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2 enero 2014 4 02 /01 /enero /2014 00:00

No tenemos afán para ir a las raíces de nada, pero nos sobra para decorar las consecuencias

(Jorge Riechmann)

 

Acaban de cumplirse 40 años del asesinato del entonces Presidente del Gobierno, Almirante Carrero Blanco, en 1973, a manos de ETA. Desde entonces, la lucha armada en el País Vasco ha pasado por diferentes etapas, culminando en la última Declaración de Cese Definitivo de la violencia, poniendo fin a las muertes, las extorsiones y los secuestros perpetrados por la banda. En los últimos meses/años, la secuencia de declaraciones, actos, interpretaciones y actuaciones (éstas últimas del frente policial) se han dado cita de forma diversa, propiciando un clima más viciado de lo que sería deseable.

 

Mientras los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado continúan su ofensiva mediante la detención no sólo de etarras, sino también de todo tipo de establecimientos que consideran por parte del Estado como colaboradores necesarios (Herriko tabernas, Herrira, medios de comunicación, etc.), el guión del Gobierno del Partido Popular está bien claro: la única película posible (y en esta película coinciden todas o casi todas las Organizaciones de Víctimas) es que no ha existido ningún “conflicto vasco”. Lo único que ha habido ha sido terrorismo puro y duro, por medio de una banda criminal y asesina que ha instaurado el terror social en nuestro país mediante prácticas deleznables. Sin embargo, creemos que intentar desligar todo atisbo de motivación política a los asesinatos de ETA es cuando menos un arriesgado ejercicio.

 

Pero al margen de la opinión contraria al terrorismo que todos podamos compartir, lo cierto es que a ese guión inamovible del Gobierno y del PP se le notan muchas fisuras democráticas y en torno al respeto a los Derechos Humanos: desde la extensión generalizada del falaz argumento de que “TODO ES ETA”, pasando por el ataque a instituciones sociales fuertemente arraigadas en el País Vasco, y finalizando en la negativa a cambiar ni un ápice la política penitenciaria del Gobierno (mediante medidas de acercamiento de los presos etarras a cárceles del País Vasco), la postura del Gobierno no facilita en nada la consecución de un clima que permita contribuir al asentamiento definitivo de la paz social.

 

Por su parte, la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo ha dejado en evidencia y en ridículo internacional tanto a los recientes Gobiernos del PP como a los del PSOE, que además instan continuamente (para desviar la atención) a fortalecer el clima de rechazo social hacia los recientes procesos de excarcelamiento ordenados por la Audiencia Nacional. Pero en realidad es un clima social que se les vuelve en contra, ya que lo que fomentan son los sentimientos de rechazo, odio y venganza, cuando son justamente los sentimientos contrarios (los de reconciliación y concordia) los que se debieran fomentar. A todo esto, el PP pone además el foco de atención en los posibles delitos de exaltación y enaltecimiento del terrorismo, basándose únicamente en los recibimientos (que no homenajes) a los etarras excarcelados cuando regresan a sus pueblos, y con sus respectivas familias.

 

Desde  la izquierda pensamos que son actitudes, opiniones y medidas completamente equivocadas, máxime cuando el foco de atención debería ponerse en que disfrutamos por fin de un alto el fuego irreversible, después de todos los anteriores intentos frustrados de llegar al mismo fin. Sin embargo, el Gobierno, que debería liderar todos los procesos de avance para la consecución de una paz definitiva, se asienta en su trinchera del poder, y en su trono de la desconfianza, moviendo únicamente el mantra del “NO A LA NEGOCIACIÓN”. Líderes sociales como Arnaldo Otegui continúan encarcelados, sin haber cometido delito alguno, más que el de haber propiciado un clima social de entendimiento y de apuesta por la vía del diálogo político para la resolución del conflicto.

 

La consecuencia que podemos sacar de todo ello es que el Gobierno del PP no desea realmente la paz. Suena muy fuerte, pero creemos que es así. No tiene interés en la paz, no la desea, y lo que añora es el escenario anterior, donde la existencia de la lucha armada y de las acciones violentas le permitía continuar abrazado a la bandera del enemigo interno, un enemigo que le permitía conservar y reforzar su imagen de defensa a ultranza de una cierta visión de España, una visión excluyente que se está volviendo a poner en entredicho con la fuerza del proceso soberanista en Cataluña. Bajo estos disfraces y moviendo estos fantasmas, en realidad el PP ocultaba su profunda naturaleza antidemocrática, antisocial y autoritaria, acercándonos a la imagen uniformizada de una España constitucional construida sobre los escombros de la derruida dictadura.

 

Todavía se mueve dicho fantasma. Todavía colea, porque está unida como visión de España de muchos militantes y dirigentes del PP (incluso del PSOE), y bajo este punto de vista, el cese definitivo de la violencia y la desaparición de la lucha armada de la extinta ETA le genera un grave problema, en la medida en que ya deja de existir toda excusa para no abordar el amplio y real debate político en el País Vasco, que no es otro que el respeto al derecho a su autodeterminación. Un derecho de autodeterminación que se ha negado desde siempre al País Vasco, como ahora se le niega a Cataluña. La verdad es que nunca va a ser aceptado desde las trincheras del bipartidismo gestado durante la Transición, así que hemos de moverlo y reivindicarlo desde la movilización social, desde la base y la fuerza popular de los que de verdad creemos profundamente en la democracia.

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Published by Rafael Silva - en Política
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