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16 noviembre 2018 5 16 /11 /noviembre /2018 00:00
Fuente Viñeta: https://circulorentabasicaestatal.wordpress.com/

Fuente Viñeta: https://circulorentabasicaestatal.wordpress.com/

En la consulta helvética, la propuesta de que el Estado garantice de por vida a cada persona un ingreso neto de 2.500 francos suizos para los adultos y de 625 francos suizos por niño fue rechazada por una amplia mayoría. Lo cual no es de extrañar: en Suiza, país de expertos chocolateros, con una tasa de paro del 4% y un salario medio en torno a 4.000 €, un ingreso garantizado para todo el mundo habría sido una delikatessen añadida al elevado nivel de vida de sus habitantes. No una imperiosa necesidad como en el caso de España

Cive Pérez (escritor y miembro del Observatorio de Renta Básica de Ciudadanía de ATTAC Madrid)

La Renta Básica Universal rompería poderosamente con esta dinámica de lo que hemos denominado en anteriores entregas "gestión neoliberal de la pobreza", limitada a "insertar" laboralmente a los pobres, mediante absurdos itinerarios formativos, cursos de capacitación, míseras y condicionadas prestaciones, etc. Y rompería con ello simplemente porque los pobres no tendrían que demostrar a ninguna Administración Pública que lo son, simplemente porque no los habría. La RBU bien implementada aseguraría que nadie está por debajo de unos mínimos ingresos vitales que garanticen una vida digna. Pero además de ello, rompería con los problemas derivados de la "condicionalidad", que acarrea que los perceptores de prestaciones tengan que informar a la Administración sobre asuntos tan íntimos y privados como dónde viven, con quién, dónde están empadronados, si viajan o no, si salen del país o no, si se casan, se divorcian o les toca la lotería. Porque la RBU asegura que no van a existir pobres en nuestra sociedad. Punto final. Al no existir pobres, nadie tiene que demostrar nada. Sus ingresos podrán aumentar por cualesquiera otras actividades, pero ello sólo trascenderá a la Administración a la hora de confeccionar la Declaración de Renta, que le obligará a tributar según sus ingresos. Al ser incondicional, la RBU se establece "ex-ante", como un derecho de ciudadanía, que garantiza la existencia material de todas las personas residentes en el país o comunidad de que se trate. En palabras de Daniel Raventós, uno de nuestros mayores expertos en el tema: "El carácter incondicional de la Renta Básica supone otorgar un poder de negociación que implica aumentar la libertad efectiva para la inmensa mayoría de la población no rica. Una característica muy apreciada por sus defensores republicanos". Desde la izquierda transformadora creemos en un modelo de sociedad en donde la existencia material garantizada (garantía de la verdadera libertad) abarque a toda la población. 

 

O dicho de otra forma, si se prefiere, la libertad (según la concepción republicana a la que nos adscribimos) consiste en no verse obligado a tener que pedir permiso a nadie para vivir, para existir socialmente. La libertad no puede ser arbitrariamente interferida por nadie. Entonces, el pobre no puede ser libre para la concepción republicana. Éste es el fundamento político y social para una medida como la Renta Básica Universal. Y así, una RBU de una cantidad al menos igual a lo que en cada momento se considere como el umbral de pobreza es la mejor forma, en las sociedades contemporáneas, de garantizar la existencia material al conjunto de la población, de acuerdo con el ideario del republicanismo democrático. La autonomía de las personas, su independencia, la existencia material garantizada que confiere una medida como la RBU es condición indispensable para el ejercicio de esa libertad. Universalizar unos ingresos mínimos garantizados debe ser entendido en el sentido de garantizar a toda la población la existencia material. El republicanismo democrático se haya fuertemente comprometido con la causa de la independencia socioeconómica de todas las personas que forman la comunidad (pueblo, país, nación, Estado...). Su objetivo principal es la garantía de que toda la ciudadanía sea independiente tanto de la caridad (pública o privada) como de la posible arbitrariedad de los llamados "empleadores", empresarios o dueños de los medios de producción. La RBU por tanto no es una medida anticapitalista en el sentido en que cambie los propietarios de los medios de producción, pero sí lo es en el sentido de que garantiza que no existan individuos que se vean obligados a vender su fuerza de trabajo para poder sobrevivir. Y en tanto en cuanto fortalece a los individuos en su libertad material, permite emanciparlos de sus posibles fuentes de dominación, eliminando gran número de circunstancias sociales que inciden en la precariedad, la pobreza, la miseria y la exclusión social. Todos estos motivos se pueden resumir en uno: la dependencia de otros para poder sobrevivir. La RBU rompe con esta dependencia, y en este sentido libera a los individuos de ella. 

 

Pero dejo de nuevo que lo explique mejor Daniel Raventós en uno de los pasajes de su referido artículo: "¿Cuáles son las esferas de libertad (republicana) que una RB podría abrir? Sólo la independencia material que se lograría a través de una RB daría a las mujeres mayores posibilidades reales para liberarse de no ser dominadas. La independencia económica que se alcanza con una RB puede actuar como una suerte de "contra-poder" doméstico capaz de modificar las relaciones de dominación y subordinación entre sexos e incrementar el poder de negociación de las mujeres en el hogar, especialmente el de aquéllas que dependen de sus compañeros o que perciben rentas muy bajas provenientes de empleos discontinuos o a tiempo parcial. Sólo la independencia material que se lograría a través de una RB permitiría a los jóvenes elegir rechazar un salario bajo o un empleo precario. Sólo la independencia material que se lograría a través de una RB permitiría a la persona sin empleo optar por cierto trabajo no remunerado que pudiera aportar beneficios a la sociedad y, así, evitar el estigma social que conlleva el estar percibiendo el subsidio de desempleo --cuando lo hay--. Sólo la independencia material que se lograría a través de una RB permitiría a un trabajador asalariado elegir entre un abanico más amplio de empleos. La independencia material, pues, incrementa la libertad, lo que sugiere que una RB lo suficientemente generosa, al universalizar un grado de independencia significativo, ensancharía el espacio para el goce de relaciones sociales en un contexto de ausencia de dominación". La RBU, por tanto, permitiría acabar con situaciones de explotación y dominación (que son esencia del capitalismo), y en este sentido sí resulta una medida anticapitalista. La población trabajadora en general adquiriría mediante la RBU una mayor capacidad de negociación y de resistencia frente a las agresiones del capital. Es evidente que la seguridad en torno a los ingresos lograda a través de una RBU permitiría que los trabajadores y trabajadoras no se vieran forzadas a aceptar cualquier tipo de oferta laboral. 

 

También se acabaría con el llamado "efecto disciplinador" del desempleo, con la función de ese "ejército de reserva" (en expresión de Marx) que los empleadores mantienen para reforzar sus posturas negociadoras. Es lógico pensar que a mayor vulnerabilidad ante las posibilidades de perder el puesto de trabajo, mayor es la disposición a aceptar el empeoramiento en las condiciones laborales. Este efecto se viene observando aún más si cabe tras las últimas (contra)reformas laborales de los últimos años. Se instala así en la población la máxima (falaz) de un empleo malo es mejor que no tener ninguno, lo que refuerza las posiciones de los empresarios. Pues bien, mediante la implementación de una medida como la RBU este efecto disciplinador quedaría enormemente debilitado, cuando no cortado de raíz, ya que muchos trabajadores y trabajadoras se sentirían mucho más protegidas y amparadas que ahora a la hora de negarse a aceptar condiciones de trabajo humillantes, explotadoras, precarias o semiesclavas, cual es la tendencia actual. Pero todavía existen más ventajas: la seguridad en los recursos económicos capacitaría a los individuos, primero, para rechazar de forma convincente y efectiva situaciones aberrantes, lo que implicaría un descenso de los niveles de dominación y de aplastante hegemonía del actor empresarial, y segundo, para planificar y llevar a la práctica diversas formas de organización del trabajo alternativas, lo que a la postre se traduciría en mayores grados de autorrealización. Y a su vez, todo ello redundaría en un descenso poderoso en la arquitectura de la desigualdad. Porque en efecto (digámoslo con claridad), la RBU no impide que sigan existiendo los ricos (para ello necesitamos además otras medidas políticas y sociales que ya hemos expuesto en entregas y bloques temáticos anteriores de esta serie), pero sí impide que sigan existiendo los pobres. 

 

Y esta es la principal razón que el modelo capitalista tiene en contra de la Renta Básica Universal. Al capitalismo le interesa que sigan existiendo pobres, porque ello incide positivamente en la permanencia de las relaciones de dominación a diferentes niveles y en diferentes contextos a los que hemos aludido, además de preservar la hegemonía empresarial. Al capitalismo le interesa que continúe existiendo esa bolsa de desempleo más o menos ingente, porque es una forma muy poderosa de controlar a la clase trabajadora. Es gracias a que estas situaciones se han mantenido y potenciado en el tiempo como el capitalismo se ha visto reforzado en sus postulados, y la inmensa mayoría social ha asumido como naturales sus perversos postulados, así como su concepto del trabajo humano. La Renta Básica Universal rompe estos postulados, los pone en entredicho, los quiebra. Y por eso la RBU es una medida tan controvertida para tanta gente, y tan demonizada por la clase empresarial, que son los principales agentes catalizadores y transmisores del capitalismo. La RBU es justa, posible y necesaria. Pero sin embargo, la reticencia social hacia ella es inmensa, y ello es así no porque sea una medida difícil de implementar o complicada de financiar, sino porque no sólo es una medida económica, no es sólo una decisión socioeconómica como otra cualquiera, sino que pone en cuestión gran parte de las concepciones filosóficas y morales del capitalismo. Detrás de una medida como la RBU se encuentra un profundo debate sobre el trabajo y las actividades humanas que el capitalismo quiere prohibir, porque no le interesa. Detrás de la RBU existe el debate de la justicia social, de la libertad de las personas y de la existencia material garantizada, aspectos que representan grandes amenazas para el modelo capitalista, tan globalizado y extendido como está hoy día. Por todo ello la RBU se ridiculiza, se demoniza, se alegan imposibilidades de financiación, e incluso se alegan debates morales sobre el fomento de los individuos ociosos en la sociedad. Todo ello para extender un velo de negatividad sobre esta medida, un velo de ignorancia, un perverso velo que oculta la tremenda revolución a muchos niveles que esta medida supondría. Precisamente por todo esto la tratamos aquí, para intentar poner nuestro granito de arena desarmando los argumentos de los contrarios a la RB (tanto a la derecha como a la izquierda), y situando esta medida no como la panacea de nada, pero sí como la solución a muchos problemas de nuestra sociedad. Continuaremos en siguientes entregas.

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14 noviembre 2018 3 14 /11 /noviembre /2018 00:00
Viñeta: Hamra

Viñeta: Hamra

Los flujos de capital dan la vuelta al planeta en minutos. Las Bolsas de las grandes capitales hacen y deshacen durante todo el día, variando las horas según las latitudes. El desplazamiento de los seres humanos conoce vallas, muros, costas hostiles, alambrados. No es un mundo ideal ni fragante aquel en el que los mercados financieros son más libres que las personas. Y, para colmo, más poderosos

Mario Wainfeld

Continuando con la visita a los diferentes muros que constituyen esta fuente de ignominia para el ser humano, reflejo de esta política de fronteras universal cada vez más deshumanizada, tenemos que mencionar también el que se conoce como el "Telón de Bambú". Se trata de la valla que separa a la Península de Corea en dos países (la Corea del Norte y la del Sur), ubicado en el Paralelo 38. Este muro también tiene su historia particular. Tras la rendición de Japón en la II Guerra Mundial ese paralelo fue establecido como el límite entre la zona ocupada por las fuerzas de la ex Unión Soviética (al norte de dicho paralelo) y las fuerzas estadounidenses (las ubicadas en el sur). En 1948, ese paralelo se convirtió de facto en la frontera entre dos naciones creadas como producto de la división ideológica de un mundo de posguerra: la República Democrática de Corea y Corea del Sur, con respectivas capitales en Pyonyang y en Seúl. En 1950, fuerzas militares de Corea del Norte dirigidas por Kim Il Sung invadieron el territorio al sur del paralelo 38, con el apoyo de voluntarios chinos y dotados de armamento soviético. Por su parte, fuerzas de la ONU, encabezadas por tropas norteamericanas, contrarrestaron aquél ataque enfrascándose en una lucha que se prolongaría durante tres años, y que se conocería como la Guerra de Corea (1950-1953). La contienda fue cruel y devastadora, muriendo en total unos tres millones de personas entre las cuales se encontraban civiles de ambas Coreas, militares y también miembros del ejército norteamericano (55.000 muertos) y 500.000 milicianos chinos. En 1953 se firmó el armisticio que fijó la nueva frontera a través de la mitad de la denominada "zona desmilitarizada", que corta el paralelo 38 en un ángulo agudo de suroeste a noroeste. Desde entonces, la enemistad entre Corea del Norte y Estados Unidos es manifiesta, y se mantienen pulsos y períodos de guerras frías entre ambos países que de no controlarse pueden poner en jaque la seguridad de ambas Coreas y de sus países aliados. 

 

Pero vayamos al muro en cuestión. Con 4 kilómetros de ancho y 250 kilómetros de largo esta extensa frontera militarizada de un extremo a otro ha continuado siendo la línea divisoria entre dos mundos opuestos en lo político y en lo económico. De un lado, una Corea del Sur con fuerte influencia occidental, aliada de Estados Unidos en el plano militar y en el económico. Y de otro, una Corea del Norte cercana a China, con un sistema político y económico que es considerado uno de los regímenes más herméticos y enigmáticos del mundo. Y como decimos, esa frontera es una de las divisiones más tensas a nivel mundial, con más de 60 años de historia, y que desde entonces ha sido hostigada por el imperialismo norteamericano. Y continuando nuestra visita por los actuales muros, no podemos dejar de mencionar la Muralla Al Saud. Con el objetivo de defender la Monarquía Wahabita de los vaivenes bélicos e intervencionistas en Oriente Medio y el Golfo Pérsico, la Casa Real saudita ha comenzado a fortificar su territorio para aislarlo a lo largo de 9.000 kilómetros de fronteras, en la que será la barrera de seguridad más larga y costosa del mundo, ya que acordonará Arabia Saudí de todos sus vecinos fronterizos: Irak, Yemen, Bahrein, Emiratos Árabes Unidos, Omán, Kuwait y Jordania. Este proyecto, que ya tiene algunos tramos concluidos, está siendo llevado a cabo por el consorcio de Defensa y Seguridad EADS y Al Rashid Trading & Contracting Co., que tienen también participación en la construcción del Muro de la Infamia de Cisjordania y que prestaron su asesoría para la construcción y mantenimiento del Muro de la Vergüenza que separa a las comunidades saharauis del Sáhara Occidental (ambos tratados en entregas anteriores). 

 

Este proyecto por tanto aún está en construcción, y ofrece diversa arquitectura. En las zonas donde haya más presencia de ciudades y pueblos las autoridades sauditas han señalado que se contará con una barrera física, y en las zonas menos pobladas y desérticas el proyecto se proveerá de vigilancia satelital, cámaras, radares, sensores electrónicos, centros de detección costeros y aeronaves de reconocimiento para detectar posibles intrusos y enviar patrullas de intervención rápida. Ya existe en la frontera con Yemen una estructura divisoria de 1.800 kilómetros de largo, consistente en una red de sacos de arena y tuberías rellenas, dotadas a su vez de equipos y sensores de detección electrónica. Esta división se unirá al muro de 900 kilómetros de largo anunciado por el Rey saudita Abdalá Bin Abdelaziz en septiembre de 2014, que permitirá según el monarca "disminuir el número de infiltrados y de traficantes de drogas, armas y ganado hasta cero", es decir, aislar al Reino Wahabita de los acontecimientos en su vecino Irak. Pero el verdadero objetivo es proteger a Arabia Saudí de la influencia de una de las perversas criaturas que ésta ayudó a crear, como es el Movimiento Takfirí Estado Islámico (Daesh en árabe) que ya tiene bajo su control vastas áreas del norte de Siria y del norte iraquí. Esta construcción estará dotada de 5 capas, con torres de vigilancia, vehículos y radares, 8 puestos de control y dirección, 32 centros de reacción rápida, 3 destacamentos de tropas de intervención inmediata, varias torres de control, 50 radares y 10 vehículos de vigilancia. Toda una infraestructura puesta al servicio de la protección de las fronteras de un país que es el verdadero santuario del wahabismo, una de las corrientes más fundamentalistas del Islam, y que es conocido por su absoluto desprecio a los derechos humanos, sometiendo y controlando vilmente a las mujeres, y ejecutando a todos los discrepantes y disidentes del régimen de forma cruel y abominable. De hecho, las abyectas prácticas del Estado Islámico están inspiradas en las que Arabia Saudí ejecuta con sus "infieles". 

 

Y así hemos llegado a nuestras vallas de la indignidad, las que nuestro país posee y que han sido levantadas para controlar la inmigración proveniente del Norte de África. España, otrora país de emigrantes hacia otros países europeos, controla nuestra frontera sur con mano de hierro, impidiendo las aspiraciones de miles de personas, que intentan alcanzar suelo español (europeo) anhelando mejores condiciones de vida. Y así, en su papel de vigilante, intentando poner freno a esos afanes, España en sus enclaves coloniales de Ceuta y Melilla, por decisión de sus socios comunitarios decidió construir a finales del siglo XX dos barreras físicas en los límites de esas dos ciudades autónomas ubicadas en suelo norteafricano, que representan la entrada más directa a suelo europeo desde el lado africano del Estrecho de Gibraltar. La ciudad de Ceuta, con 8,2 kilómetros de valla metálica y alambradas, unido a la de Melilla con sus 12 kilómetros del mismo material, están dotadas de cámaras infrarrojas, difusores de gas lacrimógeno, detectores de movimiento, cuchillas (concertinas) en las alturas de las rejas, sistemas que impiden colocar escaleras, cables trenzados y vigilancia a cargo de tropas armadas. A todo ello se unen puestos de control de la Guardia Civil y Policía de fronteras, pero aún a pesar de todo ello, cientos de migrantes consiguen de vez en cuando entrar en oleadas a nuestro territorio. Ceuta y Melilla constituyen los cercos de nuestra indignidad, de la injusticia, paradigma de lo que el propio Occidente ha hecho de las bondades de sus sistemas "de libertades", sistemas que después cierran de un portazo en las narices de miles de "indeseables". Ceuta y Melilla son nuestros muros de la vergüenza española. Son muros que reflejan la prepotencia, la crueldad y la desigualdad, y que separan el "mundo avanzado" de la pobreza y de la miseria a las que condenan al otro mundo. 

 

El caso de las vallas de Ceuta y Melilla es el mismo del muro de segregación entre México y Estados Unidos, y también el del muro existente entre Zimbaue y Botswana, en materia de inmigración: el corazón del problema es la desigualdad. La desigualdad entre continentes, entre países, entre civilizaciones, entre mundos separados, incluso en el interior de países. La desigualdad que condena, que mata, que cronifica enfermedades, que hace padecer hambre, que anula cualquier proyecto de vida digno, y que es el motor principal que empuja a estas personas a emigrar, porque lo último que se le puede negar a un ser humano es el "Derecho de fuga" (en expresión de Sandro Mezzadra). La causa última son las profundas diferencias entre un sector del planeta y otro que se hunde en un mar de miseria. Y todo ello continuará mientras no se tomen medidas de calado, y se adopten decisiones que ataquen al fondo de estas circunstancias. Hacen falta medidas estructurales que acaben con esta situación. Una situación que no mermará por muy altas que sean las rejas, por muchas patrullas de vigilancia que se coloquen, por muy sofisticadas que puedan ser las tecnologías que se empleen. Pablo Jofré Leal, en su artículo de referencia, lo ha expresado de forma brillante: "El desarrollo social, económico, el fortalecimiento de las estructuras democráticas, pero también el respeto a la historia y costumbres de los países de origen de los inmigrantes debe ser una tarea compartida, tejiendo alianzas que permitan potenciar las capacidades de cada uno de esos países, invertir en desarrollo y no en caridad. Sustentar un comercio justo, pagando precios reales por los productos que los países más desarrollados importan. No seguir en el abuso crónico de nuestras naciones, en un neocolonialismo donde se niega el acceso a tecnologías, a patentes farmacéuticas, a inversiones que potencien la industria local, que protejan a los pequeños agricultores, que globalice los intereses de los ciudadanos y no sólo el capital financiero. Medidas complejas, difíciles y de escasa recepción porque el modelo de desarrollo de nuestro planeta está basado, precisamente, en la explotación de otros seres humanos, por parte de aquéllos que suelen proteger sus torres de marfil". Abajo las torres de marfil. Adelante una nueva Política de Fronteras. Continuaremos en siguientes entregas.

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13 noviembre 2018 2 13 /11 /noviembre /2018 00:00
El Régimen del 78 está podrido

Es necesario impulsar una asamblea constituyente para acabar con las instituciones de los ricos y el Ibex 35. Ellos llaman democracia a éste régimen decrépito. En realidad el Régimen del 78 ahogó y ahoga cada vez más las libertades democráticas

Guillermo Ferrari

Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado se acostaron una noche fascistas y torturadoras y se levantaron demócratas y respetuosas con los derechos humanos. Sin juicios por los crímenes cometidos durante la dictadura. Sin renunciar a los honores otorgados precisamente por ser agentes de la represión, utilizando toda la violencia posible contra el pueblo. Sin que a ni uno de ellos le costara el puesto de trabajo, ni pérdida de graduación, ni por supuesto un sólo día en la cárcel. La policía gris pasó a vestirse de azul, pero debajo del uniforme iban los mismos (…) En la judicatura, aquellos que aplicaban las leyes fascistas sin ningún tipo de piedad, pasaron a ser jueces de una democracia. Sin que nadie tuviese que responder por, cuando menos, colaborar con una dictadura criminal, dictar sentencias de muerte, o enviar a la cárcel a mujeres y hombres que no amaban a quien el régimen decidía que tenían que amar (…) En cuanto a la estructura económica, aquellos que se hicieron de oro mediante la obra pública contratada por el franquismo, utilizando además mano de obra esclava, siguen siendo hoy los propietarios de las grandes empresas españolas. Y siguen siendo las mismas grandes corporaciones que acompañaban al Caudillo a sus viajes internacionales quienes hoy viajan con Felipe VI a vender sus productos y servicios (armas e infraestructuras faraónicas) a sátrapas opresores de sus propios pueblos

Fernando Miñana

El Régimen político fundado en España a raíz de la Constitución de 1978 se cae a pedazos. Está roto. No aguantará mucho más. Mil y un ejemplos, detalles, características y circunstancias lo demuestran: un juez que critica a una víctima de violencia de género, cuando ya ha finalizado la vista y no sabe que los micrófonos de la sala lo están grabando. Más de mil altos mandos militares que firman un manifiesto a favor de Franco. Un ex policía torturador de los tiempos del franquismo asistiendo invitado, copa de vino en ristre, a una fiesta en una Comisaría. Un actor, Willy Toledo, procesado por el delito de ofensa a los sentimientos religiosos. Unos cantantes (Pablo Hasel, Valtonyc, La Insurgencia...) condenados por escribir letras de protesta. Un Poder Judicial que cuando las acciones de los bancos caen en bolsa por haber dictado una sentencia que beneficia a la ciudadanía, convoca una reunión plenaria urgente para ver si mantiene dicha sentencia, y después de dos semanas se corrige a sí mismo volviendo a proteger a la banca. Una (ya ex) Secretaria General de su partido que cuando comprende que la corrupción acecha a su formación "contrata" los servicios de un Comisario de Policía (hoy en prisión preventiva) para que elimine pruebas y entorpezca la labor de la justicia. Un Rey ilegítimo que cobra un salario mensual 24 veces superior al SMI. O unos políticos catalanes, presos políticos por ejercer la democracia, es decir, por obedecer al pueblo. Y otros políticos catalanes exiliados por el mismo motivo. Un chat privado exclusivo para jueces criticando a los independentistas catalanes, o la familia del dictador Franco exigiendo que éste sea enterrado en la cripta de la Catedral de la Almudena. Podríamos poner muchos más ejemplos, pero creemos que los citados muestran a la perfección la inmundicia social que padecemos, la podredumbre de las cloacas de un Estado, y la decadencia de un régimen, el de la Constitución de 1978, que está dando sus últimos coletazos, aunque no sabemos aún cuánto tardará en morir.

 

Al no haber sido removidos en su momento, los poderes fácticos herederos del franquismo no han experimentado casi cambios fundamentales desde la época de la dictadura, por lo cual nos encontramos con instituciones cuyos valores, principios y funcionamiento ofrecen tics autoritarios y antidemocráticos. El sistema judicial, la Iglesia Católica, las Fuerzas Armadas, la gran banca privada o las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado son quizá los ejemplos más relevantes (además de la propia casta política, por supuesto) que nos dan pistas muy suculentas sobre la descomposición del régimen tardofranquista. El sistema judicial proveniente de la dictadura (jueces, fiscales, jerarquía de tribunales...) pasó íntegramente a llamarse "democrático". Los miembros de la judicatura hasta 1975 siguieron en el escalafón hasta sus respectivas jubilaciones, de forma que por ejemplo un juez joven perteneciente al antiguo TOP (Tribunal de Orden Público, un tribunal de excepción creado para condenar a todo opositor al régimen de Franco), al cabo de 20 ó 30 años pudo jubilarse en los más altos niveles de la Magistratura. Y por su parte, la Polícía (política) del régimen franquista se convirtió en la Policía (democrática) por decreto, de un día para otro. Los funcionarios de la Guardia Civil y la Policía Nacional continuaron en sus puestos, con los mismos derechos para ascender y jubilarse con honores. Todo ello debilita profundamente la necesaria separación entre los tres poderes del Estado, ya que el bipartidismo imperante durante todos estos años de supuesta "democracia" ha aprobado leyes que limitaban derechos y libertades públicas fundamentales, tanto sociales como económicas, y se ha ocupado de que los puestos decisivos de la Magistratura hayan sido ocupados por jueces afines al pensamiento dominante, que permitieran una interpretación conservadora y reaccionaria del ordenamiento jurídico. Ello explica, por ejemplo, que personas por robar para comer estén en la cárcel de forma inmediata, mientras altos delincuentes de cuello blanco estén en libertad. También explica el encarcelamiento preventivo y las altas penas que se solicitan para los ex dirigentes del movimiento independentista catalán, así como las sentencias que protegen al resto de instituciones provenientes del franquismo (la banca o la Iglesia Católica, por ejemplo).

 

Con mucha razón ha aseverado Carlos Martínez: "El Poder Judicial no nos protege. La legislación de fondo española está toda ella articulada con un único objetivo, proteger la propiedad privada que está en manos fundamentalmente de los poderosos, los ricos, los bancos, la oligarquía. El poder judicial es en su mayoría profundamente conservador y el origen de ello es su carácter endogámico y sagas familiares muy antiguas que conectan profundamente con el franquismo e incluso en la monarquía caciquil borbónica anterior y actual. Jueces y juezas no pueden pertenecer a partidos políticos, pero sí a sectas religiosas que condicionan más todavía a sus miembros por medio del control de conciencias y principios así como con sus amplias redes de contactos y poder. Es decir la supuesta independencia hace aguas por todas partes". Hoy sufrimos "la dictadura de la casta de las togas" (en expresión de Guillermo Ferrari), unos selectos privilegiados pertenecientes a esa casta entronizada y no depurada proveniente del franquismo, que deciden la vida de 47 millones de personas, usando unos parámetros judiciales nada imparciales. Todo un entramado institucional configurado para autoprotegerse y para blindar los negocios de las grandes transnacionales que forman el IBEX-35, a costa de la población trabajadora y de los sectores más vulnerables. Con todos estos ingredientes se comprenden los mensajes que se intercambiaban en su chat judicial privado en contra de los independentistas catalanes. En acertadas palabras de Santiago Lupe: "Cuando las cloacas del Estado hablan "off the record", el tufo de "Estado made in Franquismo" echa "p'atrás". El Tribunal de Estrasburgo le ha sacado ya los colores a la justicia española más de una vez, y donde aquí nuestros anacrónicos jueces ven subversivos delitos de "rebelión" y "sedición", sus homólogos europeos no contemplan tales aberrantes supuestos. Por si fuera poco, los jueces europeos han sentenciado que Arnaldo Otegi y otros no tuvieron un juicio justo por el caso "Bateragune". Éstas son las credenciales de nuestra casta judicial, rancia y conservadora donde las haya. A ver quién da más.

 

Por su parte, las Fuerzas Armadas representan otro gran bastión donde se asienta el régimen del 78. Al ser su papel (así reflejado en la Constitución) el de garantes de "la unidad de la patria", su papel reaccionario ante cualquier intento de democratizar las nacionalidades y pueblos que conforman el Estado Español es manifiesto. Manuel Ruiz Robles, del Colectivo ANEMOI y nuevo Presidente de Unidad Cívica por la República, lo ha expresado en los siguientes términos: "Es evidente que la pretendida reconversión de los militares franquistas en militares demócratas ha sido un fiasco más de la modélica Transición, a la vista de lo que está sucediendo cuarenta años después. Esto demuestra, una vez más, que el régimen monárquico es irreformable, blindado constitucionalmente con la única pretensión de que todo quede "atado y bien atado". En palabras amenazantes del rey, nada democráticas,  el pasado 3 de octubre, después del apaleamiento del pacífico pueblo catalán: "...la Constitución prevalecerá". ¿Prevalecerá sobre quién?". Y el otro actor de primer orden, legitimador de todo el soporte ideológico del franquismo, es la Iglesia Católica. Una Iglesia repleta de tantos privilegios que aún le cuesta soltar amarras con el franquismo. Según Pedro Luis Angosto: "La Iglesia Católica hace todo lo que está en su mano para mantener el orden establecido desde el franquismo, que no es otro que el del privilegio, el nepotismo y la corrupción". Y así, ante la actual polémica sobre la exhumación y posterior inhumación de los restos de Franco en la cripta de la madrileña Catedral de la Almudena, el Arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, ha declarado que "Como cualquier cristiano tiene derecho a poder enterrarse donde crea conveniente", y ha desviado el foco de atención a un posible acuerdo entre la familia del dictador y el Gobierno. David Bollero, sacándole los colores a la poderosa institución, ha declarado: "Así es la Iglesia Católica: se siente ofendida porque una mujer se descubra el pecho en su templo mientras recibe con los brazos abiertos a un vil asesino". 

 

Bien, la pregunta fundamental podría ser: ¿Por qué ocurre todo esto? La respuesta la tenemos en ese período (que se ha tildado erróneamente de modélico) de la Transición. Nos definieron este período como ejemplar, pacífico y consensuado. Nada más lejos de la verdad. Ni fue ejemplar (ya que como venimos contando no se desmontaron las estructuras de poder procedentes del franquismo), ni fue pacífica (hasta finales de los años 70 continuaron los asesinatos, las condenas y la represión), ni fue consensuada (las fuerzas del régimen anterior se impusieron a las de la oposición democrática). La violencia continuó en las calles durante la Transición: entre la muerte de Franco y el primer episodio de alternancia democrática en el poder en octubre de 1982 (con la victoria del PSOE de Felipe González), en España perdieron la vida más de 700 personas como consecuencia de la actividad de grupos armados y de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Más bien fue un período excluyente (los partidos republicanos continuaron en la clandestinidad), violento y "olvidador, que no olvidadizo" (en expresión de Cándido Marquesán Millán, basada en un poema de Mario Benedetti). Los partidos que representaban la continuidad del franquismo conservaban aún muchos resortes del poder. Y por detrás tenían a las Fuerzas Armadas dispuestas a imponer de nuevo por la fuerza de las armas un Estado totalitario. De hecho, el estamento militar estuvo observando de cerca y controlando todo el proceso político de la Transición, no fuera a ser que el pueblo "volviera a las andadas". No es un acontecimiento nuevo en nuestro país, donde sólo hay que echar un vistazo a la Historia para comprobar hasta qué punto las instancias militares han controlado los diferentes Gobiernos y la vida civil del país. Y eso deja mucha huella en la mentalidad de las personas. Costó trabajo que los militares aceptaran el advenimiento de un régimen "democrático", y que obedecieran las órdenes del poder civil. Hasta el año 1981 ningún civil había sido titular del Ministerio de Defensa. Aún a día de hoy los Ejércitos españoles no se han adaptado a un verdadero sistema democrático. No lo han hecho ni en su propio funcionamiento interno ni en lo que respecta a la labor de las Fuerzas Armadas en el seno de una sociedad plural, avanzada y democrática. 

 

Pero por si todo ello fuera poco, la Transición no constituyó una ruptura democrática con el franquismo, sino una continuación suavizada del mismo, mediante un lavado de cara y una apariencia democrática. El principal elemento para que podamos concluir esto es que en vez de basarse (como ha ocurrido en otros países que han sufrido períodos dictatoriales anteriores) en la verdad, en la justicia y en la reparación, la Transición se basó en la amnistía y en el olvido. Se extendió un tupido velo sobre los acontecimientos traumáticos de la Guerra Civil y de la dictadura, así como una invisibilidad de las víctimas. Como afirmábamos más arriba, las correlaciones de fuerzas balanceadas hacia la derecha impusieron que las estructuras de poder del anterior Estado franquista no fueran removidas, intentando construir un nuevo Estado "aparentemente" democrático sobre los mismos pilares del anterior, sin haber pasado página, sin haber barrido la suciedad. Se impuso el relato y la consigna del "pasar página", del "no reabrir heridas", cuando las heridas aún no estaban cerradas, y cuando la página aún no se había terminado de escribir, y ni siquiera se había comenzado a leer. Nos han vendido por tanto un relato falso de la Transición, nos han inoculado la semilla del olvido, nos han hecho creernos la retórica oficial que ha magnificado dicho período como una hazaña de altura épica, fuente y modelo para otros países que deseen inspirarse en ella. Pero lo cierto es que la Transición fue un período tutelado donde no se impusieron los valores democráticos, sino la continuidad disfrazada del franquismo. Puede que los primeros años hubiese que sortear todos esos inconvenientes...¿pero y después? Son ya 43 años desde la muerte del dictador, y hasta ahora no han existido Comisiones de la Verdad o juicios al régimen franquista y a sus gerifaltes vivos. Y ahora, cuando el actual Gobierno del PSOE ha planteado la exhumación de Franco del Valle de los Caídos, toda la caverna política, social y mediática se ha rasgado las vestiduras...¿sorprendente? No, absolutamente lógico, dados los mimbres y las coordenadas donde nos movemos. En este sentido, Fernando Miñana lo ha expresado con meridiana claridad: "Sacar a Franco de España es mucho más que mover un esqueleto. Sacar a Franco es sacar al franquismo de nuestras instituciones, de nuestros tribunales, de nuestras fuerzas de seguridad, de nuestras leyes y de nuestra sociedad. Sacar a Franco es acabar con cada uno de sus monumentos y reducirlos hasta gravilla con la que construir lugares de memoria democrática (...). Sacar a Franco es cambiar España. Es recuperar la dignidad de nuestro país. Sacar a Franco es empezar a construir, de una vez, la democracia española". 

 

Pero la disección de este perverso régimen del 78 estaría incompleta si no fuéramos al corazón del sistema, que no es otro que la Monarquía. Actualmente se mantiene al Rey y al Emérito como inimputables ante la ley, a pesar de que las manchas de la corrupción también les salpican. Pero las fuerzas políticas adscritas al régimen (esas que se han dado en llamar pomposamente "constitucionalistas") no permiten siquiera abrir una Comisión de Investigación en las Cortes Generales sobre las actividades más que dudosas de Juan Carlos I cuando ejercía como Jefe del Estado. Lo ha resumido a la perfección Edmundo Fayanas Escuer, cuando ha afirmado: "La constitución del llamado "Estado moderno español" se ha basado en tres instituciones que siguen vigentes, que nadie se atreve a cuestionar: Monarquía, Iglesia y Ejército". La Corona es el epicentro del régimen, el basamento donde el resto de instituciones y castas pivotan. Tenemos a un Rey ilegítimo (ya que es hijo del que fue impuesto por el dictador, y ninguno de los dos se han sometido al escrutinio popular) que conserva y proyecta los valores de una sociedad anacrónica, donde la fuerza del monarca, la Iglesia y los grandes poderes económicos es casi absoluta. En resumen, no hay ni pueden haber parches para el agonizante régimen del 78. Ni parches ni reformas para un sistema que descansa sobre las bases del régimen fascista anterior. Sólo puede existir la vía de devolver al pueblo su poder constituyente. Y ello pasa por invocar a la movilización social continua y sostenida para reclamar la celebración de Procesos Constituyentes en todo el Estado, que no podrán emanar de las actuales instituciones, podridas como están, sino de la fuerza social de las clases trabajadoras, para garantizar que todos los asuntos se someten a debate, desde la función de los Ejércitos hasta la Jefatura del Estado, desde los cimientos de un verdadero Estado Laico hasta las Comisiones de la Verdad que difundan el relato cierto, desde la democratización del poder judicial hasta la nacionalización de los grandes sectores estratégicos de nuestra economía, desde el blindaje de los derechos sociales hasta el derecho de autodeterminación de todos los pueblos que forman el Estado Español. ¿La meta? Derribar este podrido régimen del 78, y garantizar que el futuro de nuestro país se asiente sobre bases radicalmente democráticas. 

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12 noviembre 2018 1 12 /11 /noviembre /2018 00:00
Fuente Viñeta: El Captor (http://www.elcaptor.com/economia/)

Fuente Viñeta: El Captor (http://www.elcaptor.com/economia/)

Para algunos líderes políticos y económicos el cambio climático es un fenómeno lejano e incluso inexistente, fruto de teorías conspirativas que pretenden socavar el actual orden económico mundial, sin embargo, la realidad contundente es que el planeta está calentándose más rápidamente de lo previsto y al ritmo actual las peores consecuencias llegaran muy pronto

Edgar E. Quintero

En la última entrega ya hacíamos referencia al triste fenómeno del negacionismo climático, ofreciendo algunas explicaciones al respecto. Insistiremos aún más en ello a continuación, basándonos en este reciente artículo del Premio Nobel de Economía Paul Krugman para The New York Times. Krugman distingue tres etapas en el negacionismo climático: la primera consiste directamente en negarlo (en expresiones como "El cambio climático es un engaño"), la segunda acepta el hecho, pero intenta derivar o eximir responsabilidades ("El cambio climático está ocurriendo, pero no es provocado por el hombre"), y la tercera acepta que es nuestra responsabilidad, pero ve inconvenientes en afrontarlo ("El cambio climático es provocado por el hombre, pero hacer algo al respecto podría destruir empleos y acabar con el crecimiento económico"). El tan recurrido mantra de perjudicar a la economía es tan socorrido porque el pensamiento dominante lleva agitándolo durante décadas de despiadado neoliberalismo globalizado, así que entre los no informados o entre los dogmáticos neoliberales siempre tiene efecto. Pero al fin y al cabo, los negacionistas no abandonan jamás su argumento, aunque la evidencia científica los desmienta. Y es que el fundamentalismo económico y de mercado viene haciendo tanto daño que sus postulados son antepuestos a los avances y demostraciones científicas, pertenezcan éstas a cualquier campo del conocimiento humano. En general, la ciencia y la política no se llevan muy bien. No siempre es fácil que los políticos entiendan que aunque somos nosotros, los humanos, los que hemos de dirigir el mundo con nuestras decisiones, éstas no se pueden enfrentar de cara a la realidad científica. Pero esto siempre ocurre cuando los políticos ponen por delante sus propios intereses y convicciones, aunque sean erróneos, que la aplastante realidad. 

 

Y así, hemos llegado a una situación donde la conveniencia política y la salvaguarda de los intereses de los poderosos se coloca por delante de la evidencia científica, incluso si para ello hay que poner en peligro a la propia civilización humana. Ya dijo Albert Einstein que la estupidez humana era infinita, y en la actualidad asistimos a bochornosos espectáculos donde los dirigentes de grandes países (a los cuales debería suponérseles cierta cultura y sentido común), demuestran continuamente que son peligrosos imbéciles en grado sumo. Estas personas no están intentando comprender en realidad la gravedad del caos climático que nos afecta, ni la necesidad imperiosa de adaptarnos al declive que inexorablemente tendremos que soportar. No. Como afirma Paul Krugman: "Su meta es mantener a los contaminadores en libertad para que contaminen tanto como sea posible y se aferrarán a lo que sea con tal de servir a ese fin". Ningún argumento científico, ninguna tendencia demostrable los convencerá de que llevamos una deriva verdaderamente suicida. Cuando se quedan sin argumentos, afirman sin más que la situación se reconducirá, que regresaremos a los estados anteriores, sin aportar ninguna prueba ni razonamiento que pueda siquiera corroborar algún empirismo en sus absurdas declaraciones. Por ejemplo, tras admitir a regañadientes que la temperatura del planeta está cambiando, los negacionistas del clima aseguran que no están convencidos de que los gases de efecto invernadero sean los responsables. Todavía ven enormes conspiraciones en los científicos climáticos, de los cuales afirman que tienen intereses políticos (pero negando los suyos propios). Hace ya décadas, los expertos predijeron, mediante una metodología científica, que las emisiones aumentarían las temperaturas mundiales. Y entonces, gente como Donald Trump y sus compinches se rieron. Ahora las predicciones de los expertos se han hecho realidad, y los negacionistas insisten en que las emisiones no son las culpables, que algo más debe estar impulsando el cambio climático, que todo es una conspiración, y otras estupideces por el estilo.

 

Si muchos líderes mundiales ofrecen estos mensajes, las poblaciones respectivas no se concienciarán del problema. Igualmente, cuando decimos que el petróleo se agota, que sólo queda para un par de décadas, y que tenemos que prepararnos para otros modelos productivos y energéticos, si los dirigentes políticos, económicos y sociales no se creen estos mensajes, la población nunca estará lo suficientemente concienciada. La negación de la ciencia está haciendo mucho daño en el plano político, y los más vulnerables serán los que peor lo pasen en esta encrucijada, como de hecho ya está ocurriendo. De nuevo aquí se anteponen los intereses económicos de grandes grupos de poder. Los argumentos apocalípticos sobre el coste de reducir las emisiones de GEI son particularmente extraños dado el tremendo avance tecnológico que han experimentado las energías renovables. El coste de la energía eólica y solar ha disminuido considerablemente. Mientras tanto, las plantas de energía que funcionan con carbón se han vuelto tan poco competitivas que los gobiernos han de subsidiarlas a expensas de las industrias de las energías limpias. Si se hiciera caso a los datos, cambios y evoluciones científicas, hace tiempo que el reciclaje industrial de los nichos de mercado y de negocio donde estas empresas operan (y sus respectivos empleados) se hubieran producido, y ya no sería traumático que fueran desapareciendo. Pero en cambio, ahora se aduce como una razón de peso que miles de personas se quedarían sin empleo, para seguir subsidiando determinados modelos energéticos caros, peligrosos, caducos e insostenibles. Los negacionistas climáticos son peligrosos defensores de un modelo que nos conducirá no ya a las consecuencias del colapso (que ya estamos viviendo), sino a que dicho colapso nos atropelle de la peor forma posible. No les demos cancha. 

 

En este artículo para el medio Socialist Worker, Phil Gasper explica perfectamente las verdaderas razones del negacionismo climático. Reproduzco sus palabras a continuación: "El tamaño de la industria de los combustibles fósiles es alucinante. Cuenta con más capital que cualquier otra industria. Las principales compañías de gas y petróleo obtienen decenas de miles de millones de dólares de beneficio cada año, y el valor conjunto de toda la infraestructura de energía nuclear y combustibles fósiles excede los 15 billones de dólares. La mayor parte de esta infraestructura tiene todavía decenios de posible vida útil. Pero para resolver la crisis climática necesitamos cerrarla casi inmediatamente e invertir en energía renovable. Es evidente que las personas que poseen y se benefician del sistema existente no van a dejar que eso ocurra sin luchar con uñas y dientes para evitarlo. Esa es la razón por la que llevan décadas financiando el negacionismo climático, mediante el patrocinio de think tanks y grandes contribuciones económicas a las campañas de políticos de derechas. Tal y como sabemos ahora, Exxon, Shell y otras de las principales compañías petroleras conocían los riesgos del calentamiento global ya por los años setenta, gracias a sus propias investigaciones, pero lo ocultaron para poder continuar obteniendo beneficios". Éstas y no otras son las razones del negacionismo climático, por lo que podemos concluir que sus adalides sólo están movidos por el egoísmo, la codicia y la perversidad. Pero en honor a la verdad, no solo las derechas (política, social y mediática) están poniendo palos en las ruedas ante este fenómeno, sino también, desgraciadamente, las izquierdas poco concienciadas ante el problema. Muchos textos nos lo explican desde todos los puntos de vista. Quizá uno de los mejores en este sentido sea el ensayo "La Izquierda ante el colapso de la civilización industrial", del activista y experto gallego Manuel Casal Lodeiro, texto que recomendamos a todos nuestros lectores y lectoras y que seguiremos en muchos momentos de esta serie de artículos.

 

De forma magistral, Casal Lodeiro expone hasta qué punto la mayoría de las formaciones políticas que se adscriben al arco político de las llamadas "izquierdas" no están reaccionando como deberían ante este enorme problema, y cómo anteponen también sus propios intereses cortoplacistas en la elaboración de sus programas y propuestas electorales. Continúan en cierto sentido comprando el discurso de la derecha sobre la necesidad del "crecimiento económico", en vez de asumir y proclamar que nos enfrentamos a una brusca reducción en el nivel de complejidad de nuestra sociedad (que es lo que realmente llamamos colapso).  Ante el próximo agotamiento de los combustibles fósiles y sus consecuencias climáticas, experimentaremos "una simplificación rápida de la sociedad a todos los niveles" (en expresión de Casal Lodeiro), que nos obligará a revolucionar nuestros modos de producción, fabricación, consumo, desecho, etc. Habremos de adaptar nuestras formas de vida a una necesidad imperiosa de decrecimiento, y si no estamos preparados para ello, puede implicar cambios drásticos y radicales que serían más trágicos de lo que realmente han de ser si nos mentalizamos para ello y ponemos en marcha estos cambios civilizatorios a tiempo. Donde la izquierda tiene que insistir es en aprovechar estos cambios (que constituyen una oportunidad única en la historia) para evolucionar hacia una sociedad más justa y libre. Como hemos avanzado en entregas anteriores, lo que denominamos "colapso civilizatorio" no tiene por qué implicar una enorme tragedia a nivel social, y es precisamente aquí donde la izquierda ha de intervenir para conseguir que los moldes de la nueva civilización estén basados en mayor grado en la igualdad, la libertad y la justicia social. Pero para ello, ha de abandonar de una vez por todas las proclamas fundadas en los postulados capitalistas de la economía de mercado, y asumir de forma valiente y decidida (aún a costa de perder determinado nicho electoral) que hay que hacer una llamada de atención para alertar de forma seria sobre la necesidad de enfrentarnos a las consecuencias y efectos de nuestra perversa civilización industrial. En caso contrario, la izquierda pecará igualmente de deshonesta y a la larga perderá toda su credibilidad. Continuaremos en siguientes entregas.

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9 noviembre 2018 5 09 /11 /noviembre /2018 00:00
Fuente Viñeta: APDHA

Fuente Viñeta: APDHA

El trabajo no es la fuente de toda riqueza. […] Los burgueses tienen razones muy fundadas para atribuir al trabajo una fuerza creadora sobrenatural; pues precisamente del hecho de que el trabajo está condicionado por la naturaleza se deduce que el hombre que no dispone de más propiedad que su fuerza de trabajo, tiene que ser, necesariamente, en todo estado social y de civilización, esclavo de otros hombres, de aquellos que se han adueñado de las condiciones materiales de trabajo. Y no podrá trabajar, ni, por consiguiente, vivir, más que con su permiso

Karl Marx (“Crítica del programa de Gotha”)

Como concluíamos en la entrega anterior, la seguridad y permanencia de un ingreso indefinido despeja un horizonte de libertad real del conjunto de la población, con lo cual no sólo aseguramos su supervivencia, sino que también la protegemos frente a la dictadura del capital. Nosotros abogamos por abandonar los actuales sistemas de rentas condicionales por injustos, insuficientes e ineficaces, además de limitados en el tiempo. Como ya hemos expuesto a vuelapluma en artículos anteriores, los actuales sistemas de rentas mínimas, en toda su extensión y diversidad, sólo ofrecen un marco muy limitado (en suficiencia económica y temporal) de subsidios al conjunto de la ciudadanía, pero para ello ésta tiene que demostrar ante la Administración Pública competente su situación actual en multitud de facetas: sus ingresos, su edad, los miembros de su unidad familiar, si se poseen personas a cargo (incluso si éstos son menores o discapacitados), la declaración de bienes, y un largo etcétera de condiciones y requisitos a cumplimentar. La Administración con todos estos datos configura una serie de aplicaciones que elaboran la conclusión final, expresada en la situación de derecho devengado a percibir un determinado subsidio de la gran gama que existe (desempleo, Renta Activa de Inserción, etc.), durante un determinado tiempo. La cuantía de dicho subsidio es muy limitada, absolutamente insuficiente como para desarrollar una vida mínimamente digna. Además no se percibe de forma indefinida, sino durante un tiempo igualmente limitado, transcurrido el cual, y si no existe ningún otro derecho a prestación, el individuo queda abandonado a su suerte.

 

Mientras, todo un itinerario de acciones "formativas y de inserción laboral" se van desarrollando, con el fin de "entretener a los pobres", como también hemos analizado en entregas anteriores. Todo esto nos parece, como decíamos arriba, injusto (porque los posibles perceptores han de demostrar hasta sus situaciones más íntimas a la Administración), ineficaces (porque la propia Administración ha de diseñar y mantener una serie de aplicaciones informáticas, formularios y personal encargado de recepcionarlo), e insuficientes (porque la cuantía de los subsidios no garantizan una vida digna, y además son limitados en el tiempo). Frente a todo este demencial tinglado, desde la izquierda transformadora proponemos un sistema de asignación monetaria a toda la población sin ninguna condición. Los perceptores ya no tendrán que ser altos o bajos, llevar más o menos tiempo en desempleo, superar determinada edad, disfrutar de mayores o menores ingresos, o tener o no a su cargo a determinado número de personas. Una Renta Básica Universal no hace distinciones entre las características de los individuos, precisamente por eso es universal. Concretando algo más, y siguiendo a Daniel Raventós en este artículo para el medio digital Sin Permiso que tomamos como referencia, la renta básica sería "un pago monetario regular a toda la población, de forma individual, sin comprobación de recursos económicos ni de su situación laboral". Y así, se percibiría independientemente del sexo al que se pertenezca, del nivel de ingresos que se posea, de la religión que se profese, de la orientación sexual que se tenga, o del estrato social al que se pertenezca. Universal quiere decir universal. La RBU no contempla absolutamente ningún criterio de discriminación. Da igual si se es rico o pobre, blanco o negro, joven o viejo, casado o soltero, viviendo con 5 hijos o viviendo solo. Esta es la segunda clave: la incondicionalidad. 

 

Y por supuesto, la RBU es una transferencia individual, esto es, que se realiza al propio individuo, por sí mismo, siendo personal e intransferible. No es una asignación a la familia, no tiene en cuenta la unidad familiar, sino el propio individuo. En una vivienda compartida por cinco amigos, cada uno de ellos percibiría la RBU. Esta medida vendría a revertir profundamente la perversa arquitectura de la desigualdad, y ello no sólo porque dejarían de existir los pobres de solemnidad que no perciben ningún ingreso (o unos ingresos ridículos e indignos), sino porque fortalecería la capacidad de negociación de la clase trabajadora, dotando de un potencial poder de libertad e independencia para aceptar o no determinadas ofertas de trabajo. Las propuestas de financiación que se han elaborado suelen contemplar el ámbito de los Estados, puesto que son las Administraciones Públicas a más alto nivel que disponen de la información y de los recursos fiscales necesarios para poder financiar una RBU. Pero también, dependiendo del alcance geográfico, podría ser aconsejable que fuera más de una Administración las que otorgaran la RBU. ¿Quién recibiría la Renta Básica? Todas las personas del territorio donde se implantase, así como los residentes acreditados. Algunos autores también han abogado por la extensión de la RBU a los menores de edad, o con alguna cuantía inferior que la de los adultos. Pero atención: nuestra visión de la Renta Básica es absolutamente compatible con el diseño del conjunto de los servicios públicos que disfruta la ciudadanía (sanidad, educación, dependencia, servicios sociales...). Existe no obstante una "RBU de derechas", que propone que este sistema reemplace a los mencionados servicios públicos universales. Es decir, que la asignación de esta renta actúe a modo de sustituto parcial o total de dichos servicios. 

 

Básicamente, por tanto, las RBU de izquierdas se diferencian de las RBU de derechas en sus propuestas de financiación, que responden a la idea troncal de quién gana y quién pierde con la implantación del sistema. Los defensores de la RBU de derechas pretenden desmantelar el Estado de Bienestar "a cambio" de la RBU, persiguiendo sus clásicos objetivos de adelgazamiento del Estado y privatización de los servicios, así como de reducción de la presión fiscal. Evidentemente, esta propuesta no cubre el objetivo de reducir la arquitectura de la desigualdad. No nos interesa. Los defensores de la RBU desde la izquierda perseguimos una redistribución más justa de la renta de los más ricos al resto de la población, y el fortalecimiento del resto de servicios del Estado del Bienestar. Esta propuesta sí que revertiría la arquitectura de la desigualdad, por eso es la que se propone para conseguir este fin. Bien, antes hablábamos de los subsidios condicionales actuales, y sus diferentes limitaciones. Vamos a compararlos ahora con la asignación de la RBU desde los siguientes cuatro puntos de vista:

 

1.- La trampa de la pobreza. Cuando se es perceptor de un típico subsidio limitado y condicionado, existe un fuerte desincentivo para buscar trabajo remunerado, pues ello implica la pérdida parcial o total de dicho subsidio. Por contra, la RBU funciona a modo de un suelo o base perceptora, no como un techo. Es decir, cualquier ciudadano/a tiene derecho por el hecho de serlo a la RBU, siempre, a lo largo de toda su vida, encima de la cual se colocarán los ingresos que dicho invididuo obtenga por otros medios, típicamente por otras actividades remuneradas. Pero la realización de este trabajo remunerado no implica la pérdida de la RBU, por lo que el desincentivo a la actividad desaparece. De tal forma, que una determinada persona puede disfrutar únicamente del ingreso que le proporciona la RBU, mientras que otra puede disfrutar de tres ingresos, uno proveniente de la RBU, y otros dos provenientes de diversos trabajos remunerados que lleva a cabo. La RBU jamás se pierde. 

 

2.- Costes administrativos de los subsidios condicionados. Como hemos indicado más arriba, el sistema de subsidios condicionados necesita para su implementación inmensos gastos (aplicaciones informáticas que seleccionen y validen los datos, variedad de formularios, personal dedicado a su atención y proceso, etc.). La condicionalidad implica control, y el control implica gastos derivados de su gestión y administración. La Renta Básica, al ser universal, elimina por completo estos gastos. Todo el mundo tiene derecho a ella. 

 

3.- La estigmatización asociada a los subsidios condicionados. La RBU elimina la obligación a la que se enfrentan los candidatos a perceptores al tener que significarse, ante los funcionarios de las diversas Administraciones Públicas, al tener que identificarse como pobres, enfermos, incapaces, etc. Dicha estigmatización desaparece con la RBU. Nadie tiene que demostrar nada. Su nivel de ingresos únicamente tendrá que consignarse en la (posible) Declaración de la Renta de las Personas Físicas. 

 

4.- La cobertura insuficiente de los programas de Rentas Mínimas de Inserción. Porque como hemos indicado, se trata de programas que no llegan a alcanzar a la totalidad de la población que potencialmente podría ser beneficiaria de ellos, y además es insuficiente en su cuantía y en su duración, siempre limitada.

 

La Renta Básica Universal diluye todos estos problemas. Continuaremos en siguientes entregas.

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7 noviembre 2018 3 07 /11 /noviembre /2018 00:00
Viñeta: El Roto

Viñeta: El Roto

Tal discurso diseñado desde distintos ámbitos, el político, el mediático, el escolar y por supuesto desde la religión católica, explica en gran parte que en España prolifere cada vez más el racismo. Mas, muchos españoles, como europeos, no se dan cuenta que una sudamericana limpia el portal de su casa; que un rumano le sirve el café en el bar; que un marroquí recoge la fruta, que tomará en el postre; que un sudamericano le lleva el paquete; que una chica joven, sudamericana, rumana o ucraniana cuida, limpia o escucha a nuestros niños o a nuestros mayores, con sueldos miserables, porque nosotros no podemos, o mejor, no queremos

Cándido Marquesán Millán

Siguiendo el completo artículo de Pablo Jofré Leal, en la entrega anterior ya habíamos citado dos de los muros de la vergüenza que nos deshonran como seres humanos, tales como el muro marroquí y el muro israelí. Continuaremos con otros que también le van a la zaga. Tenemos también el muro de la segregación estadounidense. Curiosamente, Estados Unidos fue uno de los mayores instigadores para que desapareciera el Muro de Berlín (que también comentamos en el artículo anterior), pero aquéllo tenía su causa en el interés norteamericano porque desapareciera el modelo político que lo sustentaba. Pues bien, el gigante estadounidense hizo levantar, desde los tiempos de la Presidencia de Bill Clinton, el muro fronterizo con México, una de las vallas con más víctimas fatales desde que se iniciara su construcción. La historia de la migración centroamericana a Estados Unidos se remonta a tiempo atrás, pero hoy día sigue más viva que nunca, véase la actual Caravana de Migrantes que están intentando llegar a territorio estadounidense, procedentes de Honduras y Guatemala, y que trataremos en posteriores entregas. Pues bien, el hecho es que más de 10.000 seres humanos han muerto en este muro desde el año 1994, un muro cuyo Presidente actual, Donald Trump, prometió reforzar y completar en su campaña electoral. Un promedio de 500 vidas humanas por año han sido segadas con tan vil motivo, ya sea por abusos de los guardias fronterizos, por el maltrato provocado por las mafias, por la deshidratación al cruzar el desierto que separa México de Estados Unidos, ahogados en los ríos o asfixiados durante el cruce en vehículos abarrotados de migrantes. Como señala Jofré Leal, lo cierto es que hasta el momento, este muro ha generado en 23 años de existencia 40 veces más muertes que las que generó durante 28 años el Muro de Berlín. 

 

Se une a ello las denuncias de diversas ONG's, como Amnistía Internacional, que en un informe de agosto de 2014 señalaba que "un número sorprendentemente alto de mujeres migrantes sufren abusos sexuales durante su paso clandestino por México hacia los Estados Unidos. Seis de cada diez mujeres que pasan por México en busca del sueño americano, en vez de lograrlo solo son objeto de abusos por parte de traficantes y policías". Sin embargo, ni siquiera estas cifras acallan las voces que siguen calificando a la sociedad estadounidense como la más democrática del mundo. Informes que año tras año describen situaciones similares, sin que las autoridades estadounidenses (que dicho sea de paso suelen criticar al resto del mundo en asuntos de derechos humanos), hayan hecho algo por evitar sus propias violaciones de los mismos. Hasta hoy los sectores construidos del muro son los que separan California del Estado mexicano de Tijuana, Arizona de Sonora, Nuevo México de Baja California y Texas de Chihuahua y Cohauila. Este muro segregacionista está compuesto por tres secciones de tapias sucesivas a las cuales se les ha dotado de la más alta tecnología en materia de vigilancia electrónica: focos de grandísima potencia, radares, sensores electrónicos, cámaras de visión nocturna, detectores de movimiento, etc., y todo ello conectado a la Border Patrol (Patrulla Fronteriza). Se une a todo ello un cuerpo de élite militar, altamente especializado y equipado, entrenado en materias de combate a la inmigración, y a los cuales se les ha dotado de patrullas todoterreno, helicópteros y hasta facultades legales que han merecido la repulsa de organizaciones mundiales de derechos humanos. Todo un despropósito dirigido expresamente a controlar la frontera sur de los Estados Unidos. 

 

Hasta el año 2011 se habían construido 1.044 kilómetros de este muro fronterizo, que ha sido ampliado durante estos años hasta los 1.120 kilómetros actuales. En el año 2013 se aprobó en el Senado estadounidense la decisión de levantar unos mil kilómetros más de muro en la frontera con México, que se extiende hasta los 3.240 kilómetros. La disposición incluyó también duplicar el número de agentes fronterizos (hasta llegar a los diez mil), y además se adquirieron drones de vigilancia fronteriza por valor de más de 10.000 millones de dólares. Pablo Jofré Leal concluye muy sabiamente: "Gastos en represión, gastos en más armas y cero gastos en tratar de generar ideas de desarrollo en los países de los cuales provienen estos inmigrantes". No solo eso, sino que podemos afirmar sin lugar a dudas que Estados Unidos, a través de su política de injerencia constante, es el principal responsable del ambiente de pobreza y exclusión que viven estos países centroamericanos, desde los cuales proviene la inmensa mayoría de migrantes que intentan entrar por su frontera sur. Y como afirmábamos anteriormente, tras la llegada al poder del grosero multimillonario Donald Trump, este detestable magnate ha centrado su gestión en el endurecimiento de la política de migración, incluso llegando a proponer en un principio que los gastos de ampliación del muro debían ser pagados por México. El colmo de la desfachatez. Y hasta ahora, la ampliación del muro continúa. La propia Cámara de Representantes aprobó en julio del pasado año 2017 la primera partida destinada a tal fin, dotada de 1.600 millones de dólares. El propio Trump se desplazó hasta el lugar de las obras para dar su visto bueno. En octubre de 2017 dicha cifra se elevó hasta los 10.000 millones de dólares cuando el Comité de Seguridad Nacional de la Cámara de Representantes de EE.UU. aprobó un proyecto de ley de seguridad fronteriza que incluye dicha partida de gasto. 

 

Todas estas iniciativas están muy alejadas de resolver el problema de la inmigración, pues lo abordan desde un punto de vista represivo, de control de fronteras, en vez de como un problema de desigualdad y de derechos humanos. En realidad, estos proyectos "fronterizos" tienen una clara vocación capitalista, pues sólo benefician a las empresas que producen dichos equipos de vigilancia, y aquéllas que suministran los materiales, la tecnología y la mano de obra para la construcción de estos adefesios murales. Pero poseen también otra dimensión, y es que benefician electoralmente (que no a la propia sociedad a la que representan) a los políticos que promueven la xenofobia, la segregación y el desprecio a los extranjeros. El propio Donald Trump ha tildado de "criminales" a los centroamericanos que se dirigen en Caravana humana para intentar llegar a cumplir su equivocado "sueño americano". Mientras las políticas de fronteras no aborden el fondo de los problemas, las primigenias razones que impulsan a los seres humanos a migrar, e intenten revertir estos procesos actuando sobre la base etiológica de tal fenómeno, las caravanas de migrantes continuarán. Se sucederán unas tras otra, y no habrá fronteras, militares, policías ni tecnologías que puedan pararlos. Tampoco habrá Presidentes bravucones que con su discurso de odio y desprecio puedan pararlos. Con todas sus políticas duras, de represión y de control de fronteras, sólo exhiben su profunda ignorancia en asuntos de terceros países, y en el fondo el chovinismo y el supremacismo que coloca a su nación por encima de las demás. Una política de fronteras inteligente abordaría el fondo de las razones que inducen a millones de seres humanos a emigrar, a buscar mejores perspectivas de vida, dejando atrás sus tierras, sus pueblos y su gente, sus culturas y sus modos de vida, para embarcarse en la aventura de alcanzar una supuesta "tierra prometida". Pero las tierras prometidas no existen. 

 

Una política de fronteras humana y sensible intentaría conocer el fondo de los problemas de otras naciones, de otros países, de donde la gente emigra, para intentar poner el grano de arena correspondiente para poder revertir dicha situación. Una política de fronteras justa y sensata se centraría en las personas, no pondría obstáculos a su libre circulación, sino que invertiría precisamente en conseguir que las naciones y sus poblaciones no tuviesen motivos para emigrar. Una política de fronteras comenzaría por no inocular ideologías de supremacismo, xenofobia, racismo y discriminación para con los habitantes de terceros países, precisamente porque entendería que la riqueza del mestizaje humano es la mejor aportación que históricamente han realizado las culturas. Los energúmenos que se creen puros y superiores jamás han creado nada bueno para la humanidad. En los peores casos han ejecutado verdaderos holocaustos con una porción de la humanidad que ellos creían inferiores. Las políticas de fronteras han de partir desde las bases de la inclusión y de la cooperación, del mestizaje y del multiculturalismo. No podemos fomentar la idiosincrasia propia a fuerza de denostar la de los demás, no podemos ser "grandes" (parafraseando al ignorante y belicoso Trump) a base de insultar y menospreciar a los que no son como nosotros. No podemos denigrar a culturas extranjeras simplemente porque no las conocemos, o no las comprendemos. Una política de fronteras ha de ser humanitaria, sensible, inteligente, sensata, y sobre todo, responsable con el derecho internacional de los derechos humanos. Normalmente, los migrantes lo son por razones políticas o porque huyen de sus países de origen por la miseria, la pobreza, el desempleo y la exclusión social que sufren, pero lo que no decimos es que, precisamente, esas circunstancias las estamos creando nosotros, los países de destino. Otra Política de Fronteras es posible y necesaria. Aún no acaban los muros que existen actualmente en el planeta. Continuaremos en siguientes entregas.

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5 noviembre 2018 1 05 /11 /noviembre /2018 00:00
Viñeta: Kaweet

Viñeta: Kaweet

Creo conveniente que recordemos aquí lo que significa CRECIMIENTO: Es la acumulación (por parte de unos pocos) de la riqueza que producen los recursos del planeta y el trabajo humano, a costa de aumentar la explotación y la pobreza de unos muchos, y del agotamiento de los recursos del planeta. El crecimiento sólo es indispensable para los explotadores, los usureros y los especuladores. Pero para la inmensa mayoría de la población el crecimiento es muy perjudicial y rechazable. El crecimiento ha provocado esta crisis multidimensional de la que no saldremos, de no abandonarlo

Julio García Camarero

Ese "crecimiento económico" que se repite como un mantra sagrado por los artífices y defensores del pensamiento dominante es uno de los paradigmas del capitalismo, quien es el responsable del cambio climático y de las actividades extractivistas. Éstas son a su vez responsables del agotamiento físico de los combustibles fósiles, y aquél comenzó junto con la expansión del capitalismo industrial en todo el planeta, durante el siglo XVIII, aunque por aquéllas calendas aún no existieran mecanismos de medida de los fenómenos ambientales. Antes de la Revolución Industrial el hombre no poseía aún los mecanismos para provocar daño a la naturaleza, ya que durante los primeros modos de producción (esclavista primero, y luego feudal), el ser humano no había fabricado aún los instrumentos para provocar daños tan irreparables al medio ambiente. Las clases dominantes de aquél entonces podían tener trabajando a miles de personas, esclavizadas y dedicadas a diversas tareas (actividades mineras, tala de árboles, desvío del cauce de los ríos...), pero únicamente poseían instrumentos manuales rudimentarios, y por lo tanto su acción no impedía la regeneración del medio natural. Fue a raíz del desarrollo tecnológico que se rompieron dichas barreras, y las clases dominantes pudieron socavar la naturaleza superando los límites de siglos anteriores. El desarrollo tecnológico y la posterior globalización han permitido llegar a todos los rincones del planeta, explotar recursos en volúmenes antes no imaginados, y causar también un grado de destrucción nunca antes visto.

 

Cuando los movimientos ecologistas y la izquierda transformadora han comenzado a denunciar, mediante métodos y demostraciones científicas, el enorme y tremendo daño causado, el capitalismo ha salido en tromba a "desmentir" la aplastante realidad. Medios de comunicación, dirigentes políticos, pero sobre todo las propias compañías, han puesto en duda que dicha realidad sea tal, y han intentado negar la evidencia científica, desviar responsabilidades, y en último término, "suavizar" el rostro capitalista. Y así, corporaciones petroleras, empresas de automoción, metalúrgicas, empresas de servicios, etc., han venido creando grupos de presión (lobbies), que rápidamente contrataron científicos y periodistas a su servicio para convencer a políticos y opinión pública de que los riesgos del cambio climático no son tales, o lo son en mucha menor medida. De esa forma, desviaban la atención sobre la urgencia de implantar políticas restrictivas en materia de emisión de gases de efecto invernadero. Dichas empresas invierten al año miles de millones de dólares en lo que pudiéramos llamar "campañas negacionistas". Sus principales mensajes son que la ciencia es inexacta y contradictoria, que aún no se tienen constancia de tales datos, que no existen conclusiones fiables, que los científicos están divididos, y por supuesto, que los que defendemos las políticas decrecentistas somos unos locos y unos charlatanes. Todo ello además lo aderezan concluyendo que la adopción de medidas que controlen la acción de estas empresas constituiría un grave lastre para la economía mundial.

 

¿Pero es el sector energético el único interesado en las campañas negacionistas? Pues parece ser que no, ya que tenemos a multitud de sectores empresariales que simplemente están interesadas en negar este fenómeno debido a los beneficios económicos que les reportaría su peligrosa generalización. Se trata de empresas igualmente perversas que las anteriores, pero ahora dedicadas a modelos de negocio que verían incrementadas sus labores (y por tanto, sus beneficios), a raíz de los terribles efectos que el caos climático conllevaría. Luciano Andrés Valencia nos da algunos ejemplos, en este artículo para el medio argentino La Izquierda Diario: "Las aseguradoras podrían incrementar sus ganancias con el aumento de los desastres socio-naturales que se van a incrementar en los próximos años. Las empresas constructoras se beneficiarían construyendo casas adaptadas a los desastres y con sistemas de ahorro de energía. Las sequías cada vez más frecuentes en inmensas áreas del planeta serían una bendición para las compañías de agua que obtengan la concesión para trasladar un recurso cada vez más escaso, mientras que las grandes compañías agrícolas (Monsanto, Cargill, Dupont, Syngenta) podrían vender cultivos transgénicos resistentes a los cambios de temperatura y a las nuevas plagas. También hay grupos empresariales que especulan con la desaparición de especies, como los acaparadores de marfil que esperan la extinción de los elefantes para subir el precio del producto". Podríamos poner más ejemplos. El caso es que la detestable actividad de estas empresas se nutre de las desgracias de una humanidad y de un sistema que directamente las ha provocado. Así de desalmado puede llegar a ser el capitalismo. 

 

Estos movimientos negacionistas están consiguiendo que cierta parte de la población (por fortuna, minoritaria) se adhiera a sus postulados, aunque la realidad nos demuestra que las aplastantes realidades del cambio climático están calando hondo en la inmensa mayoría de la población mundial, y que cada vez estamos alcanzando una mayor concienciación sobre la gravedad del problema. A ello están contribuyendo también algunas disciplinas y corrientes de pensamiento (Economía Verde, Agroecologia, etc.), que aún sin adoptar posturas radicalmente decrecentistas, apoyan las medidas que apuestan por atajar los problemas del desmedido crecimiento económico, y se concentran en rebajar las tasas de emisiones de GEI. No obstante, desde este momento aclaramos que eso que se ha dado en llamar "Capitalismo Verde", y que consiste únicamente en "humanizar" un poco el capitalismo clásico, con objeto de hacer menos daño al planeta, simplemente no funciona. Es como tratar a un enfermo terminal con una aspirina. Las doctrinas de este Capitalismo Verde insisten en medidas de corte neokeynesiano que no sólo intentan frenar los daños a los ecosistemas naturales, sino en redistribuir mejor la riqueza generada, pero no atacan el nudo gordiano del problema, que consiste en enfrentarnos a la necesidad de decrecer en todos los sentidos, para adaptarnos a un mundo donde no será posible utilizar ni los medios de producción actuales ni las fuentes energéticas clásicas. Es hora ya de entender que el tan cacareado "Desarrollo sostenible" es un oxímoron en sí mismo, una contradicción en toda regla. Es en esencia un problema de generar menos cantidad de productos y hacerlo bajo otros medios de producción, de acabar con el consumismo desenfrenado y caótico que nos está conduciendo al agotamiento de los recursos y a la ingente generación de residuos, y sobre todo, poner fin a determinados procesos que son absolutamente nocivos para los ecosistemas, tales como el fracking, el extractivismo (prospecciones petrolíferas, megaminería...), la agricultura altamente dependiente de agrotóxicos y semillas modificadas genéticamente, la ganadería intensiva, etc. 

 

Expliquémoslo desde otro punto de vista más elemental: si queremos enfrentarnos a los problemas del cambio climático (y por tanto generar menos emisiones, evitando el calentamiento global), hemos de ¡¡disminuir el PIB!! Es decir, justo lo contrario de lo que cada año se proclama que hay que hacer. Si crecer se manifiesta fundamentalmente en aumentar el PIB de cualquier nación (la suma del PIB de todas las naciones nos da el PIB mundial), entonces decrecer se manifestará justo a la inversa. Algunos autores estiman dicho decrecimiento del PIB mundial en torno a un 3% anual de aquí a 2050, si pretendemos que la temperatura media del planeta no aumente más allá de 1,5ºC. Por tanto, la conclusión se nos ofrece bien clara: es el propio capitalismo el que hay que abandonar, pues éste necesita crecimiento económico para poderse mantener, y este crecimiento nos lleva al desastre climático. Así de claro. Le podremos dar todas las vueltas que queramos, pero al final nos daremos de bruces con esta conclusión. Seremos capaces o no de implementarlo, pero esto no cambiará el dilema. La adaptación al cambio climático no puede provenir del mismo sistema que lo ha engendrado. Hemos de cambiar de sistema. De entrada, hemos de hacer justo lo contrario de lo que se ha venido haciendo. Pero claro, intentar convencer de esto a los capitalistas es como predicar en el desierto. Pero no nos engañemos: las víctimas de tanto desastre "natural" son en realidad las víctimas de este crimen brutal del capitalismo contra el planeta. Queramos verlo o no, la solución a la peligrosa deriva ambiental, energética y climática en la que estamos inmersos pasa por acabar con el capitalismo depredador de la mano de obra humana y de los recursos naturales, pasa por adoptar visiones reduccionistas y decrecentistas en nuestra economía, y pasa por evolucionar hacia hábitos de vida austeros, simples y locales. Continuaremos en siguientes entregas.

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2 noviembre 2018 5 02 /11 /noviembre /2018 00:00
Viñeta: J. Morgan

Viñeta: J. Morgan

Repartir las horas de trabajo existentes entre ocupados y desocupados, entre nativos e inmigrantes, entre calificados y precarios, entre adultos y jóvenes, entre hombres y mujeres, sin rebajas salariales, es una medida impiadosa frente a la ganancia capitalista. Es sin embargo la única forma de que la humanidad se reapropie de la técnica y la ciencia como su propia obra. Aunque no lo crean, hay vida más allá del capital

Paula Bach

En la última entrega de esta serie ya hacíamos referencia, una vez más, en esta ocasión de cara a revertir la desigualdad en el mundo laboral, a la nacionalización de determinadas empresas, otrora públicas, pero que se fueron gradualmente privatizando, en detrimento de la calidad del empleo y de la calidad de sus servicios. Con ello, derechos fundamentales de la ciudadanía que eran provistos por servicios públicos, gratuitos y universales, comenzaron a depender de las leyes del mercado. Entre otras muchas consecuencias, los puestos de trabajo se vieron claramente mermados, cualitativa y cuantitativamente. Pero su vuelta al sector público no puede ser al que estamos acostumbrados (burocratizado, politizado, corrupto y al servicio de la gran empresa privada), sino democratizado y gestionado para atender a las necesidades sociales del conjunto de la población, y por supuesto, protegiendo el medio natural. Estamos hablando, por tanto, de planificación democrática, cooperación, descentralización, en lugar de competencia y mercado. Son, por tanto, dos modelos muy distintos. Otra ventaja del modelo público que proponemos sería el alejamiento del "modelo de negocio" en que se han convertido muchos derechos fundamentales. Hoy día la nacionalización es un tabú porque se sabe que el desarrollo del sector público choca frontalmente con la rentabilidad económica de la gran empresa privada. Pero si hay un servicio público de vivienda, por ejemplo, con un amplio patrimonio de vivienda social en alquiler, el negocio de la vivienda sería imposible. De esta forma, una vivienda pública o una privada cumplen igual de bien su función, entendido como su valor de uso. Pero sin embargo, un modelo permite obtener ganancias a una empresa privada, y el otro no. Extrapolémoslo a la sanidad pública, a la educación pública, a la dependencia...

 

Pero no sólo estos sectores. Desde el ámbito público también se podría producir energía, transportes, comunicaciones, paneles solares, vehículos, obra civil, banca, agua, y un largo etcétera de productos, servicios y bienes fundamentales cuyos suministros hoy día sirven para enriquecer a la empresa privada, en vez de para garantizar los suministros básicos a la ciudadanía. El empleo en dichos sectores, si estuvieran en el ámbito público, entraría evidentemente en otra órbita, la esfera de lo público al menos proporcionaría empleos dignos y decentes, con calidad y derechos para sus empleados. Básicamente, todos los moldes del modelo productivo de una sociedad podrían (y deberían) pertenecer a la esfera de lo público. La empresa privada debería estar relegada a sectores del mercado que comercializaran productos, bienes o servicios no fundamentales para el funcionamiento básico de una sociedad. Pero claro, la materialización de este discurso implicaría una defensa firme y cotidiana y una apuesta por la nacionalización democrática de los sectores productivos estratégicos, explicando al conjunto de la ciudadanía la necesidad de cambiar el modo de producción (lo que Marx denominaba "las relaciones de propiedad"). El veterano escritor Antonio Álvarez Solís lo ha expresado recientemente en uno de sus artículos para el medio Naiz: "Creo que es hora, por parte de la llamada izquierda, de diseñar una sociedad donde la banca y los bienes naturales --aguas, subsuelo, minerales, viento y otras energías que genera espontáneamente la naturaleza, como ese sol escandalosamente privatizado-- sean administrados por empresas públicas debidamente controladas por mecánicas transparentes y sujetas preferentemente al servicio del entorno. La corrupción ya no sería tan fácil y los beneficios podrían ser aplicados con un verdadero espíritu social".

 

Bien, llegados a este punto, vamos a ocuparnos, con la profundidad que merece, del instrumento que venimos denominando Renta Básica Universal (abreviadamente, RBU), como solución añadida a los problemas derivados de la arquitectura laboral de la desigualdad, y a la crisis del Dios Trabajo (como lo hemos denominado en alguna entrega anterior). Antes que nada, mencionar que este asunto también fue tratado en la serie de artículos "Marxismo, Socialismo y Capitalismo en el Siglo XXI", concretamente a partir de su entrega número 66). Los lectores y lectoras que lo deseen pueden consultar todas las reflexiones, propuestas y explicaciones que dimos allí. En general, la idea de un ingreso garantizado al conjunto de la ciudadanía no es un invento reciente, o una descabellada ocurrencia de cuatro descerebrados, ya que sus fundamentos políticos y filosóficos fueron planteados, desde el siglo XVIII, por el estadounidense Thomas Paine y el francés Charles Fourier, como una especie de indemnización a los individuos por el uso que la civilización hace de los recursos naturales que pertenecen al patrimonio común, según nos cuenta Cive Pérez en este artículo para el medio La Lamentable. Y después, pensadores de la talla de Bertrand Rusell o Erich Fromm han defendido la idea de la RBU. La Renta Básica Universal forma parte, y así se reconoce hoy día, del patrimonio cultural del republicanismo materialista y dialéctico. Se nos aparece como solución a la decadencia del concepto de trabajo humano ligado a la dignificación de la persona, y el empleo como solución política a la pobreza. Estos conceptos, como hemos expuesto en entregas anteriores, entran en crisis con el recorrido capitalista de los últimos años, y se comprende que el lema del trabajo virtuoso es un telón que en realidad oculta las miserias del trabajo asalariado por cuenta ajena, con beneficio y permiso de otro. Con la realidad impuesta de la figura del "trabajador pobre" imperante en nuestros días, toda esta trasnochada retahíla pierde absolutamente su valor, y es necesario rescatar nuevos enfoques. Como hemos concluido, los conceptos de Trabajo, Ocupación y Empleo no se refieren a la misma cosa, sino que son categorías distintas que se superponen en la actividad de los individuos en las sociedades actuales.

 

En efecto, existen gran cantidad de trabajos (autoproducción, cuidado de niños y ancianos, mantenimiento del hogar, etc.) que el imaginario capitalista no considera empleos, y sin embargo, ocupan una gran cantidad de tiempo vital para muchas personas, mujeres en su mayoría. Trabajo y Empleo son dos categorías conceptuales distintas, que sin embargo a veces se confunden en los discursos políticos y económicos. Y es un hecho innegable, al que ya nos hemos referido, que a medida que avanza el progreso tecnológico de nuestra sociedad, se produce "una avería del artefacto del empleo" (en expresión de Cive Pérez). Estamos, pues, cada vez más alejados del mantra del "pleno empleo", y cada vez más cerca de ese modelo que se ha dado en llamar Sociedad 20-80, donde bastará el trabajo de alrededor del 20% de la población activa para hacerla funcionar. Esa minoría de trabajadores cualificados será suficiente para asegurar el control de las máquinas y los procesos productivos, y el 80% restante de la población sólo tendrá acceso a empleos de bajísima cualificación, o bien se verá condenada al desempleo estructural. ¿Hacemos de todo esto un drama o diseñamos soluciones? Quizá sea mejor lo segundo. Intentar no afrontar la realidad sólo creará más sufrimiento y desesperación. Hagamos de la necesidad virtud, y seamos capaces no sólo de asumir el reto, sino de aprovechar la citada evolución del trabajo para diseñar un sistema de reparto justo y sostenible de la riqueza, además de fomentar las capacidades de creación humanas. Todo esto no son hipótesis ni profecías futuristas, sino hechos tangiles y demostrables cuyas consecuencias sociales no han sido aún valoradas suficientemente por las principales fuerzas políticas, quizá por cobardía a la hora de presentar a sus votantes una incómoda realidad. 

 

Lejos se nos queda el mantra de que "el trabajo dignifica al ser humano", no ya solo porque su escasez va a dejar (si lo seguimos al pie de la letra) a millones de personas sin dignidad, sino porque las últimas (contra)reformas laborales han establecido marcos legales donde la supremacía de la parte contratante sobre la que aporta su fuerza de trabajo es arrolladora. Con todo ello, hemos despojado al trabajo humano de su auténtica función social integradora. El desempleo se utiliza hoy como elemento de dominación y control de una sociedad desesperada. Se impone, pues, cambiar de perspectiva, y abandonar el empleo como elemento central de los planteamientos de integración social y económica de la sociedad. Por tanto, seamos realistas, pragmáticos, y sobre todo, justos: cuando el empleo ya no es capaz de garantizar la integración social de las personas, habrá que garantizarles, al menos, la supervivencia. Se nos dirá que ese mecanismo ya existe, mediante los diversos programas de Inserción Social y de Rentas Mínimas de Integración (o de mil variantes más en su nomenclatura) que las diferentes Administraciones Públicas proyectan sobre la masa de los desempleados. Pero remito a los lectores y lectoras a algunas entregas anteriores, donde ya hemos discutido que esos planes son auténticos placebos sociales, injustos, limitados, insuficientes y humillantes. No son, evidentemente, la solución. Dichos planes representan únicamente una especie de limosna social, limitada en el tiempo, a cambio de la cual las personas sin empleo tienen que demostrar a su Administración respectiva que son pobres de solemnidad, con la consiguiente estigmatización de estas personas por un lado, y el peso de una Administración diseñada para comprobar de facto la situación de estas personas (impresos, folletos, sistemas informáticos, funcionarios que han de comprobar los datos, etc.). A ello se une la diversidad de planes funcionalmente distintos, en requisitos y situaciones, que delimitan un panorama ciertamente deprimente. Hay que diseñar otro mecanismo, y nosotros estamos convencidos de que dicho mecanismo es la Renta Básica Universal. Continuaremos en siguientes entregas.

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31 octubre 2018 3 31 /10 /octubre /2018 00:00
Viñeta: Malagón

Viñeta: Malagón

Se ha generalizado un discurso contra un supuesto «enemigo exterior» que nos va a invadir. Sin embargo, las comunidades de las que estamos hablando han logrado resistir y sobrevivir a múltiples peligros y violencias –de redes criminales, de género, institucional– y están en movimiento por unas causas estructurales que la propia Europa ha generado en África en forma de guerras, cambio climático, control de fronteras, explotación de los recursos o empobrecimiento de las economías locales

Elena Bezanilla

Si tuviéramos que elegir un símbolo material, visual y paradigmático para definir las actuales políticas de fronteras, quizá el mejor de todos ellos sería el muro. Los muros, mejor dicho. Fronteras electrificadas, mallas de concertinas, muros visibles e invisibles, muros para los que no hay justificación. El muro es quizá la mejor expresión para reflejar la separación, la distancia, la lejanía, la indiferencia, la hostilidad. Da igual como estén fabricados, un muro siempre será un muro. Vallas, cercas, alambradas...todas se fabrican y se levantan para lo mismo. Los muros separan, hostigan, disuaden...Los muros de la vergüenza repartidos por todo el mundo, en prácticamente todos los continentes, son la expresión de la intolerante política de fronteras que hoy día gobierna el planeta.  Esos muros de América del Norte, de África, de Asia Central, de Oriente Medio o de Europa siempre cumplen las mismas funciones: separar, dividir, segregar, interponer distancia, tornar más injustas las relaciones entre las personas, los países y las culturas. Tomaremos a continuación como referencia para visitar los diferentes muros repartidos por todo el globo a este artículo del siempre magnífico Pablo Jofré Leal, publicado en el medio digital Rebelion. En 1989 el mundo celebraba la caída del famoso Muro de Berlín, todo un símbolo que había separado no sólo el mundo occidental del oriental, sino también el mundo capitalista del antiguo mundo socialista. El famoso "Telón de Acero" comenzó su construcción el 13 de agosto de 1961, y fue derribado en la noche del 9 al 10 de noviembre de 1989, es decir, 28 años más tarde. Era una construcción de hormigón que se extendía a lo largo de 160 kilómetros, 45 de ellos dividiendo la ciudad de Berlín en dos, y el resto que circundaba su parte oeste separándola de la República Democrática Alemana (RDA). 

 

Pero el Muro de Berlín fue realmente un símbolo. Más que separar países o continentes, separaba ideologías, formas y concepciones del mundo, de la vida y de la política. Durante el período que se dio en llamar la Guerra Fría, el Muro de Berlín separaba dos bloques antagónicos, casi irreconciliables, que se miraban y se tomaban la distancia entre sí. Lógicamente, ninguno de los dos lados del Muro de Berlín era un paraíso, ambos tenían sus ventajas y sus inconvenientes, y los políticos e historiadores nos han vendido concepciones distorsionadas de ambos modelos. Las personas de mi generación crecimos bajo los falaces mensajes que nos presentaban el lado occidental del Muro como el lado civilizado, el mundo libre, y el lado oriental como el mundo sometido, hereje y alienado. Ninguno de los mensajes era cierto. Ni el bloque occidental era tan bueno ni el oriental tan malo. Por tanto, en última instancia, no había justificación para ese muro. La noche de su desmoronamiento fue vivida como un acontecimiento mundial, como una catarsis colectiva, como un hito histórico. Pocos hechos en nuestra historia moderna alcanzaron tanta repercusión. Las fronteras siempre son malas, y aquélla había sido una frontera muy especial. Los dirigentes de la antigua RDA lo llamaban "Muro de Protección Antifascista" (como si nuestro mundo occidental estuviera libre de fascismos). La Fiscalía de Berlin cifra en unas 270 las personas muertas por intentar pasar al bloque occidental, de las cuales 30 de ellas murieron como consecuencia de la explosión de minas. Un promedio de unos 10 muertos por año de vigencia del muro. Los años en que el famoso Muro de Berlín estuvo activo se correspondían con aquéllos en los que el combate ideológico, industrial, militar, aeroespacial y político entre el Este y el Oeste estaba en su apogeo. 

 

Y aunque los hay de muchas características, significados y funcionalidades, los muros actuales básicamente responden a la finalidad de impedir que ciudadanos de otras partes del mundo ingresen a nuestros territorios: "indeseables" "extranjeros" "indocumentados" "ilegales" o simplemente personas de otras nacionalidades, busquen oportunidades de vida y de trabajo en países más desarrollados. Y frente a todo ello, el cinismo es atronador. Pablo Jofré Leal lo expresa bajo los siguientes términos: "Frente a esas creaciones, violatorias de los derechos de millones de seres humanos, los mismos que conmemoran hoy la caída del Muro de Berlín y criticaron con fuerza su edificación, callan, enmudecen y hasta justifican que se construyan nuevas separaciones, nuevas divisiones, nuevas formas de tener seres humanos de primera y segunda categoría. A la par del viejo muro berlinés, esos muros de la vergüenza siguen siendo ocultados, minimizados y hasta justificados, por gran parte de los medios de comunicación del mundo". Pues bien, uno de ellos es el muro marroquí que los separa del pueblo saharaui. Tiene 2.735 kilómetros de recorrido, 3 metros de altura, y dispone de constante presencia militar de la Monarquía de Marruecos. Posee enormes similitudes con el muro de la vergüeza israelí con respecto a los palestinos, que también abordaremos. El muro marroquí se extiende a lo largo del Sáhara Occidental y separa los territorios liberados de la República Árabe Saharaui Democrática de aquéllos territorios ocupados por Marruecos. Dispone de fosos, muros de piedra, alambradas, campos minados, fortificaciones militares, 160.000 miembros del ejército marroquí, armamento y tecnología de última generación, que divide a los legítimos dueños de esas tierras de sus hermanos, que habitan los territorios liberados y los campamentos de Tindouf, en territorio argelino. Jofré Leal nos cuenta que cada 5 kilómetros este muro tiene acuartelada una compañía de infantería y cada 15 kilómetros un radar y baterías de artillería. Nuestro país vende armamento utilizado en este muro, con la vergüenza añadida de que nosotros somos el país que debería garantizar el referéndum (crónicamente postergado) para la autodeterminación del pueblo saharaui. 

 

Tenemos también el muro de la infamia israelí, ya citado anteriormente. Porque en efecto, allí, en Oriente Medio, en los territorios ocupados, otro muro, infame y cruel, forma parte de un oscuro y silenciado esquema represivo puesto en práctica por los gobiernos israelíes desde el año 2002. Está compuesto por un sistema que consta de unos 550 controles y bloqueos, levantados para controlar permanentemente a una población de 2 millones de palestinos dentro de los territorios ocupados en Cisjordania. Todo un símbolo de segregación racial, condenado por gobiernos, organismos internacionales y organizaciones defensoras de los derechos humanos. Condenas que para Israel no significan nada, pues además disfruta de la impunidad de ser socio "inquebrantable" de la más perversa potencia mundial, como es Estados Unidos. Todas las atrocidades de Israel cuentan no sólo con la incomprensible y vergonzante "neutralidad" de la comunidad internacional, sino con el aval, el apoyo y la financiación de los Estados Unidos. Este muro de la infamia es una inteligente estructura dotada de tecnología de última generación en materia de vigilancia tales como sensores infrarrojos o difusores de gas lacrimógeno, entre otros artilugios. Incluye alambradas de púas de acero, zanjas, zonas dotadas de arena fina para detectar huellas, torres de vigilancia con guardias permanentes, caminos asfaltados a cada lado para permitir patrullar a los tanques y otros vehículos de seguridad, así como zonas adicionales de defensa y áreas restringidas de diversa profundidad. Puntos de control y vigilancia que se adentran en gran parte de su construcción por territorio palestino. ¿Podemos entender que un pueblo pueda vivir de esta manera? ¿Es digna una comunidad internacional que permite estas atrocidades? 

 

El muro israelí rodea con estos sistemas de seguridad los 50 asentamientos israelíes ilegales donde habita un 80% del total de colonos judíos, que incluyen además extensas áreas cultivables confiscadas a los palestinos. Se ha creado así en territorio palestino una continuidad de los asentamientos ilegales con Israel mientras separa dicha zona del resto de Cisjordania. Muro que a su vez está teniendo su símil frente a la Franja de Gaza, con el objetivo de seguir teniendo a este territorio palestino convertido en la cárcel a cielo abierto más grande del mundo. Unos 100.000 palestinos residentes en 42 pueblos de Cisjordania viven entre el muro y la llamada Línea Verde con Israel (la "Línea Verde" es el trazado definido en el armisticio firmado entre Israel y los países árabes en 1949). Una docena de estos pueblos y unos 50.000 palestinos quedarán completamente cercados por el muro. Más del 10% de la tierra palestina de Cisjordania (más de 57.000 hectáreas) quedan al otro lado del muro. Más de medio millón de palestinos vivirán dentro de una franja de un kilómetro impuesto por esta infame separación. Como podemos comprobar, este muro de la vergüenza israelí es la más cruel y despótica segregación por la fuerza de seres humanos que se ha dado en la historia. En 2004 la Corte Internacional de Justicia de La Haya determinó que Israel debía detener la construcción del muro dentro de los Territorios Ocupados, desmantelar las secciones ya construidas allí y reparar el daño causado. Israel no lo ha cumplido, sin que ello signifique condena alguna del Consejo de Seguridad de la ONU, sanciones por el incumplimiento de resoluciones internacionales, o acciones de boicot. Pablo Jofré Leal concluye: "Israel, así como Marruecos, han violado la legislación internacional y han intensificado su política de ocupación y represión contra las sociedades a las cuales someten. Los gobiernos callan, los organismos internacionales no ejecutan las labores que deben realizar, y el juego macabro continúa su marcha de dolor y muerte para millones de seres humanos". Pero no acaban aquí los muros. Continuaremos en siguientes entregas.

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29 octubre 2018 1 29 /10 /octubre /2018 00:00
Viñeta: Jean-François Rochez

Viñeta: Jean-François Rochez

La sociedad occidental en los últimos dos siglos, y, especialmente, en las últimas décadas, ha construido una forma de vida absolutamente incompatible con la lógica de los sistemas naturales. En el plano material, lo que hemos celebrado como avance y progreso ha crecido socavando las bases materiales que sostienen el mundo vivo, arrasando la especie humana como parte de él, y repartiendo los beneficios temporales de ese metabolismo económico de forma enormemente injusta

Yayo Herrero

Ante el colapso civilizatorio que se nos avecina, no es sensato recurrir a soluciones de décadas o siglos anteriores, ya que precisamente son estos erróneos enfoques los que tenemos que cambiar. El peligro del colapso nos obliga a ir replanteando todos nuestros modos de vida, sin opciones alternativas. En ese sentido, y de cara a los posibles programas que desde la izquierda transformadora podamos plantear, es evidente que el enfrentamiento contra esta situación tiene que estar contemplado, so pena de quedar como absolutamente incoherente con las necesidades imperantes. De hecho, la tendencia desde hace algunos años en los programas políticos de la izquierda es a contemplar cada vez con más intensidad las medidas de corte ecológico y eco-socialistas que se deberían implementar, pero siempre se hace desde una tibieza manifiesta que no se corresponde con la urgencia del problema. Hemos llegado a un punto donde no sólo es que tengamos que difundir un programa claramente anticapitalista, sino que hemos de difundir por todos los medios y con absoluta prioridad mensajes en contra de la lógica del crecimiento y del consumo, los patrones capitalistas por excelencia, y precisamente los que nos han traído hasta aquí. Debemos comenzar a acostumbrarnos a vivir en un mundo donde los recursos estarán muy limitados, lo que dará como consecuencia la existencia de sociedades altamente heterogéneas en sus demandas y necesidades. A estas alturas de la película, el capitalismo ha provocado ya daños irreparables en nuestros ecosistemas, por lo cual ya no sería posible frenar el desastre, sino que simplemente nos queda resistir el embate lo mejor posible.

 

Sin embargo, nuestra sociedad es tan ciega y tan sorda, a la vez que tan irresponsable, que aún continúa hablando de "crecimiento" económico, de modelos energéticos insostenibles, y creyendo (en contra de toda lógica científica) que la humanidad será capaz, en último momento, de frenar los efectos del caos climático y del agotamiento de los recursos. Lo cierto es que, como resultado del agotamiento energético, hemos de asumir sin atajos la idea del decrecimiento como algo inevitable. Hasta los propios postulados del Socialismo se deben adaptar, ya que las clásicas consignas revolucionarias del control obrero de la producción, de la planificación de la economía mundial, etc., eran válidas cuando aún no habíamos destruido los equilibrios ecológicos. Ahora lo prioritario es cómo afrontamos las consecuencias del colapso, y nos adaptamos a él lo mejor posible. Por ejemplo, una hipotética expropiación forzosa de ciertos medios de producción por parte de la clase trabajadora no solucionaría los problemas de la contaminación y del uso de modelos energéticos insostenibles. La sociedad no está preparada para estos problemas, y lo peor de todo ello es que no estamos haciendo nada para prepararla. Desde los medios de comunicación dominantes no se da eco a los mensajes ecológicos con la suficiente entidad, y como adelantábamos anteriormente, ni siquiera las propuestas programáticas de cierta parte de la izquierda reflejan de verdad la urgencia del problema, y la imperiosa necesidad de migrar hacia modelos de vida y de energía sostenibles. La izquierda tradicional tiene ante sí misma un enorme desafío que no está reconociendo, y que se encuentra en el seno mismo de sus lógicas de pensamiento, y de sus organizaciones. 

 

Hemos dejado que el capitalismo se desarrolle tanto, provoque tantos estragos y desequilibre hasta tal punto los ecosistemas naturales, que ya no será posible recuperarlos del todo, sino que únicamente nos quedará aprender a vivir de otra manera, si no queremos ser los protagonistas de la próxima extinción. El colapso civilizatorio implicará la muerte de todos nuestros sistemas de organización política y social, los cuales han adquirido hoy día, gracias a la globalización, una dimensión planetaria. Sólo nos queda difundir los mensajes de alerta por todo el mundo, lo más rápidamente que podamos, y comenzar a pensar en estrategias que sirvan para un mundo en vías de colapsar. No pretendemos crear más alarma social que la necesaria, pero sí contribuir a no seguir ocultando por más tiempo la debacle que se avecina, y la urgencia de abandonar los sistemas de producción y consumo vigentes hasta hoy. Se imponen modelos de organización social más simples, más pequeños y más austeros, para poder afrontar mejor las crisis climáticas, alimentarias y energéticas que se desencadenarán. La adaptación al caos climático y al agotamiento físico de los combustibles fósiles deben constituir la centralidad estratégica de los modelos de vida que deberán imponerse. La crisis ecológica que se ha producido ante nuestras propias narices, y que nosotros hemos provocado,  a pesar de la tremenda envergadura que posee, no ha despertado en ninguna corriente política (quizás con la excepción del Eco-Socialismo y sus referentes teóricos y políticos) la necesidad de propuestas concretas que puedan abordarla. Todavía una gran parte de la izquierda, como antes hemos reseñado, sigue anclada a un conjunto de propuestas absolutamente anacrónicas y miopes con respecto a la realidad ecológica que vivimos. 

 

Hay que insistir, por tanto y sobre todo, a las organizaciones de la izquierda de nuestro país, para que dejen de mirar para otro lado, de confeccionar programas cortoplacistas, con tal de no querer exponerse a los riesgos de una posible espantada de votantes. La realidad está aquí, y no podemos cambiarla. Ignorarla tampoco es una buena opción, ya que se nos volverá en nuestra contra. Debemos ser fieles a nuestra vocación de pretender cambiar el mundo para mejorarlo, y en esta época de expansión sin límites del capitalismo, arrasando con todo, no nos queda más remedio que denunciar la grave crisis climática que padecemos, y la necesidad de enfrentarse al agotamiento de los recursos y a los efectos y consecuencias que se derivarán de todo ello. No debemos subestimar el problema, ni maquillarlo con efectivos retoques por aquí y por allá, ni diseñar atajos para esquivar sus terribles efectos. Nada de eso es coherente con nuestro sentimiento de militancia en la izquierda política. No podemos ser cobardes, ignorantes o inocentes. Sólo nos queda ser realistas y valientes. La ingenuidad de muchos planteamientos de cierto sector de la izquierda sólo demuestra su profunda ignorancia en los asuntos climáticos y energéticos, o simplemente, sus egoístas miras electorales a corto plazo. Necesitamos programas políticos realistas, de amplias miras, valientes y decididos, con un abanico de propuestas que planteen estrategias contundentes frente al aluvión de problemas que se avecinan. En este sentido, desde esta humilde tribuna hacemos un llamamiento a partidos políticos, organizaciones obreras, sindicatos, movimientos sociales, organizaciones vecinales, asociaciones de consumidores, asociaciones profesionales, de mujeres, de estudiantes, de pensionistas, mareas ciudadanas en una palabra, para que consideren la prioridad de entender la envergadura de la crisis ecológica que nos atraviesa.

 

Pero tengamos claro, no obstante, que a pesar de la profunda revolución en todos los órdenes que el colapso civilizatorio nos impondrá, ello no significa que no podamos alcanzar en el futuro condiciones de vida dignas para la humanidad. Lo que estamos asegurando es que nuestros modelos actuales de producción y de consumo, nuestros modos de vida, hábitos y costumbres, nuestra arquitectura social en una palabra, van a colapsar por los motivos aducidos, y que tendremos que buscar alternativas de vida sobre el planeta que sean coherentes con la adaptación necesaria. Pero a pesar del inevitable decrecimiento al que estamos abocados, esto no implica que nuestras condiciones de vida tengan que deteriorarse. El capitalismo nos ha impuesto valores y principios, comportamientos, esquemas de vida, sueños y percepciones equivocadas, que ahora hay que ir derribando. Pero es muy posible que en dicha tarea, vayamos encontrando otros modos de vida más justos y sostenibles.  Lo que entendemos por "riqueza", "progreso", "civilización", etc., se va a venir abajo, pero eso sólo quiere decir que hemos abusado de unos modelos absolutamente depredadores sobre el entorno natural que el ser humano había encontrado. Es nuestra misión intentar adaptarnos a otros modos de vida, que también traerán consigo otros valores, otros principios y otros pilares donde sustentar nuevas civilizaciones. En este sentido, el colapso al que estamos haciendo referencia no tiene por qué ser necesariamente un concepto pesimista, sino que también puede ser constructivo, entendido como una oportunidad para sanear nuestros modelos fundamentados en el expolio de las personas, los animales y los entornos naturales. Los colapsos son siempre consecuencias de modelos agotados y contradictorios, insostenibles, y esto es precisamente lo que nos está ocurriendo. Continuaremos en siguientes entregas.

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