santander en este artículo del digital Rebelion), estamos asistiendo al surgimiento de un nuevo eje autoritario. Según Sanders, sus líderes están conectados a una red de oligarcas multimillonarios que contemplan al mundo como su inmenso juguete económico, y organizan su estrategia como un frente común. No están solos. Cuánta razón tenía Nicolás Maduro cuando se refería al eje Madrid-Bogotá-Miami, como cerco hostil a sus políticas. Pertenecen y despliegan grandes alianzas internacionales, que están en estrecho contacto entre sí, comparten tácticas, y como en el caso de los movimientos de extrema derecha europeos y estadounidenses, incluso comparten algunos de sus financiadores. 

 

El gran objetivo de esta extrema derecha sería derribar el orden mundial surgido posteriormente a la Segunda Guerra Mundial, que según ellos, limita su acceso al poder y a la riqueza. Y así, los discursos y programas de esta alianza mundial conservadora y neo-fascista comparten muchas características comunes: hostilidad hacia la democracia, rechazo a la diversidad (de pueblos, de culturas...), y obsesión por impedir a toda costa que alcance el poder político la izquierda anticapitalista. Ellos están, siguen aún, instalados en la idea de que el Gobierno debe beneficiar a sus propios intereses, y de ahí su acoso y derribo hacia todo lo que huela a público, o a organización social. Pero volvamos al caso español, que es el que nos ocupa. Recientemente Vox conseguía reunir a más de 10.000 personas en un acto en el Palacio de Vistalegre. Mediante espantosas consignas y mensajes excluyentes, estos "españoles" revitalizan o vuelven a traernos a la memoria (al igual que el PP y Ciudadanos, sus compañeros de ideario) la oscuridad del franquismo. Son mentirosos, arrogantes, trasnochados, y el pueblo les importa un pimiento en adobo. Sus intereses son los mismos que los de las grandes empresas, sus miras son las mismas, sus objetivos, actitudes y su prepotencia también. No creen en los pueblos. Reniegan de la sociedad. Son vergonzantes vasallos de la Monarquía. esa misma que les procura los negocios. Son manijeros de los ricos y poderosos. Sólo entienden España cuando la gobiernan ellos. En palabras de Juan Carlos Monedero: "A la derecha cobarde que se llena la boca de España, le sobra media España. Esa derecha es la que trajo aquí a las tropas moras en el 36 para violar españolas, es la que entregó las bases, suelo español, a los norteamericanos, es la que trajo a una dinastía extranjera, los borbones, a reinar en España, y es la que ahora pide que Bruselas tumbe la decisión de mejorar la vida de la gente pobre en España". 

 

Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal forman en nuestro país ese trío de la derecha, que compite entre sí por endurecer sus mensajes, por evolucionar cada vez más hacia la derecha extrema. Son la versión "a la española" del Frente Nacional Francés, o de la "Alt-Right" norteamericana. Pero igual simpatizan también con el húngaro Viktor Orban o con el italiano Matteo Salvini. Son la derecha pura y dura. Cada una con sus matices, pero derecha al fin y al cabo. Vox es el más reciente de la saga. Surgió a finales de 2013 como una especie de escisión a la derecha de la derecha del PP, tanto en Euskadi como en el resto del Estado. El PP se le quedaba corto, pequeño para algunas cuestiones. Simpatizan con sus filas nombres tan conocidos como Fernando Sánchez Dragó, Carmen Lomana, José Antonio Ortega Lara o Hermann Tertsch. Proponen, entre otras muchas barbaridades, eliminar directamente las leyes que amparan a las víctimas de la violencia de género (ellos usan, al igual que los jerarcas de la Iglesia más casposos y retrógrados, o al igual que los de "Hazte Oír", la denominación "ideología de género" para referirse a los avances en leyes y en normas sociales que hagan avanzar el feminismo y proclamen la igualdad de sexos), la derogación de la Ley de Memoria Histórica, la ilegalización de los partidos independentistas, la eliminación del Estado de las Autonomías, la expulsión de los migrantes ilegales (y también de los legales que hayan cometido delitos), etc. Sus ideologías son totalitarias, piden perseguir ideas, exaltan el nacionalismo, siembran odio contra el diferente, se adhieren a las más rancias tradiciones, son amigos del patriarcado, fervorosos del capitalismo. Esto, en una palabra, es fascismo. Para evitar eso que han llamado "ideología de género", que según Vox se difunde desde los colegios, proponen una medida que han denominado "Pin Parental", mediante la que pretenden que los padres y las madres de los alumnos y alumnas tengan que dar su consentimiento previo y expreso "sobre cualquier materia, charla, taller o actividad que afecte a cuestiones morales socialmente controvertidas o sobre la sexualidad, que puedan resultar intrusivos para la conciencia y la intimidad". 

 

Pero sus medidas para combatir esa "ideología de género" no acaban ahí. En este artículo del medio Pikara Magazine las explica muy bien Andrea Momoitio: En Vox piensan que el machismo es un mito. No creen que los asesinatos machistas respondan a una lógica estructural del sistema. Por tanto, piensan que las medidas de acción positiva hacia las mujeres, tomadas durante los últimos años, hay que eliminarlas. En su lugar, proponen una "ley de violencia intrafamiliar que proteja por igual a ancianos, hombres, mujeres y niños. Supresión de organismos feministas radicales subvencionados, persecución efectiva de denuncias falsas. Protección del menor en los procesos de divorcio". En este sentido, proponen la custodia compartida como regla general. También proponen la supresión de las cuotas en las listas electorales. Asímismo, proponen eliminar de la sanidad pública "las intervenciones quirúrgicas ajenas a la salud (cambio de género, aborto...)". Como vemos, no sólo se apropian de la idea de España, sino también del concepto de salud, que entra únicamente en lo que a ellos les cabe en su limitado entrecejo. Defienden al modelo de "familia cristiana" como pilar de la sociedad, reflejando la misma concepción que la alta jerarquía católica. Y también como ellos, atacan a los colectivos LGTBIQ, ya que declaran que "Los actos del orgullo gay son una imposición ideológica". Sin comentarios. Su ideario también favorece al más descarnado capitalismo neoliberal de carácter populista, defendiendo una drástica reducción del gasto público, medidas para favorecer la propiedad privada y limitando las competencias del Estado en favor de las empresas, bajando los impuestos a las mismas, y manteniendo la precariedad laboral. Como afirman Diego Lotito y Víctor Stanzyk en este artículo para el medio Izquierda Diario: "El descaro con el que Vox presenta y defiende su programa, en contraposición con el PP y Ciudadanos ("la derechita cobarde y la veleta naranja") es uno de sus sellos de identidad. Como dijo el propio Abascal, da igual que los tachen de fachas, racistas, homófobos o machistas, porque para ellos son medallas que llevan con orgullo en el pecho". 

 

Vox representa, sin duda, no sólo la derecha más arrogante y sin complejos, sino la radicalización del sector que busca una solución reaccionaria y a la defensiva de todo lo que se va al garete del Régimen de la Constitución de 1978. La derecha entiende como una obligación moral lo que ellos llaman "garantizar la continuidad de España", casi como por la gracia de Dios, aunque le importen un bledo esos "españoles" con los que tanto se llenan la boca. Dicen que representan a la España que se alza ante la invasión de los extranjeros, ante la discriminación del hombre para favorecer a la mujer, o ante la ruptura de nuestra integridad territorial gracias a los separatistas. Todavía están en los tiempos de Don Pelayo, o de la Reconquista, o del Descubrimiento de América, y parecen añorar los tiempos gloriosos de una potencia colonial que ahora asiste a su declive. Su estética rancia, su discurso totalitario y su actitud bravucona se complementan a la perfección con su ideario absolutamente anacrónico y antidemocrático. Para ellos, y tomando las palabras de Rodrigo Amírola en su artículo para el medio Cuarto Poder: "La España viva estaría levantándose para hacer frente a la decadencia de un país otrora glorioso, dirigido ahora fatídicamente por unas élites progresistas, corruptas y timoratas, que estarían favoreciendo la inmigración ilegal, la desigualdad a través de las leyes de género, y en último extremo, llevando a España a la desmembración por culpa de su tibieza frente a Cataluña y el café para todos del Estado autonómico". Pero como decimos, este mensaje absolutamente intolerante de Vox está obligando a sus compañeros del arco derecho a radicalizarse si es que pretenden competir por esa porción del electorado, ese electorado que se desplaza a la derecha, y lo hace cada vez de una forma más agresiva. Ciudadanos y el PP ya se están poniendo las pilas, pero también están sufriendo las consecuencias. La deriva ultraliberal de la formación naranja ha conducido a la dimisión de su eurodiputada Carolina Punset, cuya carta completa recogía eldiario.es en este artículo de Carmen Moraga.

 

No obstante, como decimos, Vox es la opción que presenta un programa maximalista, con tintes prepotentes, aduciendo que ellos sí se atreven a plantear lo que el resto de la derecha no es capaz, por falta de convicción, por intereses partidistas o por simple cobardía. Son los hooligans de la derecha. Para los que ya tenemos cierta edad, Vox es lo más parecido a la antigua Fuerza Nueva de Blas Piñar. No han evolucionado ni un ápice. Se han detenido en el tiempo. Son nuevas generaciones de viejas generaciones. El analista y activista David Karvala realiza un completo análisis sobre Vox en este artículo para Marx21, cuya lectura completa recomendamos, entre otras cosas porque expone algunas estrategias interesantes para luchar contra la demagogia y el populismo de derecha extrema de este tipo de formaciones y sus adláteres ideológicos en el plano social. Para combatir este tipo de formaciones políticas, no sólo es necesario un programa radicalmente de izquierda transformadora y anticapitalista, sino una lucha social decidida y unitaria que denuncie lo que en verdad significan sus peligrosas propuestas. Como explica con ironía Herminio Trigo en este artículo para el medio Nueva Tribuna: "Ya sabemos que están dispuestos a todo por salvar a España, ya lo hicieron en el pasado sus antecesores y aunque costó centenares de miles de muertos, la salvaron de las hordas marxistas, de la masonería y de los ateos. Ahora están dispuestos a salvarla de las miserias bolivarianas que, con presupuestos como el que han presentado en Bruselas, nos conducen al hambre y a la pobreza. Tenemos que estarles agradecidos, son unos patriotas de pura cepa". De nosotros depende que toda esta tropa aterrice en el Congreso de los Diputados (aunque sea sólo con un representante), o que continúe en la irrelevancia política hasta su desaparición. 

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21 octubre 2018 7 21 /10 /octubre /2018 23:00
Viñeta: Fadi Abou Hassan-FadiToOn

Viñeta: Fadi Abou Hassan-FadiToOn

El calentamiento global es una aberración producida por la actividad humana, consecuencia principalmente de su adicción por el consumo de petróleo, gas y carbón. Sus consecuencias pueden ser tan destructivas como las de la guerra nuclear. Las emisiones de CO2, metano y otros gases de efecto invernadero ya han transformado radicalmente la composición química de la atmósfera, provocando una cascada de consecuencias que tienden a auto-alimentarse para transformar a la Tierra en un planeta hostil para la vida humana. La humanidad, inadvertida en su mayor parte, dispone ahora de apenas un par de décadas para evitar cruzar el punto de no retorno

Julio César Centeno

En nuestra entrega anterior comenzamos a exponer los puntos de contacto entre el Marxismo clásico y el Ecologismo, así como la integración y evolución de ambas tendencias y disciplinas de pensamiento. En el año 2000 se publicó la magnífica obra de John Bellamy Foster bajo el título "Marx's Ecology. Materialism and Nature", quizá la obra cumbre que trata el asunto con más profundidad. Este texto explica con detalle la concepción materialista de la naturaleza que poseía el fundador del marxismo. En dicho texto se recogen multitud de citas donde Marx alude al saqueo y a la transferencia física de recursos naturales: fertilidad de la tierra, minerales del subsuelo, agua, etc. Todo ello nos da una pista general de hasta dónde había llegado la conciencia ecologista del genial pensador alemán. Denunció en sus obras los peligros de la agricultura extensiva, su preocupación por las condiciones de sostenibilidad, y la incompatibilidad de ésta con la agricultura capitalista a gran escala. La izquierda actual debe recoger el testigo de estas aportaciones primigenias, y actualizarlas al corpus de conocimientos del siglo XXI, y a nuestra realidad ecológica, política y social. En relación a ello, Joaquím Sempere finaliza su artículo con las siguientes palabras: "Dos amenazas le ayudarán a hacerlo: el cambio climático y el agotamiento de los combustibles fósiles y el uranio. No se podrán abordar estas dos amenazas sin una reconsideración radical de la fractura metabólica experimentada en los dos últimos siglos, y sin un programa de mutación energética y metabólica para reconstruir la economía sobre la base de la sostenibilidad ecológica y la circularidad de los recursos. Releer a Marx y Engels con una nueva mirada, que permita recuperar sus reflexiones protoecologistas superando sus insuficiencias, ayudará sin duda a llevar adelante este programa de reconstrucción".

 

La importancia del cambio climático y del agotamiento físico y material de los combustibles fósiles está, por tanto, en plena sintonía con los postulados marxistas, al igual que lo están otras corrientes de pensamiento, que al igual que el Ecologismo, han tomado entidad y fuerza social mucho después de que Marx y Engels nos dejaran su extraordinario legado. El Marxismo, entendido como un corpus teórico, metodológico y práctico para enfrentar y dar solución a los grandes problemas de la Humanidad, no puede ser ajeno a estos problemas fundamentales a los que nos enfrentamos. Los perniciosos efectos del cambio climático, unidos a los provocados por el agotamiento de los combustibles fósiles son de una tal magnitud que atacarán en todos los órdenes de nuestra vida social, porque aunque se manifestarán en primer término en los ámbitos biológico y ambiental, se extenderán de forma imparable al resto de ámbitos de la vida humana (el trabajo, las migraciones, los recursos, las formas de vida, la tecnología, etc.). Por consiguiente, hoy día, a la luz de las aportaciones del Marxismo, negar la centralidad del problema que representan el caos climático y energético es un ejercicio de tal miopía política como jamás han ocurrido en la historia de la humanidad. Hemos de entender que el colapso civilizatorio al que nos enfrentamos va mucho más allá de una simple (aunque extensa) crisis económica (o social, o política), pudiendo concluir que dicha parcela económica está subordinada necesariamente a la crisis ecológica. O dicho de otro modo: o resolvemos (o nos adaptamos convenientemente) a la crisis ecológica que se avecina, o no quedará parcela humana que no sea susceptible de colapsar. O si se prefiere: no se resolverá la crisis económica sin colocar a la crisis ecológica (ambiental, energética) por delante de nuestros análisis, proyectos y programas. 

 

La situación actual es de una verdadera crisis estructural del capitalismo, como resultado del agotamiento del petróleo y los combustibles fósiles (fenómeno que se conoce como Peak Oil), y a su vez, como resultado de tener que adaptarnos a los múltiples efectos y consecuencias de todo el daño que llevamos ejecutando a nuestro medio ambiente. Ambas crisis se resumen en una, que ha de cambiar necesariamente no sólo nuestras estructuras políticas, sino también nuestras formas y modos de producir y de consumir, en una palabra, de vivir. De ahí que no exageramos cuando hablamos de colapso civilizatorio. Estamos hablando de un fenómeno de magnitudes incalculables, que pondría en jaque prácticamente todos los pilares donde basamos nuestros modos de vida (alimentación, transporte, consumo, reciclaje, extracción, fuentes de energía...). Necesitamos imperiosamente adaptarnos a este tremendo desafío, y ello requerirá, en primer lugar, asumir los diagnósticos de situación pertinentes (algo que todavía no se ha hecho de forma masiva), y en segundo lugar, comenzar a desarrollar las alternativas precisas para ir desarrollando otros modos de vida diferentes a los actuales. Lucho Torres, del Blog "Un Marxismo para el planeta", autor que seguiremos a continuación, lo expresa en esta entrevista con Miguel Fuentes para el medio digital Rebelion en los siguientes términos: "El colapso implicaría así la necesidad de reformular la praxis revolucionaria en su totalidad debido a que estaríamos hablando de un horizonte histórico que plantearía la posibilidad de un "fin" de la sociedad capitalista no como producto de una revolución social, sino que al modo de una retirada obligada del capitalismo por imposibilidad estructural. Al no poder crecer más, entonces, el capitalismo se iría "apagando"...y en ese oscurecimiento, simplemente, nos podríamos ir todos al "infierno". Es precisamente por esto que es importantísimo colocar la hipótesis del colapso como un eje en la discusión revolucionaria y no seguir postergándola (o subestimándola) sin haber por lo menos discutido con aquélla". 

 

La izquierda transformadora ha de enfrentarse a este hecho de forma clara. No podemos ignorarlo. No podemos continuar por más tiempo promoviendo unos postulados basados en unos modelos energéticos (o que los requieren) caducos, y cuyo agotamiento no sólo los condena al fracaso, sino que supondrán un abrupto fin de nuestra civilización capitalista. Hemos de ser valientes y fieles con la realidad. Hemos de ser íntegros y realistas con nuestros programas. Hemos de ser claros con nuestro electorado (votantes, simpatizantes) y con la sociedad al conjunto. La derecha política, social y mediática sigue instalada en su negacionismo miope y temerario, ignorante y provocador, pero no esperamos otra cosa de ella. Pero la izquierda pone en juego su propia credibilidad como una opción política realista. Hoy día existen infinidad de estudios que exponen que la combinación de los efectos del cambio climático y los niveles de concentración extrema de riquezas (la extrema desigualdad), así como también las consecuencias de una próxima escasez planetaria de recursos, pueden llegar a producir el derrumbe de la civilización contemporánea. Lo sabemos, pero aún seguimos mirando hacia otro lado. La responsabilidad es nuestra, de todo el conjunto de la humanidad. El caos climático y la escasez de materias primas y energéticas no afecta a un determinado país, comunidad o continente, sino que es un problema de todo el planeta. Durante el llamado Antropoceno (la más reciente época geológica), el hombre ha intervenido en los ciclos de la biosfera modificándolos drásticamente. Un brutal y progresivo sistema depredador y contaminante ha sido creado por el ser humano, y paradójicamente se le ha denominado "progreso", cuando lo único que han progresado han sido las cuentas de resultados de las grandes empresas, las mismas que hoy dirigen todo el cotarro. 

 

Durante el último siglo, la máquina excavadora del capitalismo no se ha detenido ni un solo segundo. El afán de lucro desmedido no ha cesado ante nada, e incluso las destructivas guerras son actualmente vías de expansión alternativas al propio capitalismo. Todo un hedor a muerte y destrucción hemos ido sembrando en nuestras ansias de dominar el mundo, la naturaleza y al resto de seres humanos, pero ahora, todo ello se nos vuelve contra nosotros. El capitalismo, como instrumento destructivo, nos está haciendo vivir la barbarie (que ya advirtiera Rosa Luxemburgo) desde hace mucho tiempo, aunque con cuentagotas. No hemos sido conscientes del camino autodestructivo por donde andábamos, siempre queriendo llegar a más en nuestra fiebre enloquecida de dominio, saqueo, control, explotación y destrucción. Ahora todo ese escenario creado por nosotros se nos pone ante nuestros ojos. La crisis ecológica devendrá, si no somos capaces de enfrentarnos a ella de modo radical e inteligente, en un eco-suicidio planetario, que acabará con la extinción de nuestra especie. La deriva capitalista nos ha puesto ante una terminal disyuntiva: o las comunidades humanas somos capaces de reinventarnos en nuestros modos de vivir, de relacionarnos con la naturaleza y con el resto de los animales, o simplemente, no podremos detener el desastre. Y no valen soluciones parciales, atajos o parches para lo que se avecina. Las actitudes simplistas, infantiles y reduccionistas que aducen siempre que "ya diseñaremos alguna solución para enfrentarnos a eso" sólo demuestran su completa ignorancia sobre la verdadera dimensión de lo que está ocurriendo. No existen soluciones. Sólo existe desarrollar la mejor adaptación posible, pero para ello, el ser humano debería ser plenamente consciente y estar bien informado de lo que ocurre, y no lo estamos. De nuevo, el pensamiento dominante (expresado en los medios de comunicación convencionales y en la mayoría de los líderes políticos) nos oculta la realidad y nos difunde únicamente un relato superficial e insuficiente. Relato que, además, las corrientes negacionistas llevan al absurdo. ¿Seremos capaces de reaccionar a tiempo? Continuaremos en siguientes entregas.

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18 octubre 2018 4 18 /10 /octubre /2018 23:00
Fuente Viñeta: Cronicón Virtual (https://cronicon.net)

Fuente Viñeta: Cronicón Virtual (https://cronicon.net)

Durante las últimas cuatro décadas, la automatización ha traído consigo la desaparición de trabajos clásicos de la clase media, y ahora tenemos una nueva oleada tecnológica que nos lleva a la automatización de gran parte de los trabajos de baja cualificación y mal remunerados. Veremos cómo aumenta la presión para lograr trabajos más precarios, a tiempo parcial y eventuales. Así que la cuestión no es si rechazamos la automatización, sino cómo aceptamos que va a suceder inevitablemente y nos adelantamos para construir un sistema que permita que no sea tan devastadora para los trabajadores

Nick Srnicek

También hemos de considerar, intentando analizar todos los aspectos de la arquitectura de la desigualdad laboral, hasta qué punto las estrategias clásicas del movimiento obrero (inspiradas en el Marxismo y en la lucha de clases) se quedan inoperantes bajo el actual escenario de la globalización capitalista. Pensemos por ejemplo en la huelga. Independientemente de que los propios sindicatos no las organizan como debieran, ni cuantitativa ni cualitativamente, tenemos que enfrentarnos, desgraciadamente, al hecho de que la globalización ha potenciado increíblemente el poder de las grandes corporaciones, lo cual ha tenido como consecuencia que las huelgas laborales pierdan gran parte de su eficacia. Siguen siendo una herramienta potente, interesante, de carácter colectivista, pero pierden hoy día todo su significado, si pensamos por ejemplo que una huelga organizada en tal o cual empresa de cualquier país (cualquier transnacional típica que posea sedes y sucursales por medio mundo), es muy poco temida por sus directivos, ya que la empresa puede ser trasladada a otro país (o a otro punto del mismo país) muy fácilmente. Las huelgas por tanto ya no poseen el enorme poder de antaño, y a ello hay que unirle la gran ventaja que el capital nos lleva en cuanto a poder de organización, de concentración y de concienciación. Solo existen algunos casos donde una huelga laboral indefinida puede tener éxito (medido éste por la fuerza de presión que se ejerza sobre la empresa a la hora de conseguir mejoras en las condiciones laborales), que se reducen a empresas locales que puedan paralizar el funcionamiento de toda una ciudad, o bien a huelgas estratégicas que puedan aunar la fuerza de varios sectores laborales a la vez. Pero estos escenarios son difíciles de conseguir hoy día. El capital nos alecciona y adoctrina diaria y continuamente para debilitar nuestra conciencia de clase, y con ello, nuestro poder como agente social fundamental. La precarización laboral y el alto nivel tecnológico conseguido en las empresas actuales disipan igualmente el fantasma de las huelgas masivas que antaño consiguieron grandes conquistas para la clase obrera, tanto local como internacional. 

 

Al final, si metemos todos estos asuntos en una coctelera, es posible que comencemos a darnos cuenta de que la única solución reside en construir lo que Alex Williams y Nick Srnicek llaman en su libro (ya reseñado en el artículo anterior) la sociedad del postrabajo. Es un modelo de sociedad que aún no siendo todavía poscapitalista, representa una superación (o si se prefiere, una transición) hacia un proyecto de sociedad que pueda serlo. Tengamos en cuenta que la superación total del capitalismo no puede darse de un día para otro. No podemos tirar abajo de un día para otro el avance de siglos de hegemonía capitalista, donde se nos han inculcado valores, pensamientos, doctrinas, mitos, comportamientos sociales, etc., basados en la perversidad de este sistema. Aplicado al asunto que nos ocupa, que no es otro que la arquitectura de la desigualdad aplicada al mundo laboral, se trataría de poner los cimientos para un modelo social donde se elimine la necesidad de la gente de tener que trabajar para poder sobrevivir. Para estos autores (y nosotros estamos convencidos de ello), la mejor manera de conseguir esto es mediante la implantación de la Renta Básica Universal (RBU), que abordaremos profundamente en breve. Pero de momento, continuemos exponiendo los puntos de vista que tienen que ver con las Nuevas Tecnologías aplicadas al contexto laboral. La investigadora del Grupo ETC Silvia Ribeiro nos expone lo siguiente en este artículo para el medio mexicano La Jornada: "Una serie de artículos del New York Times sobre la nueva clase trabajadora en Estados Unidos da cuenta del proceso: en 1900, las fábricas y campos de cultivo empleaban al 60 por ciento de la fuerza de trabajo. En 1950, los dos sectores juntos sólo empleaban al 36 por ciento. A 2014, menos del 10 por ciento. El sector servicios ha ido aumentando porcentualmente y a 2015, ocupaba al 56 por ciento de los trabajadores. El mayor crecimiento es en el de cuidados de ancianos y niños, de los cuales se ocupan mayoritariamente inmigrantes, al igual que muchos otros empleos que por ser rutinarios, mal pagados o tener bajo estatus social, no quieren hacer los estadounidenses (NYT, The Jobs American Do, 23/2/17). Aquí influyen varios factores, entre ellos la automatización, pero también la globalización neoliberal y la deslocalización de producción hacia países con salarios miserables".

 

Los dos últimos factores que menciona Silvia Ribeiro ya los hemos venido analizando en entregas anteriores, así que intentaremos centrarnos en el primero, es decir, en la influencia y deriva de los procesos de automatización, informatización y robotización de las tareas de fábricas, modelos de negocio y empresas, y sus consecuencias y posibles enfoques y soluciones al mundo laboral. Por ejemplo, tomemos el sector agrícola. A la industrialización masiva implementada en el sector, se han sumado últimamente nuevas formas de robótica, almacenaje digital y minería de enormes volúmenes de datos, inteligencia artificial, genómica y nuevas biotecnologías, todo lo cual converge en un nuevo modelo de agricultura de precisión, cuyo destino es un campo sin agricultores, sustituidos por unos pocos operadores informáticos. Y así, las fusiones de empresas que vemos en el sector agrícola (Bayer/Monsanto, Syngenta/ChemChina, Dupont/Dow...) se explican en parte por estas nuevas convergencias tecnológicas. El perfil de una empresa química (como Bayer, por ejemplo) aliada con una empresa de semillas (como Monsanto, por ejemplo) no sólo es una combinación explosiva, sino que demuestra a las claras por dónde van las tendencias. Varias de estas empresas han invertido en enormes bancos de datos digitales agrícolas (que conocen suelos, climas, genómica de fauna, flora y microorganismos, etc.) y poseen contratos de colaboración con firmas de maquinaria que manejan robótica, información por satélite, etc. El campo agroindustrial futuro estará dominado por drones y sensores, que junto al manejo de datos digitales físico-químicos y genómicos, administrarán agrotóxicos o agua a través de software y maquinaria no tripulada. La convergencia de biotecnología, nanotecnología, robótica e inteligencia artificial y redes de comunicación de datos será la tónica presente en otros muchos sectores. 

 

Por su parte, las empresas de distribución también están evolucionando hacia modelos y sistemas totalmente automatizados que procesan desde la atención al cliente hasta la selección de pedidos en el almacén y los correspondientes envíos (caso de Amazon, por ejemplo). También realizan distribución mediante vehículos no tripulados. Geolocalización, identificación mediante dispositivos móviles, automatización de sistemas de pago, etc., también están a la orden del día. La inteligencia artificial combinada con el llamado "Internet de las cosas" ya diseñan nuestras viviendas del futuro, que nos reconocerán por la voz, entenderán nuestras órdenes, y programarán nuestros dispositivos y electrodomésticos a nuestra llegada. Podríamos mencionar muchos otros sectores que verán revolucionada su actividad y su funcionamiento debido a la aplicación de las Nuevas Tecnologías. Pues bien, a tenor de todo lo mencionado...¿podríamos concluir que los robots acabarán con el trabajo humano? Como muy bien explica Juan Torres López en este artículo para eldiario.es (octavo artículo de su serie "Desvelando mentiras, mitos y medias verdades económicas", cuya lectura completa recomendamos), si atendemos al incremento de productividad generado desde finales del siglo XX no ha producido un desempleo gigantesco, sino que la jornada de trabajo se ha reducido a la mitad, y la especialización de los trabajadores se ha vuelto más importante. Ya en otras ocasiones en la historia se ha augurado, equivocadamente, el fin del trabajo humano (en su acepción capitalista, que ya hemos comentado en anteriores entregas) por culpa de la aparición y evolución de las máquinas, de las computadoras, de los robots, de la Inteligencia Artificial, en definitiva, de la aplicación de las Nuevas Tecnologías a los diversos campos de actividad. Pero eso nunca ha ocurrido. En lugar de ello, se ha perdido, es cierto, un volumen considerable del empleo que existía, pero también, con el tiempo y la especialización en nuevos campos y actividades, se han ganado otro tipo de empleos, con otras características.

 

Todo ello nos induce a pensar que en realidad, más que una revolución, lo que las Nuevas Tecnologías aportan es una evolución. Una evolución que se manifiesta en la automatización de multitud de tareas, en la concepción de la relación humana con dichas tareas, en la especialización técnica de muchos perfiles laborales, y en el aumento de la innovación y de la productividad. También el volumen total de empleo ha crecido durante el último siglo entre un 30% y un 50%. En todas estas variables han influido también las duraciones de las jornadas laborales (pues no puede considerarse la productividad como un factor aislado). En nuestro país, por ejemplo, según el Profesor Torres, el 74% de los trabajadores tenía en 1914 una jornada de 60 horas semanales, esto es, algo más de 3.000 horas anuales, frente a la actual jornada de 40 horas semanales, lo que supone unas 1.600 horas anuales. Juan Torres concluye muy acertadamente: "Cuando una oleada de innovación no se acompaña de menos tiempo de trabajo, el paro aumenta. Por el contrario, si baja la jornada de trabajo, si se trabajan menos horas en cada puesto de trabajo cuando aumenta la productividad, no sólo no tiene por qué aumentar el paro sino que se pueden crear más empleos". La regulación de la jornada laboral es un instrumento muy importante de cara al reparto del empleo existente (una medida a la que son muy reticentes los patronos), pero también para minimizar el impacto de la implantación de las nuevas tecnologías a los puestos de trabajo. Se necesitan también, no obstante, políticas económicas que eviten que caiga la demanda, así como políticas laborales que formen y reciclen tanto a los trabajadores como a la población en general. En definitiva, hemos de tener claro que la automatización de las tareas sólo provocarán caída en el empleo total si y sólo si no baja la duración de la jornada de trabajo y si se mantienen las políticas económicas actuales, orientadas a producir artificialmente la escasez porque así bajan los salarios y aumenta la tasa de beneficio de las grandes empresas y de la banca, disparándose con todo ello las desigualdades. Continuaremos en siguientes entregas.

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16 octubre 2018 2 16 /10 /octubre /2018 23:00
Viñeta: Anne Derenne

Viñeta: Anne Derenne

Estoy preocupado por dos cosas con igual intensidad: por la reacción miserable y egoísta de quien permite que se ahoguen inmigrantes en el mar y por la frivolidad y el egoísmo de quienes montan campos de concentración para ellos fuera de Europa. Europa no quiere asumir el problema de la inmigración y va a acabar con ella, porque a los inmigrantes no los va a parar nadie. Europa no es capaz de visualizar qué es lo que viene y no se sienta a pensar, porque supone cuestionarse muchas cosas, muchas políticas de armamento y de explotación de recursos naturales. Pero los problemas hay que asumirlos. Por eso planteo mi doble dolor: hay que atender ahora mismo a los inmigrantes, pero a continuación hay que ir al grano. Imaginemos que abrimos totalmente las fronteras y permitimos que continúen activas las situaciones que provocan que las personas huyan de sus países de origen, es decir, los conflictos y los gobiernos con los que colaboramos: entrarían en Europa millones y millones y harían bien en hacerlo. Pero, ¿qué habríamos resuelto? Llegará un momento en que no podrán ser atendidos. Entonces, lo que planteo es que hay que ayudar a quienes llegan y están aquí, e integrarlos, pero inmediata y simultáneamente, hay que acabar con las condiciones que provocan que esto se produzca. De lo contrario, objetivamente, el problema va a ser enorme, no lo va a parar nadie

Julio Anguita

En la última entrega describimos el contexto en que los tratados europeos entienden el fenómeno de las migraciones, y vamos a trasladarlo ahora al reflejo de la sociedad europea, con la presencia de las formaciones políticas de nuevo cuño con rasgos racistas y neofascistas. Desgraciadamente, la actual Unión Europea no sólo se ha convertido en una fortaleza hacia los migrantes, sino que ha resucitado el fantasma del fascismo. Italia, Hungría, Polonia, Holanda, Alemania, etc., han visto cómo formaciones políticas de extrema derecha llegaban a los Parlamentos regionales, nacionales e incluso al Parlamento Europeo, y por supuesto también a las instituciones, alcanzando incluso algunas carteras ministeriales. El discurso xenófobo, violento y racista cala hondo en una ciudadanía europea preocupada por el detrimento de sus Estados de Bienestar, y las fuerzas políticas de ultraderecha han sabido obtener rendimiento electoral de todo ello. Todo un discurso ultranacionalista, muchas veces como rígido eje conductor de todo su programa electoral, ha venido para quedarse y avanza peligrosamente en las encuestas de intención de voto. Sin ir más lejos, este domingo 14 de octubre tenemos elecciones en Baviera (Alemania), y la ultraderecha espera conseguir al menos un 10% del voto ciudadano. Este artículo de Alejandro Tena para el medio digital Publico realiza un exhaustivo análisis de este fenómeno, y vamos a seguirlo a continuación. La escalada del fascismo europeo no es espontánea, pues viene forjándose como fruto de un período de odio paulatino y progresivo hacia el extranjero. Años de racismo encubierto, tanto social como institucional, han permitido que estas opciones políticas obtengan una base electoral suficiente como para despegar su ideario, y llevarlo a los Parlamentos. En el fondo se trata de un pensamiento fascista manchado de algunos tintes de neoliberalismo económico, que ha venido calando desde el estallido de la crisis de 2007. 

 

El caso de Francia es paradigmático. Si bien es cierto que el Frente Nacional de Marine Le Pen ya tenía una presencia destacada en el país galo desde 1997, la crisis económica y el empobrecimiento de las clases populares provocó que este partido neofascista escalase posiciones de poder hasta conseguir el 21% de los votos en las últimas elecciones presidenciales francesas del pasado año 2017. Y por su parte en Grecia, despuntaba el partido filonazi Amanecer Dorado, cuya muestra de odio y violencia hizo estremecer a Europa y al país heleno que, azotado por los recortes y la precariedad (así como por la cobardía de sus dirigentes políticos), logró frenar algo al fascismo en las urnas. Con Amanecer Dorado, una formación que no tiene reparos en ensalzar públicamente la figura de Hitler y en portar simbología nazi, la ultraderecha se afianzó en Europa. Las clásicas formaciones de derecha y la socialdemocracia, impotentes para diseñar soluciones, se presentaban demasiado livianas para los sectores más radicales, y por ello, los partidos conservadores europeos empezaron a perder afiliados y seguidores en pro de las nuevas filiaciones radicalizadas como el FPÖ de Austria, la AfD de Alemania, los Finns de Finlandia, la Liga Norte italiana, los Sweden Democrats de Suecia, o el VOX español. Y así, usando una buena dosis de demagogia y envalentonándose en los diferentes foros, la ultraderecha va ganando terreno. Básicamente han asociado una crisis económica mundial (causada por los propios excesos y contradicciones del capitalismo neoliberal) con las oleadas migratorias que llegan al Viejo Continente. Su análisis es tan simplista como falso. Sus soluciones tan bárbaras como peligrosas. El caldo de cultivo que van sembrando es extremadamente tóxico, una vuelta al fascismo en toda regla. 

 

En menos de un año, el Gobierno ultraderechista de Austria ha anunciado medidas xenófobas como el cierre de mezquitas y el bloqueo de migrantes en sus fronteras. Además, se ha convertido en el principal socio internacional de Italia al consolidar un eje político que restringe la llegada de migrantes a Europa. Por su parte, la sensibilidad política y la concienciación antifascista de un país como Alemania no pudieron impedir que el partido de ultraderecha Alternativa por Alemania (AfD) expusiese su discurso de odio por todo el país. Y debido a ello, en las pasadas elecciones generales se convirtieron en la tercera fuerza política más votada, además de conseguir representación en 16 Parlamentos regionales en las elecciones de 2016. Alejandro Tena lo explica en los siguientes términos: "La efervescencia del discurso xenófobo de la derecha alemana responde a una dinámica política bastante común en Europa durante los últimos años. Se trata de un falso lavado de cara de la ideología más extrema, similar al empleado por Trump durante su campaña electoral del "Make America Great Again". La xenofobia y los discursos migratorios estarían, con esta fórmula, justificados por la realidad de lo políticamente incorrecto". No obstante, en Alemania existe una fuerte contestación social a este fenómeno fascista. De hecho, tras su triunfo electoral, miles de manifestantes salieron a las calles de Berlín para gritar "¡Nazis fuera!" y "Refugiados bienvenidos". En el caso de Hungría, la victoria de Víktor Orbán representó un gran triunfo para la ultraderecha, que se aprestó a afirmar "No aceptaremos a ningún inmigrante". Este veterano político, con tres mandatos a sus espaldas, representa claramente un referente para los Salvini, Le Pen o Strache en sus respectivos países. Orbán fue de hecho uno de los primeros en señalar con el dedo a los migrantes y reclamar barreras contra los extranjeros que piden asilo en Europa. 

 

Pero la sombra del fascismo es aún más alargada, pues ni Holanda ni los países nórdicos escapan a su radio de acción. Y así, Finlandia, Suecia y Dinamarca también se han apuntado al carro de la intolerancia y la xenofobia, implementadas en diversas formaciones políticas que comparten ideario con sus homólogas. En el caso de Holanda, el PVV de Wilders logró convertirse en la segunda fuerza parlamentaria de los Países Bajos, rozando la victoria en los comicios de 2017. Y este mismo personaje fue portada en la prensa internacional después de haberse declarado como el inventor del Trumpismo. Algo similar ocurrió en Dinamarca, donde el Dansk Folkeparti obtuvo el respaldo del 21% de los votantes. En el caso de Finlandia, los Finns (Verdaderos Finlandeses, pues su carga nacionalista es otra de sus características) experimentaron un crecimiento importante después del estallido de la crisis. Tanto que, mientras en 2007 sólo tenían 5 representantes parlamentarios, en las últimas elecciones de 2015 consiguieron 38 escaños gracias al respaldo del 17,65% de los votantes. Y también tenemos al SD sueco, que se convirtió en la tercera fuerza política con 49 escaños, y que trata de revalidar sus resultados. Y así llegamos al mix italiano, compuesto por el Gobierno de la Liga Norte y el Movimiento 5 Estrellas, que han encumbrado al provocador personaje de Matteo Salvini como Ministro de Interior, vocero del fascismo europeo y por ello quien más acapara las portadas internacionales. En constante enfrentamiento con las ONG's que tratan de salvar vidas en el Mediterráneo, el político milanés ha enarbolado la bandera del discurso supremacista y se ha presentado como el salvador de la "identidad del pueblo europeo". Ha criticado sin ambages las decisiones de sus colegas europeos, y entre sus polémicas medidas, decidió cerrar los puertos de Italia a los barcos que patrullan cerca de las costas de Libia para rescatar a personas que huyen del horror y de la muerte. 

 

¿Y qué ocurre en nuestro país? Pues que tanto el nuevo PP de Pablo Casado, como el Ciudadanos de Albert Rivera muestran continuos coqueteos y complicidades discursivas con las ideologías extremistas europeas. Las falacias vertidas por Pablo Casado ya las hemos analizado en un artículo anterior de esta misma serie, y por tanto no insistiremos en ellas. Pero desde C's, el segundo partido de la derecha española, también ha habido guiños al discurso antimigrantes. Rivera, aunque de una forma más discreta, se alía con el discurso racista y xenófobo, alegando la propagación de "efectos llamada" y demás falacias por el estilo. Además, la formación naranja ha impulsado recientemente una campaña en las redes sociales, que trata de criminalizar a los manteros y vendedores ambulantes, a quienes califican como "las mafias que ocupan las calles ilegalmente". No obstante, la ultraderecha española se aleja del euroescepticismo y del proteccionismo económico por los que abogan algunos otros líderes europeos de formaciones políticas similares. Y hablando de la ultraderecha española, no se nos puede olvidar el caso de Vox, cuya masiva reaparición pública ha sido tratada por prácticamente todos los medios. Vox es la ultraderecha sin complejos, a las claras. En algunos asuntos llegan incluso más allá que sus homólogos nacionales de PP y C's. Proponen la deportación de los inmigrantes ilegales a sus países de origen, la deportación de los inmigrantes que estén de forma legal en territorio español pero que hayan reincidido en la comisión de delitos leves o hayan cometido algún delito grave, el cierre de mezquitas, la expulsión de los imanes que propaguen el integrismo, el menosprecio a la mujer (cuando son ellos mismos los que la menosprecian, proponiendo acabar con la "ideología de género") o la yihad, etc. Como vemos, nuestro país no se queda atrás, desgraciadamente, en la cantidad de fuerzas políticas que se encuadran en la extrema derecha nacionalista y xenófoba. Continuaremos en siguientes entregas.

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