Blog de Rafael Silva. Presenta artículos de opinión basados en la actualidad política, cultural y social.
¡El socialismo ha resurgido! ¡Ha resurgido! Podemos decirlo hoy con Carlos Marx y Federico Engels: el fantasma vuelve a recorrer el mundo. ¡Ha vuelto el fantasma! ¡Ha vuelto! Y ahora ha vuelto, además, renovado, con rostros jóvenes, con ideas nuevas, con planteamientos nuevos; alimentándose de las realidades de los indios, de los negros, de los blancos, de los jóvenes, de los pueblos...
La alternativa a nuestra macabra, estúpida, cruel e inhumana sociedad debe ser, pues, anticapitalista. Debe migrar al socialismo. Debe denuciar todas las falacias que la socialdemocracia nos vierte desde hace más de 30 años, porque la verdad es que ésta no ofrece ninguna respuesta a la peligrosa deriva capitalista actual. La socialdemocracia actual (que se nos sigue vendiendo amable y engañosamente como "socialismo", aunque de socialismo tiene poco) se limita a acompañar, de la forma más suave que puede, a este insaciable capitalismo, pero está claro que se le escapa de las manos, pues la deriva neoliberal impuesta durante las últimas décadas no ha hecho más que demostrar, una y otra vez, que al capitalismo le sobran todos los derechos de las personas, de los pueblos y de la naturaleza. Ni siquiera es posible volver ya a los planteamientos de ese capitalismo "buenista", con "rostro humano" o "amable" que representó la corriente keynesiana, impuesta en muchos países después de la Segunda Guerra Mundial, en un claro contexto de devastación internacional. Porque dicha corriente abogaría hoy día, para ser coherente, por la abolición de la deuda de los Estados (como entonces se hizo), y por unos mínimos procesos de redistribución más justa de la riqueza, medidas hoy día absolutamente impensables.
Y lo cierto es que el capitalismo nunca vuelve atrás, siempre huye hacia adelante. Y no menos cierto es que las clases dominantes jamás van a consentir perder parte de sus ganancias, posesiones y privilegios, si no existen planteamientos claramente radicales, que pongan en cuestión no sólo las necesarias transformaciones, sino unos nuevos reequilibrios de clase, y una mayor justicia social. El capital se ha podido permitir toda esta indecente ofensiva porque no tiene "enemigo sistémico" (en expresión del sociólogo Andrés Piqueras), aniquilando la capacidad de resistencia de la clase trabajadora, y sometiendola absolutamente a sus dictámenes. Como excusa perfecta ha tenido, continúa teniendo, la tremenda crisis multifacética que vivimos, que es utilizada, como siempre ha ocurrido, para una nueva redistribución de las fuerzas productivas, en aras a una concentración cada vez mayor de la riqueza y del capital en menos manos. Todo ello ha tenido también que ser "legitimado" socialmente mediante una clara ofensiva del pensamiento dominante, con la denominada "Sociedad de Consumo" como gran paradigma que ayudaba a construir imaginarios colectivos, y toda unas escalas de valores sociales y de actitudes y comportamientos personales que consiguieran que la gente viviera medianamente "cómoda" bajo un sistema que genera continuamente desigualdades y explota violentamente a los más vulnerables.
La etapa que estamos atravesando ahora, desde hace varios lustros, corresponde a una etapa de clara ofensiva del capital (que como hemos comentado se aprovecha de la crisis en su beneficio), y para que la "disciplina social" sea controlada, no tienen más remedio que diseñar sistemas que ponen el acento en el mantenimiento de un cierto estado de represión, cuestionando todo el sistema de libertades públicas, llegando a una situación de cierto "fascismo social", como claramente está ocurriendo hoy día en toda la Unión Europea. Y así, removiendo los falsos fantasmas del terrorismo, de la crisis de los refugiados (crisis creada por el propio mundo imperial-capitalista), y de la globalización económica, los Estados pasan a instalar subliminalmente un nuevo régimen cuasitotalitario, que les sirve para mantener cierto grado de paz social. En los tiempos que corren, y cada vez más en los tiempos futuros si no ponemos remedio, además de la propia violencia estructural generada por el propio capitalismo (terrorismo empresarial, desigualdades, pobreza, exclusión social, etc.), el sistema se verá obligado a recurrir cada vez más a la violencia directa contra amplias masas de población que osen poner en cuestión los grandes paradigmas del pensamiento dominante.
Utilizando el símil de Andrés Piqueras, diríamos que el capitalismo (el español y europeo, pero podemos extrapolarlo en sentido general) es como si fuera un Titanic que ha chocado ya con el iceberg, pero donde sólo los pasajeros que estaban en la clase más humilde están notando ya que el agua entra en sus compartimentos. Pero todavía hay pasajeros que están un piso o dos más arriba, y aunque ven con aparente preocupación que el agua inunda a los de abajo, se autoengañan pensando que en cuanto la tripulación sea capaz de solucionar el problema, o bien vengan otros a rescatarlos, el problema desaparecerá. Y tenemos también, por supuesto, los que están en la parte superior, bailando en cubierta al son de los dulces violines, cuyo nivel de vida les impide apreciar siquiera la situación de los de abajo. Corresponden a los que están mejorando considerablemente sus ingresos, sus bienes y su nivel de vida con la crisis, a esos protagonistas de la estadística que nos dice que aumentan los millonarios y el consumo de productos de lujo. Pero en fin, esta serie de artículos se denomina "Marxismo, Socialismo y Capitalismo en el Siglo XXI", y recalcamos lo del siglo XXI, porque no sólo queremos exponer las características de dichos sistemas económicos en la actualidad, sino y sobre todo, intentar implicarnos en nuestros puntos de vista acerca de la evolución que han experimentado desde sus orígenes, desde sus postulados y enfoques iniciales, hasta llegar a la situación actual, y por tanto, situarnos también en el debate en cuanto a las versiones actualizadas de los mismos.
Y en este sentido, lo primero que tenemos que reivindicar es que ni el Socialismo ni el Comunismo deben ser entendidos como dogmas cerrados y autocontenidos. Desde las aportaciones originales de Marx y Engels, pasando por Rosa Luxemburgo, mucho han evolucionado el Socialismo y el Marxismo, y por tanto hemos de beber de múltiples fuentes: hemos de tomar del Che Guevara, de José Carlos Mariátegui, de Mao, de Fidel y de Chávez. Hemos de tomar de Antonio Gramsci, de Ernest Mandel, y de nuestros gigantes Manolo Sacristán y Francisco Fernández Buey. Y hemos de tomar de múltiples pensadores actuales, que analizando y partiendo desde las bases originales, han renovado la ciencia marxista y el socialismo para hacerlo evolucionar, para adaptarlo a nuestros días, para actualizarlo, para ampliarlo, y para corregir ciertos aspectos que pudiéramos considerar desfasados. En este sentido, hemos de tomar como referencia las aportaciones de destacados nombres de investigadores, estudiosos e intelectuales socialistas y marxistas, tales como (entre otros muchos) Boaventura de Sousa Santos, Atilio A. Borón, Immanuel Wallerstain, Fernando Buen Abad Domínguez, Eduardo Galeano (triste y recientemente fallecido), Ignacio Ramonet, Salim Lamrani, Noam Chomsky, David Harvey, Emir Sader, Juan Carlos Monedero, Marta Harnecker, Alan Woods, Carlos Fernández Liria, Daniel Raventós, Samir Amin, Naomi Klein, Néstor Kohan, Manolo Monereo, y un larguísimo etcétera de nombres que engrandecen, aportan y renuevan el Socialismo y el Marxismo cada día. Continuaremos en siguientes entregas.