Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
En el artículo anterior de esta serie, nos quedamos analizando el deplorable papel de la Iglesia Católica durante el Golpe de Estado fascista, y la posterior Guerra Civil, dictadura y represión, que nos trajeron 40 años de aislamiento internacional, así como de degradación social, moral e intelectual. La Falange Española, una especie de grupo paramilitar encargado de mantener la pureza de las ideas fascistas, organizó, en colaboración con la Iglesia, los secuestros, violaciones y asesinatos que alcanzaron a todos los sectores de la población que había perdido la guerra. Se produjeron ejecuciones sumarias que podían pasar sin registrarse oficialmente hasta tres meses después de haber sido ejecutadas. Se desmembró el tejido social de los perdedores, sus redes de asociación, sus centros culturales, sus apoyos internos y externos, que fueron sistemáticamente perseguidos, marginados, torturados, encarcelados y asesinados. Mucha gente murió por la marginación y la pobreza a la que les sometió el régimen, doblemente perdedores, murieron de hambre, por enfermedades no asistidas, por torturas en los calabozos, o por carencias de todo tipo.
Se legisló incluso el robo de bebés con el pleno consentimiento y colaboración de la Iglesia (trataremos este asunto más profundamente en nuestra serie de artículos sobre los movimientos sociales), básicamente para impedir la continuidad de nuevas generaciones de rojos, republicanos, socialistas y comunistas. En Argentina durante la dictadura de Videla también se robó a los hijos de los encarcelados, pero España fue el único lugar donde el Estado legislaba el desmembramiento de la familia. Durante las décadas de los 40, 50 y 60 del siglo pasado, toda familia que no estuviese en condiciones de acreditar el poder educar a sus hijos en los principios del régimen que dictaba Falange ("el glorioso movimiento nacional", que incluso juró el Rey Juan Carlos en su nombramiento), el Estado estaba legitimado para asumir su tutela. Obviamente quienes no podían cumplir este mandamiento eran los perdedores de la guerra, que fueron los marginados y los perseguidos, porque los adeptos al régimen tenían sanidad, comida y techo asegurados. Esta legislación dio lugar a un lucrativo negocio en el que casi 500.000 niños y niñas fueron extraidos de sus padres, y llevados a Conventos y edificios de otras entidades como Falange, donde se vendían a otras familias, o donde permanecían trabajando para la Iglesia.
Como estamos viendo, la participación de la Iglesia Católica en todas y cada una de las tropelías del régimen franquista fue fundamental, tenían además gran experiencia, ya que en otro período histórico habían formado la Santa Inquisición, modelo de represión y tortura para acabar con los infieles, que se extendió en nuestro país durante varios siglos, incluso se exportó allende los mares, al Nuevo Mundo que se descubría entonces. La Cruzada de los Reyes Católicos en colaboración con la Iglesia fue simplemente dantesca, torturando y masacrando a cientos de miles de personas que no querían convertirse a su fe. Y durante la dictadura fascista, además, esta situación estaba legitimada por el Vaticano, con quien Franco firmó un Concordato. Y así llegamos al período histórico que siguió a la muerte del dictador, y que ha sido llamado Transición Democrática. Bellas palabras si fuesen ciertas, es decir, si de verdad se hubiera exigido Verdad, Justicia y Reparación para las víctimas del franquismo, y se hubiera procedido a una profunda transformación democrática del antiguo régimen, desmontando sus estructuras, juzgando a sus responsables vivos y permitiendo al pueblo elegir en plena libertad su futuro, así como su organización política y social. Desgraciadamente, esto no ocurrió así, y se nos coló una Transición que únicamente sustituyó al dictador por el Borbón de turno (el Rey Juan Carlos), y bajo los mimbres de una Monarquía Parlamentaria, continuaron gobernando los mismos poderes fácticos que habían gobernado hasta entonces.
Y así, la Iglesia Católica, las Fuerzas Armadas y la banca privada, como principales actores de la dictadura franquista, no solamente no perdieron poder, sino que salieron reforzados en este período, que continúa hasta nuestros días. De hecho, la llamada Transición fue un proceso muy beneficioso para la Iglesia, los franquistas y los falangistas, ya que sirvió para cambiar a un régimen democrático sin que nadie tuviera que rendir cuentas de los desmanes y los crímenes cometidos durante la dictadura, ni devolver todo lo que se había robado. De hecho, los herederos de toda esta gentuza son los que siguen copando los cargos públicos y políticos. En realidad fueron la Falange, el PSOE, UCD, AP, CCOO y UGT los que llevaron a cabo la Transición. Y como cabía esperar, hubo impunidad para los genocidas, y olvido para las víctimas. La cúpula franquista enriquecida con la explotación de presos políticos y el negocio de la venta de niños no tuvo que dar cuenta de sus responsabilidades. Y tras aquéllos años de la Transición (1976-1982), llegaría la Monarquía Constitucional y el "sistema democrático", que ponemos entre comillas para indicar que, en realidad, nos ha gobernado desde entonces un bipartidismo que sólo ha pretendido asentar las mismas estructuras de poder que gobernaban entonces, con los mismos intereses.
De esta forma, los antiguos falangistas pasaron a ser altos funcionarios del Estado (de hecho, aún podemos ver muchos altos cargos y Ministros del franquismo en altos puestos de responsabilidad) en el nuevo sistema, y se fueron reciclando primero en la UCD, después en AP (el precursor del actual PP), incluso en el PSOE. Y durante todos los gobiernos bipartidistas que se han formado desde entonces, es difícil encontrar un alto cargo que no tuviera vinculaciones con el franquismo, incluso muchos eran (y son) hijos, nietos o familiares del régimen anterior. La Ley Electoral está diseñada para perpetuar este bipartidismo (aunque ahora parece que está rompiéndose, afortunadamente), y las Fuerzas Armadas siguen teniendo la misma estructura que durante el franquismo. Los poderes económicos son los que están en la cima de la jerarquía del resto de poderes fácticos, y además, bajo la excusa de la actual crisis del capitalismo, están llevando a cabo una despiadada contraofensiva contra las clases populares. Y como no podía ser de otra manera, la Iglesia Católica, desde la renovación en 1979 (en plena Transición) de los Acuerdos con la Santa Sede, goza aún de más poder y privilegios que en cualquier otro país de nuestro entorno. Continuaremos en siguientes entregas.