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27 agosto 2020 4 27 /08 /agosto /2020 23:00

¿Por qué necesitamos una Reforma Educativa? ¿Por qué no un "Pacto de Estado por la Educación", como tantas veces se reclama? La respuesta pensamos que es bien sencilla: dicho pacto no es posible, y si los lectores y lectoras aún tienen dudas de ello, sigan esta serie de artículos desde el principio, y lo comprenderán. La Educación Pública es un gran bastión político, una gran baza que jugar para formar a los futuros ciudadanos/as del país, y por ello la pelea partidista es inevitable, porque cada uno, desde nuestras posiciones, entendemos que la Educación debe desarrollar un determinado papel. Desde la etapa "democrática", tras la muerte del dictador, muchas han sido las Reformas Educativas llevadas a cabo, precisamente porque la formación e información que entendemos se debe proporcionar al alumnado varia muchísimo según el trasfondo político, y la concepción educativa que izquierda y derecha poseen. El tan cacareado Pacto educativo pensamos que no será posible nunca. Detrás de tantas palabras bonitas y llamamientos al consenso, cuando comenzamos a entrar en materia, nos vamos dando cuenta de que no es posible alcanzar ningún acuerdo, porque las posturas son muy distantes. Incluida la actual LOMCE del PP (2013), se han elaborado en nuestro país un total de 9 leyes educativas, y ha habido tres intentos de pacto, todos fallidos. Porque por mucho que se intente alejar de la divergencia política la educación, y se intente entender como una cuestión de Estado, esto no es posible. La educación es parte esencial de la política, no puede ser alejada de ella. Tómese el siguiente ejemplo ilustrativo: uno de los sectores más atacados (quizá el que más) durante la dictadura franquista fueron los maestros y maestras simpatizantes con la II República...por algo sería. Miles de maestros y maestras fueron expedientados y/o expulsados de la profesión, porque el régimen entendía que su enseñanza, simplemente, era incompatible con los valores que el franquismo promovía e imponía. La educación por tanto no puede quedarse al margen de la política, y todo intento de promover dicho alejamiento constituirá un fracaso. 

 

Toda la concepción educativa es distinta, según nos situemos desde el punto de vista neoliberal o desde el punto de vista socialista. Los enfoques son tan diametralmente opuestos que son absolutamente incompatibles: nosotros defendemos la Religión fuera de la escuela, ellos/as no. Nosotros defendemos la escuela 100% pública, sin conciertos educativos privados sostenidos con fondos públicos, ellos/as no. Nosotros defendemos una educación abierta al mundo, fuera de las influencias de los mercados, ellos/as no. Nosotros entendemos los contenidos curriculares de una forma, ellos/as de otra. Nosotros intentamos ver la educación como la semilla de la duda, del debate y de la reflexión, ellos/as entienden la educación como la obediencia al sistema. Nosotros pretendemos dotar a la escuela pública de más medios materiales y humanos, de mayores recursos, de ratios más reducidos, ellos/as por el contrario pretenden recortar en todos los ámbitos educativos. Nosotros creemos en el poder democrático de la comunidad educativa, ellos/as solo creen en la imposición que la Administración y los Directores de los centros lleven a cabo. Nosotros no creemos en la privatización y mercantilización de la enseñanza, ellos/as apuestan por estos procesos. Nosotros creemos en la educación pública, gratuita y universal, desde infantil (0-3 años) hasta la Universidad, ellos/as apuestan por la creación de centros de élite y educación privada. Nosotros creemos que los hijos no son propiedad ideológica de los padres, ellos/as lo creen a pies juntillas. Nosotros, en definitiva, creemos firmemente en una política educativa pública, gratuita, de calidad, laica, inclusiva, integradora y multicultural. Ellos/as no creen en ninguno de estos valores educativos. Por tanto, la derecha educativa y la izquierda educativa están en mundos antagónicos...¿cómo va a ser posible de este modo un Pacto de Estado por la Educación? Los que tanto lo reclaman o quieren simplemente marear la perdiz, y eternizar el problema educativo en nuestro país, o bien simplemente no entienden el verdadero alcance del hecho educativo en una determinada sociedad. Lo que tenemos que conseguir, entonces, y esta serie de artículos pretende contribuir a ello, es una mayoría social y ciudadana, que arrastre a una mayoría parlamentaria a asumir estos principios y valores educativos. Y aún alcanzando esta situación, habrá que defenderla en la calle, en las instituciones y en las urnas, con movilizaciones sociales amplias, pues, como tantas veces hemos advertido, ni la derecha política, social y mediática, ni la Iglesia Católica van a permanecer en silencio cuando vean atacados sus privilegios de décadas y siglos. 

 

Básicamente, hay que desenmascarar a los verdaderos dueños de la educación, los sectores que de verdad mandan y dirigen el cotarro educativo. Porque nosotros pensamos que la educación no tiene que estar al servicio de la economía, de las empresas o del mundo financiero, tampoco de un determinado ideario religioso, que aleccione las mentes, los comportamientos y las conductas, sino que tiene que ofrecer herramientas, conocimientos y valores para que los alumnos y alumnas puedan comprender el mundo en el que viven, y sean capaces de mejorarlo. La Educación Pública debe ser entendida (nada más y nada menos) que como un derecho universal, un derecho humano básico, que se garantice por igual para todas las personas, independientemente del lugar de nacimiento, de su estatus social, económico o cultural, de su sexo, de su religión, de su orientación sexual o de su identidad nacional. La educación debe fomentar el desarrollo integral del alumnado, no utilizarlos como carne de cañón para los mercados. Una educación que imparta conocimientos y saberes, no que adoctrine en credos religiosos. Una educación que impulse valores democráticos y de participación de toda la comunidad educativa, y no que imponga desde la Administración sus criterios. Una educación universal, inclusiva e integradora, que no margine ni desatienda las necesidades del conjunto del alumnado, y no que dedique la mayor cantidad de fondos públicos a derivar a los mejores alumnos/as a centros de élite, mientras los que tengan más dificultades se quedan en una educación pública cada vez más residual. No queremos una educación que, amparada en el falso derecho de "elegir centro", vaya aumentando progresivamente la segregación, con una concentración del alumnado seleccionado por clase social y origen cultural. No queremos una educación "patrocinada" por grandes corporaciones, ni sujeta a mecenazgos de empresas, bancos y fundaciones privadas, que interfieren en los contenidos curriculares, y deciden qué hay que enseñar, cómo, con qué metodologías y tecnologías, y cómo hay que evaluar. Detrás de tanto interés por la educación por parte de estos agentes y actores privados, solo existe la obsesión de controlar las enseñanzas para dirigirlas a unos mercados cada vez más salvajes, competitivos, y adaptados a sus necesidades. 

 

Pretenden, entre otras muchas cosas, anular el espíritu crítico y sustituirlo por el espíritu emprendedor, eliminar asignaturas que enseñan a pensar o a fomentar las sensibilidades artísticas (Filosofía, Música, Literatura, Artes plásticas...) para colocar en lugar de ellas asignaturas que apoyen al sistema, como la educación financiera. Pretenden que los alumnos y alumnas dejen de desarrollarse como personas, comprendiendo y criticando el mundo en el que viven, para pasar a ser piezas determinadas del puzzle de los mercados, números en una sociedad robotizada y despersonalizada. No queremos una educación para que los futuros adultos asimilen los preceptos de una sociedad salvaje y competitiva, sino para que puedan desarrollar vidas dignas, y enfrentarse precisamente a este mundo salvaje que hemos creado, y puedan ser capaces de criticarlo y cambiarlo. Precisamente por todo ello no es posible el Pacto educativo. Nosotros estamos en contra del giro neoliberal al que se viene sometiendo la política educativa, que entiende la educación como un bien de consumo, y una ventaja competitiva en la que cada individuo invierte de cara a su inserción más exitosa en el mercado laboral. Y como afirma Enrique Díez en este artículo: "De esta forma se está produciendo una auténtica mutación en la naturaleza y fines de la educación, que de formar ciudadanos y ciudadanas provistos de valores, saberes y capacidades, pasa a subordinarse completamente a la producción de "recursos humanos" para el sistema productivo". Y más adelante explica: "En este modelo neoliberal, la función social asignada a la educación se centra en su apoyo al crecimiento económico, su aportación a la competitividad empresarial de las industrias, la formación para el trabajo y la capacitación para el desarrollo tecnológico. Estas funciones económicas priman sobre la función de socializar para participar activamente en una ciudadanía consciente y comprometida, transmitir la cultura y desarrollar la personalidad". Como vemos, ambos enfoques educativos están en las antípodas. 

 

Pero este claro sesgo ideológico hacia el papel de la educación en la sociedad, olvida que existen otros muchos aspectos importantes de la personalidad humana que este enfoque economicista ignora y desdeña: el desarrollo artístico, la reflexión crítica, la educación emocional, la formación del libre pensamiento, la participación cívica, la convivencia, etc. Estamos totalmente de acuerdo con David Berliner (2003) cuando afirma: "Deberíamos ser el número uno en el mundo en porcentaje de jóvenes de 18 años que están política y socialmente implicados. Mucho más importante que nuestras puntuaciones en matemáticas y nuestras puntuaciones en ciencia es la implicación de la generación siguiente en el mantenimiento de una democracia real y en la construcción de una sociedad más justa para los que más la necesitan: los jóvenes, los enfermos, los ancianos, los parados, los desposeídos, los analfabetos, los hambrientos y los desamparados. Se deberían identificar las escuelas que no pueden producir ciudadanía políticamente activa y socialmente útil y divulgar sus tasas de fracaso en los periódicos". Éstos y no otros deben ser los objetivos educativos. No será posible un Pacto educativo mientras tengamos enfrente gente que no entiende la educación de esta forma, sino que la entiende como una herramienta más para consolidar el salvaje y cruel sistema capitalista, y la visión neoliberal, adoctrinadora, privatizadora, segregadora y elitista de la educación. No es posible un Pacto de Estado por la Educación con personas que no entienden la misma como un derecho humano fundamental, sino que están dispuestos a mercantilizarla, y a usarla como un nicho más de negocio, sujeto igualmente a nepotismo y corrupción. No es posible un Pacto Educativo con gente que denigra la educación, que la recorta, que la segrega, que crea guetos educativos, que baja continuamente la inversión educativa, y que solo entienden la escuela como una prolongación de su visión antidemocrática y autoritaria. Por eso nosotros estamos proponiendo esta Reforma Educativa, desde los valores en los que creemos. Continuaremos en siguientes entregas.

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25 agosto 2020 2 25 /08 /agosto /2020 23:00
Viñeta: Osval

Viñeta: Osval

Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas. Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo

Fidel Castro Ruz

Bien, una vez que ha quedado demostrado que Cuba es una democracia y no una dictadura como afirman sus detractores, vayamos con otro argumento típico que se lanza frecuentemente contra la isla caribeña, como es que allí no se respetan los Derechos Humanos. De entrada, diremos que quienes afirman esto no suelen tener ni pajolera idea de qué son los derechos humanos, o mejor dicho, tienen la idea que fomentan los Estados Unidos y algunos países occidentales, que le dan valor únicamente a determinados derechos civiles y políticos, olvidándose de los elementales derechos económicos, sociales y culturales. Sea como fuere, es absolutamente intolerable que dicha afirmación venga precisamente de los dirigentes del imperio estadounidense, cuando son ellos los mayores violadores y exportadores del maltrato a los derechos humanos del planeta. Y para demostrarlo, tenemos una primera herramienta comparativa absolutamente clarificadora, como es el conjunto de instrumentos internacionales (Convenciones, Protocolos, Tratados y Convenios) que la ONU tiene suscritos entre todos los países del mundo (un total de 61), cuyo panorama comparativo ofrece el siguiente resultado: Cuba es Estado firmante de un 72% de los mismos (44 en total), mientras los Estados Unidos sólo lo son de un 28% (18 en total). Como puede observarse, el argumento se desmonta fácilmente. En esta página web del sitio Cubadebate tienen mis lectores y lectoras una lista completa de dichos tratados, tanto de los firmados por Cuba, como de los suscritos por Estados Unidos. La simple comparación ya debería hacer sonrojar la cara de vergüenza de más de un fanático detractor. Como simple referencia, dejo a los/as lectores/as algunos de esos Derechos humanos, convenios o tratados internacionales, de los que el régimen imperial hace caso omiso:

 

1.- USA No aprueba el Convenio sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW). Cuba sí. 

 

2.- USA No aprueba el Convenio para la Represión de la Trata de Personas y de la Explotación de la Prostitución Ajena. Cuba sí. 

 

3.- USA No aprueba el Protocolo de Kioto de la Convención Marco de la ONU sobre el Cambio Climático (actualmente también está fuera del Acuerdo de París de 2015). De hecho, Estados Unidos es el mayor emisor mundial de gases de efecto invernadero (GEI). Cuba sí. 

 

4.- USA No aprueba el Convenio contra Crímenes de Guerra ni contra Crímenes de Lesa Humanidad. Cuba sí. 

 

5.- USA No aprueba el Tratado de la ONU sobre la Prohibición completa de los Ensayos Nucleares. Cuba sí. 

 

6.- USA No aprueba el Convenio Internacional contra el reclutamiento, financiación y entrenamiento de mercenarios. Cuba sí. 

 

7.- USA No aprueba el Convenio Internacional para la represión de los atentados terroristas cometidos con bombas (aunque el imperialismo norteamericano hace gala de luchar contra el terrorismo internacional...¿a quién cree que engaña?). Cuba sí. 

 

8.- USA No aprueba el Convenio Internacional para la represión de la financiación del terrorismo (idem al anterior). Cuba sí. 

 

9.- USA No aprueba el Convenio sobre los Derechos del Niño y contra la prostitución y pornografía infantil. Cuba sí. 

 

10.- USA No aprueba el Protocolo Facultativo del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos destinado a abolir la pena de muerte (de hecho, USA es de los pocos que aún la mantienen en el mundo). Cuba sí. 

 

11.- USA No aprueba el Convenio Relativo a la libertad sindical, negociación colectiva y sobre la edad mínima para el empleo (de hecho, USA posee el porcentaje mayor de empresas del mundo que violan los derechos de los trabajadores y trabajadoras, impidiendo su filiación sindical). Cuba sí. 

 

12.- USA No aprueba el Convenio de la Corte Internacional de Justicia y del Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional (es USA quien se cree con el derecho a decidir quién es juez a nivel mundial). Cuba sí. 

 

Podríamos continuar...Como comprenderán los lectores y lectoras, con este panorama de absoluto irrespeto hacia los tratados y convenios internacionales, es lógico concluir que el abanderamiento que los Estados Unidos hacen como paladines de los derechos humanos solo puede ser tomado a broma. De hecho, el imperio estadounidense es el mayor violador internacional de los derechos humanos, en todas sus facetas, y el mayor promotor del terrorismo internacional, por mucho que declare que lidera la lucha contra éste. En cambio, en este asunto Cuba también puede ser considerada lo más cercano al Paraíso, pues su nivel de suscripción y cumplimiento a los tratados y convenios internacionales es de los más altos del mundo. Recomiendo encarecidamente a los seguidores/as de esta serie de artículos esta página web, donde los analistas internacionales de IPS despliegan un panel interactivo y secuencial donde explican todos los tratados internacionales sobre derechos humanos suscritos por Cuba. Es un magnífico retrato de la posición de la isla ante el avance mundial de los derechos humanos. Pero aún hay más aspectos donde la pequeña isla caribeña destaca, como por ejemplo en el desarrollo de los mecanismos de protección civil frente a los desastres naturales, que también tiene mucho que ver con los derechos humanos. En el libro "¿Qué hacer en caso de incendio?", Emilio Santiago Muiño y Héctor Tejero, sus autores, cuentan en este sentido: "El caso de los huracanes no es una excepción. En 2016 el huracán Matthew, el primero de categoría 5 desde 2007, pasó entre Haití y Cuba y continuó hasta alcanzar Florida y buena parte de la costa sureste de Estados Unidos. En Estados Unidos se produjeron 81 fallecimientos debido al huracán, en Haití 546, en Cuba 4. Este patrón se repite habitualmente. Entre 1996 y 2002 sólo fallecieron 16 cubanos debido a los huracanes, menos de los que el huracán Isabel provocó en Estados Unidos en 2003. El protocolo cubano de respuestas a huracanes es famoso por su eficacia, y como tal, la ONU lo considera un modelo. Combina un buen sistema meteorológico de alerta, un aparato de movilización civil organizado y eficaz, en el que la gente coopera para ser capaces de evacuar a más de un millón de personas de las zonas costeras en pocos días antes de la llegada del huracán; una educación ambiental que enseña desde la infancia cómo responder y comportarse ante un huracán, y por último, simulacros y ejercicios preparatorios cada cierto tiempo. No es difícil imaginar cómo este modelo de autodefensa comunitario-institucional frente a los huracanes puede extenderse fácilmente a otras consecuencias del cambio climático". 

 

Y por último, no podemos olvidarnos, al hablar sobre derechos humanos, de la tremenda contribución científica de Cuba al campo de la medicina. En efecto, es la isla caribeña un referente y un claro espejo donde mirarse, no solo en la proyección a su propia población en lo que respecta al cuidado de la salud, sino en la enorme aportación solidaria que los médicos cubanos practican por todo el planeta. Están siempre, sin dudarlo, en todos los sitios del mundo donde se los necesita, ayudando de forma altruista y contribuyendo a que los avances científicos y médicos sean aplicados con celeridad al conjunto de la humanidad. De entrada, Cuba posee la mayor tasa de médicos por habitantes en el mundo (concretamente, 9 por cada mil habitantes). La isla caribeña cuenta con unos 100.000 médicos activos, lo que representa proporcionalmente la cifra más alta del mundo (por ejemplo, Alemania, España y Suiza tienen un tasa de médicos de 4/1000, mientras que Estados Unidos, Israel y Francia poseen una tasa de 3/1000). No hay por tanto quien supere a Cuba en este sentido. El mundo está descubriendo lo que los principales medios de comunicación dominantes internacionales han tratado de ocultar hasta ahora, y es que Cuba es una superpotencia médica con más de 30.000 médicos y enfermeros desplegados en 66 naciones del mundo. Es por ello que Fidel Castro recordó en uno de sus discursos: "Un día dije que nosotros no podíamos ni realizaríamos nunca ataques preventivos y sorpresivos contra ningún oscuro rincón del mundo; pero que, en cambio, nuestro país era capaz de enviar los médicos que se necesiten a los más oscuros rincones del mundo. Médicos y no bombas, médicos y no armas inteligentes". Espero que, después de este breve repaso, no quede ninguna duda a los/as seguidores de esta serie de artículos de que afirmar que Cuba no respeta los derechos humanos es una falacia y una tremenda calumnia. Continuaremos en siguientes entregas.

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23 agosto 2020 7 23 /08 /agosto /2020 23:00
Viñeta: Guffo

Viñeta: Guffo

¿Y qué es la tecnolatría, cuya crítica, por supuesto, no implica tecnofobia sin matices ni apologías anticientíficas? Es la confianza, generalizada en mi opinión, muy generalizada, una confianza irracional en la técnica, en las técnicas: no debemos preocuparnos, al final, un minuto o quince segundos antes del abismo, una nueva tecnología nos solucionará todos los problemas. Tranquilos. Somos la especie del riesgo, pero del riesgo con éxito. En el fondo, pensamiento religioso en estado puro: Dios-tecnólogo está con nosotros y no nos dejará a la intemperie

Salvador López Arnal

Todavía subsisten mundos campesinos e indígenas, que mantienen una relación más equilibrada con el entorno, y un menor consumo de energía, y que se resisten a sucumbir a la lógica de expansión (y destrucción) del capital. Mundos para nada despreciables, es más muy considerables todavía: unos 2000 millones de personas en los mundos campesinos autóctonos o poco modernizados, y unos 400 millones en los mundos indígenas. Muchos de ellos en las franjas intertropicales, donde existe también una mayor diversidad de lenguas y de culturas comunitarias. Las fronteras principales a la expansión del actual sistema urbano-agroindustrial están pues allí donde hay mundos campesinos e indígenas que tienen unas formas de vida que defender

Ramón Fernández Durán

En el artículo anterior ya comenzamos, con ayuda de Carl Honoré y su ensayo "Elogio de la lentitud", a exponer cómo está el panorama actual con relación a este asunto, y  la necesidad de evolucionar (o recuperar, si se quiere) hacia formas, tareas y expresiones de lentitud, modos de vida más pausados. En este sentido, Honoré explica lo siguiente: "Las palabras "rápida" y "lentamente" hacen algo más que describir una proporción de cambio. Representan de forma escueta maneras de ser o filosofías de vida. Rápido equivale a atareado, controlador, agresivo, apresurado, analítico, estresado, superficial, impaciente y activo; es decir, la cantidad prima sobre la calidad. Lento es lo contrario: sereno, cuidadoso, receptivo, silencioso, intuitivo, pausado, paciente y reflexivo; en este caso, la calidad prima sobre la cantidad. La lentitud es necesaria para establecer relaciones verdaderas y significativas con el prójimo, la cultura, el trabajo, la alimentación...en una palabra, con todo. La paradoja es que la lentitud no siempre significa ser lento. Como veremos, realizar una tarea con lentitud produce unos resultados más rápidos. También es posible hacer las cosas con rapidez al tiempo que se mantiene un marco mental lento". Esta desaceleración de nuestros ritmos de vida tiene, en cierto sentido, mucho que ver con el decrecimiento que hemos venido explicando en muchos artículos anteriores de la serie. De hecho, podemos afirmar que una de las facetas del decrecimiento podría ser entendida como una filosofía de la desaceleración. Pero esta desaceleración no es un valor absoluto que haya que aplicar como un mantra: hay que entender la lentitud como la posibilidad (incluso el derecho) de que cada cual controle sus propios ritmos de vida y decida qué nivel de celeridad le conviene en un determinado contexto de su vida o de su actividad. Por ejemplo, aplicado al ámbito que hemos llamado de "conciliación" entre la vida laboral y familiar, es evidente que millones de personas en el mundo están empeñadas en conseguir un mejor equilibrio entre dichos ámbitos. Pero si queremos vivir más despacio, ante todo debemos comprender por qué vamos tan rápido, por qué el mundo aceleró su marcha a partir de un determinado momento, y las horas del día resultaron insuficientes para la cantidad de cosas que era preciso realizar entre sus estrechos límites. Y a tal fin debemos comenzar por el principio, examinando nuestra relación con el tiempo. 

 

La obsesión por la medida del tiempo ha sido una característica de la historia de la humanidad. Ya los filósofos antiguos se interrogaban sobre el significado y el valor del tiempo. Y todas las culturas del mundo antiguo, sumerios y babilonios, egipcios y chinos, mayas y aztecas, crearon sus propios calendarios. De hecho, uno de los primeros documentos en salir de la imprenta de Gutemberg fue el Calendario correspondiente al año 1448. La supervivencia fue uno de los primeros incentivos para medir el tiempo. Las antiguas civilizaciones utilizaban los calendarios para saber cuándo era el momento de plantar y cosechar. Pero desde el comienzo, la medida del tiempo resultó ser un arma de doble filo. Por una parte, la programación puede hacer que cualquiera, desde el campesino hasta el ingeniero de software, sea más eficiente. No obstante, en cuanto empezamos a dividir el tiempo, las tornas se vuelven y el tiempo comienza a dominarnos. Entonces pasamos a convertirnos en esclavos del horario: éste nos fija fechas límite que, por su misma naturaleza, nos dan un motivo para apresurarnos. Como dice un proverbio italiano: "El hombre mide el tiempo y éste mide al hombre". Los relojes antiguos solo medían el tiempo bajo un determinado contexto, o fijaban la medida de algunas tareas. ¿Por qué tantos duelos, batallas y otros hechos históricos tenían lugar al amanecer? No se debía a que a nuestros antepasados les gustara madrugar, sino a que el alba era el único momento del día que todo el mundo podía identificar con precisión. Y así, en ausencia de relojes exactos, la vida humana, más parecida a la animal, obedecía a los dictados de lo que los sociólogos denominan el tiempo natural. La gente hacía las cosas cuando le apetecía, no cuando se lo decía un reloj. Comían cuando tenían hambre y dormían cuando se amodorraban. Ya en el siglo VI, los monjes benedictinos hacían sonar las campanas, a intervalos determinados a lo largo del día y de la noche, para determinar el fin de unas tareas y el comienzo de otras. Cuando los relojes mecánicos se instalaron en las ciudades, las autoridades ya comenzaron a controlar las actividades de la población por medio de franjas de tiempo. Por ejemplo, en la ciudad alemana de Colonia, durante el siglo XIV, en el transcurso de una generación, sus habitantes pasaron de no saber nunca con precisión la hora que era, a permitir que un reloj dictara cuándo trabajaban, el tiempo que podían tomarse para comer y la hora en que debían retirarse a sus casas por la noche. El tiempo del reloj estaba ganando el pulso al tiempo natural. 

 

Pero el cénit lo marca la revolución industrial. La era del maquinismo permitió que las personas se desplazaran más veloces que un caballo a galope, o un barco a toda vela. Poco a poco, las personas, la información y los materiales comenzaron a poder recorrer largas distancias, antes nunca pensadas. Una fábrica podía producir más género en un solo día que un artesano durante toda su vida. Bajo la bandera falaz del "progreso" y del "bienestar" la civilización industrial-capitalista transformó nuestra realidad inmediata y las distancias, y nosotros nos hicimos esclavos de ellas. El capitalismo industrial se alimentaba de la velocidad, y los empresarios comenzaron a pagar a sus trabajadores/as por horas en vez de hacerlo por lo que producían. Una vez establecido que cada minuto costaba dinero, las empresas emprendieron una carrera interminable (que continúa hoy día) por acelerar la producción. La urbanización también contribuyó en todo este proceso. Las grandes urbes alcanzaron un desarrollo desorbitado, y está comprobado que cuando la gente se traslada a la ciudad, empieza a hacerlo todo con más rapidez. El acelerado ritmo urbano nos atrapa en su devenir continuo, y nos abduce en su ajetreo. Por eso muchas personas se trasladan a núcleos pequeños de población en períodos de vacaciones, para poder desconectar del ritmo frenético de las ciudades, y recuperar algo de la calma y el sosiego perdidos. Entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, se establece la hora oficial global, lo cual también contribuye a globalizar el tiempo. Y así, a medida que el reloj se imponía sobre los imaginarios colectivos, sobre costumbres y modos de vida, y la tecnología posibilitaba que todo se hiciera con mayor rapidez, el apresuramiento ocupó todos los rincones de la vida: se esperaba del individuo que pensara, sintiera, hablara, trabajara, leyera, escribiera, comiera y se moviera con más rapidez. Y todo ello afectaba también a nuestra vida personal. Pero las concepciones del tiempo también han sido definidas por las propias culturas: mientras las antiguas civilizaciones indígenas consideran el tiempo como algo cíclico, que viene y se va, la cultura occidental ha promovido una imagen lineal del tiempo, una flecha que vuela implacable del punto A al B, de una situación anterior a una posterior, es decir, de un grado de evolución a otro. 

 

La civilización industrial-capitalista también nos ha traído el consumismo como otro motor para incentivar la rapidez. El consumismo nos insta a comprar con prisa, porque de otro modo, quizá ya no encontremos lo que buscamos. Los hábitos de compra están por tanto muy relacionados con la aceleración que van  adquiriendo nuestros ritmos de vida. Esta visión parece incluso mucho más cierta en nuestro tiempo, cuando el planeta entero es un gigantesco centro comercial, y todas las personas, meras compradoras. Pero hoy día ya no basta con adquirir determinados productos y servicios, sino que su vida útil está controlada igualmente por el tiempo, mediante lo que llamamos "obsolescencia programada", la cual limita la vida de dichos productos a intervalos de tiempo, para garantizar que los niveles de consumo se retroalimentan constantemente (ver nuestra serie de artículos "Capitalismo y sociedad de consumo", en este mismo Blog). Tales son, entre otras muchas, las presiones que soporta nuestro tiempo, que incluso al más devoto apóstol de la lentitud, le resultaría difícil no apresurarse. Nuestra cultura está imbuida de dichos valores. El culto al tiempo es primordial. La obsesión por la velocidad también. Y a medida que seguimos acelerando, nuestra relación con el tiempo es cada vez más difícil y disfuncional. Algunas técnicas de aprendizaje nos instan a llevarlas a cabo incluso mientras dormimos, o en el tiempo que debiéramos dedicar a descansar. Lo gestores de las empresas, dentro de los cursos de habilidades que realizan, llevan a cabo sesiones de administración del tiempo. En fin, creemos que hemos presentado lo más granado del paisaje actual sobre la cultura de la aceleración, y la necesidad de acometer cambios sobre ella. El Buen Vivir nos requiere, en este sentido, llevar a cabo con urgencia profundos replanteamientos sobre nuestros modos y estilos de vida. Pero como todo cambio cultural, es muy difícil de implementarse si no lo soportamos desde una base educativa e institucional, es decir, si no somos reeducados bajo la filosofía de la lentitud, y cambian así mismo los marcos económicos, culturales, sociales y políticos para poder facilitar dichos cambios. Aquí solo nos hemos limitado a señalarlos y a apuntar su importancia. A partir de nuestra próxima entrega, abordaremos la recta final de esta serie de artículos, dedicada al especismo y al animalismo, que aunque tratados de pasada en anteriores artículos, pensamos que deben ser objeto de una profunda exposición. Hasta entonces.

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20 agosto 2020 4 20 /08 /agosto /2020 23:00
El negacionismo como activismo de la ignorancia

Solo existen dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, y no estoy seguro de la primera

Albert Einstein

Podríamos definir el negacionismo, en sentido general, como la oposición consciente a determinadas versiones de los acontecimientos presentes o pasados que han ocurrido a la humanidad, y desde este punto de vista, el negacionismo, en sí mismo, no es malo. Simplemente, es una manifestación del pensamiento alternativo. Pongamos un ejemplo: muchos somos negacionistas de la versión mayoritariamente circulante en cuanto al llamado “Descubrimiento de América”, porque pensamos que la historia no fue como nos la cuentan, y que frente al relato hegemónico que nos presenta los hechos como una gesta histórica, y como una epopeya de nuestros valientes descubridores, nosotros pensamos que lo que hubo fue un afán imperialista de anexionar nuevos territorios, a costa de ejecutar un terrible genocidio durante décadas (siglos, incluso) de tipo humano y cultural, todo un exterminio en toda regla de las culturas indígenas que habitaban aquellas tierras, imponiéndoles nuestra lengua, nuestra cultura y nuestra religión, y acaparando todas las riquezas que aquellos territorios vírgenes escondían. Bien, desde ese punto de vista, somos negacionistas del relato oficial. Este negacionismo es posible y deseable porque lo que enfrentamos son interpretaciones de unos hechos históricos, o visiones distintas sobre unos relatos, o defendemos ideologías y propósitos distintos, concluyendo otras consecuencias distintas sobre la historia, o proyectando objetivos, políticas y estrategias distintas para el presente y para el futuro.

 

El problema se presenta cuando este negacionismo no lo practicamos sobre la historia, sobre la ideología o sobre los postulados de algunas ciencias sociales, sino que lo practicamos sobre las ciencias puras. Las ciencias que llamamos puras, absolutas o exactas, y todas aquellas que derivan de ellas o que son aplicación de ellas (matemáticas, física, química, medicina, termodinámica…) no pueden estar sometidas a negacionismo. Es simplemente una aberración. ¿Alguien se imagina la situación en que un padre/madre o un alumno/a discuta en el colegio con su profesor/a sobre la fórmula de resolución de la ecuación de segundo grado, o sobre el Teorema de Pitágoras, o sobre la Teoría de la Relatividad, o sobre el Principio de Incertidumbre de Heisemberg? Sería algo absolutamente ridículo plantear siquiera la posibilidad de estar de acuerdo o no con dichos postulados. Otra cosa distinta sería plantear puntos de vista distintos sobre la ética de la ciencia, es decir, el campo posible de aplicación práctica de determinados descubrimientos y avances científicos, ámbito por cierto muy necesario y desarrollado últimamente, ya que como decimos, una cosa son los avances científicos absolutamente considerados, y otra cosa muy distinta cómo los aplicamos en nuestra sociedad. Pongamos de nuevo un ejemplo de ello: la ingeniería genética permite manipular el genoma humano (y de otras especies animales) de tal manera que interceptamos el desarrollo previsto de dicho genoma, alterando algunas combinaciones para que el resultado final sea controlado por nosotros. La ciencia puede hacer esto hoy día, pero la pregunta sería…¿es lícito llevarlo a cabo? Una gran mayoría de la comunidad científica está de acuerdo en que, aunque podamos hacerlo, moralmente no debemos.

 

Pero el negacionismo al que nos referimos, el verdaderamente peligroso, no tiene nada que ver con la interpretación o sustrato ideológico de unos hechos o teorías, ni siquiera con la aplicación ética de los conocimientos científicos, sino que, lisa y llanamente, no admite determinados hechos científicos, los niega y no los reconoce, y desde este punto vista, entonces, es un puro ejercicio de enfrentamiento al sentido común, es decir, de ignorancia activista. Y subrayamos lo de “activista” porque no se trata de una ignorancia, digamos, pasiva, es decir, basada en el propio desconocimiento de unos hechos, sino que es una oposición enfrentada de forma consciente y decidida a los mismos hechos. Pongamos de nuevo un ejemplo: yo puedo desconocer cosas sobre mecánica de automóviles (seré simplemente un ignorante sobre este tema, y no hay nada malo en ello), pero si lo que hago es discutir con un mecánico sobre por qué se quema una junta de culatas de un motor de explosión, entonces no soy un ignorante, sino un ignorante activista, es decir, estoy haciendo apología de la ignorancia. Pues esto es exactamente lo que hace un negacionista, que a este nivel lo podemos catalogar simplemente como un imbécil.

 

El problema se agrava aún más cuando dicha apología de la ignorancia se ve multiplicada por dos factores de riesgo: el primero de ellos es practicar dicha apología de forma pública y masiva, por ejemplo en la manifestación de Madrid de hace varios días, donde amparados en la “libertad” de manifestación, unos miles de energúmenos/as se convocaron para protestar contra el uso de las mascarillas, negando la evidencia científica de la pandemia y hasta de la misma existencia del propio coronavirus. El segundo factor de riesgo es cuando dicha apología puede tener consecuencias graves sobre la sociedad, por ejemplo, puede convertirse en un delito contra la salud pública, como el ejemplo que acabamos de poner sobre la manifestación antimascarillas. Por tanto, cuando dicho activismo de la ignorancia llega a suponer un delito o un ataque contra la sociedad, entonces ya debe ser reprochable penalmente, porque ya estamos hablando de palabras mayores. Ya no son simples imbéciles que puedan discutir en la barra de un bar, sino que elevan un negacionismo masivo y público a la sociedad, que es profundamente perjudicial para el conjunto de la población.

 

Pero a continuación cabría preguntarse…¿Es únicamente la ignorancia el motor que mueve la mente de estas personas que niegan las evidencias científicas? Creemos que no, y lo ilustraremos de nuevo con un ejemplo: uno de los razonamientos que abanderan estos negacionistas (activistas de la ignorancia, insistimos) es que determinados hechos atentan contra la libertad individual. En afirmaciones como éstas, es obvio que la carga política e ideológica de su pensamiento es muy evidente, ya que poseen un concepto muy particular de la “libertad”: en efecto, y siguiendo los parámetros del neoliberalismo salvaje, para estas personas la libertad individual es un bien supremo, superior incluso a la libertad comunitaria, es decir, a la libertad (y por tanto, salud, seguridad…) de todos. Como no creen en la comunidad, es decir, en la sociedad, solo en las personas (precepto que ya enunciara claramente la Premier británica Margaret Thatcher en su día), entienden que cualquier concepto queda manchado si le anteponemos la visión comunitaria, y que solo debe existir en su vertiente individual. Si a todo ello le unimos los peligrosos efectos de las fake news, de los vídeos y mensajes de las redes sociales, de las campañas negacionistas interesadas por parte de algunos actores sociales y políticos, etc., el cóctel explosivo se multiplica miles de veces, y actúa como un peligroso detonante social que provoca dichas expresiones masivas.

 

Pondremos a continuación tres ejemplos donde este negacionismo se manifiesta peligrosamente en nuestros días:

 

1.- El negacionismo climático. Los negacionistas climáticos son los que niegan el hecho científico del cambio climático entendido como un abismo civilizatorio, es decir, como un peligroso avance hacia un precipicio donde el caos climático provocado por la acción humana (derivada de la civilización industrial-capitalista) y sus perniciosos efectos en todos los órdenes (calentamiento global, pérdida de hielo ártico, subida del nivel del mar, extinción de especies…) nos empuja a toda la humanidad al sufrimiento, la barbarie y la extinción. Los negacionistas climáticos, además de por su ignorancia, están relacionados con las actividades de gigantescas corporaciones transnacionales cuyos negocios son enormemente depredadores para el medio ambiente (empresas petroleras, del sector del automóvil, de la minería, del extractivismo, de los dispositivos móviles…), cuyos enormes beneficios se verían muy afectados si sus actividades decaen significativamente.

 

2.- El negacionismo sobre las vacunas. Los negacionistas sobre las vacunas son los que niegan los beneficios de las mismas, su extensión a la población y la prevención que llevan a cabo sobre determinadas enfermedades epidémicas (muchas de ellas ya erradicadas en gran parte del planeta), y están muy relacionados con sectores ultrarreligiosos, y con determinadas sectas que, partiendo de planteamientos fundamentalistas, entienden la vida del ser humano al libre albedrío y decisión divina, y por tanto critican cualquier acción que el ser humano pueda llevar a cabo para intentar vivir mejor basándose en métodos científicos y técnicos.

 

3.- El negacionismo sobre la pandemia. En este sentido, los negacionistas de la actual pandemia del Covid-19, como los activistas de la ignorancia que se manifestaron hace pocos días en Madrid, tienen mucho que ver con los dos tipos de negacionistas anteriormente mencionados, en el sentido de que niegan la pandemia como un hecho mundial, es decir, como una realidad social, política y sanitaria a nivel planetario, alegando motivos conspiranoicos para la misma, y por tanto, negándose a reconocer la necesidad de implementar todos los mecanismos que tenemos a nuestro alcance para evitar el crecimiento de los contagios (se enfrentan al confinamiento, al uso de la mascarilla, incluso niegan que existan enfermos en los hospitales), y todo ello, como decíamos, los relaciona con los negacionistas anteriores, en el sentido de que no reconocen el hecho pandémico como resultado de una provocación del ser humano hacia el entorno natural (el SARS-COV-2 no es un virus de laboratorio, como ha sido difundido por la extrema derecha mundial, sino un virus provocado por zoonosis, es decir, por la falta de respeto del ser humano hacia los ecosistemas naturales y su comercio de especies exóticas), y desde ese punto de vista, se alinean con los postulados religiosos y de ultraderecha que, por ejemplo, son los mismos que condujeron al poder en Brasil a su actual dirigente, Jair Bolsonaro.

 

En definitiva, el negacionismo como activismo de la ignorancia es un fenómeno social y político altamente preocupante, que debe ser atajado de forma rotunda por las autoridades, ya que en los niveles actuales, como decíamos más arriba, dicha apología de la ignorancia pone en grave riesgo la salud y la seguridad de todos. Sus campañas deben ser interceptadas y desactivadas, y sus dirigentes deben responder ante la justicia por los delitos contra la humanidad que suponen sus peligrosas proclamas.

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18 agosto 2020 2 18 /08 /agosto /2020 23:00
Viñeta: Osval

Viñeta: Osval

He sido testigo del bloqueo de EEUU a Cuba. Estoy orgulloso de ser amigo del país prohibido que aún sigue siendo un paradigma de dignidad nacional para otros porque ostenta ese peligroso ejemplo de la solidaridad

Eduardo Galeano

El pasado año 2019 la Revolución Cubana cumplió 60 años de permanencia, quizá la más longeva de nuestra historia reciente, teniendo en cuenta las limitaciones a las que se ha visto sometida. No podemos compararla con otro tipo de revoluciones del siglo XX, tales como la de China o Corea del Norte, pues éstas han derivado hacia claros ejemplos de capitalismo de Estado. Tampoco es comparable, evidentemente, con la Revolución Rusa de 1917, pues aquél modelo inicialmente socialista derivó hacia una brutal burocracia de Estado, que a su vez decayó en un modelo social brutal y autoritario por parte de Stalin. Ninguna gran Revolución ha sido comparable a la cubana. Nuestros amigos caribeños de esa pequeña isla han conseguido acercarse, como decimos dentro de las limitaciones impuestas, al mejor modelo revolucionario al que podemos aspirar. Pero por supuesto, los Estados Unidos no estaban dispuestos a permitirlo, ni aún hoy lo están. Sigo a Frei Betto en este artículo, donde analiza un poco la historia de estos 60 años de Revolución Cubana. Para la soberbia de los servicios de inteligencia estadounidenses, tan acostumbrados a controlar lo que pasaba en el resto del mundo, la osadía de los barbudos cubanos al sustraer a la pequeña isla del radio de acción del Tío Sam era una osadía que no podía ser permitida. La CIA movilizó y entrenó durante años a miles de mercenarios, que fueron vergonzosamente derrotados por un pueblo digno. Fracasados aquéllos intentos, los Estados Unidos transformaron a los cubanos exiliados en Miami en terroristas que derribaron aviones, hicieron explotar bombas, y promovieron sabotajes. USA invirtió una fortuna para alcanzar el más deseado objetivo: eliminar a Fidel. Fueron más de 600 atentados. Todos fracasados. El Comandante y líder supremo de la Revolución falleció en su cama, el 25 de noviembre de 2016, poco antes de que la Revolución cumpliera 58 años. Castro ha sido uno de los dirigentes más lúcidos y valientes de la historia reciente, y que además ha sido capaz de dirigir a su pueblo de forma ejemplar en la causa revolucionaria. 

 

El gran líder Fidel Castro había sobrevivido a 10 perversos ocupantes de la Casa Blanca, que autorizaron acciones terroristas contra Cuba y contra él personalmente: Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo. Ningún líder mundial acometió semejante reto. Jamás pudieron doblegarlo, la firmeza y valentía de Fidel, apoyado siempre por su pueblo, permaneció intacta, constituyendo el mejor ejemplo de resistencia mundial contra el imperialismo. Posteriores a él, tan solo el ex Presidente Barack Obama realizó algún gesto de amistad y acercamiento a Cuba. Todos los demás han seguido a pies juntillas la política agresiva y autoritaria de Estados Unidos, chantajista con todos los que no cumplen sus designios. Fracasado el intento de invasión de Playa Girón (1961), se impuso el criminal bloqueo a la isla, que continúa en nuestros días, para vergüenza de la ONU, que no ha sido capaz de plantar cara a la decadente política estadounidense. Aunque las mayorías contrarias al bloqueo han sido cada vez más aplastantes en la Asamblea General de la ONU, USA ha hecho caso omiso, y junto a su criminal amigo Israel, ha continuado con su hostil política hacia Cuba. Tras la caída del Muro de Berlín (1989) y la desaparición de la antigua Unión Soviética (URSS, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), los profetas de la desgracia anunciaron el fin del socialismo cubano. Se equivocaron de cabo a rabo. Cuba, de nuevo, resistió. Frei Betto explica: "¿Por qué Cuba les molesta a tantos que asocian indebidamente el capitalismo con la democracia? Porque Cuba convence a las personas intelectualmente honestas que no se dejan llevar por la propaganda anticomunista basada en prejuicios y no en hechos como que a pesar de la campaña mundial contra la Revolución, en la isla nadie muere de hambre, anda descalzo, es analfabeto después de los 6 años de edad, necesita tener dinero para ingresar en la escuela o cuidar de su salud, trátese de una gripe o de una compleja cirugía del corazón o del cerebro. En la lista del Índice de Desarrollo Humano (IDH) de la ONU, que incluye 189 países, Cuba ocupa un mejor lugar (el 68) que la mayoría de los países de América Latina, incluido Brasil (lugar 79)". 

 

Mientras, el pueblo cubano ha sido aleccionado en los valores culturales de la Revolución, lógicamente enfrentados a los valores capitalistas e imperialistas, hegemónicos en el resto del mundo. El principal de todos ellos: mientras que el capitalismo enfatiza la competitividad como un valor, la Revolución difunde en el pueblo cubano la solidaridad. Gracias a ello, Cuba es hoy día el mejor referente de internacionalismo solidario. Durante las décadas de 1960 y 1970 Cuba envió tropas para ayudar a naciones africanas a liberarse del colonialismo europeo del que dependían, y poder así emanciparse y conquistar su independencia. Raúl Castro fue el único Jefe de Estado extranjero a quien se le concedió el derecho a pronunciar un discurso en los funerales celebrados en honor a la figura de Nelson Mandela, porque el Gobierno de Sudáfrica reconoce la importancia de la solidaridad cubana para el fin del apartheid. Y gracias a la solidaridad practicada y difundida por el régimen cubano a lo largo y ancho de todo el mundo, maestros y médicos cubanos han trabajado en las áreas más pobres y remotas de más de 100 países. Pero la solidaridad también es un valor practicado interiormente, de tal forma que gracias a los principios éticos de la Revolución, en Cuba no se ven familias debajo de los puentes, niños en las calles, mendigos tirados a la vía, mafias de drogas o zonas dedicadas a su tráfico y consumo. Aún siendo Cuba un país pobre, dicha pobreza no contrasta, como en otras zonas del mundo, con la exorbitante riqueza de sus élites ni de sus dirigentes políticos, sino que todo el conjunto de la población participa de lo que hay, se reparte y se practica la ayuda mutua, la solidaridad y la cooperación. Pero Frei Betto aclara: "¿El pueblo cubano ya conquistó el paraíso? Lejos de eso. Cuba es una nación pobre, pero decente. A pesar del bloqueo y de todos los problemas que conlleva, su pueblo es feliz". Y es una felicidad compartida por todos, asumida como el resultado de un largo y penoso proceso de enfrentamiento con el imperialismo más brutal y salvaje de nuestro mundo, pero cuyo resultado no puede ser mejor: 60 años de permanencia lo avalan. 

 

No obstante, se da un debate social tramposo, por parte de los detractores de la Revolución Cubana, que tiene que ver con las personas que salen del país. Y preguntan: si en Cuba se vive tan bien...¿Por qué muchos se van de aquél país? Como decimos, es un argumento que tiene trampa, porque lo cierto es que muchos se van de cualquier país que tenga que enfrentar dificultades. Y así, muchas personas se han ido (y se van) de España, de Grecia, de Turquía, de Brasil, de Venezuela, de Argentina, de Guatemala, de Ecuador, de Honduras...La lista sería interminable, porque podemos afirmar sin temor a equívoco que no existe ningún país del mundo que no tenga emigrantes. Pero una mejor pregunta podría ser: ¿Quiénes se van? Concretamente, de Cuba se van las personas contaminadas por la vomitiva y tóxica propaganda del consumismo capitalista y del tan manido como falso eslogan del "sueño americano", creyendo que El Dorado queda al norte del Río Grande. Se equivocan. Pero los mismos que se regocijan por la emigración de una pequeña parte del pueblo cubano jamás se preguntan por qué nunca ha habido en Cuba una manifestación popular contraria al gobierno, como ha ocurrido recientemente en Francia (los chalecos amarillos), o en Bielorrusia (denunciando corrupción en las elecciones), o las que tuvieron lugar durante la llamada "Primavera Árabe" en Túnez (2011), Egipto (2011), Turquía (2016), incluso Argelia (2019). Nadie puede argumentar que en Cuba no se den manifestaciones por la represión que ejercen las Fuerzas de Seguridad...¿Hay en Cuba soldados o policías en cada esquina? ¿Alguien conoce algún episodio donde estos agentes hayan maltratado al pueblo en manifestación? Seguro que no. El Papa Juan Pablo II declaró que le había llamado la atención el hecho de no ver vehículos militares en las calles de la La Habana durante su visita a la isla, como viera en tantos otros países. No existe más que una conclusión a todo ello: la mayor arma de la resistencia cubana es la conciencia de la población. Es el pueblo el sujeto revolucionario, es el pueblo el que ha conseguido unirse en torno a la figura de la Revolución, y permanecer en apoyo sin fisuras a sus líderes. Y sólo esta circunstancia es la garante de que cualquier proceso revolucionario tenga éxito. 

 

No existe otro secreto. El pueblo cubano, al igual que aquélla pequeña aldea gala que resistía y siempre al invasor, se erige en sujeto revolucionario por la inteligencia y capacidad de sus líderes, y por la capacidad y valentía del pueblo cubano. Y dicha comunión es la mayor garantía de éxito. Por eso la pequeña isla caribeña representa para el mundo un gran bastión moral. De hecho, varios sondeos de opinión independientes, sobre todo de la consultora internacional Gallup, así como una nota del propio Pentágono estadounidense, señalan que más de las tres cuartas partes de la población cubana se identifica plenamente con su sistema político, y solo un exiguo 5% preferiría otro sistema. Las cifras son claras y elocuentes. Y no se trata de ninguna manipulación popular, sino que existe un pueblo, quizá el único actualmente sobre el planeta, que ha sido firmemente consciente y responsable de que el camino de la Revolución era el mejor para su país. Y así lo han llevado a cabo, para gloria y referente de la humanidad. El sistema educativo cubano, del que hablaremos en posteriores entregas, también ha tenido mucho que ver en ello. Los cubanos son educados desde pequeños en los valores de la Revolución, al igual que, tristemente, nosotros somos educados en los valores del capitalismo. Cada sistema educativo educa en los valores que creen. Es así de simple. Y como afirma Frei Betto: "Y cuando los cubanos celebran, no miran solo al pasado de tantas gloriosas conquistas en medio de muchos desafíos y dificultades. Inspirados en Martí, el Che, Fidel y Raúl, los cubanos saben que la Revolución es todavía un proyecto de futuro. No solo para Cuba, sino para toda la humanidad, cuando las diferencias (de idioma, cultura, sexo, religión, color de la piel, etc.) ya no sean motivo de divergencias, y la desigualdad social figure en los archivos de los investigadores como una abominable referencia histórica, como sucede hoy con la esclavitud". Continuaremos en siguientes entregas.

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16 agosto 2020 7 16 /08 /agosto /2020 23:00
Viñeta: Falcó

Viñeta: Falcó

“Vendrá el día en que el derecho de la Naturaleza sea, por conciencia de todos y todas, cumplido, respetado y exigido. Y ojalá no sea tarde. Todavía estamos a tiempo para que nuestras leyes reconozcan el derecho de un río a fluir, prohíban los actos que desestabilicen el clima de la Tierra, e impongan el respeto al valor intrínseco de todo ser viviente. Es la hora de frenar la desbocada mercantilización de la Naturaleza, como fue otrora prohibir la compra y venta de los seres humanos

Alberto Acosta

Reconocer límites implica -entre otras cosas- pasar de la edad infantil a la edad adulta. En eso estamos: en la labor de construir sociedades industriales que sean cultural y moralmente adultas. Porque la puerilidad de su turbulento, trágico período de desarrollo inicial es ecológicamente insostenible y socialmente inaceptable

Jorge Riechman (“Un mundo vulnerable”, 2000)

Podríamos afirmar que la meta del Buen Vivir es alcanzar modelos sostenibles de sociedad, y en opinión de Antonio Elizalde (uno de los tres autores de la teoría del Desarrollo a Escala Humana, ya expuesta en anteriores entregas), dicha sustentabilidad nos requerirá alcanzarla en los siguientes niveles:

 

1.- Sostenibilidad social: la cual implica alcanzar altas cotas de justicia social, es decir, inclusión y equidad social como condiciones de posibilidad para la existencia humana, dando fin a la barbarie o selva social que sufrimos en la actualidad. 

 

2.- Sustentabilidad política: que implica legitimidad, participación y empoderamiento ciudadano, que generen así gobernabilidad sostenida en el tiempo, y permitan alcanzar democracias más maduras y reales.

 

3.- Sustentabilidad cultural: la cual requiere la superación del etnocentrismo occidental, la aceptación y el fomento de la demodiversidad mediante el reconocimiento y respeto de todas las identidades, lenguas, culturas y creencias, otorgando reconocimiento a los saberes ancestrales y a toda la memoria biocultural de los pueblos.

 

4.- Sustentabilidad económica: que demanda una mejor y más justa redistribución de los beneficios y de las cargas del bienestar logrado por la humanidad durante toda su historia, exigiendo más de quienes más tienen y pueden compartir, mediante la moderación de su consumo, equilibrando la huella ecológica, tendiendo a su paulatina disminución y acelerando la transformación hacia economías locales, de intercambio y de ayuda mutua.

 

5.- Sustentabilidad ecoambiental: la cual nos exige considerar y respetar los límites que la biosfera impone a la actividad humana, reconocer los valores de la biodiversidad de todas las especies de seres vivos, respetando el equilibrio natural de los ecosistemas, y atendiendo a la demanda de superar nuestro antropocentrismo. 

 

Tan solo alcanzando estas cinco facetas de la sostenibilidad será posible alcanzar un modelo de sociedad sostenible, pero como venimos afirmando, el cambio cultural, tan difícil de plasmar en sociedades imbuidas de los peligrosos valores del neoliberalismo y del capitalismo globalizado, es condición indispensable para poder implementarlas. En el artículo anterior ya introdujimos algunos conceptos relativos a dicho cambio cultural (relacionados sobre todo con el trabajo y el derecho a la ociosidad), y ahora insistiremos en la necesidad de enlentecer nuestros ritmos vitales, de dotar a nuestras vidas de una mayor calma y sosiego, de una menor aceleración, de una mayor tranquilidad. Para ello vamos a tomar como referencia el magnífico documento "Elogio de la lentitud", de Carl Honoré, que analiza dicho fenómeno, y propone cambios sustanciales. Deberíamos ser capaces de recuperar los placeres de hacer las cosas despacio. Hoy día ni siquiera disfrutamos del entorno que en cada momento nos rodea, absorbidos por las pantallas de los teléfonos móviles, que nos impiden charlar con tranquilidad, o escuchar el murmullo de las olas del mar. Ignoramos los paisajes por donde paseamos (aparte de que los paisajes naturales vienen siendo atacados y destruidos desde hace décadas por la civilización industrial), y caminamos atontados, sin mirar a nuestro alrededor, sin dejar que nuestros sentidos capten los estímulos que nos llegan (sonidos, imágenes, etc.). El ritmo frenético de vida que llevamos nos impide disfrutar de nuestros hijos/as cuando son pequeños, abordar cualquier proyecto ilusionante, o dedicarnos a nuestras aficiones favoritas. Las actividades productivas nos copan absolutamente todo nuestro tiempo de vida, e incluso por la noche nos quitan el sueño las preocupaciones o problemas derivados de nuestro trabajo o actividad principal. Las vidas humanas se han convertido en un ejercicio de apresuramiento, nuestras mentes no son capaces de desconectar de este ritmo frenético que día a día nos absorbe. Y las personas de nuestro entorno también padecen de lo mismo: familiares, amigos, compañeros, parejas...Hoy día, todo el mundo sufre la "enfermedad del tiempo", que nos impide saborearlo con calma, hasta tal punto que cuando nos desconectan a la fuerza de nuestro enloquecido modo de vida, no sabemos qué hacer con tanto tiempo libre. 

 

Todos practicamos el mismo culto a la velocidad. ¿No sería posible, incluso deseable, hacer las cosas más despacio? ¿No sería mejor disfrutar de lo que hacemos en el momento en que lo hacemos? En este ajetreado mundo que hemos fabricado, todo es una carrera contra reloj. Nuestras prisas comienzan atacando al entorno natural: el capitalismo globalizado y extractivista, depredador y explotador, funciona tanto mejor al coste de devorar recursos naturales con más rapidez que aquella con la que la Madre Naturaleza es capaz de reemplazarlos. Superar los ritmos naturales es por tanto lo primero que hemos de corregir. La deforestación, la extracción de recursos naturales, o la pesca agresiva superan la capacidad regenerativa de la propia naturaleza. En segundo lugar, los ritmos acelerados de vida provocan nuevas dolencias y enfermedades. Los consultorios médicos y psicológicos están llenos de gente con problemas producidos por el estrés: insomnio, jaquecas, agotamiento, depresión, hipertensión, asma o problemas gastrointestinales son claros ejemplos de ellas. En el trabajo, la tendencia es a no aprovechar la totalidad de nuestras vacaciones pagadas, e incluso asistimos a nuestro puesto de trabajo estando enfermos o impedidos. La cultura del trabajo entendida bajo la máxima "mientras el cuerpo aguante" está cada vez más extendida. Pero el exceso de trabajo también es un riesgo para otros aspectos de nuestra salud: deja menos tiempo y energía para el ejercicio, nos hace más proclives a tomar demasiado alcohol o drogas, nos incita a alimentarnos de forma desequilibrada, o desestimula nuestra actividad sexual. Y aplicada al tráfico rodado, es responsable de un porcentaje muy alto de los accidentes y atropellos que se producen. Y por otra parte, es inevitable que una vida apresurada se convierta en superficial. Cuando nos apresuramos, no logramos establecer verdadero contacto con el mundo que nos rodea, y con las demás personas. Todas las cosas que nos unen y que hacen que de verdad la vida merezca la pena ser vivida (la comunidad, la familia, la amistad, las pasiones...) medran en lo único de lo que siempre andamos cortos: el tiempo. 

 

Debemos por tanto, de cara al Buen Vivir, recuperar y exigir nuestro derecho a desconectar, y a saber aprovechar el tiempo libre y contemplativo que nos quede. Ya nadie escucha nuestras anécdotas, problemas, triunfos o temores. La comunicación sosegada escasea. Todo ha de ir deprisa. Nuestro tiempo es limitado para todo. Y la proyección de toda esta alocada vida al mundo infantil también provoca sus secuelas: los niños y niñas de hoy día están creciendo con más rapidez de lo que lo habían hecho jamás. Muchos niños/as están ahora tan ocupados/as como sus padres y madres, y disponen por ejemplo de unas apretadas agendas de clases particulares y actividades extraescolares después del horario escolar: lecciones de piano o violín, práctica del esquí o de la natación, informática, ballet, gimnasia, fútbol, y un sinfín más de tareas, la mayoría de las cuales serán olvidadas en la edad adolescente. Vivir como adultos muy atareados deja poco tiempo para las actividades propias y necesarias de la infancia: jugar sin la supervisión de los adultos, soñar despiertos...La filosofía de la competitividad se instala en la mente de los escolares por iniciativa de los propios padres y madres, que desean que sus hijos destaquen, que sean los más rápidos, que obtengan las mejores notas, que sean los mejores en tal o cual actividad...En fin, hemos perdido el arte de no hacer nada, de cerrar las puertas al ruido de fondo y las distracciones, de aflojar el paso y permanecer a solas con nuestros pensamientos. En esta sociedad de las prisas, si eliminamos todos los estímulos nos ponemos nerviosos, si eliminamos tanta actividad nos aburrimos, hemos perdido la capacidad, por ejemplo, de mirar por la ventanilla de un tren en marcha, porque todo el mundo está muy ocupado mirando las pantallas de sus teléfonos móviles, hablando con alguien, contestando mensajes, absortos en un videojuego, escuchando música por medio de auriculares, trabajando con el ordenador portátil...La información nos llega de modo compulsiva, y ya no somos capaces de filtrarla, en vez de pensar profundamente o dejar que una idea se cueza a fuego lento en el fondo de nuestra mente, ahora gravitamos de forma instintiva hacia el sonido más cercano, o damos crédito a infinidad de noticias falsas que nos infunden mensajes subliminales peligrosos...Continuaremos en siguientes entregas.

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13 agosto 2020 4 13 /08 /agosto /2020 23:00

Vamos a hacer en esta entrega número 44 nuestra última aportación a los contenidos curriculares que debería contemplar la Reforma Educativa que proponemos, como es la Educación Vial. En efecto, pensamos que se trata igualmente de otro aspecto olvidado, precisamente cuando la falta de una Educación Vial correcta y desde edades tempranas genera después, cuando somos adultos, y en las carreteras fundamentalmente, un reguero de víctimas insoportable. Una sociedad madura no puede permitirse dichos trágicos listones, derivados de un uso incorrecto, frívolo y banal de los medios de transporte, principalmente del automóvil privado. Es, por tanto, desde una educación básica, desde donde fundamentalmente hay que acabar con la violencia en el tráfico, con ese terrorismo vial de quien se sienta al volante para usar el vehículo como un arma contra los demás, y esto solo se consigue mediante una buena Educación Vial contemplada en el sistema educativo y en sus contenidos y programas curriculares. Nuestros estudiantes deben conocer y debatir sobre la cultura de los transportes, el uso correcto de los mismos, su financiación, sus limitaciones, y el comportamiento que los usuarios y las propias Administraciones públicas deben adoptar frente a ellos. Nos cuenta el inolvidable Eduardo Galeano en su libro "Patas Arriba", sobre los coches privados en los Estados Unidos, lo siguiente: "En Estados Unidos, de cada 6 dólares que se gasta el ciudadano medio, uno se consagra al automóvil; de cada 6 horas de vida una se dedica a viajar en auto o a trabajar para pagarlo; y de cada 6 empleos, uno está directa o indirectamente relacionado con el automóvil (y otro con las armas). Los accidentes de tráfico matan, cada año, más norteamericanos que todos los norteamericanos muertos y heridos a la largo de la guerra del Vietnam. Estados Unidos genera el 25% de los gases que más envenenan la atmósfera. Cuanta más gente muere a los pies de las armas y los coches, y más naturaleza arrasan, más crece el Producto Nacional Bruto". Pero esto no ocurre solo en el imperio estadounidense, aunque ellos sean la punta de lanza mundial, sino que es parte de una cultura capitalista globalizada. 

 

La mitad de las 60 mayores empresas del mundo pertenece a petroleras, fabricantes de automóviles o neumáticos, o trabajan para ellas. Mientras había 53 millones de coches en todo el mundo en el año 1950, la cifra es hoy de 800 millones. El coche privado se convirtió en una extensión más de la persona, pues el "desarrollo" industrial-capitalista generó las infraestructuras y las necesidades oportunas para que ello fuera así. Debido a ello, el porcentaje de hogares donde existe algún vehículo viene aumentando considerablemente, así como la frecuencia con la que estos automóviles son cambiados. De esta forma, trabajamos durante muchos años de nuestra vida para pagar letras, seguros, reparaciones, gasolina, revisiones periódicas...¿Poseer un automóvil nos da verdaderamente libertad? Por otra parte, en el Estado Español murieron en accidentes de tráfico una media de 14 personas a la semana durante la última década (unas 5.000 al año). Y también hay que considerar las profundas transformaciones del paisaje urbano y rural que el avance de la industria automovilística genera: extensión de las vías rápidas y autovías, transformación de las ciudades, pérdida de zonas libres para el paseo, disminución de las zonas verdes, estrés, humo, ruido, prisas, extensión de la cultura de las largas distancias...Todo ello transforma poderosamente nuestra forma de vivir, no necesariamente hacia mejor, y debe ser objeto de exposición, estudio, debate, alternativas y conclusiones en el aula, para que los estudiantes tengan plena conciencia del fenómeno. Como vimos en entregas anteriores (cuando expusimos el estudio sobre los libros de texto de Ecologistas en Acción), los libros de texto actuales son completamente acríticos con este fenómeno, y nos presentan los coches privados únicamente como objeto de culto, progreso y bienestar de las personas, sin entrar en los aspectos que aquí estamos presentando, ni fomentar siquiera una buena Educación Vial. Por su parte, la contaminación del aire en las ciudades debido a las emisiones del tráfico rodado causa, según la OMS, el doble de muertes prematuras que los accidentes de tráfico. Quizá, después de la introducción a todos estos asuntos, el primer debate que se debiera ofrecer en el aula podría ser: ¿Realmente necesitamos tanto transporte?

 

No parece que una vida sana tenga que necesitar cubrir tantas distancias, ni para trabajar, ni para disfrutar del ocio (centros comerciales), ni para recibir alimentos del último confín del mundo, cuando podríamos cultivarlos de forma cercana. Entonces...¿por qué moverse tanto? ¿Por qué cuanto más rápido mejor? ¿Por qué cada vez más lejos? ¿Por qué trabajar lejos de casa, o vivir lejos del trabajo? ¿Aumenta nuestra calidad de vida con todo ello, o disminuye? ¿Favorecemos al entorno, o lo atacamos? ¿Es rentable socialmente a largo plazo, o provocamos por el contrario más daño? Sería conveniente realizar una buena exposición al alumnado sobre las ventajas e inconvenientes de los distintos medios de transporte (bicicleta, tranvía, tren, autobús, barco, metro, moto, tren de alta velocidad, taxi, coches de alquier, automóvil privado, avión...), y que sean conscientes de la necesidad de utilizar el más correcto en cada caso, desde los puntos de vista humano, social y medioambiental. La Educación Vial debe contemplar también el debate sobre el necesario aumento de la peatonalización de las ciudades, del aumento de los carriles bici, y de la necesidad de reducir los pasos elevados y subterráneos, y en general, de instalar en nuestro imaginario colectivo la necesidad de tener menos prisa, y de reducir las distancias. Todo ello ha de ir paralelo al aumento y la mejora de los transportes públicos, así como al coto al coche privado, para hacer descender su uso significativamente. En sentido general, la Educación Vial nos ha de enseñar fundamentalmente que hay que desplazarnos menos y mejor. Las compras pueden hacerse en las tiendas de barrio, de proximidad, en lugar de en los grandes centros comerciales, que nos inducen a llenar los maleteros de nuestros coches. En general, como estamos viendo, la Educación Vial ha de fomentar una crítica profunda y radical al modelo "desarrollista", responsable último del nefasto modelo de transportes actual, tan insostenible desde todos los puntos de vista. 

 

Pero la Educación Vial no debe quedarse únicamente en la crítica al modelo de transporte. Los estudiantes serán adultos, y muchos de ellos aprenderán a conducir un coche, y también, los que puedan, adquirirán en propiedad o alquiler alguno, para poder desplazarse al trabajo, o usarlo para el ocio y la diversión. En este caso, la Educación Vial debe enseñar a ser buenos conductores. Los buenos conductores, desde este punto de vista, no son los que mejor saben manejar los artilugios de los automóviles, ni siquiera los más hábiles o diestros al volante, sino los que son más responsables ante lo que llevan entre sus manos. Es justamente lo que la Educación Vial debe enseñar a los alumnos y alumnas, futuros (en su caso) conductores y conductoras. Y esto pasa por tener plena y amplia conciencia del poder de un automóvil. Hay que educar para el mismo acto de la compra, valorando los diversos aspectos que hay que tener en cuenta, pasando por el consumo energético, el mantenimiento, y sobre todo, como decimos, uso y conducción responsables. Y ello incluye usar el vehículo solo si realmente es necesario, y llevar a cabo una conducción segura. Hay que resaltar los peligros de las bebidas alcohólicas y de las drogas, de la conducción sometido a los efectos de la fatiga y del sueño, así como a la conducción rápida, que generan la inmensa mayoría de los accidentes de tráfico. Se trata de acabar, y la Educación Vial es el instrumento idóneo para ello, con esta cultura del riesgo, de la velocidad y del uso agresivo del coche por las vías públicas, que tantas víctimas generan. La Educación Vial ha de servir para concienciar a los futuros usuarios de vehículos privados sobre el peligro que tienen entre manos, sobre la forma correcta y responsable de usarlos, y sobre todo, intentar disminuir en lo posible los comportamientos kamikazes, agresivos y temerarios al volante. Con esta entrega finalizamos todo lo relativo a los contenidos curriculares que entendemos que una buena Reforma Educativa debería contemplar, y a partir de la siguiente, comenzaremos con la recta final de la serie, tratando otros aspectos complementarios. Hasta entonces.

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11 agosto 2020 2 11 /08 /agosto /2020 23:00
Viñeta: Antonio Rodríguez

Viñeta: Antonio Rodríguez

La fuga de Juan Carlos es un escándalo que muestra la prepotencia y autoritarismo de una institución que se considera muy por encima de sus súbditos, a los que no debe rendir cuentas ni siquiera de sus fechorías. La monarquía ha quedado enfangada, porque, más grave que Juan Carlos se haya fugado, es que entre el Rey y el Gobierno han pactado que era “lo mejor” para el país

Pedro Casas

Pienso que los hijos no tienen por qué cargar con las culpas, errores, delitos y responsabilidades de sus padres, y no siempre de tal palo tiene que salir tal astilla. Pero es imposible pasar por alto la condición de heredero de quien encabeza una institución hereditaria. Difícil olvidar al padre cuando la base de la monarquía es la filiación. Cómo desvincular al actual rey de su progenitor, cuando es su condición de “hijo de” la que lo ha convertido en jefe del Estado: ni sus estudios, ni su experiencia, ni sus méritos o trabajos, ni por supuesto ninguna elección democrática. El único motivo por el que ocupa el trono es por ser hijo de Juan Carlos I. No hay más

Isaac Rosa

No contento con defender la figura del Rey Emérito en rueda de prensa, y para apagar el clamor republicano de un sector de su partido (Juventudes del PSOE), el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, pocos días después, mandó carta a la militancia de su partido, volviendo a resaltar la idea que ante los periodistas había defendido en torno a la huida del Rey Emérito y sus posibles consecuencias para la institución, a saber: “Se juzga a las personas, no a las instituciones”. Para empezar, señor Sánchez, todavía no hemos juzgado a esa persona, la figura del ex Jefe del Estado, Rey Juan Carlos I, porque durante todo su reinado ha sido inviolable según la Constitución, y después de su abdicación, parece que también quieren mantener su inviolabilidad, de ahí lo de la figura del “Emérito” sacada de la chistera, sin precedentes en ningún país del mundo. Luego por tanto, primero habrá que juzgarlo. Pero resulta que si defendemos su huida del país como “una decisión privada”, como quien compra una entrada para ir al cine, en vez de denunciar dicha huida como se hubiese hecho con cualquier otro ciudadano, estamos poco menos que sembrando, de nuevo, una alfombra roja para continuar con la impunidad. Juan Carlos está siendo investigado por la justicia, huye del país…¿y aquí no pasa nada? ¿Qué comentarios se harían si cualquier otra persona está siendo investigada y huye del país? ¿No les faltó tiempo para declarar a los independentistas catalanes que tuvieron que exiliarse como “prófugos de la justicia”?

 

Pero en segundo lugar, señor Sánchez, aquí no podemos aplicar la máxima “Se juzga a las personas, no a las instituciones”, ya que la persona ES la institución, y la institución ES la persona. No hay más. El Rey es la institución, es decir, la Corona, y la Corona es el Rey. Es una institución unipersonal, no colegiada. La Corona no es un partido político, ni una asociación, ni el Gobierno de un país, ni un equipo de fútbol, donde si algún integrante sale rana, podamos asegurar que ha fallado dicha persona, pero no la institución. Aquí es distinto. Luego por tanto, en la Corona es evidente que si falla la persona, falla la institución, o al menos, fallan los resortes legales, jurídicos, políticos y sociales que la mantienen. Y ahí es donde llegamos al intríngulis de la cuestión: son precisamente esos resortes legales, jurídicos, políticos y sociales que mantienen a dicha institución, los más interesados en que dicha institución no se cuestione, no se critique, no se manche, no sea objeto del debate popular, porque todo ello pondría en serio peligro la continuidad del régimen del que disfrutan. Es éste el motivo último por el que los partidos políticos del régimen y la clase empresarial, junto con la clase mediática (que también depende de la clase empresarial) están empeñados desde el comienzo del reinado de Juan Carlos I, y ahora del de su hijo, en acallar todo tipo de críticas, y sobre todo de rebeliones populares que cuestionen la propia institución de la Monarquía. Para todos ellos, y a ello responde la conducta del Presidente Pedro Sánchez, la Monarquía ha de ser preservada (ellos lo esconden bajo el eufemismo del “pacto constitucional”), porque la Monarquía representa la última garante de que el país funcione dentro de unas coordenadas determinadas, fijadas desde el fin del franquismo.

 

Pero veamos otro asunto: ¿Tiene un Rey vida privada? Pues como no sea a la hora de entrar al baño…Un Rey nos representa a todos en todo momento, hasta cuando entra a un estanco a comprar tabaco. La conducta de un Jefe de Estado (sea éste monarca o Presidente del país) ha de ser escrupulosamente cuidada tanto en sus formas como en el fondo, no se puede jugar a ser Rey durante el día y borbón (perdón, quería decir bribón) por la noche, y pretender que el pueblo separe ambas esferas. Hay que tener en cuenta que no estamos hablando de un cualquiera que, en decisión absolutamente privada, abandona el país por decisión libre, sino que estamos hablando de quien ha sido Jefe del Estado durante 39 años, y es padre del actual Jefe del Estado. Luego por tanto…¿Qué implica realmente una inviolabilidad? Pues parece que no hemos avanzado mucho desde los Reyes Católicos hasta aquí, aunque hayan transcurrido más de cinco siglos. Desde entonces acá los Reyes se creen Dioses, porque precisamente así lo configuran los súbditos que lo bendicen como tal. Un ser inviolable es absolutamente intocable, haga lo que haga. Un ser inviolable es aquél que puede cometer todas las fechorías que le apetezcan, con la seguridad de que nunca va a existir ningún reproche hacia él. Un ser inviolable es una aberración legal e institucional en toda regla. Pues así es como hemos mantenido la figura de Juan Carlos durante todo su reinado, y así es como mantenemos en la actualidad la figura de su hijo, el Rey Felipe VI. Hay que recordar que mientras era inviolable y cometía todas sus tropelías, era difundida su imagen “campechana” e intachable por parte del Gobierno de turno y de los medios de comunicación, luego por la misma regla de tres, si su hijo Felipe las estuviera cometiendo ahora…¿tendremos que esperar a su abdicación para poder enterarnos de ellas? La inviolabilidad es un auténtico despropósito, inconcebible de imaginar en sociedades del siglo XXI, que además presumen de ser “democráticas”, cuando sus dirigentes no tienen ni idea de qué significa esta palabra.

 

Y según la Vicepresidenta Carmen Calvo, “el Rey Emérito no huye de nada, porque no está inmerso en ninguna causa judicial”….luego entonces…¿por qué abandona el país? ¿Qué sentido tiene abandonar un país pero decir que “permanece a disposición judicial”? Si alguien quiere permanecer a disposición judicial de los jueces y fiscales de un determinado país, ¿qué sentido tiene que huya de él? Es otro de los absurdos argumentos que hemos tenido que escuchar estos días. Digámoslo sin paños calientes: el Emérito ha huido del país como una estrategia no solo de evasión de la justicia, sino como una decisión desesperada para intentar salvar in extremis a la Monarquía, y que las corruptelas del padre enfanguen al hijo lo menos posible. Pero todas las estrategias terminarán fallando, porque no es posible mantener por más tiempo una institución que se cae a pedazos ella solita, pues ella sola está demostrando su inutilidad, su autoritarismo y su anacronismo.

 

Es absolutamente preciso acabar con la Monarquía, por mucho que se pretenda calificar este asunto como una cuestión “no urgente”…De lo contrario, ¿por qué los partidos del régimen se empeñan tanto en su enconada defensa? Tomo las palabras de Pedro Casas, quien en este estupendo artículo ha afirmado:La monarquía es el soporte de muchos de los privilegios, no sólo de la casa real, sino de un empresariado rentista y parásito del estado al que apenas paga impuestos, de unas instituciones infectadas de franquismo, de unos representantes públicos que utilizan su cargo para enriquecerse, de una nobleza que sigue manteniendo sus cortijos y cotos de caza mientras los agricultores no tienen tierras donde poder trabajar. Se necesita acabar con la monarquía para desbloquear todas estas situaciones, y poder así crear condiciones que permitan la mejora de los derechos las y los trabajadores, de tener unos servicios públicos de calidad, de tener acceso digno a la vivienda y otros derechos básicos para la vida, entre otros avances lastrados ahora por el régimen”. En efecto, es la Monarquía la base de una pirámide que garantiza en nuestro país privilegios para unos pocos, y pobreza para muchos. Es, por tanto, no solo urgente, sino un asunto capital poder abolirla y aspirar a una República que desmantele todas estas profundas desigualdades e injusticias que nos aquejan.

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9 agosto 2020 7 09 /08 /agosto /2020 23:00
Viñeta: Olivier Ploux

Viñeta: Olivier Ploux

Cada vez hay más motivos para concluir que lo que comúnmente se entiende por progreso es una forma de encubrir la destrucción del medio natural

Carlos Taibo

El bien común es aquello que pertenece a todo el mundo en el presente y en el futuro. El bien público, es a lo que todo el mundo debe tener derecho, aquí y ahora. El servicio público, es la manera en la cual deben ser gestionados, producidos y distribuidos esos bienes comunes y públicos

François Lille

En las sociedades frugales que proponemos, las idóneas para la implementación concreta del Buen Vivir, hay que conceder valor a unos conceptos que la sociedad capitalista ha denostado hasta la saciedad, como son la ociosidad, la pereza, la lentitud y la contemplación. En efecto, se nos ha educado con la máxima capitalista de que hay que trabajar (utilizando incluso parámetros religiosos a tal efecto, “ganarás el pan con el sudor de tu frente”) para poder subsistir, que el trabajo humano es una pieza fundamental en el rompecabezas neoliberal, donde absolutamente todo está sujeto a una oferta y una demanda, y por tanto, la propia fuerza de trabajo humana, también. Nosotros ya hemos debatido sobre estos asuntos largo y tendido (además de en artículos independientes, como éste), dentro de la serie titulada “Arquitectura de la Desigualdad”, a la que remito a los lectores y lectoras que no la hayan seguido. Allí debatimos y expusimos a fondo el tema del trabajo humano sometido a las reglas de una globalización capitalista, y la necesidad de conceder al trabajo unos valores distintos. Pero aquí nos vuelve a interesar en una doble vertiente: la que supone privarnos de una ociosidad absolutamente necesaria para el Buen Vivir, y la que implica romper con los acelerados ritmos de vida de las sociedades imperantes. Hemos de conceder valor al tiempo libre, al ocio, a la vacación, al descanso, a la relajación, a la contemplación, a la disposición libre de nuestro tiempo, para ocuparlo en lo que deseemos, de tal forma que comprendamos que en ellos reside la verdadera humanización de nuestras sociedades, tal como afirma Luisgé Martín en este artículo publicado en el digital Rebelion, que tomaremos en primer lugar como referencia.

 

El autor comienza recordando el siguiente ejemplo ilustrativo que Bertrand Russell propone en su ensayo “Elogio de la ociosidad” (1932): “Supongamos —decía— que un cierto número de trabajadores fabrican al día, en una jornada de ocho horas, todos los alfileres que necesita el mundo. Supongamos a continuación que alguien inventa un artilugio que permite fabricar el doble de alfileres con el mismo esfuerzo. “En un mundo sensato”, decía Russell, “todos los implicados en la fabricación de alfileres pasarían a trabajar cuatro horas en lugar de ocho, y todo lo demás continuaría como antes”: el empresario seguiría teniendo el mismo beneficio y los alfileres costarían lo mismo. En el mundo real, sin embargo, ya sabemos lo que ocurre: se despide a la mitad de trabajadores y se multiplica el beneficio”. En anteriores artículos de esta serie, ya hemos expresado ejemplos en esta línea, para que se compruebe lo absurdo de muchos parámetros de nuestro modelo de sociedad. Está claro que el relato de Russell ofrece varias lagunas que no lo hacen del todo trasladable a una sociedad real, pero expone a las mil maravillas los razonamientos que hemos de combatir desde el punto de vista del Buen Vivir. Pero independientemente de todo ello, resulta que nuestra civilización tecnológica cada vez abarca más procesos, tareas, ciclos, productos y desarrollos, se hace cada vez más extensa, potente e inteligente, y entonces cabría preguntarse hasta qué punto el trabajo humano está “garantizado”. Porque en efecto, si cada vez mayor cantidad de servicios y productos pueden ser programados mediante máquinas, ¿en qué van a ocuparse los humanos? Está claro que cada vez se necesitarán más personas para capacitar al mundo tecnológico de más posibilidades, y que incluso siempre serán necesarios escritores/as, profesores/as, médicos/as o cineastas, pero aún así este número sería inexcusablemente corto.

 

En un mundo así, la inmensa mayoría de productos y servicios se fabricarían sin necesidad de que existieran personas asalariadas, y entonces la economía sería poco menos que una fábrica de “despojos humanos” (en expresión de Zigmunt Bauman). Cada vez existirán más personas que no tendrán ningún papel “productivo” (obsérvese el matiz) que desempeñar, y por tanto, ninguna oportunidad de “ganarse la vida” según los parámetros capitalistas. Este es el paisaje social que se presintió en los años 90, cuando comenzó a hablarse del reparto del trabajo y de la civilización del ocio. Se nos anunció el advenimiento de la felicidad: la revolución tecnológica copernicana que se estaba produciendo permitiría que los seres humanos dejarán por fin de ganarse el pan con el sudor de su frente y se dedicaran a su familia, a sus aficiones y a sus placeres. ¿Pero casa esto con los mensajes actuales, cuando tras fruto de varias crisis económicas, lo que se nos pide es que trabajemos más y que ganemos menos? Se nos pide que nos jubilemos más tarde, y se concentra el trabajo en pocas manos, a la vez que aumenta el “ejército de reserva” de las personas desempleadas. Parece por tanto que no vamos en la dirección correcta, o al menos, justa. Ya no se habla de la “civilización del ocio” (tal como sonaba en los años 90 del siglo pasado), sino de la “cultura del esfuerzo”. Por su parte, muchas personas que trabajan “productivamente” también están en la escala de los pobres, ya que el producto de su trabajo y esfuerzo no es suficiente para costear las necesidades básicas que toda persona necesita (vivienda, educación, alimentación, abrigo, transporte, energía, suministros básicos, ocio…). Por tanto, la ecuación está fallando por algún sitio.

 

Siguiendo con el símil de Russell sobre los alfileres, acabaríamos teniendo un solo gran productor mundial de alfileres, que no necesitaría a nadie para fabricarlos (su fabricación, procesado y distribución estarían automatizados), pero que por esa misma razón (las personas que antes trabajaban en su fabricación ahora están desempleadas), no encontraría a nadie que pudiera comprarlos (sólo existen trabajadores pobres y ejércitos de desempleados cada vez más numerosos). La paradoja es ciertamente ilustrativa del mundo al que nos acercamos. En última instancia, se está cumpliendo la lógica autodestructiva del capitalismo. ¿Qué solución le damos a todo esto, entonces? La única respuesta sensata a este panorama desolador es la pereza. El Buen Vivir, como estamos comentando, promueve (entre otras muchas cosas) el enaltecimiento social de la ociosidad, la oda a la contemplación. Ya vivimos en sociedades lo suficientemente ricas (aunque no justas, pues precisamente falta esa necesaria redistribución de la riqueza y reparto del trabajo) y tecnologizadas como para que pueda considerarse con seriedad el establecimiento de una Renta Básica Universal, una prestación pública individual e indefinida, no basada en condicionantes ni requisitos, que se cobre simplemente por ser ciudadano residente del país en cuestión (de forma universal, ciudadano/a del mundo, es decir, por existir). Nos convertiríamos así en rentistas de nuestro pasado, en beneficiarios del avance de nuestro tiempo, en protegidos de un mundo justo humano, social y medioambiental. Por supuesto, quien quisiera y pudiera trabajar ganaría más dinero, podría obtener más ingresos, dedicarlo a lo que quisiera (dentro de los límites de una sociedad justa), pero lo haría siempre por propia elección, nunca por fatalidad ni necesidad de supervivencia.

 

Es falso que el trabajo dignifique a la persona. Lo que en verdad dignifica es la protección de nuestras necesidades vitales, de nuestras condiciones materiales de vida, y ello no puede hacerse desde la lógica capitalista. El trabajo no puede convertirse en una maldición civilizatoria que empobrezca la mayoría de las vidas. El trabajo ha de encararse siempre como una opción personal, para nuestra realización profesional, sea o no productivo, sea o no rentable socialmente, sea o no remunerado. Incluso las tareas más nobles y elevadas, como la creación artística, se convierten en algo desagradable cuando se hacen a cambio de un salario, o cuando tienen que estar sujetas a una cierta “rentabilidad”. Éste es precisamente el enfoque predominante bajo el Buen Vivir. Hay que propiciar una redistribución racional del trabajo, hay que alcanzar realmente la senda de la cohesión social, porque existe suficiente dinero para financiar el bienestar y la protección social de todo el mundo, pero lo que también existe es mucha competencia, mucho individualismo, mucho egoísmo, mucha insolidaridad, valores todos ellos elogiados bajo la globalización capitalista y neoliberal. Reproducimos a continuación un extracto de la sabiduría de Eduardo Galeano, que en su libro “Patas Arriba” nos explica las auténticas pobrezas: “Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen tiempo para perder el tiempo. Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen silencio, ni pueden comprarlo. Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen piernas que se han olvidado de caminar, como las alas de las gallinas se han olvidado de volar. Pobres, lo que se dice pobres, son los que comen basura y pagan por ella como si fuese comida. Pobres, lo que se dice pobres, son los que tienen el derecho de respirar mierda, como si fuera aire, sin pagar nada por ella. Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen más libertad que la libertad de elegir entre uno y otro canal de televisión. Pobres, lo que se dice pobres, son los que viven dramas pasionales con las máquinas. Pobres, lo que se dice pobres, son los que son siempre muchos y están solos. Pobres, lo que se dice pobres, son los que no saben que son pobres”. Continuaremos en siguientes entregas.

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6 agosto 2020 4 06 /08 /agosto /2020 23:00

Continuando con la exposición de los contenidos que debería contemplar la Reforma Educativa que proponemos, vamos a abordar a continuación lo que entendemos debería ser un aprendizaje que también fuese impartido en la escuela pública, como es la Educación Sexual. Este tipo de educación siempre ha sido tabú en el ámbito escolar. Las personas de mi generación, que fuimos educados en el tardofranquismo, no fuimos formados en Educación Sexual. La represión sexual durante el franquismo era patente y manifiesta, plasmada en la visión ultraconservadora de la sociedad que el régimen imponía en todos los órdenes. No solo ello, sino que el papel sexual de la mujer era publicitado, incluso por instituciones del régimen, de forma machista y sumiso. La Sección Femenina impartía incluso charlas en colegios e institutos divulgando dicha imagen retrógrada de la mujer. Cuando después de la muerte del dictador comenzó un proceso de apertura democrática, la educación sexual continuó siendo tabú, y durante las sucesivas reformas y contrarreformas educativas de estas últimas cuatro décadas, la Educación Sexual, de forma separada e independiente, ha seguido sin ser estudiada de forma digna en los centros educativos públicos. Tan solo hemos podido encontrar alguna referencia en determinados libros de texto de determinadas asignaturas, pero siempre de una manera muy tímida e insuficiente. Por ejemplo, la LOGSE de 1990 incluía la educación sexual dentro de "Educación para la salud", una asignatura transversal. Por su parte, la LOE de 2006 incluía contenidos sobre sexualidad en la derogada asignatura de "Educación para la Ciudadanía". Nosotros, desde la izquierda, estamos convencidos de que la Educación Sexual debe ser una materia a impartir a los estudiantes, sin ningún tipo de tabú. Son conocimientos y aprendizajes absolutamente necesarios para desarrollar posteriormente, en la adolescencia y en la vida adulta, unas relaciones sexuales y amorosas normales y deseables. Tomaremos en primer lugar como referencia este artículo de María F. Sánchez publicado en el medio Cuarto Poder. Pensamos que el currículum educativo público debe contemplar conocimientos sobre educación sexual, derechos sexuales y reproductivos y vida sexual sana, ya que a los estudiantes les falta información para que puedan conocer y explorar libremente su sexualidad, y obtener así las herramientas necesarias para manejar sus relaciones y su propia salud sexual. 

 

Países vecinos como Francia, Bélgica, Grecia o Portugal ya incorporan en sus currículos conocimientos de este tipo. Pero nosotros, como siempre, a la cola. Llega un momento en la vida de nuestros escolares donde el impulso sexual, algo absolutamente natural por otra parte, les llega sin poder canalizarlo de una forma correcta. Los inconvenientes de no impartir a nuestro alumnado formación de este tipo son múltiples, pero todos ellos convergen en uno: al dejar al "libre albedrío" la educación sexual de nuestros jóvenes, corremos el riesgo, y así lo confirman los múltiples estudios y estadísticas al respecto, de que dicha vertiente, fundamental para el correcto desarrollo humano, sea deformada e interceptada por otros "medios de comunicación" que ofrezcan a los jóvenes una visión incorrecta de la sexualidad. María F. Sánchez explica: "Obtener información sobre sexo no es fácil ni en casa ni en el aula, así que los menores usan la herramienta que tienen a su alcance: Internet. Los adolescentes comienzan a consumir porno, habitualmente cargado de machismo y prácticas sexuales de riesgo, a los 14 años. Es frecuente que por casualidad se encuentren por primera vez con este tipo de contenidos a los 8 años, según el estudio "Nueva pornografía y cambios en las relaciones interpersonales", publicado por la red Jóvenes Inclusión y la Universidad Española de las Islas Baleares". No podemos seguir tolerando, por tanto, que nuestros jóvenes sean adoctrinados sexualmente mediante una industria, la del porno, fundamentalmente machista, que incita posteriormente a reproducir comportamientos incorrectos y peligrosas actitudes en los adolescentes y futuros adultos. Necesitamos, por tanto, introducir contenidos en el currículum escolar que presenten la sexualidad desde el respeto y desde la igualdad, implementado en un modelo de educación sexual integral que enseñaría cosas tan básicas pero tan fundamentales como el respeto a los otros, la coeducación, las herramientas de autoestima, la asertividad (saber decir que no cuando hay que hacerlo), el conocimiento y la exploración del propio cuerpo, etc. Creemos absolutamente necesario abordar los conocimientos sobre el placer y el propio cuerpo de la mano de profesionales, que ofrezcan una base sólida a nuestros alumnos y alumnas para que este asunto deje de ser un problema en nuestra sociedad (véanse la multitud de "manadas" que aparecen, las violaciones múltiples, los comportamientos obscenos e incorrectos, la sexualidad no aceptada o mal conducida...). 

 

Todos estos aspectos deben ser tratados en el aula, debatidos y explicados con total normalidad y naturalidad, para que los estudiantes los asuman sin mayores problemas, para canalizar correctamente emociones, necesidades y sentimientos que tarde o temprano despertarán en cada uno/a de ellos/as. Porque la educación sexual no consiste solo en explicarle a los alumnos/as el riesgo de contraer ciertas enfermedades, o el riesgo para ellas de quedarse embarazadas, sino también explicar y que los estudiantes comprendan que significa que somos seres sexuados, sexuales y sexualizados, el alcance de cada uno de estos conceptos, y el contexto de los mismos. Igualmente, hay que impartir una educación sexual contra la violencia y a favor de la diversidad, para que los futuros adultos no continúen reproduciendo los aberrantes comportamientos a los que a veces tenemos que asistir. La educación sexual también comporta abolir determinados mitos, tales como el del amor romántico, que conduce muchas veces a determinadas situaciones de maltrato. Las estadísticas nos confirman que cada vez ocurren más casos de violencia machista en la edad adolescente, lo cual es absolutamente intolerable. Todo ello es debido, sobre todo, a la ausencia de una correcta y completa educación sexual en las aulas. En España, la LOMCE del ex Ministro Wert en 2013 se encargó de enterrar cualquier atisbo de enseñanza de la educación sexual en los centros, pero sin embargo, la demanda de una educación sexual integral en las escuelas e institutos es una reivindicación antigua de todos los expertos en Sexología. Hemos de hacer caso también a las varias organizaciones y organismos internacionales que así lo recomiendan, tales como la OMS, que no contempla la salud sin la salud sexual, e incide en que "la educación sexual debe ser una actividad continua de promoción de la salud durante los años escolares, que se inicie con los niños en edad preescolar". Sin embargo, aquí en nuestro país tenemos que seguir soportando a los cavernícolas de Vox y del PP que intentan por todos los medios denostar la impartición de la educación sexual. Pero ya se sabe, ellos están en contra de que nuestros escolares aprendan el significado de la salud, la igualdad, el respeto, el conocimiento, la satisfacción y el desarrollo personal. 

 

Una buena educación sexual es, como decimos, imprescindible para un buen desarrollo humano, y debe promover, durante toda la vida, la curiosidad, el deseo, la seducción, el juego, el placer...Y todo ello sin pudores, sin vergüenzas, sin miedos, sin remordimientos ni sentimientos de culpabilidad. Una buena sexualidad no se alcanza por sí misma, si no somos educados para ello. Una sexualidad sana anima a disfrutar de la piel, del cuerpo, del afecto, de la comunicación. Y acepta y fomenta la diversidad sexo-genérica, difundiendo la tolerancia también en este ámbito. Una buena sexualidad deshace mitos, coloca los objetivos y las formas en su sitio, anula comportamientos machistas, inculca en la mente de los estudiantes la semilla de la igualdad...De hecho, el centrar demasiada atención en evitar posibles problemas puede acabar transmitiendo una sensación equivocada del sexo como algo peligroso, como algo a lo que hay que acercarse con cautela...Tampoco se puede dar una visión del sexo centrada en el coito y los genitales, ni estar centrada solo en prevenir "efectos indeseados" como embarazos en adolescentes, enfermedades de transmisión sexual, abusos, violaciones, etc. Una buena educación sexual, en fin, trata de enseñar a disfrutar respetándonos, que es el objetivo de los futuros comportamientos que como adultos hemos de practicar. Se debe fomentar la cultura amorosa y erótica (besos, fantasías, relatos, caricias, miradas, palabras...), y se debe informar también al alumnado sobre nociones de planificación familiar, métodos anticonceptivos, enfermedades de transmisión sexual, funcionamiento sexual de la mujer y del hombre, división sexual del trabajo, e incluso entrar en asuntos espinosos tales como la prostitución (nosotros apostamos por la visión abolicionista de la misma), o la pornografía (entendemos que en el aula se debe denunciar y debatir sobre los mensajes y prácticas machistas que dicha industria difunde), y todo ello ha de hacerse sin discursos moralistas ni fundamentalistas, sino desde la naturalidad, el debate y la libre discusión de ideas. Continuaremos en siguientes entregas.

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