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Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.

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Marxismo, Socialismo y Capitalismo en el Siglo XXI (69)

La Humanidad sólo podrá garantizar su supervivencia como especie cuando logre que la inmensa mayoría de los seres humanos alcancen un mínimo grado de bienestar material y espiritual

José López

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Marxismo, Socialismo y Capitalismo en el Siglo XXI (69)

Y las medidas sobre Trabajo Garantizado (TG) y Renta Básica (RB) que estamos exponiendo en estos artículos ayudarían en gran medida a la consecución de estos objetivos. Vamos a continuar con la discusión sobre la medida del TG, basándonos en una completísima exposición que sobre tal medida realizó el economista Eduardo Garzón, cuyo artículo tomamos como referencia. Mediante el TG se conseguiría reforzar las actividades económicas y sociales que hoy día son insuficientes (educación y sanidad pública, actividades culturales, deportivas, generación de energías renovables, etc.), crear nuevas actividades (sobre todo ecológicas, tales como el desarrollo de los servicios de reutilización y reparación de materiales y productos, optimización del rendimiento energético de edificios, etc.), y también remunerar, visibilizar y dignificar el trabajo de cuidados domésticos y otros trabajos hoy día voluntarios repartiendo esas actividades de forma solidaria entre la comunidad, en beneficio de todos. La cifra de puestos de trabajo que se podrían crear no es baladí, tenemos el ejemplo de la Encuesta de Empleo del Tiempo del Instituto Nacional de Estadística (INE) del año 2010, que señala que sólo para el cuidado de niños/as se dedicaron en ese año una cantidad de horas equivalentes a más de un millón y medio de puestos de trabajo, o en el cuidado de adultos dependientes la cantidad equivalente a casi 375.000 puestos de trabajo.

Las medidas son posibles, social y financieramente. Sólo necesitamos la voluntad política de querer implementarlas, pero mientras el paradigma del emprendimiento personal o de la explotación laboral que llevan a cabo las grandes empresas sean los dominantes, no se le prestará atención a estas medidas. Para el caso del TG, el Estado sería el agente financiador, pero los puestos de trabajo necesarios serían proyectados y diseñados por los Ayuntamientos y por las Comunidades Autónomas, en participación con la sociedad civil, siempre respetando ciertas directrices para que las actividades llevadas a cabo redunden en beneficio de la sociedad y de la naturaleza. No pretendemos rentabilidad privada, únicamente rentabilidad social. Pero justamente, quizá sea este objetivo el que no es compartido por los poderes dominantes. Pero si nos fijamos atentamente, los beneficios del TG son innumerables: se alcanzaría (casi) el pleno empleo, se dignificaría la vida de las personas, se satisfarían multitud de necesidades sociales reales, se producirían mayor cantidad de bienes y servicios, se generaría más renta y por tanto más riqueza, se mejoraría el cuidado del medio ambiente, creando actividades más sostenibles, reducción de la desigualdad, y aumento de la cohesión social.

Marxismo, Socialismo y Capitalismo en el Siglo XXI (69)

El Estado no tendría que soportar tanta economía sumergida, puesto que muchas actividades ocultas y que no se benefician de los derechos laborales ni de la protección social, serían abandonadas, al existir una mejor alternativa para canalizar dichas actividades en un marco de mayor estabilidad y regulación. Disminuirían también la precariedad, la pobreza y la exclusión social, y todos los problemas sociales derivados de su terrible existencia, tal como estamos soportando hoy día. También aumentaría la recaudación tributaria del Estado, tanto por la vía de la disminución de la economía sumergida como por el incremento en el número de trabajadores/as y del consumo derivado del mismo. Está claro, atendiendo a todo lo indicado, que la recuperación de la economía sería real, y llegaría a todas las personas, a toda la población, sobre todo a los más vulnerables y necesitados, que es lo que los buenos gobiernos deben hacer. Pero aún tenemos más efectos colaterales beneficiosos: aumentaría también el fondo de reserva de la Seguridad Social, con lo cual se ahuyentaría el fantasma de la sostenibilidad de las pensiones, tan terrible como falso. Y por supuesto, el Estado también se vería aliviado en el coste de las prestaciones por desempleo y en la cuantía del resto de las ayudas públicas, que ya no serían necesarias en un panorama de mayor estabilidad laboral.

Pero no acaban aquí las ventajas. Otra de ellas es la continua y permanente formación de los trabajadores/as, ya que los participantes de cualquier programa de TG mantienen y/o actualizan y desarrollan sus conocimientos, aptitudes y habilidades (a diferencia de lo que ocurre cuando cunde el desánimo de la situación de desempleo), lo que permitiría incrementar la productividad de los propios trabajadores/as, y mantenerse preparados para acceder a puestos más cualificados y/o de mayor remuneración. Cuando los empresarios del sector privado necesiten contratar a nuevos trabajadores, podrán acudir a los participantes de cualquier programa de TG, pero también podrá ocurrir el proceso contrario, esto es, que los participantes en programas de TG provengan de las diversas empresas privadas donde podrían trabajar anteriormente. De esta forma, también asignaremos su auténtico sentido a los Servicios Públicos de Empleo, hoy día bastante denostados, por haber sido transferidas sus funciones a empresas privadas de colocación. Por otra parte, que el TG sea auspiciado y fomentado desde el ámbito público tiene también ventajas añadidas, como reducir la discriminación racial, sexual y de cualquier otro tipo, a diferencia de lo que ocurre en el ámbito privado, donde resulta más complicado supervisar dichos comportamientos.

Marxismo, Socialismo y Capitalismo en el Siglo XXI (69)

Sobre los temas relativos al coste de la implementación (progresiva) de la medida, su posible financiación y las estimaciones de coste en relación a porcentaje de PIB, nos remitimos a artículos anteriores, donde ya hemos realizado estas estimaciones, así como al artículo de Eduardo Garzón citado más arriba, donde realiza amplios cálculos y estimaciones al respecto, proponiendo diversas fuentes de financiación. Sería además una medida perfecta desde el punto de vista del control de los precios y de la inflación, ya que por el lado de los salarios no hay tensión inflacionista, ya que los mismos están fijados en el programa de TG, y funcionan como un ancla de precios. Por tanto, no se generarían tensiones inflacionistas, ya que se trata de un pleno empleo flexible en el cual el poder de los trabajadores no aumenta lo suficiente como para desestabilizar los precios. De esta forma, el propio diseño del TG funciona como una especie de estabilizar automático de la economía, del siguiente modo: cuando la actividad económica se dinamiza, los empresarios del sector privado contratarán a trabajadores de los diversos programas de TG (si éstos lo desean), disminuyendo por tanto su volumen y provocando un efecto amortiguador de la inflación. Y al contrario, cuando la actividad económica se ralentice, los empresarios del sector privado despedirán a sus trabajadores, pasando éstos a engrosar las filas de los programas de TG, aumentando su volumen y provocando un efecto amortiguador de la deflación.

En consecuencia, el TG es una medida contracíclica que ayuda a evitar la inflación en los booms económicos al mismo tiempo que evita la deflación en épocas de recesión. Para finalizar con la exposición de esta medida, retomamos las palabras de Héctor Illueca, que nos dice lo siguiente sobre esta medida: "Avalada por abundante literatura científica, la idea ha obtenido el respaldo explícito de la OIT a través del Pacto Mundial para el Empleo (2009) y de la Recomendación 202 relativa a los pisos nacionales de protección social (2012), evidenciando la convicción de la comunidad internacional acerca de su eficacia para combatir y erradicar el desempleo. Algunos países han puesto en marcha experiencias dignas de ser tenidas en cuenta, como es el caso de Argentina o la India. Otros, como Grecia, estudian seriamente la posibilidad de establecer un sistema de trabajo garantizado para hacer frente a la grave crisis económica y social provocada por el neoliberalismo. En general, la propuesta empieza a percibirse como un instrumento útil para erradicar el paro y poner al día el compromiso político con el pleno empleo plasmado en el constitucionalismo democrático-social de posguerra". Continuaremos en siguientes entregas.

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