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19 noviembre 2013 2 19 /11 /noviembre /2013 00:00

En muchos de nuestros artículos lo hemos mencionado, pero siempre de pasada, y dentro del contexto de otras exposiciones y razonamientos. Este artículo lo vamos a dedicar de lleno a exponer, como indicamos en el título del mismo, nuestra visión sobre el llamado proceso histórico de la Transición Democrática, evidentemente desde el prisma de izquierda, como no puede ser de otra manera. Primer mito que tenemos que desterrar: la Transición fue un proceso modélico. No es verdad. La Transición no fue para nada un proceso modélico, como nos lo quieren hacer ver desde la derecha, que siempre ha intentado ofrecernos del mismo una visión idílica y perfecta, liberadora y reconciliadora, cuando se trató fundamentalmente de apalancar los privilegios y el poder que siempre había tenido la derecha en nuestro país.

 

transicion1.jpgTras la muerte del dictador fascista, figura del más sanguinario régimen europeo de su época, en 1975, la Dictadura no finalizó con este suceso, sino que terminó algunos años más tarde, en la calle, gracias a las luchas, movilizaciones, huelgas y protestas de la clase obrera, de los sindicatos, y de los partidos y formaciones políticas de izquierdas, aún en la clandestinidad. Recomiendo a mis lectores el libro "Claves de la Transición", de Alfredo Grimaldos, obra imprescindible para comprender, no sólo el proceso de la Transición política como tal, sino también el actual régimen monárquico, heredero de los "principios del movimiento nacional", tal como se declaró en su día. De dicho texto extraemos gran parte de la información que exponemos en este artículo. La Transición es un período indefinido de nuestra historia, que podemos situar cronológicamente entre 1973 y 1986, cubriendo el período que va desde el trayecto final de la enfermedad del dictador, hasta el establecimiento no sólo de una Constitución "democrática", sino de un primer Gobierno de corte socialdemócrata que iba a comenzar a restar un poquito de poder a la derecha rancia que siempre nos había gobernado.

 

transicion2.jpgNos vendieron ese período como de limpieza política, de saneamiento de las estructuras de poder del anterior régimen franquista, de equilibrio y representación de todas las fuerzas políticas, tanto de izquierdas como de derechas, pero esto realmente no fue así. Los asesinatos políticos se siguieron sucediendo hasta 1977, año de la Ley de Amnistía. Y en realidad, durante ese periodo no se produjo ningún tipo de depuración del aparato político y administrativo de la dictadura. Muy al contrario, fueron los políticos comprometidos históricamente con el Estado franquista los que se encargaron de dirigir "el cambio", de amañarlo en consonancia con los intereses de las clases dominantes y de diseñar el nuevo Estado para su perpetuación en el tiempo. Los policías, jueces y militares de la época de la dictadura continuaron en sus puestos y ascendiendo en el escalafón en la recién estrenada "democracia". Los denominados "demócratas de toda la vida" sólo eran gerifaltes del franquismo disfrazados y adaptados a la nueva época de "libertades", políticos que habían colaborado o disimulado durante la dictadura, como Manuel Fraga o Rodolfo Martín Villa, o empresarios que habían hecho fortuna a la sombra del régimen sangriento, como la familia March o Villar-Mir.

 

transicion3.jpgEl Rey Juan Carlos I juró su cargo "desde la emoción en el recuerdo a Franco", y los antiguos mandos del Ejército franquista se vieron ascendidos y homenajeados con el régimen monárquico. Todo el aparato político-jurídico del franquismo continuó en vigor durante algunos años. Los jueces implacables del Tribunal de Orden Público prosiguieron su ascenso en los nuevos tribunales de excepción, y los torturadores de la antigua Brigada Político-Social continuaron manteniendo sus siniestras trincheras en los sótanos de la Dirección General de Seguridad. Y a partir de entonces, el conjunto del aparato mediático español -la televisión, la prensa, una voluminosa cantidad de libros e infinidad de suplementos impresos- se encargan de reescribir la historia de lo que había sucedido en los años postreros de la dictadura, de mitificar la mentira, de otorgar un protagonismo inmerecido a los que llamaron los "padres de la democracia", procediendo al maquillaje quirúrgico de sus sinuosas trayectorias biográficas. Sin embargo -escribe Grimaldos-, la realidad es que los auténticos protagonistas de la Transición no fueron los políticos profesionales, sino los detenidos y torturados, los miles de encarcelados y, sobre todo, aquellos que cayeron muertos en su lucha por la libertad.

transicion4.jpgCon mucha razón, Grimaldos sostiene que la imagen oficial de la Transición "se construyó sobre el silencio, la ocultación, el olvido y la falsificación del pasado". Algo perfectamente comprensible, al ser los propios franquistas quienes diseñaron aquellos "cambios", repartiéndose los papeles en la obra cuya dirección habían asumido. La izquierda comienza levemente a aparecer en escena. Se legaliza el Partido Comunista de España en 1977, el resto de formaciones clandestinas se van perdiendo (Joven Guardia Roja, Partido del Trabajo, etc.), y la burguesía española, que había realizado su proceso de acumulación capitalista a lo largo de cuarenta años de salarios de miseria y explotación sin límites de la clase trabajadora, no se encontraba en condiciones de perjudicar gravemente sus propios intereses por mantener un estado autoritario que les había sido muy útil durante una época, pero en la década de los setenta del pasado siglo ya no les servía para nada. Se integra a los dirigentes comunistas en el diseño del nuevo marco de "convivencia nacional", con lo cual se pretende dar una imagen de consenso y de integración, pero en realidad, se trata de una operación de maquillaje para que la burguesía siga controlando el poder, mientras mantiene "contento" al sector izquierdista más manejable. Pero había que evitar que se proclamara de nuevo la República.

 

transicion5.jpgSantiago Carrillo, hasta entonces perseguido y vilipendiado, pero indiscutido Secretario General del PCE, entendió perfectamente el mensaje y pronto acabó aceptando la Monarquía y haciendo de policía desmovilizador en su importante área de influencia. Por orden de su Secretario general, y por primera vez en la historia, las bases del PCE se ven obligadas a enarbolar la bandera de la monarquía borbónica, la misma que presidía los Consejos de Guerra franquistas, y también a enfrentarse con quienes se empeñan en seguir esgrimiendo la bandera tricolor republicana. A su muerte, Carrillo fue tratado con auténticos honores, y respetado por los líderes franquistas y monárquicos de la Transición, y por los "padres de la Constitución". Poco a poco se fue liquidando la resistencia y el movimiento popular, y se fue instaurando, al igual que en otros países con tradición "democrática (EE.UU., Reino Unido, etc.) una partitocracia alternante compuesta por dos formaciones políticas mayoritarias, favorecidas por una injusta Ley Electoral comprometida con su alternancia, y sateliteada con formaciones políticas de carácter nacionalista, pero de corte capitalista y neoliberal, como las dos fuerzas dominantes.

 

transicion6.jpgLas amenazas de golpe de Estado fueron una constante durante la Transición. El fantasma de la involución convierte en "salvadores" del proceso de cambio a los reformistas del franquismo y al propio Rey. García-Trevijano, uno de los fundadores de la Junta Democrática, escribe en su libro "El discurso de la república": "Cuando se propaga el temor social a un peligro inexistente es porque la clase o el partido gobernante están en peligro real de perder el poder. Y echando sobre el pueblo el miedo propio consiguen una nueva legitimación para seguir dominándolo. Esto sucedió al final de la dictadura, con la cínica propaganda de un peligro irreal de guerra civil, para justificar el consenso moral de la transición contra la ruptura democrática". Las propias direcciones de los grandes partidos, que ya buscan su propio espacio en el sistema, propagan el mensaje de que es necesario un pacto de las fuerzas democráticas con el régimen franquista con el objetivo de impedir una nueva guerra civil o un golpe militar. Todo ello se argumenta cuando el poder lo continúan detentando quienes han desempeñado papeles claves durante los casi 40 años de dictadura. La Transición democrática se convierte, pues, en el silencio de los corderos.

 

transicion7.jpgLa primera escenificación del consenso "oficial", después de las elecciones generales de 1977, lo constituye la firma de los Pactos de La Moncloa, que suponen la cesión de numerosas conquistas obreras conseguidas a lo largo de decenios de lucha. Se imponen topes salariales muy por debajo del aumento del índice del coste de la vida, y además se aplican con carácter retroactivo. También se facilita el despido. A partir de entonces, la debilidad del movimiento obrero es cada vez mayor. Aquí se marca el punto de inflexión entre el sindicalismo reivindicativo y la burocratización subsidiada por el propio Estado. El que fuera ministro de economía de Suárez, José Luis Leal, agradecía de esta forma a los dirigentes de la izquierda su labor en la neutralización del movimiento obrero, en un artículo publicado en El País el 25 de octubre de 2002, con motivo del 25 aniversario de aquellos Pactos: "El compromiso de los líderes políticos del momento hizo posible la neutralización política de los previsibles efectos sociales del ajuste económico". Se producen paros y manifestaciones en rechazo de aquellos infames acuerdos. Y, como sucedió a lo largo de toda la "transición pacífica", la dura represión policial continuó dejando un reguero de sangre en su recorrido.

  

transicion8.jpgCada nueva muerte provocada por la ultraderecha o por la represión de las fuerzas de orden público tiene un efecto contradictorio: por una parte, lanza a la gente a la calle y, por otra, arroja cada vez más en brazos del franquismo reciclado a Carrillo y a otros representantes de la oposición. La táctica de los reformistas pertenecientes al aparato del Estado franquista, empeñados en desactivar al enemigo, termina alcanzando sus objetivos: no hay ni ruptura, ni corte histórico, ni depuración de los aparatos represivos. Franco, incluso después de muerto, a través de sus más directos herederos -el Rey, Suárez, Martín Villa...- fue el que realmente comandó la operación de la denominada "Transición democrática". Con el beneplácito de los políticos opositores, -PSOE, PCE, PSP…- se corrió el telón sobre las innumerables víctimas del ilegítimo régimen militar sangrientamente nacido del 18 de julio de 1936. Y así hemos continuado hasta hoy.

 

Y en cuanto a la redacción de nuestra actual Constitución Española de 1978, en realidad, y a pesar de la propaganda, no se puede hablar de nada socialista contenido en ella (en realidad, en ninguna Constitución establecida durante el período de posguerra en Europa). Nuestra Carta Magna simplemente pretendía garantizar el poderío del régimen burgués, en una situación en la que el sistema capitalista y sus agentes políticos habían visto comprometidas sus posiciones por los crímenes de los regímenes fascistas y dictatoriales. De ahí que para ambas fuerzas políticas mayoritarias, la Constitución haya sido un totem venerable e intocable, sólo reformado parcialmente cuando beneficiaba de nuevo a sus podridos intereses de clase.

 

Por ello, hoy no debe resultar extraño que con la crisis económica aquel modelo político inaugurado con la Transición haya entrado en una aceleradísima fase de descomposición. Y con él, todas las Instituciones construidas en un todo compacto durante aquel periodo: monarquía, poder económico, partidos mayoritarios, judicatura, grandes centrales sindicales, medios de comunicación... Todo el bloque creado en los laboratorios de la Transición parece tambalearse peligrosamente. De ahí que haya que hacer insistencia en la convocatoria de un nuevo Proceso Constituyente, para acabar de una vez por todas con ese demonio de la Transición, comodín que han creado los políticos de turno para no sólo magnificar aquél proceso, sino para desacreditar cualquier operación política de envergadura que pudiera darse después de ella. Hoy gobiernan los hijos y nietos de aquélla época, de ahí la obsesión por cubrirlo todo con el horrendo paño del olvido, de la mal llamada "reconciliación nacional". De ahí los impedimentos a la Ley de Memoria Histórica, y su negativa a condenar los crímenes del franquismo, o a entregar a la justicia internacional a sus torturadores.

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Published by Rafael Silva - en Política
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