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6 agosto 2017 7 06 /08 /agosto /2017 23:00
Viñeta: Osval

Viñeta: Osval

No hay determinación genética que explique el por qué de la guerra, o del chantaje, de la tortura o del racismo. Estas son posibilidades que sólo encuentran su desarrollo en la dimensión psicosocial en la que el ser humano existe. En el reino animal no se constata ninguna de esas conductas; al menos, no con la significación que tienen entre los humanos

Marcelo Colussi

Y esa dimensión psicosocial a la que se refiere Colussi en la cita de entradilla es la que, unida a la dimensión de la globalización capitalista y neoliberal, nos fuerza a entender la justificación, legitimación o aceptación de ciertas guerras, incluso a distinguir, como nos relata Eduardo Montes de Oca en este artículo para el medio Rebelion, entre cierto "terrorismo bueno" frente a un "terrorismo malo". Hoy día, en el mundo occidental, está satanizado el terrorismo procedente del mundo árabe (mejor dicho, del fundamentalismo islámico, que ya hemos explicado en entregas anteriores de esta serie), mientras se tolera (incluso se asume con entusiasmo) el terrorismo de Estado de ciertos países, o el terrorismo dominador usamericano,o las visiones imperialistas de la OTAN. Mientras nos llenamos la boca maldiciendo a esos terroristas que vienen a "acabar con nuestras libertades", comprendemos y justificamos la constante acción bélica de los Estados Unidos, que promueve invasiones, chantajes, sanciones y Golpes de Estado en todo el planeta. Mientras atacamos a ciertas culturas por "intolerantes", justificamos el tráfico de armas de nuestros Gobiernos, y prestamos un apoyo cómplice a todas las actividades terroristas del "libre y civilizado" Occidente. Este es por tanto un mantra con el que tenemos que acabar: no existe un terrorismo "bueno" y otro terrorismo "malo". No existe una hostilidad comprensible y otra incomprensible. No existen los bloques de países amigos o aliados, los "buenos", para hacer frente a los "malos". 

 

Y mientras no asumamos mentalmente la no existencia de esa diferenciación, mientras no concluyamos que sólo existe un terrorismo, y que éste siempre es malo lo ejerza quien lo ejerza, no adelantaremos en la senda pacifista. No podemos guardar minutos de silencio, o dedicar extensos programas informativos a un suceso ocurrido en Hamburgo, Bélgica, París o Nueva York, mientras ignoramos deliberadamente lo que ocurre diariamente en Mosul, Gaza o Alepo. No podemos consentir por más tiempo que a países pacíficos como Cuba, que jamás invadió ni declaró la guerra a ningún otro, se les someta a crueles castigos como el mayor bloqueo económico que jamás ningún país haya padecido en la Historia. Porque esto también es terrorismo. No podemos ser amigos de países donde ejercen dictadores que no respetan los derechos humanos, como Arabia Saudí o Guinea Ecuatorial, únicamente por intereses económicos, y atacar o ser cómplices de los ataques que sufren países democráticos como Venezuela. No podemos legitimar las carreras armamentistas de las grandes potencias, mientras nos rasgamos las vestiduras cuando terceros países más modestos lo hacen en defensa propia. No podemos declararnos neutrales ante las tropelías que las grandes potencias llevan a cabo en terceros países, asistiendo impasibles a tanta destrucción injustificable. No podemos ser portadores de tanta hipocresía, de tanta doble moral, de tanto cinismo. La senda del pacifismo nos obliga en primer lugar a despojarnos de falsas leyendas, de engañosos mitos, de dobles raseros, de la barata hipocresía imperante. 

 

Los atentados terroristas no son mejores o peores según ocurran en Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia, Líbano, Turquía, España, Alemania o Australia, los atentados terroristas son siempre malos. Punto. Las guerras no pueden estar más o menos justificadas según ocurran en un país vecino o en otro situado a varios miles de kilómetros. Las guerras son siempre injustificables. Punto. Las escaladas nucleares no pueden ser más o menos permitidas según se trate de una gran potencia imperialista, o de un diminuto país sin recursos. Las escaladas nucleares no pueden estar nunca permitidas. Punto. Las sanciones económicas no pueden ser nunca instrumentos unilaterales de presión, sino herramientas consensuadas por la comunidad internacional al servicio de la presión diplomática para la solución de los conflictos. Y sobre todo, los Estados no pueden ser maquinarias donde se instale mayoritariamente una visión fundamentalista religiosa, sino que han de permanecer en la más absoluta independencia y neutralidad. La inmensa mayoría de los conflictos, incluso los acontecidos en el mundo occidental, ocurren gracias a la perversión de los hechos que provocan las visiones y los enfoques fundamentalistas. Las religiones, en sentido general, han sido y continúan siendo la causa de fondo fundamental para las guerras tribales, los atentados terroristas y los choques y enfrentamientos entre las diversas etnias o corrientes religiosas que habitan países y continentes. Y el complejo militar-industrial, siempre al servicio del capitalismo más abyecto, se ha valido de esta influencia religiosa, instrumentalizándola para alinearla y ponerla al servicio de sus intereses. Y en cuanto algún país ha intentado emanciparse de esta dependencia religiosa, que anula las mentes y bloquea los razonamientos y las aspiraciones para visiones igualitarias y justas del mundo, el imperialismo ha venido a conspirar para levantar conflictos, guerras y enfrentamientos, todo con objeto de que continúen gobernando las visiones fundamentalistas. 

 

Por tanto, para fomentar el pacifismo, es imprescindible una defensa a ultranza del Estado laico, tanto en el mundo oriental como occidental, como modelo que no alberga el fanatismo religioso desde ninguna de sus instancias públicas. La Historia de la Humanidad nos demuestra cómo las religiones y sus diversas corrientes han sido causa principal de los numerosos enfrentamientos entre países y civilizaciones, incluso entre habitantes de un mismo país. Y así, Golpes de Estado, grandes matanzas, expulsiones, persecuciones, genocidios, represiones masivas, guerras fratricidas, y multitud de atentados terroristas han ocurrido en el mundo por conflictos causados por las diferentes visiones sectarias provenientes de las religiones, y la complicidad de los gobernantes o representantes públicos en torno a ellas. Cuando la religión se instala masivamente y ocupa las diversas instancias públicas hablamos de que existe una Teocracia, es decir, un mandato de la religión sobre el pueblo, y una dirección, guía y tutela de los asuntos públicos desde el punto de vista religioso. La antropología y la psicología social nos explican hasta qué punto la religión es causa fundamental de que se produzcan enfrentamientos entre quienes respetan y quienes se oponen a dicha visión religiosa, y hasta qué punto los países y sus gobernantes, sus instancias públicas en general, justifican, amparan e incluso promueven dichos enfrentamientos. No queremos ni podemos prohibir el culto religioso privado, es decir, el que pertenece únicamente al ámbito exclusivo de la intimidad de los fieles, de sus iglesias, de sus lugares de reunión, ni de sus prácticas religiosas, tanto individuales como colectivas. Pero como decimos, infinidad de conflictos y de episodios bélicos o terroristas no tendrían lugar (no hubieran de hecho tenido lugar en el pasado) si dichas religiones no hubieran estado amparadas por el propio Estado, que toma partido ante las mismas y se declara como el primer actor fervientemente religioso.

 

En este sentido, Coral Bravo lo ha expresado magníficamente en este artículo para el medio El Plural, del cual rescatamos sus palabras a continuación: "¿De qué estamos hablando? Los representantes públicos deben estar informados, deben saber, como poco, lo que es la laicidad. Parece que muchos no lo saben. Su obligación a ese respecto es respetar y exigir respeto a la asepsia confesional del Estado y de lo público. De eso se trata. No se trata de satisfacer las demandas voraces de todas las religiones y sectas que se asienten en el país, no se trata de financiarlas ni de atender sus "necesidades"; no se trata de destinar recursos públicos para promover supersticiones privadas. Se trata justamente de lo contrario; de defender a la sociedad del pensamiento totalitario religioso, de exigirles a las confesiones respeto a la diversidad social y se trata de impedir que promuevan el fanatismo, siempre, por supuesto, respetando las creencias personales y el derecho de todos a tenerlas en libertad. No se puede confundir la laicidad con un multiconfesionalismo que supone el sometimiento del Estado no a una sola religión, sino a varias. Una locura inasumible para un país que pretenda ser democrático. Porque, como decía el filósofo Karl Popper, lo que debemos reclamar en nombre de la tolerancia es el derecho y el deber de no tolerar a los intolerantes. Y los políticos, en lugar de agasajar a las religiones y sectas, tendrían que pensar, parafraseando a Chomsky, en incluir en los contenidos del currículo educativo herramientas de defensa intelectual". Bien, finalizado en esta entrega número 62 todo lo que hemos querido exponer en cuanto al terrorismo internacional, sus causas y sus posibles soluciones (evidentemente, siempre quedarán asuntos en el tintero), a partir de la siguiente entrega de esta serie comenzaremos con el segundo bloque temático de la misma, dedicado al papel de los Ejércitos y las Fuerzas Armadas, así como a las nuevas amenazas del mundo actual. 

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Published by Rafael Silva - en Política
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